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Blog de Ander Izagirre

A topa tolondro. Viajes, escapadas y barzoneos

Qué será lo que tiene el delta

Archivado en: Viajes, Tarragona, Ebro, Volga, Los sótanos del mundo

Cuatro días de vacaciones felices en Tarragona. Uno de ellos, dedicado a caminar y navegar por un paisaje al que vuelvo a menudo, que me fascina y no sé muy bien por qué: el delta del Ebro. Hay algo en esa geografía de aluvión, algo improvisado, precario, equilibrista, una colonización ya larga pero siempre de prestado.

Cuando me ponga de nuevo a escribir Vespaña, tendré que pararme a pensar qué tiene el delta. Pararme y, una vez parado, pensar, como decía el maestro. Porque los viajes se piensan mejor a la vuelta, ya en casa, incluso años después.

Hasta que me pare, voy juntando pistas y grumos sobre la marcha. Ya sospeché en el inicio de los tiempos que un blog podía ser eso, un juntagrumos, la primera masa del futuro pastel.

Oskar Alegría acaba de prestarme un libro titulado Topofilia, de Yi-Fu Tuan. Quizá encuentre en él alguna explicación sobre la atracción por los deltas.

(Foto: casa de colonos en la isla de Buda, junto a la desembocadura del Ebro)

* * *

Aquella vez que pateamos varias lagunas, buscando flamencos en vano. Preguntamos a un arrocero y descubrimos que los flamencos fichan:

-¿Ésta no es la laguna de los flamencos?

-Sí, pero hoy no han venido.

Recordé aquel cartel en una playa de Phillip Island, en Australia: "Penguins are expected at 7.45 pm". Salieron del mar a la playa justo a las 7.45, y corretearon por centenares en busca de sus nidos.

* * *

Otra vez conocí a un arrocero cabreado con los señoritos de Barcelona: "Cataluña insólita, no te jode".

* * *

"Cuentan que los deltas están en crisis en todos los lugares del mundo. En el Nilo, en el Po, en el Misisipi. Como en el caso del Ebro, los ríos transportan cada vez menos sedimentos a las desembocaduras, y el mar, los mares, avanzan drásticamente. El viajero supone que su desaparición sería una gran pérdida ecológica pero, sobre todo, moral. Un delta, cualquiera, traza una completa geografía de la duda. La identidad del agua, de la luz, de los peces, de los árboles, de las tierras o de los hombres se fragmenta en mil visiones diferentes. El viajero no ha recorrido siquiera muchos de entre los más célebres. Pero aventuraría que entre los seres que habitan los deltas del mundo hay más en común que entre ellos y sus respectivos y oficiales compatriotas. Todas las vidas de los hombres de los deltas se han desarrollado en torno a un tema único: la arena movediza de las fronteras. El viajero no habla ahora de política. Sólo piensa en los hombres de Arbó, y en sus mujeres, y en sus cerrados caminos en la noche: todo frágil, todo a punto siempre de caer hacia el otro lado"

Arcadi Espada, Ebro/Orbe (Tentadero, 2007).

* * *

Algunas historias en el delta del Volga (fragmentos del libro Los sótanos del mundo):

"Nikolai, un militar empapado en vodka, bruto y cruel, requisa nuestros pasaportes y juguetea con ellos sobre las aguas del río Volga. Nos rodean diez mil kilómetros cuadrados de marismas, islotes y canales: el delta del Volga traza un laberinto vegetal tan grande como Navarra, del que nunca podremos salir sin ayuda. Y Nikolai lo sabe. Hace media hora arreglamos con él un paseo en barca hasta la desembocadura en el mar Caspio, a cambio de veinte dólares. Pero ahora flotamos en un pantano remoto, a merced de su capricho. Abre en abanico nuestros cinco pasaportes y nos desafía con una sonrisa de matón borracho: "Dadme cien dólares".

(...)

El Volga, el río más largo de Europa, recorre 3.700 kilómetros sin salir nunca de Rusia y cruza Astracán con el poder sereno de una arteria. Aquí mide kilómetro y medio de ancho. En la ciudad lo han encauzado, pero ahora baja muy crecido y lame los bordes de hormigón que intentan constreñirlo. Después de Astracán, ya sin corsés, el Volga se abre en mil capilares, se desparrama y se desangra en un delta gigantesco que se funde con el mar. Desde Astracán se extienden 150 kilómetros de marismas para llegar al Caspio. Y no hay transporte.

En el embarcadero de la ciudad nadie sabe decirnos cómo se viaja hasta las orillas del mar. Allí donde nuestro continente se desdibuja en fronteras difusas con Asia, las certezas geográficas se pierden en rumores: dicen que el Volga desagua en un mar interior que es el lago más grande del mundo, pero nadie parece saber nada de semejante extensión de agua. Los rusos de Astracán encogen los hombros cuando se les pregunta por el Caspio. Y nos entran dudas sobre su misma existencia: esa enorme mancha azul con forma de caballito de mar que dibujan los mapas en el confín de Europa ¿será otro engaño cartográfico de los rusos? Después de insistir, una taquillera del embarcadero nos escupe que un barco zarpa todas las mañanas hasta Olia. En un mapa descubrimos que Olia es un pueblo situado en el delta, cien kilómetros río abajo. Aún estaremos lejos del Caspio, pero el billete sólo cuesta 35 rublos (1,3 euros) y decidimos indagar en el misterio.

Por la mañana siguiente el Volga reluce como el acero. Se ofrece a la vista como una materia lisa y compacta, pero nuestro barco abre una herida de espuma en su lomo. Durante la navegación el tiempo también parece macizo. Los rusos distraen las horas en la sala de pasajeros, alrededor de varias mesas: las familias almuerzan patatas y huevos cocidos, pescado ahumado, pepinillos y vodka; las cuadrillas de jóvenes beben cerveza y fuman tabaco negro; las parejas se dan besos largos y luego callan sin mirarse. Nadie hace caso al Volga. Desde la cubierta arrojan botellas vacías y cajetillas de tabaco. El río se ha desbordado en algunos tramos. Muchos islotes del delta, ahora sumergidos, estiran las ramas de sus árboles fuera del agua para respirar.

En Olia, final del trayecto, los charcos espejean en las calles de barro y reflejan miseria. Nos bajamos del barco sin saber adónde dirigirnos en esta aldea de casas de madera, desperdigadas en medio del barrizal como dados lanzados por alguien que ya olvidó cuál era la apuesta. Los habitantes han pintado los marcos de las puertas y las contraventanas -celeste, pistacho, limón- contra el aire ceniciento del pueblo. Los altavoces de una casa en cuyo balcón ondea la bandera rusa, quizá el ayuntamiento, propagan música militar. Los paisanos se sonríen unos a otros por esta pomposidad grotesca, mientras desfilan con sus sidecares, el vehículo más abundante en Olia.

Establecemos un pequeño campamento con nuestras mochilas en la orilla del Volga. Saludamos a los vecinos, pero ellos miran desde lejos. Los embajadores del pueblo son cinco chavales que llegan corriendo: Pasha, un niño de 10 años muy espabilado, y Alona, Raia, Tania y Fatima, cuatro niñas de 8 años. No sabemos situarlos en el puzzle de las etnias que comparten estas tierras -tártaros, kazajos, kalmikos, nogaicios, chechenos, turcomanos, ucranianos- pero su tez morena y su idioma chapoteante indican que, desde luego, no son rusos. Pasha explica por gestos que el Volga se desbordó, de ahí los charcos que inundan el pueblo. Las niñas ensayan un baile. Pero los cinco salen corriendo cuando aparece la proa de un gran mercante que baja agitando el río. Saltan al interior de un bote amarrado y esperan el oleaje: el bote danza con furia y los niños ríen a gritos.

Llueve toda la tarde. Las horas se estiran mientras nos refugiamos en una caseta con banco corrido que hace de parada de bus. Allí recibimos las visitas. Dos chicas rusas de unos quince años, pálidas, pecosas, con minifaldas y zapatos de tacón, llegan de puntillas entre el barro y se sientan a nuestro lado. Sueltan risitas pero no levantan la mirada del suelo. Cuando intentamos hablar con ellas, vuelven a reírse y se tapan la cara, avergonzadas. Una de ellas le susurra algo al oído a la otra y de pronto se marchan. Pronto regresan con siete helados: dos para ellas y cinco para nosotros. Les damos las gracias, intentamos trabar una conversación aunque sea por señas, pero siguen riéndose y mirando al suelo. Cuando terminan los helados, tiran los envoltorios al suelo y se marchan sin despedirse. Parece que los vecinos se relevan para hacernos compañía: pronto llega un abuelo esquelético, muy borracho, que sonríe con una dentadura completa de plata. Viste gorra negra, chaqueta de pana y camisa de cuadros, pantalones de mahón y zapatillas de casa. Se tambalea y tenemos que sentarlo. El hombre espanta nuestro aburrimiento a ronquidos; se despierta de vez en cuando para tararear canciones y lanzar una proclama en ruso que siempre termina con dos sílabas afiladas, "Mosk-vá!" (¡Moscú!).

La noche no espanta a nuestros custodios. Nos echamos a dormir bajo el techado del embarcadero y recibimos consecutivamente las buenas noches de tres pescadores, que amarran sus botes y nos enfocan con las linternas. Una hora después nos despiertan voces de alarma en ruso: saltamos del saco como muelles, apretamos las carteras y los pasaportes, pero sólo se trata de dos borrachos muy atentos que nos cantan sus sugerencias. Señalan los bancos de madera, mucho más cómodos para dormir que el hormigón sobre el que yacemos. Si lo sabrán ellos. Intentamos detener su verborrea y les enseñamos las esterillas que nos protegen las espaldas, les damos las gracias, les estrechamos la mano y tratamos de que se vayan, pero tardamos veinte minutos en ahuyentar a nuestros etílicos ángeles de la guarda. Y a las cinco de la mañana comienza a llegar gente al embarcadero. Parlotean, pasean entre nuestros sacos y se ríen de nuestra estampa. A las cinco y media una señora nos menea para espabilarnos: ¡va a zarpar el barco que sale hacia Astracán! ¡Lo vamos a perder! Le explicamos que no queremos volver a la ciudad, que pretendemos seguir río abajo hasta el mar. Se encoge de hombros y se une a la hilera de pasajeros que suben a bordo. El barco se aleja y una figura maternal nos saluda desde la cubierta.

Los rodeos para llegar al Caspio se acortan esta misma mañana. Paseamos por el pueblo preguntando a todos los vecinos, hasta que en una casa en obras dos electricistas responden con una oferta: nos llevan en su furgoneta hasta Vishka, una aldea de 230 habitantes en la orilla del mar. Son cuarenta kilómetros por una pista de tierra. Piden mil rublos (unos cuarenta euros). Ofrecemos quinientos y aceptan al momento: es el sueldo de una semana. Ígor conduce y Víctor cuenta que son osetios de Vladikavkaz, "a cien kilómetros de Grozni", mientras representa metralletas, bombazos y huidas.

La aldea de Vishka está al borde de un canal del Volga próximo al mar. Durante los últimos siglos sus casas han avanzado y retrocedido según los caprichos del Caspio: el mar se sitúa ahora 28 metros por debajo del nivel de los océanos (es la depresión más profunda de Europa) pero a veces ha inundado tierras hasta la cota -25 o se ha encogido hasta los -32. Nikolai, el militar borrachuzo que nos ha recibido cuando hemos llegado a la aldea, nos conduce en su todoterreno hasta el faro de Vishka, una torre de ladrillo construida en 1671 al borde del Caspio. Ahora el faro se yergue, absurdo, en medio de una llanura donde cultivan cereal. Hace falta subir hasta lo alto y otear el horizonte: el mar queda tres kilómetros al sur. Los militares rusos utilizan el faro como torre de comunicaciones, y Nikolai nos alerta mientras subimos por la escalera de caracol: "No os acerquéis demasiado a los cables, son radioactivos". Luego señala hacia el sur de la llanura: "Allí, Azerbaiyán y Chechenia". Rodean la torre un par de barracones militares desvencijados y un camión de caja abierta con transmisores de radio y muchas pantallas y botones. Cuatro soldados adolescentes pasean su primer bigotillo por este rincón olvidado del imperio que deberán velar durante un par de años. Desde luego, dan ganas de invadir Rusia.

Hemos conocido a Nikolai un par de horas antes, cuando los electricistas osetios nos han dejado ante los cuatro barracones que forman el muelle de Vishka. Ha aparecido con andares de John Wayne, vestido de camuflaje, malencarado y con la mirada beoda asomada sobre unas gafas oscuras. A Nikolai le gusta marcar su territorio. Saluda a lo militar y pide "passports" con apremio. Los revisa página tras página con un celo absurdo, se los guarda en el bolsillo del pecho y luego nos invita a entrar en un chamizo de la orilla. Cuando habla, le brillan algunos dientes de plata. Dentro, alrededor de una mesa, tres militares almuerzan pan con salchichón. Uno de ellos, canijo, bigotudo y con la cara marcada, ni siquiera levanta sus ojos acuosos del mantel de hule cuando entramos: está borracho casi hasta la inconsciencia. Otro, vestido con un chándal y una gorra del ejército, también bastante cocido, intenta ser hospitalario: la lengua se le traba para decir "welcome" y luego nos regala una lata de tomate. El tercero, vestido con una camiseta amarilla, será nuestro guardián: es Mijaíl, un hombre fuerte, calvo y con barba fina, muy amable. Habla inglés, ejercerá de intérprete y frenará los excesos del bestial Nikolai, que en ese momento se afana por copiar en un cuaderno los datos de nuestros pasaportes. Mijaíl nos cuenta que es piloto militar ucraniano, que en la época soviética fue compañero de Nikolai pero ahora sirven a ejércitos distintos. Está de vacaciones y ha venido a Vishka a saludar a los viejos amigos. Cuando Nikolai cierra el cuaderno le contamos que nos gustaría dar un paseo por el Caspio. Dice que nos alquilará una motora. Le preguntamos por el precio, pero agita la mano: hablaremos de dinero después, ahora toca comer.

Primero bebemos té. Luego Mijaíl reparte unos platos y el militar del chándal trae un puchero con sopa de pescado, templada y grasienta. Nikolai deja una olla en el centro de la mesa: un par de kilos de caviar fresco, recién extraído esta mañana; han sazonado las huevas de esturión, las han hervido cinco minutos y listo. Nos animan a comerlo a cucharadas, acompañado con pan. El vodka es obligatorio: a los rusos no les gusta beberlo a solas y Nikolai se ofende si no le acompañamos. Tomamos sorbos, pero él bebe tragos violentos y luego choca el vaso contra la mesa con mirada fiera de macho. Después de varios chupitos se cambia de lugar en la mesa para sentarse junto a nuestra compañera Marijo y trata de pasarle el brazo por los hombros. Le pedimos que la deje en paz, pero Nikolai tiene ganas de hacer bromitas. Se quita el anillo y empieza a susurrar ofertas al oído de Marijo.

-No quiero a mi mujer, me voy a casar contigo.

Sonríe y nos mira para que le acompañemos en la broma, pero todos callamos, incluidos los demás militares. El silencio se espesa. Y luego se eriza, cuando Nikolai saca los pasaportes, busca el de Marijo y dice que lo va a romper para que se quede en Rusia.

Mijaíl interviene:

-Venga, nos vamos al Caspio.

Habla con Nikolai. Discuten un poco y luego el ucraniano nos traduce el precio del paseo:

-Os cobrará veinte dólares.

Los militares llaman a Denis, un chaval rubio que pilotará el bote, y caminamos tras él por un sendero entre juncos. Llegamos a una casa de madera asomada a un canal del Volga y vemos en un embarcadero a un matrimonio de unos cincuenta años que descarga cajas con peces plateados que no reconocemos. Denis hace señas para que cojamos la cámara de fotos y le sigamos. Nos lleva entre los juncales hasta un claro, donde encontramos sobre la tierra un esturión de metro y medio destripado; las huevas arrancadas son probablemente las que nos acabamos de comer. La señora, que venía detrás y quizá sea la madre de Denis, explica que se trata de un esturión sevruga que pesó diez kilos. Han sacado un kilo de caviar, dice, y luego han arrojado el pez al agua. No estiman su carne. Fotografiamos el esturión pero en ese momento llega Nikolai y nos grita para que guardemos la cámara.

El motor petardea y Denis maneja la chalupa por los canales del Volga. Durante un cuarto de hora zigzagueamos entre islas de lotos. Mijaíl explica que los lotos florecen en agosto y que entonces el delta se cubre con una alfombra blanca azulada. Le gustaría verlo desde el aire, dice el piloto ucraniano, y señala el vuelo de unas garzas. De repente, Nikolai da una voz. Denis suelta el acelerador y deja el motor al ralentí. Flotamos en un canal abrumado de juncos.

-Dadme cien dólares -gruñe Nikolai.
-Habíamos pactado veinte -responde Josu, con firmeza.

Nikolai saca del bolsillo de su pecho nuestros cinco pasaportes y sonríe. Miramos a Mijaíl. Mijaíl mira a Nikolai. Josu, viajero fogueado y diplomático, desovilla la situación con una sonrisa aparente:

-Es justo que paguemos algo más si la excursión es bonita -del bolsillo saca trescientos rublos (unos doce euros) y los añade a los veinte dólares.

Nikolai estira la mano y se guarda los billetes sin decir palabra, junto con nuestros pasaportes. Va a enseñarnos algo bonito. Y fuera de la ley.

Peinamos los últimos juncos y de pronto el horizonte se abre: desembocamos, por fin, en el mar Caspio. La mirada se derrama, aliviada, por la amplitud del mar tranquilo, y navegamos contra la brisa del gran sótano encharcado de Europa.

El mar Caspio es en realidad un lago, el más grande del mundo. Pero los políticos y los empresarios fuerzan la geografía, porque de sus definiciones depende el reparto de las aguas -y, sobre todo, de las bolsas submarinas de petróleo y gas natural-. Si el Caspio es un mar interior, como defienden las repúblicas ex soviéticas (Rusia, Azerbaiyán, Turkmenistán y Kazajstán), las leyes marítimas internacionales dictan que debe partirse según la longitud de la costa de cada país. Así lo acordaron en 1921 y 1940 la Unión Soviética e Irán, que se quedó con el 13% del mar. Pero ahora los iraníes aducen que el Caspio es un lago que debe repartirse al 20% entre los cinco países ribereños. En el lecho submarino del Caspio se han medido reservas de 20.000 o 30.000 millones de barriles de petróleo y las prospecciones apuntan a que podrían encontrarse hasta 200.000 millones. Esa cifra convertiría al mar Caspio en una de las regiones más ricas del planeta. Las petroleras estadounidenses ya han plantado sus ventosas en la costa de Azerbaiyán y pronto bombearán el líquido negro por un oleoducto que reptará por Georgia y Turquía hasta el Mediterráneo, dando esquinazo a Irán y Rusia. Los rusos, mientras tanto, pelean pozo por pozo las bolsas de petróleo que comparten con Kazajstán.

El Caspio, ajeno a esa batalla geopolítica que quiere trocearlo, centellea bajo el sol tardío. Cuando la brisa norteña sopla y riza las aguas, el mar se cubre de borregos espumosos hasta donde alcanza la vista. Entonces volvemos sobre nuestra estela hacia la desembocadura del Volga y entramos río arriba por uno de los brazos principales, de unos quinientos metros de anchura. Denis embarranca la chalupa en una playa de arena de color ceniza, desde donde parten unas corcheras blancas río adentro hacia el lugar en el que una docena de pescadores, jóvenes y viejos, vestidos con trajes de goma, están metidos hasta la cintura en el Volga y recogen una red de 270 metros de longitud. En la playa un molinillo motorizado rebobina despacio la red y los pescadores ayudan a que corra sin enganchones. En la orilla de enfrente otra cuadrilla de pescadores tira también de sus corchos: entre los dos grupos están retirando la trampa que cerraba la boca del Volga. Los esturiones que remontaban el río para desovar se revuelven ahora dentro de las redes. Los pescadores agarran estos peces de hechuras prehistóricas y los lanzan por los aires hasta unos cajones de madera colocados sobre la misma orilla. Pronto los convertirán en rublos.

Cuando terminan la faena, los pescadores vuelven a la playa. Fuman, mascan pescado ahumado y beben un té muy dulce. Uno de ellos, azerí, se acerca a charlar y pregunta por el Real Madrid. Otro parece molesto por nuestras cámaras de fotos, nos señala y grita algo a Nikolai, quien nos anima a que saquemos fotos a los esturiones recién pescados pero nos prohíbe tomar imágenes de esturiones destripados ni de sus huevas negras.

La jornada termina en Vishka. Mientras el sol cae hacia Europa, Nikolai pasa una hora reunido con los pescadores en un barracón y aún guarda nuestros pasaportes; no sabemos dónde ni cómo acabaremos el día. Por fin, el militar sale con un esturión de casi dos metros enroscado y lo tira al interior de su furgoneta. Es su parte del botín. Dice que subamos, que nos lleva de vuelta a Olia. Y subimos con recelo, porque parece bastante borracho. La furgoneta se bambolea, pega llantazos contra los socavones, y el gran pez pierde su dignidad milenaria deslizándose y sangrando entre nuestras botas embarradas.

Antes de llegar a Olia un chaparrón limpia las porquerías del día. Mientras conduce, Nikolai rescata una docena de palabras en inglés y habla de su hija Sveta, de 21 años, y su hijo Leosha, de 17. Nos devuelve los pasaportes y grita en español, con voz de cascajo:

-¡Viva las FAI! ¡No pasarán!

En cuanto entramos en el pueblo, pide que esperemos y salta de la furgoneta. Regresa bajo el aguacero con una botella de vodka y seis vasos de plástico. No nos dejará ir hasta que no la terminemos, dice. Cuando apuramos el último trago, Nikolai nos despide con abrazos y bajamos de la furgoneta como rehenes con el rencor anestesiado. Síndrome del Caspio. Esa noche, un esturión destripado nada por nuestro cerebro.

 

 

Publicado el 18 de abril de 2009 a las 08:00.

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Comentarios - 14

1 | David (Web) - 18/4/2009 - 10:07

Vaya, nunca había pensado en los deltas, y ahora quiero empezar a ir a visitarlos. Fantástico.

2 | Ander - 18/4/2009 - 11:30

Sería un buen hilo para un libro-reportaje, ¿eh, David? La vida en los deltas del Ebro, del Nilo, del Misisipi, del Volga, del Amazonas... Son vidas muy distintas de las de su entorno... y vidas sobre las que pende una amenaza inminente. Desde el delta del Ebro se ve, mar adentro, un faro al que hace pocas décadas se podía llegar caminando.

3 | Eric (Web) - 18/4/2009 - 13:25

Apunta también el delta del Mekong.

4 | Germán (Web) - 19/4/2009 - 01:26

Sí, ojo al delta del Mekong, una superficie mucho mayor que Navarra. Ya casi en la frontera con Camboya se reparte en 7 brazos.

Es pura abundancia ese delta, agua, vegetación y fauna por doquier, y mucha gente. Es lo más densamente poblado de Vietnam.

5 | alvarhillo (Web) - 19/4/2009 - 09:28

Vi hace años un documental sobre el delta del Danubio y me dieron ganas de irme a vivir allí.
El del Ebro es el que se quería cargar el señor Aznar con el trasvase del Ebro. Los cálculos que se hicieron decían que el mar se comería la costa hasta Tortosa más o menos y que se salinizarían las aguas hasta cien km. adentro.

6 | Allendegui (Web) - 20/4/2009 - 05:57

Ander, si finalmente haces esa serie de reportajes pasarías de ser un periodista "destajista" a ser un "deltajista".

7 | Rebufo (Web) - 20/4/2009 - 11:33

Para mí la clave de su encanto está en ese espacio fronterizo, indefinido; tierra de nadie, agua de nadie.
Y almejas.
(Magris lo explicó muy bien al final de su Danubio).

8 | Ander - 20/4/2009 - 11:53

Apunto Mekong, Eric y Germán.

* * *

Alvarhillo, ¿aguas saladas cien kilómetros mar adentro? Se me hace muy exagerado, ¿no? (Aunque sólo sea porque ya habrá una presa antes de esos cien kilómetros, digo yo).

* * *
Cazo dos de esos párrafos delta de Magris, un poco a voleo:

"El delta, en el que el barco se adentra y se pierde como un tronco a la deriva, es una gran disolución, ramas, brazos y arroyos que se dispersan por su cuenta, como los órganos de un cuerpo que está cediendo, y que se desinteresan progresivamente unos de otros; sin embargo, el delta sigue siendo una red perfecta de canales, una cuidada geometría, una obra maestra de la "Regulation". Es una gran muerte mantenida bajo control como la del mariscal Tito o de otros protagonistas de la historia mundial, una muerte que es incesante regeneración, exuberancia de plantas y animales, juncos y garzas, esturiones, jabalíes y cormoranes, fresnos y cañaverales, ciento diez especies de peces y trescientas de pájaros, un laboratorio de la vida y sus formas"

"Está claro que para delimitar las desembocaduras no hace al caso devanarse los sesos indecorosamente, como ocurre con las fuentes, sino que resulta adecuado dejar morir a todo el mundo en paz, hombre, río o animal, sin ni siquiera preguntarle cómo se llama".

* * *

Y almejas, dices.

Faemino y Cansado en la orilla del mar:

C: Lo que más me gusta del mar es el eterno retorno.
F: A mí los langostinos.

9 | alvarhillo (Web) - 20/4/2009 - 16:06

Supongo que sí es exagerado lo de los cien kilómetros. Deben de haberlo calculado tomando la distancia que hay entre la desembocadura y el pantano de Flix que es el más cercano a la costa, pero con los 1040 Hm cúbicos que se pensaban trasvasar el delta desaparecería y Amposta que está a unos treinta km de la desembocadura actual se convertiría en primera linea de playa.

10 | Ander - 20/4/2009 - 16:23

Una pregunta de un ignorante, alvarhillo. Tengo entendido que el delta desaparece progresivamente porque los sedimentos que arrastra el río se quedan estancados en los pantanos y no llegan a la desembocadura. Si es así, ¿no daría igual, en lo que al delta se refiere, que se hiciera el trasvase o no? Es decir: si los pantanos impiden la llegada de sedimentos, tampoco importará mucho que llegue más o menos agua a la desembocadura, porque en cualquier caso no van a llevar sedimentos, ¿no?

Seguro que he dicho alguna burrada.

11 | maj (Web) - 20/4/2009 - 16:53

Se nota, al leerte, que eres un gran narrador homodigético.

12 | Ander - 20/4/2009 - 17:08

Te equivocas, maj. A mí me gustan las mujeres.

13 | alvarhillo (Web) - 20/4/2009 - 23:59

Los rios deben hacer llegar al mar el llamado caudal ecológico que es el necesário para la supervivencia del mismo. El óptimo para el Ebro se calcula entre 10.000 y 12.000 Hm3 al año en la desembocadura. Ahora apenas llega a los 8.000.
Es cierto que en los pantanos se queda una parte de los limos que arrastra el río, pero las presas efectuan aperturas periódicas y controladas de las compuertas que liberan gran parte de los limos (entre otras cosas para que el propio pantano no quede cegado). El hecho de tener que construir un número de embalses que casi duplicaban a los ahora existentes significaría reducir casi a la mitad el caudal ecológico y el aporte de limos. Ello unido al embate del mar y a la poca altitud média del delta, haría desaparecer este en unos treinta o cuarenta años.

14 | Ander - 21/4/2009 - 09:32

Gracias, Alvarhillo, qué lujo de explicación.

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