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A topa tolondro. Viajes, escapadas y barzoneos

Bacterias comedoras de arsénico: creo que fuimos nosotros

Archivado en: Los sótanos del mundo, Lago Mono

La Nasa acaba de dar esa rueda de prensa en la que prometía novedades revolucionarias en la búsqueda de vida extraterrestre: por primera vez han encontrado formas de vida capaces de zampar arsénico, un hallazgo que abre la posibilidad de encontrar microorganismos en planetas y entornos supuestamente imposibles para la vida. Viendo sus gustos gastronómicos, no me extrañaría que pudieran vivir hasta en el puchero de lentejas que me he preparado este mediodía.

En cuanto me he enterado de que a las tales bacterias las han encontrado en el alucinante lago Mono (California), me ha venido de sopetón el recuerdo de la pantaloneta morada de Luze, el biólogo que nos acompañó en las primeras etapas de la expedición Pangea (viaje al punto más bajo de cada continente). La eterna pantaloneta morada de Luze, que animó tantas conversaciones durante tres meses de viaje por Norteamérica y Australia, tenía capacidad de sobra para alterar ecosistemas, producir mutaciones y modificar el concepto mismo de vida.

En esta foto podéis ver la pantaloneta de Luze, precisamente en el lago en el que han encontrado esas misteriosas bacterias devoradoras de arsénico. Mucha casualidad.

Al lago Mono le dediqué unos párrafos en el libro Los sótanos del mundo, dentro del capítulo dedicado a la fiebre del oro de California:

"En la cuenca del lago Mono, casi en la frontera de California con Nevada, contemplamos uno de los superlativos más lustrosos y, a la vez, la explicación de esa manía californiana por coleccionar títulos. El superlativo es el propio Mono: se trata del lago más viejo de Norteamérica y uno de los más antiguos del mundo, nacido hace 700.000 años cuando una explosión volcánica dejó un cráter gigantesco que fue recibiendo las aguas de las montañas circundantes. Después llegaron los californianos y en apenas cuarenta años estuvieron a punto de bebérselo hasta la última gota.

Todo empezó cuando miles de mineros llegaron a California en 1849, en busca de oro, y comenzaron a levantar campamentos, casetas y almacenes. Detrás de ellos llegaron los comerciantes, los banqueros, las prostitutas, los predicadores. El Pueblo de la Reina de los Ángeles del Río Porciúncula, una aldea costera fundada por misioneros españoles, creció y se extendió como un tumor hipertrofiado hacia los valles interiores y el desierto, hasta que se convirtió en la megalópolis de Los Ángeles. Pronto descubrieron que el oro no se bebía y que el whisky no valía para lavar calcetines. La ciudad necesitaba mucha agua. En 1905 el Ayuntamiento envió a dos agentes secretos para que compraran terrenos lacustres en la Sierra Nevada y después construyó un acueducto de quinientos kilómetros para canalizar esas aguas de las montañas hasta Los Ángeles. Para 1930 los angelinos ya se habían bebido completamente el lago Owens. Y en 1941 comenzaron a sorber del lago Mono: cuatro de los seis cauces que lo alimentan fueron desviados hacia el acueducto. Otros lagos menores también se secaron en esos años. En el mapa actual del sureste de California se ven muchos círculos trazados con rayas azules intermitentes: lechos de lagos muertos. Hacia 1980 el lago Mono ya estaba al borde de la desaparición. Y con él, su valioso ecosistema de algas, mosquitos de aguas salinas y colonias de gaviotas. Pero el desastre despertó un interés turístico inesperado: al caer el nivel de las aguas, afloraron unas asombrosas torres calcáreas formadas en el fondo del lago desde hace trece mil años, y aquel paisaje extraterrestre atrajo muchos visitantes. No obstante, los ecologistas y los vecinos de la zona ganaron un pleito de quince años y en 1994 los tribunales dictaron límites muy estrictos en la extracción de agua, para salvar el lago. Ahora el Mono crece lentamente hacia sus antiguas y lejanas orillas.

Al menos, la naturaleza se tomó su pequeña venganza por tanto lago desecado y en 1905 les regaló otro superlativo a los californianos. Ese año, el mismo en que empezaron a construir el acueducto entre la Sierra Nevada y Los Ángeles, se intentó otro trasvase de aguas desde el río Colorado. Pero la tubería se rompió, y para cuando fueron capaces de cortar el flujo, el agua ya había inundado una depresión del sur de California, situada bajo el nivel del mar: ahora es Salton Sea, el lago más joven de Norteamérica.

En la cuenca del lago Mono se encuentra la explicación de la manía californiana por los superlativos: las ruinas de Bodie, un pueblo fantasma de cuando la fiebre del oro. Se trata del fósil mejor conservado de aquella época. En medio de un desierto de matas de salvia, todavía se yerguen decenas de casas del siglo XIX, almacenes, talleres, tiendas, la escuela, un saloon, la cárcel. En 1880 alguien descubrió oro en este yermo polvoriento y en pocas semanas brotó un pueblo de ocho mil habitantes. Aquellos mineros tenían claras sus preferencias: construyeron un banco, una escuela, una cárcel, una iglesia y 65 prostíbulos -el más famoso, el de madame Moustache-. Bodie vivía a golpe de robos, duelos, tiroteos y asesinatos, y dicen que en los tiempos más feroces el saludo de los lugareños era "¿a quién han matado hoy?". La frase hizo fortuna y se convirtió en santo y seña para los habitantes, que alimentaban así su fama brava. Un sacerdote metodista pretendió evangelizar aquella nueva Sodoma, pero al poco tiempo, resignado, escribió en su carta de abandono que Bodie era "la sucursal del infierno en la tierra". Tampoco era mal eslogan para el pueblo. Pero el lema que triunfó definitivamente fue la frase que escribió en su diario una joven de San Francisco, cuya familia decidió dejar la ciudad y trasladarse a Bodie para probar fortuna:

"Adiós, Señor, me voy a Bodie". Desde entonces, los forasteros se despedían de Dios antes de entrar en el pueblo. Bodie tuvo un final digno de su historia. El oro escaseó y el pueblo se fue vaciando poco a poco, hasta que en 1932 un vagabundo borracho llamado Bill incendió un almacén, las llamas se extendieron por medio pueblo y el fuego arrasó el infierno. La historia de Bodie condensa las claves de la colonización californiana: hombres que se despiden de Dios y de las normas sociales para buscar fortunas fabulosas en una tierra de promisión".

Publicado el 2 de diciembre de 2010 a las 20:45.

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Comentarios - 2

1 | rafa (Web) - 03/12/2010 - 02:28

Estuve en el Mono Lake hace un par de años. Impresionante, aunque ya venía con la boca demasiado abierta de Yosemite, que está al lado. No sabía que lo habían secado para abastecer Los Ángeles, increíble con lo lejos que está.

2 | Ander - 03/12/2010 - 10:20

Siempre recordamos la frase que nos soltaron dos euskociclistas antiyanquis que pedaleaban por California: "Estos americanos tienen un país que no se merecen". Muy impresionante todo por allá.
¿Visitaste el pueblo fantasma de Bodie, Rafa?

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Ander Izagirre

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