martes, 9 de febrero de 2010 19:04 www.gentedigital.es
Gente blogs

Gente Blogs

Blog de Jim McGarcía

Bocados de Biagra

Los puñetazos no hacen ¡TSH!

Archivado en: Jim McGarcía, Walter Queijo, Ruso, Rusa, Acción

Las escenas de acción suelen estar precedidas por una subida radical del volumen de la música. El piano suena tranquilo, casi una nana, y de pronto ¡CHAN! ¡CHACHACHACHACHAAAAAAN! Empieza lo bueno: Bruce Willis a repartir, Stallone a farfullar y Jennifer Love Hewitt a asustar a los espectadores con sus constantemente visibles tiras del sujetador. Lo mejor del asunto es que en la vida real no se oye la música, pero cuando recuerdas ese tipo de experiencias, siempre hay, como mínimo, un tipo tocando el triángulo. En mi caso, por ejemplo, recuerdo la situación con Gladys interpretada por John Williams y la filarmónica de Londres.

En el momento que me ocupa, y antes de que la reflexión me lleve a comerme una increíble hostia en los morros, me dispongo a esquivar el puño cerrado del ruso, un tipo con músculos hasta en los nudillos. A ver... Sí, bien, esquivada la primera. Un poquito más de tiempo para la reflexión ¿Por dónde iba? Ya, vale: las escenas de acción y la música. Las escenas de acción y el sonido en general. La primera vez que me rompieron la cara, y una vez superado el espantoso dolor de dientes, reparé en que los puñetazos no suenan "TSH" como en las pelis, y que no es tan fácil romper una mesa de madera con la espalda y levantarse como si nada. Varias veces he soñado que lucho con alguien a quien odio muchísimo (los freudianos que se abstengan de sacar conclusiones precipitadas), pero siempre soy tremendamente débil. Pego con una fuerza y un odio extremos, pero el puño llega a la cara de mi oponente como si el aire por el que avanzaba fuera gelatina. Nada, más derrotado que Hulk Hogan. peleando con Rocky.

Vaya, por ahí viene Walter a echarme un cable. Se nota que lo del ruso nos ha cogido por sorpresa a ambos. Menudo animal está hecho el tío.

- ¿Quién? ¿El ruso o Walter?

- Ambos, pero me refería a Walter más concretamente. ¿No ves que ya había alabado antes los músculos del ruso? (Odio que los lectores me interrumpan).

Vale genial, ahora tengo alucinaciones. ¿La esquizofrenia se contagia? Quién sabe... Bueno, estaba pensando en cómo el ruso apareció por sorpresa a la salida del psiquiátrico, mientras yo aún intentaba digerir la idea de que Paco y yo compartiéramos padre. Se lo montaba bien el viejo. A lo mejor el ruso también es mi hermano. A lo mejor todo el mundo es mi hermano, como en una peli de Spike Lee (tranqi Jim, ¿qué tal si te alejas un poquito de la puerta del psiquiátrico?).

Walter se lo está poniendo jodido al ruso. Vamos, que el ruso empieza a parecer un chino de color rojo dándole besos a la frente de Walter. Lo malo, para él, es que lo hace demasiado fuerte. ¡Anda! Ahí viene Irina. Oh Irina, sí, corre hacia mí, corre como el viento. Es precioso ver correr a una mujer con las tetas grandes. En fin, supongo que eso es lo que debía pensar David Hasselhoff cada mañana en Santa Mónica.

¡TSH! (Un nuevo descubrimiento, parece que el secreto consiste en hacerlo suficientemente fuerte).

- ¡Walter! ¡Esta tía me va a matar!

- ¡Ya voy Jim! ¡Intenta soltarte!

Que intente soltarme... Gran consejo Walter, no lo había pensado. ¿Qué tal si se lo pido por favor? Rusa, ¿te importaría dejar de ablandarme los dientes contra el suelo? Disculpa Irina, ¿serías tan amable de razonar esto conmigo?

- ¡Bualteb! A efta tía le fale efpuma pod la boca...

Así de fácil. Walter llega, la levanta por los pelos, y la lanza encima de lo que queda de su hermano, que se levanta como el que aún cree que puede ganar pero todos saben que no puede.

- El cabrón es persistente.

- Te lo advedtí... (sé que este momento lo recordaré a cámara lenta) ¡Cuidado, tiede uda pipa!

Y ahí Walter demostró que lo de Matrix podría pasar. Me cogió, me subió a su espalda, y empezó a correr hacia la moto.

¡BAM!

- ¡Code Bualteb!

- ¡Dispárales Jim joder! ¡Usa tu pistola!

- ¡Fí! ¡Efo!

¡BAM!

¡BIM! (Genial, tengo una pistola que suena ¡BIM!, más material para mis sueños)

¡BAM!

¡BIM! ¡BIM!

- Siéntate chaval. Nos vamos.

Y Walter arrancó la moto y nos fuimos disparados (nunca mejor dicho) rumbo a tierras lejanas y más aventuras.

- ¿Vas a acabar ahora? ¿Y qué pasa con tu padre?

- Shhhhhhh. Estoy intentando seguir, por dios. Claro que no voy a acabar ahora.

- ¿Y por qué antes hablabas mal y ahora hablas bien?

- Porque esto no está pasando. En la realidad yo voy en una moto con la boca destrozada.

- Pero es un poco raro, ¿no?

- Déjame en paz ¿quieres?

Volvamos al lío. ...tierras lejanas y más aventuras.

- ¿A dónde vamos Jim? Joder, esos comunistas no se andan con bromas.

- Vamof a Mabrib. Tedebof que llegab adtef que ellof. Tedebof gue begiftab fu cafa. Feguro gue allí hay algo.

- ¿No te avisé de que no jodieras a los comunistas?

- No.

- Pues no jodas a los comunistas. Si algo tengo claro, es que Walt Disney no era comunista.

Y allá vamos, contra reloj a casa de los rusos. En la moto llegaremos antes y podremos tocar y mirar todo lo que queramos. Ahora ellos saben que no nos andamos con gilipolleces, y ellos saben que Irina me puede físicamente. En un mundo más civilizado, seguro que habría hecho buenas migas con María.

Publicado el 4 de diciembre de 2009 a las 01:15.

añadir a meneame  añadir a freski  añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  compartir en facebook  twittear  votar

Dolor de dientes

Archivado en: Jim McGarcía, Sonsoles Cuevas, La Coruña, Psiquiátrico, Walter Queijo

Ya estamos aquí. Me imaginaba yo, tonto de mí, emprendiendo un viaje larguísimo, con Walter conduciendo la moto cual Easy rider y yo detrás, desplegando un mapa roñoso que nos indicara el camino. Pero... la triste realidad del asunto es que ir en moto desde Benavente a La Coruña lleva poco más de cuatro horas. ¡Qué asco de mundo civilizado! Salimos de Benavente por la mañana y llegamos a Galicia para comer. Aquí, cómo no, también nos hospedaremos en un burdel en las afueras de la ciudad.

Lo de Walter no tiene nombre. A veces pienso que conoce a todo el mundo, al menos, a todo el submundo de la carretera. Empleados de gasolinera, meretrices, camareros ceñudos y camareras de peinados caducos en bares de esos que son, al mismo tiempo, tiendas de regalos, cafeterías, charcuterías y pensiones. A todos se abraza y todos le invitan. Es como ir con un futbolista lesionado: despierta una mezcla de admiración y compasión en la gente. Después de todo, parece que mi salto a la fama está garantizado a poco que pase unos meses con él.

Por cierto, ahora que me sale este símil futbolístico me viene a la cabeza que, hace no mucho tiempo, yo tenía una novia a la que le gustaba el fútbol. Creo recordar que incluso yo le gustaba. Parece ser que el tal Cristiano, al final, fichó por el Madrid. Anda que no somos curiosas las personas: uno se da cuenta de que quiere mucho a su varonil ex novia el día que se ve a sí mismo emocionado porque un futbolista guaperas empieza a hablar en español. Perra vida...

En La Coruña hace frío ya. Comparado con mi última experiencia en el microondas de Madrid, aquí estamos en el polo (en el más frío de los dos, que nunca sé cuál es). Si hay un sitio en el que la melancolía es socialmente aceptable, ese debe ser este. Paseando por la ciudad con Walter, me doy cuenta de lo limpio que está el suelo (salvo por ese asqueroso tatuaje formado por chicles negros que tienen todas las calles del mundo. Del mundo español, claro). Supongo que esto, lo del suelo limpio, tendrá que ver con lo deprimente que es mirar para el cielo, pues cuando lo hago siento que el asunto de las nubes densas es como vivir constantemente en una casa de techos bajos. Cuando se lo comento a Walter, él dice que no, que eso es porque llueve mucho. Qué rabia. Siempre que me pasan estas cosas me veo a mí mismo como el pariente tonto de la ladilla (a los suspicaces aficionados a los chistes, les diré que desde luego no me estoy refiriendo a ningún integrante de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado). Es una mierda que no te entiendan.

- Bueno Jim, ¿vamos?

Vale, hay que ir a ver a la madre de Paco. Paco, Paco, Paco, Paco, ¡Paco! Estoy hasta los huevos de Paco. El muy cabrón la palmó, pero yo sigo vivo haciendo el panoli por el mundo adelante. Ni casa, ni Cristiano, ni María, ni dinero, ni trabajo, ni Donetes ni calcetines secos. Todo eso se fue con Paco y sus pedacitos. Cuanto más lo pienso, más estúpida me parece la decisión de intentar vengarme. ¿A dónde me va a llevar toda esta mierda? ¿Puede llevarme a algún sitio peor que al que ya me ha llevado? ¿Soy el Capitán América? No, yo quería ser Clint Eastwood, pero me faltan arrugas, principios y decencia como para ser Clint. Él nunca se pondría unas mallas, y desde luego jamás iría con Walter a ninguna parte. Puede que llevara a un orangután a su lado, pero nunca a uno que pudiera haber tenido una relación romántica con Baloo, el puto oso de El libro de la selva.

- Sí Walter, vamos de una puta vez.

El psiquiátrico de turno es lo que todo fan de Bela Lugosi (bueno, casi todos) llamaría "hogar". Lugar boscoso, mar de fondo al fondo, niebla pegajosa y resbaladizo asfalto. Por lo demás, puertas automáticas de cristal, logo de empresa privada chunga serigrafiado en la puerta y mucho verde que parece azul y mucho azul que parece verde en los empleados de tan acogedor espacio. Si no estabas loco al entrar, aquí te garantizan que te vas a quedar como un cencerro. Esto es lo que se puede percibir al otro lado del cristal, mientras que aún puedes leer el logo azul de izquierda a derecha.

- Walter, me da miedo entrar.

- ¿Te acompaño?

- No, gracias tío, no es ese tipo de miedo. Empiezo a estar cansado Walter. Ni siquiera sé si esa mujer sabe quién soy. Ni siquiera tengo claro que sepa quién es Paco. Y en caso de que lo sepa, ¿sabrá que Paco está muerto? ¿Voy a tener que decírselo yo, que ya casi ni me importa?

- Tío, esto es muy complejo. ¿Sabes por qué está toda esa gente ahí dentro?

- ¿Por qué Walter?

- Porque saben demasiado.

- (Dios...). Ahora nos vemos Walter. Espera aquí un ratito.

- Suerte Jim.

- Gracias Walter.

Gotelé. En las paredes tienen gotelé. ¿A quién se le ocurre llenar la pared de un psiquiátrico de pinchitos? Espero que el pintor esté aquí metido.

- Buenos días.

- ¿Sí?

Asco de recepcionista.

- Soy Jim McGarcía. He venido a ver a Sonsoles Cuevas.

- ¡Ah! ¿Sonsoliñas?

- Sí, Sonsoliñas. Sonsoliñas Cueviñas.

- ¿No eres de aquí verdad?

- No, soy del mundo exterior.

- Así no vas a conseguir nada neniño.

- Muchas gracias señora (genial, ahora de pronto soy también un maleducado cortés. No debí empezar a presumir tan pronto de haber tocado fondo. Probablemente sólo haya llegado al Parking -2).

- Pffff.

- No... ¡oiga!, perdone... No se dé la vuelta, por favor. Lo siento mucho, es sólo que estoy muy nervioso. Discúlpeme si lo he pagado con usted (este arranque de sinceridad sería un atisbo de esperanza si no fuera porque estoy imaginándome cantidad de formularios, teléfonos y grapadoras completamente empapados en trocitos de sesos de recepcionista bien pasaditos por gotelé).

- Bueno. No puedes tener esos humos.

- Ya lo sé señora. Mil perdones.

- Como sabes, Sonsoles está interna, un par de pisos más arriba. El celador te acompañará (la señora grita más que habla. Aunque creo que lo hace de buen grado, no me cambiaría por su gato). ¡Martín! ¡MARTÍN! Acompaña al chico a ver a Sonsoliñas. Ya aviso yo a Juan de que vais para arriba.

El tal Martín es de los de verde. Esto significa ser feo, bajito, calvo y con cara de salido. Los satisfechos, altos, guapos y ricos van todos vestidos de azul. Seguro que Walter saldría con una de esas de "como el príncipe azul". Paso a una sala bastante acogedora, con un silloncito marrón, una mesita de centro y un par de sillas como de colegio privado de los 90 a los lados. Elijo la silla.

- Ahora viene Sonsoles. Espera aquí.

Y Sonsoles llega, y me da un abrazo como los que hace años que no me dan. Y se parece un huevo a Paco. Además no va vestida con bata rosa y zapatillas de criadora de gatos, sino que va incluso arreglada. No es muy mayor, puede que tenga unos cincuenta años. Es guapa, pero huele a lo mismo que el Martín verde. Huele a hospital.

- Hola Jim. ¡Qué alegría verte! Tú querías mucho a Paco, ¿verdad? (aunque con esto se soluciona lo de decirle que Paco está muerto, la verdad es que no siento ningún alivio. Quiero vomitar).

- Sí señora. Vivía conmigo. Éramos compañeros de piso. Cuidábamos bastante el uno del otro... Bueno, quiero decir que... No fue por mi culpa y...

- Vale, vale, tranquilo Jim. Yo ya sé que Paco tenía sus cosas. No te preocupes. Me acuerdo que cuando nació el médico me dijo que tenía cara de listo. Sí que era listo, ¿verdad?

- Sí señora. Paco era muy listo.

- Pero no lo suficiente, ¿no? (Hay algo violento en su tono. Habla con una tensión rara en la mandíbula. La locura, como el odio, la envidia o el amor, siempre se aprecian en este tipo de detalles. En el caso de Sonsoles Cuevas, la forma en que el sonido esquiva sus dientes apretados habla claro sobre todo ello),

- Yo... no sé.

Cuando empezó a acercarse a mí, no me pareció más que un pequeño balanceo hasta que estuvo suficientemente cerca como para que pudiera oír el rechinar de sus dientes.

- ¿Sabes quién fue?

- No. ¿Y usted?

- Yo sí... ¿Fue Paco un buen hermano Jim? ¿Fuiste tú un buen hermano para él?

Y esto es lo que obtuve de la madre de Paco. Esto y la escena más desagradable que he visto en mi vida. Peor que ver a Paco troceado, fue ver a su madre intentando trocear el aire mientras un celador intentaba evitar que le mordiera. Mientras se la llevaban entre dos hombrecillos verdes, y entre inútiles dentelladas al aire perdía toda la humanidad que había ganado al no ponerse la bata rosa, reparé en el papelito que dejó sobre la mesa de centro durante su balanceo.

La verdad es que mi padre, como siempre, salía muy contento en la foto.

Publicado el 13 de noviembre de 2009 a las 00:15.

añadir a meneame  añadir a freski  añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  compartir en facebook  twittear  votar

Mi amigo es un proxeneta de dibujos animados

Archivado en: Jim McGarcía, Walter Queijo, Burdel, Disney

Qué bueno es estar sano. Cuando la fiebre remite y recuperas el sentido del gusto frente a un plato de comida caliente, es inevitable que una risa floja te haga cosquillas en la garganta. Por la ligereza que me embarga, lo definiría como una sensación parecida a la de despertarse un día con diez kilos menos. Yo he perdido ocho durante la convalecencia, pero no es sólo una cuestión de peso. Sólo digo que es parecido.

La vida en un burdel no se diferencia demasiado de lo que debe ser la vida en la casa de una folclórica famosa. Hay baños por todas partes y una sensación de sordidez en el ambiente que lo impregna todo: el desayuno, el telediario y los vasos de agua están bañados de una especie de luz amarillenta. La piel de Homer Simpson tiene mejor aspecto que la leche en que nadan mis crispis. A veces pienso que lo mejor sería meterlos en Whisky directamente. En este burdel todos somos, como mínimo, enfermos renales.

El único al que esto parece no afectarle es Walter. Puede que sea porque es tan grande (grande como un luchador de sumo a régimen, no como el ruso) y fuerte que es como si siempre estuviera a contraluz. Walter hace que las habitaciones sean aún más pequeñas, y que las mujeres se aparezcan sólo como seres diminutos a los que proteger.

La parte mala del asunto (lo de las mujeres que se protegen) es que Walter se dedica precisamente a eso, a pegar palizas a los tipos que sólo saben follar jodiendo a los demás, y a esos otros que no saben aceptar que una puta les diga "contigo no". Walter cobra a las prostitutas por estos servicios, y debo decir que en el tiempo que he pasado consciente en este antro, Walter es todo un profesional. 

Estos días hemos compartido unas cuantas historias personales que nos han acercado mucho. Incluso detrás de los tipos como Walter hay una infancia, una madre, un amor y un pijama de algodón. En su caso, todo esto se fue a la mierda tras divorciarse de lo que él presenta como una arpía, una bruja de las de verruga en la nariz. Según su versión, en la que confío plenamente a falta de más detalles, hubo un momento en el que su vida era perfecta: coche de empresa, corbatas de colores, piso en las afueras, mujer guapa y niña con el pijama de marras (no confundir con la novela La niña del pijama de marras, todo un símbolo de la lucha contra la intolerancia). En pocas palabras, tenía todo lo que necesitaba. Esto fue así hasta que llegó a sus vidas un fulano de abdominales rocosos, raya a un lado y plaza de garaje en la -1 (la suya estaba en la -2. Cosa de jerarquías al parecer), además de chalet en las afueras en lugar de piso. Claro que esto es simplificarlo todo un poco, pero la conclusión dio con Walter fuera de su casa para no violentar al núcleo familiar, y dentro de burdeles y bares en los que su afición por ver el culo de las botellas le privó también del coche de empresa y de las corbatas amarillas. Con lo que sacó de la indemnización se dedicó a viajar por el mundo subido en la moto que siempre había querido tener. Se dejó crecer la barba, afrontó los pagos ocasionados por el divorcio y se agenció colaboraciones con unas cuantas amigas de la época de su bajada a los infiernos con las que poder pagar la pensión de alimentos de su hija. En principio, nada que no pase todos los días a cuarentones de todo el mundo (se trata de elegir entre el deportivo y la amante o esto), pero sólo en principio. Walter no es una persona normal. Ni siquiera es un chalado normal. Estamos hablando de un fulano que no cree en los hospitales, que cuando ve el telediario resopla constantemente como pensando que todo lo que emiten es mentira, que alguien mueve unos hilos que los demás ni vemos. Walter es lo que en los ambientes gafapastiles se conoce como "un conspiranoico". El tipo ve escrito en un papel 2+2= x y vuelve a resoplar. "Sospecho de cualquier cosa que lleve una cruz. No te creas nada Jim" me diría. Sólo es capaz de tomar como absolutas ciertas verdades. En el concepto que voy a introducir a continuación se recogen todas ellas: Walter es el profeta de lo que él llama "el código ético de Walt Disney".

Desde que la vid a le jodió vivo, llegó a la conclusión de que el mundo estaba podrido. Incomprensiblemente, y aunque todos hemos leído Caperucita roja o hemos llorado con Bambi, por las circunstancias que sean (en sus delirios conspiracionales, Walter lo atribuye a un complot de la educación capitalista para fomentar la competitividad entre los ciudadanos), tarde o temprano acabamos comportándonos como el lobo y el cazador respectivamente. Walter ya no. Después de probar las mieles del éxito y del fracaso convencionales, tras vaciar su vida y su cabeza de cualquier cosa que lo relacionara con el mundo real, Walter llegó a la conclusión de que jamás había sido tan feliz como cuando veía las películas de Disney con su hija, antes de que el juez le cargara con una orden de alejamiento por petición de su mujer. "Siempre sabes qué está bien y qué está mal, no hay complicaciones. En el código ético de Walt Disney no hay lobos con piel de cordero. Las cejas dibujadas en diagonal que les colocan a los hijos de puta eliminan cualquier posibilidad de duda. Lo que está bien está bien y lo que está mal acaba perdiendo en la película". Así se pronuncia mi nuevo amigo, y no puedo evitar sentir una atracción poderosa hacia él. En el mundo en el que me muevo actualmente, cuando todo lo que tenía se ha pringado de mierda, cualquier referente moral, por muy absurdo y disparatado que sea, es algo a tener en cuenta. Es lo que más aprecio de él, pero de un modo plenamente comprensible, es también lo que más me acojona.

-          Venga Jim, tenemos que irnos. La madre de tu colega no va a durar para siempre y ya llevas viendo culos gratis más de dos semanas.

-          Ya voy Walter. ¿Está la moto cargada con mis cosas?

-          Tus cosas se quedan aquí. Cógete una muda y nos vamos. Hay que quemar la carretera, chaval.

-          Genial Walter. Por cierto, me gustaría preguntarte una cosa. Espero que no te ofendas.

-          No te disculpes antes de decirlo, pero como la cagues será mejor que lo hagas después.

-          ¿Cómo encajas el ser un proxeneta, o lo que coño seas, con el código ético de Disney?

-          Dejémoslo claro chaval. Tú vas a venir conmigo, ¿no?

-          Sí, pero...

-          Confías en mí, ¿no?

-          Claro Walter, lo que pasa es que...

-          Lo que hago es cobrar por ayudar a las chicas. Y además, en el caso de que fuera un proxeneta, no habría ningún tipo de confrontación moral con mis planteamientos, siempre y cuando no cobre un sobreprecio ni amenace a nadie por conseguir el dinero. ¿Has visto La Sirenita?

-          Sí.

-          ¿Y a qué coño crees que se dedicaba su padre?

Así es Walter Queijo, mi nuevo amigo. Lo mejor de éste es que es indescuartizable. Ya no sé ni cómo coño empezó esto. Que el conejo Tambor nos coja confesados.

Publicado el 25 de septiembre de 2009 a las 00:30.

añadir a meneame  añadir a freski  añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  compartir en facebook  twittear  votar

Segunda parte: El amanecer de McGarcía

Archivado en: Jim McGarcía, Walter Queijo, Velociraptor, Benavente

A veces las personas normales, se ven enfrentadas a desafíos que les superan.

- Paco está muerto Jim.

A veces los desafíos insuperables se ven retados por personas normales.

- Voy a vengarme Paco, lo juro sobre tu tumba. Los cabrones que te hicieron esto lo pagarán con creces.

Cuando las historias de amor no son sino un complemento secundario para alargar la trama sin aparente resultado...

- María, ¿por qué nunca dices nada interesante?

...es necesario dar al protagonista un compañero que le sirva de réplica.

- ¡Oye! ¿Subes a la moto o qué?

Adrien Brody como Jim McGarcía.

- No soy judío, sólo tengo la nariz grande. (Comentario pendiente de aprobación por el comité antiantisemita).

Paz Vega como María.

- Jim, si supiera hablar te diría lo mucho que te amo.

John Goodman es Walter Queijo.

- Malditos sean, malditos sean todos esos jodidos burócratas.

Y presentando a Jack Black como Paco.

- Soy gay.

Del guionista y director de Bocados de Biagra, llega a nuestras pantallas la madre de todas las secuelas.

- Jim, tu padre es un Velociraptor procedente del futuro.

- ¡¡Noooooooooooo!!

- Examina tus sentimientos Jim, sabes que es verdad. El códice mohoso del mar Báltico lo predijo hace 5.000 años. Sólo el amor puro de María arrojado desde el helicóptero proyectado por Leonardo da Vinci podrá acabar con esta pesadilla.

- Lo sé Walter, sólo necesito diez minutos a solas. Esto se pone feo y debo recapacitar. No sé si soy el héroe que el mundo necesita.

- Los héroes nunca lo saben amigo... Nunca lo saben.

MCGARCÍA: EL RETORNO DE LOS GRANDES CARNÍVOROS.

A partir de septiembre de 2009 en los cines que quedan.

- Te gusta comer, ¿eh? Pues come un poco de plomo... papá. RATATATATATATATATÁ.

RATATATATATATATATÁ. Ratatatatatatatatatattttttaaaaattataatatatá. 

- ¡Walter! ¡Walter ven aquí! Creo que a tu amigo le está dando un ataque epiléptico. ¡Corre!

Rtrtrtrtrtrtrtrtrtrtrtrtrtraaaaaaaaareretrtrrtrtrt. Dinosaurio cabrón, te voy a joder vivo. 

- Mij. Miiiiij. Chaval, despierta. Jennifer trae agua fría y una toalla, ¿quieres?

- Aquí está el agua fría... ¿Se la vas a tirar encima?

¡Choooffff!

- ¿Qué, qué? ¿Quiénes sois?

- Duerme, ¿quieres?

- Aquí tienes la toalla Walter.

- Gracias, estas situaciones me hacen sudar mucho. Dale más paracetamol y que vuelva a dormirse. Es demasiado blandengue como para sobrevivir sin medicamentos.

...

...

- Ya despierta.

- ¿Qué? 

- Has tenido suerte Mij, pensábamos que la ibas a cascar.

- ¿Quiénes sois? ¿Y quién es Mij?

- ¿No te llamas Mij? ¿Cómo te llamas entonces?

- Me llamo Jim, Jim McGarcía. ¿Y tú?

- Soy Walter Queijo, y estas señoritas son unas amigas que te han ayudado a superar la fiebre.

- ¿Y por qué estoy aquí? De hecho, ¿dónde estoy?

- En una casa de citas en Benavente. La llamaría de otra manera, pero no quiero ofender a las señoritas aquí presentes. En cuanto a la primera pregunta, estás aquí porque yo te traje. Te traje porque estabas en una cuneta quitándote los pantalones. No es que me gustes, ni nada de eso. Es sólo que pensé que o te morías de una sobredosis o te morías de otra cosa. Lo que estaba claro es que necesitabas ayuda.

- Pero yo estaba en Madrid. Condujiste 200 Km. hasta aquí. ¿Por qué no me llevaste a un hospital?

- Porque no creo en ellos. 

- ¿Qué? ¿Cómo puedes no creer en los hospitales? Te aseguro que existen, yo he visto unos cuantos.

- Sé que existen, pero creo que están demasiado politizados.

- ... No sé qué contestar a eso. ¿Cuántos días llevo aquí?

- Dos, éste es el tercero. ¿Quién eres Jim?

- ¿Y tú?

- Teniendo en cuenta que tú eres el invitado, creo que deberías ser tú el que dé las primeras explicaciones.

- Está bien. 

Le di a Walter todas las explicaciones oportunas. Le hablé de Paco, de María, de los rusos, y del misterioso McGarcía que me acecha. Le hablé de venganza y él asintió. Dije que iba a La Coruña para ver a la madre de Paco e insistió en acompañarme.

Por cierto, bienvenidos de nuevo a esta voz en off que nos une. Puede que con la llegada de Walter Queijo estos momentos se vean un poco reducidos en pro de los diálogos ágiles e incisivos que seguro que me esperan. De ser así, nadie debe preocuparse. Intentaré seguir hablando bajito siempre que pueda.

Walter ha hablado conmigo también. De hecho, ya sé más sobre él que sobre casi todas las personas que he conocido hasta ahora. Si algo tiene Walter de bueno, es que siempre sé cómo va a comportarse. Llevo dos días de consciencia en un puticlub de Benavente, y creo que podría acostumbrarme a vivir aquí. Curiosamente, entre estas camas plasticosas, he encontrado más compañía y comprensión que en cualquier otro sitio. Las chicas son tan buenas que es una auténtica pena que tenga que rechazar sus ofrecimientos de sexo gratuito. Por muy tirado que esté en el mundo, aún sigo siendo yo, y a Jim McGarcía le da un asco enorme acostarse con prostitutas. Qué se le va a hacer.

Walter tiene una moto increíble. Y es un tipo fascinante. Supongo que debería hacer una de esas descripciones exhaustivas sobre él: físico, pasado, presente y toda esa mierda. Claro que eso va a llegar, pero ahora mismo aún estoy demasiado cansado. Estoy convaleciente (cómo me gusta esta palabra) y creo que ya he contado bastante. En unos días estaré plenamente recuperado para volver a la carretera. Joder, no puedo esperar para ir con Walter, el tío más raro del mundo.

 

Publicado el 6 de septiembre de 2009 a las 20:15.

añadir a meneame  añadir a freski  añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  compartir en facebook  twittear  votar

El calor y el dinero

Archivado en: Jim McGarcía, Walter Queijo, Autostop, Publicidad

¿Para qué sirve el calor cuando eres pobre? Seguramente sea sólo un eslabón más del sistema, pensado para coser a patadas a todos los que no tenemos un puto duro. Así como a las señoras pijas con trajes de chaqueta de colores pastel les cabrea como nada que haya un día de viento o lluvia cuando salen de la peluquería, a mí lo que me jode es que el calor me coja con todas sus ganas después de haberme dejado parte de mis ahorrillos en pagar una habitación digna en un hotel para darme una ducha. Todo es cuestión de perspectiva y de prioridades. La peor parte de no tener dinero es que tu perspectiva siempre es la de no tener dinero, y tus prioridades nunca son conseguirlo. Me explico: cuando uno quiere conseguir dinero, cuando esa es tu única meta en la vida, obtenerlo es relativamente fácil. Sin embargo, cuando el dinero te parece algo secundario, lo más normal del mundo es que te veas pasando calor en la autopista, con una maleta violeta de las de ir en avión, y un almacén a modo de casa/armario/oficina.

¿Para qué sirve el calor cuando tienes dinero? La lista es inagotable: sirve para irte de vacaciones, para ponerte moreno, para ducharte varias veces al día con agua fresquita, para estar en una terraza mazándote a cervezas, para ver a las chicas con menos ropa de la habitual, para poner el aire acondicionado a tope hasta que los pulmones de tus empleados sangre. Y sobre todo, el calor cuando tienes dinero sirve para ir en coche por la autopista con las ventanillas bajadas y las gafas de sol, riéndote del gilipollas de la maleta violeta que piensa que vas a parar a recogerle. Así lo veo yo desde mi perspectiva. Después hay mogollón de crítico-filósofo-analistas, con libros gordos que te cagas que hablan de lucha de clases, teorías macroeconómicas y del coño de la Bernarda. Mes de julio, autopista próxima a la capital del reino y sensación térmica de 500 grados milígrados. En un mundo decente, podría quitarme la ropa, mandar a la mierda la maleta y el sombrero y subirme al coche de un señor y su familia con un "buenas tardes, mucho calor fuera, ¿eh?". Marx está jodidamente lejos de aquí. 

Se me está yendo la olla. Lo sé porque he empezado a escribir mi nombre al revés juntando plantitas del descampado que bordea la carretera. Aícragcm Mij. Mij es un buen nombre. Suena exótico, potente. Seguramente existan brahmanes llamados Mij. Y entonces Mij recibió a Sandokán en palacio con un afectuoso apretón de manos que mostraba a las cortesanas los musculosos brazos de ambos titanes. Mola.

Un niño acaba de tirarme una lata de Cocacola vacía a la cabeza. Espero que viva muchos años, sea un drogadicto y sus padres se resignen a pasar el resto de sus días en una muerte en vida. 

¿Realmente tengo más opciones de que un coche pare estando vestido? En la carrera estudié algo sobre publicidad. Los anunciantes justificaban la inversión en función del impacto generado entre su público objetivo. Muy bien Jim, explora entre tus conocimientos del pasado. No siempre fuiste un retrasado mental con una maleta.

¿Por dónde iba? Sí, la publicidad:

BRIEFING MENTAL DE JIM MCGARCÍA.

HOY: LA PUBLICIDAD Y EL AUTOSTOP

- Público objetivo: personas entre 18 y 102 años con carné de conducir.

- Objetivo de la campaña: llegar a La Coruña haciendo autostop para encontrarme con la madre de Paco, que está loca.

- Objetivos paralelos (por lo visto, en publicidad todo lleva la palabra objetivo): dejar de pasar calor. Pasar frío. Llegar sano y salvo. En escenarios muy favorables, echar un polvo con una bailarina cachonda que me recoja.

- Necesidades presupuestarias: todas.

- Punto de partida: un tipo con una maleta, vestido de forma normal (quizás demasiado abrigado), espera junto a la autovía A6 Madrid - A Coruña, que un coche pare a recogerle. El tipo empieza a perder la calma y la cabeza: no se encuentra a gusto.

- Posibles soluciones basadas en el análisis previo: proponemos enlazar la sensación agradable de conducir con la del desarrollo sostenible. La sinergia se produce del siguiente modo: si recoges a un autostopista, estás cuidando del medioambiente, pues es posible que el autostopista contenga partes no biodegradables que, una vez podrido y descompuesto el objeto de estudio, amplificaría el efecto contaminante de los coches. Además, sería importante enlazar emocionalmente con la cultura y el folklore gallego, ya que, quizás, alguna de las personas puede dirigirse directamente a nuestro destino, posibilitando la mayor efectividad de la campaña y optimizando los recursos con que contamos. Esto es: bailarina cachonda se dirige sola en su coche hacia La Coruña, de donde es originaria. Jim (Mij) el sujeto del estudio, comienza a bailar una muiñeira junto a la carretera mientras, con una habilidad extrema, se quita el jersey de lana y la camiseta de algodón 100%, y muestra a la conductora su torso sudoroso y sensible con las minorías culturales y lingüísticas de éste nuestro Estado plurinacional. Consecuencia: la bailarina para el coche, acerca a Mij (Jim) hasta el hospital de la madre de Paco y, a las puertas del mismo, exige a Jim que le haga el amor por primera vez en su vida (sí, es virgen), y que, por encima de todo, una vez que eso suceda no vuelva a llamarla jamás, pues sabe que para un hombre de la categoría de Mij un compromiso de esa clase podría suponerle un problema.

- Tío... Oye tío. ¿Estás bien?

- Para vir a xunta min, para vir a xunta min...

- ¡Oye! ¿Subes a la moto o qué? ¿Qué cojones cantas? Oye, no tío, no te quites la ropa. ¿Quieres parar? Joder, tienes la cabeza ardiendo, seguro que tienes fiebre.

- ... 

- Anda, agárrate a mí. Ponte ahí detrás. Por favor estate quiero. ¿Qué? No serás trucha ¿no? ¿Qué dices de una bailarina? Venga joder, cállate. Tú sólo coge la maleta y agárrate a mí. Esos cabrones del gobierno no se preocupan por nada ni por nadie. Títeres, eso es lo que son. ¿Vas bien ahí detrás? La brisa debería bajarte un poco la temperatura. ¿Cómo te llamas muchacho?

- Ehhh... ¿Qué...? ... Ufff  Mij. Soy Mij y voy a La Coruña.

 

- ¿Mij? Joder colega, vaya putada de nombre. Yo te voy a cuidar Mij. Ya estás salvado.

 

Publicado el 31 de julio de 2009 a las 20:15.

añadir a meneame  añadir a freski  añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  compartir en facebook  twittear  votar

Prohibido entrar a la McCueva

Archivado en: Jim McGarcía, McCueva, Mamá, McGarcía senior

Balance de situación: 

- Novias: 0

- Casas: 0

- Trabajos respetables: 0

- Trabajos clandestinos: 0,5

- Almacenes mohosos: 1

- Amigos: -1

- Dignidad: no computa

- Amenazas potenciales de muerte: 2

- Dinero: suficiente para malvivir

- Tabaco: 4 cartones y 17 cigarrillos (nunca dejes a tu novia sin antes comprar tabaco).

- Venganzas: 1 en camino, 0 conseguidas.

- Familiares asesinos: puede que 1

McCueva

Me afano en este tipo de listas porque es lo único que se puede hacer en un almacén de 25 metros cuadrados sin luz. Nada natural, nada artificial, sólo una vela de mierda y todo el contenido que me cabía en el maletero de un taxi. Intento ordenar mi vida, planificar la jugada. Me he metido de lleno en esto, hasta el punto de arruinar cualquier cosa que me une a la sociedad. En realidad, no hay apenas diferencias entre el ruso y yo. De hecho, cualquier diferencia posible entre ambos juega a su favor. Él, al menos, no tiene que hacer sus necesidades en un arenal. Yo sí. De todos modos, estoy intentando ponerme de acuerdo con mi cuerpo para que sólo me fuerce a hacer vida de gato una vez al día, y por la noche, claro. El primer día fue horrible, con todo el calor, al lado de una de esas carreteras por las que pasan corbatas y moños a 120 por hora buscando la apacibilidad de su suicidio dorado. Y yo cagando e intentando parecer gitano. Sí, ya sé, un racista cabrón. Es lo que tiene la miseria, que la corrección política se te hace, cómo lo diría... Prescindible, sí, eso es.

Cuando era pequeño, y los gritos de mis padres comenzaban a acotar mi concepto de infancia, soñaba, como todos los demás, en irme a mi sitio. Mi sitio no era mi habitación, que pagaban mis padres y, por lo tanto, era accesible para todos. Mi sitio era un lugar secreto, en donde nadie me encontraba. En él sólo había cuentos y militares/ninjas de plástico. De haber existido, de haber podido evitar toda esa mierda, lo hubiera llamado la McCueva.

Vamos, deja esa mierda Jim, a quién pretendes engañar. En honor a la verdad, y a estos resortes de moral que me taladran de vez en cuando la cabeza, creo que este relato sería incompleto si no dijera que la mía fue una infancia feliz. A pesar de toda esa mierda freudiana, quiero creer que esa vocación de privacidad la hubiera tenido igual en caso de que mi padre se acostara religiosamente con mi madre todas las noches hasta ahora. Al menos, hasta que se murió la vieja.

Mi madre, española de Madrid para más señas, murió a los cincuenta y dos años de la forma más estúpida del mundo. Tenía yo diecisiete años y un móvil recién estrenado, como todos los demás por aquella época. Mi madre tenía una ducha resbaladiza, un grifo mal colocado y una nota en la puerta de la nevera con mi número de móvil. El resto, una constatación de que no tengo más parientes y de que las amistades se resuelven con una ramo de flores y una palmadita en la espalda, de que mi padre definitivamente era un hijo de puta, y el añadido de un seguro de estudios para que yo pudiese acabar una carrera universitaria. Al final, todo apunta a que mi madre, si pensaba en mi futuro como parece que lo hacía, debió haber suscrito la póliza para vagancia. Hubiera sido mucho más útil que cubrir mis estudios.

 

Un momento, la vela se acaba, voy a por otra mientras que hay luz suficiente.

 

Listo. Más barato imposible. Por dónde iba, ah sí, el tema familiar. Mi madre murió, fin de la historia. Era una buena persona, al menos conmigo. Me daba de comer, me vistió hasta que yo quise, se preocupó por mí, y nunca jodió profundamente a nadie. A lo mejor, un día se olvidó de pagar el pan. Hubiera sido gracioso. También es graciosa esa creencia popular de que el tiempo pone a uno donde se merece. Es como la Biblia del agnóstico. Bien, pues a mi madre, el tiempo la puso a morirse desnuda. A Paco, el tiempo optó por descuartizarle, y a mí, el tiempo me ha puesto en un puto horno crematorio. Mucho calor y ninguna ducha, así que pintan bastos.

Después está mi padre, inglés de Manchester. ¿No lo había mencionado?, soy bilingüe. Me manejo de forma igualmente limitada en inglés y en español, lo cual, como se puede  comprobar, me ha garantizado un puestazo en una multinacional. De él recuerdo que era un padre anodino, ni bueno ni malo. Quiero decir con esto, que no era la clase de padre del que uno espera que vaya a mover una montaña o a convertirse en un superhéroe. Sólo estaba bien. Salíamos a pasear, me hablaba de Inglaterra, de la comida, que él adoraba, y de la niebla que hacía todo mucho más interesante. Me decía siempre que yo era muy listo, y que estaba claro que iba a ser alguien importante. Recuerdo sus trajes, o más bien, recuerdo a mi madre planchándolos mientras que yo veía la tele. De su familia, la de mi padre, tampoco sé nada. Creo que tenía algún hermano en Inglaterra, pero no hablaba mucho de él. Puede que ni siquiera tuviera un hermano. Un día se cansó y se fue. Como ya he dicho en alguna ocasión, mi padre también fumaba. Se quedó sin cambio para la máquina del bar de enfrente de casa cuando yo tenía diez u once años. Aunque lo esperamos un tiempo, finalmente concluimos que no había estancos tan lejos. Nunca comí tanto como en los días que esperábamos la vuelta de mi padre. Claro que la espera y los atracones sólo duraron algo más de mes y medio, justo el tiempo que los bancos tardaron en cambiar las domiciliaciones a la cuenta de mi madre.

Ahora, el ruso, ese personaje que por sí mismo disipa cualquier recuerdo, me dice que un McGarcía es el que está detrás de todo esto. Por momentos me pregunto si no seré un personaje de novela barata con desdoblamiento de la personalidad. Hago esto, hago aquello, mato por aquí, extorsiono por allá, y no me acuerdo de nada porque en el fondo soy muy buena persona. Al final, el agente Mourenza tendría una hermana guapísima que investigaría el caso hasta el final, concluyendo que no se me podía culpar de nada, y nos iríamos a una isla desierta, en donde el mismo aire puro limpiara mi conciencia y mis ambiciones asesinas. Una pena que eso no vaya a pasar, pues el ruso me vio a mí y vio al otro supuesto McGarcía sin concluir ningún trastorno psiquiátrico por mi parte.

Hagamos otra lista:

POSIBLES McGARCÍA A INCLUIR EN ESTA HISTORIA

- Mi padre

- Un hermano secreto

- El hermano inglés de mi padre

- Un pariente secreto de mi padre

- Un McGarcía sin parentesco conmigo

- Un suplantador de identidad

- Yo mismo (ésta ya había quedado anulada, pero es que la lista me quedaba un poco coja).

Vale, de ser verdad lo de McGarcía, tiene que ser mi padre. Durante mucho tiempo me he jactado de que "mis" McGarcía eran los únicos McGarcía de España. Aún así, necesito una prueba de alguna clase, y el ruso no va a ser territorio explorable por algún tiempo (cuanto más mejor). Visto lo visto, lo mejor va a ser que vaya a ver a la madre de Paco. De las cosas que dijo el ruso, de todo lo que llevo contado y todas las listas que he hecho, la loca es mi única posibilidad de avanzar. Sé que está en un hospital psiquiátrico en La Coruña, y no debe haber muchos. La gente de costa, cuando tiene un problema mental, se ahoga. Eso aligera mucho el espacio.

Esta semana lo haré. Saldré de este tugurio, pagaré una habitación en un hotel de 3 estrellas para darme una ducha en condiciones, y me iré haciendo autostop hasta el culo de la península. A lo mejor tengo suerte y me mata un pirado cualquiera.

La vela ya se está apagando. El suelo de este sitio es duro y caliente. La McCueva estaba asentada sobre una inmensa cama elástica de colores. Esto es lo que se llama "ser un fracasado".

Echo de menos a María. Echo de menos ser una persona. 

Publicado el 13 de julio de 2009 a las 01:45.

añadir a meneame  añadir a freski  añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  compartir en facebook  twittear  votar

McGarcía a través del espejo

Archivado en: Jim McGarcía, Teletransportación, María

- ¡Jim! ¿Quieres salir de una puta vez?

- YA VOYYYyyyyyyyiiiiii...

Suspiro esa Y hasta que se me acaba el aire en los pulmones. Estoy ocupado mirándome en el espejo del baño, generando una imagen mental de mi cara por si no la vuelvo a ver en este estado. Estás jodido Jim. Ahora sí que estás jodido. No sólo te van a matar, no. Te van a cortar los huevos Jim. Mírate ahí, en el espejo. ¿Qué te ha pasado chico?, ¿ha sido un tren por encima? Mira qué asco de ojos. Empiezas a tener la cara de color gris. ¿Qué vas a hacer?

Al cabo de un buen rato recupero la consciencia. Sigo mirándome al espejo, y sigo gris. Me asombra la facilidad con la que uno se puede salir de su cuerpo cuando está frente al espejo. La teletransportación existe de verdad, y la puerta de entrada se encuentra justo en el espejo del baño. Para usarla es suficiente permanecer cinco minutos mirando al reflejo de nuestra pupila (sólo una de las dos, ya que aunque no soy tuerto ni estrábico, es absolutamente imposible mirarse los dos ojos a la vez. Supongo que eso conllevaría una implosión espaciotemporal que acabaría con el mundo tal y como lo conocemos. Sería como buscar Google en Google). Hay que bucear en ese reflejo negro y brillante y hallar el destello de la luz del baño en él. A continuación, si es que uno no está ya viajando por, qué se yo, un desfiladero en Katmandú, sencillamente hay que profundizar un poquito más en ese puntito de luz y vernos reflejados por ella. El reflejo del reflejo del reflejo en la pupila reflejada, eso es todo. A partir de ahí, más te vale tener nociones básicas de budismo e ir vestido con un trapo naranja. Debo de llevar sólo una hora metido en el cuarto de baño, pero acabo de tirarle de la perilla a una cabra a más de 8.000 kilómetros de distancia. Ojalá que el chivo de los cojones no se me reencarne en el próximo Dalai Lama y tenga la costumbre de mirarse al espejo del baño con ánimo de venganza.

Venganza. Sólo a mí se me puede ocurrir semejante estupidez. Me he puesto en peligro de un modo real, ¿y todo por qué?, por un ingrato del que no sabía nada. ¿Qué es lo que me lleva a buscar al asesino de Paco? ¿Por qué me creo más fuerte y listo que él y el ruso juntos? Yo no sé nada de ese mundo. Sólo he visto demasiadas películas de crímenes y ahora me van a matar a mí también, por gilipollas. Ya puedo verlo: El asesinato de Jim McGarcía: la película. Con la suerte que tengo seguro que ni siquiera llega a los cines. Seguro que mi papel se lo dan a Gabino Diego. A lo mejor es una TV movie más que programar después de comer para que la gente vomite. Competiré desde Antena 3 contra Este chico es un demonio, en TVE 1, y contra Este muerto está muy vivo en Tele 5. Perra vida. Perra muerte.

El otro día me jugué el físico hasta límites insospechados. Qué poquito me faltó para que la rusa me hiciera lonchas. Un cuchillo jamonero, ni más ni menos. Hay que reconocer que los hermanitos se tienen bien trabajada la puesta en escena, con toda esa tensión emocional no resuelta. Qué gravedad, qué aplomo. Si Irina fuera de Móstoles, ese tipo de cosas se le darían peor. Tengo clarísimo que los pantalones no volverá a verlos en su puñetera vida. Mi culo sudoroso ha estado pegado a tus ositos. ¿Cómo te sienta eso, eh? Lo peor del asunto, es que cada vez que vuelvo a poner la vista en ese pijama, no puedo evitar ponerme a tono. Desde un punto de vista sexual, claro. Tiene mal carácter, pero qué buena está la tía.

- Jim, como no salgas ya voy a llamar a la policía. 

- Dales un saludo de mi parte. Te he dicho que ya voy, no te pongas pesada. Estoy afeitándome.

Vale, ahora además tengo que afeitarme. Puede parecer muy fácil esto de "Jim, si quieres estar solo para pensar, sólo tienes que decírselo. Ella lo entenderá". Pero no me da la gana. Ya sé cómo es lo de estar solo. Ya sé adónde me lleva eso. Autocompasión, falta de higiene personal, latas de conservas y ni un puto duro. No puedo vender Biagra en estas circunstancias, así que dependo completamente de María. Además, después de un fin de semana encerrados en casa, ahora tengo que decirle a la pobre que nos tenemos que ir de aquí. Los rusos saben dónde vivo, y María me importa lo suficiente como para no desear que la maten. Ahí lo tienes Jim, la piedra angular de toda relación sana: no querer que maten a tu pareja. Supongo que eso es más de lo que tienen muchos, por patético que esto resulte. 

Voy a abrir el agua caliente, eso aplacará a María y mantendrá en tensión su esfínter durante unos minutos más.

No, tengo que dejarla. No puedo exponerla a todo esto, es lo mínimo que le debo. Tiene una casa, amigas, y una vida normal llena de rutina esperándole ahí fuera. La envidia me corroe, con lo que me gustaba a mí la rutina... En cuanto a mi futuro, bueno... Puede que el no tener casa me ayude a evitar la depresión. Por raro que parezca, prefiero la indigencia total a la parcial. Es lo que dicen los viejos, "cuando yo era joven tenía muchas menos cosas y era más feliz". Me voy a mudar al almacén de Biagra de Marc. Es el último sitio en el que se les ocurrirá buscarme. Los rusos desconocen su existencia, María me cree demasiado sibarita para algo así, y los esbirros de Marc no pensarán que soy tan imbécil como para volver al lugar del crimen. Lo mejor de la desesperación y las crisis personales, de no tener nada que perder, es que se ahorra mucho. Me da igual ser infeliz aquí que en un almacén.

Me he vuelto a ir a sabe dios dónde. El vaho que sale del lavabo ha dejado el espejo del baño completamente empañado, y va siendo hora de que me afeite por última vez antes de darme al ascetismo. Recuerda esta imagen de ti, Jim. Puede que pase mucho tiempo antes de que vuelvas a verte así. Ponte una camisa blanca y dile a María que..

- Tienes que irte. Lo siento mucho.

- Jim, ¿qué te pasa? Llevas mucho tiempo raro. ¿Es por mí?, ¿es que he hecho algo mal? (esto es lo que más me jode de María, esa capacidad de llevarlo todo a su terreno).

- No, el que he hecho algo mal soy yo. Ya sabes que a Paco lo mataron, y tengo miedo de que eso pueda pasarme a mí o a ti. Tengo muchos problemas en este momento de mi vida. Eres un lujo que no me puedo permitir.

- ¿Perdona? Tú eres el lujo que yo no me puedo permitir. Llevo tragando mierda contigo desde que te conozco, y aún no sé muy bien por qué. Matan a tu compañero de piso, te tiran piedras en la casa de tu jefe, llenas un coche con medicamentos robados, y el otro día llegas a casa medio desnudo, con pantalones de niño pequeño y una pistola en la mano. Jim, tengo miedo. Te tengo miedo. No quiero saber ni en qué mierda andas metido. Estoy harta, ¿y encima soy un lujo? Claro que lo soy, retrasado. Soy un lujo que no vas a volver a tocar en tu vida. 

Está claro que no acerté con la táctica. Cuando acaba de hacer su maleta y sale de casa para siempre, me doy cuenta de cuánto la voy a echar de menos, de cuánto valen realmente las cosas más sencillas de la vida. Hay mucho de cursi en todo eso, de obviedad tras obviedad. La felicidad no consiste en ser feliz todo el rato, sino en acostumbrarse a ser infeliz. Yo era infeliz con María y ella conmigo, pero éramos infelices acompañados. 

Se va con un ADIÓS que suena cierto, con esa actitud, mezcla de orgullo y tristeza, que tan bien saben mostrar algunas mujeres.

Estoy tan vacío por dentro que hasta el aire me empacha.  "Cúidate" es lo único que acierto a susurrar para acompañar al "BLAM" de la puerta al cerrarse. Me viene a la cabeza esa frase de El club de la lucha: "Sólo cuando has tocado fondo, puedes empezar a pensar con claridad". A ver si es verdad.

Vale, es hora de empaquetar cosas y desaparecer de aquí para siempre. Para volver a tener una vida medio normal, tengo que resolver lo de Paco. Ya no es sólo por él,  necesito arreglar esto por mí. A partir de ahora, mi objetivo en la vida es que la próxima vez que lo deje con alguien no sea por que puedan matarla. Será todo un paso, sobre todo si no me matan a mí primero

Me voy al almacén con algo de ropa, ya llamaré desde allí para que la empresa de mudanzas me traiga el resto.

Es el momento de hacer un repaso al árbol genealógico de los McGarcía.

 

Publicado el 3 de julio de 2009 a las 23:45.

añadir a meneame  añadir a freski  añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  compartir en facebook  twittear  votar

Huyendo hacia adelante

Archivado en: Jim McGarcía, Huyendo hacia adelante, Ruso, Rusa, Policía, Rico

Ya había empezado a encariñarme con los pantalones de algodón y ositos. Era agradable, como volver a ser un niño pequeño con el culo lleno de talco. Un hombre fuerte en casa y una mujer que de puro exuberante se me hacía mucho mayor que yo. Quizás Irina está demasiado buena como para ser considerada madre de nadie, pero las mujeres voluptuosas siempre me han resultado inaccesibles como madres o abuelas. Es lo que se conoce como "demasiada mujer para uno". Para lidiar con la rusa hace falta mucho pene y poco cerebro, y desafortunadamente, yo sólo cumplo con el primer requisito.

Cuando salí de la habitación estaba muy nervioso. Los amorosos plantígrados de mi pantalón empezaron a poner caras de pánico ante la idea de que pudiera repetir el número de la incontinencia urinaria. Me fijé concretamente en uno que miraba angustiado a sus compañeros como una señora mayor que busca refugio en un día de lluvia. Avanzar por ese pasillo repleto de paredes era como ir al paredón. Las cocinas ajenas siempre tienen cierto aire siniestro, y aquella casa no auguraba nada más acogedor que un salón de poker regentado por un tahúr chino con cuchillos en lugar de uñas. O algo peor. Por fin llegamos a la cocina. El ruso delante, yo detrás. Irina preparando café. Me ve aparecer con un pantalón suyo, sin camiseta, entre crecido y desmoronado, como un enano jugando al baloncesto con un grupo de parbulitos. Ni me mira. Mi pistola en la encimera junto a un jamón serrano con aspecto de pata de cabra de Parque Jurásico. Dado lo agradable de las circunstancias, en el momento no podría haber asegurado que el hueso no fuera humano. La rusa abre la boca:

- Por fin te levantas.

Irina, la rusa, hace un café cojonudo. Como no tengo cafetera en casa y paso de tomar café de sobre... Bueno, no soy muy cafetero, pero debo admitir que si no fuera porque el tiempo, la ficción, el sexo o la cantidad de vello corporal son claros impedimentos, Irina podría ser perfectamente Juan Valdés. Estoy preocupado. Estoy agobiado. Estoy palpitante.

No ayuda a relajarme el hecho de que Irina esté tan buena. Como he dicho ya, hablar con mujeres guapas, de las que parecen estrellas del cine clásico, siempre me ha intimidado sobremanera. Les tengo una especie de respeto o veneración que no me deja articular palabra. Es muy posible que, si yo tuviera cincuenta años e Irina veinte, me siguiera pareciendo más madura, sofisticada y, en definitiva, mayor que yo. Creo que esto se conoce como complejo de inferioridad. Yo prefiero llamarlo conocimiento de inferioridad. Además, mi aspecto actual no me ayuda demasiado a resarcirme.

Sin apartar la mirada del ruso, me siento a la mesa camilla que hace las veces de mesa de comedor en la casa de Irina. Es un momento importante éste. Se nota una tensión especial en el ambiente, y el lado eslavo de la cocina parece estar disfrutando esto, como un médico sanguinario que se dispone a contar a la familia que no ha podido hacer nada por su pariente. Cada vez que Aleksandr se humedece los labios, el corazón me da un saltito. Me siento como María Patiño delante de la Pantoja: quiero saber. 

- Bueno Jim (ya empieza el ruso, redoble de tambor, And the Oscar goes to...). El gran Jim McGarcía (hizo un hincapié extraño en mi apellido, como si de algún modo me lo estuviera tirando a la cara) ¿Quieres saber, eh? Tienes, ¿cómo llamarlo?, curiosidad... Vale, vamos allá. Por si aún no lo tienes claro, si eres igual de imbécil de lo que pareces ahora mismo, te diré otra vez que yo NO maté a Paco. Yo quería a Paco.

- Lo cojo. Vi vuestras fotos de amor en su ordenador. Estabas monísimo con la piel morena.

- ¿Podéis dejar de probar la longitud de vuestra meada e ir al grano? (Vale, la rusa me está comparando con Aleksandr. Un punto para el chaval de los ositos).

- Yo no maté a Paco pero me encargaron que lo hiciera. Así fue como nos conocimos. Un tipo de las afueras me lo ordenó. No tu jefe, tranquilo, hablo de otras "afueras", de esas en las que se aparenta menos y se enseña más. Un tío con dinero de verdad me dio una foto de Paco, 4.000 euros en billetes de 500 y una dirección. Hace unos cuatro meses de esto. Matar gente no es mi principal actividad, prefiero trabajar como guardaespaldas o portero de discoteca. Es mucho más sencillo y mancha menos. Acepté el trabajo porque me pareció una buena oferta que quizás fuera a conseguirme más trabajos. La gente con dinero suele confiar siempre en los mismos tipos para solucionar sus problemas, y además son una fuente inagotable de mierda que tapar. Es la contrapartida al dinero. Es el precio que hay que pagar. "Es un mierdecilla" me dijo. "Quiso saber cosas que no debería saber, pero no tiene ni fuerza ni medios como para hacerte pasar apuros". Hecho, le dije. Trabajo fácil.

- Eres un cabrón. ¿Es que no tienes corazón? ¿Cómo puedes ir por ahí con tu cara de ruso matando gente que no te ha hecho nada? Toda esta mierda me está sobrepasando...

- Para empezar, ya te he dicho que no lo hice yo. Además, la gente que he matado paga por aquellos que no mato y que sí me hacen algo. No es asunto tuyo lo que hago para vivir, ¿vale? Sólo te lo cuento porque es importante que lo sepas. Es importante que conozcas hasta dónde sé yo. Bien, ¿por dónde iba?

- Rechazaste el trabajo.

- No lo rechacé, ¿quieres prestar atención? Lo acepté. Busqué a Paco, llegué hasta él. Trabajaba en un bar gay de camarero y charlé un rato con él. Es mejor ganarse la confianza de los tipos que vas a ejecutar. Nadie va contigo en coche a un arrabal si no es porque confía en ti. Paco y yo nos tomamos unas copas en la barra. Me dijo que le gustaba, que le parecía encantador que un gay tuviera aire de matón. Me decía: "perro ladrador...". 

- ... poco mordedor. 

- Ya lo sé estúpido. Esto no es un concurso de la tele. Si aprecias en algo tu salud, deja de interrumpirme. El caso es que ese día nos acostamos. No suelo intimar hasta ese nivel con alguien que estoy a punto de cargarme, pero Paco me pareció tan indefenso que no pude evitarlo. Los tipos que me he cargado suelen ser escoria, indeseables que no esperan nada de la vida más que drogas, putas y dinero. Ya están muertos antes de que yo les mate, es sólo una cuestión de saber quién será el que va a apretar el gatillo. Paco era simpático, agradable conmigo. No me tenía miedo (aquí me imaginé al ruso vestido de Bestia en el cuento de Disney. Todas las grandes verdades de la vida están en esas pelis, sólo hay que extrapolar el mundo de la mafia al de los candelabros que hablan. De todos modos, no me pareció el momento para hacer alarde de mi ingenio). A la mañana siguiente, ya sabía que no sería yo el que iba a matar a Paco. A los pocos días de relación, me había enamorado de él. Paco tenía que saber que le buscaban para matarle. Tenía que dejar que le protegiera, estar todo el día con él, así que decidí contarle el motivo por el que nos habíamos conocido. Como es natural, la reacción de Paco no fue precisamente cordial. Me rompió una botella de vino en la cabeza y me amenazó con clavarme el casco roto en la cara. Tu amigo tenía más carácter del que parece. Le conté los detalles del encargo, y después le pedí que me siguiera con su versión.

Paco conocía al hombre que le quería matar. Le vendía Biagra a domicilio. Supongo que te preguntarás cómo llegó a hacer ese trabajo para gente tan peligrosa.

- La verdad es que no. Los hijos de puta no están exentos de sufrir disfunción eréctil. Quizás por eso mismo son tan malnacidos.

- Ya, claro. Paco me dijo que siempre haces chistes. No entiendo cómo le hacías tanta gracia (insertar aquí mi cara con gesto de orgullo). Paco me contó que sabía cosas sobre el tipo de las afueras, "cosas jodidas de verdad" en sus propias palabras. Nunca me contó qué es lo que sabía. En su optimismo irremediable quiso llamar a la policía. No se lo permití. La policía no siempre es fiable cuando alguien con dinero está implicado, y pensé que si dejaba que la policía llegara a él, no duraría mucho en la cárcel. Allí hay zombis que matan por un cartón de tabaco y un poco de cocaína. Están devaluando el mercado. El tiempo me demostró que no me equivocaba, ya viste el numerito que montó aquel madero en tu casa. Jamás te fíes de un policía uniformado.

Me convertí en el guardaespaldas de Paco. A veces ponía la canción de Whitney Houston sólo para reírse de mí. El día que quedó contigo para decirte que era gay, fue el último que lo vi con vida. Llegó aquí muy enfadado. Su intención era contarte lo que le sucedía, decirte que estaba conmigo y aconsejarte que no hablaras a nadie de él. No quería meterte en el ajo, pero tampoco podía mantenerte al margen. Como le pasaba conmigo, que jamás me contó lo que sabía del rico, tenía una gran facilidad para establecer relaciones a medias. Dosis de verdad limitadas con cuentagotas.

Como te decía, Paco estaba furioso contigo, pensaba que no eras tan buen amigo como él necesitaba. Comenzó a dudar también de mí, la presión le podía. Tanto esconderse, salir sólo por las noches, mirar en cada esquina a los cuatro puntos cardinales, le estaba devorando. Volvió a pensar en su madre.

- ¿La del psiquiátrico?

- Vaya, no sabía que Paco tuviera varias. Claro que la del psiquiátrico. Me contó una vez que no estaba tan mal, que tenía problemas mentales, días muy malos, pero que tenía momentos de lucidez que él no quería perderse. Solía visitarla de vez en cuando, cuando las enfermeras le aseguraban que estaba en una buena fase. Le pedí que me dejara ir con él, le avisé de que no era seguro. Le dio igual. Me dio un beso y me dijo que volvería pronto. Como sabes, nunca regresó.

De pronto, Irina le interrumpió con una perorata en ruso. Ya ni recordaba que ella también estaba en la cocina. Parecía que estuviera reprochándole algo, señalándome y empujándole. Aleksandr le contestó con otro "nosequecoñich" antes de continuar hablando:

- Perdona a Irina. Es mi hermana pero no tiene muy buenos modales. Se preocupa por mí y ambos creemos que tú sabes más de lo que parece. Cree que debemos sacarte la información por las buenas o por las malas. Piensa que estás con la policía. Te ha visto en la comisaría. ¿Para quién trabajas McGarcía?

- Oye, yo no... (Irina coge el cuchillo jamonero).

En ese momento, cuando la amenaza se acerca sin remisión, sólo hay dos opciones: o actuar rápido o confiar en que tengan vecinos honrados y paredes finas. Afortunadamente, opté por lo primero. Cogí las tazas que había sobre la mesa, lancé una a cada uno, y en la confusión me las arreglé para recuperar mi pistola con un movimiento ágil. Los pantalones de algodón son el puto mejor invento de la historia. Los atletas deberían competir con pantalones de pijama.

- ¡Vaya Jim!, eres una caja de sorpresas. En el caso de que salgas de aquí, ya sabes que te voy a buscar, ¿verdad?

- Verdad. Por eso a lo mejor eres tú el que no sale de aquí. No sé nada, de hecho, tú sabes sobre Paco mucho más que yo. Es importante que sepas que la policía ya tiene lo que quería de mi. Mi jefe, el tío de la parte chunga de las afueras, es lo único que querían de mi. Lo que yo vendía era igual de ilegal que lo de Paco, y eso es todo, fin de mi historia con la madera (me encanta utilizar sinónimos de policía al estilo cheli. Me hace sentir importante). Ahora me voy a ir. Ya sé lo suficiente de toda esta mierda como para apartarme para siempre. Soy un tío normal, al menos en términos de valor y ganas de vivir, paso de mezclarme con escoria como vosotros.

- No te creo.

- Muy bien, pero eso no cambia las cosas. Tú (apuntando a la teta izquierda de Irina), ábreme la puerta despacito. Y tú, Aleksandr, amante bandido, quédate sentadito en donde estás. Me voy.

Irina abrió la puerta como le ordené, y una brisita liberadora entró de la calle para arrojar algo de coherencia en todo este asunto. Antes de empezar a correr perdiendo el culo por la calle, el ruso, sin moverse de la silla junto a la mesa camilla, me pegó la siguiente patada en los cojones:

- Por cierto Jim, por si te interesa, el tipo que me mandó matar a Paco se llama McGarcía. No es un apellido muy común, ¿no?

Publicado el 29 de junio de 2009 a las 02:30.

añadir a meneame  añadir a freski  añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  compartir en facebook  twittear  votar

Bienvenido al mundo real

Archivado en: Jim McGarcía, Bienvenido al mundo real, Ruso, Irina,

Qué difícil es pensar con resaca. Me despierto desnudo, en una cama vacía. Las paredes son tan ocres como tópicas. Son las paredes perfectas para amanecer resacoso. Me siento como un recién nacido cuya madre se haya pasado con las copas. ¿Nacemos con resaca? Imposible recordarlo, pero después de que nos aplasten el cráneo contra las paredes vaginales de nuestra madre, creo que lo mejor sería que naciéramos borrachos. Puedo imaginarme a los bebés encerrados en las incubadoras diciendo entre sollozos a sus compañeros de fatigas: “sí tío… qué desagradable. Nuestras propias madres, ¿puedes creértelo? Joder, si al menos tuviera una maldita copa… Tranquilo muchacho, cálmate. Algún día, seremos capaces de olvidar esta mierda…).  Puto dolor de cabeza.

Alguien va a entrar en la habitación. La puerta se abre y, en efecto, es el ruso. El muy hijoputa me trae el desayuno a la cama. Mientras se acerca con una sonrisita de torturador vietnamita, me esfuerzo por aislar el dolor de cabeza y buscar daños en otros puntos conflictivos. Como es natural, empiezo por focalizar mi atención en el recto. Todo bien por aquí. Y como las buenas noticias nunca vienen solas, aún conservo diez deditos en los pies y otros tantos en las manos. Sólo espero que ese zumo de naranja que me trae no sea el preámbulo de un cachete en el culo a modo de bienvenida al mundo.

- ¿Cómo estás Jim? ¿Te duele la cabeza?

- Apenas. Algo imperceptible, nada que me haga olvidar la clase de cabronazo que eres. ¿Podrías decirme el motivo por el que estoy desnudo delante de ti en este antro?

- Porque me encanta tu culito respingón.

- … - Vaya, no tengo nada que alegar a eso sin quedar como un gilipollas.  – Vale, está bien. Sé que no te atraigo físicamente, por el motivo que sea, y no creas que no me alegra saber eso, pero ¿por qué estoy desnudo?

- Estás en casa de Irina Soloviova, la mujer que te besó ayer. Es guapa ¿verdad? No, qué digo… Está muy buena, ¿no? Te drogamos, te trajimos aquí. Te quitamos los pantalones y los calzoncillos porque te measte encima, un efecto de la droga. Te quitamos la camisa porque era imprescindible saber si eras un topo de la policía. Te acostamos en la cama porque nos parecía demasiado grosero dejarte tirado en el suelo.

De pronto, empecé a llorar. ¿Por qué cojones estoy desnudo en una habitación que no conozco, con este bestia? ¿Por qué un tipo del que estoy seguro de que tiene calaveras tatuadas en zonas en las que en mi cuerpo ni siquiera crece vello, me trae un zumo de naranja? ¿A qué se debe que hasta ayer yo llevara una pistola en el bolsillo? ¡Yo! El mierda de Jim McGarcía, un tipo que, si no fuera el más imprudente del mundo sería claro favorito para el título al más cobarde? No quiero tener problemas, quiero quedarme en mi casa, tranquilo. Sin rusos, sin paredes de motel veneciano,  donde lo más parecido a una mujer fatal es María. ¿En qué momento de mi vida tutear a la policía empezó a hacerme sentir bien?

¡Plas! Bofetón del ruso.

¡Plas, plas! Uno del derecho y otro del revés. Cada vez lloro más y más alto.

¡Umpf! Ya no lloro porque el intestino delgado está a punto de salírseme por la nariz. El nieto musculado de Rasputín acaba de  pegarme un puñetazo en la boca del estómago. No había tenido esta sensación desde los días en que jugaba al fútbol en gimnasia. Ya entonces no entendía por qué cuando me daban en la barriga me dolían los huevos y cuando me daban en los huevos me dolía la barriga 

- ¿Ves lo que me obligas a hacer? ¿Quiere hacer el favor de comportarte como un hombre? Estamos de mierda hasta el cuello, y no es momento de debilidades. ¿Me entiendes?

Mis futuros hijos, todavía agazapados en algún rincón de mis pelotas, me aconsejaron a gritos contestar que sí, que le entiendo. Aunque no consigo que ningún sonido comprensible salga de mi boca, me esfuerzo por asentir con devoción mariana. No quiero en ningún caso que mi falta de aire se pueda interpretar como un gesto de orgullo. En estos momentos de mi vida, creo que es mejor dejar el orgullo para las partidas de Trivial.

- Vale, ponte algo de ropa encima y acompáñame. Hay pijamas de Irina en el armario. Puede que no sean muy varoniles, pero tampoco lo son unos pantalones meados, ¿no te parece?

- Muy ingenioso Aleksandr (vuelve Clint, por lo que más quieras). Por favor, sal un momento mientras que me visto. Lo que acabas de ver es sólo un bajón por toda la tensión emocional que estoy pasando. Ahora mismo salgo.

- Tranquilo, ya te he visto desnudo y estás incluso peor de lo que se te adivina con la ropa puesta. No deberías tardar más de un minuto en estar fuera conmigo, y ya deberías saber que no te lo digo para cronometrarte. En un minuto pienso volver a entrar a hostias.

- No te preocupes. Tardaré menos de un minuto.

Con el sonido de la puerta al cerrarse, me levanto, me acerco corriendo al armario y cojo unos pantalones de algodón con ositos de colores. Sin saber por qué, pienso que Irina debe tener padres en alguna parte. Siempre es sorprendente tener esa clase de pensamientos sobre una tía buena y misteriosa. Si me hubieran preguntado antes, contestaría que Irina no sólo nació con resaca sino que vino acompañada de una talla cien de sujetador. 

Vale Jim, piensa rápido. Plan de fuga en treinta segundos. La ventana, claro, es la única opción. Esta mierda de piso, claro, está en un bajo. La ventana, claro, tiene verjas. Nadie en la calle. Peatonal, para más inri. Curiosamente, siempre pasan menos peatones por las calles peatonales que por las otras.

En fin, cerdos al matadero. Carrerita hasta la puerta, y a ver qué pasa.

- Ven Jim, buena decisión la tuya, y no me refiero sólo a los pantalones. Irina está preparando café en la cocina. Es el momento de que sepas la verdad.

 

Publicado el 22 de junio de 2009 a las 23:00.

añadir a meneame  añadir a freski  añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  compartir en facebook  twittear  votar

De polizón en un piano a la deriva

Archivado en: Jim McGarcía, Piano bar, Ruso, Rusa, Policía

Las cosas se están precipitando últimamente. El agente Mourenza, todo chulería y bofetaditas hace un par de semanas, es ahora uno de mis mejores amigos. El "alijo" de Biagra le ha venido estupendamente para quedar bien delante de sus jefes, y a mí me ha traído la absolución total. Si de algo tengo que responder, será de traición, pero eso tocará cuando estire la pata, y no creo que San Pedro sea un juez mucho más estricto que Mourenza y sus acólitos. Lo único que exigí a cambio de la delación fue que privaran a Marc del acceso al teléfono. Una cosa es que yo sea un cabrón y otra muy distinta es que me guste que me llamen para recordármelo. Según parece, el propio Mourenza se encargará de explicar a Marc cómo me cogieron con las manos en la masa mientras abría las cajas en el polígono industrial. Dudo mucho que Marc tenga tiempo para explicar que, en realidad, en el almacén había veinte cajas más de las que encontró la policía.

Una vez solucionados mis problemas con la justicia, es el momento de comenzar a hacer justicia, pero en otro sentido. Ahora me toca a mí extender la democracia por los intestinos de los que me dejaron nadando en mierda. No tengo ninguna gran pista como para resolver el asunto rápidamente. Lo que sí tengo es una pistola cargada que me favorece muchísimo frente al espejo, una lista de los clientes prohibidos de Paco y una entrada para un piano bar. A todas luces, un planazo para ayudarme a digerir tanta felicidad repentina.

De camino al lugar del concierto, pienso que en un fin de semana a partir de la medianoche, nadie camina solo por el centro de Madrid, y si alguien lo hace, desde luego pasa desapercibido. La marabunta ruge con entusiasmo y no hay lugar para soledades. Es una sensación agradable la de caminar con una pistola en el bolsillo. De entre la gente que pasea sola, invisible, yo soy el único en el que te fijarías. Todos los que se cruzan conmigo parecen tener la misma sensación de estremecimiento en los pelillos de la nuca. Me gustaría llamarlo confianza, serenidad, pero en realidad es autoafirmación asesina. Puede que las personas, como los animales, huelan el peligro o el miedo. También puede ser que haya acertado con la elección de la camisa.

No hay mayores soledades que las que se ven juntas, como para comparar, y es justo en ese momento cuando el piano empieza a sonar en el Tartán 2. Conocía este sitio desde hace unos años, cuando Paco me trajo aquí por primera vez para enseñarme lo que él llamaba "la máquina del tiempo". Ahora Paco ya no está, y para empezar a obtener respuestas no me queda más remedio que utilizar la entrada para el concierto que me dejó como legado. Por muy mierda de legado que sea éste, no puedo evitar un impulso de violencia cuando el portero rompe la entrada en mis narices. "¿Vas a pasar o qué?" me pregunta atusándose el pinganillo en la oreja. Realmente, hay un motivo para que hasta ahora nunca haya tenido pistola o dinero. Tengo impulsos sociópatas demasiado claros como para que la justicia cósmica me recompesara con semejante poder. En cualquier caso, me parece excesivo perforarle el entrecejo al fulano por ser un poco impaciente. Tranquilo Clint, ya habrá tiempo. Tranquilo Jim, se te está yendo la cabeza. Si en lugar de pistola llevaras un tanque, hasta el aire te parecería indigno de tu grandeza. Ya sabéis lo que dicen, cuando uno habla todo el rato consigo mismo como si fuera otra persona, es mejor que lo encierren en un psiquiátrico. Vale, vamos allá.

La entrada al Tartán 2 se ve presidida por una explosión de sonido enmoquetado. Aunque los dorados de la barra, los pomos, los pasamanos y las mesas relucen sin pudor, hay en el ambiente una concentración de humo y polvo que embota la vista y anuncia sorpresas. Moños platino sobre pieles cuarteadas. Camisas de manga corta y canas mezcladas con caspa sobre los hombros de los apuestos pretendientes. Un bar de viejos que conservan la esperanza o que la perdieron hace tiempo. Cualquiera de más de cincuenta que aún maneje ese concepto, tiene que pasarse por aquí en algún momento. Un barco a la deriva, sin más velamen que el del sexo adulto, sin otro capitán que los escotes recompuestos con maquillaje, trabajo y pañuelos de papel. Qué mejor sitio que este para vender Biagra. Paco se lo montaba de cojones.

Poco a poco, entre la maleza, comienzo a distinguir caras más jóvenes. Todas demasiado sonrientes como para pertenecer a clientes habituales. Vienen a reírse del espectáculo. Ninguno está solo, y tienen cara de no haber echado un euro a una tragaperras en su puñetera vida. La verdad es que la situación tiene cierta gracia, como un anuncio de la vuelta al cole protagonizado por piernas varicosas. Ya, a mí tampoco me hace gracia.

Después de pedir un Martini al camarero (nunca había pedido algo así en un bar, pero es que aquí te lo ponen con aceituna y me parece que acompaña perfectamente al retrato de sofisticación que quiero proyectar), me acerco a la zona del piano, ligeramente apartada de la zona de alterne. Camino sabiendo que algo malo va a pasar hoy. Con las primeras notas que percibo con claridad, mientras el humo se disipa para revelar una especie de cabaret sobre un piano, los nombres de Paco o de María empiezan a perder su importancia. La noche promete.

Sobre el piano, una mujer de unos treinta y cinco años desgasta su voz ante las miradas babeantes de los jóvenes cuarentones que aún se ven con oportunidades. En ocasiones, la vida se parece demasiado al cine como para permanecer indiferente frente a los acontecimientos, y esta es una de esas veces. No se puede apartar la vista de una mujer guapa que canta sobre un piano. Cómo somos los tíos, con una voz susurrante y un vestido rojo, somos incluso capaces de dejar de mirar para la tele. De olvidar que la tele existe. De enamorarnos sin cruzar media palabra. Como digo, en ocasiones la vida se parece demasiado al cine.

Hasta que veo a Aleksandr, no me doy cuenta de que está cantando en ruso. Lo peor es que, aunque veo al ruso gay a unos pocos metros, prefiero quedarme escuchando a la cantante intentando averiguar lo que significan las palabras que pronuncia como si no fueran rusas. Como si Stalin mandara a la gente a Siberia cantando bossa nova. Embobado como estoy, no me extraña que sea el ruso quien se haya acercado a mí, me haya doblado un brazo como si fuera un muñeco articulado, y me haya empujado al baño. Otra vez la violación planea sobre mi cabeza. Al menos, en esta ocasión hay una voz agradable de fondo que me permitirá evadirme con mayor facilidad.

- Hola Jim.

- Hola ruso. ¿Vas a matarme?

- Me lo voy a pensar. ¿Estás solo o vienes con tu amigo el policía?

- Oye, suéltame el brazo, por favor, me duele mucho y cuando algo me duele no puedo pensar con claridad. Estoy solo. Más solo que tú.

- Yo estoy solo - me dice al soltarme el brazo.

- Ya, bueno. Ya te dije que si me haces daño no puedo pensar con claridad. ¿Quién es la chica?

- ¿Cómo puede ser eso lo primero que me preguntas? Los heterosexuales sois una panda de maricones. 

- Vale, asumo la crítica. ¿Cómo estás? - No me fío nada de este cabrón. Es posible que sea él quien mató a Paco. No sé nada acerca de la reacción de celos que puede tener un fulano cuyos bíceps son como pollos asados.

- No muy bien. Llevo algunas semanas saliendo sólo de noche. Tus amigos los policías me tienen bastante acojonado. Yo no maté a Paco, Jim. Tú lo sabes, ¿verdad? Yo quería a Paco. Lo echo muchísimo de menos. No te creas nada de lo que te digan esos mierdas de los policías.

- Por la poli no te preocupes. Ya tienen diversión durante un tiempo. Lo he arreglado todo.

- ¿Te refieres a la chapuza con el proveedor? ¿Lo de tu jefe? Si crees que esa tontería de la Biagra es lo que persigue la pasma estás muy equivocado (bueno, va siendo hora de que asuma que con o sin teléfono, Marc sabe de sobra que el que le ha jodido he sido yo).

- ¿Ah no lisillo? ¿Y entonces qué busca la policía?

En ese momento, la rusa del vestido rojo entra en el baño de tíos. Sin mediar palabra me agarra de la nuca y me besa de una forma que no había probado antes. Uno cree que lo sabe todo y de pronto ¡pam!, la vida te vuelve a sorprender. ¡Joder! Si no fuera porque seguro que se enfadaba, me encantaría que María me viera en este momento. Soy un fenómeno del sexo, sólo necesito una motivación apropiada. Me tiemblan las piernas. Demasiado. Pero estoy tan bien...

Estoy tan bien que no me doy cuenta de que el regustillo ácido de la lengua de la rusa contiene algo más que deseo y alcohol. Claro que eso se hace notorio cuando me desplomo semiinconsciente en el suelo. Con lo bien que me veía yo con la pistola, y ahora resulta que me van a sacar del bar sobre el hombro de un ruso, como un bebé eslavo recién llegado del infierno.

Necesito ayuda.

 

Publicado el 12 de junio de 2009 a las 20:30.

añadir a meneame  añadir a freski  añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  compartir en facebook  twittear  votar

Jim McGarcía

Jim McGarcía

Me llamo Jim McGarcía. No es un nombre fácil. Intuyo que no ha sido una infancia fácil. Lo cierto es que aún no sé cómo ha sido mi niñez pero ¿quién con un nombre así puede haber tenido una infancia fácil?

Sé que vendo Biagra por Internet. Sé que soy raro porque los demás no son como yo. Y aunque no lo sé, tengo el presentimiento de que la voy a cagar.

Me verás por aquí los viernes.

EN TU MAIL

Recibe los blogs de Gente en tu email

Introduce tu correo electrónico:

FeedBurner

Recibe este blog tu email

Introduce tu correo electrónico:

FeedBurner

Blogs

Grupo de información GENTE · el líder nacional en prensa semanal gratuita según PGD-OJD