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Blog de Luisgé Martín

El infierno son los otros

Interludio manchego: El fascismo era esto

Archivado en: Cospedal, Fascismo, Novecento, José Antonio Primo de Rivera

Le tomo prestadas unas palabras a mi amigo José Andrés Torres Mora para arrancar este post: "Hoy España lleva una vida chata, desfallecida, sin entusiasmos, encerrada entre dos capas que la asfixian y comprimen. Por arriba, le han quitado toda ambición de poder y de gloria; por abajo, todo justo afán de mejoramiento para sus gentes humildes. Ambas cosas provienen de que hemos dejado de ser una fuerte unidad para convertirnos en toda clase de divisiones, con ventaja de políticos y de la farsa parlamentaria. De esos políticos que, salidos muchos de vuestras mismas gentes y de estos mismos pueblos, apenas consiguen su acta de diputados no vuelven a ellos, si no es para deslumbraros con su bienestar y riqueza, adquiridos con el esfuerzo de vuestros votos. De ese Parlamento donde no preocupa en absoluto la vida de España, sino las menudas pasioncillas, donde transcurren sesiones enteras ventilándose rencillas de partido o personas, y donde pasan inadvertidos y de cualquier forma los proyectos y planes más vitales para España".

No son palabras de Torres Mora, por supuesto, sino de José Antonio Primo de Rivera. Se las tomo prestadas porque las empleó él hace poco en un magnífico artículo para denunciar, con pruebas retóricas en la mano, las semejanzas entre el fascismo más paradigmático y el estado de opinión que estamos viviendo ahora en España. MuchoCospedals tienden a pensar, como dice Torres Mora, que al fascismo le daban cuerpo una serie de señores feos y malencarados como Donald Sutherland que iban reventando gatos con la cabeza para ejemplificar lo que había que hacer con los comunistas. Pero la realidad, que no suele estar dirigida por Bernardo Bertolucci, fue mucho más vulgar. Más mediocre, más de andar por casa. Eran señores como José Antonio, bien vestidos, de buena planta y repeinados con gomina, haciendo discursos parecidos a este de más arriba ante ciudadanos corrientes ("buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan").

Dolores de Cospedal es como José Antonio. Después de haber desmontado todo lo que ha podido desmontar (por la "herencia recibida", eso sí), ahora quiere desmontar el parlamento. Quiere reducir los diputados manchegos a la mitad, lo que implica reducir la representatividad a la mitad y laminar los matices. Y quiere, además, que no cobren sueldo. De ese modo podrán dedicarse a la política los que ya son ricos de familia y no necesitan buscar lentejas en ninguna parte. Y de ese modo podrán ocuparse más desnudamente de defender intereses particulares, de deshacer los espacios públicos, de privatizar todo lo que dé dinero y de disolver en aguarrás lo demás. Al fin y al cabo, lo que sostienen Dolores de Cospedal, Esperanza Aguirre, Mariano Rajoy y Angela Merkel es que los únicos que pueden salvar a los pobres son los ricos, o sea que ese es el camino correcto: los parlamentos aristocráticos.

Acabar con la política es acabar con la democracia. Con la buena o con la mala democracia. Acabar con la política es abrirle las puertas al fascismo. Sin reventar gatos con la cabeza, sin encarcelar a nadie por sus ideas (aunque todo se acaba andando), sin poner bombas. Acabar con la política es dejar que todo lo que trata de mejorarnos colectivamente se quede en suspensión de pagos.

Ayer, precisamente en Castilla-La Mancha, en Los Yébenes, un grupo de vecinos se tomó la molestia de ir al pleno para gritarle a Olvido Hormigos que era una puta y una zorra por haber grabado un vídeo privado erótico. Ojalá la sociedad civil española (y la manchega en particular) se articulara para otras cosas más provechosas: para proyectos vecinales, para el desarrollo cultural, para combatir la estafa social que vivimos o (también) para denunciar organizadamente a los políticos corruptos que hay. Pero no. La sociedad civil española, fiel a una tradición nacional milenaria, se articula para ejercicios de Inquisición y de puritanismo hipócrita. Para llamar puta a una vecina.

Es verdad que durante mucho tiempo hemos abusado de las palabras "facha" y "fascismo" para designar cualquier comportamiento salido de tono y cualquier gesto de intolerancia reaccionaria, y ese abuso les ha hecho perder valor. Ahora, sin embargo, está llegando el fascismo de verdad, el de la Historia, el de los políticos que, como José Antonio, llaman política (abominable palabra) a lo que hacen sus enemigos y salvación a lo que hacen ellos.

 

Publicado el 7 de septiembre de 2012 a las 18:45.

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Haikus japoneses IV: Los superjobs

Archivado en: Japón, Trabajo, Mercado laboral

La vida de un turista es muy limitada. Usa los transportes, visita las atracciones turísticas de todo tipo (no sólo monumentos), hace compras y come en restaurantes. No va a fábricas ni visita las escuelas. No entra en oficinas. Por eso es imposible llevarse una visión cabal de algunos aspectos del país, salvo, como siempre, preguntando o leyendo, cosa que se podría hacer sin viajar.

Con estas limitaciones preventivas, debo decir que resulta llamativa la estructura laboral de Japón. Recuerdan ese modelo soviético en el que al pie de cada escalera mecánica del metro había una garita con una empleada cuya única misión era vigilar y avisar si se estropeaba.
Uno tiene la idea de que Japón usa poca mano de obraMercado y de que la productividad es muy amplia. Sin embargo, las áreas que quedan a la vista del turista desmienten esto. En cada andén de ferrocarril hay varios ferroviarios con sus banderines y sus libretas. En el metro, a pesar de la mecanización, existen abundantes empleados que vigilan, revisan y pasean. En los autobuses hay conductores y a veces cobradores. En cualquier obra callejera hay cuatro alrededor de un hoyo. En los restaurantes, en los comercios, hay en ocasiones más dependientes que clientes.

¿No dicen que las sociedades ricas deben ir abandonando la mano de obra? ¿Por qué Japón es rico? ¿Cómo se puede rentabilizar toda esa mano de obra que, además, tiene sueldos decentes? Japón es así.

Publicado el 6 de septiembre de 2012 a las 18:00.

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Haikus japoneses III: Tokio

Archivado en: Tokio, Nueva York, Capital del mundo

Tokio

Tengo un amigo que dice que la ciudad del futuro es Tokio. Que, a su lado, Nueva York es una ciudad paleta. Es evidente que las ciudades, como los colores, se inventaron para los gustos. Y es evidente que hay un segmento de los viajeros que tienen un gen oriental y que encuentran fascinación en todo lo que tenga ojos rasgados.

A mí Tokio me ha parecido una ciudad innecesaria. Es fea como un barrio vulgar de cualquier ciudad occidental. Como Moratalaz, por ejemplo. Tiene rascacielos que le dan algo de color y una vida en algunas zonas que no tiene Moratalaz, claro está. Tiene avenidas con un bullicio abigarrado, como corresponde a la ciudad más poblada del mundo. Tiene un buen número de frikis y de actividades extravagantes, como los coffee girls o esos antros claustrofóbicos en los que se reúnen hombres (sólo hombres) a beber y a hablar de un tema. Tiene una extensión devastadora. Y tiene, por supuesto, rincones hermosos. SamuraiPero más allá de eso -que sí es poco-, no levanta el vuelo. Compararla con Nueva York es, simplemente, disparatado. ¿Dónde está el sky line de Manhattan? ¿Dónde están el Empire o el Chrysler tokiotas? ¿Dónde el Metropolitan o el MOMA? Ni siquiera los neones, tan recurrentes en algunas avenidas de Tokio, tienen nada que hacer junto a Times Square.

Pero lo importante es el alma. Tokio es cualquier cosa menos una ciudad de aroma internacional. Nunca podrá ser la capital del mundo porque es más japonesa que el Monte Fuji. No es cruce de nada, no es punto de encuentro, no hay tendencias que exporte (salvo el manga y sus derivados). Es simplemente una ciudad grande. Enorme.

Si hubiera que apostar por una capital del mundo en Oriente que tomara el relevo de Nueva York (cosa que no ocurrirá, o que al menos yo no veré ni siendo longevo), yo apostaría por Shangai. Al menos tiene una personalidad propia, misteriosa, que Tokio ni siquiera sueña.

 

Publicado el 2 de septiembre de 2012 a las 18:45.

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Haikus japoneses II: Las mujeres y el amor

Archivado en: Japón, Mujeres, Relaciones de Pareja

Máscaras

Quizá Japón sea el único ejemplo de sociedad moderna, económicamente avanzada, en el que el machismo campea por sus fueros tan desvergonzadamente. Conocimos a una mujer de mediana edad que trabajaba sólo dos días por semana porque a su marido no le gustaba que lo hiciera. No tienen hijos, de modo que ni siquiera existe el reparto de tareas tradicionales. Los fines de semana, él, amante de los trenes y de viajar, se levanta, avisa de cuándo volverá y se va.

Yurico, en cambio, es española de padre japonés. Se fue hace cuatro años a vivir a Tokyo. Sus rasgos son perfectamente japoneses. Cuando hace unos años alquiló un piso, discutió con el arrendador. A raíz de algún desacuerdo menor, ella hizo valer sus derechos y levantó un poco la voz en la disputa, como la habría levantado cualquier española medianamente asertiva. El arrendador, entonces, la detuvo y le dijo: "Por favor, sea usted un poco más japonesa".

Es Yurico quien me cuenta que el amor, en Japón, es como una empresa. Ella es psicóloga y hace terapia de parejas, o algo parecido. El amor, en aquel lejano oriente, es sólo un pequeño ingrediente, un estímulo secundario, que, además, se sabe que tiene fecha de caducidad. Los novios acuerdan casarse porque creen que juntos les va a ir mejor en la vida, porque complementan sus fuerzas o sus capacidades. Y el vínculo que se establece es parecido al que uno establece con su empresa (sobre todo en ese país, donde la fidelidad laboral es casi inextinguible). Por eso ese "compartir la vida", tal como lo entendemos nosotros, no tiene sentido. Cuando se agota el amor romántico (como cuando se agota la vocación profesional), uno sigue en la brecha. Poniendo la distancia que sea pertinente. No hay por qué pasar tiempo juntos, no hay por qué viajar juntos, no hay por qué compartir gustos o aficiones: lo que se comparte es un sentido mayor. Lo explico mal porque lo entiendo mal. Pero así es Japón.

 

 

Publicado el 31 de agosto de 2012 a las 19:00.

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Haikus japoneses I: El Mundo del Futuro

Archivado en: Japón, Tecnología, Progreso

TokioEn Japón todos los cuartos de baño tienen un retrete tecnológico, con un descargador de agua que te dispara agua tibia para lavarte las partes íntimas o con un termostato que regula a voluntad la temperatura del asiento para que las nalgas no se enfríen; pero es difícil encontrar un grifo con monomando. El Japón todo el mundo tiene teléfono móvil y lo usa para hablar, leer, consultar internet o ver la televisión, pero los modelos hegemónicos, con tapa, pantalla pequeña y desprovistos de cualquier tactilidad, parecen provenir del siglo pasado. En Japón el consumo es una de las tareas preferidas en el tiempo de ocio, pero en muchas tiendas o restaurantes no se puede pagar con tarjeta de crédito. En Japón inventaron el tren de alta velocidad (el tren bala), pero ahora esos trenes son AVES en versión descuidada. En Japón el gasto energético es extremado, pero los cables de alta tensión lucen por las calles, colgados de los postes y entrelazados con retorcimientos imposibles. En Japón todo está informatizado, pero en los puestos de información de los ferrocarriles los empleados usan todavía gruesas guías de timetables desgastadas.

Publicado el 26 de agosto de 2012 a las 18:00.

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Los palillos de Oriente

Archivado en: Japón, Cubiertos, Palillos, Etnocentrismo

Me voy de vacaciones a Japón para no reconocer nada de lo que veo: calles distintas, idioma incomprensible, rótulos ilegibles, comida diferente... Necesito olvidarme de Occidente y en concreto de España. Lamento, en este momento, la invención de Internet, porque por su culpa seguiré teniendo noticias regulares de Rajoy y de Cristóbal Montoro. Pero la felicidad perfecta, como sé hace tiempo, no existe.

Para preparar este viaje estoy leyendo libros japoneses, historia japonesa y guías de Japón. Uno de esos libros (un clásico) es Elogio de la sombra, de Tanizaki, que da vueltas una vez más al asunto del etnocentrismo y de las influencias de unas culturas sobre otras. Todo esto me coincide preparando un proyecto editorial de un exministro (del PP) que hablará justamente de los nuevos rumbos que tiene el mundo y del desplazamiento del centro de gravedad hacia Oriente.

Palillos

En esta tesitura, acomplejado como siempre por mi mirada etnocéntrica y por mi soberbia occidental, he caído en el error melancólico de creer, con convencimiento casi ontológico, que los cubiertos son mejores que los palillos. ¿Qué quiere decir "mejores"? Más cómodos, más versátiles, más limpios, más ambiciosos.

No sólo me manejo bien con los palillos sino que me divierte comer con ellos (ocasionalmente, claro). Hago esta advertencia para que nadie piense que lo que me mueve es el resentimiento del torpe, que, como la zorra con las uvas, abomina de todo aquello que no puede dominar. No es el caso. Y sin embargo, por más vueltas que le doy, por más humildad occidental que trato de poner en mi juicio, no consigo desprenderme de la idea de que los cubiertos son tecnológicamente superiores, desarrollos avanzados que permiten cumplir más eficazmente la misión para la que fueron creados.

Hay una cosa cierta e indiscutible: lo importante no es la eficacia, como tantas veces defiendo, sino la justicia o la felicidad. Por eso la tecnología, que a veces nos hace la vida más fácil -trinchar un filete en la mesa, sujetar un puñado de guisantes o apurar un cuenco de arroz sin llevárnoslo a la boca, por ejemplo-, no nos concede per se lo verdaderamente sustancial: una comida exquisita. Que se lo digan, sin ir más lejos, a los británicos, cuna de Occidente y poseedores de cuberterías paradigmáticas.

 

 

Publicado el 30 de julio de 2012 a las 18:30.

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Los chivos expiatorios

Archivado en: Embajadas autonómicas, Crisis, Manipulación

Se ha puesto de moda disparar contra algunas cosas (contra muchas cosas) para exorcizar los males que nos rodean. Hay que buscar culpables, pimpampums, monos de feria a los que derribar. Las consignas, como en el mejor fascismo, se repiten mecánicamente sin la más mínima reflexión ni el menos análisis. Es verdad que la mayoría de estos sofismas los ha introducido la derecha neoliberal, que es quien tiene casi todas las barracas en el parque de atracciones, pero los corifeos no tienen muchas diferencias ideológicas. Si se pregunta hoy a un falangista, a un democratacristiano, a un socialdemócrata y a un maoísta por las embajadas autonómicas, todos comenzarán a echar por la boca sapos con más o menos verrugas. Ni un instante para la cavilación o el estudio.

Vaya por delante que no tengo datos contables ni numéricos, por lo que es posible que mis valoraciones sean relativas. Pero no conozco a nadie que haya puesto esos datos contables y numéricos sobre la mesa para argumentar. Las embajadas autonómicas son oficinas que las Comunidades Autónomas han abierto por todo el mundo. Sobre todo Cataluña y el País Vasco, lo que las convierte en elementos altamente sospechosos. Lo que se ha transmitido a la opinión pública es que esas oficinas son chiringuitos de alto copete para colgar la bandera, hacer folletos en catalán o euskera y organizar convites con ministros y autoridades de los países de destino.

Algo de eso habrá, no digo yo que no (como en todas las embajadas, dicho sea de paso), pero lo cierto es que esas oficinas tienen fundamentalmente un sentido comercial. Es decir, pretenden abrir mercados, poner en contacto a empresarios de la comunidad correspondiente con las redes del país en el que estén ubicadas, facilitar exportaciones o intercambios mercantiles. Es decir, serían, por definición, oficinas plenamente rentables, porque gracias a ellas se abriría el mundo al fuet, al txacolí e incluso al salmorejo cordobés.

¿Pueden hacer esa tarea las embajadas del Reino de España? Sin duda, pero a costa probablemente de ampliar su personal, de modo que lo comido por lo servido. ¿Cuál es la ventaja de que el chiringuito sea autonómico y no nacional? La misma de todas las descentralizaciones: mayor cercanía, mayor conocimiento de la realidad y mayor vínculo emocional, lo que, si nada está pervertido, aumenta la eficacia de la gestión.

No me cabe duda de que, como en otros asuntos, se han producido adulteraciones y desenfrenos, pero habría que denunciar esas adulteraciones, y no el sistema en su totalidad. A mí hace ya años que me abruman y me irritan las perpetuas reivindicaciones de los nacionalismos catalán y vasco y el folclore jurídico que se gastan, pero al César lo que es del César.

Lo más desolador de todo esto es ese campo franco que se ha abierto para la necedad. "Esa España inferior que ora y embiste, cuando se digna usar la cabeza" ha resucitado más briosa que nunca. Nunca hemos sido un país que destacara por su propensión al pensamiento, pero al menos durante algunos periodos nos ha dado vergüenza que fuera así y hemos tratado de disimularlo.

Y como addenda: esta y otras falacias que se difunden van en la misma dirección de desacreditar lo público. Se sigue insistiendo en transmitir que los males de España están en la deuda pública (nacional o autonómica) y en el despilfarro. Por cada vez que se diga, habrá que repetir dos veces que es mentira, que el problema de España lo ha creado la deuda privada: la de las familias, estimulada por la banca para librar crédito, y la corporativa, la de las empresas que compraron y compraron sin mesura.

Publicado el 25 de julio de 2012 a las 22:45.

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Qué jóvenes éramos

Archivado en: Crisis, España, Transición, desamor

Yo he conocido parejas que después de diez, veinte o treinta años de amor y convivencia más o menos feliz -con lo que esto quiera decir: no hay diez años de felicidad ni de enamoramiento- han llegado a la ruptura, y que en ese momento, coléricos o desencantados, han abominado de todo. Han dicho encendidamente: "Ha sido todo mentira, todo una ilusión, todo un fuego de artificio que no tenía sustento. He estado engañado diez, veinte, treinta años, he estado viendo lo que no era real, la luminiscencia de una estrella inexistente".

Cuando vemos a parejas así nos parecen lamentables, aunque los queramos. Sabemos que deliran, que están arruinando lo único que pueden conservar: un amor que existió realmente, que tuvo su sustancia y que dio, durante muchos años, sus frutos verdaderos: noches inolvidables, viajes irrepetibles, una madurez emocional particular, quizás hijos... Nos dan ganas -yo a veces lo he hecho, metafóricamente- de abofetearlos y de recordarles que están drogados por el rencor, por la desesperanza o por cualquiera de los efectos narcóticos de la vida, y que justamente en ese estado no deben dar opiniones contundentes.

Algo así nos está empezando a pasar como sociedad y como país. Ahora todo, según se oye, es una cloaca y un sumidero. La Transición fue una gran mentira y un error tremendo. La Movida no existió. La modernización ideológica y social de España no tuvo nunca lugar. El Rey es igual que Franco. La verdadera literatura es la que se hacía durante el franquismo. Y todos los políticos, desde Suárez hasta Cayo Lara, son unos farsantes.

Hay algo de todo eso que se convierte en profecía autocumplida o en análisis autodemostrado en el propio acto de la enunciación (lo que debe de ser una figura retórica de cuyo nombre no me acuerdo): si decimos esto es que un poco imbéciles seguimos siendo y que la historia, en efecto, no ha hecho el lavado generacional que tenía que haber hecho.

Pero no es verdad. Nada de todo eso es verdad. Es muy duro que te dejen después de diez o veinte años, es difícil entender que esa mujer con la que pasaste tantas noches y con la que viviste tantos sueños se haya convertido en una extraña con la que no tienes nada en común, pero aquellos días existieron, y, lo que es más importante, dejaron en ti una huella que no se puede borrar. El amor fue real, y la metamorfosis que produjo en los que lo vivieron también lo fue. Tenemos muchas cosas de las que quejarnos, muchas barricadas que levantar y muchas miserias que lamentar, pero no deshagamos la memoria. La autocompasión es provechosa para sobrevivir, pero no es sana. Es, de hecho, una enfermedad mental.

 

Publicado el 23 de julio de 2012 a las 23:30.

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Los mercados tienen razón

Archivado en: Mercados, Recortes

Los mercados están llenos de especuladores, de gente que utiliza las debilidades ajenas para enriquecerse. En realidad no es que los mercados tengan a veces la perversión de especular, sino que es su trabajo. Buscan grietas y, como los jugadores, las aprovechan en su propio beneficio. Los mercados, por lo tanto, son sólo ese rostro enmascarado del capitalismo en el que vivimos: un capitalismo en el que la economía productiva es sólo una referencia lejana, difusa, pretextual. Las riquezas se pueden hacer a la antigua, como Amancio Ortega, o a la moderna, especulando. Aún más: las riquezas se pueden empezar a la antigua, pero siempre se rematan a la moderna.

Dicho todo esto, la verdad es que los mercados no son tontos ni estrictamente malvados. Digamos que su máscara no es la de Darth Vader. Son egoístas y despiadados, pero no sádicos ni necios. "Los mercados son insaciables", se dice después de que tras tantos recortes no haya mejorías en sus valoraciones y la prima de riesgo siga subiendo. "Los mercados desconfían de España pese al gran recorte", titulaba hoy El País.

¿Todavía no nos hemos dado cuenta de que los mercados desconfían de España por el gran recorte, y no pese a él? ¿Todavía hay que seguir explicando que lo que los mercados quieren -especulaciones al margen- es un crecimiento sólido, una economía en la que se cree empleo y se generen ingresos?

Desde 2010 se ha seguido el modelo de alimentar a los mercados como si fueran tiburones hambrientos. Dan una dentellada, recortamos 10.000 millones. Dan otra dentellada, 30.000 más. Siguen voraces: 70.000. Y todavía no nos damos cuenta de que no son dentelladas, sino los calambres de la anorexia. Los temblores que le van entrando al cuerpo cuando lo ven todo negro. Hasta mayo de 2010 la prima de riesgo estaba tranquila. A medida que se retiraron los estímulos a la economía productiva y se adelgazó la capacidad de consumo de los ciudadanos, la prima empezó a temblar. ¿Con qué va a pagar sus deudas un país empobrecido? ¿Con qué va a pagar un país en el que nadie trabaja y el paro crece en vez de menguar? ¿Con qué va a pagar un país que cada vez tendrá menos ingresos dado que el consumo se retrae, los sueldos bajan o desaparecen y las empresas cierran?

Los mercados, egoístas, no son imbéciles. Lo que quieren es crecimiento, no recortes. Los recortes son lo contrario al crecimiento. Si les quitas a los funcionarios 1.000 millones (o los que sean) que se iban a gastar en regalos de navidad y en turrón, a lo mejor te crees que te has ahorrado 1.000 millones, pero eso es que no sabes muy bien cómo funciona la rueda de la economía. Los mercados sí, lo saben bien. Por eso no se quejan del famoso e inexistente despilfarro de Zapatero (el único presidente que encadenó tres ejercicios con superavit, por cierto), ni de la desconfianza que inspira uno u otro gobierno por la belleza de sus ministros. Se quejan únicamente de la política económica necia, abstrusa y disparatada que se está desarrollando en Europa -y en España- desde la primavera de 2010. De la política que siempre defendió Mariano Rajoy.

 

Publicado el 16 de julio de 2012 a las 21:15.

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El precio de las gominolas

Archivado en: Rajoy, Recortes, Oposición

Hace algo más de dos años, una gominola costaba 10 céntimos, lo mismo que una barrita de regaliz o un caramelo de menta grande. Zapatero, de golpe, la subió 0'17 céntimos. Sin discriminar en absoluto si el niño que la consumía era de clase alta, de clase media o de clase baja. Un verdadero zarpazo a las economías infantiles que, con pagas semanales exiguas, como todo el mundo conoce, apenas tenían margen para incrementar su gasto. Rajoy en aquel momento lo denunció enfáticamente. Inspirado por un niño-militante de unos ocho años que había asistido a uno de sus mítines, reprochó al Gobierno la salvaje injusticia social que aquella subida de las chuches iba a tener en el bienestar de los españoles.

Ahora su Gobierno encarece esa gominola otros 0'25 céntimos. Un cincuenta por ciento más que el Gobierno anterior. Pero sobre todo -y no es dato desdeñable- sobre el incremento del Gobierno anterior, que pese a quien pese también era de España. La industria de las chuches sufrirá sin duda una crisis sin precedentes, un desplome de sus ventas. Y, detrás de ella, las industrias primarias del azúcar, de la recogida de regaliz y otras semejantes.

No tiene mucho sentido preguntarse, en términos económicos, si esta subida brutal era necesaria. Supongamos, teóricamente, que lo era, y que el Gobierno de Rajoy, por lo tanto, ha hecho ahora lo que debía. Será entonces tiempo de pedirles cuentas por toda la demagogia y todo el populismo incendiario que han empleado en los últimos años de oposición. Todas las mentiras que dijeron, todas las campañas destructoras en las que se embarcaron -ahí queda la imagen de Esperanza Aguirre recogiendo firmas en contra de la subida del IVA- y todas las estupideces que vocearon les perseguirán. Los vídeos en los que se ve a Montoro, a Cospedal, a Sáenz de Santamaría o al propio Rajoy diciendo disparates sobre el IVA producen hoy incluso ternura: no se puede ser más zoquete ni tener menos dignidad.

El PP es un partido conservador cuya ideología me desagrada. Apuestan por un modelo de sociedad que no es el que me gusta. Un modelo en el que lo público no existe o no está bien visto, en el que la solidaridad brilla por su ausencia, en el que la moral está llena de óxido y en el que se enaltecen mecanismos económicos especulativos que ahondan las injusticias y disgregación social. Pero lo detestable del PP no es su modelo de sociedad -que lo vote quien lo aprecie-, sino la mendacidad farisea e inmoral con la que se comporta cuando no gobierna. La indecencia con la que miente a sabiendas de que miente. Es un mal partido de Gobierno, pero es un partido de oposición casi delictivo.

Una de las mayores satisfacciones (malsanas) que he tenido en estos meses de gobierno popular ha sido ver la imagen de la AVT peleándose con el ministro Jorge Díez. Alimentaron a la Bestia diciendo majaderías y ahora, cuando toca remangarse y hacer lo único que se puede hacer, dentro de un margen estrecho, la Bestia se levanta y ruge. Con el IVA, con el IRPF, con los sueldos de los funcionarios, con el copago sanitario, con los recortes de educación, con la desgravación por vivienda y con la amnistía fiscal ha pasado lo mismo. Tantas necedades y tantas simplezas se levantan ahora y rugen, como la Bestia. Sobre todo porque ha pasado tan poco tiempo que todo el mundo las recuerda. Lo coherente habría sido llevar en el programa electoral (y ejecutar) una bajada del IVA, como pedía Esperanza Aguirre y como pedía ese pobre niño con las chuches menguadas. No lo hicieron porque sabían que habían mentido, que esos ingresos eran imprescindibles para cuadrar las cuentas. Pero nadie imaginaba que seis meses después fueran a hacer una subida aún mayor.

Yo, el más sectario del mundo, me dispuse a disfrutar de este Gobierno. Aunque a mí me vinieran mal dadas, como a todo el mundo, me iba a quedar la satisfacción (malsana, ya lo he dicho) de verles naufragar. "Ahora gobierna", era mi pensamiento. "Ahora arrea con todo lo que has dicho". Confieso, sin embargo, que ni en peores sueños sectarios pensé que pudieran hacerlo tan mal y que el reventón fuera a ser tan rápido.

Lo malo (o lo bueno, si uno se centra en la contemplación malsana) es que esto va a durar mucho. Porque no hay ni un solo punto de apoyo sobre el que mover el mundo. ¿Alguien se ha dado cuenta de que ya nadie habla de a qué se va a dedicar España cuando tenga que crecer? ¿Qué vamos a vender? ¿Qué industria, qué servicio? ¿Qué? No es ya que los planes sean insensatos o frágiles. Es que no los hay.

El Gobierno de los mejores.

Publicado el 13 de julio de 2012 a las 01:15.

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Luisgé Martín

Luisgé Martín

Un blog con olor a azufre y a carne quemada. Ciberllamas en las que arderán todos: no habrá ningún títere al que le quede la cabeza sobre los hombros. El convencimiento es claro: el infierno existe y son los otros. Basta con abrir los ojos y mirar el mundo alrededor. Hablaré de libros, de películas, de canciones y de paisajes extranjeros, pero siempre con el tridente desenvainado.

· En Facebook: facebook.com/luisgemartin

· En Twitter: twitter.com/luisgemartin

Biografía: Madrid, 1962. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Gerencia de Empresas. Autor de los libros de relatos Los oscuros (1990) y El alma del erizo (2002), la colección de cartas Amante del sexo busca pareja morbosa (2002) y las novelas La dulce ira (1995), La muerte de Tadzio (2000), ganadora del Premio Ramón Gómez de la Serna, Los amores confiados (2005) y Las manos cortadas (2009, publicada, como la mayor parte de su obra, por Alfaguara). Ganador del Premio del Tren 2009 "Antonio Machado" de Cuento, que convoca la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, con el cuento Los años más felices.

 

La mujer de sombra Las manos cortadas Los amores confiadosAmante del sexo busca pareja morbosaEl alma del erizoLa muerte de TadzioLa dulce iraLos oscuros

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