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Blog de Ander Izagirre

A topa tolondro. Viajes, escapadas y barzoneos

El deseo del nómada

Archivado en: Viajes, Raúl de la Fuente,

El número 57 de la revista Altaïr (dedicada al Tíbet, ahora en los quioscos) publica la entrevista que hice a Raúl de la Fuente, director de la película Nömadak Tx.

Dice la entradilla:

"La txalaparta sólo funciona si hay diálogo. Este instrumento vasco de percusión requiere un intérprete que golpee los tablones marcando un ritmo, y otro que juegue a fragmentar ese ritmo, a variarlo, a moldearlo. Igor Otxoa y Harkaitz Martínez de San Vicente decidieron dialogar con músicos de otras culturas y se llevaron una txalaparta por medio mundo. El cineasta Raúl de la Fuente (Pamplona, 1974), con el apoyo y la experiencia del productor Pablo Iraburu, acompañó a los músicos por la India, Laponia, el Sáhara y Mongolia. El resultado: Nömadak Tx, una película que registra los latidos de los pueblos nómadas, un relato viajero que también es poema, testimonio y canción".

A lo largo de la entrevista, Raúl habla de la capacidad de improvisación (un rasgo característico de la txalaparta que impregnó tanto el viaje como la película), la investigación de los sonidos de otros pueblos (construyeron una txalaparta de hielo en Laponia y una de piedra en el Sáhara), la vida nómada, el anhelo de libertad... y los deseos.

Dice Raúl:

"La gente humilde es muy parecida en todo el mundo. Veo a un agricultor navarro y estoy viendo a un pescador del sur de la India o a un nómada del Sáhara. Los distingue el entorno, pero comparten unos valores básicos muy firmes. Al final de la película les preguntamos cuál era su mayor deseo en la vida, y todos respondían de manera muy concreta: vivir con la familia, estar tranquilos, no perder la salud. Nosotros, en cambio, tenemos tantas cosas que ya no sabemos qué queremos. Si nos preguntan qué deseamos en la vida, damos rodeos, no lo tenemos claro. Un nómada de Mongolia sólo respondió: 'Yo quiero que nunca le falte comida a mi caballo'".

Publicado el 1 de febrero de 2009 a las 16:00.

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Ataque en Harlem

Archivado en: Viajes, Nueva York, Harlem

Aún tengo grabado en la médula espinal, como un latigazo, el escalofrío que me sacudió cuando nos atacaron en Harlem. Caminaba con Nerea. Pasamos junto a una pequeña banda de adolescentes que se giraron para mirarnos con sonrisas retorcidas. Uno le dio un codazo a otro, éste cuchicheó dos palabras, un tercero se remangó y se puso de cuclillas. Nosotros seguimos adelante, simulando indiferencia pero intentando ganar metros, caminando deprisa sin echar a correr para que no olieran nuestro miedo. Fue inútil. A los pocos segundos, nos golpearon en la espalda: tres bolazos de nieve. Un reguerito granizado se me deslizó cogote abajo. Aún recuerdo el escalofrío.

Nerea quiso que no me girara, pero al cuarto bolazo no me pude aguantar. Me di la vuelta, hice el amago de correr unos metros hacia la banda y grité a pleno pulmón un "¡cagüensós!", fórmula arcana que probablemente jamás se había escuchado en la esquina de Convent Avenue con la calle 126. Los adolescentes sonrieron, chulitos y un poco desconcertados, y yo me volví calle arriba para recorrer con Nerea los últimos metros hasta casa. En el trayecto, otras dos bolas cayeron cerca de nosotros, sin fuerza, más gesto que ataque. Los adolescentes harlemitas querían hacerse la ilusión de que habían dicho la última palabra en la refriega. Pero yo sabía, con un íntimo orgullo, que con el cagüensós había establecido un pequeño momento histórico vasconavarro en Harlem.

Alcanzamos el portal sin más incidencias.

* * *

En Harlem nieva mal. En dos días nevó mucho, hasta casi colapsar las calles, pero sin estilo: ni cortinas uniformes, ni baile ingrávido de partículas ni ningún patrón identificable. Los copos caían sin plan. En una calle hacían remolinos, en la siguiente caían como si los lanzaran desde un volquete y más allá trazaban diagonales.

Las brigadas quitanieves estaban mucho mejor organizadas que la nieve. En todas las manzanas había un hombre negro que despejaba la acera con una gran pala, que caminaba con un cubo bajo el brazo esparciendo sal o que empujaba una curiosa máquina recogenieves manual. No supe si son voluntarios, si los vecinos se reparten los turnos o si son trabajadores municipales, pero ahí estaban, dando el callo a todas horas, ganándole la batalla a la nieve.

Muchos transeúntes pasaban junto a los hombres quitanieves y les daban las gracias. Los neoyorquinos son educadísimos. A lo largo de la semana vi cómo daban las gracias a los quitanieves, a los policías que controlan un paso de peatones, a los operarios que ordenan una cola de turistas, incluso a los homeless.


* * *

En Harlem caí en la cuenta de otro pequeño hecho histórico: nunca había visto tantos negros en la nieve. ¿Puede que Harlem sea el lugar del mundo donde más negros hay en la nieve? ¿Alguien conoce otro?

Entonces me acordé de Pablo, el noruego de origen cubano que buscaba trabajo en Groenlandia, y que conocimos en mayo (la foto es de Dani):

Pablo

 

Publicado el 27 de diciembre de 2008 a las 18:45.

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Veinte capas de papel

Archivado en: Viajes, Nueva York

En 1988, unos restauradores neoyorquinos examinaron las paredes del bloque 97 de la calle Orchard, en el barrio de Lower East Side. Aquel bloque de cinco pisos había acogido a siete mil inmigrantes de veinte países entre 1863 y 1935, cuando fue abandonado porque no cumplía los mínimos requisitos de habitabilidad. En las paredes de las habitaciones, los restauradores encontraron hasta veinte capas de papel pintado.

Una de ellas la debió de poner Julius Gumpertz, un judío alemán que se instaló en el edificio en 1870. Gumpertz se dedicaba a cortar tacones de cuero para zapatos en un taller de Nueva York. Con el sueldo le alcanzaba para pagar el alquiler del piso (una salita, una pequeña cocina y un dormitorio) en el que vivía con sus cuatro hijos y con su mujer Nathalie, que se deslomaba con las faenas del hogar. Durante la crisis de 1873, Julius se quedó sin empleo, como le ocurrió a uno de cada cuatro trabajadores neoyorquinos. Y unos meses más tarde, desapareció.

Dijo que se iba a buscar trabajo y nunca volvió. Sus amigos le buscaron por el barrio durante días pero no encontraron rastro. Puede que lo asesinaran por alguna deuda, puede que se suicidara por la desesperación o puede que huyera de la ciudad, como hicieron tantos hombres desesperados. Nathalie se hizo cargo de las tres hijas (el cuarto hijo había muerto por una diarrea) y esquivó el golpe mejor que muchas vecinas: no se prostituyó (en aquellos años, una de cada tres mujeres lo hizo para sacar adelante a su familia) ni pidió asilo en ninguna casa para mujeres pobres (porque en ese caso le habrían quitado a sus hijas: aquella sociedad consideraba la pobreza como una culpa y trataba de apartar a los niños del pernicioso ejemplo que les daba el fracaso de sus padres). Nathalie encontró empleo como modista y trabajó en su propia casa. Las tres niñas, al regresar de la escuela, echaban una mano a su madre con los encargos. Unos años más tarde, Nathalie recibió una pequeña herencia de su suegro y se mudó al Upper East Side.

Hasta aquí la capa Gumpertz.

El bloque 97 de la calle Orchard siguió recibiendo nuevos inquilinos rusos, ucranianos, chinos, griegos, italianos, casi todos recién desembarcados en Ellis Island. Los más pobres acampaban en los patios traseros del barrio, incluso levantaban chabolas en la zona del actual Central Park, y vagabundeaban por la superpoblada, pestilente y conflictiva Manhattan en busca de alguna faena con la que ganar unas monedas. Los que tenían algún ahorro o conseguían un empleo se apiñaban en bloques de viviendas precarias, donde las familias apenas estaban separadas por cortinas. Por ejemplo, los Baldizzi sicilianos, emigrantes clandestinos, cuyas pertenencias aún pueden verse en el segundo piso del bloque 97 de Orchard: los muebles, los baúles, los catres plegables de los niños, las herramientas de carpintería del padre, las cajas de queso donadas por la beneficencia...

Porque el bloque 97 es ahora un museo, un recorrido intestinal por las infraviviendas que habitaron cientos de miles de inmigrantes. En las habitaciones recreadas con detalle es fácil imaginar a las familias numerosas apiñadas en torno a la estufa, soportando el invierno en aquellos cubículos oscuros y helados, mientras se escucha el testimonio grabado de la anciana Josephine Baldizzi, que fue niña entre estas paredes. Josephine recuerda aquellas tardes de los años 1930 en las que el padre hacía pequeños trabajos de carpintería en la sala o jugaba a cartas con las niñas, y la madre fregaba ollas con jabón y estropajo de acero (¡le encantaba fregar ollas, le llamaban shine-em-up-Sadie, Sadie la pulidora!) y almidonaba los vestidos y escuchaba radionovelas italianas; su madre, que se embarcó en Palermo a escondidas cuando era una muchacha y nunca más vio a sus padres, escuchaba radionovelas italianas en este piso de Manhattan y lloraba lagrimones durante horas. Eso cuenta Josephine Baldizzi.

Conviene visitar los edificios de inquilinos del Lower East Side. Es la mejor manera para que luego, desde la azotea vertiginosa del Empire State, la vista llegue mucho más abajo, mucho más profundo, hasta los mismos cimientos de Manhattan.

 

Publicado el 24 de diciembre de 2008 a las 15:30.

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Ellis Island, el penúltimo paso

Archivado en: Viajes, Nueva York, Ellis Island

Tras diez o catorce días hacinados en la bodega del transatlántico, los emigrantes salían a cubierta y descubrían la Estatua de la Libertad (en cuya mano algunos creiín ver una espada; eso es ser emigrante segun Georges Perec: ver una espada donde hay una antorcha) y la línea de rascacielos de Manhattan (que algunos confundiín con asombrosas montanyas rectilineas). Pero el barco no tocaba puerto sino que dejaba a los pasajeros en Ellis Island, un islote de la bahía de Nueva York en el que se levantaban los edificios del centro de recepción de emigrantes.

Entre 1892 y 1924, doce millones de personas cruzaron sus pasillos y fueron interrogados y examinados en sus mostradores y ventanillas, antes de entrar en los Estados Unidos. Casi todos huían de la miseria más negra: millones de italianos e irlandeses hambrientos, judíos alemanes,  ucranianos y rusos perseguidos, polacos oprimidos... Como se ve en las fotos del actual museo de Ellis Island, algunos se vestían sus trajes regionales con la mayor solemnidad para pasar el examen de los funcionarios estadounidenses: rusos vestidos de cosacos, argelinos con túnica y turbante, un matrimonio húngaro con seis hijos trajeados... Temían el examen de los ojos (porque un indicio de tracoma significaba la expulsión), los tests de inteligencia y lectura, las letras con tiza que los médicos trazaban en sus hombros para indicar cualquier tara. La inmensa mayoría consiguió dar el último paso desde Ellis Island hasta la tierra firme de Nueva York: solo rechazaron al 2% de los emigrantes. Pero ese pequenyo porcentaje supone 250.000 personas que perdieron en Ellis Island su última esperanza y fueron enviadas de vuelta a través del océano quién sabe a qué infierno, en el viaje más cruel que se pueda imaginar. No conocemos sus historias. Su estela se disolvió en el océano. Y el dato terrible: en esos treinta y pocos anyos, 3.000 emigrantes rechazados se suicidaron en Ellis Island.

Los antiguos edificios acogen ahora un museo estremecedor. En él se conserva la memoria de aquellos doce millones de emigrantes que pasaron por la isla y construyeron Estados Unidos (hoy en día, cien millones de estadounidenses pueden localizar a algún antepasado que pisó este islote arenoso en la desembocadura del río Hudson). El museo ofrece expresiones de desconcierto congeladas en el blanco y negro de las fotos, grabaciones de voces emocionadas, testimonios escalofriantes de desgarros familiares. También muchas alegrías, reencuentros, esperanzas. Estas tremendas historias se pueden recopilar y se pueden contar. Salí de la isla con un montón de apuntes, fotos y media docena de libros. Me gustaría escribir un reportaje con esas historias. Pero entre nosotros -visitantes, espectadores, oyentes del 2008- y la abuela italiana que mira con terror desde una foto de 1910, se abre un abismo tan inmenso que ya no podemos construir ningun puente.

Si un reportaje sobre Ellis Island sirve para algo, porque realmente no sé si sirve para algo, quizá sea para tender un puente entre nosotros y los desgraciados que hoy buscan su última oportunidad en nuestras costas, con la misma esperanza aterrorizada.

Ellis Island exige una larga digestión. Después de conocer un punyado de esas doce millones de historias, de asomarnos al vértigo de esas oleadas de emigrantes de tantos países y tantas épocas, la única idea un poco clara que saco por ahora es la de la increíble chiripa haber nacido en San Sebastián en 1976, un premio improbabilísimo y mil veces más multimillonario que el Gordo de manyana.

Buenas noches desde Harlem, barrio negro totalmente cubierto de blanco: nieva York.

Publicado el 21 de diciembre de 2008 a las 00:30.

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La furgoneta de Belén

Archivado en: Viajes, Nueva York,

Al visitar la pista de patinaje de Rockefeller Center, el gigantesco abeto iluminado y las riadas de compradores cargados de paquetes que avanzan sorteando homeless, he recordado que justo hace un anyo encontre a un argelino durmiendo en mi furgoneta: La furgoneta de Belén.

Publicado el 18 de diciembre de 2008 a las 01:00.

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Overwhelming NY

Archivado en: Viajes, Nueva York

Algunos elementos que no aparecen en la guia de viaje de Nueva York, captados en mis primeras 48 horas en esta ciudad:

Ocho hombres vestidos de guerreros cruzados, denunciando a voces y con grandes carteles que Obama es un diablo islamico. El enjambre de ciclistas que pedalean a toda velocidad entre el trafico con bicicletas de pista (sin freno y con pinyon fijo). Aceras reforzadas con bordes de hierro. Los homeless de melenas amazonicas y miradas alucinadas, envueltos en mantas, que arrastran los pies de vagon en vagon como neandertales varados en el metro. Los peluqueros de Harlem que salen a la calle, como sus colegas tangerinos, a ofrecer a gritos un corte de pelo. El cartel que reserva una plaza de aparcamiento junto a una iglesia para el "pastor senior". La paternidad de Ricky Martin en la portada de El Especialito, el semanario de los hispanos. Los grunyidos, quejidos, suspiros y gorgoteos de las tripas de nuestro apartamentito en Harlem. Los chavales pelotaris en una cancha enjaulada de Brooklyn. Las banderas de todos los paises africanos en el interior de un templo baptista, incluido Yibuti. Una duda: si en el sistema escolar publico neoyorquino hay alumnos de 197 paises, cuales son la unica docenita de paises que no tienen ninyos en esta ciudad. El vagabundo que se sienta en la Quinta Avenida, con su carro y sus cartones, y coloca este cartel: "Insultame por un dolar". Y la calva negra mas reluciente que he visto jamas: un craneo encerado que bajaba delante de nosotros por la Quinta Avenida y en cada esquina reflejaba el rayo luminoso de un rascacielos.

Overwhelming. El palabro me lo ha ensenyado Nerea: abrumador. Y Amaya adereza la lista de elementos reales convocando a los cazafantasmas en la Biblioteca de Nueva York, donde pasa las horas.

Publicado el 16 de diciembre de 2008 a las 18:45.

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Salir de viaje

Archivado en: Viajes, Vespa

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"La vespa llevaba siete meses en el garaje de mis padres, quieta parada, acumulando polvo y convirtiéndose en metáfora. Anoche, mientras hablaba por teléfono con Josema, saltó una de esas ideas-calambrazo ("oye, espera, y si...") y esta misma mañana he ido a casa de mis padres a comprobar si la moto arrancaba después de tanto tiempo".

El párrafo es de octubre de 2007, cuando arrancaron a la vez la vespa y este blog (en su antiguo emplazamiento).

"A la primera. He pisado el pedal de arranque y ha atronado el motor (¡rugido de brontosaurio!). Otro triunfo de la sencillez. El arranque de la vespa es tan simple -no tiene ni batería- que basta con la pura fuerza mecánica: pisa fuerte la palanca y ya está. Dentro de cien años, cuando se termine de descongelar Siberia, los arqueólogos desenterrarán una vespa y serán capaces de ponerla en marcha como si fuera la primera vez.

La sencillez es la clave. La sencillez permite que las vespas y los viajes arranquen a la primera. En cuanto surge la idea-calambrazo, basta con hinchar las ruedas, renovar el seguro, cargar la tienda de campaña... y marcha. No hace falta nada más. Y desde que se toma la decisión repentina -sin ninguna elaboración, sin ningún razonamiento, sin ninguna duda- hasta el instante de partir, se viven unas horas de excitación tremenda. Ese momento de arrancar la moto justo debajo de casa, meter primera y salir a la calle es quizá el mejor momento de todo el viaje. Creo que salir de viaje me gusta todavía más que viajar".

Con la vespa, que ya llevaba una vuelta a España en su motor, empezamos entonces un pequeño y lento viaje, muy vespacito. A topa tolondro lleva catorce meses rodando y ahora traslada sus viajes, escapadas y barzoneos a gentedigital.es, con la misma canción de siempre: "Es importante seguir con el empeño, es importante mantener una vida lo más ligera y sencilla posible. De ahí viene la euforia cada vez que arrancamos con un viaje repentino: en el fondo celebramos que seguimos siendo capaces de plegar bártulos en cinco minutos".

Publicado el 5 de diciembre de 2008 a las 14:30.

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Ander Izagirre

Ander Izagirre

Nací en San Sebastián en 1976. Soy periodista satélite. Kazetari alderraia naiz (leer más).

 

Ayuda para los mineritos

 

-PENÚLTIMOS VIAJES:

Karakórum (Pakistán, expedición al Broad Peak, 2010) /

Sáhara (campamentos de refugiados saharauis, 2010) / 

Bolivia (niños mineros, 2009) /

Bretaña (trainera de Albaola, 2009) /

Islandia y Groenlandia (2008).

 

-LIBROS (información y compra):

Cuidadores de mundos / Plomo en los bolsillos /

Los sótanos del mundo / El testamento del chacal /Trekking de la costa vasca

 

Libros de Ander Izagirre

 

 

-REPORTAJES:

"Mineritos. Niños trabajadores en las entrañas de Bolivia"

"Lurpeko haurrak"

"Las madres guaraníes saltan a la cancha"

"Vidas en la boca del infierno" (Islandia)

 

-EGOTECA: entrevistas y tundas varias

 

 

facebook.com/ander.izagirre

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