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Blog de Ander Izagirre

A topa tolondro. Viajes, escapadas y barzoneos

Parecían arrastrar árboles enormes

Archivado en: Ciclismo, Tour de Francia, Albert Londres, Plomo en los bolsillos

Gracias a Josu L., me enteré de que la editorial Melusina acaba de publicar un librito delicioso: Los forzados de la carretera. Tour de Francia 1924.

Es una recopilación de las crónicas que escribió Albert Londres para el diario Le Petit Parisien durante el Tour de 1924. Entre ellas está la legendaria entrevista a los hermanos Pélissier, favoritos para ganar la prueba, que se bajaron de la bici indignados por los abusos del reglamento y por la manera en que los organizadores maltrataban a los ciclistas. En ese encuentro en una cafetería a pie de carretera, Henri Pélissier pronunció aquella famosa frase en la que decía que los organizadores pronto les colocarían plomo en los bolsillos alegando que Dios había hecho al hombre demasiado ligero.

Copio, a voleo, un extracto sobre la travesía de los Alpes:

"Cuando escalaban el Izoard y el Galibier no parecían apoyarse en los pedales sino arrancar árboles enormes. Arrastraban con todas sus fuerzas algo invisible, escondido bajo tierra, pero sin sacarlo nunca.

No les dirigía la palabra, los conocía a todos, pero no me hubieran respondido. Cuando su mirada se cruzaba con la mía, me recordaba a la de un perro que tuve y que antes de morir compartía conmigo su profunda pena por estar obligado a abandonar la tierra. Volvían a bajar la mirada y curvados sobre su manillar continuaban adelante concentrados en la carretera, como comprobando si las gotas de agua que caían eran de sudor o de lágrimas.

(...)

Brunero, el italiano que corre el Tour por primera vez, me pregunta con voz entrecortada:

-¿Es mucho más largo el Galibier?

Diez minutos más tarde le oigo formular la misma pregunta a Thys. Thys responde afirmativamente con un movimiento de cabeza. Sí, todavía es muy largo.

El año anterior, en la pendiente del Izoard, Alavoine se cayó y perdió el conocimiento y la carrera. Lo recuerda:

-¡Tengo miedo! -me grita.

Y baja a tumba abierta, cortando el viento, con la mirada ansiosa.

Me he parado al final de una gran cuesta.

Uno detrás de otro los veo descender en tromba.

-¡Estoy acojonado! -me grita un corredor aficionado con voz trémula.

Y otro:

-¡Tengo miedo!

Parece que espero en ese giro para recoger sus trozos.

Aún aparece otro tan rápido que me arroja el viento al pasar:

-¡Estoy asustado! -dice a gritos.

Otro frena, zigzaguea, va a caer rodando, se la pega contra un talud que le rasguña el muslo, pero que le para.

Voy hacia él; su cadena está rota:

-Hoy tenía un poco de ventaja. ¡Desgracia de las desgracias!

Observa su cadena:

-¿Cómo voy a arreglar esto? Necesitaría un yunque.

Agarra una piedra grande y otra pequeña. La grande es el yunque y la pequeña el martillo.

-¡Si la arreglo, me emborracho en la meta!

Este corredor es Ercolani, nativo de Froges, que espera un hijo:

-Ojalá sea un chico, lo bautizaré con el nombre de Benjamín.

-¿Por qué?

.Porque soy el benjamín del Tour. ¡Tengo veintiún años!

Consigue repararla.

-Soy feliz -dice.

(...)

Nos encontramos con el farolillo rojo.

Es el nombre que recibe el último.

Es Rho, al que siempre llamamos D'Anunzio.

Es difícil afirmar si Rho es más delgado que obstinado. Está cambiando un neumático y parece que reflexiona profundamente.

-¿En qué piensan tan concentrado?

-Pienso en el signor Bazin...

El señor Bazin es el cronometrador.

A las 21h 41' 3" 2/5 pulsa un botoncito que se encuentra sobre la mesa, un reloj de dos mil quinientos francos. Entonces avisa:

-¡Señores, el control está cerrado!

Verá llegar a D'Anunzio con las tripas fuera, a tres metros, y le hará el gran signo de la piedad y de la desesperanza, y no vacilará.

El señor Bazin sabe lo que representa en la vida dos quintas partes de un segundo.

¡El señor Bazin es una especie de cuco que vive dentro de un reloj!

Rho estaba perplejo porque ya sabía todo esto.

Sin el corazón de piedra del signor Bazin, el deporte le hubiera parecido mucho más bello...".

Publicado el 30 de julio de 2009 a las 13:30.

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Hey, pistolero

Archivado en: Ciclismo, Tour de Francia, Mikel Astarloza, Juanma Garate, Lance Armstrong

ACTUALIZACIÓN (31 de julio, 20.25): La Unión Ciclista Internacional anuncia que Astarloza dio positivo por EPO una semana antes del Tour. Qué enorme decepción.

*

Los ciclistas vuelven a casa.

Mikel Astarloza, ganador en Bourg-Saint-Maurice, que hasta ese día se refería a sí mismo como "un líder patético", porque sus compañeros trabajaban para él y nunca ganaba: "En el equipo suelen decir que siempre voy quedándome del grupo de cabeza y sufriendo. Esa es la historia de mi vida. Los recuerdos que tengo son sufriendo y descolgándome. Cuando deje el ciclismo me quedaré con lo de ir sufriendo y no aguantado el grupo de cabeza. Siempre digo que soy el peor del mejor grupo".

(Entrevista en El Diario Vasco)

La verdad es que si pensamos en una imagen de Mikel, el pobre siempre aparece luciendo dentadura:

(La foto es de NVJ).

Juanma Garate, ganador en el Mont Ventoux, que fue al Tour para ayudar a Menchov -desaparecido-, Freire -errante- y Gesink -caído-: "Esto lo compensa todo, los sufrimientos desde que eres cadete, los sueños desde que eres un crío. Soñé que llegaba con Contador. Me acuerdo que la segunda vez que gané en Gorla, en aficionados, también soñé que ganaba. No me suelo acordar mucho de los sueños, pero de éstos sí. Mi mujer me suele decir que se me olvidan".

(Entrevista en El Diario Vasco)

Estos dos han vuelto a casa felices. Pero hay uno que está avinagrado total: Lance Armstrong.

Leer texto completo »

Publicado el 29 de julio de 2009 a las 12:15.

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Donde caben nueve, caben dix

Archivado en: Ciclismo, Tour de Francia, Mark Cavendish

El tremendo Mark Cavendish ganó cuatro etapas del pasado Tour y este año se ha llevado seis. Ayer, en los Campos Elíseos, certificó que donde caben nueve, caben dix. ¡Caven sos!

Además las ha ganado sacando de rueda una y otra vez a sus rivales, sin pasar ningún apuro ni tener que dar ningún golpe de riñón en el último metro. Sobrado, sobradísimo. Cómo lo hace: con las piernas explosivas de un pistard y con su equipo-locomotora Columbia, que le deja los esprints casi ganados antes de que le toque arrancar a él.

Este vídeo, en el que se ve de maravilla el esprint de ayer en París, debería incluirse en los manuales de ciclismo. Así se organiza un esprint perfecto:

00.20: Dos ciclistas del equipo Garmin tiran del pelotón a toda pastilla y llevan a rueda a su compañero, el esprinter Tyler Farrar (a esas velocidades, el ciclista gasta el 80% de sus fuerzas contra la resistencia del viento: por eso es fundamental pedalear lo más pegado posible a la rueda trasera del que te precede, todo el tiempo posible: ahí se juega una gran parte del esprint).

00.25: Empieza el festival del Columbia. En la pancarta del último kilómetro, George Hincapie arranca por un costado, llevando a rueda a sus compañeros Mark Renshaw y al propio Cavendish. Rebasa a los Garmin y destroza su estrategia. Los Garmin se ponen a rueda de los Columbia, pero Farrar ya va peor colocado que Cavendish.

00.52: Hincapie se aparta. Obliga a los Garmin a rodearle por la derecha y a salirse del rebufo. Mientras tanto, Renshaw tira a tope de Cavendish y traza perfectamente la última curva. El lanzador del Garmin, reventado por el esfuerzo extra para superar a Hincapie, pierde un metro en esa curva. Ahí ya se ha decidido el esprint, antes incluso de que comience. Farrar queda lejos de la rueda de Cavendish.

01.02: Imágenes espectaculares, con la cámara siguiendo el esprint desde un carril lateral. Renshaw lanza el esprint y Cavendish lo remata con una ventaja inmensa. Para quitarse la txapela.

Publicado el 27 de julio de 2009 a las 22:45.

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No es que fuéramos tan malos

Archivado en: Ciclismo, Tour de Francia, Juanma Garate

Esta vez me pilló en un bar de Uharte-Arakil y tuve que contener los saltos y los gritos. Acababa de bajar del monte Beriain (aka San Donato, 1.493 m.), entré en el bar de la plaza, que estaba desierto, y pedí dos cafés con leche consecutivos (¿basta pedir un café para pasar una hora viendo la tele? A mí me dio apuro y pedí el segundo). Vi los últimos kilómetros de la subida al Mont Ventoux con la compañía de una camarera que hojeaba el periódico y un parroquiano que bebía cerveza de espaldas a la tele.

Cuando Juanma Garate aceleró a dos kilómetros del final y dejó atrás a Tony Martin, me vino el primer golpe de cafeína. Empecé a bambolearme en el taburete del bar, apreté los puños, solté un par de gruñidos que en mi casa hubieran sido gritos. Tony Martin alcanzó a un Garate que parecía deshinchado y entonces me deshinché también yo con un ¡¡buff!! que me salió del alma. Me di cuenta de que la camarera y el parroquiano me observaban con cierto interés. 

Pasé los últimos quinientos metros de la etapa sacando y guardando el filo de la navaja de monte, clic-clac, clic-clac, clic-clac, y hoy me asombro de seguir teniendo diez deditos en las manos. Cuando Garate arrancó en el último repecho y dejó clavado a Martin, la cafeína del segundo café me subió en chorros hasta golpear el cogollico del cerebro y ahí sí, ahí se me escapó un gritillo rápidamente estrangulado, una especie de "¡¡¡uuuaaaa...aagh". El irunés cruzó la meta dando puñetazos al aire y yo pegué dos aplausos, plas, plas, y ya. No me atreví a mirar a la camarera y el parroquiano.

Salí a la calle y fui hacia la furgoneta dando brincos.

(Foto: Cyclingnews)

Pensé en el poco reconocimiento que ha tenido la carrera de Garate. Ha ganado etapas en la Vuelta, en el Giro (nada menos que en el Passo San Pellegrino) y en el Tour (¡en el Mont Ventoux!). En la ronda italiana ha quedado cuatro veces entre los diez primeros (4º, 5º, 7º y 10º) y ha sido rey de la montaña. Ha ganado etapas en la Vuelta a Suiza y el Giro del Trentino. Ha sido campeón de España. Y además de las victorias no deberíamos olvidar su enorme capacidad de trabajar para otros: fue el gregario favorito de Gilberto Simoni, a quien le ponía las carreras en bandeja en los Giros gloriosos del italiano.

Me atrevo a decir que cualquier ciclista del Euskaltel-Euskadi con ese palmarés habría sido llevado a los altares por la afición vasca. Y sin embargo, Garate, que siempre se ha buscado la vida en equipos italianos, belgas y holandeses, queda un poco en la sombra.

En todos estos años el equipo Euskaltel ha cumplido una labor fenomenal para el ciclismo vasco. Pero también ha traído algunas distorsiones (que no son achacables a nadie del equipo, por supuesto). Es evidente que Euskaltel funciona como una especie de selección vasca extraoficial, y eso a veces ha fomentado un forofismo que hace cuatro o cinco años desembocó en episodios bochornosos al paso del pelotón por los Pirineos, hasta el punto de que la organización decidió no programar etapas pirenaicas en fin de semana para intentar frenar aquellas hordas de vascos que organizaban broncas nocturnas, aquellas mareas de kalimotxeros hiperrevolucionados que corrían por la cuneta dando toquecitos a los ciclistas y metiéndoles las banderas en las narices. Los aficionados del ciclismo siempre han animado a los ciclistas de todos los colores, al de casa y al de fuera, pero en aquellos años vimos abucheos y hasta lanzamientos de lechugas contra ciertos equipos y corredores. Temimos que el ciclismo se futbolizara. Pero pasaron aquellos años en los que Mayo y Zubeldia parecían candidatos al podio de París y una gran parte de aquellos euskohooligans se esfumó. Lo hemos comentado entre amigos: a ver si las selecciones vascas de surf y sambo consiguen muchos éxitos internacionales y los ciclistas vascos no destacan demasiado, para que las cunetas del Tour vuelvan a ser un poco tranquilas. Dicho lo cual, nos alegramos mucho por el carrerón que ha hecho Euskaltel con Astarloza, Egoi Martínez, Amets Txurruka...

¿Y yo? ¿Acaso me libro de tener arrebatos forofos? Si me puse a dar brincos, ¿acaso no era porque Garate es vasco? Pues sí, claro, siempre da más emoción cuando gana un vecino. Pero en este caso, como en el de Astarloza, había otra emoción más personal.

Juanma Garate es del 76, como yo, de manera que coincidimos muchos años en el pelotón (en cadetes, juveniles, aficionados...). Le recuerdo como un escalador muy fino, que no ganaba muchas carreras pero que siempre subía muy ligero y repartía buenos hachazos.

En la capa paleozoica de mi archivo debo de tener enterrado un recorte de El Diario Vasco del que me acuerdo muy bien. Es de la Vuelta a Gipuzkoa de 1994. Casi nada. En la foto principal se ve a tres ciclistas esprintando en la llegada en cuesta de Segura: uno es Haimar Zubeldia, que pega un golpe de riñón para ganar la etapa; a su lado está Juanma Garate, segundo por muy poquito; y tercero, un poco más atrás, otro Garate, Eneko, lector y comentarista de este blog (Eneko, ¿andas por ahí?, anda, cuéntanos aquella batallita). ¿Y yo? ¡Yo salgo en la otra foto de esa página! Ese día tuve una caída, luego un pinchazo, y llegué a meta con cuatro minutos de retraso. Y ahí salgo en la foto, arrastrado, intentando terminar la etapa. Al menos estuve cerca de conseguir algunos puntos (sí: de sutura, en la rodilla derecha). En la etapa siguiente un ciclista chocó contra la peligrosa mediana de Ikaztegieta, se fue al suelo delante de mis narices, yo choqué contra él, volé, aterricé y me cayó encima una montonera de bicis y ciclistas. Tengo el recuerdo grabado en el codo, la rodilla y la cadera derecha. Ahí se acabaron mis glorias en aquella vuelta.

Bueno, pues ahí tenéis otra razón por la cual el sábado salí dando brincos tras ver ganar a Garate en el Ventoux. Al contar estas batallitas cebolletescas, siempre podemos alegar que no es que nosotros fuéramos tan malos, sino que en aquellos pelotones guipuzcoanos había algunos ¡muy buenos!

Publicado el 26 de julio de 2009 a las 22:30.

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El estimulante que mató a Tom Simpson

Archivado en: Ciclismo, Tour de Francia, Tom Simpson, Mont Ventoux, Lance Armstrong, Alberto Contador, Andy Schleck, Frank Schleck, Bradley Wiggins, Andres Kloden

La subida al Mont Ventoux, mañana sábado, promete emociones fuertes. Las primeras dos plazas del podio parecen aseguradas (Contador y Andy Schleck) pero hay cuatro ciclistas casi empatados en la lucha por la tercera.

Por ahora la posee Armstrong, pero apenas tiene las uñas clavadas en el cajón, porque le siguen tres rivales apretados en sólo 34 segundos de diferencia: Bradley Wiggins, a 11 segundos del tejano (si no se hubiera caído ayer en la crono, ahora sería tercero con cierto margen); Andreas Klöden, a 13 segundos (¿se atreverá a pelearle el podio a su compañero Armstrong? Contador ha dicho que quiere ayudar al alemán, después de dejarle descolgado en La Colombiere, y eso perjudicaría al tejano: ¡menuda salsa se puede montar! entre los tres compañeros de equipo); y Frank Schleck, a 34 segundos (su  hermano Andy, con la segunda plaza ya asegurada, hará todo lo posible por meter a Frank en el podio).

Sería tremendo ver a Armstrong en el podio de París.

¿Qué os gustaría que ocurriera? ¿Y qué creeis que va a ocurrir?

Yo no lo tengo nada claro. Pero habrá que mojarse: 1) Armstrong se quedará fuera del podio (a esta opción le doy un 65% de posibilidades); 2) Entrará en el podio... Klöden (50%).

Y yo voy a tener que pagar una palmera de chocolate de la pastelería Oiartzun (porque Armstrong quedará entre los cinco primeros de la general: 70%).

*

El paso por el Mont Ventoux siempre trae recuerdos de Tom Simpson, el ciclista que murió sobre la bicicleta en las rampas de esta montaña marciana. Suele hablarse del calor y del dopaje (los controles antidopaje se instauraron en 1968, un año después de la muerte de Simpson). Pero aquel día, por pura casualidad, a las anfetaminas que tomaba el inglés se les añadió un ingrediente fatal. Lo contó el novato Colin Lewis, compañero de equipo y habitación de Simpson:

"En aquel Tour hizo mucho calor, pero el día del Ventoux fue insoportable", recuerda Colin Lewis. "En aquella época no podíamos recibir bebida desde los coches salvo en la zona de avituallamiento, aunque algunos aprovechaban las averías o los pinchazos para que los mecánicos les colaran un bidón fresco a escondidas. Y en la etapa del Ventoux, cuando faltaban muchos kilómetros para el avituallamiento, algunos corredores empezaron a gritar en el pelotón que iban a hacer un café-raid. Es decir, que iban a asaltar un bar". Se trataba de una práctica habitual. Los gregarios se ponían de acuerdo para echar pie a tierra, a veces en bandas de veinte o treinta ciclistas, y rellenaban sus bidones y los de sus jefes en fuentes o arroyos. Pero muchas veces asaltaban bares, restaurantes y hasta algún camión de reparto que pasara por allí. Julio Jiménez explicó al periodista Arribas por qué le faltaba un incisivo: "Me lo rompí intentado abrir una botella de cerveza. ¡Qué impresionante, cómo se asaltaban los bares! Pasaba en todas las carreras, en el Tour, el Giro, la Vuelta", contaba el abulense. "Los gregarios se metían botellas grandes de cristal por todas partes, algunos cargaban hasta con diez o doce. Se llevaban de todo, hasta botellas de champaña. Algunos abrían las cervezas con los dientes, otros golpeaban la chapa contra la potencia del manillar, pero se caían al suelo o se cargaban la pieza. Los más previsores llevaban un abridor colgando de una cadenita del cuello. Y se corría la voz: Fulano lleva abridor".

"En la etapa del Ventoux, el novato Colin Lewis se sumó a la marabunta: "No sabía muy bien qué pasaba. Entré corriendo a un bar de carretera muy amplio y vi que los corredores arramplaban con todo. El dueño gritaba, los camareros echaban a empujones a los ciclistas, y lo más gracioso es que los clientes se pusieron de nuestra parte y algunos agarraban botellas de la barra y nos las daban. Las cocacolas eran los botines más preciados y yo vi una botella encima del frigorífico, así que me subí a una silla y la cogí. Luego me guardé otras tres botellas en los bolsillos traseros del maillot y me metí una más por la nuca, sin saber qué eran. Salí corriendo". Después tocaba perseguir al pelotón, cazarlo y buscar al jefe de filas. "Busqué a Tom en el grupo y le pasé la cocacola", cuenta Lewis. "Se la bebió entera, casi de trago, y luego me preguntó: ‘¿Qué más tienes?'. Metí la mano en el bolsillo y agarré una botella cualquiera: era coñac Remy Martin. Tom la vio, dudó un instante y al final me dijo: ‘Qué demonios, dámela. Estoy un poco flojo, a ver si me pongo a tono". Bebió un trago largo y luego arrojó la botella por los aires a un campo de girasoles".

El mecánico del equipo inglés explicó perfectamente cuál era en realidad el estimulante que mató a Tom Simpson. Lo podéis leer aquí, en el capítulo completo sobre la muerte de Simpson: 40 pedaladas.

Ese capítulo pertenece al libro Plomo en los bolsillos (disponible sólo en info@anderiza.com).

*

Si veis que en la etapa de hoy viernes suena la flauta y gana Peter Velits, alegraos por mí.

Publicado el 24 de julio de 2009 a las 11:00.

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Mikel txapeldun!

Archivado en: Ciclismo, Tour de Francia, Mikel Astarloza

ACTUALIZACIÓN (31 de julio, 20.25): La Unión Ciclista Internacional anuncia que Astarloza dio positivo por EPO una semana antes del Tour. Qué enorme decepción.

*

Estaba solo en casa, pero hace veinte minutos me he puesto a dar saltos y gritos como no lo hacía viendo ciclismo desde que Olano ganó el campeonato del mundo con la rueda pinchada.

¿Has estado alguna vez en Cuba? No, pero el sobrino de la mujer de un amigo mío estuvo a punto de ir.

Mi relación personal con el triunfo de etapa de Mikel Astarloza es parecida, pero no he parado de saltar como un loco mientras el pasaitarra recorría en solitario el último kilómetro. Mikel corrió en la escuela de ciclismo donostiarra Artzak Ortzeok, en la que corrimos todos mis amigos, mi hermano, yo mismo, y en la que mi padre fue el "presi" durante muchos años. De hecho, en el salón de casa de mis padres hay una foto dedicada por Mikel a su "presi" -no discutiremos si mi padre puso la foto en un sitio más destacado o no que las fotos de sus hijos, ejem-.

En el Tourmalet estuvimos con su madre, que es amiga de la mía, justo el día en que Mikel se metió en otra fuga pero sólo consiguió llegar tercero (el día en que ganó Luis León Sánchez). Su hijo acababa de hacer tercero en una etapa del Tour, ¡casi nada!, pero la mujer andaba un poco triste: el chaval anda todo el día escapado pero no consigue ganar...

Ahora mismo oigo en Radio Euskadi a Kontxi, la madre de Mikel, hablando emocionada con su hijo, los dos al borde de las lágrimas.

Y suenan cohetes en Pasajes de San Pedro.

**

PD1: Aquí está el vídeo del último kilómetro. Buah, carne de gallina.

PD2: Iturri propone un reto para Mikel Astarloza.

PD3: A lo largo del Tour, Astarloza escribe una columna diaria en Berria. ¿Qué contará mañana?

 

Publicado el 21 de julio de 2009 a las 17:45.

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Siempre que sepas nadar

Archivado en: Ciclismo, Tour de Francia, Alberto Contador, Lance Armstrong, Bradley Wiggins, Jacques Anquetil, Bernard Hinault, Eddy Merckx, Miguel Indurain

Bradley Wiggins hizo ayer de notario. El inglés, un velocista de velódromo, un misil de corto alcance, no terminaba de creérselo. Pero en la subida a Verbier dio un acelerón y constató que Lance Armstrong no era capaz de seguirle ni siquiera a él. Fue un momento histórico, el que certificó que el Tour había derrotado por fin a Armstrong, igual que ha hecho a lo largo de la historia con todos los grandes campeones.

(Foto de Sirotti, sacada de Cyclingnews).

Cuando intentaban conquistar un sexto Tour -esa especie de fruto prohibido-, los mejores ciclistas de la historia sufrían unos desfallecimientos feroces, como si recibieran el castigo de un dios furioso por la blasfemia. Basta con recordar a Anquetil echando pie a tierra en 1966, camino de Saint-Étienne, agotado, temblón, lloroso. A Eddy Merckx, en 1975, que se atrevió a atacar en un descenso alpino vestido de amarillo, dispuesto a arrasar otra vez, y que pocos kilómetros después se vació y acabó haciendo eses en la pequeña subida a Pra Loup. A Bernard Hinault, cegado por la obsesión de ganar y además machacar, lanzado a una fuga solitaria y loca con el maillot amarillo por un carrusel pirenaico, después de otra escapada antológica la víspera, y que acabó derrengado y con los ojos en blanco en Superbagnéres en 1986. O a Miguel Induráin, que pensaba lanzar un ataque cuando de pronto se quedó pegado al asfalto de Les Arcs, fundido y deshidratado, amarrado a un calvario de dos semanas que le llevó a rastras hasta la propia puerta de su casa.

Armstrong había superado todos los listones: primero pudo con el cáncer, luego fue capaz de subirse otra vez a la bici, compitió con los mejores del mundo y les ganó. Conquistó el sexto Tour. Y el séptimo. Y se despidió alzando los brazos en el podio, enmarcado por el Arco del Triunfo, con la leyenda devoradora del Tour convertida en esa moqueta amarilla que él pisó.

Por eso, si ayer hubo un demarraje histórico fue esa leve y vulgar aceleración de Wiggins, un peón atónito que se convirtió en ejecutor de la ley del Tour.

Antes, el ataque eléctrico de Contador fue de los que hacen saltar del sillón y de los que se graban en el recuerdo. También constituyó un momento histórico, y sin necesidad de notarios ajenos, porque Contador firmó con su sello más característico la superioridad que demuestra desde hace un par de años y el anuncio de su futuro dominio. Bastaron esos pocos segundos en los que se puso de pie, pasó por el costado de Frank Schleck pegando un acelerón y abrió una brecha que quizá nadie pueda cerrar durante varios años.

Andy Schleck, quizá el rival más peligroso de Contador en las próximas ediciones, salió detrás de él y completó una ascensión fantástica, aunque siempre lejos del madrileño.

En ese momento Armstrong todavía mantenía un ritmo digno. Iba cediendo segundos pero aún parecía capaz de pelear. Duró poco. Quienes iban a su rueda percibieron la fatiga, la pérdida de velocidad, la pesadez de unas piernas que antaño volaban como molinillos. El viejo dueño del Tour se estaba agrietando y amenazaba con derrumbarse. Aprovechando ese momento, saltó Frank Schleck, saltó Carlos Sastre, que venía remontando desde muy atrás, y saltó hasta el sorprendente y sorprendido Wiggins.

Armstrong no pudo seguirles. Ni siquiera a Evans, que subía muy tocado, ni a su compañero Kloden, que puede acabar en el podio de París sin dejar de trabajar como gregario durante toda la prueba.

En su regreso, Armstrong quizá tenía dos maneras de conseguir un triunfo: la primera, conquistando una victoria que hubiera sido única en la historia del deporte -¡un octavo Tour, casi con 38 años, después de tres temporadas retirado!-; la segunda, conquistando por fin la derrota, ese fracaso que le hiciera más humano y más querido, tal y como le sucedió al perfecto Anquetil, silbado y abucheado por sus compatriotas porque siempre derrotaba al desgraciado Poulidor, y que no obtuvo aplausos respetuosos hasta que se bajó de la bici camino de Saint-Étienne, agotado, temblón, lloroso.

No me lo creo. No me creo que a Armstrong le consuele la idea de que los franceses le quieran un poco más porque ha sido derrotado, no me creo que él participe de esa visión romántica del fracaso. Si este año Armstrong se merece un respeto enorme no es porque ya no pueda seguir a los mejores ciclistas, sino porque ha vuelto a jugar a ganar cuando tenía tantas cosas en contra, incluida la antipatía de muchos aficionados, y porque ha peleado hasta el último aliento.

Lo dejó muy claro en su biografía: "Una vida gastada a la defensiva, sumido en la preocupación, es una vida mal invertida. Me gusta controlar las situaciones, me gusta ganar, me gusta llevar las cosas hasta el límite".

* * *

Del reportaje "Lance Armstrong, el ciclista que derrotó al Tour":

Armstrong llevaba años fascinado por una gran poza natural, un estanque de agua verdosa encerrado entre unos paredones de caliza de quince metros de altura, en las colinas de Texas. Se llama, qué cosas, Dead Man's Hole. El Agujero del Muerto. Cuando ganó el Tour decidió comprar los terrenos circundantes, y cada vez que quiere convencerse del hecho milagroso de que sigue vivo conduce hasta la poza, se arrima al precipicio y salta los quince metros. Dice que en esos segundos de caída libre le entusiasma sentir los latidos frenéticos del corazón, el cosquilleo del vértigo, la dosis de terror. Luego el chapuzón violento, los jadeos, las brazadas hasta la orilla y la feliz vuelta a casa. "Un poco de miedo sienta muy bien", dice, "siempre que sepas nadar, claro".

* * *

(Plomo en los bolsillos: sólo disponible en info@anderiza.com)

Publicado el 20 de julio de 2009 a las 17:30.

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Plomo en los muslillos

Archivado en: Ciclismo, Tour de Francia, Óscar Freire, Heinrich Haussler

Los ciclistas nos van a matar a bostezos en este Tour que va camino de convertirse en el más birrioso de la historia. Miramos con desesperación a la etapa del domingo, con final en el puerto suizo de Verbier (nada del otro mundo: 8,8 kilómetros al 7,5%), porque ayer, en una etapa con buenos puertos para desatar peleas, no pasó nada de nada.

Bueno sí: el hasta ahora esprinter y clasicómano Heinrich Haussler estuvo escapado 200 kilómetros a través de un montón de puertos bajo el chaparrón, dejó uno a uno a sus compañeros de fuga, y entró en meta -muy cerca de su casa- tan emocionado por la hazaña que se echó a llorar. He decidido que me cae bien, tan todoterreno, tan valiente y tan tiernecico con esos mofletes.

(La foto, de aquí).

También me cae bien, no lo vamos a negar, porque gracias a él ayer sumé un mogollón de puntos en ciertas porras multitudinarias interneteras en las que ando cerca de rascar premios.

Ayer queríamos ver pelea y alguna sí que tuvimos: el hombre del mazo le pegó fuerte a Sylvain Chavanel, Thor Hushovd entró en meta gritando en japonés a Peter Velits por disputarle el quinto puesto y los puntos del maillot verde (creo que era japonés: decía fak yu, fak yu o algo así)... ¡y hubo hasta disparos a los corredores!

"Un aficionado zumbado con una pistola de aire comprimido se dedicó a tirar perdigones a los ciclistas, haciendo plomo la metáfora de la libertad de la afición a disparar en las alas a sus héroes, como si fueran patitos de hojalata en una barraca de feria. Uno se lo clavó al sprinter cántabro [Freire] en el muslo, otro, al neozelandés Julian Dean en un dedo. Pasado el escozor, a Freire, un chico único, le dio la risa y enseñó el perdigón como un trofeo a sus compañeros de fatigas". (De la crónica de Carlos Arribas, que ya no sabe ni qué contar, el pobre).

Declaraciones de Freire en meta, recogidas por Benito Urraburu: "Si hubiese sido en el llano, a lo mejor te bajas y vas a por él, pero bajando no puedes hacer nada, casi no te das cuenta. Al principio me dolió un poco el muslo".

La Asociación de Telespectadores Bostezantes ha emitido una nota en la que condena absolutamente la acción del desaprensivo: "Visto el desesperante tran-tran del pelotón, ¡esos tirillos hay que pegarlos en el principio de la etapa, hombre!".

*

(Plomo en los bolsillos: sólo disponible en info@anderiza.com)

Publicado el 18 de julio de 2009 a las 10:30.

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Náufragos en el Tourmalet

Archivado en: Escapadas, Ciclismo, Tour de Francia, Tourmalet, Danilo Napolitano, Kenny Van Hummel

Ayer subí el Tourmalet en bici, trece años después de la última vez, y tardé el mismo tiempo que entonces. Con un pequeño matiz: hace trece años en la bici llevaba una parrilla cargada con alforjas, tienda de campaña, saco de dormir, hornillo y ropa para varios días de viaje. La ecuación es sencilla y significativa: en el aspecto físico, tener 33 años es como tener 20 años más un equipaje a cuestas.

Me gusta ir al Tour. Y me gusta mucho más cuando llevo la bici. Porque subir el Tourmalet unas horas antes de que pasen los ciclistas equivale a que te dejen pelotear en la pista central de Roland Garros un poco antes de que jueguen Federer y Nadal o a que te dejen echar un partidillo con los amigos en el césped de Anfield justo antes de una final europea. Procuro apagar los brotes mitómanos, pero me gusta que mis ruedas sigan el surco que otras ruedas trazaron en esta misma montaña: pedaleo en la curva exacta en la que Lemond reventó y perdió un Tour, y yo, mucho más relajado, aunque también con cierto dolor de piernas, me lo imagino en ese preciso lugar y en aquel instante, mirando a la recta que sale empinada hacia el cielo, donde ya avanzaban los rivales que no volvería a ver. Me gusta imaginar a Induráin volando cuesta abajo, agachado sobre el manillar, sacando la rodilla para trazar este viraje al borde del barranco. O a Merckx, machacando los pedales y jadeando con furia por el interior de esta oscura galería antiderrumbes por la que yo cruzo ahora. O a Eugene Christophe, que bajó la montaña a pie, llevando en la mano su bicicleta con el cuadro partido, desesperado porque estaba perdiendo un Tour que ya tenía en el bolsillo, y entrando en esta aldea de Sainte Marie de Campan, en este caserón en  el que pasó varias horas forjando él mismo su bicicleta en una herrería.

También me gusta ir al Tour para ver lo que en la tele nunca se ve: las terribles y silenciosas historias de los ciclistas descolgados. A pesar de que la etapa fue decepcionante, disfruté observando muy de cerca los rasgos afiladísimos y la mirada concentrada de Armstrong o el bailoteo sobre los pedales de un Contador que iba sobrado de fuerzas, pero aprecié especialmente ese momento en que desaparecen, montaña arriba, al paso de los primeros, los bocinazos de los coches, los aullidos de la gente, el zumbido de las aspas de los helicópteros. Entonces la ladera queda en silencio y al rato empiezan a aparecer náufragos: esprinters como Freire o Rojas que intentan coronar cerca de los primeros para alcanzarles en la bajada y disputar la etapa, corredores como el sufriente Voigt que marchaban escapados desde el principio de la etapa y que han sido rebasados por el grupo, gregarios como Popovych que han marcado el ritmo en los primeros kilómetros del puerto... Hoy los titulares hablan del descafeinado Tourmalet de ayer, y eso es cierto si sólo nos fijamos en los primeros, pero que les pregunten a esos ciclistas rezagados, que pasaron retorciéndose sobre la bici para superar este puerto terrible. 

Después de muchos minutos aparece el famoso autobús: el gran grupo donde se juntan los esprinters, los rodadores y los agotados en general, donde se establece una solidaridad de supervivientes entre los ciclistas de todos los equipos. Suben juntos los grandes puertos, para intentar hacerlos más llevaderos y para ayudarse unos a otros en el largo recorrido hasta la meta. Ese agrupamiento también es un mecanismo de defensa contra la guadaña del reglamento: si llegan fuera de control pero son muchos ciclistas, cabe la posibilidad de que la organización no se atreva a echarlos a todos y decida repescarlos. De todas maneras, en el autobús siempre hay uno o dos veteranos que organizan la marchan, controlan el ritmo, abroncan a los impetuosos que aceleran demasiado, piden relevos a los que se escaquean y sobre todo calculan los minutos justos para llegar a meta dentro del tiempo reglamentario.

Después del paso del autobús, los espectadores empiezan a caminar por la cuneta, de vuelta al coche o a la tienda de campaña. Ya ha pasado la carrera. Algunos intentan meter el cuello por la ventana de alguna de las autocaravanas con televisor, para ver el final de la etapa. Y al rato, al mucho rato, suena la sirena de la moto de un gendarme, que se abre paso entre la muchedumbre: ¡todavía viene un ciclista! Hace ya veinte o treinta minutos que los primeros coronaron el puerto. Y cinco o diez minutos desde que pasó el autobús. Pero este pobre ciclista no puede ni con el ritmo de los náufragos agrupados. Y lo va a pasar fatal, porque todavía tiene que coronar el Tourmalet y después recorrer setenta kilómetros en solitario hasta meta, exprimiéndose al máximo si no quiere llegar con el control cerrado.

Así pasó Kenny Van Hummel, a quien veis en esta foto. A su lado corre Isaac, un segundo antes de empujar al ciclista durante cincuenta metros cuesta arriba. Cuando Isaac deje de empujarle, otro espectador tomará el relevo y empujará a Van Hummel otros cincuenta metros. Así se forman unas impresionantes cadenas de gente que sube a empujones a los últimos descolgados. Me fascina la estampa de estos ciclistas reventados, con  la boca abierta, la mirada perdida, el pedaleo de zombi, mientras son llevados en volandas hasta la cumbre.

Anoche, nada más llegar a casa, busqué a Van Hummel en la clasificación de la etapa. Lo encontré en el último puesto, el 171, a 38 minutos y 3 segundos del ganador Fedrigo. Llegó a meta quince minutos después del autobús, pero con el margen suficiente como para seguir apareciendo en la lista también hoy, jornada de descanso. El gran reportaje de hoy no sería  el que contara la tensión entre Armstrong y Contador, sino la jornada de descanso de Van Hummel.

Pero no hay muchos finales felices en el Tour. Porque después de Van Hummel todavía pasó otro ciclista más: Danilo Napolitano, un gran esprinter que ayer subía el Tourmalet haciendo eses. Podéis verlo en esta foto, a falta de dos kilómetros para la cumbre. Pero si miráis la clasificación, ya no encontraréis su nombre.

(Plomo en los bolsillos: sólo disponible en info@anderiza.com)

Publicado el 13 de julio de 2009 a las 13:00.

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Sufrimiento, belleza y eficacia

Archivado en: Ciclismo, Tour de Francia, Plomo en los bolsillos, Lance Armstrong, Alberto Contador

La contrarreloj por equipos es probablemente la disciplina más estética y más dolorosa del ciclismo. Los nueve corredores pedalean perfectamente alineados o en formaciones diagonales para protegerse unos a otros cuando sopla viento lateral, sincronizando los relevos, conducidos por los esfuerzos más largos de los especialistas: da gusto ver rodar a contrarrelojistas como Cancellara o Zabriskie en la cabeza del grupo, formando una punta de lanza con los brazos apoyados en el manillar extendido, la espalda recta, el tronco inmóvil, las piernas machacando las bielas con un ritmo hipnótico, la bicicleta perforando el aire como un cometa, arrastrando en su estela a los ocho compañeros que sufren y sufren para seguir pegados a su rueda, soldados al tubular trasero para refugiarse en su rebufo, porque si entra una mínima ráfaga de viento entre el primer ciclista y el segundo, el dolor se multiplica y hay riesgo de reventar.

(Foto: Cancellara, que salvó el liderato ante Armstrong por 18 centésimas, encabeza el equipo Saxo Bank en la llegada de la contrarreloj. Cyclingnews).

Las contrarrelojes individuales siempre son durísimas: "Al margen de posturas aerodinámicas, tejidos especiales, materiales ultraligeros y mil zarandajas, la esencia de esta prueba es tan sencilla como atroz: el ciclista busca su cota de dolor máximo y trata de mantenerse en ese límite terrible durante todo el tiempo posible. Quien concede una tregua al dolor pierde la carrera". (De Plomo en los bolsillos).

Pero en la individual, al menos, queda un pequeño margen para que el ciclista regule  sus fuerzas. En la contrarreloj por equipos, sin  embargo, debe pedalear como si fuera un perro enganchado por el cuello con una correa de la que alguien tira y tira y tira a una velocidad desquiciada, y no puede relajarse ni un segundo porque entonces la correa le pegaría un tirón brutal y se ahogaría. Con el añadido de que son sus propios compañeros, y él mismo, los que tiran y tiran y tiran de la correa que amenaza con asfixiarles.

Otro problema: en las contrarrelojes por equipos suelen abundar las caídas (ayer mismo hubo bastantes, y algunas graves). Ya hemos visto la razón: el ciclista debe ir lo más pegado posible a la rueda trasera del compañero que le precede, debe dejar muy pocos centímetros de distancia, porque así evita que se cuele más viento entre los dos y ahorra algún gramo de fuerza. Ese ahorro es crucial para mantener el propio sufrimiento en el límite. Pero a la vez, un ciclista que se está exprimiendo en el máximo dolor alcanzable, va con los reflejos fundidos. Con el paso de los kilómetros, agacha cada vez más la cabeza para concentrarse en el esfuerzo, empieza a dar pequeños bandazos y la hilera perfecta del equipo empieza a culebrear. En esos culebreos, puede que uno de los ciclistas no reaccione a tiempo y toque la rueda trasera del compañero que le precede: al suelo.

Ayer el equipo Astaná dio una lección de sufrimiento, belleza y eficacia. Al viejo Armstrong le faltó un segundo para vestirse de amarillo diez años después  de su primera vez (creo que sólo Bartali hizo algo semejante, cuando ganó los Tours de 1938 y 1948, con su carrera interrumpida por la guerra mundial). Prefiero que gane el Tour Contador, y creo que va a ser así, pero ayer deseé ver a Armstrong vestido de amarillo.

Algunos esperan que lo haga en Andorra. Pero yo diría (me apostaría una palmera de chocolate de la pastelería Oiartzun) que no lo va a conseguir. Si es así, esta manera de palpar el maillot y no ponérselo por centésimas va a encajar muy bien en el relato del único ciclista de la historia que derrotó al Tour... y que volvió para conocer por fin la derrota, como parece que debe ser.

* * *

De una excavación arqueológica saco esta foto del campeonato de Guipúzcoa contrarreloj por equipos de 1994. Quince años, mondié.

Publicado el 8 de julio de 2009 a las 11:00.

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Ander Izagirre

Ander Izagirre

Nací en San Sebastián en 1976. Soy periodista satélite. Kazetari alderraia naiz (leer más).

 

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