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Blog de Ander Izagirre

A topa tolondro. Viajes, escapadas y barzoneos

Sábado, tortazo; domingo, rabia; lunes, triunfo

Archivado en: Ciclismo, Igor Anton, Mikel Nieve

1. Sábado. Igor Antón, líder de la Vuelta y con muchas papeletas para ganarla, pisa una rama cuando el pelotón va lanzado a 70 km/h en una bajada, se pega un trompazo, se rompe el codo, se abrasa el cuerpo y tiene que abandonar.

2. Domingo. Después de pelear dos semanas por ganar la Vuelta, después de tenerla más a tiro que nunca y después de que el asfalto les arrancara el maillot de forma literal, el Euskaltel parece un equipo en trance de liquidación. Descabezado y sin objetivos, empieza a disolverse. Se retira Beñat Intxausti. Egoi Martínez, también retirado tras luxarse el hombro en la misma caída que Antón, tras llorar de rabia tirado en la carretera, habla desde un hospital: dice a sus compañeros supervivientes que no hace falta que hagan exhibiciones, que terminar la Vuelta y llegar a Madrid en estas circunstancias ya es un mérito.

Pero los supervivientes del equipo publican una carta abierta. "Las heridas de nuestros compañeros, de nuestros amigos, aún nos escuecen, aún nos sangran", dicen. Dan las gracias a los aficionados, que les han aplaudido más que nunca. Y prometen seguir peleando "con todas las fuerzas" para acabar la Vuelta como sus compañeros se merecen: "con la cabeza bien alta".

3. Lunes. Etapa reina de la Vuelta. Tres ciclistas del Euskaltel, Juanjo Oroz, Amets Txurruka y Mikel Nieve, dan una exhibición de estrategia: se fugan con tres puertos de primera por delante, alcanzan al grupo de escapados, Oroz se vacía en el llano, Txurruka marca el ritmo en las subidas y Nieve, una de las sensaciones de la Vuelta, ataca en la última ascensión. Deja atrás a un campeón como Luis León Sánchez, resiste los ataques de los ciclistas que se están jugando la clasificación general -Kreuziger, Nibali, Frank Schleck, Joaquín Rodríguez, Mosquera, Sastre: casi nada- y consigue su primer triunfo como ciclista profesional, en la mejor etapa de una de las mejores Vueltas de los últimos años, para dedicársela a Igor Antón, a Egoi Martínez, al resto de los compañeros y a los aficionados.

Cómo no me va a gustar el ciclismo, hombre.

Publicado el 13 de septiembre de 2010 a las 18:30.

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El efecto Gis Gelati

Archivado en: Ciclismo, Francesco Moser

Ayer, pedaleando hacia Arano, adelanté a un ciclista viejuno que llevaba un maillot del Gis Gelati-Trentino.

En el momento de rebasarle sentí una extraña vibración y temí caer en un pliegue del espacio-tiempo y quedarme enganchado en un eterno velódromo mexicano de 1984,  hipnotizado con los giros lisérgicos de las ruedas de Moser y su cifra mantra 51,151.

Para despertar mis sentidos, al llegar a casa me comí un helado.

Publicado el 24 de agosto de 2010 a las 13:45.

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Por eso hay ciclistas (y montañeros)

Archivado en: Ciclismo, Tim Krabbé

Leí la novela El ciclista, de Tim Krabbé (Los libros del lince, 2010), por recomendación del amigo Jukebox, justo antes de salir de viaje al Karakórum. En el campo base del Broad Peak descubrí que un montañero catalán lo llevaba en la mochila. En el Karakórum se vive muy despacio y muy en contacto con la naturaleza. Por eso allí hay montañeros (y ciclistas):

"En las conversaciones con los ciclistas siempre acaba saliendo lo mismo: lo mejor de todo es el sufrimiento. En Ámsterdam entrené una vez con un canadiense, Novell, que por entonces vivía en Holanda. Un blandengue de cuidado: era campeón de Canadá en seis modalidades distintas del estéril arte del ciclismo en pista, pero le faltaba carácter para el trabajo duro en el ciclismo de carretera.

El cielo se oscureció, el agua del canal se rizó, se desató un fuerte temporal. Novell se enderezó en el sillín y, levantando los brazos al cielo, gritó:

-Ven, lluvia, empápame. ¡Oh, lluvia, empápame, mójame!

Pero vamos a ver: sufrir es sufrir, ¿no?

La Milán-San Remo de 1910 la ganó un ciclista que pasó media hora escondido en un refugio de montaña durante una tormenta de nieve. ¡Sufrió lo suyo!

La Bruselas-Amiens de 1919 la ganó un ciclista que tuvo que correr con la rueda delantera pinchada durante los últimos cuarenta kilómetros. ¡Vaya si padeció! Llegó a las once y media de la noche con una hora y media de ventaja sobre los otros dos únicos corredores que acabaron la carrera. Aquel día fue como una noche, los árboles se agitaron sin cesar, el viento mandó a los granjeros de vuelta a sus granjas, hubo granizo, boquetes de bombas de la guerra, cruces de caminos en los que los gendarmes habían desertado y corredores que tuvieron que subirse a hombros de otros para limpiar las señales enfangadas.

Ah, quién hubiera sido ciclista en aquellos tiempos. Porque tras pasar la línea de meta todo el sufrimiento se transforma en placer; cuanto mayor sea el sufrimiento, mayor será también el placer. Ésa es la recompensa que la naturaleza otorga a los ciclistas por el homenaje que ellos le rinden con sus padecimientos. Almohadones de terciopelo, parques zoológicos, gafas de sol, las personas se han vuelto ratoncitos de lana. Siguen teniendo cuerpos que podrían aguantar cinco días y cuatro noches caminando por un desierto de nieve sin comida, pero dejan que les den palmaditas en la espalda por haber salido a correr una hora en bicicleta.

-¡Así se hace!

En vez de mostrar su agradecimiento a la lluvia mojándose, la gente va y saca el paraguas. La naturaleza es una anciana dama con pocos pretendientes, y a los que aún desean beneficiarse de sus encantos los recompensa de manera apasionada.
Por eso hay ciclistas.

Sufrir es preciso; la literatura es superflua.

(...)

"Si hubo alguna vez un corredor del Apocalipsis, ése fue Gaul (...). Creo que Gaul sufría como los otros pero lo disfrutaba más. Por eso justamente era tan buen escalador. Quizá sólo era feliz cuando sentía dolor, quizá procedía de un linaje que había vivido más despacio y más cercano a las fuerzas de la naturaleza".


Relacionado: "Miguel Delibes, rey de la montaña".

Y Plomo en los bolsillos.

Publicado el 26 de julio de 2010 a las 09:00.

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Mortirolo: no es para tanto

Archivado en: Ciclismo

Por una parte están los puertos muy duros, en los que el ciclista a veces tiene que bajarse de la bici cuando sube. Luego está el Mortirolo por su vertiente de la Valtellina, la de los 13 kilómetros al 10,5%, sus tramos del 18% y sus curvas de herradura: en 1997 fui capaz de subirlo sin echar pie a tierra... pero no fui capaz de bajarlo sin echar pie a tierra. Hice tres paradas para aliviar el dolor de manos y muñecas, por clavar los frenos con tanta fuerza y sin descanso. Lo subí pero no lo pude bajar.

Esta tarde toca Mortirolo. Pero no es para tanto: lo bajan por el lado suave.

*

El Giro sólo ha bajado en una ocasión por la vertiente dura del Mortirolo, en 1990, la primera vez que se subió el puerto: el ciclista que iba en cabeza se salió de la carretera un par de veces. Seguro que recordáis su nombre, nacionalidad y talla de zapatillas.

*

Y mañana, sábado, cinco puertarracos: Livigno, Eira, Foscagno, el bárbaro Gavia y el Tonale (ojo al vídeo del Gavia del 88: el paso por la cima nevada, con 25 kms de descenso por delante, Perico convertido en un playmóbil (2:20) y el terrible minuto final con la llegada a meta de Chioccioli, Pagnin...). La etapa de mañana suma 6.300 metros de desnivel acumulado, una barbaridad. Para que os hagáis una idea, el Tourmalet tiene unos 1.400 metros de desnivel. Así que lo de mañana equivale a unos cuatro tourmalets y medio. ¿Alguna vez se habrá disputado una carrera con tanta subida?

Publicado el 28 de mayo de 2010 a las 11:45.

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El día en que el pelotón se escapó

Archivado en: Ciclismo

Damiano Cunego, de quien me hice admirador en su Tour más desgraciado, ganó el Giro de Italia (y cuatro etapas) cuando sólo tenía 22 años. Los italianos vieron al campionissimo Coppi reencarnado en aquel crío, pero han pasado seis años y nada: Cunego ha ganado clásicas de mucho prestigio, etapas en grandes vueltas, pero nunca ha vuelto a pelear por la victoria en el Giro, el Tour o la Vuelta. Él mismo anunció que renunciaba a disputar el triunfo final en esas grandes rondas.

En estos años, Cunego ha sido uno de los ciclistas que más ha levantado la voz contra el dopaje. Llegó a impulsar una campaña llamada "I'm doping free", que tenía como símbolo una pegatina con una cara sonriente que él y unos pocos deportistas más solían lucir.

(Foto: Cunego, el día en que se abrasó la barbilla, el pecho, los brazos y las piernas, y pedaleó 160 kilómetros sufriendo como un perro para no llegar fuera de control y no abandonar el Tour. Lo consiguió. Pero esa noche los médicos lo mandaron a casa. En el antebrazo izquierdo se aprecia la pegatina de la cara sonriente, el logo de su campaña contra el dopaje).

Hace un par de días declaró que esta vez sí, que se veía capaz de pelear por la maglia rosa de este Giro. En los últimos años, Cunego veía cómo corredores en apariencia más flojos que él volaban cuesta arriba y prefería no hacerse muchas preguntas. Pero muchos de los ganadores y protagonistas de los últimos Giros cayeron en los controles  y las operaciones antidopaje: Di Luca, Riccó, Basso, Pellizotti... Y ahora Cunego dice que el pelotón le parece más limpio, que después de muchos años se ve de nuevo con posibilidades de luchar por el triunfo... Me gustaría que Cunego anduviera en la pelea hasta el final. Y, sobre todo, me gustaría mucho que nunca jamás lo pillaran haciendo trampas, por Tutatis.

Unos días antes, me gustó leer esta otra noticia: Gerdemann se ofrece para someterse a una
vigilancia constante
durante el Tour y demostrar que se puede correr sin dopaje. Este alemán, que ya ganó una etapa y llevó el maillot amarillo en el Tour de 2007, también se está marcando un Giro estupendo. Esperemos que le quede gasolina para julio, que lleve un médico neutral pegado a la chepa durante todo el Tour y que encima gane una etapa o quede entre los diez primeros. Así los aficionados al ciclismo podremos volver a creer un poquito en los Reyes Magos.

*

Yo sólo quería contar esto, pero hoy el Giro ha vivido una etapa de cinco estrellas. Parecía ciclismo de los años 50: nada de carreras que se resuelven con un par de demarrajes en el último puerto, sino una batalla que ha durado seis horas bajo la lluvia, en un continuo sube y baja, con el pelotón destrozado, en un ajedrez de tácticas, movimientos, jaques, encerronas, malas decisiones y muchos nervios. Y con una trastienda secreta que me encantaría conocer: ¿qué visitas, qué reuniones, qué pactos se celebrarían ayer en los hoteles de algunos de los equipos, para montar el zafarrancho que han montado hoy?

Hasta hoy, el Giro parecía cosa de dos: Vinokourov o Evans. Estirando un poco, podíamos esperar algo de Nibali. Siendo muy optimistas, de Basso. Y para de contar. En la primera mitad del Giro, Vinokourov y Evans han sido los más fuertes con diferencia. Pero ojo: los dos cuentan con equipos bastante flojos (ya sólo tienen cinco corredores cada uno).

Y yo no sé si ha sido casualidad pero hoy los equipos rivales han montado una batalla tremenda en la etapa más larga de todo el Giro (de las que ya no se estilan: 262 kilómetros), en un terreno rompepiernas sin un kilómetro de respiro, bajo un chaparrón. Se han escapado casi de salida ¡56 ciclistas!, que han llegado a tener 18 minutos de ventaja y han llegado a meta, desperdigados, con 13. 

Ha sido el insólito día en que el pelotón se escapó. Y los líderes perdieron 13 minutos y quizá el Giro.

Quizá haya sido casualidad, pero algunos equipos parecían bien avisados para la que se montaba: han metido a sus líderes (Carlos Sastre, Wiggins, Arroyo...) , que ya no pintaban mucho, bien acompañados por varios gregarios y han destrozado a los equipos de los favoritos.

Hasta hoy, las dudas eran entre Evans y Vinokourov. Ahora, ¿quién se atreve a apostar por el ganador del Giro? Falta una última semana de etapas montañosas terribles. El líder es Richie Porte, un neoprofesional tasmano muy prometedor, contrarrelojista excelente, que se ha defendido con dignidad en las pocas montañas que han subido hasta el momento. Yo diría que no va a aguantar en las superetapas de los últimos días, pero tiene mucha ventaja. Segundo es David Arroyo, un escalador brillante, a menos de dos minutos. Carlos Sastre llevaba un inicio de Giro espantoso, en el que había perdido diez minutos entre despistes, caídas y flojeras, pero ahora es octavo a siete minutos de Porte y con una gran ventaja sobre los favoritos. Vinokourov está a diez minutos, Evans a once, Nibali a once y medio, Basso a doce...

Y ojo a otros tapados, que también han cogido muchos minutos y se resistirán como lapas: el sorprendente Kiserlovski, Xavier Tondo (supuesto gregario de Sastre, pero que estaba andando mejor que él, y está a cuatro minutos), el propio Gerdemann (a cinco y medio...).

Mojémonos: a Sastre se le ha puesto el Giro más a huevo de lo que jamás podría imaginar y probablemente irá a más en la durísima última semana, pero yo aún mantengo que Evans es el más fuerte con diferencia y digo que será capaz de remontar los cuatro minutos que le lleva el abulense y el porrón de minutos que le llevan los otros rivales. Lo digo completamente convencido... de que no estoy nada convencido. Vamos a ver un Giro espectacular.

*

Sí, ciclismo de los años 50: todo este jaleo recuerda a Walkowiak, el ciclista que se arrepintió de ganar el Tour (es un capítulo del libro Plomo en los bolsillos)

Publicado el 19 de mayo de 2010 a las 22:00.

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"Sufro en todos los terrenos"

Archivado en: Ciclismo, José Antonio Momeñe, Gómez Peña

Una vez le preguntaron a José Antonio Momeñe sobre el tipo de ciclista que era. Y respondió: «Sufro en todos los terrenos». Quizá por eso terminó cuarto el Tour de Francia de 1966.

No os perdáis el gran reportaje de Gómez Peña, porque la historia del vizcaíno Momeñe es fascinante: los entrenamientos de la adolescencia (iba y venía en bici al taller mecánico en el que trabajaba, dando largos rodeos montañosos), las competiciones a escondidas de su padre (los triunfos lo delataban, porque aparecía en los periódicos), los viajes a pedales hasta Francia para comprar piezas de recambio...

Es el ciclismo como reflejo de otra época, en la que los deportistas no necesitaban ayuda de psicólogos para competir, como apunta Gómez Peña: la posibilidad de huir de la pobreza ya era estímulo suficiente.

Al leer el reportaje me he acordado de los párrafos de Miguel Delibes que copié en este blog hace unas semanas. En ellos, Delibes explicaba que el mejor ciclista es el mejor impostor, el que sufre tanto como los demás pero sin dejar que se le note. Y justo después venían unas líneas que explican bien los éxitos de Momeñe: 

"En España había más escaladores que en ninguna parte porque estábamos acostumbrados a mortificarnos disimulándolo. Esta teoría creo que se ha confirmado después: hoy los mejores trepadores son de Colombia [el libro es de 1988]. El escalador va desapareciendo de Europa con el aumento del nivel de vida. Subir una cuesta en bicicleta, aunque ésta sea de aluminio y disponga de treinta desarrollos, es un tormento para todo hijo de vecino".

Es que a Momeñe no le cuesta, dirían algunos.

Publicado el 6 de abril de 2010 a las 22:45.

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El amigo de las moscas

Archivado en: Ciclismo, Sergio Fernández Tolosa, Viajeros

Hay gente que no es capaz de matar una mosca. Pero muy poquitos llegan a hacerse amigos de la mosca. Sergio Fernández Tolosa es uno de ellos.

Hace un par de años le hice una entrevista para la revista Altaïr, a propósito de sus travesías ciclistas por los mayores desiertos del mundo, y el cuestionario telefónico derivó en una charla apasionante que me dejó una admiración profunda y una oreja roja (al colgar, vi en la pantalla del teléfono que la conversación había durado 1 hora y 55 minutos). 

Ayer Sergio dio una conferencia-proyección en las jornadas Amalur de Tolosa, dedicadas este año al desierto, y además de un anecdotario divertido, mostró algunas transformaciones muy interesantes. Relató cómo al principio se enfrentaba a los desiertos, intentaba doblegarlos, se planteaba desafíos, etapas, fechas; y cómo después aprendió a vivir en ellos, a aceptar sus condiciones, sus ritmos, sus oportunidades. En los primeros viajes, predominan las fotos de Sergio o de la bici ante paisajes espectaculares; en los últimos, abundan los retratos de los habitantes del desierto, escenas de vida en los poblados.

Su historia va más allá de la hazaña deportiva y se convierte poco a poco en el relato sutil de un aprendizaje admirable.

Copio la entradilla y un fragmento de la entrevista que publiqué en el número 53 de Altaïr.

"Sergio Fernández Tolosa (Barcelona, 1974) decidió medirse con el desierto, un espacio desnudo en el que la supervivencia depende de reglas tan básicas como duras. Y para eso diseñó un gran viaje: la travesía en bicicleta de Australia, Atacama, Mojave, Namib, Kalahari, Gobi y Sáhara. Entre 2003 y 2007 pedaleó casi 30.000 kilómetros, aprendió a obedecer las leyes de las tierras inhóspitas y volvió a casa admirado por las vidas de sus remotos habitantes. Esas experiencias quedaron recogidas en los textos y las fotos de un libro espectacular: Siete desiertos con un par de ruedas".

(...)

-A veces la soledad pesa mucho. En el desierto australiano usted llegó a agradecer la compañía de una mosca.

-Sí, y le hablaba. Y también le hablaba al viento. Fue por un proceso de adaptación al medio. Me adapté físicamente (fui aprendiendo a soportar el calor, a dosificar la bebida, sabía cuándo convenía avanzar, cuándo ir más lento, cuándo parar...) y también me adapté mentalmente. En un viaje así, durante muchas horas no ocurre absolutamente nada, el paisaje es monótono y el pedaleo se convierte en una especie de meditación. Al final consigues un ritmo interior, una concentración con la que alcanzas momentos de clarividencia, incluso eres capaz de resolver problemas de tu vida que arrastras desde hace años. En otros momentos el cerebro crea fantasías. En un tramo de Australia llevaba los brazos cubiertos por una nube de moscas y hacía un calor horroroso, pero entonces empecé a pensar que las moscas también estarían sofocadas y dije "bueno, que se beban mi sudor, que aprovechen lo que puedan". Te acabas solidarizando hasta con las moscas. En el fondo es un entretenimiento mental para distraerte del calor, el cansancio y el aburrimiento. Y una estrategia: si no puedes con las moscas, alíate con ellas. Cuando empezaba a soplar el viento en contra, yo le saludaba: "Hombre, ya estás por aquí, has venido otra vez a joderme, ¿eh?", y me reía. Los problemas te molestan cada vez menos. La otra opción es desesperarse. Y hace falta mucha serenidad para atravesar el desierto.

-En esa adaptación, usted relata que se iba convirtiendo en un animal. Llegó a disputarle una sombra a un camello, y una fuente a una manada de caballos.

-En el desierto todos los seres vivos competimos por lo mismo: sombra y agua. La única diferencia es que los humanos cargamos ropa y comida. Cuando no tienes asegurada la supervivencia más básica, las demás necesidades se simplifican o desaparecen: a mí ya me daba igual comer arroz todos los días, me echaba a dormir en cualquier lado, no me importaba llevar la misma ropa. Sólo obedecía a la ley principal: ahorrar esfuerzos. Como los animales. Y dentro de esa sencillez, cualquier detalle añadido es un lujo. En una aldea africana conseguí una zanahoria y la comida de ese día ya fue especial, porque el arroz sabía un poco distinto. Un día echaba al café más azúcar de lo normal, otro día no le echaba nada, y esos cambios eran todo un acontecimiento".

*

Podéis leer la entrevista completa, publicada en el número 53 de Altaïr.

*

También podéis seguir a Sergio Fernández en su página "Con un par de ruedas". Además, después del éxito de la primera edición en tapa dura, acaba de publicar una edición barata de Siete desiertos con un par de ruedas (19,90€), un libro precioso. Merece la pierna.

*

Y ya de paso: dentro de las jornadas Amalur sobre los desiertos, el próximo 24 de marzo toreo yo ("Basamortu biziak"); el 25, Josep María Palau y Azima Ag Mohammed Ali ("Nómadas: el horizonte como morada"); y el 26, Cristina Morató ("Grandes viajeras por Oriente"). Todas las charlas son a las 20.00 en el Tópic de Tolosa.

*

Galería de viajeros: Marc Roig / Agustín Egurrola / Josu Iztueta / Unai Aranzadi / Antxon Arza

Publicado el 18 de marzo de 2010 a las 13:45.

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Miguel Delibes, Rey de la Montaña

Archivado en: Miguel Delibes, Ciclismo

En mayo del año pasado estuve unas horas con Miguel Delibes hijo, el biólogo, un hombre sabio, amabilísimo y divertido, que vino a Zumaia a participar en la grabación de la película "Flysch, el susurro de las rocas". Además, aprovechó el viaje para dar una conferencia apasionante en San Sebastián (os recomiendo este resumen: "El ser humano está causando la sexta gran extinción").

Hablamos del estado de salud de su padre, de algunos de sus libros, de la afición ciclista de la familia Delibes. Entonces me atreví a decirle que había leído cuatro o cinco novelas suyas, que Las ratas me había impresionado muchísimo, pero que si había una obra que se me había quedado grabada y me sabía casi de memoria era un librito menor llamado Mi querida bicicleta. A pocos libros les tengo tanto cariño como a éste. Lo leí (y releí y releí) con 12 años y aún hoy me acuerdo con detalle de las aventuras de Delibes cuando aprendió a montar en bici y pasó horas dando vueltas a un patio porque no sabía parar, las excursiones ciclistas que hacía con sus amigos, la carrera del pueblo en la que su hijo Juan ganó con un hierro de bicicleta a unos chulitos federados...

Hay dos historias de ese libro que recuerdo especialmente. La primera: los viajes en bicicleta que Delibes hacía en verano desde Santander hasta Burgos, escalando la Cordillera Cantábrica, para ir a visitar a su novia Ángeles (sí, la señora de rojo sobre fondo gris). Miguel hijo, el biólogo, que con 60 años dio la vuelta a Islandia pedaleando, me contó que algunos familiares planeaban repetir esas expediciones ciclistas de cuando su padre visitaba a su madre en los años 40. No sé si lo habrán hecho.

Y la segunda historia, mi favorita, es aquella en la que Delibes da las claves para convertirse en Rey de la Montaña:

"Todos aspirábamos a ser escaladores y nuestro sueño inexpresado era coronar un día el Tourmalet en primer lugar. Recuerdo que en aquellos años adquirí entre mis amigos cierta fama de escalador. ¿Es que poseía yo, en realidad, algún don para escalar mejor que ellos? Yo siempre he sospechado que subir cuestas en bicicleta es una de las mayores maldiciones que puede soportar un hombre, escalador o no. Pero ante el repecho de Boecillo, con su pronunciado recodo y su empinamiento súbito, en la parte final, yo no me amilanaba, dejaba pasar a mis amigos primero y luego les rebasaba como si nada pedaleando a un ritmo loco, a toda velocidad:

-Claro, es que a Delibes no le cuesta -comentaban ellos.

Yo mantenía la superchería. Sonreía. Tácitamente les daba la razón, porque esa era la carta que me convenía jugar: fingir que no me costaba. Y con un muchacho al que no le costaba subir las cuestas no se podía competir. De modo que de acuerdo con mi manera de pensar, lo aconsejable para llegar a Rey de la Montaña era poner cara de palo, incluso esbozar una sonrisa, mientras la procesión iba por dentro. Aguantar, que no trascendiera al rostro el sufrimiento interior y la fatiga física, era una baza segura para que el competidor desistiera de alcanzarnos. Nada desanima tanto a un corredor como observar que el contrincante realiza con la sonrisa en los labios algo que a él le supone un esfuerzo sobrehumano. Ponerme la máscara fue el secreto de mi éxito como escalador: ni piernas, ni bofes, ni garambainas. A mí me costaba subir el repecho de Boecillo tanto como a José Luis Fando, el gordo de la clase, pero lo disimulaba y mis compañeros, al verse rebasados por un tipo alacre, que no se quejaba, a quien no le dolían los muslos ni se le aceleraba el corazón, se sentían descorazonados y se sentaban en la curva a charlar un rato y descansar, en tanto yo coronaba el cerro en solitario, de un tirón. Pero, al rebasar la cumbre, me tumbaba boca abajo a la sombra de una acacia y sujetaba el corazón contra el suelo para que no se me escapase del pecho. Luego, al llegar a casa, no podía comer, tenía que meterme en cama un ratito hasta que se me pasara el sofoco:

-Claro, es que a Delibes no le cuesta.

Llegué a pensar que mi impostura era la impostura de Trueba, de Ezquerra o del francés Vietto, en el Tour de Francia. El que sabía fastidiarse sin poner cara de fastidio, ese era el Rey de la Montaña".

Publicado el 13 de marzo de 2010 a las 12:15.

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Patxi López, tras la huella de El Cojo

Archivado en: Ciclismo, Plomo en los bolsillos, Vicente Blanco, Patxi López, Egonews

"Los pies de Vicente Blanco eran dos puros muñones. En 1904, cuando tenía 20 años y trabajaba en la siderurgia La Basconia, una barra de acero incandescente le entró por el talón izquierdo y le atravesó el pie hasta los dedos. Los músculos se le fundieron en un amasijo de carne quemada. Pocos meses después, Vicente volvió al trabajo en los astilleros Euskalduna y los engranajes de una máquina le trituraron el pie derecho: le amputaron los cinco dedos machacados. Pero Vicente era de Bilbao. Y Vicente, alias El Cojo, se empeñó en correr el Tour". (De Plomo en los bolsillos).

En esos mismos astilleros Euskalduna, ahora reconvertidos en un flamante palacio de congresos, el lehendakari Patxi López animó ayer a los ciclistas del equipo Euskaltel-Euskadi a que siguieran el ejemplo de El Cojo. No creo que les instigara a dejarse machacar los pies con acero incandescente, a doparse con cazuelas de bacalao escondidas por el recorrido o a que entraran en meta con un perro atado al manillar, sino más bien a que imitaran el empeño de aquel bilbaíno tan fanfarrón y divertido que a pesar de sus pies destrozados fue capaz de pedalear desde Bilbao a París para salir en el Tour de 1910.

Patxi López contó la historia de El Cojo y mencionó Plomo en los bolsillos y a un servidor (se puede ver en este vídeo, aunque se necesita paciencia para dejar que se vaya cargando mientras tendéis la ropa o cocináis las lentejas, porque la mención es a partir del minuto 57'10"). También lo cuenta en su blog.

Precisamente en este 2010 se cumplen cien años de la participación de Vicente Blanco en el Tour y estoy guisando un reportaje bastante curioso para conmemorar la hazaña. Con un poco de suerte, espero contárosla dentro de unos meses.

-Si queréis leer la historia completa de El Cojo, la tenéis aquí.

-Y también podéis leer más detalles y algún otro capítulo del libro Plomo en los bolsillos,

Publicado el 4 de febrero de 2010 a las 10:00.

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Que vienen los raros

Archivado en: Ciclismo, Ciclocrós, Asteasu

[Actualización: un vídeo bien chulo de Sven Nys].

Un par de veces al año, los modestos ciclocrosistas vascos reciben la visita de los mejores del mundo (el pasado domingo en Igorre, ayer martes en Asteasu). Algunos como Javier Ruiz de Larrinaga, Egoitz Murgoitio o Unai Yus son capaces de terminar la carrera sin ser doblados, pero casi todos ven cómo antes o después les sobrepasa un vendaval de belgas, holandeses y checos y, al perder vuelta, deben retirarse del circuito.

Ayer en Asteasu, la madre de uno de los corredores vascos gritaba a su hijo, a punto de ser doblado:

-¡Corre, corre, que vienen los raros!

Estos son los raros: Sven Vanthourenhout, Sven Nys, Klaas Vantornout y Bart Aernouts.  Cuatro belgas de apellidos fascinantes.

Los cuatro dejaron atrás al resto de los corredores desde el principio y se dedicaron a atacarse y contraatacarse una y otra vez, sin llegar nunca a romper el cuarteto. Fue un espectáculo. Al final, se jugaron el triunfo al esprint y ganó Vanthourenhout.

Nos dio pena que no ganara Nys (el primero en la foto de abajo) porque aprovechaba los repechos más duros del circuito para pegar unos arreones tan tremendos que hacían aullar al público. En cada arreón parecía que por fin iba a despegarse de sus rivales, pero nada, le aguantaban, y él lo siguió intentando todas las vueltas en las mismas cuestas. No consiguió marcharse y en el esprint final terminó segundo.

Nos dio pena porque es un ciclista espectacular y porque, si hubiera llegado primero Nys en vez de Vanthourenhout, al volver a casa habríamos sido capaces de pronunciar el nombre del ganador.

Publicado el 9 de diciembre de 2009 a las 15:45.

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Ander Izagirre

Ander Izagirre

Nací en San Sebastián en 1976. Soy periodista satélite. Kazetari alderraia naiz (leer más).

 

Ayuda para los mineritos

 

-PENÚLTIMOS VIAJES:

Karakórum (Pakistán, expedición al Broad Peak, 2010) /

Sáhara (campamentos de refugiados saharauis, 2010) / 

Bolivia (niños mineros, 2009) /

Bretaña (trainera de Albaola, 2009) /

Islandia y Groenlandia (2008).

 

-LIBROS (información y compra):

Cuidadores de mundos / Plomo en los bolsillos /

Los sótanos del mundo / El testamento del chacal /Trekking de la costa vasca

 

Libros de Ander Izagirre

 

 

-REPORTAJES:

"Mineritos. Niños trabajadores en las entrañas de Bolivia"

"Lurpeko haurrak"

"Las madres guaraníes saltan a la cancha"

"Vidas en la boca del infierno" (Islandia)

 

-EGOTECA: entrevistas y tundas varias

 

 

facebook.com/ander.izagirre

Enlaces

La primera etapa de este blog:

Aquel blog con ruedas:

Amigos y maestros:

- Entre Asia y Europa (Zigor Aldama)

- Las ciudades visibles (Oskar Alegría)

- Balazos (David Álvarez)

- Independent docs (Unai Aranzadi)

- Salam agur (Mikel Ayestarán)

- El kiliki errante (Daniel Burgui)

- Leitzaran (Xabier Cabezón)

- Sintomático (Miguel Carvajal)

- Vagamontañas (Eider Elizegi)

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