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JUICIO POR EL CRIMEN DE ISABEL CARRASCO / Más declaraciones de testigos

La declaración de amor de Fer, la única alegría de Ra

El día clave para la acusada Raquel Gago, policía local, no lo ha sido tanto. Persisten todas las dudas sobre su actuación. Esta mañana han desfilado por la Audiencia Provincial de León la hermana y amigas de Raquel, la dependienta de la tienda de bricolaje, su pareja sentimental, su amigo el policía nacional Nacho y otros dos policías nacionales que estuvieron en la casa y en el garaje de Raquel nada más que se descubrió el bolso y el arma en el interior del coche de la policía local.

Martínez Carrión
04/2/2016 - 17:28

Nadie ha dado una explicación lógica o coherente de porqué Raquel no dijo a nadie durante treinta horas que en el día del asesinato de Carrasco, el 12 de mayo de 2014, ella había estado en casa de Tirana y de Monserrat tomando un té y que, horas más tarde, nada más cometerse el crimen, Raquel coincidió con Triana delante de su coche, en la calle Lucas de Tuy; momento en el que, sin duda, Triana depositó el arma en el interior de su coche. Ha quedado demostrado por los testimonios coincidentes que Raquel sólo reconoció sus contactos con Triana el día del crimen una vez que se descubrió el bolso y dentro de él el arma, en el interior de su coche. Demasiado tiempo. Para bien o para mal.
En la noche del crimen, las amigas han declarado que estuvieron en casa de Raquel, comentando los pormenores del crimen y resaltando el asombro unánime de que Triana y Monserrat fuesen las presuntas asesinas. La sorpresa fue mayúscula, ya que todas conocían la amistad entre Raquel y Triana. Es más, todas ellas conformaban una pandilla para salir habitualmente a tomar vinos y cervezas por el Húmedo o la zona del Cid de León capital. A pesar de esa confianza entre amigas, Raquel no desveló que en el día del crimen había estado con Triana varias veces. Es una duda más que relevante y un silencio que parece condenar a Raquel.
La otra gran duda es si Raquel tenía el arma del crimen en el interior de su coche ¿por qué no se desprendió de ella, ya que dispuso de treinta horas para hacerlo? El arma y el bolso es lo que de verdad compromete a Raquel en este caso. Sin bolso ni arma, Raquel hubiese sido sospechosa, pero habría sido muy difícil encausarla. La amistad no es un motivo suficiente para participar en un crimen. El tío de Raquel que sigue todos los pormenores de juicio lo comenta en los pasillos: "Raquel no es tonta, si hubiese tenido el arma la habría tirado a un pantano para que nunca la hubiesen encontrado". Eso es lo que dice la lógica, pero...
El no haber hecho lo que todo el mundo con lógica de ciudadano de pie se espera que haga es precisamente el argumento de la defensa para demostrar su inocencia: Raquel no aprovechó esas treinta horas para deshacerse del arma porque no sabía que Triana la había dejado en su coche. También lógico.
Siguiendo esa teoría, cuando Raquel descubre en su coche el bolso y dentro de él el arma, se pone nerviosa, entra en estado de bloqueo y de shock, pierde hasta la noción de la realidad. Según los testimonios de las amigas que están con Raquel cuando se descubre el bolso, ésta no hace nada más que gritar y decir con voz balbuceante que ese bolso no debería estar ahí, que se lo había dejado meses atrás a Triana. Y sólo a partir de ese momento es cuando ya comienza a decir a todo su entorno que el día del asesinato había estado en casa de Triana y que la había visto a media tarde en la calle Lucas de Tuy. Su amigo, Nacho, el policía nacional, testimonió la misma duda: "Pero ¿por qué no desveló esa circunstancia que tanto la comprometía?
La defensa, por otra parte, utilizó muchas de sus energías, talento y tiempo para intentar sembrar dudas sobre si el bolso con el arma fue hallado sobre la alfombrilla del asiento trasero de la zona del copiloto del coche de Raquel o si pudo estar bajo el asiento. La cuestión no es baladí. Porque una amiga de Raquel se subió durante 17 segundos al coche y se sentó en el asiento trasero del copiloto y ha confesado bajo juramento que sus pies, de talla 38, no toparon con nada extraño; es decir que el bolso en ese momento, la misma tarde del asesinato, no estaba donde fue encontrado. La defensa sostiene que como tantas personas, desde la propia Raquel hasta varios policías, tocaron y cogieron el bolso, incluso lo sacaron del coche y lo depositaron en el suelo del garaje, no se puede saber si en el origen, el bolso estaba sobre la esterilla o bajo el asiento del copiloto. Una duda razonable.
Aquí tiene mucha importancia la polémica decisión de la jueza de instrucción al no ordenar en su momento la reconstrucción de los hechos con las tres encausadas. Algo impropio en una causa de esta magnitud y que pone en evidencia los muchos errores de la instrucción. Si se hubiera realizado una reconstrucción de los hechos, Monserrat y Triana, por ejemplo, no hubieran tenido la posibilidad de cambiar su versión sobre si entregó en mano el bolso con el arma o si lo arrojó a la entrada de un garaje. Y en este caso, la reconstrucción hubiera permitido fijar desde un primer momento si el bolso que se encontró en el interior del coche de Raquel estaba en la alfombrilla o debajo el asiento del copiloto. Es decir, si Raquel pudo poner a posteriori ahí el bolso o si siempre estuvo debajo del asiento y nadie lo vio, ni siquiera la amiga que ocupó esa plaza durante los 17 segundos que se tarda en bajar el coche por la rampa desde la calle hasta la plaza del garaje de Raquel.
Los testimonios de los policías nacionales también han puesto de manifiesto la contradicción de los ya famosos policías de Burgos, que actuaron en todas partes, interrogaron a Triana, a Monserrat y a Raquel, bajaron al garaje del coche de Raquel, pero cuyos nombres no figuraron nunca en el atestado de la policía. E, incluso, mintieron ante la jueza de instrucción al asegurar que nunca habían estado en casa de Raquel. Sólo, al final y ante el temor de ser encausados por falso testimonio, reconocieron que habían mentido. Sus colegas policías de León han asegurado que ellos nunca hubieran actuado así y que habrían declarado siempre la verdad ante la jueza. Faltaría más.
Otra chapuza de la instrucción del caso y que pone en evidencia el corporativismo con el que los superiores policiales han tratado la mentira de los policías de Burgos. Cuando menos se merecían una sanción interna por mentir a sabiendas a una jueza.
Y tampoco faltó el numerito teatral, cuando el abogado defensor de Monserrat y Triana se regodeó con ironía en desacreditar como testigo a una amiga e Raquel insinuando que le gustaba en exceso beber cerveza y que eso le provocaba fallos en la memoria. Insinuaciones que no fueron cortadas de raíz por el magistrado presidente del juicio.
Las dudas sobre la participación de Raquel en el plan preconcebido para asesinar a Carrasco se mantienen intactas. Eso sí, sigue faltando el motivo de la posible participación de Raquel. La amistad no parece ser suficiente.
La única alegría de Raquel durante toda la sesión se la ha dado su pareja sentimental secreta desde hace dieciséis años, Fer (Fernando), quien aseguró, mirándola fijamente a los ojos, que seguía muy enamorado de Ra, (Raquel). Como en los cuentos de hadas en los momentos más tristes.

 

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