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Blog de Ander Izagirre

A topa tolondro. Viajes, escapadas y barzoneos

La cordillera burocrática

Archivado en: Viajes, Pakistán, Karakórum

"Las montañas pakistaníes están de oferta: el permiso para subir al Broad Peak, que antes costaba 9.000 dólares, ha bajado a 4.500. El Gobierno quiere atraer así a más expediciones, porque en los últimos años las guerras y los atentados terroristas que sacuden esta zona de Asia han espantado a muchos montañeros, grupos de trekking y turistas en general. La región del Karakórum está tranquila y los permisos para las cumbres cuestan la mitad pero aun así los visitantes escasean. En el camino hacia la cordillera hemos pasado por hoteles y restaurantes que todavía no habían recibido a nadie esta temporada."

Puedes leer el texto completo en la web oficial de la expedición al Broad Peak.

 

Publicado el 10 de junio de 2010 a las 11:45.

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El parchís del Karakórum

Archivado en: Viajes, Pakistán, Karakórum

Si todo va bien, en el momento en que esta entrada se publique estaremos volando hacia Pakistán. Si todo ha ido bien, allá debe de estar el cargamento que enviamos hace un par de semanas con el material para la expedición.

Han sido los preparativos más raros que he hecho nunca para un viaje. En estas últimas semanas he seguido un curso acelerado de inmersión tecnológica -habrá habido misiones espaciales con menos cables-, me han hecho correr en un tapiz rodante mientras me pinchaban una docena de veces el lóbulo de la oreja derecha y he recibido una montaña de pantalones, chaquetas, gorros, guantes y botas, y un par de bidones azules para guardarlo todo y enviarlo por avión a Islamabad (capital de Pakistán).

Con estos cubiletes jugaremos al parchís gigante del Karakórum. Según el plan, desde Islamabad recorreremos durante dos días la legendaria Karakorum Highway hasta la región norteña de Baltistán, cercana a la India y China. Llegaremos a la ciudad de Skardu, a orillas del río Indo, allá donde Alejandro Magno perdió la boina. Desde Skardu, viajaremos un día más en todoterrenos hasta Askole, la última aldea al pie de la cordillera, a unos 3.000 metros de altitud.

En Askole empezará la fase del parchís en la que con semejantes cubiletes sólo se pueden sacar unos: avanzaremos de casilla en casilla, paso a paso, durante una caminata de siete días por el valle y el glaciar del Baltoro. Dicen que es una de las marchas más impresionantes, porque en su segunda mitad recorre una lengua de hielo de 65 kilómetros de longitud, al pie de montañas afiladas de seis y siete mil metros, catedrales del gótico granítico. Así alcanzaremos, inshallah, el paraje de Concordia: el punto donde confluyen varios glaciares como autopistas de hielo, en la base de ochomiles como el K2, los Gasherbrum o el Broad Peak. Por esa zona estará nuestro campo base, a unos 4.900 metros, al que esperamos llegar a mediados de junio.

Os dejo esta foto de la que debería ser mi oficina en las próximas semanas (se ve el tramo alto del glaciar Baltoro y, marcada con letras negras, la confluencia de ríos de hielo en Concordia, donde giraremos a la izquierda para acercarnos al K2 y al Broad Peak). Un bonito salvapantallas... para cuando levante la vista de la pantalla.

Publicado el 2 de junio de 2010 a las 09:00.

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Al Karakórum, con estilo alpino y ocho reyes

Archivado en: Viajes, Pakistán, Karakórum

Alberto Iñurrategi, Juan Vallejo y Mikel Zabalza son tres  montañeros excepcionales. Deportistas portentosos, pero también artistas: cuando escogen un pico y buscan nuevas maneras de escalarlo, les oyes hablar de estilo, belleza, elegancia, de las formas de las rocas y las texturas de la nieve, y te parece escuchar a un pintor o a un escultor. Suben a las montañas más altas del planeta pero no quieren hacerlo de cualquier manera. Se empeñan en abandonar los caminos trillados, en salirse de las huellas ya abiertas, no por arrogancia o afán de exclusividad, sino por vivir la esencia más pura y más fascinante del montañismo: la posibilidad de explorar, de descubrir, de mirar por primera vez. Por la posibilidad de palpar los límites humanos y tratar de empujarlos una pizca más allá.

Practican un "montañismo de renuncia" (la etiqueta es de Reinhold Messner), sin ortopedias, lo más limpio posible. Es un montañismo que tiene el fracaso casi asegurado, si entendemos por fracaso el hecho de no alcanzar la cumbre, como les ha ocurrido a Iñurrategi, Vallejo y Zabalza en sus dos últimos intentos (al Everest por el corredor Hornbein y al Makalu por el Pilar Oeste, en ambos casos por culpa del mal tiempo y el poco refugio que ofrece su estilo y sus tremendas rutas). Pero ampliemos la perspectiva: Iñurrategi, Vallejo y Zabalza hablan de montañas, no sólo de cumbres.

A pesar de todo, tienen una carencia evidente: son tres. Y en el campo base hay muchas horas, días y semanas de espera. Así que me han llamado para completar un cuarteto y así podremos jugar al mus. Vuelo con ellos el próximo miércoles, 2 de junio, a la cordillera del Karakórum, Pakistán. Además de lanzar órdagos, me tocará escribir el blog de la expedición y mandar textos, fotos, audios y vídeos a los medios.

Esta vez pretenden subir al Broad Peak (8.047 m.), probablemente el ochomil más sencillo para quienes escogen su vía normal. Pero las intenciones de Iñurrategi, Vallejo y Zabalza son peliagudas: pretenden abrir una vía nueva y, además, encadenar las tres cumbres de la montaña, una travesía que sólo los legendarios polacos Kukuczka y Kurtyka consiguieron, hace ya veintiséis años. Además, van a intentarlo en estilo alpino: sin equipar la vía con cuerdas fijas, sin montar campamentos, sin contar con la ayuda de porteadores de altura y, por supuesto, sin oxígeno artificial. Todo lo que necesiten lo llevarán en la mochila. Casi todas las huellas que dejen en la montaña las borrarán el viento y la nieve. Es el estilo más puro, más limpio y más difícil.

Otra característica de su montañismo es que juegan con ocho reyes. Yo también, aunque hace años que no practico, y ya ando con la baraja para aclimatarme lo mejor posible al mus en altura.

Publicado el 25 de mayo de 2010 a las 13:00.

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Islandia cruje

Archivado en: Viajes, Islandia, Vestmann, Heimaey

"El 22 de enero de 1973, el marino Siggi debía zarpar del puerto de Reikiavik (capital de Islandia) para navegar con su pesquero hasta la isla de Heimaey, su tierra natal. Siggi, que entonces tenía 38 años y ahora 73, dice que tuvo un presentimiento. Y retrasó el viaje.

Unas horas más tarde, en la madrugada del 23 de enero, la tierra crujió en el este de Heimaey. De pronto se abrió una grieta de kilómetro y medio de longitud y desde las entrañas de la tierra brotó una muralla de fuego de docenas de metros de altura. La erupción estalló a cuatro pasos del pueblo de Heimaey, el único del archipiélago de Vestmannaeyjar. El viento este, el más habitual, habría sepultado la localidad con lava y cenizas en unas pocas horas, pero aquella noche soplaba un viento sur salvador. Los 5.000 habitantes tuvieron tiempo para abandonar la isla antes del amanecer: salieron corriendo de sus casas y subieron a los barcos que iban y venían sin parar hasta la cercana costa de Islandia".

(La foto estaba aquí).

Son los primeros párrafos del reportaje "Islas Vestmann. En la boca del infierno", que publiqué hace un par de años en El Diario Vasco (se puede leer entero aquí).

La siguiente foto la saqué con Josu Iztueta desde la cumbre aún caliente del Eldfell ("montaña de fuego"), el volcán de 205 metros que brotó de la nada en 1973: la erupción duró cuatro meses, sepultó media ciudad de Heimaey y aumentó un tercio el tamaño de la isla. A los pies del Eldfell se ve la población reconstruida. Los escolares suelen subir con sus maestros para cocer pan con el calor que aún emiten las laderas. Los islandeses son la reórdiga.

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Publicado el 20 de abril de 2010 a las 16:00.

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Su linda conversación

Archivado en: Viajes, Bolivia, Gregorio Iriarte

(Dedicado a Paco, para que saboree los diminutivos).

Cuando arranca el autobús, empieza una partida de tetris boliviano. Algunos pasajeros viajan con billete pero sin asiento, así que deben encajarse lo mejor que pueden en el pasillo para soportar las siguientes horas de traqueteo por las pistas de tierra. Son indios que acarrean fardos enormes, indias que cargan a sus bebés en los aguayos -las bolsas de lana coloridas que se anudan a la espalda-, ancianos de rostros tan áridos y surcados como el altiplano y niños con una paciencia precolombina. Se sientan, se recuestan, se apoyan espalda con espalda, sin una queja. El bus deja atrás la ciudad, deja el asfalto, y empieza el bamboleo de bache en bache, la polvareda que se cuela hasta los bronquios, el tufo húmedo y vegetal de la hoja de coca mezclada con la saliva, la cumbia machacó-machacó-machacona saturada de arreglos electró-electró-electrónicos.

El viaje por el altiplano puede durar tres horas, seis, doce, de Oruro a Llallagua, de Potosí a Uyuni, de Uyuni a La Paz. El meneo impide leer, la cumbia impide dormir, las ganas de hablar se apagan en pocos kilómetros.

Por suerte, hay un personaje que siempre llega para salvarnos. En mitad del trayecto se aparece como una silueta en la parte delantera del pasillo, emerge entre la nube de polvo y se encarna en una figura radiante con rostro de bronce, camisa celeste, corbata oscura, pantalones planchados, zapatos lustrosos y maletín negro. Separa bien los pies para anclarse  de pie en el pasillo y resistir los bandazos del bus con absoluta impasibilidad. Se pasa un poco la mano por el pelo engominado, carraspea y arranca con un tono cantarín.

-Muy cordiales buenos días. Señores pasajeros, señoras pasajeras, perdonen que me atreva  a interrumpir su lindo pensamiento o su linda conversación. Mi nombre llega a ser Johnny Hernández.

Del bolsillo de la chaqueta saca un tarrito.

-Trabajo para una empresa naturista de Cochabamba, señor, y mi persona viene a comentarles sobre su salud, ya vengo a presentarles esta pomada, este ungüento de coca y hierbas medicinales, para aquellas personas que ya están sufriendo con aquel reumatismo, ya están con aquella artritis, gota, ciática, várices. También, señor, sumamente para llegar a evitar aquella variedad de enfermedades, dolor de hueso, deformación de hueso, deformación muscular, usando la pomadita solamente por las noches, señor. Una vez friccionado en la parte afectada, me va a agarrar un trapito o un pañito en la casa, me va a hacer calentar el trapito en la plancha, si no hay plancha en la casa, señor, me hace calentar con el fueguito, con el hornito, y una vez calentado el pañito o el trapito, señor, me va a empezar a vendar la parte afectada, se me va a colocar en forma de parche el pañito, en esa parte del dolor de la espalda, del dolor de los pulmones insoportable. También ahora permítame, señor, a mi persona, pasar ahora a regalar una pequeña cantidad también, señor, de esa pomadita, para que usted, señor, por lo menos vaya sintiéndole el aroma, y vaya viéndolo personalmente, señor.

Johnny vende pomadas de coca (un tarrito, cinco pesos; tres tarritos, diez pesos -un euro-). Otros vendedores en otros autobuses anuncian cepillos de dientes como si ofrecieran el  último frasco del elixir de la inmortalidad. Algunos venden libritos de chistes y de historia boliviana, un gesto de humor negro involuntario. Una niña pasajera de unos doce o trece años sale al pasillo, canta cuatro canciones seguidas y al final pide ayuda para pagarse los estudios.

Todos los vendedores, charlatanes y artistas de los autobuses bolivianos tratan a los viajeros como a emperadores -al viejito adormilado, a la chola que acuna a su guagüita, a los gringuitos  como nosotros-, con un respeto profundo y unas cortesías tan dulzonas, que hasta un reacio a los diminutivos como yo les acaba tomando cariño. Me encantan estito, por "esto"; unito, por "uno"... y mi favoro, digo, mi favorito: acasito, por "acá". ¡Acasito nomás!

Todos se dirigen a los viajeros con florituras barrocas, todos hablan con una inundación de diminutivos, a muchos les oí esa misma fórmula deliciosa para arrancar el discurso:

-Señores pasajeros, señoras pasajeras, perdonen que interrumpa su linda conversación o su lindo pensamiento.

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Publicado el 4 de enero de 2010 a las 09:00.

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Gregorio Iriarte, 45 años en la médula de Bolivia

Archivado en: Viajes, Bolivia, Gregorio Iriarte

"Gregorio Iriarte llegó a Bolivia en 1964 como un peón más de la Guerra Fría. A este padre oblato, nacido en Olazagutía (Navarra) hace 83 años, lo destinaron a Llallagua, el mayor centro minero del país, para dirigir una radio católica y frenar la expansión del comunismo. No sólo reconcilió a mineros y religiosos, sino que él mismo salvó la vida al líder de los comunistas, amenazado de muerte por el Ejército, acompañándole en una fuga trepidante con disfraces y documentos falsos. Denunció las brutalidades cometidas contra los mineros, luchó por los derechos humanos, fue testigo de las mayores masacres, participó en reuniones secretas con presidentes de la República, escribió libros clandestinos que acabaron derribando la dictadura de los ministros traficantes de cocaína...

Sus profundos análisis de la realidad boliviana, plasmados en una veintena de libros, fascinaron a un Evo Morales que iniciaba su carrera hacia la presidencia y que llevó al sacerdote navarro a dar mil charlas por el país. Iriarte sigue escribiendo libros y artículos en su austera habitación de Cochabamba, mientras asiste con mirada crítica al proceso de transformación que Morales impulsa en Bolivia".

Esta podría ser la entradilla de la entrevista al padre Gregorio Iriarte, un hombre fascinante a quien conocí por medio de Miguel Sánchez-Ostiz y Amets Arzallus. Es posible que pronto se publique la versión en euskera de la entrevista. La versión en castellano le interesó a un diario, pero me sugirieron que la publicara sin cobrar. Así está el periodismo.

Publicado el 30 de diciembre de 2009 a las 10:30.

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Aclarando la deuda de Abigaíl

Archivado en: Viajes, Bolivia, Potosí, Abigaíl, Mineritos,

En estas últimas semanas he indagado en el asunto de la deuda de Abigaíl. Ya lo conocéis: esta niña boliviana de 14 años trabajaba toda la noche en el interior de las minas de Potosí y sin cobrar ni un peso, porque debía recuperar una deuda de 21.000 dólares que le habían cargado a su madre viuda (la madre, doña Margarita, guardaba tres máquinas de los mineros en su casa, se las robaron y tuvo que hacerse responsable de la pérdida). Esa cantidad equivale a los ingresos de doce o trece años de la madre y la hija, lo que las condenaba a una esclavitud de hecho.

Llevo un tiempo escribiéndome con los responsables de Cepromin (la organización que asiste a las familias mineras más pobres) para conocer el problema con detalle, para organizar alguna ayuda que aliviara la situación de Abigaíl y para echar un cable en algún otro proyecto. Les pregunté si la deuda de Abigaíl y doña Margarita estaba documentada y si era legal, ya que la desproporción parecía escandalosa, inaceptable por ningún juez. Hubo bastante confusión, porque a los responsables de Cepromin en La Paz, con los que yo me escribía, no les cuadraban los datos que a nosotros nos habían explicado en Potosí.

Según supe hace unos días, resulta que la deuda no era tan grande. Al parecer, a la persona que nos explicó el caso en Potosí se le fue un cero: el valor real de las máquinas robadas rondaba los 700 o 1.000 dólares cada una (¡no 7.000!) así que la deuda total ascendía a algo menos de tres mil dólares. Sigue siendo una deuda brutal para una viuda y su hija minerita, pero evidentemente más fácil de resolver.

Parece que incluso ya está resuelta: Cepromin pagó una máquina, una señora francesa donó 500 euros para pagar la segunda (esto ya no los habían contado allí) y los dirigentes de la cooperativa minera han aceptado perdonar la tercera (esto es nuevo).

Abigaíl y su madre llevaban varios meses trabajando gratis, tal y como nos habían contado, pero eso también va a acabar, según prometen los responsables de la cooperativa.

Sentí un alivio enorme al leer estas noticias. Y otro alivio, menor pero también considerable, al leerlas antes de que el reportaje sobre los mineritos se publique, con tiempo para corregirlo, porque si no hubiera metido la pata. Lamento haber dado una cifra de la deuda que no se correspondía con la realidad, tanto en este blog como en un par de entrevistas de radio, así que las rectifico aquí mismo... y reescribo corriendo el reportaje.

En cualquier caso, Abigaíl y otros niños y adolescentes siguen trabajando en las minas, tanto en el interior de las galerías como en los ingenios exteriores, en tareas muy peligrosas para su salud que además les impiden estudiar con normalidad y llevar la vida que merece un niño.

Por eso, nuestra intención es buscar fondos para colaborar con Cepromin en dos terrenos:

-Queremos pagar unas becas de estudio y alimentación para los niños mineros. Si conseguimos una cantidad para sus necesidades básicas y las de sus familias, algunos de estos niños no necesitarán trabajar en oficios tan duros y podrán dedicarse a estudiar o a formarse para oficios cualificados y con mejores perspectivas.

-Y buscar alguna ONG a la que presentarle el proyecto de Cepromin de construir una nueva escuelita en la ladera del Cerro Rico de Potosí, al pie de las minas. Más que escuela, se trata de otro centro como el que conocimos en el sector llamado La Plata, en el que atienden, alimentan, educan y entretienen a los niños y adolescentes trabajadores.

Más adelante, cuando vayamos concretando el asunto, os daré nuevos detalles. Hubiera preferido no contar nada de esto todavía, porque ya voy aprendiendo que estas iniciativas avanzan mucho más lento de lo deseado, y habría preferido que el proyecto fuera un poco más sólido antes de decir nada sobre él. Pero sé que algunos de vosotros estabais pendientes de esta historia, así que tenía que contaros cómo van las cosas, y también quería explicaros las últimas y felices noticias sobre la deuda de Abigaíl.

Agradezco mucho todos los comentarios y los correos de la gente que en estas semanas se ha ofrecido a echar un cable, gente dispuesta a aportar unos dineritos, a organizar cualquier iniciativa o a ofrecer su tiempo y sus conocimientos en algunas tareas. Así da gusto.

Publicado el 24 de noviembre de 2009 a las 08:00.

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Por qué viajar (3): Miguel Sánchez-Ostiz

Archivado en: Viajes, Bolivia, Miguel Sánchez-Ostiz, Por qué viajar

Durante el viaje por Bolivia, en el neceser llevaba aspirinas, pastillas contra el mal de altura, naproxeno sódico para un dolor de cabeza que no apareció y este párrafo de Miguel Sánchez-Ostiz. Confieso que antes de volar para allá también lo dejé entre los borradores del blog, temiendo que algún día tendría que publicarlo para tomar impulso y seguir. Por suerte, ni me acordé de él. Me doy el gusto de colgarlo ahora, cuando no me hace falta, como quien lee por curiosidad -y por complacerse un poco con su buena suerte- el prospecto de unas pastillas que nunca ha necesitado:

"Las noches de frío, dolores, insomnio, fiebre, náuseas, no son raras en estas latitudes/altitudes, pero tampoco son las mejores consejeras de los viajes. Te acobardas casi sin darte cuenta y haces propósitos de prudencia que nada tienen que ver con la realidad y la luz del día. Por fortuna, siempre amanece. No puedes achicarte. No puedes dejarte. No debes olvidar que viajas por motivos de salud, por verdaderos motivos de salud, casi diría que viajas, como Ponce de León, a la búsqueda de tu particular fuente de la eterna juventud, del entusiasmo y del gozo de estar sencillamente vivo, en uso pleno de todos tus sentidos y potencias vitales".

Miguel Sánchez-Ostiz, Cuadernos bolivianos.

*

Por qué viajar: Colin Thubron / Josep Pla

Publicado el 18 de noviembre de 2009 a las 16:30.

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El maritate

Archivado en: Viajes, Australia, Islandia, Bolivia, Potosí, Llallagua, Minería

A la vuelta del viaje empezamos a montar una narración, un relato principal al que le vamos quitando unas piezas y añadiendo otras, y que al final se consolida en forma de reportajes, libros o charlas. Con el tiempo, esa narración se ensambla del todo y apenas recordamos ninguna otra cosa: creemos que el viaje fue lo mismo que el relato.

Por eso resulta fascinante -y un poco inquietante- volver a los cuadernos de notas unos años después. Porque se descubre algo tan obvio y tan rápido de olvidar como que el relato es un mecano. Y también encontramos algunas piezas bastante curiosas que se quedaron fuera.

Entre las esquirlas de esa materia prima abandonada, encuentro el diálogo que tuvimos en Australia con un viticultor transilvano, exiliado del régimen comunista, cuyos viñedos fueron gaseados por un grupo de racistas australianos, y que nos echó una larga bronca y nos preguntó por qué los vascos poníamos bombas, en vez de estar agradecidos al rey Juan Carlos, que derrotó al franquismo.

O el detalle de la curiosa disposición de hombres y mujeres en la pequeña iglesia rural de Vidimyrarkirkja, en Skagafjordur (Islandia). La iglesia está construida con troncos varados en las playas, algo común en un país sin árboles: dedicaron cuatro años a recoger esa madera de acarreo y otros tres años a secarlos. En la iglesia, orientada de este a oeste, las mujeres  de antaño se sentaban en los bancos del lado norte (a la izquierda, mirando al altar) y los hombres en los del sur. Según el cura, esa disposición tenía que ver con la posición de los botones del pecho en el traje tradicional de las mujeres: se cerraban de derecha a izquierda, así que en el interior de la iglesia colocaban a los hombres a la derecha para que no pudieran mirar el pecho de las mujeres a través de las rendijas entre botón y botón.

Estos días ando pasando los apuntes de los cuadernos bolivianos al ordenador, reescribiendo, recordando, reposando. Y descubro que en sólo unas semanas ya he olvidado algunos detalles muy interesantes: se habían quedado fuera del relato que en este tiempo íbamos construyendo en los primeros reportajes, en las entrevistas por la radio, en las tundas a los amigos.

Hemos hablado de los niños mineros de Bolivia, de los que pican piedra en el interior de las galerías y también de los que trabajan fuera, en los ingenios (moliendo mineral, acarreando sacos de cincuenta kilos, cribando la gravilla en bandejas de agua mezclada con ácidos y xantato...). Una vez concentrado el estaño, los ingenios arrojan las aguas sobrantes, saturadas de ácidos, a una quebrada apestosa, alfombrada de basuras y cadáveres de animales putrefactos. Si caminamos orilla abajo, pronto encontraremos a otros niños que meten sus manos desnudas en el arroyito tóxico. Trabajan con los maritates, unos cedazos móviles que accionan a mano para filtrar las aguas inmundas y sedimentar alguna partícula de estaño, como hace esta niña de la foto en Llallagua. Los trabajadores de los maritates suelen padecer problemas respiratorios, dolores de cabeza y enfermedades de la piel.

Es una historia demasiado terrible como para olvidarla. Pero al repasar y transcribir los cuadernos, en este maritate sin riesgos que es el ordenador, he rescatado una partícula que ya corría aguas abajo y que merece la pena retener.

Las responsables de Cepromin, la oenegé boliviana que ayuda a sobrevivir a las familias mineras más necesitadas, organizaron una excursión para las madres que viven en las bocaminas. Estas mujeres, casi siempre viudas, viven en casetas de adobe en la misma boca de las minas de Potosí, en un pedregal a 4.300 metros de altitud, con media docena de hijos hacinados en veinte metros cuadrados, con el suelo embarrado por las goteras, pasando frío y hambre, expuestas a robos y violaciones, sin electricidad ni agua corriente, comiendo apenas maíz hervido, utilizando las aguas tóxicas que manan de las bocaminas para el aseo y la limpieza.

Además de ayudarles a sobrevivir y de impartirles cursos para que aprendan algún oficio, las responsables de Cepromin quisieron organizar una excursión para que estas mujeres tuvieran al menos un día de descanso y distracción: planearon una visita a unas aguas termales cercanas a Potosí.

-Las madres tenían muchísimo interés, estaban muy contentas -nos dijo Iblin, trabajadora social de Cepromin-. Creíamos que era por la excursión, por el día de fiesta, por la idea de bañarse en el balneario. Pero descubrimos cuál era el motivo: vinieron todas con un montón de sábanas, porque en las fuentes tendrían agua limpia para lavarlas.

*

Algunas cosas que escribí sobre la marcha: Una esclava de 14 años / Un paseo de señoritas

Publicado el 29 de octubre de 2009 a las 11:45.

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La sobrecogedora

Archivado en: Viajes, Bolivia, Uyuni

En Vespaña estuve a punto de perder un cuaderno con las notas de medio viaje. Al final lo encontré en el sitio donde lo había olvidado, en pleno centro de Madrid, pero entre tanto pasé media hora con unos nervios horribles. Hubiera preferido perder la cartera que el cuaderno, sin ninguna duda. Desde entonces, durante los viajes hago copias de mis cuadernos y me los envío por correo a mí mismo.

A la oficina de correos de Uyuni fui con varias postales y con un sobre grande en el que llevaba las fotocopias de mi segundo cuaderno de apuntes bolivianos. La señora que atendía la oficina me dio los sellos para las postales y se quedó con el sobre. Cuando terminé con las postales, le pregunté cuánto era todo.

-Las seis postales, 54 bolivianos. Y el sobre, 90 bolivianos.

90 bolivianos son 9 euros: un dineral en aquel país. Pero me resigné: debía de ser muy caro enviar un paquete a España. Así que pagué sin rechistar.

Me fijé en que el sobre seguía en la mesa de la señora, sin sellos.

-Le pone ahora las estampillas, ¿verdad?

-Ya.

Se lo pregunté porque me había venido el recuerdo de otra historieta de Vespaña: aquella vez llevé un sobre con fotocopias a una oficina de correos gaditana, dejé el sobre, y al pagar me fijé en que el funcionario aún no había puesto los sellos. Aquel sobre nunca me llegó. El muy cochino seguramente se quedó con mis euros y tiró el paquete sin sellar a la basura.

Por eso me mosqueé con la señora de Uyuni, que ya me había cobrado pero aún no había puesto los sellos. Podía haberle pedido una factura, podía haber insistido, pero di media vuelta y me fui, dejando el paquete sobre su mesa.

Me reuní de nuevo con Laura, Elena, Dani y Josema y les expliqué mis malos presagios: "Ya veremos si ese sobre me llega...".

Cuando volví a casa, mi madre me dijo que habían recibido un paquete para mí desde Bolivia. ¡Ah, qué mal pensado! Aquella señora de Uyuni era honrada y me mandó el sobre, por supuesto. Expliqué a mi madre las sospechas que había tenido. Nos reímos. Y luego sumé las cantidades que aparecían en los sellos.

Publicado el 14 de octubre de 2009 a las 10:45.

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Ander Izagirre

Ander Izagirre

Nací en San Sebastián en 1976. Soy periodista satélite. Kazetari alderraia naiz (leer más).

 

Ayuda para los mineritos

 

-PENÚLTIMOS VIAJES:

Karakórum (Pakistán, expedición al Broad Peak, 2010) /

Sáhara (campamentos de refugiados saharauis, 2010) / 

Bolivia (niños mineros, 2009) /

Bretaña (trainera de Albaola, 2009) /

Islandia y Groenlandia (2008).

 

-LIBROS (información y compra):

Cuidadores de mundos / Plomo en los bolsillos /

Los sótanos del mundo / El testamento del chacal /Trekking de la costa vasca

 

Libros de Ander Izagirre

 

 

-REPORTAJES:

"Mineritos. Niños trabajadores en las entrañas de Bolivia"

"Lurpeko haurrak"

"Las madres guaraníes saltan a la cancha"

"Vidas en la boca del infierno" (Islandia)

 

-EGOTECA: entrevistas y tundas varias

 

 

facebook.com/ander.izagirre

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