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Blog de Luisgé Martín

El infierno son los otros

Cavilaciones venecianas II: En qué mundo vivimos

Archivado en: Puente de los Suspiros, Publicidad, Mont Blanc

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El Puente de los Suspiros es uno de los lugares emblemáticos de Venecia. Incluso el turista más indolente y perezoso se acerca a mirarlo y se hace una fotografía ante él. Ahora está de obras. La fachada trasera del Palacio Ducal y la de la antigua prisión, unidas por el famoso puente en el que los condenados daban sus suspiros desolados, están cubiertas de andamios (ver Italia completamente restaurada es una tarea imposible, siempre hay que hacer planes de volver para poder contemplar las partes que estaban cubiertas en el último viaje). Como mandan los tiempos, los andamios no son ya vigas metálicas y tablones rústicos al aire, sino que están cubiertos de una gran lona que disimula esas fealdades prosaicas. El escándalo, desde mi viciado y tal vez leninista punto de vista, es que los andamios del Puente de los Suspiros estaban ocultos bajo un gran lienzo publicitario que cantaba la celestial divinidad de las plumas y bolígrafos Mont Blanc. Como una imagen vale casi tanto como mil palabras, pueden ustedes mismos observarlo en la fotografía.

Puente de los Suspiros

No tengo nada en contra de la publicidad. Incluso me gusta. La encuentro útil, me ayuda a veces a informarme, me apega a algunos life styles (sabiéndolo yo o sin saberlo, pero con mi aceptación) y me parece una disciplina profesionalmente apasionante. Pero el primero de los principios de la vida, en todos sus órdenes, debe ser la prudencia y la mesura, como decían, con razón, las abuelas. Un poquito de templanza, de dignidad, de nobleza. Tener alma fenicia está bien, pero vender a tu madre es pecado. Y poner publicidad con ese desembarazo en el Puente de los Suspiros es mucho peor que vender a algunas madres.

Venecia es una gran caja registradora (ya habrá una cavilación a ese respecto). El Tío Gilito sería feliz allí, en sus canales. Se genera dinero suficiente para restaurar el Palacio Ducal por delante y por detrás e incluso para construir otro nuevo al lado (si hubiera algún solar). ¿Qué necesidad hay, por lo tanto, de cometer esas infamias, de envolver lo inmortal con papel de regalo de tres al cuarto? No sé cuánto le habrá costado a Mont Blanc la esponsorización (que es como se llama), pero es evidente que el organismo que gestiona el patrimonio veneciano ha considerado que perder esa cantidad es un remilgo innecesario. Un escrúpulo de espíritus puros.

Ése es el mundo en el que vivimos. ¿Tiene la culpa el ejecutivo de Mont Blanc? ¿El gerente del patrimonio italiano? ¿El turista imbécil que se compra una pluma después de ver el Puente de los Suspiros? ¿El Sistema, con grandes mayúsculas? ¿La LOGSE, incluso? No lo sé. Todos y ninguno. Pero es bueno que sepamos que no siempre fue así. Y es bueno que sepamos también que muchos de los males que padecemos tienen el mismo origen que esa avaricia inacabable. La fruslería esteticista de perder unos millones para no ensuciar el Puente de los Suspiros (diseñando una lona, por ejemplo, que reproduzca los ventanales ocultos) sería, a mi juicio, que es pequeño y tambaleante, la salvación. A veces parece sólo un problema de lenguaje, pero entre la ambición y la codicia hay universos de distancia.

Curiosamente, yo llevaba en el bolsillo de la americana un bolígrafo Mont Blanc que me regalaron en mi ex empresa cuando cumplí, como trabajador leal, diez años en la plantilla. Siempre me han parecido objetos tremendamente feos, pero escriben a la perfección. Estuve a punto de arrojarlo al canal que pasa bajo el puente, suspirando, pero al final lo guardé de nuevo. Sin embargo, juré allí mismo, poniendo a Dios por testigo, que nunca más volvería a comprar un Mont Blanc. Y desde aquí les invito a ustedes a que me secunden.

Publicado el 19 de mayo de 2010 a las 11:45.

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Cavilaciones venecianas I: ¿Qué es la vida? Un frenesí

Archivado en: Venecia, Eduardo Punset

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[Estoy escribiendo en el aeropuerto de Venecia, pero no colgaré el post hasta que regrese a Madrid. No entiendo cómo las asociaciones de internautas, que tan belicosas son con las sartenes que tienen por el mango (de momento), no reclaman también a espada y cuchillo o a sangre y fuego algo tan elemental hoy como que haya wi-fi gratuito en los aeropuertos y en las zonas públicas de tránsito. La música de Joaquín Sabina y las películas de Pedro Almodóvar deben ser al parecer de dominio público, pero el ancho de banda que no se lo quiten a Vodafone ni en un vestíbulo].

He estado varios días en Venecia. Hacía veintiséis o veintisiete años que no venía, pero la ciudad, como ya imaginaba, no ha cambiado mucho. No ha cambiado nada. Sigue siendo un paisaje extraño y fantasmagórico. Atraviesas un canal por la noche y ves una ventana iluminada: una lámpara de velador, unos estucos o unas vigas de madera en el techo, un cuadro antiguo que tal vez fuera pintado por el Perugino o por un discípulo de Tintoretto colgado de la pared, unos visillos de encaje. Pero el edificio no se sustenta sobre el suelo, sino sobre la laguna. La ventana, de arco en arabesco, veneciano, se refleja en el agua, se desfigura con las ondas. El vaporetto avanza y a los lados hay casas o palacios. Muros desconchados, casonas medio derruidas. Ventanales iluminados con velas a los que se asoman jóvenes vestidos de etiqueta, escalinatas que surgen del agua, góndolas que tuercen hacia un canal estrecho.

Venecia es tal vez la ciudad más hermosa del mundo, pero es sin duda la más absurda. Su belleza no es sólo, como la de París, o la de Praga, o la de San Petersbusgo, una belleza artística. Es una belleza irrazonable, irreal. Insensata. Los venecianos se asoman a sus balcones y ven que la laguna los ha devorado, que la lógica del mundo allí no existe. El viajero, del mismo modo, sufre en la ciudad una suspensión provisional del raciocinio: en Venecia, como en los cuentos de hadas, todo es posible. Nada es del todo inverosímil.

Hice la prueba estos días. Me acodé en el pretil del puente de Rialto y pensé en esas cosas de la vida que nunca he podido comprender. En el amor, por ejemplo: un día ves a alguien y por alguna causa bioquímica o espiritual o metafísica que todavía nadie ha podido determinar del todo (ni los poetas) te sientes urgido a compartir tu vida con ese alguien, a costa muchas veces de sufrimientos, de desgarros y de renuncias. En otras ocasiones, al pensar en el amor se me pone la carne de gallina y me dan mareos, pero allí no sentí nada: en Venecia, sobre todo en Venecia, el amor deja de ser absurdo.

Pensé en el desamor, que es mucho más increíble: un día conoces a alguien que no quiere conocerte a ti y, a pesar de que a tu alrededor siguen girando los planetas, de que sigue habiendo gente con la que compartes cosas y de que siguen existiendo las mismas razones objetivas que el día anterior te hacían afanarte o ambicionar, tú sin embargo dejas de desear, te secas por dentro y por fuera y consagras tus horas a revivir algo que nunca ha existido. Nada: tampoco el desamor me endureció la piel ni me hizo estremecer en lo alto del puente de Rialto.

La muerte. Me puse a pensar que algún día (espero que todavía lejano) yo ya no existiré y las aguas de la laguna seguirán allí alimentando el entusiasmo y el desasosiego de personas que soñarán con las mismas cosas que yo soñaba, que se besarán en un rincón oscuro y que se conjurarán para vencer a todos los demonios de la vida. Me puse a pensar que de mí no quedará ningún rastro y que las cosas que en ese mismo momento me parecían tan colosales y tan impenetrables (el amor, el desamor, la belleza, la devastación del tiempo) ya no estarían en mi corazón ni en ninguna parte que tuviera que ver conmigo: ni en mi cerebro ni en mi glándula pineal. Yo sería nada, recuerdos, polvo, palabras alguna vez escritas y olvidadas. La muerte es, de todo lo que soy capaz de nombrar, lo más absurdo, pero tampoco me conmovió en Venecia. Todo en Venecia es muerte, decadencia, destrucción, ruina.

Para seguir abismándome en lo incomprensible de la ciudad, recordé algo que leí en el comienzo del último libro de Eduardo Punset, El poder de la mente, que había dejado a medio terminar en Madrid. Según dice Punset, los científicos no sólo ponen en duda hoy la teoría del Big Bang para explicar el origen del universo, sino que ponen en duda incluso que exista un solo universo. ¿Cómo es posible que exista más de un universo, me decía yo? Si el universo es el todo, ¿cómo pueden existir varios ‘todos'? Cuando leí la frase me pareció metafísica pura, inaprehensible, pero allí en Venecia, sobre el Gran Canal, llegué a entenderla.

Ya me disponía a irme del puente, convencido de que en esa ciudad nada puede producir pasmo, cuando decidí ponerme a mí mismo una última prueba. Pensé en las encuestas que dicen que el Partido Popular volverá a ganar en la Comunidad Valenciana por mayoría absoluta. Y entonces sentí un espeluzno brutal. El vello de los antebrazos se me erizó. Y el corazón se me heló completamente.

Publicado el 18 de mayo de 2010 a las 02:00.

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Filófobos o fobiófilos, pero maricones

Archivado en: Homofobia

Hoy he leído en los periódicos una noticia divertida (aparte de la rebaja del sueldo a los funcionarios por imperativo mercadotécnico y de la reapertura del proceso a Camps). Al parecer le han puesto una multa a un canal de televisión que emitió un mensaje que atentaba contra la igualdad y la dignidad. Era uno de esos mensajes enviados por los espectadores y que se hacen correr por la banda inferior de la pantalla. El mensaje en cuestión decía: "Muerte a los maricones. Gays fuera de España. La homofobia es una enfermedad mental".

El espectador que lo envió sin duda había oído unas campanas pero no sabía muy bien el tono del repique. Había escuchado mucho la palabra ‘homofobia', que le parecería, sin duda, un sinónimo culto de la palabra ‘homosexualidad'. Y como ante todo hay que quedar como un señor, aunque sea insultando, decidió usarla, no fuera a pensar nadie que él se metía con los maricones por bruto o por no haber cursado estudios o por tener una estructura mental cavernícola. Podría haberlo escrito en otras versiones. Por ejemplo: "Muerte a los homófobos. Maricones fuera de España. La homosexualidad es una enfermedad mental". Eligió ésa, a mi modo de ver, porque es bueno, retóricamente hablando, que el sabor final sea enfático: lo erudito, lo sonoro, lo docto, mejor al final. Y tenía razón: hay que subrayar que la homofobia es una enfermedad mental.

Publicado el 12 de mayo de 2010 a las 14:45.

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A título póstumo

Archivado en: Carver, Edición, Libros póstumos

Se ha hablado ya mucho en los periódicos de los libros inacabados o abandonados de algunos escritores que se publican años después de que ellos hayan muerto. El año pasado se editaron Papeles perdidos, de Julio Cortázar y El Tercer Reich (y alguno más, creo recordar), de Bolaño, y hace poco se ha editado El original de Laura, la novela (o los apuntes de novela, más bien) que Nabokov estaba escribiendo cuando murió. Al parecer Nabokov les había pedido a su esposa y a su hijo que destruyeran esas tarjetas, pero ellos no lo hicieron y el año pasado acabaron en una subasta (las tarjetas, no la mujer y el hijo).

En estos casos siempre volvemos a hablar de Kafka. Max Brod no cumplió la orden, también expresa, de quemar todos los escritos inéditos del autor checo, pero ¿alguien se atreve hoy a reprochárselo? ¿Alguien piensa que si Kafka levantara la cabeza le echaría en cara a su amigo el incumplimiento? ¿La Historia de la Literatura es mejor o peor gracias a ese incumplimiento? Hoy no podemos concebir la literatura del siglo XX sin Kafka, de modo que parece que Brod hizo lo que tenía que hacer.

Pero el caso de Kafka se usa como ejemplarizador para cualquier rescCarverate editorial. Y la mayoría de los rescates no suelen estar movidos por el amor a la literatura, sino por el mercantilismo ramplón (no tengo nada en contra del mercantilismo inteligente) y por la estupidez, si no son conceptos redundantes. De Cortázar se han editado todas las novelas de juventud que él había guardado. Yo, que fui gruppie suyo y sigo siendo cortazariano acérrimo, las he leído todas, y creo que, a pesar de mi afecto, sólo consiguen enturbiar al autor. En el caso de Bolaño, al parecer, es peor, según le he oído decir a algún decepcionando bolañista (yo no formo parte de esa religión, no me llegó la fe).

Pero el caso más escandaloso que conozco es el de Carver, del que se acaba de editar en España el libro Principiantes, en la editorial Anagrama. (Jorge Herralde es el editor también de El Tercer Reich y El original de Laura. Su necrofilia con sonido de caja registradora empieza a resultar preocupante). Carver, como ustedes saben (y si no lo sabían no pasa nada: léanle), escribía con una prosa seca, gélida, desembellecida, llena de aristas que cortaban. Sus historias, igualmente, eran secas, ásperas, antiliterarias. Era el autor de la desnudez. Su estilo, que creó escuela, fue llamado ‘realismo sucio'. Murió joven y publicó tres o cuatro libros de cuentos y varios más de poesía.

Principiantes, el libro que se edita ahora, es, en palabras de la propia editorial, "la versión sin ‘corregir' de la obra maestra de Carver De qué hablamos cuando hablamos de amor". Al parecer el original de ese libro maravilloso y brutal era el doble de lo que finalmente fue publicado. El editor de Carver, Gordon Lish, trabajó el libro con el autor, que, siguiendo sus consejos, lo estilizó. Quitó lo superfluo, lo innecesario (por ejemplo, Carver habría suprimido ahora "lo innecesario", que quiere decir lo mismo que "lo superfluo" y que sólo aporta sonoridad y rimbombancia a la prosa), y dejó el libro adelgazado y preciso como un disparo. Su grandeza mayor es Principiantesésa. Su capacidad de herir está ahí.

Julio Cortázar decía siempre que lo más difícil de aprender para un escritor es a quitar un adjetivo, no a ponerlo. Él, aseguraba, lo había aprendido de Borges: tachar, suprimir, borrar, simplificar. Carver supo hacerlo. Gracias a su editor y gracias a que él confiaba en esos consejos (una de las virtudes mayores de un escritor, a mi modo de ver: la humildad). Y ahora vienen unos herederos y unos editores aprovechones y deshacen todo el trabajo. Vuelven a poner lo que sobraba. A meter lo que se había raspado. A añadir el adjetivo que se quitó. A agregar lo innecesario (e incluso lo superfluo). Y lo hacen además con cinismo, con rechulería, casi con cachondeo: "El verdadero Carver no es carveriano", dice la contraportada, citando a Blake Morrison. Esto sí que es realismo sucio.

Si Carver llega a enterarse de que no es carveriano...

Publicado el 9 de mayo de 2010 a las 02:00.

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Acabaré siendo justiciero

Archivado en: Política Española, LOGSE, Corrupción

Llevo unos días como el asno de Buridán, que es uno de los sofismas filosóficos que más me gustan. El asno de Buridán tiene mucha sed y mucho hambre, pero sed y hambre en las mismas proporciones: un 50% exacto. Delante tiene un pesebre con heno (o con lo que coman los asnos, que no me acuerdo: mi cultura rural es incluso menor que mi cultura general) y un barreño con agua. Pero tiene que decidir qué hace antes: comer el heno o beber el agua. Como tiene la misma sed que hambre, o el mismo hambre que sed, no se decide. No mueve el hocico ni a un lado ni a otro. No come ni bebe, cavilando (si es que los asnos cavilan). Y finalmente se muere de hambre y de sed.

A mí me ha pasado lo mismo con el blog. ¿Escribo de esto tan fascinante o de aquello tan sorprendente? Y al final han ido pasando los días y aquí me tienen, muerto de hambre y de sed. Ya sabían ustedes a estas alturas que soy asno (quiero ahorrar los chistes a los demás), pero no imaginaban que fuera de Buridán.

Hoy he decidido romper la racha y ponerme manos a la obra, sobre todo por entrenar los índices y los anulares (o los corazón, porque entiendo de dedos menos que del mundo rural, si cabe), que se me estaban anquilosando. He repasado los periódicos del día buscando heno y agua y la verdad es que no sé de dónde picotear. No debería escribir un blog, sino un teletipo: cada segundo escuchamos cosas más asombrosas.

Rajoy dice que, pase lo que pase en los tribunales, Camps será el candidato del PP. Esperanza Aguirre (la hembra que más me pone de cualquier especie zoológica) dice que la corrupción es un problema estructural de las instituciones. Cospedal reitera que Gürtel -y sus fascinantes extensiones baleares, que no son gürteles- no es culpa del PP, sino de unos aprovechados. Y Trillo, para demostrar que el primer interesado en que se sepa la verdad es el PP, pone unos cuantos obstáculos de leguleyo con el fin de evitar que el Tribunal tenga la información que ha solicitado. En vista de todo esto, he tratado de escribir algo sobre lo corrupto que es José Bono, pero lo he hecho sin convencimiento (a estas alturas ya saben ustedes que soy un sectario) y lo he borrado.

El FMI le dice a España (y a Portugal y a Irlanda) cómo tiene que reducir el déficit y en qué plazos. El FMI hace un año era keynesiano, como Díaz Ferrán (en realidad Díaz Ferrán hace un año era marxista leninista) y ahora es liberal. Y por supuesto, como en las grandes religiones, hay infalibilidad papal: si Dominique Strauss-Kahn dijo hace un año que Keynes concibió sin concurso de varón y dice ahora en cambio que es una ramera promiscua, tenemos que creerle en ambos casos. A subir el déficit, a bajar el déficit. Y los gobiernos, esos órganos elegidos en elecciones libres, que opinen lo justo. Esta es la refundación del capitalismo que tanto deseábamos todos. ¿Que te quejas?: eres un comunista. Yo me conformaría con que se releyera a Adam Smith. Qué tiempos aquellos del capitalismo moral y del beneficio basado en el trabajo.

En Gran Bretaña se han celebrado elecciones. A la hora de cerrar la edición de este blog no hay resultados definitivos, pero me entero, con cierto estupor, de que los Liberales (el partido de Nick Clegg) tienen siempre (siempre, no en estas elecciones) un 20% aproximado de los votos y algo menos del 10% de los escaños. Gran Bretaña es la cuna de la democracia, pero si llegan a saber esto Cayo Lara y Rosa Díez no sé qué harán. Mandar a nuestras naves para invadirlos. Yo, por si acaso, no opino. Constato el nivel referencial (perdónenme) en que nos movemos habitualmente en los debates.

 El otro día estuve en el teatro viendo Los chicos de Historia, la obra de Alan Benett que dirige aquí José María Pou. No se lo van ustedes a creer, pero defiende la LOGSE (o lo que normalmente se cree que es la LOGSE, porque he hecho la prueba de preguntar a la gente y nadie dice más que tonterías). Yo estaba en el patio de butacas preocupado, porque había un público mayoritariamente burgués y me dio por pensar que lanzarían tomates y hortalizas, en protesta. Pero nada de eso. Aplaudieron a rabiar. Sin duda porque el montaje es estupendo y porque los actores están casi sin excepción formidables, pero también porque comulgaban con el mensaje, universal y eterno, de la obra: es mejor enseñar a aprender que enseñar lo que debe ser aprendido. Es mejor provocar la curiosidad por la sabiduría que forzarla. Es mejor crear personas que discos duros. Cospedal, sin embargo, ha dicho hoy que no. Y con ella -debo reconocerlo- el 80% de la población española, a diestra y a siniestra. Yo, que por desgracia no soy hijo de la LOGSE (la desgracia es por la edad, no por otra cosa), observo a veces con una cierta atención la educación de mis sobrinas y de los hijos de mis amigos y la verdad es que no veo muchas diferencias de método con mis años escolares. Siguen haciendo deberes hasta la noche, siguen memorizando como papagayos (no los reyes Godos, eso sí), siguen estudiando cosas absurdas y siguen leyendo textos incomprensibles. Para aprobar tienen que hincar los codos lo mismo o más que nosotros. Pero la culpa del fracaso escolar es de la LOGSE, claro, así nos ahorramos entrar en honduras ("¡Viva Honduras!", dijo Trillo al poner el pie en El Salvador). Y evitamos pactar, porque, como ha dicho hoy Cospedal, lo que quiere hacer Gabilondo es perpetuar un sistema fallido. A lo mejor si entramos en detalles, concretamos un poco más, miramos a los alumnos de hoy, vemos un rato la televisión (en prime time) y sacamos entradas para ver Los chicos de Historia llegamos a la conclusión -es un suponer- de que lo peor de la LOGSE es que nunca se implementó de verdad.

De Tomás Gómez, el candidato (o ex candidato) del PSOE a la Comunidad de Madrid no sé qué decir. Me faltan las palabras. Le conocí hace un año y me pareció un hombre razonable y preocupado. Dijo cosas sensatas. Sin mucha envoltura pero con sustancia, que es lo que normalmente les pedimos a los políticos, aunque luego acabemos votando a los que nos dicen cosas insustanciales pero muy bien envueltas. Pero un candidato a la Comunidad no sólo tiene que decir cosas sensatas, sino hacer creer que puede ejecutarlas. Si dices cosas sensatas y eres, por ejemplo, yonqui, no eres un buen candidato. Si dices cosas sensatas y desayunas todos los días cereales con ginebra, no eres un buen candidato. Si dices cosas sensatas y te comportas luego como un gañán acomplejado, es mejor que dejes a otro que sea candidato y pases tú a desempeñar el papel de cerebro gris, en la sombra, puesto para el que a lo mejor (o a lo mejor no) eres bueno.

Mucho heno y agua. O pienso, o alpiste, o cebada, o lo que ustedes quieran. No sé dónde mirar. Quiero irme. A una isla. A una isla despoblada. Porque si no no sé si voy a ser capaz de contenerme.

Publicado el 7 de mayo de 2010 a las 00:45.

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El artista en el trapecio

Archivado en: Derechos de Autor, Sabina, JK Rowling, Cultura Digital

RowlingEl otro día, en torno a una mesa de taberna y a unas cervezas, estuve hablando con unos amigos de uno de los temas que más me aturden -para lo bueno y para lo malo- en los últimos tiempos: la cultura digital. Como es inevitable pasar una y otra vez por los tópicos, como sísifos irredentos, hablamos de la venta de música -en discos o plataformas digitales- y de la asistencia a conciertos. Y entonces se produjo ese momento mágico que me electriza. Uno de mis amigos repitió una de esas ideas reaccionarias que ha calado entre los partidarios de la cultura gratis -que no libre- y que nos devuelve a la oscura noche de los tiempos: "Los músicos tienen que ganarse la vida dando conciertos. A mí no me parece bien que uno componga una canción en diez minutos y se haga rico para el resto de su vida".

Pueden encontrar opiniones idénticas, expresadas casi siempre con mayor virulencia, en cualquier foro de Internet dedicado a comentar noticias de cultura digital. Estamos regresando a esos tiempos en que a los artistas se los tenía por vagos y hasta por maleantes. Ninguna señora decente quería que su yerno fuera músico, escritor o cómico, en sus distintas modalidades. "Eso no es trabajar", se decía. "Trabajar es cavar zanjas al sol, madrugar antes de que amanezca y, sobre todo, hacer algo que te desagrade. Lo demás son mariconadas. Si uno quiere componer canciones y redactar versos, que lo haga en sus ratos libres. Como el ganchillo, las maquetas de barcos o la filatelia".

Los artistas somos así: nos sentamos diez minutos, componemos Yesterday, El corazón partío o Yolanda, y hala, a vivir en el Caribe a todo trapo. Es verdad que los escritores lo tenemos un poco más difícil, porque escribir Harry Potter, Soldados de Salamina o incluso Millenium te lleva algo más de tiempo. Cuando llegas al Caribe los músicos ya están morenos.

¿Cuántas canciones se componen cada año en España? ¿Y en el mundo? No tengo ni idea. Yo diría que centenares de miles. Si en nuestro país se escriben anualmente unos cincuenta mil libros, según calculó alguien recientemente tomando como base lo que las editoriales reciben, supongo que se compondrán al menos cuatro veces más canciones. De esas canciones y esas novelas, la mayoría -un 95%, quizá más- no son publicadas y no obtienen, por lo tanto, ninguna remuneración. Más aún, son gravosas para el artista, porque para grabarlas, aunque sea artesanalmente, ha tenido que incurrir en gastos. Incluso la novela, que no tiene costes de producción, debe ser imprimida y enviada por correo al editor. Del 5% restante de canciones, la inmensa mayoría pasan inadvertidas. Tienen ventas escasas o prudentes. O ventas relativamente exitosas que le permiten al autor cobrar, pongamos por caso, treinta mil euros durante el año del lanzamiento. Y hay, por fin, un porcentaje ínfimo de canciones (habrá que usar decimales para fijarlo) que triunfan sin restricción, que arrasan. Que hacen rico a su autor y lo mandan de cabeza al Caribe. ¿Una entre mil? ¿Entre diez mil? ¿Entre cien mil, si tomamos como base no las editadas, sino las que fueron compuestas?

Una entre mil, entre diez mil o entre cien mil, pero es ésa justamente la que nos interesa, la que nos llama la atención, la que nos parece emblema de la gran injusticia. Hay cientos de músicos muertos de hambre o quitándose horas de sueño para poder componer después de servir copas en un bar o dar clases de inglés en una academia, pero quien nos preocupa es Sabina, ese gran vago, que hizo un puñado de canciones magníficas -en diez minutos y por casualidad, no porque tenga talento- y desde entonces vive de las rentas.

Yo, que soy un autor respetado por los críticos -modestia aparte- y con una ya larga trayectoria literaria, hice hace poco un cálculo de lo que ganaba con la escritura y resultó que la hora de trabajo -sin contar las horas de reflexión y de prolegómenos, porque sólo faltaría que además fuéramos a cobrar por observar el mundo y tratar de metabolizarlo- me salía más o menos a la mitad de lo que le pago a la asistenta que viene los martes y los jueves a planchar. Y yo, dentro de lo malo, soy un afortunado. Tengo colegas a los que la hora les sale aún peor y conozco gente que después de darle vueltas durante dos años a una novela tienen que guardarla en un cajón. Pero el que nos importa aquí es el cabrón de Cercas (no hablo ya de García Márquez o de Rowling, los grandes depredadores de la humanidad), que saca un librito hablando de un asunto de la Guerra Civil y se forra. Qué vagos, los artistas.

Yo, como mi amigo, estoy también en contra de que uno de estos holgazanes se haga rico por las buenas. Eso sí, me parecería justo, en contrapartida, que ninguno de los otros fuera pobre. Yo estoy por una opción comunista: le ponemos un precio a la canción -cincuenta euros, por ejemplo- y a la novela -diez mil euros las de menos de doscientas páginas y quince mil las más largas- y abrimos en el Ministerio de Cultura una ventanilla para que los artistas pasen por allí a cobrar. Todos. Los inmortales y los inéditos. Los que tienen chispa y los que sólo tienen ceniza. Lo mismo por Mediterráneo que por Mis ojos tristes, que ha compuesto un amigo mío sin que nadie quiera publicársela. O incluso, si me apuran, más por Mis ojos tristes que por Mediterráneo, porque Serrat es un tío bregado y seguro que compuso la canción en media tarde, y mi amigo, que no tiene muchas luces musicales, se ha pasado tres meses corrigiendo compases, haciendo arreglos y revisando las rimas de la letra. Y con las novelas, igual: yo sé que García Márquez escribe con una envidiable soltura, casi al dictado de su cabeza, de modo que es razonable que me paguen más a mí, que tengo que pelearme con las frases, corregir, tachar, reescribir.

SabinaSi el presupuesto (público) se nos dispara, siempre nos queda la posibilidad de poner en la ventanilla del Ministerio comisarios artísticos que decidan qué es bueno y qué es malo. Esta canción es genial, quinientos euros; ésta es mediocre, cinco euros; ésta es indigna, a prisión con el autor. ¿Es relevante a la hora de ganar dinero que la canción que uno ha compuesto esté en dos millones de iPods o esté en cien? En absoluto. Lo relevante deben ser los madrugones que se pegue el autor, los kilómetros de carretera que recorra en una gira, los bises que haga en un concierto. Ya lo dijo el Arcángel San Gabriel (creo): ganarás el pan con el sudor de tu frente. Y cuando Caín, que tenía ínfulas artísticas, le preguntó por el valor del talento, el Arcángel respondió: "Eso son mariconadas".

"Yo soy carpintero y no cobro cada vez que alguien usa el mueble  que he fabricado", dice uno. "Yo soy albañil y me encantaría cobrar cada vez que alguien pasara por la puerta que he construido", dice el otro. "Yo soy técnico informático y me pagan un sueldo, no una comisión cada vez que alguien usa un ordenador que yo he arreglado", dice el de más allá. España de pandereta, de sacristía. Luces cortas, capacidad de pensamiento limitado. Incapacidad de discernir, de saber qué es un trozo de tocino y qué es una velocidad. Por eso lo mejor va a ser poner una tarifa fija por canción. Y que se pague del erario público. O suprimir las canciones, que tampoco hacen tanta falta.

Se dice muchas veces que para hacerse rico hay que haber cometido algún delito. Haber sobornado, haber cruzado la línea de la legalidad, haber abusado de los débiles. Leemos las listas de los hombres más ricos del mundo y pensamos que algo tienen que ocultar. Banqueros, constructores, traficantes, dirigentes de grupos de comunicación... "Nadie se hace rico trabajando honradamente", es la expresión que se usa. La única excepción en esas listas quizá sean los creadores, que a veces aparecen: JK Rowling, Paul McCartney. Claro que a éstos lo que les falla es el verbo, no el adverbio. Podemos pensar que Florentino Pérez o Amancio Ortega han llegado a ser millonarios trabajando no del todo honradamente. Almudena Grandes, Aute, Javier Bardem o David Bisbal, en cambio, son seguramente honrados, pero no han pegado un palo al agua en su vida. En una tarde compusieron una canción, y al Caribe.

Publicado el 27 de abril de 2010 a las 16:15.

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La homosexualidad aviar

A Evo Morales quiero explicarle que, como han advertido reputados científicos y psicólogos prestigiosos que llevan décadas investigando en los trastornos de las conductas sexuales, la homosexualidad masculina no se deriva de comer pollos, sino de comer pollas. En un dato empíricamente demostrado, y no tiene sentido darle más vueltas.

Publicado el 22 de abril de 2010 a las 22:00.

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La planta 13

Archivado en: Superstición, Abusos, Torre Espacio

VidrieraMe acaba de llegar en un correo electrónico esta imagen. No trae indicaciones ni señas, de modo que no puedo indicarles la iglesia a la que pertenece para que peregrinen a ella. Existe incluso la posibilidad de que, en estos tiempos de photoshop, sea una imagen adulterada, aunque no lo parece. En cualquier caso, resulta divertida y elocuente. Quién sabe si incluso se trata de una burla diabólica. Es verdad que los vidrieristas (o como se llame esa profesión) modernos no tienen mucho arte y que su dominio de la perspectiva y de la composición es escasa. Podría haber sido simplemente una torpeza arcangélica del artista. Pero no me extrañaría que detrás de todo estuviera, como siempre, la mano del Maligno.

En otro orden de cosas -pero en el mismo orden, en realidad-, hoy he estado comiendo con mi amigo Alberto en la Torre Espacio, una de las cuatro torres de Chamartín que se han convertido en el desmirriado sky line de Madrid. Antes de comer, me ha estado enseñando la torre. Hemos subido a una capilla que hay en la planta 33 para que si uno tiene un apuro espiritual en horario de trabajo o si uno quiere compatibilizar la vida laboral con la vida religiosa, lo haga cómodamente. En la misma planta hay un restaurante -al parecer bueno-, de modo que en la hora de comida puedes alimentar el cuerpo y rezar tres padrenuestros casi sin moverte. Y además las vistas son espectaculares.

Al subir en el ascensor, Alberto me ha recordado algo que yo ya sabía por algún viaje a Estados Unidos pero que, como casi todo en estos últimos tiempos, había olvidado: que los estudios de arquitectura norteamericanos -esta torre está proyectada por Henry N. Cobb- no construyen planta número 13. Mejor dicho: construyen planta número 13 (exactamente la que está encima de la 12), pero la llaman 14. Si pudieran abrir un espacio de aire en medio de las plantas 12 y 14, justamente donde debería ir la 13, yo entendería tal vez la superstición. Pero tal como está la ingeniería en estos momentos, incapaz aún de esos lances virtuosos, me parece un escrúpulo infructuoso. A la mala suerte se la combate de verdad o no se la combate. Además, teniendo una capilla más arriba (bendecida ni más ni menos que por Rouco Varela), ¿qué más conjuros se necesitan? Las Torres Gemelas no tenían planta 13, pero como no había capilla pudieron ser destruídas. He estado buscando ristras de ajos en los vestíbulos, pero sorprendentemente no he encontrado ninguna.

A veces salgo al mundo y no entiendo nada. Entro a una torre inteligente, en la que los ascensores casi hablan y las persianas se abren o se cierran a medida que les da la luz del sol, y no hay planta 13. Voy un rato a comer al futuro y me encuentro de repente en la Edad Media, con sus capillas, sus horarios de misa y sus plantas escamoteadas para contentar a la Providencia.

Claro que no necesito ir a la Torre Espacio ni siquiera salir a la calle. Basta con mirar un poco a mi cabeza: soy un hombre leído, mundano, razonador, y sin embargo me comporto cada vez más como un gañán maniático, fóbico y colérico. Esto es la vida. Siempre hay una planta 13 que quitamos.

Publicado el 21 de abril de 2010 a las 17:30.

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La injusticia y el desorden

Archivado en: Goethe, Houellebecq, Lévy, Injusticia

GoetheGoethe, el escritor nacional alemán por excelencia, el que junto con Shakespeare, Cervantes, Molière y Dante sirve de emblema a las cinco grandes lenguas europeas, dijo en una ocasión una frase repelente: "Prefiero una injusticia al desorden". Es una frase muy citada. Cualquier reaccionario con un poco de ínfulas y de mala conciencia, la cita: "Como dijo Goethe, es preferible una injusticia al desorden". En estos asuntos, no es lo mismo citar a Napoleón, a Mussolini, a Fraga o a Pío Moa que a Goethe. Si dices: "Como dijo De Gaulle, es preferible una injusticia al desorden", quedas como un tipo autoritario y fastidioso. Si en cambio es a Goethe a quien citas, das la impresión de ser -además de culto- templado y reflexivo. No te llaman facha, te llaman ecuánime.

Acabo de terminar un libro deslumbrante que se titula Enemigos públicos. Lo ha publicado Anagrama y es la correspondencia que durante varios meses mantuvieron Michel Houellebecq y Bernard-Henri Lévy. En esa correspondencia hablan de lo divino y de lo humano. Del compromiso del intelectual, de la fe, de Dios, de literatura, de la memoria, de los espíritus nacionales, del judaísmo, de los medios de comunicación, de la difamación como arte, de la vida como camino de imperfección y del amor, entre muchos otros temas. Al leerlo, uno tiene la sensación de sumergirse en la inteligencia en estado bruto. Dos individuos cultos, atrevidos, provocadores, lúcidos y brillantes, desgranando argumentos y contraargumentos ante la mirada aturdida del lector, que sabe que le están haciendo prestidigitación pero que disfruta igual. Ninguno de los dos era santo de mi devoción, pero he quedado rendido a sus pies.

En un momento dado, Houellebecq cita la frase de Goethe (Houellebecq es el prototipo de personaje con propensión a citar esa frase: anarquistas de derechas, les llaman algunos). Y Lévy se revuelve casi colérico y la explica con minuciosidad. No voy a glosarle, sino a citarle:

"Le señalo , de entrada, que la frase exacta de Goethe (‘Prefiero cometer una injusticia que tolerar un desorden') la dijo durante la Revolución Francesa, delante de la ciudad de Mayence reconquistada por los prusianos, pocos minutos después de que el escritor se hubiese interpuesto personalmente para impedir el linchamiento de un soldado francés evacuado por las tropas del ducado de Weimar: la ‘injusticia', en el contexto, consiste en salvar la vida de un soldado enemigo que es quizás un gran criminal; el desorden es el del populacho enloquecido, ávido de sangre, al que Goethe ve dispuesto a hacer picadillo al hombre; de tal modo que la frase, en sus labios, significa en realidad lo contrario, exactamente lo contrario de lo que usted le hace decir y de lo que siempre le han hecho decir desde Barrès".

¿No es fascinante? Reconozco que sentí alivio al leer esto. No es que piense que un gran escritor de la talla de Goethe no pudiera haber dicho una barbaridad semejante (encontraríamos ejemplos suficientes), pero me sentí mejor después de saber no sólo que no lo hizo, sino que lo que en realidad dijo -e hizo- es lo contrario de lo que siempre hemos creído y escuchado.

Yo, desde luego, siempre preferiré un desorden a una injusticia.

Publicado el 12 de abril de 2010 a las 20:30.

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Benedicto al trullo

Archivado en: Pederastia, Iglesia Católica, Sueños

Es posible que yo sea mala persona, pues a menudo me salen piedras del corazón. Malos sentimientos. Rencor, cólera, venganza. La conciencia la tengo tranquila, porque esos reconcomios siempre son reacción a algo, respuesta a actos o a comportamientos indeseables e insociables. Como siempre he sido enclenque y cobarde, cuando de niño me pegaban en el patio del colegio -que no es que pasara normalmente, creo- o me llamaban ‘cuatro ojos' o alguna de esas lindezas que los dulces niños dicen a sus semejantes (pura pureza), nunca devolvía el golpe, pero me habría gustado hacerlo. Nunca he creído que haya la misma culpa en el que da el golpe que en el que lo devuelve. Y nunca he creído, por lo tanto, que sea igual de insana la maldad que el resentimiento: éste necesita de aquélla, mientras que aquélla se basta sola.

Esta semana he tenido tres cenas con amigos, y en dos de ellas, de una forma espontánea, mis contertulios han manifestado la felicidad que obtendrían si, como algunos empiezan a fantasear, se llegara a dictar una orden internacional de detención contra Benedicto XVI y fuese detenido o tuviera que quedarse recluido en El Vaticano el resto de su vida (podría a viajar a Estados Unidos, a Corea del Norte y a Israel, que son, según se recuerda en la última película de Polanski, El escritor, los países que no reconocen a La Haya). Yo, que tengo piedras en el corazón, me he apresurado en las dos cenas a compartir esa fastasmagórica alegría con mis amigos. Todos hemos manifestado, con evidente exageración, que si ese hecho sucediese podríamos ya morir tranquilos, satisfechos, casi en paz. Hemos acabado brindando para que ocurra, pero con la misma melancólica mansedumbre con que se brinda por ejemplo en Nochevieja para que el porvenir sea venturoso: sabemos que tarde o temprano dejará de serlo.

En octubre de 1998, nos pellizcábamos para saber si estábamos despiertos: acabábamos de oír que en Londres habían detenido a Pinochet en cumplimiento de una orden de busca y captura emitida por Garzón (ese gran prevaricador). Nos quedaron marcas en los brazos y en los muslos durante varios días, pero era verdad. Hace dos años, los norteamericanos se frotaban los ojos con incredulidad: un hombre negro acababa de ser elegido presidente del país. La mayoría de ellos no creían que fueran a ver algo así en el transcurso de su vida. Y sin embargo lo vieron, lo vimos. Ahora nadie cree seriamente que vayan a detener a Benedicto, pero ¿y si lo detienen?

El Anticristo

Mi amigo Viñas (que no era ninguno de los que brindó conmigo esta semana, pero que habría brindado con gusto) está convencido de que Ratzinger es el Anticristo. Por lo visto es el penúltimo Papa, según no sé qué profecía (quizá las de Nostradamus, pero es que no estoy muy ducho en profecías), y uno de los dos últimos tiene que ser el Anticristo, al parecer. Desde luego, Benedicto tiene todo el aspecto. Esa cara de viejo sarnoso, decadente, depravado, intrigante. Ese amaneramiento siniestro, delicuescente. Parece una bruja de cuento (más que un ogro, lo siento).

Yo nací en una familia de clase media. Mis padres, que son católicos, decidieron que iban a hacer un esfuerzo extra (trabajar más, ahorrar más) para que yo pudiera ir a un colegio privado religioso que había en el barrio. En aquella época no había conciertos y los colegios privados costaban un dineral, pero lo importante era mi educación, mi futuro. Fui allí durante once años. El colegio era San Viator. José Ángel Arregui, el clérigo al que han detenido ahora en Chile, llegó a ese centro dos o tres años después de que yo me fuera. En mi época había al menos dos ‘hermanos' que, si no abusaban de los alumnos (no tengo constancia de que ocurriera), estaban deseando hacerlo.

Que la Iglesia Católica Apostólica y Romana sostiene una doctrina que violenta hasta extremos absurdos la naturaleza humana y que predica comportamientos sexuales irrazonables es una evidencia que sólo no ven los que se ponen una venda paraEl Papa de incógnito haciendo la Vendimia no ver. No es que los pederastas se metan a curas (ya nadie se mete, de hecho), sino que la obsesión enfermiza por reprimir la propia sexualidad y la de los demás acaba creando monstruos. No es sólo el celibato: es esa visión torcida y retorcida de la sexualidad como procreación, de la castidad angélica, de la homosexualidad como desviación. El catolicismo es una máquina de crear sociópatas sexuales.

Precisamente porque es un mal que forma parte del engranaje, del propio sistema, no han tenido el valor de denunciar y de actuar. Porque lo malo no es que hubiera curas pederastas, sino que durante décadas se les haya estado protegiendo "por el bien de la Iglesia Universal", como dijo Ratzinger en la carta de 1985 que se acaba de publicar. Es decir, para evitar que los fieles llegaran a las conclusiones a las que están llegando ahora. Que la podredumbre no es un accidente, sino una arquitectura.

El mensaje de Cristo, para quien crea en él, puede recobrarse. Pero para ello es cada vez más necesario que un juez dicte una orden de busca y captura contra el que dice representarle, contra el que asegura que es su voz en la tierra, y que algún policía le detenga luego.

Mientras tanto, no dejéis que los niños se acerquen a ellos.

Publicado el 10 de abril de 2010 a las 02:00.

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Luisgé Martín

Luisgé Martín

Un blog con olor a azufre y a carne quemada. Ciberllamas en las que arderán todos: no habrá ningún títere al que le quede la cabeza sobre los hombros. El convencimiento es claro: el infierno existe y son los otros. Basta con abrir los ojos y mirar el mundo alrededor. Hablaré de libros, de películas, de canciones y de paisajes extranjeros, pero siempre con el tridente desenvainado.

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Biografía: Madrid, 1962. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Gerencia de Empresas. Autor de los libros de relatos Los oscuros (1990) y El alma del erizo (2002), la colección de cartas Amante del sexo busca pareja morbosa (2002) y las novelas La dulce ira (1995), La muerte de Tadzio (2000), ganadora del Premio Ramón Gómez de la Serna, Los amores confiados (2005) y Las manos cortadas (2009, publicada, como la mayor parte de su obra, por Alfaguara). Ganador del Premio del Tren 2009 "Antonio Machado" de Cuento, que convoca la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, con el cuento Los años más felices.

 

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