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Blog de Jim McGarcía

Bocados de Biagra

Huyendo hacia adelante

Archivado en: Jim McGarcía, Huyendo hacia adelante, Ruso, Rusa, Policía, Rico

Ya había empezado a encariñarme con los pantalones de algodón y ositos. Era agradable, como volver a ser un niño pequeño con el culo lleno de talco. Un hombre fuerte en casa y una mujer que de puro exuberante se me hacía mucho mayor que yo. Quizás Irina está demasiado buena como para ser considerada madre de nadie, pero las mujeres voluptuosas siempre me han resultado inaccesibles como madres o abuelas. Es lo que se conoce como "demasiada mujer para uno". Para lidiar con la rusa hace falta mucho pene y poco cerebro, y desafortunadamente, yo sólo cumplo con el primer requisito.

Cuando salí de la habitación estaba muy nervioso. Los amorosos plantígrados de mi pantalón empezaron a poner caras de pánico ante la idea de que pudiera repetir el número de la incontinencia urinaria. Me fijé concretamente en uno que miraba angustiado a sus compañeros como una señora mayor que busca refugio en un día de lluvia. Avanzar por ese pasillo repleto de paredes era como ir al paredón. Las cocinas ajenas siempre tienen cierto aire siniestro, y aquella casa no auguraba nada más acogedor que un salón de poker regentado por un tahúr chino con cuchillos en lugar de uñas. O algo peor. Por fin llegamos a la cocina. El ruso delante, yo detrás. Irina preparando café. Me ve aparecer con un pantalón suyo, sin camiseta, entre crecido y desmoronado, como un enano jugando al baloncesto con un grupo de parbulitos. Ni me mira. Mi pistola en la encimera junto a un jamón serrano con aspecto de pata de cabra de Parque Jurásico. Dado lo agradable de las circunstancias, en el momento no podría haber asegurado que el hueso no fuera humano. La rusa abre la boca:

- Por fin te levantas.

Irina, la rusa, hace un café cojonudo. Como no tengo cafetera en casa y paso de tomar café de sobre... Bueno, no soy muy cafetero, pero debo admitir que si no fuera porque el tiempo, la ficción, el sexo o la cantidad de vello corporal son claros impedimentos, Irina podría ser perfectamente Juan Valdés. Estoy preocupado. Estoy agobiado. Estoy palpitante.

No ayuda a relajarme el hecho de que Irina esté tan buena. Como he dicho ya, hablar con mujeres guapas, de las que parecen estrellas del cine clásico, siempre me ha intimidado sobremanera. Les tengo una especie de respeto o veneración que no me deja articular palabra. Es muy posible que, si yo tuviera cincuenta años e Irina veinte, me siguiera pareciendo más madura, sofisticada y, en definitiva, mayor que yo. Creo que esto se conoce como complejo de inferioridad. Yo prefiero llamarlo conocimiento de inferioridad. Además, mi aspecto actual no me ayuda demasiado a resarcirme.

Sin apartar la mirada del ruso, me siento a la mesa camilla que hace las veces de mesa de comedor en la casa de Irina. Es un momento importante éste. Se nota una tensión especial en el ambiente, y el lado eslavo de la cocina parece estar disfrutando esto, como un médico sanguinario que se dispone a contar a la familia que no ha podido hacer nada por su pariente. Cada vez que Aleksandr se humedece los labios, el corazón me da un saltito. Me siento como María Patiño delante de la Pantoja: quiero saber. 

- Bueno Jim (ya empieza el ruso, redoble de tambor, And the Oscar goes to...). El gran Jim McGarcía (hizo un hincapié extraño en mi apellido, como si de algún modo me lo estuviera tirando a la cara) ¿Quieres saber, eh? Tienes, ¿cómo llamarlo?, curiosidad... Vale, vamos allá. Por si aún no lo tienes claro, si eres igual de imbécil de lo que pareces ahora mismo, te diré otra vez que yo NO maté a Paco. Yo quería a Paco.

- Lo cojo. Vi vuestras fotos de amor en su ordenador. Estabas monísimo con la piel morena.

- ¿Podéis dejar de probar la longitud de vuestra meada e ir al grano? (Vale, la rusa me está comparando con Aleksandr. Un punto para el chaval de los ositos).

- Yo no maté a Paco pero me encargaron que lo hiciera. Así fue como nos conocimos. Un tipo de las afueras me lo ordenó. No tu jefe, tranquilo, hablo de otras "afueras", de esas en las que se aparenta menos y se enseña más. Un tío con dinero de verdad me dio una foto de Paco, 4.000 euros en billetes de 500 y una dirección. Hace unos cuatro meses de esto. Matar gente no es mi principal actividad, prefiero trabajar como guardaespaldas o portero de discoteca. Es mucho más sencillo y mancha menos. Acepté el trabajo porque me pareció una buena oferta que quizás fuera a conseguirme más trabajos. La gente con dinero suele confiar siempre en los mismos tipos para solucionar sus problemas, y además son una fuente inagotable de mierda que tapar. Es la contrapartida al dinero. Es el precio que hay que pagar. "Es un mierdecilla" me dijo. "Quiso saber cosas que no debería saber, pero no tiene ni fuerza ni medios como para hacerte pasar apuros". Hecho, le dije. Trabajo fácil.

- Eres un cabrón. ¿Es que no tienes corazón? ¿Cómo puedes ir por ahí con tu cara de ruso matando gente que no te ha hecho nada? Toda esta mierda me está sobrepasando...

- Para empezar, ya te he dicho que no lo hice yo. Además, la gente que he matado paga por aquellos que no mato y que sí me hacen algo. No es asunto tuyo lo que hago para vivir, ¿vale? Sólo te lo cuento porque es importante que lo sepas. Es importante que conozcas hasta dónde sé yo. Bien, ¿por dónde iba?

- Rechazaste el trabajo.

- No lo rechacé, ¿quieres prestar atención? Lo acepté. Busqué a Paco, llegué hasta él. Trabajaba en un bar gay de camarero y charlé un rato con él. Es mejor ganarse la confianza de los tipos que vas a ejecutar. Nadie va contigo en coche a un arrabal si no es porque confía en ti. Paco y yo nos tomamos unas copas en la barra. Me dijo que le gustaba, que le parecía encantador que un gay tuviera aire de matón. Me decía: "perro ladrador...". 

- ... poco mordedor. 

- Ya lo sé estúpido. Esto no es un concurso de la tele. Si aprecias en algo tu salud, deja de interrumpirme. El caso es que ese día nos acostamos. No suelo intimar hasta ese nivel con alguien que estoy a punto de cargarme, pero Paco me pareció tan indefenso que no pude evitarlo. Los tipos que me he cargado suelen ser escoria, indeseables que no esperan nada de la vida más que drogas, putas y dinero. Ya están muertos antes de que yo les mate, es sólo una cuestión de saber quién será el que va a apretar el gatillo. Paco era simpático, agradable conmigo. No me tenía miedo (aquí me imaginé al ruso vestido de Bestia en el cuento de Disney. Todas las grandes verdades de la vida están en esas pelis, sólo hay que extrapolar el mundo de la mafia al de los candelabros que hablan. De todos modos, no me pareció el momento para hacer alarde de mi ingenio). A la mañana siguiente, ya sabía que no sería yo el que iba a matar a Paco. A los pocos días de relación, me había enamorado de él. Paco tenía que saber que le buscaban para matarle. Tenía que dejar que le protegiera, estar todo el día con él, así que decidí contarle el motivo por el que nos habíamos conocido. Como es natural, la reacción de Paco no fue precisamente cordial. Me rompió una botella de vino en la cabeza y me amenazó con clavarme el casco roto en la cara. Tu amigo tenía más carácter del que parece. Le conté los detalles del encargo, y después le pedí que me siguiera con su versión.

Paco conocía al hombre que le quería matar. Le vendía Biagra a domicilio. Supongo que te preguntarás cómo llegó a hacer ese trabajo para gente tan peligrosa.

- La verdad es que no. Los hijos de puta no están exentos de sufrir disfunción eréctil. Quizás por eso mismo son tan malnacidos.

- Ya, claro. Paco me dijo que siempre haces chistes. No entiendo cómo le hacías tanta gracia (insertar aquí mi cara con gesto de orgullo). Paco me contó que sabía cosas sobre el tipo de las afueras, "cosas jodidas de verdad" en sus propias palabras. Nunca me contó qué es lo que sabía. En su optimismo irremediable quiso llamar a la policía. No se lo permití. La policía no siempre es fiable cuando alguien con dinero está implicado, y pensé que si dejaba que la policía llegara a él, no duraría mucho en la cárcel. Allí hay zombis que matan por un cartón de tabaco y un poco de cocaína. Están devaluando el mercado. El tiempo me demostró que no me equivocaba, ya viste el numerito que montó aquel madero en tu casa. Jamás te fíes de un policía uniformado.

Me convertí en el guardaespaldas de Paco. A veces ponía la canción de Whitney Houston sólo para reírse de mí. El día que quedó contigo para decirte que era gay, fue el último que lo vi con vida. Llegó aquí muy enfadado. Su intención era contarte lo que le sucedía, decirte que estaba conmigo y aconsejarte que no hablaras a nadie de él. No quería meterte en el ajo, pero tampoco podía mantenerte al margen. Como le pasaba conmigo, que jamás me contó lo que sabía del rico, tenía una gran facilidad para establecer relaciones a medias. Dosis de verdad limitadas con cuentagotas.

Como te decía, Paco estaba furioso contigo, pensaba que no eras tan buen amigo como él necesitaba. Comenzó a dudar también de mí, la presión le podía. Tanto esconderse, salir sólo por las noches, mirar en cada esquina a los cuatro puntos cardinales, le estaba devorando. Volvió a pensar en su madre.

- ¿La del psiquiátrico?

- Vaya, no sabía que Paco tuviera varias. Claro que la del psiquiátrico. Me contó una vez que no estaba tan mal, que tenía problemas mentales, días muy malos, pero que tenía momentos de lucidez que él no quería perderse. Solía visitarla de vez en cuando, cuando las enfermeras le aseguraban que estaba en una buena fase. Le pedí que me dejara ir con él, le avisé de que no era seguro. Le dio igual. Me dio un beso y me dijo que volvería pronto. Como sabes, nunca regresó.

De pronto, Irina le interrumpió con una perorata en ruso. Ya ni recordaba que ella también estaba en la cocina. Parecía que estuviera reprochándole algo, señalándome y empujándole. Aleksandr le contestó con otro "nosequecoñich" antes de continuar hablando:

- Perdona a Irina. Es mi hermana pero no tiene muy buenos modales. Se preocupa por mí y ambos creemos que tú sabes más de lo que parece. Cree que debemos sacarte la información por las buenas o por las malas. Piensa que estás con la policía. Te ha visto en la comisaría. ¿Para quién trabajas McGarcía?

- Oye, yo no... (Irina coge el cuchillo jamonero).

En ese momento, cuando la amenaza se acerca sin remisión, sólo hay dos opciones: o actuar rápido o confiar en que tengan vecinos honrados y paredes finas. Afortunadamente, opté por lo primero. Cogí las tazas que había sobre la mesa, lancé una a cada uno, y en la confusión me las arreglé para recuperar mi pistola con un movimiento ágil. Los pantalones de algodón son el puto mejor invento de la historia. Los atletas deberían competir con pantalones de pijama.

- ¡Vaya Jim!, eres una caja de sorpresas. En el caso de que salgas de aquí, ya sabes que te voy a buscar, ¿verdad?

- Verdad. Por eso a lo mejor eres tú el que no sale de aquí. No sé nada, de hecho, tú sabes sobre Paco mucho más que yo. Es importante que sepas que la policía ya tiene lo que quería de mi. Mi jefe, el tío de la parte chunga de las afueras, es lo único que querían de mi. Lo que yo vendía era igual de ilegal que lo de Paco, y eso es todo, fin de mi historia con la madera (me encanta utilizar sinónimos de policía al estilo cheli. Me hace sentir importante). Ahora me voy a ir. Ya sé lo suficiente de toda esta mierda como para apartarme para siempre. Soy un tío normal, al menos en términos de valor y ganas de vivir, paso de mezclarme con escoria como vosotros.

- No te creo.

- Muy bien, pero eso no cambia las cosas. Tú (apuntando a la teta izquierda de Irina), ábreme la puerta despacito. Y tú, Aleksandr, amante bandido, quédate sentadito en donde estás. Me voy.

Irina abrió la puerta como le ordené, y una brisita liberadora entró de la calle para arrojar algo de coherencia en todo este asunto. Antes de empezar a correr perdiendo el culo por la calle, el ruso, sin moverse de la silla junto a la mesa camilla, me pegó la siguiente patada en los cojones:

- Por cierto Jim, por si te interesa, el tipo que me mandó matar a Paco se llama McGarcía. No es un apellido muy común, ¿no?

Publicado el 29 de junio de 2009 a las 02:30.

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Bienvenido al mundo real

Archivado en: Jim McGarcía, Bienvenido al mundo real, Ruso, Irina,

Qué difícil es pensar con resaca. Me despierto desnudo, en una cama vacía. Las paredes son tan ocres como tópicas. Son las paredes perfectas para amanecer resacoso. Me siento como un recién nacido cuya madre se haya pasado con las copas. ¿Nacemos con resaca? Imposible recordarlo, pero después de que nos aplasten el cráneo contra las paredes vaginales de nuestra madre, creo que lo mejor sería que naciéramos borrachos. Puedo imaginarme a los bebés encerrados en las incubadoras diciendo entre sollozos a sus compañeros de fatigas: “sí tío… qué desagradable. Nuestras propias madres, ¿puedes creértelo? Joder, si al menos tuviera una maldita copa… Tranquilo muchacho, cálmate. Algún día, seremos capaces de olvidar esta mierda…).  Puto dolor de cabeza.

Alguien va a entrar en la habitación. La puerta se abre y, en efecto, es el ruso. El muy hijoputa me trae el desayuno a la cama. Mientras se acerca con una sonrisita de torturador vietnamita, me esfuerzo por aislar el dolor de cabeza y buscar daños en otros puntos conflictivos. Como es natural, empiezo por focalizar mi atención en el recto. Todo bien por aquí. Y como las buenas noticias nunca vienen solas, aún conservo diez deditos en los pies y otros tantos en las manos. Sólo espero que ese zumo de naranja que me trae no sea el preámbulo de un cachete en el culo a modo de bienvenida al mundo.

- ¿Cómo estás Jim? ¿Te duele la cabeza?

- Apenas. Algo imperceptible, nada que me haga olvidar la clase de cabronazo que eres. ¿Podrías decirme el motivo por el que estoy desnudo delante de ti en este antro?

- Porque me encanta tu culito respingón.

- … - Vaya, no tengo nada que alegar a eso sin quedar como un gilipollas.  – Vale, está bien. Sé que no te atraigo físicamente, por el motivo que sea, y no creas que no me alegra saber eso, pero ¿por qué estoy desnudo?

- Estás en casa de Irina Soloviova, la mujer que te besó ayer. Es guapa ¿verdad? No, qué digo… Está muy buena, ¿no? Te drogamos, te trajimos aquí. Te quitamos los pantalones y los calzoncillos porque te measte encima, un efecto de la droga. Te quitamos la camisa porque era imprescindible saber si eras un topo de la policía. Te acostamos en la cama porque nos parecía demasiado grosero dejarte tirado en el suelo.

De pronto, empecé a llorar. ¿Por qué cojones estoy desnudo en una habitación que no conozco, con este bestia? ¿Por qué un tipo del que estoy seguro de que tiene calaveras tatuadas en zonas en las que en mi cuerpo ni siquiera crece vello, me trae un zumo de naranja? ¿A qué se debe que hasta ayer yo llevara una pistola en el bolsillo? ¡Yo! El mierda de Jim McGarcía, un tipo que, si no fuera el más imprudente del mundo sería claro favorito para el título al más cobarde? No quiero tener problemas, quiero quedarme en mi casa, tranquilo. Sin rusos, sin paredes de motel veneciano,  donde lo más parecido a una mujer fatal es María. ¿En qué momento de mi vida tutear a la policía empezó a hacerme sentir bien?

¡Plas! Bofetón del ruso.

¡Plas, plas! Uno del derecho y otro del revés. Cada vez lloro más y más alto.

¡Umpf! Ya no lloro porque el intestino delgado está a punto de salírseme por la nariz. El nieto musculado de Rasputín acaba de  pegarme un puñetazo en la boca del estómago. No había tenido esta sensación desde los días en que jugaba al fútbol en gimnasia. Ya entonces no entendía por qué cuando me daban en la barriga me dolían los huevos y cuando me daban en los huevos me dolía la barriga 

- ¿Ves lo que me obligas a hacer? ¿Quiere hacer el favor de comportarte como un hombre? Estamos de mierda hasta el cuello, y no es momento de debilidades. ¿Me entiendes?

Mis futuros hijos, todavía agazapados en algún rincón de mis pelotas, me aconsejaron a gritos contestar que sí, que le entiendo. Aunque no consigo que ningún sonido comprensible salga de mi boca, me esfuerzo por asentir con devoción mariana. No quiero en ningún caso que mi falta de aire se pueda interpretar como un gesto de orgullo. En estos momentos de mi vida, creo que es mejor dejar el orgullo para las partidas de Trivial.

- Vale, ponte algo de ropa encima y acompáñame. Hay pijamas de Irina en el armario. Puede que no sean muy varoniles, pero tampoco lo son unos pantalones meados, ¿no te parece?

- Muy ingenioso Aleksandr (vuelve Clint, por lo que más quieras). Por favor, sal un momento mientras que me visto. Lo que acabas de ver es sólo un bajón por toda la tensión emocional que estoy pasando. Ahora mismo salgo.

- Tranquilo, ya te he visto desnudo y estás incluso peor de lo que se te adivina con la ropa puesta. No deberías tardar más de un minuto en estar fuera conmigo, y ya deberías saber que no te lo digo para cronometrarte. En un minuto pienso volver a entrar a hostias.

- No te preocupes. Tardaré menos de un minuto.

Con el sonido de la puerta al cerrarse, me levanto, me acerco corriendo al armario y cojo unos pantalones de algodón con ositos de colores. Sin saber por qué, pienso que Irina debe tener padres en alguna parte. Siempre es sorprendente tener esa clase de pensamientos sobre una tía buena y misteriosa. Si me hubieran preguntado antes, contestaría que Irina no sólo nació con resaca sino que vino acompañada de una talla cien de sujetador. 

Vale Jim, piensa rápido. Plan de fuga en treinta segundos. La ventana, claro, es la única opción. Esta mierda de piso, claro, está en un bajo. La ventana, claro, tiene verjas. Nadie en la calle. Peatonal, para más inri. Curiosamente, siempre pasan menos peatones por las calles peatonales que por las otras.

En fin, cerdos al matadero. Carrerita hasta la puerta, y a ver qué pasa.

- Ven Jim, buena decisión la tuya, y no me refiero sólo a los pantalones. Irina está preparando café en la cocina. Es el momento de que sepas la verdad.

 

Publicado el 22 de junio de 2009 a las 23:00.

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De polizón en un piano a la deriva

Archivado en: Jim McGarcía, Piano bar, Ruso, Rusa, Policía

Las cosas se están precipitando últimamente. El agente Mourenza, todo chulería y bofetaditas hace un par de semanas, es ahora uno de mis mejores amigos. El "alijo" de Biagra le ha venido estupendamente para quedar bien delante de sus jefes, y a mí me ha traído la absolución total. Si de algo tengo que responder, será de traición, pero eso tocará cuando estire la pata, y no creo que San Pedro sea un juez mucho más estricto que Mourenza y sus acólitos. Lo único que exigí a cambio de la delación fue que privaran a Marc del acceso al teléfono. Una cosa es que yo sea un cabrón y otra muy distinta es que me guste que me llamen para recordármelo. Según parece, el propio Mourenza se encargará de explicar a Marc cómo me cogieron con las manos en la masa mientras abría las cajas en el polígono industrial. Dudo mucho que Marc tenga tiempo para explicar que, en realidad, en el almacén había veinte cajas más de las que encontró la policía.

Una vez solucionados mis problemas con la justicia, es el momento de comenzar a hacer justicia, pero en otro sentido. Ahora me toca a mí extender la democracia por los intestinos de los que me dejaron nadando en mierda. No tengo ninguna gran pista como para resolver el asunto rápidamente. Lo que sí tengo es una pistola cargada que me favorece muchísimo frente al espejo, una lista de los clientes prohibidos de Paco y una entrada para un piano bar. A todas luces, un planazo para ayudarme a digerir tanta felicidad repentina.

De camino al lugar del concierto, pienso que en un fin de semana a partir de la medianoche, nadie camina solo por el centro de Madrid, y si alguien lo hace, desde luego pasa desapercibido. La marabunta ruge con entusiasmo y no hay lugar para soledades. Es una sensación agradable la de caminar con una pistola en el bolsillo. De entre la gente que pasea sola, invisible, yo soy el único en el que te fijarías. Todos los que se cruzan conmigo parecen tener la misma sensación de estremecimiento en los pelillos de la nuca. Me gustaría llamarlo confianza, serenidad, pero en realidad es autoafirmación asesina. Puede que las personas, como los animales, huelan el peligro o el miedo. También puede ser que haya acertado con la elección de la camisa.

No hay mayores soledades que las que se ven juntas, como para comparar, y es justo en ese momento cuando el piano empieza a sonar en el Tartán 2. Conocía este sitio desde hace unos años, cuando Paco me trajo aquí por primera vez para enseñarme lo que él llamaba "la máquina del tiempo". Ahora Paco ya no está, y para empezar a obtener respuestas no me queda más remedio que utilizar la entrada para el concierto que me dejó como legado. Por muy mierda de legado que sea éste, no puedo evitar un impulso de violencia cuando el portero rompe la entrada en mis narices. "¿Vas a pasar o qué?" me pregunta atusándose el pinganillo en la oreja. Realmente, hay un motivo para que hasta ahora nunca haya tenido pistola o dinero. Tengo impulsos sociópatas demasiado claros como para que la justicia cósmica me recompesara con semejante poder. En cualquier caso, me parece excesivo perforarle el entrecejo al fulano por ser un poco impaciente. Tranquilo Clint, ya habrá tiempo. Tranquilo Jim, se te está yendo la cabeza. Si en lugar de pistola llevaras un tanque, hasta el aire te parecería indigno de tu grandeza. Ya sabéis lo que dicen, cuando uno habla todo el rato consigo mismo como si fuera otra persona, es mejor que lo encierren en un psiquiátrico. Vale, vamos allá.

La entrada al Tartán 2 se ve presidida por una explosión de sonido enmoquetado. Aunque los dorados de la barra, los pomos, los pasamanos y las mesas relucen sin pudor, hay en el ambiente una concentración de humo y polvo que embota la vista y anuncia sorpresas. Moños platino sobre pieles cuarteadas. Camisas de manga corta y canas mezcladas con caspa sobre los hombros de los apuestos pretendientes. Un bar de viejos que conservan la esperanza o que la perdieron hace tiempo. Cualquiera de más de cincuenta que aún maneje ese concepto, tiene que pasarse por aquí en algún momento. Un barco a la deriva, sin más velamen que el del sexo adulto, sin otro capitán que los escotes recompuestos con maquillaje, trabajo y pañuelos de papel. Qué mejor sitio que este para vender Biagra. Paco se lo montaba de cojones.

Poco a poco, entre la maleza, comienzo a distinguir caras más jóvenes. Todas demasiado sonrientes como para pertenecer a clientes habituales. Vienen a reírse del espectáculo. Ninguno está solo, y tienen cara de no haber echado un euro a una tragaperras en su puñetera vida. La verdad es que la situación tiene cierta gracia, como un anuncio de la vuelta al cole protagonizado por piernas varicosas. Ya, a mí tampoco me hace gracia.

Después de pedir un Martini al camarero (nunca había pedido algo así en un bar, pero es que aquí te lo ponen con aceituna y me parece que acompaña perfectamente al retrato de sofisticación que quiero proyectar), me acerco a la zona del piano, ligeramente apartada de la zona de alterne. Camino sabiendo que algo malo va a pasar hoy. Con las primeras notas que percibo con claridad, mientras el humo se disipa para revelar una especie de cabaret sobre un piano, los nombres de Paco o de María empiezan a perder su importancia. La noche promete.

Sobre el piano, una mujer de unos treinta y cinco años desgasta su voz ante las miradas babeantes de los jóvenes cuarentones que aún se ven con oportunidades. En ocasiones, la vida se parece demasiado al cine como para permanecer indiferente frente a los acontecimientos, y esta es una de esas veces. No se puede apartar la vista de una mujer guapa que canta sobre un piano. Cómo somos los tíos, con una voz susurrante y un vestido rojo, somos incluso capaces de dejar de mirar para la tele. De olvidar que la tele existe. De enamorarnos sin cruzar media palabra. Como digo, en ocasiones la vida se parece demasiado al cine.

Hasta que veo a Aleksandr, no me doy cuenta de que está cantando en ruso. Lo peor es que, aunque veo al ruso gay a unos pocos metros, prefiero quedarme escuchando a la cantante intentando averiguar lo que significan las palabras que pronuncia como si no fueran rusas. Como si Stalin mandara a la gente a Siberia cantando bossa nova. Embobado como estoy, no me extraña que sea el ruso quien se haya acercado a mí, me haya doblado un brazo como si fuera un muñeco articulado, y me haya empujado al baño. Otra vez la violación planea sobre mi cabeza. Al menos, en esta ocasión hay una voz agradable de fondo que me permitirá evadirme con mayor facilidad.

- Hola Jim.

- Hola ruso. ¿Vas a matarme?

- Me lo voy a pensar. ¿Estás solo o vienes con tu amigo el policía?

- Oye, suéltame el brazo, por favor, me duele mucho y cuando algo me duele no puedo pensar con claridad. Estoy solo. Más solo que tú.

- Yo estoy solo - me dice al soltarme el brazo.

- Ya, bueno. Ya te dije que si me haces daño no puedo pensar con claridad. ¿Quién es la chica?

- ¿Cómo puede ser eso lo primero que me preguntas? Los heterosexuales sois una panda de maricones. 

- Vale, asumo la crítica. ¿Cómo estás? - No me fío nada de este cabrón. Es posible que sea él quien mató a Paco. No sé nada acerca de la reacción de celos que puede tener un fulano cuyos bíceps son como pollos asados.

- No muy bien. Llevo algunas semanas saliendo sólo de noche. Tus amigos los policías me tienen bastante acojonado. Yo no maté a Paco, Jim. Tú lo sabes, ¿verdad? Yo quería a Paco. Lo echo muchísimo de menos. No te creas nada de lo que te digan esos mierdas de los policías.

- Por la poli no te preocupes. Ya tienen diversión durante un tiempo. Lo he arreglado todo.

- ¿Te refieres a la chapuza con el proveedor? ¿Lo de tu jefe? Si crees que esa tontería de la Biagra es lo que persigue la pasma estás muy equivocado (bueno, va siendo hora de que asuma que con o sin teléfono, Marc sabe de sobra que el que le ha jodido he sido yo).

- ¿Ah no lisillo? ¿Y entonces qué busca la policía?

En ese momento, la rusa del vestido rojo entra en el baño de tíos. Sin mediar palabra me agarra de la nuca y me besa de una forma que no había probado antes. Uno cree que lo sabe todo y de pronto ¡pam!, la vida te vuelve a sorprender. ¡Joder! Si no fuera porque seguro que se enfadaba, me encantaría que María me viera en este momento. Soy un fenómeno del sexo, sólo necesito una motivación apropiada. Me tiemblan las piernas. Demasiado. Pero estoy tan bien...

Estoy tan bien que no me doy cuenta de que el regustillo ácido de la lengua de la rusa contiene algo más que deseo y alcohol. Claro que eso se hace notorio cuando me desplomo semiinconsciente en el suelo. Con lo bien que me veía yo con la pistola, y ahora resulta que me van a sacar del bar sobre el hombro de un ruso, como un bebé eslavo recién llegado del infierno.

Necesito ayuda.

 

Publicado el 12 de junio de 2009 a las 20:30.

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La situación con Gladys

Archivado en: Jim McGarcía, Gladys, Biagra, Policía

Marc vive en uno de esos adosados de las afueras de Madrid, en una urbanización de colorines de las que tienen proyecto de metro y jardines pequeños como alfombrillas del baño. A la gente que vive aquí deben de instalarle la sonrisa los propios mozos de la mudanza. Vivo en el campo, piensan atrapados en su utilitario durante kilómetros de atascos. Sonríen para no tener que pensar. Tras esta breve pausa de pensamientos  libertarios, reparo en que María me mira con expresión de "¿te vas a bajar del coche o qué?". Es cierto, ya hemos llegado: Chez Marc (no es que sea gilipollas, es que él le llama así). Nadie por aquí, nadie por allá.

- Espérame en la entrada de la urbanización, no sé si esto puede ser peligroso.

- ¿Cómo que peligroso? - me pregunta María en su línea de personaje plano. -¿Es que no venimos a visitar a un amigo tuyo? Mira Jim, tengo un límite, y tú ya estás tan lejos de él que aún no te puedes creer que siga aguantándote.

- Hazme caso, por favor. Marc tiene un perro enorme y creo que no hay nadie en casa. Cojo una cosa y salgo, pero tú espérame en la...

- En la entrada de la urbanización, sí, ya te había oído. Bueno, pues te espero fuera leyendo el Marca (eso María, tú regodéate en tus miserias). Date prisa o me voy sola y te quedas aquí.

En un gesto absurdo, levanto la cabeza antes de acercarme para llamar a la puerta. Un adosado no es Notre Dame, pero en este momento me siento igual de sobrecogido. La madreselva que actúa a modo de seto en la verja que rodea el metro cuadrado de jardín, me recuerda a algo malo pero no sabría decir a qué. Venga Jim, échale huevos, échale huevos, échale...

Meeeeeeeeeeec

Vale, se los he echado. Ya está, he pulsado el timbre.

- ¿Sí?

- ¿Gladys?

- ¿Sí?

- Hola Gladys, soy Jim, trabajo con Marc. Me ha pedido que venga a buscar una cosa para él.

- Hola Jim, pasa.

La puerta del jardín se abre y la de la casa también, pero no veo a nadie en la puerta. Odio esos gestos de descortesía. ¿Qué coño le costará recibirme en la puerta? Entro a la casa, cuya decoración prefiero no mentar aquí para no herir sensibilidades, y la voz de Gladys me recibe con un gritito de...

- En el saloooón.

El salón. Menuda puñetera mierda. La palabra salón se inventó para dar una sensación acogedora, no para llenarlo de muebles negros sin cojines, ponerle un suelo de mármol blanco y colocar una televisión de plasma rodeada por cuatro budas. Contrólate Jim. Dijiste que no ibas a hablar de la decoración. Puede, pero no dijiste nada de la decoración de Gladys: celulítico pantalón rosa de chándal, camiseta también rosa con muñeca cabezona al estilo manga y los pies sobre la mesa con unas más que consecuentes uñas pintadas de rojo pasión. Al contrario que los niños de los anuncios, yo sí sé que Gladys es negra. Como para no saberlo.

- Así que tú eres Jim McGarcía (me ahorraré el escribirlo con acento cubano. Tiene acento y punto).

- Sí, soy yo. Toda una leyenda. Voy a subir al despacho de Marc, ¿te importa?

- No, sírvete. Me dijo que vendrías. (Ni me mira. Está viendo uno de esos programas que ponen en la tele por las tardes en los que entrevistan a la gente más vulgar que encuentran. Normal que no quiera acompañarme).

Subo por las escaleras hasta el despacho. Ojalá pudiera ir con los ojos cerrados; esta casa está llena de cosas doradas. Ahí está: la mesa infame, el cajón con la llave dentro, un paquete de Fortuna, una pistola y... ¡Joder! ¡Una pistola! Por supuesto, cojo las tres cosas. Es cierto que uno se siente más importante con un arma en la mano. Debe de ser algo así como los delirios de grandeza, pero mejor.

- ¿Te dijo Marc que le llevaras la pistola a la cárcel?

¡Uf,! qué susto. Es Gladys. Si los gatillos estuvieran tan flojos como en las películas, ahora mismo los pantalones de la encantadora Gladys estarían del mismo color que sus uñas.

- No, la pistola es para guardarla en mi casa. Una cuestión de seguridad.

- Oye Jim (Gladys ronronea como un gato). ¿Crees que Marc saldrá bien de esta? Soy muy joven (ya te molaría), y no quiero quedarme sola tan pronto. Además, hay por ahí un montón de chicos guapos como tú (¿perdona?). No creo que pueda soportarlo.

- Seguro que Marc vuelve pronto- le digo sin mucha convicción. Sin duda se merecen el uno al otro: el preso y la golfa. Es casi folclore. Dentro de no mucho tiempo, en las casas españolas empezarán a poner muñecas con chándal rosa encima de la tele.

- No sé, no estoy segura. Además esos dos tíos no dejan de molestarme. Marc es muy celoso, y estoy en esta casa como en una cárcel. Es él quien está preso, no yo.

- Ya, vale. ¿Y esos tíos dónde están ahora?

- Les he mandado a comprar compresas (todo se hace cada vez más apetecible). Tenemos toda la casa para nosotros.

No, no me toques con el dedo en el brazo. No te acerques a mí. Deja de lamerme la oreja. (Debería probar a decir esto en voz alta, para variar).

- Déjame tía. No me gustas. Quiero decir que tengo novia y eso.

- ¿Cómo? ¿No te apetece follar un poquito?

- No, ni siquiera la puntita. Nada. Siento decírtelo, pero no estás buena.

- ¡AAAAAAAHHHH!- grita la cubana agarrándome del pelo y arañándome la cara. Será hija de puta...

- ¡Suéltame zorrón!

- ¡ÑÑÑÑÑÑAAAAAAAA!

- ¡Que me sueltes joder!

¡BAM! ¡CRASH!

Me cago en... ¿Acabo de pegarle un tiro a Gladys? No, es sólo el cristal de la habitación. ¿Y entonces por qué coño está tirada en el suelo con una teta fuera? Al agacharme sobre ella compruebo que aún respira y que no sangra, al menos en las partes visibles, que son muchas. Debe de haberse desmayado con el susto. Pobrecilla, después de todo, sólo quería un poco de compañía. No puedo culparle por querer acostarse conmigo. Es humana.

Un momento, acaba de llegar un coche.

¡SOCORROOOOOOOOO! Mierda, Gladys se ha repuesto. Tengo que irme de aquí antes de que la patrulla pro-castidad y anti-menstruación me descubra de esta guisa. Mientras le meto a Gladys el paquete de Fortuna en la boca para que deje de gritar, me doy cuenta de que los tipos ya han entrado en la casa. A ver..., detrás de las cortinas no es una opción. No hay cortinas, ni muebles, ni nada. Pues por la ventana Jim. Aprovechando que el cristal está roto por el disparo, pongo en práctica mi plan de fuga por la ventana de la casa de Marc. Insisto, todo el mundo debe tener en todo momento un buen plan de fuga. Salto por la ventana hasta la buganvilla del jardincito. Me tiro abajo y me rompo el culo contra el suelo. Ahí vuelven esos cabrones. Podríamos llegar a un acuerdo, sólo obedezco órdenes de Marc. No he hecho nada que no pueda explicar.

- ¡Matad a ese cabrón! ¡Lo quiero muerto!

Coño Gladys, qué decepción. Con lo que tú y yo hemos sido... Basta Jim, levántate. Pies para qué os quiero. ¡A correr! Sólo espero que María no se haya ido ya. No, ya la veo. ¡Pon el coche en marcha! ¡Nos vamos! Bien, María arranca. ¡Abre la puta ventanilla!

¡BAM!

Por lo poco que puedo ver de la cara de María desde aquí, sé que eso ha sido un disparo. Si al menos pudiera dejar de pensar en no pisar las rayas del suelo... Desde que vi En busca del Arca Perdida, siempre he querido escapar corriendo de los indios. Espero que María no haya dejado una serpiente a los pies del copiloto.

¡Ya!, un saltito, la cabeza contra el Marca que está encima del asiento, y las ruedas crujiendo con mis piernas por fuera del coche.

 

- ¿Me quieres explicar por qué cojones esos dos y la negra te perseguían tirando piedras?

 

- ¿Piedras? Joder, menos mal, pensé que eran disparos- le digo acomodándome dentro del coche y ya lejos del peligro.

 

- ¿Disparos? ¿Cómo que disparos?

 

- Nada, ya sabes que me flipo (la pistola de Marc aún está caliente en el bolsillo de mi chaqueta, pero eso ella no lo sabe). - Bueno qué, ¿viene o no viene Kaká? -

 

...

 

 Después de un par de explicaciones de la situación un tanto aligeradas, me encuentro en el polígono industrial entre el coche de María y una verja. Meto la llave en la cerradura como quien ve a los reyes magos y... ahí lo tenemos. Suficiente Biagra como para enchironar a Marc hasta que aprenda a hacer guitarras artesanales de doce cuerdas y le suelten por buen comportamiento.

- Anda María, ayúdame a cargar el coche con todas las cajas que la seguridad vial nos permita, yo tengo que hacer una llamada.

- No soy tu mozo de carga. (Evito establecer comparaciones de las que me pueda arrepentir y me limito a susurrarle al oído mi mejor "por favor ").

- ¿Oiga? ¿Policía? Páseme con el agente Mourenza. Creo que lo que le voy a contar le interesará bastante.

Publicado el 5 de junio de 2009 a las 11:15.

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Metadona y Kryptonita

Archivado en: Jim Mcgarcía, Kryptonita, Metadona, Jefe, Biagra

Me encuentro fenomenal. Las muertes cercanas son menos dolorosas con la barriga llena, y esta es una lección vital que espero que me quede grabada para siempre. Hay un límite de escabeche que un humano puede ingerir, y por el tono anaranjado de la encimera de la cocina, me temo que ya empezaba a acercarme demasiado a la sobredosis. Sólo espero que no se trate de una sustancia adictiva y no tenga que verme a mí mismo desnudo, sollozante y balanceándome frente a María intentando que me chute un poco de escabeche en vena. Por un momento, llegué a imaginarme colocándome con aceite de oliva virgen extra, la metadona de las conservas, la Kryptonita del pescado fresco. Para resumir un poco, la situación es la siguiente:

- María se ha mudado a mi casa movida por la compasión. Poderoso sentimiento este. Sin duda, es mucho más fiable que el amor.

- Ella tiene un sueldo bastante digno como secretaria de un jerifalte de una multinacional. Un curro que, bien visto, puede resultar incluso motivador sexualmente hablando. Lo mejor es que ese sueldo (y algunos ahorrillos que asegura que tiene, aunque de esto no estoy muy seguro y puede que sea sólo un argumento más para llevarme a la cama) nos permitirá sobrevivir dignamente durante un par de meses. Por el momento, no tendremos que compartir las jeringuillas de escabeche, lo que es todo un consuelo. Además, estoy cumpliendo con el sueño del varón español medio: me pagan por follar.

- La policía sigue presionándome para que cante con amenazas de todo tipo. La verdad es que si tuviera algo más que cantar, lo haría, pero ni sé que decir sobre mi jefe ni pienso pringar más la memoria de Paco entregándoles la lista. Nunca tengo nada demasiado claro, pero que el asunto de Paco es cosa mía lo tengo cristalino. Nadie jode a Clint sin que Clint les joda primero. En este caso, Clint tendrá que joderles después.

- He acabado con "Los tres mosqueteros". Me ha parecido un coñazo inhumano. El único personaje con el que podría (o me gustaría) identificarme es Aramis, un tipo que, aunque tiene nombre de mujer, liga mogollón y se le da bien la espada, valga la redundancia. Como siempre, hay un aspecto negativo en Aramis: es un cura. Qué bien se lo montan los tíos.

Ahora estoy con El conde de Montecristo. Lo he elegido con toda la intención, pues parece ser que habla de la venganza perfecta y yo necesito cantidad de ideas en este sentido. Sé que ésta es una planificación de lo más lamentable, sobre todo teniendo en cuenta que en la vida real del S. XXI (hay que ver qué raro se ve este siglo escrito en números romanos) dista mucho de la del siglo... el que sea, y que los planes que tengo son suficientemente serios como para recoger inspiración de un cómic, pero bueno, todo ayuda. Hay un detalle que me preocupa en lo que se refiere al conde: el tipo tenía pasta, yo no. María sí tiene, pero no la suficiente como para vivir y vengarme al mismo tiempo. Quizás esta idea que tengo en la cabeza, desposeída en este momento de Clint Eastwood por culpa del John Goodman que ahora se ha adueñado de mi estómago, no sea más que una fiebre pasajera, una reacción natural a la pérdida, a una crisis existencial, a tanto dolor, al sufrimiento de mi único amigo, a... No, tengo que vengarme. Está decidido. Es sólo que necesito un poco de frialdad en sesos y pelotas para afrontar esta tarea. En unos días, cuando haya normalizado mi situación nutricional, podré, por fin, comenzar con el asunto. La fecha y el lugar del inicio están claros: la semana que viene visitaré el piano bar. Hay por ahí un descuartizador feliz que ignora el poco tiempo que le queda para sonreír.

Hacer este tipo de croquis enumerativos es de gran ayuda para mí. En mis reuniones conmigo mismo, me gusta tener claro el orden del día. Me levanto, elaboro el planning, inserto un par de rutinas numéricas por el medio, tres comiditas y a dormir con la sensación del trabajo bien hecho.

Tirititii tirititiiiii tiriti ti tiiiiiiiiiiiiiii. El móvil. Antes de contestar pienso que es muy curioso que nadie me llame nunca al móvil, ahora que no trabajo. Con el tiempo libre, no necesariamente aumenta la vida social de las personas.

- ¿Sí?

- ¿Jim? Hola soy Marc (mi jefe). Te llamo desde la cárcel (¡ups!). Oye chaval, tienes que ayudarme. Supongo que ya sabrás que estoy de mierda hasta el cuello (ya lo estabas antes, lo que pasa es que la tapabas con los cuellos de tus estúpidas camisas). Necesito que me hagas un favor (vale, descartado que sepa que el chivato soy yo). La policía me está apretando las tuercas para sacarme dónde está la mercancía.

- ¡Qué me dices! (vale Jim, tranquilo, no tientes a la suerte).

- Como lo oyes. Vete a mi casa, ya sabes dónde es. La cubanita que me he echado estará allí seguro, preguntándose dónde coño me he metido. Dile que estoy bien, y dile que tengo un par de chicos vigilando la casa, ella lo entenderá (vaya, resulta increíble que vaya a ser capaz de descifrar ese código. Puto genio...).

- Vale: casa, cubanita, chicos (el plan promete).

- Hay algo más. Sólo puedo confiar en ti. Sube a mi despacho y coge una llave dorada del primer cajón de la mesa de caoba (el muy imbécil sólo tiene una mesa en el despacho, pero como a todos los de su calaña, le encanta fardar). Es la llave del almacén. Tienes que ir a la calle xxxxxx, está en el polígono industrial xxxxxxxxx. Necesito que cojas todo de forma discreta y que lo destruyas, ¿me oyes? Dile a tu compañero de piso que te eche una mano (eso ha dolido). Sabes que pago bien (¿ah sí?). Ya sé que no siempre he sido un jefe ideal, pero te eché un cable cuando lo necesitabas. Siempre he sido un buen amigo (pero qué poca vergüenza). Hazlo Jim, y no tendrás que preocuparte por nada. Por cierto, como se te ocurra sacar la colita de paseo con Gladys, te la corto. Tengo que colgar. Volveré a llamarte la semana que viene.

- Adiós Marc. Cuidate mucho y recuerda que el jabón resbala.

¡Bingo! Así se las ponían a Alfonso XII. ¿Cómo puede pensar ese imbécil que le tengo el cariño suficiente como para no dejarle con el culo al aire? ¿Cómo no se da cuenta de que si está donde está es porque yo le he delatado? ¿Cómo puede pensar que la tal Gladys no está ahora mismo saltando desnuda sobre los pajaritos de sus dos chicos? Está claro que si las cucarachas sobreviven, no es precisamente gracias a su inteligencia superior.

Con pastillitas azules en mis manos, me río yo de la kryptonita. Cuidado Madrid: Jim McGarcía vuelve al negocio.

Publicado el 29 de mayo de 2009 a las 20:00.

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Propósito de enmienda

Archivado en: Jim McGarcía, Propósito de enmienda, Los tres mosqueteros, Mickey Mouse

"Propósito de enmienda", curiosa expresión. Del mismo modo que "libre albedrío", suena a uno de esos latinajos jurídicos que ya nadie entiende. Son palabras huecas, tan pulidas por el paso del tiempo que han perdido el revestimiento supuestamente espiritual que las justificaba. Palabras pensadas para no ser entendidas, planeadas para provocar esa sensación de "oye, eso suena raro e incomprensible. Debe de ser la verdad absoluta". Propósito de enmienda es lo que el juez me ha exigido para que pueda seguir durmiendo y comiendo en mi casa. Propósito de enmienda me pide la policía, junto con un listado de nombres y una firma debajo. Ignoro el motivo, pero últimamente "propósito de enmienda" y "forro de los cojones" se muestran en mi cabeza en una perfecta asociación. Podríamos llamarlo simbiosis.

Mientras intento vertebrar mi situación penal con la idea de venganza, el ron Malibú que dejó Paco se ha convertido en mi nuevo compañero de fatigas. Alcohol y azúcar contra la tristeza, el colmo de la originalidad. La receta es la siguiente: botecito de azúcar, siete cucharillas pequeñas y la botella de ron dulce. Cucharada de azúcar, trago de ron. Nueva cuchara con su respectivo contenido y, de nuevo, ron. Así siete veces, hasta que consigo poder casi masticar la saliva. A continuación, litro y medio de purificante agua del grifo en botella de cristal. Me estoy quedando sin cerebro y sin dinero, y en esta ofuscación en la que me veo, no soy capaz de acertar cuál de estas precariedades acabará antes conmigo. Por lo demás, nada de María, nada del ruso, nada de mi convicto jefe, y nada de venganza. Ya lo dijo Bruce Wayne, para vengarse hace falta dinero. Para él es fácil decirlo por dos razones: la primera es que él es un superhéroe. La segunda es que a su compañero de piso gay no lo mató nadie, convirtiendo a Robin en una interminable cagada, pero eso es otra historia.

En el horizonte me queda el último detalle de Paco conmigo: la impresión en blanco y negro de una entrada para la semana que viene de una serie de conciertos en un piano bar del centro. Caramba Paco, tú sí que sabías pasártelo bien. Coplas amateur "de las de toda la vida" y un amigo que empieza frases con "caramba". Estoy envejeciendo a un ritmo suficiente como para adelantar al Halcón Milenario en una curva cerrada. A este paso, iré al concierto con un taca taca de esos que parecen un perchero para enanos.

Voy a la cocina a por más cucharillas. Es asqueroso volver a meter la cuchara babada en el azucarero. Le quitaría todo el glamour a mi autodestrucción caramelizada. Además, si en algún momento vuelvo a estar mínimamente en mis cabales, no quiero encontrarme un día con azúcar mezclado con babas de loco. Puaj...

Sigo con la lectura de los clásicos en cómic. Ahora estoy con Los tres mosqueteros,  una historia rebosante de contradicciones. Para empezar, no son tres mosqueteros, son cuatro. Entiendo que el tal Dumas, antes de que Reverte le montara un club, debía tener alguna intención al contar mal, pero, desde mi punto de vista, la falta de habilidad sumatoria no aporta nada al argumento. Por otra parte, me encuentro con que el cómic no se parece para nada a la peli de Chris O'Donnell, y eso sí que no puede ser porque en el título de la película quedaba claro que esos eran Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas. Aún así me despista bastante que la serie de dibujos de los mosqueperros se parezca tanto a la historia del cómic. Supongo que es una de esas cosas que podría resolver leyendo la versión de la novela sin dibujos, pero ya se sabe, la letra impresa obliga a pensar y a mí eso no me conviene ahora mismo. Ya para acabar con el análisis del libro, está claro que D'Artagnan es más un nombre de un diseñador o de un perfume que de un aguerrido mosquetero. Creo que algo como "Thor" encaja mejor con ese tipo de personaje, pero bueno, yo ni soy escritor ni dibujante de cómics, así que...

Mi situación alimentaria empieza a ser desesperada. Sólo como una lata de conservas al día porque me quedan muy pocas. A este ritmo, sólo podré subsistir un par de semanas más. Procuro llevar una alimentación variada, alternando los mejillones en escabeche con las sardinillas, y éstas con los berberechos y las navajas. Creo que podría arrancarme un huevo a cambio de una lata de fabada. Creo que podría comerme mis huevos. Ya me lo puedo imaginar, la policía acude a la llamada de mi casero, que denuncia que lleva sin cobrar el alquiler seis meses. Al llegar a mi casa el olor es insoportable. Cuando tiran la puerta abajo, me encuentran en perfecto estado de descomposición, rodeado por latas plagadas de hormigas y con la lengua cortada de lamer los bordes. De nuevo, puaj.

RING, RING, RING

La puta puerta. Si es un repartidor de pizzas me lo como. Si es Mickey Mouse, le preguntaré por la película de Chris O'Donnell, pues él tiene contactos en la Disney y seguro que puede aportar luz al asunto. Después me lo como.

Entre la flaqueza de fuerzas y el pedo de azúcar me arrastro dándome mucho asco hasta la puerta. Al abrirla, me encuentro a María con una bolsa de la McHamburguesería.

¡Que Dios bendiga a América! In God we trust!, que no es un latinajo pero suena a gloria.

Mientras María entra sin decir palabra y abre las ventanas para ventilar la casa, empiezo a creer en el amor. El propósito de enmienda es más fácil de entender con el ketchup chorreándome por las comisuras de los labios.

Puaj, vaya si puaj.

Publicado el 22 de mayo de 2009 a las 10:00.

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Windows desde el más allá

Archivado en: Jim McGarcía, Windows, Ruso

Tras dos semanas he empezado a recoger y ordenar las cosas que Paco dejó en casa. No se me ocurre nada más desagradable que tocar la ropa de un muerto. En cierto modo, es como una violación, pura necrofilia. Me entran ganas de hacerlo con guantes. Es sorprendente la poca variedad de ropa que tenemos los hombres: pantalones vaqueros y camisetas son la herencia que Paco dejó al mundo. Y eso sí, cantidades industriales de chapas de todo tipo. A Paco le volvían loco las chapas (voy a ahorrarme el chiste), comics de una sola viñeta, moderneces pasadas de moda.

Presto mucha atención a ciertos pequeños detalles. Reviso con celo los cajones, las esquinas y los altillos de los armarios. Espero encontrar alguna foto reveladora, alguna carta arrugada que me diga que Paco está con Doc, (el de Regreso al futuro, no el padrino de los documentos de Word) en un punto indeterminado del espacio-tiempo, resolviendo problemas de mis tataranietos. Claro que eso no pasa, y los cajones sólo tienen chorradas como post-its de colores chillones y un número indeterminado de recuerdos pastelosos como conchas de la playa y cantos rodados que el tipo recogía en sus excursiones. Me hace gracia porque son las típicas tonterías que todos hacemos, carne para monologuistas de medio pelo. Ahí lo tienen cómicos del mundo: hasta los descuartizados se sentirán absurdamente identificados con sus chistes.

El último rescoldo aún inexplorado es el ordenador de Paco. Lo que pasa es que me da un repelús tremendo la sola idea de ponerme a revisar carpetas amarillas. Tal vez porque sé que ahí sí que voy a encontrar algo. Bueno, vamos allá. Tin-tin-tin-tiiiin. Tras la banda sonora de Bill Gates, y unos cuantos segundos de pantalla azul, la primera en la frente: el fondo de escritorio lo ocupan Paco y el ruso en actitud cómplice. Notición, el ruso decía la verdad. Esto implica un vale por una conversación con él. Más adelante. No hay carpetas visibles en el escritorio, típico de Paco. Seguro que el muy marica lo guardaba todo en esas carpetas de las que nadie se fía por lo obvias que son: "mis imágenes" y, muy especialmente, "mis documentos". Las carpetas más inservibles de toda la historia de carpetas inservibles hasta que Paco y su manía de ordenarlo todo cogieron un PC por primera vez.

Veamos... De puro evidente resulta evidentísimo (oye, si no te gusta mi forma actual de contar las cosas, prueba a matar a tu mejor amigo y a escribirlo después). El archivo clientesdebiagra.xls se me presenta como una respuesta divina. Dios quiere que investigue esto. Y aunque no quiera, aunque no se trate de una cuestión divina, está claro que lo voy a hacer. Nombres, direcciones, debilidades. En algún momento me pondré con esto.

Después de revisar el resto de archivos sin encontrar nada que valiera la pena, y comprobar la afición de Paco y el ruso de retratar sus orgasmos para la posteridad, decido que sea la impresora la que empiece a vomitar hojas antes de que tenga que hacerlo yo.

No tiene papel.

Yo sí que tengo e introduzco los folios en la bandeja.

La impresora saca un documento antes de imprimir el listado de clientes.

Paco se despide de mí desde el más allá, con esto sí que no contaba.

Cosa rara en las últimas semanas en las que mis predicciones vitales están resultando tan acertadas.

 

Publicado el 15 de mayo de 2009 a las 21:15.

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Trapecistas del olvido

Archivado en: Jim McGarcía, Trapecistas, María, Clint Eastwood

Ha pasado una semana ya. Semana uno d.P. Una semana de asco, de vómitos, policía e insomnio. El recuerdo de Paco es como esa famosa tortura china de las gotas de agua. Es imposible que me vaya a matar, pero me taladra la cabeza cada segundo. Pasarme una semana entera sin pensar en gilipolleces es más de lo que puedo soportar. Ojalá existiera un proceso de reseteado cerebral, una especie de botón de esos que si lo mantienes pulsado durante tres segundos consigue que se te olvide toda la mierda almacenada. Obviamente no estoy equipado con ese botón y las gotas continúan atronándome.

Trapecistas del olvido

María sigue aquí, pegada a mí como una lapa. Soporta mis malas contestaciones, mis lloreras, mis manías que se han disparado hasta cotas inexploradas en tiempos mejores. Hace una semana estaba preocupado. Ojalá lo estuviera ahora, pues preocupación es igual a esperanza, y ahora he constatado que para Paco ya no hay más esperanza que la del cemento armado. Estoy empezando a odiar a María. Me sacan de quicio sus "¿estás bien?" y sus "se te pasará". En este momento, las mujeres se me aparecen como trapecistas del olvido. Parece estar más preocupada por mí que por Paco. ¿Por qué? No me conoces de nada tía. Si no estuvieras tan jodidamente sola, ni siquiera querrías conocerme. Si yo no estuviera tan solo, ni siquiera te abriría la puerta de casa. Cállate y déjame con las gotas. Si crees que se me va a pasar, vete y déjame que se me pase. O déjame que me muera, pero no me hables. Por favor, no me preguntes por nada. Sólo quiero leer el cómic de "De la Tierra a la Luna". Quiero evadirme. Quiero que el fin del mundo me coja en la cama. Quiero que mi cama aparezca en la Luna y me ahogue de verdad, no con esta especie de suspiros intermitentes y ridículos. Si al menos pudiera controlarlos, si tan sólo fuera capaz de hilarlos en bloques de siete en siete, puede que las preguntas de María empezaran a resultarme menos estúpidas.

A Paco lo descuartizaron. Lo sé porque tuve que reconocer su cabeza, y los bultos que le seguían bajo una sábana inesperadamente blanca no parecían tener orden ni concierto. ¿Cómo has podido acabar así amigo? ¿En qué momento pudo la pasta a las gafas de pasta? Qué gracioso Jim... me mondo contigo. Ese ruso cabrón tuvo algo que ver seguro. Tu novio dice... ¡ja! Pero Paco, ¿cómo por traficar con Viagra ajena has acabado como un puzzle? Pensaba que mi trabajo era lo más turbio que se podía hacer con esas pastillas (fuera de la cama o de una sauna sin vapor, claro).

El policía era un tipo de lo más siniestro. En las películas los forenses responden a un perfil de madurito resultón, siempre iluminados por una estelar luz azul que aporta matices de ingenio a sus cabelleras canosas. El que yo conocí era un carnicero con guantes de látex bajo un luminoso de charcutería. Se suele decir del cerdo que se aprovecha todo de él. Del cerdo de mi amigo, ni la cabeza quedó aprovechable. Apenas su recuerdo es mínimamente provechoso.

Me robaba las cajas de Biagra que guardo en casa. Se las apañaba para recoger los paquetes con fecha de caducidad próxima y que yo mismo suelo desechar. Él no. Según lo que me contó el otro policía (el mismo que me rompió la mesa), Paco la vendía en bares nocturnos, con todas las posibilidades que se pueden manejar al hablar de bares nocturnos. Qué fácil sería decir casas de putas. Qué poco policiales resultan algunos policías españoles. El uniforme, desde luego, no ayuda nada.

Yo estoy ahora imputado por posesión y venta ilegal de fármacos. Me puede caer un paquete como un piano por eso. Por suerte la lealtad y el trabajo no son conceptos que necesariamente tengan que ir asociados, así que en un bendito momento de lucidez, mi cerebro parió una idea perversa como en el nacimiento de un anticristo. El baboso de mi jefe recibió de parte de Jim McGarcía una recomendación de primera mano para ingresar en prisión sin posibilidad de fianza. Puede que eso me salve durante un tiempo. Espero que el tiempo n ecesario para poder recomponerme de lo de Paco e intentar encontrar al cafre que lo troceó. Espero que ese desgraciado haya leído "De la Tierra a la Luna" y esté considerando seriamente la opción de un apartamento con vistas al Mar de la Tranquilidad.

- Jim, ¿estás bien?

- Sí María estoy bien. ¿Puedes irte un ratito? - Esto ya es lo que me faltaba. María interrumpiendo uno de mis momentos Clint Eastwood. Cuando todo está perdido, Clint siempre viene a socorrerme. Se apodera de mí y durante un espacio indefinido de tiempo me permite soñar con que soy alguien con un par de cojones. Me sirvió en el colegio para reírme de los futbolistas que me atosigaban. Me sirvió en la universidad para imaginar las muertes lentas y dolorosas de los profesores que me suspendían, y me sirve ahora que la venganza imaginaria es la única salida para un par de vidas destrozadas.

- Vale Jim, ya me voy. Llámame si necesitas algo, ¿vale? Por favor, déjame volver mañana. Creo que en este momento no es bueno que estés solo. Intento ayudar, ¿vale?

- Vale. Adiós.

Mientras el suelo cruje con los pasos de María, siento que la alegría inicial se diluye en una salsa de congoja. Con las pisadas vuelven las gotas a caer sobre mi coco y con el ruido de la puerta vuelve el llanto. La diferencia es que ahora ya no es sólo pena por Paco, también lloro por mí mismo. Lloro callado, como Clint en Los puentes de Madison. Como si fuera el más duro entre los duros. Como si el egoísmo fuera más eterno que la muerte.

Como si vengarme fuera ya lo único que importara.

Como si, comparado conmigo, Clint Eastwood fuera una bendición para el hijo de puta que aún no sabe la que se le viene encima.

Publicado el 8 de mayo de 2009 a las 01:15.

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Miedo a la oscuridad

Archivado en: Jim McGarcía, Ruso, Entierro, Miedo a la oscuridad

El ruso entra al salón. Lo hace demasiado despacio, tan despacio que es inevitable pensar que ya ha estado aquí antes.

- Oye... Ruso...

- Me llamo Aleksandr.

- Vale, Aleksandrrrrrrr, ¿te importa repetirme eso de que Paco está muerto? ¿Muerto de qué?

- Lo han matado.

- ¿Cómo?

- Que lo han matado joderrrr (los tacos dichos en idiomas que no son el propio siempre suenan mal, como las palomitas hechas en la sartén o cualquier sirena que no pertenezca a una ambulancia). Estaba vivo y ahora está muerto.

Ya he visto esta película antes. Probablemente en una de esas mierdas que ponen después de comer. ¿Por qué se siguen usando las cámaras con las que se rodó Dinastía si ya entonces el resultado parecía desfasado? No, basta Jim, concéntrate en que un ruso que se llama Alexander, al que no conoces de nada, te está contando que han matado a Paco.

- Vale. ¿Lo has matado tú?- ¿Cómo puede esta frase estar saliendo de mi boca?

- ¡No! Yo quería a Paco... ¡Era mi novio! Mi novio y mi protegido.

Tócate los cojones Mariloli.

- Nunca me ha hablado de ti. Y, por cierto, ¿qué es eso de "tu protegido"?

- Sí, ya lo sé. No quería que tú lo supieras. De hecho creo que, en cierto modo, estaba enamorado de ti. Yo era la otra parte del negocio: el músculo.

-¿Qué? (por poco vomito con lo de "el músculo") Oye tío, ve a contarle este rollo a otro. Paco está bien y va a volver a casa en breve, seguro que se coge un cabreo monumental cuando te vea aquí soltando esta s chorradas. Por favor, sal de nuestra casa.

- Pero... ¿qué pasa?, ¿no me crees? Esto ha sido por lo de las pastillas. Paco sabía que estaban detrás de él. Y ese puto policía... No hizo nada por salvarle.

RING, RING, RING

- Espera aquí. ¿Qué es eso del policía? Voy a abrir la puerta. Seguro que es María, la señora de la limpieza. Ni se te ocurra tocarla, ¿vale chalado? (obviamente María no es la señora de la limpieza, al menos no se dedica a ello profesionalmente, pero prefiero que este gigante no sepa que es mi medio rollo. Teniendo en cuenta la conversación tan edificante que estamos teniendo, me da pánico que el tipo se me fuera a declarar de un momento a otro y le entre un ataque de celos).

Al abrir la puerta, un uniforme de policía sin señora de la limpieza dentro irrumpe en mi casa y empieza a perseguir al ruso llamado Alexandr, que sin previo aviso (la verdad es que no veo por qué debería avisar, pero es una expresión) salta desde el balcón del salón a la calle (claramente conocía el plan de fuga que Paco y yo diseñamos), mientras el policía, corriendo hacia el balcón gritando que se detenga, desenfunda su pistola junto a la mesita sueca de poner los pies, con tan mala suerte  que tropieza, se cae al suelo, y rompe el cristal de la mesita.

Tras levantarse, ciertamente colorado y asomándose al balcón, me dice:

- Chico, vas a tener que venir a comisaría a prestar declaración. ¿De qué conoces a ese tipo? ¿Formas parte del negocio? ¿Sabes que ese ruso es sospechoso de asesinato?

- ¿De asesinar a quién? (Sí, soy imbécil)

- A tu compañero de piso, tu socio, el tal Francisco Cuevas. Ponte algo de ropa decente y acompáñame. Mucho cuidadito con imitar al otro. (Vivo en un primero, pero si saltara a la calle me rompería hasta el pelo). 

- ¿Pero entonces Paco está muerto?

Rematadamente imbécil.

...

Jim ante la muerte de Paco

Un entierro es la cosa más estúpida del mundo. Eso sí, nada tan estúpido consigue una reacción tan deprimente. He estado en dos, ambos de inexcusable ausencia. En este momento, mientras meten el ataúd de madera en una de esas tumbas puestas en alto, en el tercer piso concretamente, aún no puedo creer que Paco vaya ahí dentro. Lo triste del asunto, lo más triste de todo esto, es que Paco era un mentiroso. Me había mentido en todo, al menos, en todo lo que podía mentir. Ahora estoy en su entierro, en libertad bajo fianza bajo préstamo personal del banco a María y de María a mí. 

Debería estar lloviendo, pero el clima no entiende de estas cosas y un absurdo día de sol intenta trivializar la situación. Es imposible concentrarse en el sufrimiento. Hay poca gente. Gente que llora poco. De hecho, sólo María tiene cara de no estar pensando en cualquier otra cosa. Yo aún no he llorado, ¿por qué llorar por un cabrón de ese calibre?

En el último momento, realmente en el momento más último que puede haber, mientras que cierran la placa que aísla el féretro y el sepulturero se da la vuelta hacia los asistentes como esperando el reconocimiento de su público, pienso que Paco tiene miedo a la oscuridad. Inexplicablemente la idea de dejarle solo y a oscuras ahí dentro me revuelve el estómago. Nadie miente sobre el miedo. Puede que me haya engañado en todo lo demás, pero Paco era mi amigo. 

Si pudiera dejar de balbucear y hacer pucheros como una niña con coletas, clamaría venganza al cielo. 

No tengas miedo Paco, sólo está oscuro.

Lo peor para ti ya ha pasado.

 

Publicado el 1 de mayo de 2009 a las 18:15.

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El fondo de armario del capitán Nemo

Archivado en: Jim McGarcía, Capitán Nemo, Ruso

Paco ya está oficialmente desaparecido. Esta semana he hecho acopio de responsabilidad y he ido a poner una denuncia a la comisaría. El policía que me atendió fue sospechosamente amable, e incluso se interesó por mí, preguntándome si lo estaba llevando bien y todo eso, y yo le dije que sí, que sólo quiero que encuentren a Paco porque me debe una mensualidad del alquiler, y él me dijo que eso no encajaba demasiado con mi declaración porque se me veía triste, y yo, haciendo un esfuerzo enorme para evitar que un "y eso a usted qué le importa" saliera de mi boca, le respondí que eso era por la crisis. Quizás el darle mi número de móvil con disponibilidad  24 horas restó un ápice de credibilidad a mi anteriormente tranquila disposición.

Ahora sencillamente estoy esperando alguna noticia. Bueno, esperando y cerrando cada puerta siete veces. Creo que esto me está afectando más a mí que a Paco. Venga Jim, no digas burradas.

Últimamente María pasa cierto tiempo en casa. Quiero decir que duerme conmigo casi todas las noches. No sé muy bien el motivo, pero el otro día me dio la sensación de que estaría bien que lo hiciera, quizás para no tener que acompañarla en pelotas hasta la puerta, pero el caso es que estoy cómodo con ella. Parecen no importarle los chirridos de las puertas cada vez que las abro y las vuelvo a abrir, y así sucesivamente. Dice que le gusta que esté chalado, y creo que a mí me gusta que le guste que esté chalado. Además, follar me sienta bien. Como el famoso Vicks Vaporub, me aclara la garganta y me despeja la nariz, por no hablar del refuerzo de autoestima que supone en los encuentros (ya nada fortuitos) con mi vecino. Procuro que me vea despidiendo a María en el rellano: mirada al vecino, beso en la boca de María, mirada al vecino, izado de paquete con mano izquierda y, de nuevo, mirada al vecino. En mis noches de soledad he visto a demasiadas gordas salir de su casa como para dejar el tema impune. Después le cierro la puerta en la cara siete veces, para dejar claro que no soy un tío con quien deba mantener una conversación, y mucho menos propasarse en el ascensor con la chavala que sale de mi casa. Intuyo que el pobre tipo debe tener  pesadillas por las noches. Que se joda. 

María y yo hablamos bastante de Paco, y de cómo ella le conoció. Algo ciertamente estúpido en realidad: ella en el bar con sus amigas, él que se ofrece desde la barra para hacerles la foto de turno. Ellas que se ofenden y él que les dice que no va de sexo, que es gay (¡hay que joderse Paco!, yo vivo años contigo y me lo cuentas tarde y mal, y a esta panda de minifalderas se lo dices a la primera de cambio). A ver si va a resultar que en realidad no eres tan gay como piensas.

Hoy María se ha ido temprano y yo me he quedado babándome en su parte de la almohada. Llevo días sin ir a trabajar, supuestamente aquejado de una varicela a la que el zote de mi jefe ha dado toda la credibilidad que cabe en su corto cuello. Lo cojonudo de que te paguen en negro y ser oficialmente un parásito social es que no hay que justificar en modo alguno las faltas de asistencia. Hasta la universidad tenía más control que el negocio de la Biagra. Así, esta varicela que sólo afecta a mis testículos, los cuales me rasco con fruición, me mantiene a todas horas pendiente del devenir del asunto de Paco. Necesito que vuelva, lo necesito de verdad. La esperanza de vida es demasiado larga como para pasarla sin amigos. Puede que si Paco no da noticias en un par de semanas acabe por convertirme en una buena persona.

Las horas muertas las paso leyendo. He repescado una colección de libros para niños que me motiva bastante. Son unos enormes tomos repletos de cómics sobre novelas de Julio Verne, Alejandro Dumas y otros franceses de mal vivir. Lo bueno es que puedes conocer al dedillo el argumento de 20.000 leguas de viaje submarino (por poner un ejemplo), con sólo ojear unas veinte páginas repletas de dibujos. La parte mala es que ya jamás podré imaginar al capitán Nemo sin el estúpido jersey azul celeste de cuello vuelto con el que siempre va vestido en el tebeo. Opino que un personaje como ése debería tener una capa de cuero negro y un ojo de cristal, pero el dibujante prefirió llenar su subacuático armario de sucedáneo de cachemir  en tonos pastel. Un tío curioso el tal Nemo. Yo creo que su problema es que follaba poco.

En estas me encuentro cuando llaman a la puerta. Me levanto y en el pasillo tengo el presentimiento de que es Paco. De puta madre, pienso cuando en un ridículo momento de pudor me pongo una camiseta y el pantalón del pijama. No quiero que crea que me alegro tanto de verle que voy a recibirle con el culo en pompa.

Al abrir la puerta, me encuentro con un jadeante gigante ario con bigote que hace que desee que se conforme con una simple violación. 

- ¿Jim McGarcía?- me pregunta con la voz entrecortada. Es curioso el asco que me da mi propio nombre cuando estoy a punto de mearme encima.

- No, vive en el piso de al lado- le digo mientras intento recordar el plan de fuga por los balcones que una vez había trazado con Paco. Uno tiene que pensar en esas cosas.

- Sé que eres Jim, déjame entrar. Paco está muerto.

 

Y así es como mi vida se va definitivamente a tomar por el culo.

 

Publicado el 24 de abril de 2009 a las 10:15.

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Jim McGarcía

Jim McGarcía

Me llamo Jim McGarcía. No es un nombre fácil. Intuyo que no ha sido una infancia fácil. Lo cierto es que aún no sé cómo ha sido mi niñez pero ¿quién con un nombre así puede haber tenido una infancia fácil?

Sé que vendo Biagra por Internet. Sé que soy raro porque los demás no son como yo. Y aunque no lo sé, tengo el presentimiento de que la voy a cagar.

Me verás por aquí los viernes.

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