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Blog de Ander Izagirre

A topa tolondro. Viajes, escapadas y barzoneos

Prejuicios (ligoteo en el desierto)

Archivado en: Sáhara

(Foto: mujeres saharauis en el campamento de refugiados de Dajla).

Antes de salir a la calle, Darchalha se cubre la cabeza con la parte superior del vestido y se pone unas gafas de sol, de manera que sólo quedan a la vista la nariz y la boca. Como la hemos visto arrodillarse varias veces y rezar en dirección a La Meca, ya sacamos nuestras conclusiones sobre esta chica de 20 años y sus motivos para taparse casi por completo. Estamos convencidos y lo comentamos entre nosotros con curiosidad y un puntito de condescendencia.

Entonces se viste también unos guantes de lana. Es febrero pero en el desierto argelino la temperatura ronda los 32 o 33 grados.

-¿Llevas guantes con este calor?

-Sí. Para no ponerme morena.

A las chicas saharauis les gusta estar pálidas,  explica Darchalha, a los chicos no les gustan las de piel morena. Por eso las chicas se tapan la cabeza, se ponen gafas y guantes.

Paseando por el campamento de refugiados de Smara, un chaval nos sigue durante un buen rato y al final se atreve a hablarle a Darchalha. Cambian dos o tres frases y el chaval se aleja.

-Qué, Darchalha, a ese chico le gustas, ¿no?

Se ríe.

-Él me habla, me da su teléfono, pero no me ve. Si no me gusta, me voy y ya está, él no me puede buscar. Y si me gusta, igual le llamo. Como voy tapada, él se interesa y yo tengo ventaja.

(Foto: Darchalha se quita el guante para hablar por teléfono).

Publicado el 22 de marzo de 2010 a las 12:00.

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El amigo de las moscas

Archivado en: Ciclismo, Sergio Fernández Tolosa, Viajeros

Hay gente que no es capaz de matar una mosca. Pero muy poquitos llegan a hacerse amigos de la mosca. Sergio Fernández Tolosa es uno de ellos.

Hace un par de años le hice una entrevista para la revista Altaïr, a propósito de sus travesías ciclistas por los mayores desiertos del mundo, y el cuestionario telefónico derivó en una charla apasionante que me dejó una admiración profunda y una oreja roja (al colgar, vi en la pantalla del teléfono que la conversación había durado 1 hora y 55 minutos). 

Ayer Sergio dio una conferencia-proyección en las jornadas Amalur de Tolosa, dedicadas este año al desierto, y además de un anecdotario divertido, mostró algunas transformaciones muy interesantes. Relató cómo al principio se enfrentaba a los desiertos, intentaba doblegarlos, se planteaba desafíos, etapas, fechas; y cómo después aprendió a vivir en ellos, a aceptar sus condiciones, sus ritmos, sus oportunidades. En los primeros viajes, predominan las fotos de Sergio o de la bici ante paisajes espectaculares; en los últimos, abundan los retratos de los habitantes del desierto, escenas de vida en los poblados.

Su historia va más allá de la hazaña deportiva y se convierte poco a poco en el relato sutil de un aprendizaje admirable.

Copio la entradilla y un fragmento de la entrevista que publiqué en el número 53 de Altaïr.

"Sergio Fernández Tolosa (Barcelona, 1974) decidió medirse con el desierto, un espacio desnudo en el que la supervivencia depende de reglas tan básicas como duras. Y para eso diseñó un gran viaje: la travesía en bicicleta de Australia, Atacama, Mojave, Namib, Kalahari, Gobi y Sáhara. Entre 2003 y 2007 pedaleó casi 30.000 kilómetros, aprendió a obedecer las leyes de las tierras inhóspitas y volvió a casa admirado por las vidas de sus remotos habitantes. Esas experiencias quedaron recogidas en los textos y las fotos de un libro espectacular: Siete desiertos con un par de ruedas".

(...)

-A veces la soledad pesa mucho. En el desierto australiano usted llegó a agradecer la compañía de una mosca.

-Sí, y le hablaba. Y también le hablaba al viento. Fue por un proceso de adaptación al medio. Me adapté físicamente (fui aprendiendo a soportar el calor, a dosificar la bebida, sabía cuándo convenía avanzar, cuándo ir más lento, cuándo parar...) y también me adapté mentalmente. En un viaje así, durante muchas horas no ocurre absolutamente nada, el paisaje es monótono y el pedaleo se convierte en una especie de meditación. Al final consigues un ritmo interior, una concentración con la que alcanzas momentos de clarividencia, incluso eres capaz de resolver problemas de tu vida que arrastras desde hace años. En otros momentos el cerebro crea fantasías. En un tramo de Australia llevaba los brazos cubiertos por una nube de moscas y hacía un calor horroroso, pero entonces empecé a pensar que las moscas también estarían sofocadas y dije "bueno, que se beban mi sudor, que aprovechen lo que puedan". Te acabas solidarizando hasta con las moscas. En el fondo es un entretenimiento mental para distraerte del calor, el cansancio y el aburrimiento. Y una estrategia: si no puedes con las moscas, alíate con ellas. Cuando empezaba a soplar el viento en contra, yo le saludaba: "Hombre, ya estás por aquí, has venido otra vez a joderme, ¿eh?", y me reía. Los problemas te molestan cada vez menos. La otra opción es desesperarse. Y hace falta mucha serenidad para atravesar el desierto.

-En esa adaptación, usted relata que se iba convirtiendo en un animal. Llegó a disputarle una sombra a un camello, y una fuente a una manada de caballos.

-En el desierto todos los seres vivos competimos por lo mismo: sombra y agua. La única diferencia es que los humanos cargamos ropa y comida. Cuando no tienes asegurada la supervivencia más básica, las demás necesidades se simplifican o desaparecen: a mí ya me daba igual comer arroz todos los días, me echaba a dormir en cualquier lado, no me importaba llevar la misma ropa. Sólo obedecía a la ley principal: ahorrar esfuerzos. Como los animales. Y dentro de esa sencillez, cualquier detalle añadido es un lujo. En una aldea africana conseguí una zanahoria y la comida de ese día ya fue especial, porque el arroz sabía un poco distinto. Un día echaba al café más azúcar de lo normal, otro día no le echaba nada, y esos cambios eran todo un acontecimiento".

*

Podéis leer la entrevista completa, publicada en el número 53 de Altaïr.

*

También podéis seguir a Sergio Fernández en su página "Con un par de ruedas". Además, después del éxito de la primera edición en tapa dura, acaba de publicar una edición barata de Siete desiertos con un par de ruedas (19,90€), un libro precioso. Merece la pierna.

*

Y ya de paso: dentro de las jornadas Amalur sobre los desiertos, el próximo 24 de marzo toreo yo ("Basamortu biziak"); el 25, Josep María Palau y Azima Ag Mohammed Ali ("Nómadas: el horizonte como morada"); y el 26, Cristina Morató ("Grandes viajeras por Oriente"). Todas las charlas son a las 20.00 en el Tópic de Tolosa.

*

Galería de viajeros: Marc Roig / Agustín Egurrola / Josu Iztueta / Unai Aranzadi / Antxon Arza

Publicado el 18 de marzo de 2010 a las 13:45.

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En la coronilla del cerdo

Archivado en: Escapadas

Los paseos montañeros entre semana saben mucho mejor, porque a lo lejos se ven las ciudades y los polígonos industriales en los que en ese mismo momento hay un montón de gente trabajando.

El martes subí con Sergio al punto más alto de San Sebastián. Una vez se lo pregunté al alcalde y a varios concejales y ninguno supo decir cuál es. Pequeños misterios donostiarras.

Publicado el 17 de marzo de 2010 a las 12:00.

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Inshallah

Archivado en: Pichorradicas

-¿Conseguiré que esta pelota ruede y bote, mamá?

-Inshallah, Moulay, inshallah.

Publicado el 16 de marzo de 2010 a las 11:15.

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Ganbo chungo, Ganbo bingo

Archivado en: Escapadas, Aralar, Ganbo

Txango chulo en el Ganbo. Campa blanca, rampa-rampa, arriba rasca, hielo chungo, Ganbo bingo.

A los pies del collado de Lizaso no había rastro de la papada de la ballena:

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Publicado el 15 de marzo de 2010 a las 10:00.

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Miguel Delibes, Rey de la Montaña

Archivado en: Miguel Delibes, Ciclismo

En mayo del año pasado estuve unas horas con Miguel Delibes hijo, el biólogo, un hombre sabio, amabilísimo y divertido, que vino a Zumaia a participar en la grabación de la película "Flysch, el susurro de las rocas". Además, aprovechó el viaje para dar una conferencia apasionante en San Sebastián (os recomiendo este resumen: "El ser humano está causando la sexta gran extinción").

Hablamos del estado de salud de su padre, de algunos de sus libros, de la afición ciclista de la familia Delibes. Entonces me atreví a decirle que había leído cuatro o cinco novelas suyas, que Las ratas me había impresionado muchísimo, pero que si había una obra que se me había quedado grabada y me sabía casi de memoria era un librito menor llamado Mi querida bicicleta. A pocos libros les tengo tanto cariño como a éste. Lo leí (y releí y releí) con 12 años y aún hoy me acuerdo con detalle de las aventuras de Delibes cuando aprendió a montar en bici y pasó horas dando vueltas a un patio porque no sabía parar, las excursiones ciclistas que hacía con sus amigos, la carrera del pueblo en la que su hijo Juan ganó con un hierro de bicicleta a unos chulitos federados...

Hay dos historias de ese libro que recuerdo especialmente. La primera: los viajes en bicicleta que Delibes hacía en verano desde Santander hasta Burgos, escalando la Cordillera Cantábrica, para ir a visitar a su novia Ángeles (sí, la señora de rojo sobre fondo gris). Miguel hijo, el biólogo, que con 60 años dio la vuelta a Islandia pedaleando, me contó que algunos familiares planeaban repetir esas expediciones ciclistas de cuando su padre visitaba a su madre en los años 40. No sé si lo habrán hecho.

Y la segunda historia, mi favorita, es aquella en la que Delibes da las claves para convertirse en Rey de la Montaña:

"Todos aspirábamos a ser escaladores y nuestro sueño inexpresado era coronar un día el Tourmalet en primer lugar. Recuerdo que en aquellos años adquirí entre mis amigos cierta fama de escalador. ¿Es que poseía yo, en realidad, algún don para escalar mejor que ellos? Yo siempre he sospechado que subir cuestas en bicicleta es una de las mayores maldiciones que puede soportar un hombre, escalador o no. Pero ante el repecho de Boecillo, con su pronunciado recodo y su empinamiento súbito, en la parte final, yo no me amilanaba, dejaba pasar a mis amigos primero y luego les rebasaba como si nada pedaleando a un ritmo loco, a toda velocidad:

-Claro, es que a Delibes no le cuesta -comentaban ellos.

Yo mantenía la superchería. Sonreía. Tácitamente les daba la razón, porque esa era la carta que me convenía jugar: fingir que no me costaba. Y con un muchacho al que no le costaba subir las cuestas no se podía competir. De modo que de acuerdo con mi manera de pensar, lo aconsejable para llegar a Rey de la Montaña era poner cara de palo, incluso esbozar una sonrisa, mientras la procesión iba por dentro. Aguantar, que no trascendiera al rostro el sufrimiento interior y la fatiga física, era una baza segura para que el competidor desistiera de alcanzarnos. Nada desanima tanto a un corredor como observar que el contrincante realiza con la sonrisa en los labios algo que a él le supone un esfuerzo sobrehumano. Ponerme la máscara fue el secreto de mi éxito como escalador: ni piernas, ni bofes, ni garambainas. A mí me costaba subir el repecho de Boecillo tanto como a José Luis Fando, el gordo de la clase, pero lo disimulaba y mis compañeros, al verse rebasados por un tipo alacre, que no se quejaba, a quien no le dolían los muslos ni se le aceleraba el corazón, se sentían descorazonados y se sentaban en la curva a charlar un rato y descansar, en tanto yo coronaba el cerro en solitario, de un tirón. Pero, al rebasar la cumbre, me tumbaba boca abajo a la sombra de una acacia y sujetaba el corazón contra el suelo para que no se me escapase del pecho. Luego, al llegar a casa, no podía comer, tenía que meterme en cama un ratito hasta que se me pasara el sofoco:

-Claro, es que a Delibes no le cuesta.

Llegué a pensar que mi impostura era la impostura de Trueba, de Ezquerra o del francés Vietto, en el Tour de Francia. El que sabía fastidiarse sin poner cara de fastidio, ese era el Rey de la Montaña".

Publicado el 13 de marzo de 2010 a las 12:15.

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"Si parábamos junto a un pozo, los aviones nos ametrallaban"

Archivado en: Sáhara, Dagousha Lamad

Primeras voces para un reportaje sobre la tragedia silenciada de los saharauis.

Dagousha Lamad, 40 años:

"Yo nací en El Aaiún, en El Aaiún de verdad. Tenía 6 años cuando llegó la Marcha Verde. Los marroquíes impusieron el toque de queda, empezaron a rodear la ciudad con alambradas y muchos saharauis huimos. Yo me escapé con mi madre, mi abuela, mis hermanas y un bebé, que era mi primo pequeño. Los hombres se quedaron a luchar.

Caminamos hacia el interior, hacia el desierto, en plena noche. Hacía bastante frío. Nos juntamos muchas familias, una caravana de mujeres, niños y algunas cabras, huyendo sin saber adónde, sólo huyendo. No llevábamos nada: ni comida, ni ropa de abrigo... Un día aparecieron los aviones marroquíes. Pasaban por encima y nos lanzaban bombas, la tierra saltaba en chorros y el suelo temblaba. Las mujeres guardaban a los hijos pequeños dentro de la melfa [el vestido largo de las saharauis] para protegerlos. Los niños llorábamos, las madres gritaban, teníamos mucho miedo. Cuando acababan los bombardeos, quedaban muchos cadáveres. Nos bombardeaban día y noche. Si parábamos junto a un pozo y nos juntábamos mucha gente para intentar beber, venían los aviones y nos ametrallaban.

Caminamos varios días por el desierto, pasando frío por la noche y calor por el día. Los niños pequeños iban montados en cabras o en burros. A veces se morían de hambre y sed. A mí me sangraban los pies, despellejados de tanto andar.

Gracias a Dios, los argelinos vinieron a buscarnos con coches y camiones. A nosotros nos metieron en un coche y viajamos a oscuras, con las luces apagadas, para que no nos descubrieran los aviones.

Nos dejaron en un lugar en medio del desierto, donde instalaron tiendas de lona y se montó un primer campamento. Recuerdo a los que fueron llegando después de nosotros: venían familias con burros que se morían de cansancio, y otros venían en coches tan abarrotados que había mujeres y niños agarrados por la parte de fuera, colgados de las ventanillas y las puertas. Los coches casi no podían avanzar.

En ese campamento estuvimos un mes. Pero de repente nos dijeron que los marroquíes se acercaban y huimos de nuevo. Esta vez no sufrimos ataques. Nos instalamos en el campamento de Rabuni. Y meses más tarde nos llevaron al de Smara, donde vivimos desde entonces. Hace ya 34 años.

Estuvimos un año y medio sin ver a los hombres, que seguían luchando contra los marroquíes. Luego venían de vez en cuando de visita, en los permisos, pero en esos años de guerra las mujeres tuvimos que encargarnos de construir los campamentos. Donde sólo había tiendas, empezamos a levantar casas de adobe. Yo trabajé en la construcción de dos colegios. Escolarizar a los niños era muy importante. Las mujeres hicieron de maestras. Organizaron el reparto de comida. Siguieron construyendo casas. Si en la familia hay hombres, maridos, hermanos, hijos, ellos pueden hacer las tareas más pesadas. Pero al principio no había hombres. Mi marido sufrió heridas muy graves en la cabeza, por la explosión de una bomba, y durante mucho tiempo no podía ni moverse. A un tío mío le amputaron un brazo. Otros tres murieron.

Los primeros años fueron muy duros, pasábamos hambre, no teníamos ningún recurso salvo la ayuda de los argelinos, Dios los bendiga. A partir de los años 90 empezó a llegar ayuda internacional y desde entonces estamos mejor. Nos mandan arroz, lentejas, harina, azúcar, té. Y vienen médicos. A mí un médico español me extirpó un bulto grande que me había salido entre la oreja y la mandíbula.

¿Si tengo esperanzas de volver a El Aaiún?

Es nuestra tierra. Allí tengo hermanos y tíos a los que no he visto desde hace 34 años. Mi mayor sueño en esta vida sería volver a El Aaiún.

Pero no quiero que haya más guerras. Mi marido es militar y está dispuesto a tomar de nuevo las armas contra Marruecos. Los jóvenes también lo dicen. Pero a tres tíos míos los mataron, conozco a madres que han perdido a todos sus hijos en la guerra. Quiero mucho a mi tierra pero no quiero que los hombres mueran otra vez.

A partir de ahora, mi casa será siempre tu casa. Si vuelves otro año o si vienen amigos tuyos, siempre tendréis aquí vuestra casa. Y cuando volvamos al Sáhara de verdad, allá tendréis también una casa. Y os ofreceremos pescado".

*

Otras voces: Mohammed Lami Ramdan, 68 años, ciego por las bombas de fósforo lanzadas por el ejército marroquí.

Publicado el 10 de marzo de 2010 a las 10:45.

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En forma de nieve

Archivado en: Pichorradicas

Meteorólogos de la tele, por favor: "Caerán precipitaciones en forma de nieve" = "Nevará".

Publicado el 9 de marzo de 2010 a las 12:30.

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Urratsak Saharan

Archivado en: Sáhara

Ayer publiqué en el cuadernillo dominical del diario Berria un reportaje sobre la enorme participación vasca en el Sáhara Maratón. Corrieron unos 80 atletas vascos: aproximadamente una quinta parte de toda la participación extranjera (unos 400 atletas de 27 países) y una décima parte de la participación total (otros 400 y pico atletas eran saharauis y argelinos).

Traduzco a botepronto los primeros dos párrafos:

"El erandiotarra Jon Salvador ganó la media maratón del 2003 y 2004, este año se ha impuesto en la maratón completa y para la próxima edición se plantea un nuevo reto: 'Quiero traer a mi hijo Gaizka a los campamentos. Tendrá diez años y creo que será una experiencia muy valiosa para él. Que vea cómo viven los refugiados saharauis en medio del desierto, en condiciones tan duras; que aprecie las comodidades que tenemos en casa; que sepa que en el mundo existen injusticias muy grandes'.

Ése es, precisamente, el objetivo de la Sáhara Maratón: que los pies de los atletas sacudan las arenas y los olvidos que poco a poco van cubriendo las vidas de los refugiados saharauis en los campamentos de Tindouf (Argelia), que sirvan para denunciar una de las mayores vergüenzas toleradas por el mundo".

Erreportajea: Euskal urratsak Saharan (pdf).

Un par de fotos: 1) la carrera al paso por el campamento de refugiados de Ausserd y 2) la carrera al paso de... bueno, al paso.

Publicado el 8 de marzo de 2010 a las 00:00.

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Sé más o menos dónde estás

Archivado en: Sáhara, Mohammed Lami Ramdan

Primeras voces para un reportaje sobre la tragedia silenciada de los saharauis.

Mohammed Lami Ramdan, 68 años: "Después de la invasión, cientos de familias huyeron de Dajla, en la costa atlántica, hacia el interior, hacia el desierto. Los aviones marroquíes pasaban por encima de las caravanas de fugitivos y soltaban las bombas, un montón de bombas que caían desde el cielo como puñados de lentejas, estallaban y reventaban a docenas de personas. Morían como moscas, aquí diez, allí doce, se quedaban los cadáveres desperdigados. Y también quedaban muchos heridos, muchos mutilados en mitad del desierto.

"Me uní al Frente Polisario. Un día, cerca de Mahbes, nos lanzaron bombas y el aire se incendió, nos envolvió una bola de fuego, todo ardía. Eran bombas de fósforo blanco. Perdí un ojo. Con el otro puedo ver sombras. Sé más o menos dónde estás".

Me tiende la mano. Le acerco la mía. La estrecha con fuerza y no me la suelta.

"La gente de España nos ayuda mucho. Nos mandan medicinas y alimentos, nos ayudan a construir escuelas, acogen a nuestros niños. Son nuestros hermanos. Pero el Gobierno... El Gobierno español nos ha olvidado. Nos abandonó en manos de Marruecos, ahora llevamos 34 años en el desierto y no le importamos. Nunca hace nada para ayudarnos a volver a nuestra tierra, nunca presiona a Marruecos. Mis hijos y mis nietos han nacido en este desierto de los argelinos. Sólo conocen los campamentos de refugiados. Mi mayor sueño es que algún día conozcan nuestra tierra. Que vuelvan a Dajla, donde nací yo, donde nacieron mis padres y mis abuelos".

Mohammed enviudó el año pasado. Su mujer murió por problemas respiratorios que se hubieran podido tratar en un hospital con medios suficientes. Ahora vive al cuidado de su hija Darchalha, de 20 años, que no ha podido estudiar informática porque debe ocuparse de su padre y de la familia.

Publicado el 4 de marzo de 2010 a las 20:00.

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Ander Izagirre

Ander Izagirre

Nací en San Sebastián en 1976. Soy periodista satélite. Kazetari alderraia naiz (leer más).

 

Ayuda para los mineritos

 

-PENÚLTIMOS VIAJES:

Karakórum (Pakistán, expedición al Broad Peak, 2010) /

Sáhara (campamentos de refugiados saharauis, 2010) / 

Bolivia (niños mineros, 2009) /

Bretaña (trainera de Albaola, 2009) /

Islandia y Groenlandia (2008).

 

-LIBROS (información y compra):

Cuidadores de mundos / Plomo en los bolsillos /

Los sótanos del mundo / El testamento del chacal /Trekking de la costa vasca

 

Libros de Ander Izagirre

 

 

-REPORTAJES:

"Mineritos. Niños trabajadores en las entrañas de Bolivia"

"Lurpeko haurrak"

"Las madres guaraníes saltan a la cancha"

"Vidas en la boca del infierno" (Islandia)

 

-EGOTECA: entrevistas y tundas varias

 

 

facebook.com/ander.izagirre

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