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Blog de Jim McGarcía

Bocados de Biagra

Algo huele a podrido en el polígono industrial

Archivado en: Jim McGarcía; Biagra; Muerto; Mourenza; Walter Queijo; Ruso; Rusa; McGarcía Senior; Paco

En episodios anteriores de Jim McGarcía...

Jim, un chico más guapo e inteligente que la media de su generación, y que trabaja como spammer de Biagra en una empresa de dudosa reputación, emprende una cruzada por encontrar a los asesinos de Paco, su compañero de piso homosexual, contra los que juró venganza (venganza contra los asesinos, no contra los homosexuales).

Haciendo alarde de una valentía sin precedentes, nuestro extraordinario protagonista mete a su jefe en la cárcel con la connivencia del agente Mourenza, corta cualquier atisbo de autoconservación al forzar la ruptura con María (su rollo indefinido y principal fuente de ingresos), y tras un golpe de suerte (y de calor), conoce a Walter Queijo, un motero apasionado de Disney que le guía por carretera hasta el psiquiátrico en el que vive la madre de Paco. Allí descubre a la fuerza que el muerto es, en realidad, su hermano.

Mientras, Boris, el malvado ruso novio de Paco, y su escultural hermana Irina, amenazan el éxito de la aventura de Jim y Walter al presentarse tras varios precedentes violentos en la puerta del psiquiátrico. Allí Walter libera su testosterona contra los hermanos, antes de llevarse a Jim en su moto hacia la casa de los rusos, donde nuestros héroes esperan encontrar información sobre un supuesto McGarcía que, en palabras del ruso, ordenó matar a Paco.

- Sí Jim, ya lo sé. Ya me lo has contado. Mira chaval, creo que deberías ir al médico, al psiquiatra. No puede ser que se te evada la olla de esa manera. Ya sólo te falta hacer pausas para bailar y cantar.

- Ya, bueno Walter. Pero ¿es así o no es así?

- Sí niño, así es como me lo cuentas siempre.

- ¿Y lo de que Paco era mi hermano? ¿También es así?

- Ya sabes lo que dicen. Una mujer sabe que el niño que nace es suyo. En cambio un hombre...

- ¿Te refieres a mi padre?

- No. Me refiero a un hombre tipo, sin entrar en particularidades. Mira, por poner un ejemplo, el caso de Disney. Nunca verás un protagonista con padre y madre. Siempre se cargan, o se han cargado previamente, a uno de los dos o a los dos. Bambi, los sobrinos del pato Donald, el niño de Los rescatadores en Cangurolandia...

- Un momento. ¿Acabas de decir, tú bíceps de acero, la palabra Cangurolandia?

- Sí.

- Vale, vale. Continúa.

- Pinocho, Blancanieves, La Bella Durmiente, La Bella de la Bestia, Tod y Toby, Aladdin, Jasmine, La Bestia de la Bella, La Sirenita...

- Lo pillo: huérfanos en Disney. Lo que pasa Walter, es que el ejemplo que pones no tiene nada que ver con lo que supuestamente ejemplifica. Das nombres de huérfanos ilustres en 2D, pero nosotros estábamos hablando de la posibilidad de que Paco sea mi hermano. 

- Viene a ser lo mismo.

- Lo que tú digas.

...

...

...

- Chaval...

- Sí Walter, viene a ser lo mismo.

- No, en serio. La foto...

Walter me enseña una foto exactamente igual que la que me dio la madre de Paco. Mi padre y su sonrisa estúpida. Tan estúpida como sería esta historia en caso de que una vez más Jim o el narrador del asunto (o sea yo) se desmarcara con alguna tontería del tipo "deja de hacer el imbécil y devuélveme la foto", o "sí Walter, ya la hemos visto treinta veces". Pero resulta que la foto no es la misma, ni por asomo, pues en ésta mi padre, además de posar de forma completamente distinta, y cambiar de peso, peinado y color de pelo, es notablemente mayor que en la anterior, y ofrece una textura más propia de la actualidad que de, incluso, el año pasado. Es una foto reciente, y por el aspecto sanote que presenta el viejo, ha debido dejar de fumar hace tiempo (supongo que debido a la distancia kilométrica que separaba el estanco de su casa, y que tantos años le está llevando recorrer). Ahí lo tienen señores, la sonrisa del triunfador, de un Ulises que se quedara follando con las sirenas, si nos ponemos finos.

- Puto cabrón de mierda...

- Venga chaval, no saques conclusiones precipitadas. Seguro que todo esto tiene una explicación más o menos razonable. Tu viejo es también el padre de Paco, y no querrás cagarte en el padre de tu difunto colega, ¿no?

- No, no me cago en su padre. Seguro que era un tipo cojonudo. El mío es el que me parece un hijo de la gran puta.

- ¿También mal con tu abuela?

- Que te jodan Walter.

- Sí, vale... Que te jodan a ti también chaval.

Sólo cuando entablo conversaciones estúpidas como ésta, echo realmente de menos a María. Sus conversaciones estúpidas eran las mejores conversaciones estúpidas del mundo. Quizás fuera la autoconciencia de su propia estupidez lo que más me gustaba de ella. O puede que no fuera nada estúpida y que yo esté en un momento de alta exigencia intelectual en mi vida. Claro que el ver a Walter jugar con una miniatura de la ardilla Chip en momento tan apropiado, debería invitarme a una nueva revisión del caso.

- Qué, ¿vas a darme la foto?

- Sí, claro, toma chaval.

- Detrás tiene un número escrito.

- ¡Cojonudo! Puede que sea una clave de algo.

- Sí Walter, creo que podemos aventurar que es la clave de algo. La clave de algo de nueve dígitos que empieza por 6.

- Bien, apliquemos la lógica deductiva. No puede ser un código postal ni un DNI, ni siquiera un teléfono fijo porque no empieza por 91...

- Sí Walter, creo que ya te sigo. ¿Un teléfono móvil, tal vez?

- Mmmmm... Sí, tal vez.

- ¿Pero que cojones te pasa Walter? Pues claro que es un teléfono móvil. De hecho, me juego mi mierda de sangre corrupta a que es el puto teléfono móvil de mi padre.

- Pues llámale, ¿no?

- Sí, claro, ¿y qué le digo? "Hola papá, soy Jim, uno de los hijos que abandonaste. Sí, el que has dejado vivo. ¿Qué si quiero que tomemos algo? Claro papá, hace mucho tiempo que sueño con esto. Recuperemos el tiempo perdido".

¡BUM!

Walter me acaba de soltar una ostia al estilo ruso, pero en plan sincero. Una interesante manera de pedir su turno de réplica.

-¿Con quien crees que estás hablando, chaval? ¿Te parece divertido todo esto? ¿Te parece que soy alguien que acepte estupideces irónicas sin más? Pues escucha lo que te voy a decir: a la próxima andanada de babosadas, te devuelvo a la cloaca en donde te encontré, en el estado en el que estarías ahora si no te hubiera encontrado. ¿Queda claro?

- Peddón. Lo fiento Wadteb. A vefef me compodto como un ibbéfid.

- Tranquilo chaval. Tienes mucha presión, no pasa nada. Dame un abrazo.

Y Walter me abraza como una gran teta enfundada en algodón negro. Una teta en la que llorar durante años, y amamantarme con pelos heavy rock altamente nutritivos. Maternal, paternal y fraternalmente asqueroso como la sodomía incestuosa que mi difunto hermano Paco ya nunca podrá proporcionarme.

Tras un rato más de alimenticio abrazo, decidimos que en la casa de los rusos no podía haber nada más de interés, objetando, eso sí, la posibilidad que por supuesto aprovechamos de mear profusamente en el cajón de la ropa interior de la rusa.

Una vez fuera, y contando con la precariedad de una planificación económica digna de un lémur, decidimos dirigirnos a la McCueva para descansar un poco y reflexionar sobre el uso del número de teléfono de la foto. Ironías neuróticas aparte, debo pensar en las consecuencias de una más que posible respuesta paterna al otro lado del teléfono, y se me antoja fundamental el encontrar una salida a cualquier posible situación a la que tenga que enfrentarme en la conversación. Paso a paso, parece que todo me lleva en dirección a la tragedia griega, a la ejecución de una venganza tan completa y justificada como no se ha visto en siglos. Envuelto como estoy en este tipo de pensamientos, no puedo dejar correr el hecho de que, aún con la tensión acumulada en las mandíbulas, siga mordiéndome la lengua cada vez que me sueltan un derechazo. Mierda de cara que tengo.

 

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Ya de noche, hogar dulce hogar. Bendito polígono de olor a palomitas de culo de iguana. Con el motor de la moto apagado, nos movemos saltando de pierna derecha a izquierda hasta llegar al lugar buscado.

- Esta es la McCueva Walter. Este garaje de ciclomotor es mi casa.

- No te puedes quejar, ¿eh?

- No Walter, no me puedo quejar.

 

Al abrir la verja, el olor nos golpea en la nariz como los anillos de la rusa en las pelotas.

 

- ¿Pero qué cojones...

- ¿Ese muerto es tuyo? ¿Es tuyo Jim? Dime que no es un colega que te dejaste encerrado.

- ¿Es un muerto? Joder Walter, ¿es un muerto?

- Sí Jim, es un muerto. Y eso que brilla en el suelo es una placa de policía.

 

Mourenza.

 

Me cago en mi puta vida.

Publicado el 6 de julio de 2010 a las 19:15.

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La situación con Gladys

Archivado en: Jim McGarcía, Gladys, Biagra, Policía

Marc vive en uno de esos adosados de las afueras de Madrid, en una urbanización de colorines de las que tienen proyecto de metro y jardines pequeños como alfombrillas del baño. A la gente que vive aquí deben de instalarle la sonrisa los propios mozos de la mudanza. Vivo en el campo, piensan atrapados en su utilitario durante kilómetros de atascos. Sonríen para no tener que pensar. Tras esta breve pausa de pensamientos  libertarios, reparo en que María me mira con expresión de "¿te vas a bajar del coche o qué?". Es cierto, ya hemos llegado: Chez Marc (no es que sea gilipollas, es que él le llama así). Nadie por aquí, nadie por allá.

- Espérame en la entrada de la urbanización, no sé si esto puede ser peligroso.

- ¿Cómo que peligroso? - me pregunta María en su línea de personaje plano. -¿Es que no venimos a visitar a un amigo tuyo? Mira Jim, tengo un límite, y tú ya estás tan lejos de él que aún no te puedes creer que siga aguantándote.

- Hazme caso, por favor. Marc tiene un perro enorme y creo que no hay nadie en casa. Cojo una cosa y salgo, pero tú espérame en la...

- En la entrada de la urbanización, sí, ya te había oído. Bueno, pues te espero fuera leyendo el Marca (eso María, tú regodéate en tus miserias). Date prisa o me voy sola y te quedas aquí.

En un gesto absurdo, levanto la cabeza antes de acercarme para llamar a la puerta. Un adosado no es Notre Dame, pero en este momento me siento igual de sobrecogido. La madreselva que actúa a modo de seto en la verja que rodea el metro cuadrado de jardín, me recuerda a algo malo pero no sabría decir a qué. Venga Jim, échale huevos, échale huevos, échale...

Meeeeeeeeeeec

Vale, se los he echado. Ya está, he pulsado el timbre.

- ¿Sí?

- ¿Gladys?

- ¿Sí?

- Hola Gladys, soy Jim, trabajo con Marc. Me ha pedido que venga a buscar una cosa para él.

- Hola Jim, pasa.

La puerta del jardín se abre y la de la casa también, pero no veo a nadie en la puerta. Odio esos gestos de descortesía. ¿Qué coño le costará recibirme en la puerta? Entro a la casa, cuya decoración prefiero no mentar aquí para no herir sensibilidades, y la voz de Gladys me recibe con un gritito de...

- En el saloooón.

El salón. Menuda puñetera mierda. La palabra salón se inventó para dar una sensación acogedora, no para llenarlo de muebles negros sin cojines, ponerle un suelo de mármol blanco y colocar una televisión de plasma rodeada por cuatro budas. Contrólate Jim. Dijiste que no ibas a hablar de la decoración. Puede, pero no dijiste nada de la decoración de Gladys: celulítico pantalón rosa de chándal, camiseta también rosa con muñeca cabezona al estilo manga y los pies sobre la mesa con unas más que consecuentes uñas pintadas de rojo pasión. Al contrario que los niños de los anuncios, yo sí sé que Gladys es negra. Como para no saberlo.

- Así que tú eres Jim McGarcía (me ahorraré el escribirlo con acento cubano. Tiene acento y punto).

- Sí, soy yo. Toda una leyenda. Voy a subir al despacho de Marc, ¿te importa?

- No, sírvete. Me dijo que vendrías. (Ni me mira. Está viendo uno de esos programas que ponen en la tele por las tardes en los que entrevistan a la gente más vulgar que encuentran. Normal que no quiera acompañarme).

Subo por las escaleras hasta el despacho. Ojalá pudiera ir con los ojos cerrados; esta casa está llena de cosas doradas. Ahí está: la mesa infame, el cajón con la llave dentro, un paquete de Fortuna, una pistola y... ¡Joder! ¡Una pistola! Por supuesto, cojo las tres cosas. Es cierto que uno se siente más importante con un arma en la mano. Debe de ser algo así como los delirios de grandeza, pero mejor.

- ¿Te dijo Marc que le llevaras la pistola a la cárcel?

¡Uf,! qué susto. Es Gladys. Si los gatillos estuvieran tan flojos como en las películas, ahora mismo los pantalones de la encantadora Gladys estarían del mismo color que sus uñas.

- No, la pistola es para guardarla en mi casa. Una cuestión de seguridad.

- Oye Jim (Gladys ronronea como un gato). ¿Crees que Marc saldrá bien de esta? Soy muy joven (ya te molaría), y no quiero quedarme sola tan pronto. Además, hay por ahí un montón de chicos guapos como tú (¿perdona?). No creo que pueda soportarlo.

- Seguro que Marc vuelve pronto- le digo sin mucha convicción. Sin duda se merecen el uno al otro: el preso y la golfa. Es casi folclore. Dentro de no mucho tiempo, en las casas españolas empezarán a poner muñecas con chándal rosa encima de la tele.

- No sé, no estoy segura. Además esos dos tíos no dejan de molestarme. Marc es muy celoso, y estoy en esta casa como en una cárcel. Es él quien está preso, no yo.

- Ya, vale. ¿Y esos tíos dónde están ahora?

- Les he mandado a comprar compresas (todo se hace cada vez más apetecible). Tenemos toda la casa para nosotros.

No, no me toques con el dedo en el brazo. No te acerques a mí. Deja de lamerme la oreja. (Debería probar a decir esto en voz alta, para variar).

- Déjame tía. No me gustas. Quiero decir que tengo novia y eso.

- ¿Cómo? ¿No te apetece follar un poquito?

- No, ni siquiera la puntita. Nada. Siento decírtelo, pero no estás buena.

- ¡AAAAAAAHHHH!- grita la cubana agarrándome del pelo y arañándome la cara. Será hija de puta...

- ¡Suéltame zorrón!

- ¡ÑÑÑÑÑÑAAAAAAAA!

- ¡Que me sueltes joder!

¡BAM! ¡CRASH!

Me cago en... ¿Acabo de pegarle un tiro a Gladys? No, es sólo el cristal de la habitación. ¿Y entonces por qué coño está tirada en el suelo con una teta fuera? Al agacharme sobre ella compruebo que aún respira y que no sangra, al menos en las partes visibles, que son muchas. Debe de haberse desmayado con el susto. Pobrecilla, después de todo, sólo quería un poco de compañía. No puedo culparle por querer acostarse conmigo. Es humana.

Un momento, acaba de llegar un coche.

¡SOCORROOOOOOOOO! Mierda, Gladys se ha repuesto. Tengo que irme de aquí antes de que la patrulla pro-castidad y anti-menstruación me descubra de esta guisa. Mientras le meto a Gladys el paquete de Fortuna en la boca para que deje de gritar, me doy cuenta de que los tipos ya han entrado en la casa. A ver..., detrás de las cortinas no es una opción. No hay cortinas, ni muebles, ni nada. Pues por la ventana Jim. Aprovechando que el cristal está roto por el disparo, pongo en práctica mi plan de fuga por la ventana de la casa de Marc. Insisto, todo el mundo debe tener en todo momento un buen plan de fuga. Salto por la ventana hasta la buganvilla del jardincito. Me tiro abajo y me rompo el culo contra el suelo. Ahí vuelven esos cabrones. Podríamos llegar a un acuerdo, sólo obedezco órdenes de Marc. No he hecho nada que no pueda explicar.

- ¡Matad a ese cabrón! ¡Lo quiero muerto!

Coño Gladys, qué decepción. Con lo que tú y yo hemos sido... Basta Jim, levántate. Pies para qué os quiero. ¡A correr! Sólo espero que María no se haya ido ya. No, ya la veo. ¡Pon el coche en marcha! ¡Nos vamos! Bien, María arranca. ¡Abre la puta ventanilla!

¡BAM!

Por lo poco que puedo ver de la cara de María desde aquí, sé que eso ha sido un disparo. Si al menos pudiera dejar de pensar en no pisar las rayas del suelo... Desde que vi En busca del Arca Perdida, siempre he querido escapar corriendo de los indios. Espero que María no haya dejado una serpiente a los pies del copiloto.

¡Ya!, un saltito, la cabeza contra el Marca que está encima del asiento, y las ruedas crujiendo con mis piernas por fuera del coche.

 

- ¿Me quieres explicar por qué cojones esos dos y la negra te perseguían tirando piedras?

 

- ¿Piedras? Joder, menos mal, pensé que eran disparos- le digo acomodándome dentro del coche y ya lejos del peligro.

 

- ¿Disparos? ¿Cómo que disparos?

 

- Nada, ya sabes que me flipo (la pistola de Marc aún está caliente en el bolsillo de mi chaqueta, pero eso ella no lo sabe). - Bueno qué, ¿viene o no viene Kaká? -

 

...

 

 Después de un par de explicaciones de la situación un tanto aligeradas, me encuentro en el polígono industrial entre el coche de María y una verja. Meto la llave en la cerradura como quien ve a los reyes magos y... ahí lo tenemos. Suficiente Biagra como para enchironar a Marc hasta que aprenda a hacer guitarras artesanales de doce cuerdas y le suelten por buen comportamiento.

- Anda María, ayúdame a cargar el coche con todas las cajas que la seguridad vial nos permita, yo tengo que hacer una llamada.

- No soy tu mozo de carga. (Evito establecer comparaciones de las que me pueda arrepentir y me limito a susurrarle al oído mi mejor "por favor ").

- ¿Oiga? ¿Policía? Páseme con el agente Mourenza. Creo que lo que le voy a contar le interesará bastante.

Publicado el 5 de junio de 2009 a las 11:15.

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Metadona y Kryptonita

Archivado en: Jim Mcgarcía, Kryptonita, Metadona, Jefe, Biagra

Me encuentro fenomenal. Las muertes cercanas son menos dolorosas con la barriga llena, y esta es una lección vital que espero que me quede grabada para siempre. Hay un límite de escabeche que un humano puede ingerir, y por el tono anaranjado de la encimera de la cocina, me temo que ya empezaba a acercarme demasiado a la sobredosis. Sólo espero que no se trate de una sustancia adictiva y no tenga que verme a mí mismo desnudo, sollozante y balanceándome frente a María intentando que me chute un poco de escabeche en vena. Por un momento, llegué a imaginarme colocándome con aceite de oliva virgen extra, la metadona de las conservas, la Kryptonita del pescado fresco. Para resumir un poco, la situación es la siguiente:

- María se ha mudado a mi casa movida por la compasión. Poderoso sentimiento este. Sin duda, es mucho más fiable que el amor.

- Ella tiene un sueldo bastante digno como secretaria de un jerifalte de una multinacional. Un curro que, bien visto, puede resultar incluso motivador sexualmente hablando. Lo mejor es que ese sueldo (y algunos ahorrillos que asegura que tiene, aunque de esto no estoy muy seguro y puede que sea sólo un argumento más para llevarme a la cama) nos permitirá sobrevivir dignamente durante un par de meses. Por el momento, no tendremos que compartir las jeringuillas de escabeche, lo que es todo un consuelo. Además, estoy cumpliendo con el sueño del varón español medio: me pagan por follar.

- La policía sigue presionándome para que cante con amenazas de todo tipo. La verdad es que si tuviera algo más que cantar, lo haría, pero ni sé que decir sobre mi jefe ni pienso pringar más la memoria de Paco entregándoles la lista. Nunca tengo nada demasiado claro, pero que el asunto de Paco es cosa mía lo tengo cristalino. Nadie jode a Clint sin que Clint les joda primero. En este caso, Clint tendrá que joderles después.

- He acabado con "Los tres mosqueteros". Me ha parecido un coñazo inhumano. El único personaje con el que podría (o me gustaría) identificarme es Aramis, un tipo que, aunque tiene nombre de mujer, liga mogollón y se le da bien la espada, valga la redundancia. Como siempre, hay un aspecto negativo en Aramis: es un cura. Qué bien se lo montan los tíos.

Ahora estoy con El conde de Montecristo. Lo he elegido con toda la intención, pues parece ser que habla de la venganza perfecta y yo necesito cantidad de ideas en este sentido. Sé que ésta es una planificación de lo más lamentable, sobre todo teniendo en cuenta que en la vida real del S. XXI (hay que ver qué raro se ve este siglo escrito en números romanos) dista mucho de la del siglo... el que sea, y que los planes que tengo son suficientemente serios como para recoger inspiración de un cómic, pero bueno, todo ayuda. Hay un detalle que me preocupa en lo que se refiere al conde: el tipo tenía pasta, yo no. María sí tiene, pero no la suficiente como para vivir y vengarme al mismo tiempo. Quizás esta idea que tengo en la cabeza, desposeída en este momento de Clint Eastwood por culpa del John Goodman que ahora se ha adueñado de mi estómago, no sea más que una fiebre pasajera, una reacción natural a la pérdida, a una crisis existencial, a tanto dolor, al sufrimiento de mi único amigo, a... No, tengo que vengarme. Está decidido. Es sólo que necesito un poco de frialdad en sesos y pelotas para afrontar esta tarea. En unos días, cuando haya normalizado mi situación nutricional, podré, por fin, comenzar con el asunto. La fecha y el lugar del inicio están claros: la semana que viene visitaré el piano bar. Hay por ahí un descuartizador feliz que ignora el poco tiempo que le queda para sonreír.

Hacer este tipo de croquis enumerativos es de gran ayuda para mí. En mis reuniones conmigo mismo, me gusta tener claro el orden del día. Me levanto, elaboro el planning, inserto un par de rutinas numéricas por el medio, tres comiditas y a dormir con la sensación del trabajo bien hecho.

Tirititii tirititiiiii tiriti ti tiiiiiiiiiiiiiii. El móvil. Antes de contestar pienso que es muy curioso que nadie me llame nunca al móvil, ahora que no trabajo. Con el tiempo libre, no necesariamente aumenta la vida social de las personas.

- ¿Sí?

- ¿Jim? Hola soy Marc (mi jefe). Te llamo desde la cárcel (¡ups!). Oye chaval, tienes que ayudarme. Supongo que ya sabrás que estoy de mierda hasta el cuello (ya lo estabas antes, lo que pasa es que la tapabas con los cuellos de tus estúpidas camisas). Necesito que me hagas un favor (vale, descartado que sepa que el chivato soy yo). La policía me está apretando las tuercas para sacarme dónde está la mercancía.

- ¡Qué me dices! (vale Jim, tranquilo, no tientes a la suerte).

- Como lo oyes. Vete a mi casa, ya sabes dónde es. La cubanita que me he echado estará allí seguro, preguntándose dónde coño me he metido. Dile que estoy bien, y dile que tengo un par de chicos vigilando la casa, ella lo entenderá (vaya, resulta increíble que vaya a ser capaz de descifrar ese código. Puto genio...).

- Vale: casa, cubanita, chicos (el plan promete).

- Hay algo más. Sólo puedo confiar en ti. Sube a mi despacho y coge una llave dorada del primer cajón de la mesa de caoba (el muy imbécil sólo tiene una mesa en el despacho, pero como a todos los de su calaña, le encanta fardar). Es la llave del almacén. Tienes que ir a la calle xxxxxx, está en el polígono industrial xxxxxxxxx. Necesito que cojas todo de forma discreta y que lo destruyas, ¿me oyes? Dile a tu compañero de piso que te eche una mano (eso ha dolido). Sabes que pago bien (¿ah sí?). Ya sé que no siempre he sido un jefe ideal, pero te eché un cable cuando lo necesitabas. Siempre he sido un buen amigo (pero qué poca vergüenza). Hazlo Jim, y no tendrás que preocuparte por nada. Por cierto, como se te ocurra sacar la colita de paseo con Gladys, te la corto. Tengo que colgar. Volveré a llamarte la semana que viene.

- Adiós Marc. Cuidate mucho y recuerda que el jabón resbala.

¡Bingo! Así se las ponían a Alfonso XII. ¿Cómo puede pensar ese imbécil que le tengo el cariño suficiente como para no dejarle con el culo al aire? ¿Cómo no se da cuenta de que si está donde está es porque yo le he delatado? ¿Cómo puede pensar que la tal Gladys no está ahora mismo saltando desnuda sobre los pajaritos de sus dos chicos? Está claro que si las cucarachas sobreviven, no es precisamente gracias a su inteligencia superior.

Con pastillitas azules en mis manos, me río yo de la kryptonita. Cuidado Madrid: Jim McGarcía vuelve al negocio.

Publicado el 29 de mayo de 2009 a las 20:00.

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Jim McGarcía

Jim McGarcía

Me llamo Jim McGarcía. No es un nombre fácil. Intuyo que no ha sido una infancia fácil. Lo cierto es que aún no sé cómo ha sido mi niñez pero ¿quién con un nombre así puede haber tenido una infancia fácil?

Sé que vendo Biagra por Internet. Sé que soy raro porque los demás no son como yo. Y aunque no lo sé, tengo el presentimiento de que la voy a cagar.

Me verás por aquí los viernes.

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