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Blog de Luisgé Martín

El infierno son los otros

Asturias sin tormenta perfecta

Archivado en: Asturias

Santa María del Naranco 

Me fui el jueves a Asturias y, aunque me llevé el portátil, mi concentración intelectual en los hoteles es aún menor que la que habitualmente tengo en casa. Por eso, y a pesar de mi espíritu pendenciero, no he podido navajearme dialécticamente con algunos de los amables lectores. Pero lo haré, no se preocupen. Y lo haré en forma de posts, pues me parece que muchas de las cosas que se dicen -aquí, allá y acullá- son simples extravíos (he venido tan reconfortado que voy a ser suave). Además, estoy escribiendo una novela y estos viajes me perturban, de modo que hoy, entre tender la colada, ponerme al día de asuntos y reubicarme en el mundo literario, no sé a qué alcanzaré.

De momento cuelgo una foto de placidez turística (es Santa María del Naranco y los retratados son mis agentes y mi marido, aunque parezcan Los Tres Sudamericanos en la cubierta de un disco) y dejo constancia de que el infierno no está en Asturias. Ni siquiera en tiempos de Tormenta Perfecta: apenas cayeron unas gotas cantábricas y sopló una brisa suave. Comer, viajar, charlar alrededor del vino con amigos.

Publicado el 1 de marzo de 2010 a las 13:15.

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El periodismo de Ramírez

Archivado en: El Mundo, Pedro J. Ramírez, Periodismo

Hoy quiero hacer otro comentario de texto. O mejor dicho, quiero que lo hagan ustedes, para no manipular ni intervenir, porque ya se sabe que la realidad es tornadiza. Les copio un párrafo del editorial de hoy del diario El Mundo:

Además, las cuentas siguen sin salirle al presidente. Al varapalo que las previsiones del Banco de España contraponen a su discurso optimista hay que sumar los pronósticos del propio Corbacho y del secretario de Estado de Economía. El ministro adelantó ayer que no cuenta con que se cree empleo en España durante el tercer trimestre, mientras que José Manuel Campa advirtió que sólo se creará empleo neto «suavemente» a finales de año. O sea, que ni su propio equipo se cree ya los vaticinios alegres de Zapatero.

El ministro Corbacho y el secretario de Estado Campa (el número dos de Elena Salgado) acaban de decir que no se creará empleo neto en España hasta final de 2010. Ni siquiera ellos se creen "los vaticinios alegres" de Zapatero, que, suponemos, ha dicho que se va a crear empleo neto antes de esa fecha. Conclusiones: a) Zapatero no tiene ni idea de economía, pues le desautorizan hasta los suyos; b) Es un optimista que confunde sus deseos con la realidad.

Vamos con el segundo texto, que corresponde al discurso del propio Zapatero el día 17 de este mes, en el debate  sobre la situación económica que se celebró en el pleno del Congreso:

Con los datos de que hoy disponemos, y con toda la cautela que la experiencia aconseja, puedo decir que el Gobierno prevé que volveremos a crecer en el primer semestre de este año y volveremos a crear empleo neto a finales del mismo.

En el turno de réplica, además, reiteró el dato dirigiéndose al portavoz del PNV Josu Erkoreka. Les dejo los links de los textos para que comprueben ustedes mismos (periodismo de investigación, en suma) que no he manipulado ni sacado de contexto nada.

No quiero hablar de cómo es la política económica de Zapatero. Sólo de periodismo. Y éste, según el Diccionario de la Real Academia (que es un libro que yo consulto mucho) tiene un nombre: mendacidad. Desde hace lustros.

Publicado el 23 de febrero de 2010 a las 18:15.

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El tostón de los del 68

Archivado en: Félix de Azúa, Izquierda, Mayo del 68

Debo reconocer que estoy un poco harto de los sermones y las reprimendas de los lumbreras de esa generación que en 1968 -por poner una fecha simbólica- tenían veintipocos años y querían hacer la revolución, y que hoy, en el siglo XXI, están en la sesentena y quieren purgar todos sus pecados de juventud en carne ajena. Félix de Azúa es uno de ellos, y desde luego de los más insistentes y cargantes. Ayer publicó en El País el artículo que, con variaciones de orquestación, como los compases del Bolero de Ravel, publica cada semestre, ya sea a propósito del Estatuto de Cataluña, de la memoria histórica o de que el Pisuerga pasa por Valladolid. En este caso es porque un amigo suyo le ha regalado un libro -Sobre el olvidado siglo XX, de Tony Judt- cuya lectura le ha permitido descubrir, con mucho alivio, que él y sus colegas fastidiosos del 68 no son "un cultivo cizañero al que divierte poner a parir el espectáculo gubernamental", sino unos sabios sensatos y fundamentados. Es decir, que leyendo el libro se ha dado cuenta de que no es que se haya vuelto muy de derechas -no soportaría ese baldón sobre su conciencia-, sino que la izquierda es muy mala.

Y para demostrarlo nos vuelve a hablar de lo terrible que fue el estalinismo y de lo equivocados que estaban los intelectuales que defendían a los soviéticos y a los maoístas. Como ven, un tema nuevo, muy de actualidad y del que no se ha escrito nada. Y además polémico y candente, porque en los periódicos, en los cenáculos y en debate público hay innumerables defensores del estalinismo y del maoísmo. "Sigue siendo uno de los más dañinos errores de la izquierda no aceptar que entre un nazi negacionista y un estalinista actual no hay diferencia moral", escribe Azúa, sentencioso, admonitorio. Hagamos comentario de texto. ¿De quién está hablando? ¿A qué individuos se refiere? ¿Quién dice hoy que un estalinista tiene más autoridad moral que un nazi? No digo yo que no haya alguien, incluso dos docenas, pero ¿justifica la existencia de esas docenas que Azúa nos dé una homilía cada vez que le pica la conciencia? O a lo mejor es que estamos llamando "estalinista actual" a Bibiana Aído, por ejemplo, o a Joan Pigcercós, y en ese caso, claro, los que consideran que no hay diferencias son más. ¿Habrá oído hablar este señor de la socialdemocracia y del eurocomunismo, por ejemplo? ¿Le bastarán esos sistemas ideológicos como reconocimiento de errores o necesitará que a través de una güija resucitemos a Sartre para que nos reconozca que, en efecto, Camus tenía razón y el maoísmo era una mierda? ¿Habrá que encarcelar hoy a cualquiera que se proclame comunista, para evitar en el futuro las purgas y los gulags?

Examen de conciencia, arrepentimiento y propósito de enmienda: son los tres pasos de una buena confesión, según el Catecismo, y Azúa los ha cumplido perfectamente. Estoy seguro de que ha sido absuelto de sus pecados, incluso si entre estos hubiera estado el de simpatía por los Jemeres Rojos camboyanos, pongamos por caso. Pero creo innecesario que los padrenuestros y las avemarías de su penitencia tengan que ser públicos y divulgados en un periódico de difusión nacional. Me parece excesivo, francamente.

"Aún hay gente que dice amar la dictadura cubana ‘por progresismo' y el actual presidente del Gobierno (uno de los más frívolos que ha ocupado el cargo) se ufana de ello", dice Azúa en el artículo. Ya sé que meterse con Zapatero da mucho pedigrí. Da una elegante independencia ideológica, cordura intelectual e incluso limpieza de sangre, es como comprarse ropa de marca en mercadillos. Pero mentir es pecado, aunque se mienta por una buena causa, como es el caso. ¿Cuándo se ha ufanado el presidente del Gobierno de la dictadura cubana o cuándo se ha ufanado de que haya gente que la ame? (Porque la sintaxis de Azúa no es muy limpia y no se entiende bien cuál es el complemento del verbo, quizá porque su propósito era únicamente meter en la misma frase los sintagmas "Zapatero" y "dictadura cubana").

La izquierda no existe, esta es la conclusión. O mejor dicho: la izquierda que debería existir no existe, y la que existe mejor que no existiera, porque todos son perversos y van a ir al infierno de cabeza. Y todo eso a pesar de que "sería sencillo que la izquierda recuperara su capacidad para armar las conciencias, inspirar entusiasmo y ofrecer esperanza en una vida más digna que su actual caricatura. Bastaría con decir la verdad y enfrentarse a las consecuencias". Yo siempre me pregunto por qué estos pelmazos del 68, que en España no hicieron nada cuando por edad les correspondía, acaban siempre sus murgas justo donde deberían empezarlas. Si es tan sencillo, ilústrenos. Contágienos el entusiasmo. Riéguenos con su lucidez. Y deje ya de una vez de hacer el propósito de enmienda a nuestra costa, por favor.

Qué fatiga.

Publicado el 21 de febrero de 2010 a las 12:30.

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A por ellos, oé

Archivado en: ETA, Terrorismo, La Roja

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Esta fotografía la habrán visto hoy en todos los periódicos, en las televisiones, en blogs y en páginas digitales de cualquier afiliación. Procede de Facebook -el juego que van a dar las redes sociales en el futuro- y es de dos etarras que, acompañados de un amigo convenientemente pixelado, festejan a la selección española de fútbol. Van vestidos con la camiseta roja que ya se ha convertido en emblemática y que puede nombrarse, por lo tanto, con mayúsculas antonomásicas: la Roja. En el pecho de la camiseta, por supuesto, luce esplendente el escudo del Reino de España. Adur Arístegui, el terrorista que colgó la foto en su perfil personal, añadió al parecer un comentario: "¡Podemos!". Lo repito, por si alguien siente incredulidad: "¡Podemos!"

Un etarra vestido con la Roja es como un obispo en ligueros o un activista contra el maltrato animal ataviado de torero. ¿A qué nos remite? A la perturbación mental, al delirio, a la psicopatología. Ya sabíamos desde hace mucho tiempo que el terrorismo vasco hacía los alistamientos en los mismos caladeros que los Ultrasur o que las sectas religiosas: adolescentes descerebrados (valga la redundancia), de personalidad débil, que necesitan el gregarismo y las grandes causas para redimirse. A los diecisiete años todos queremos cambiar el mundo, da igual cómo, y todos queremos resolver las injusticias, da igual cuáles y da igual que sean verdaderas o inventadas. Queremos ser distintos, grandes. Sólo hace falta que alguien venga a decirnos que podemos serlo.

Para ser etarra hoy es necesario ser imbécil (en el sentido más descriptivo del término: "ser alelado, escaso de razón", como lo define el diccionario). Es necesario tener una disociación con el mundo real, no saber qué ocurre y no saber quién eres. Lo que siempre se ha llamado estar loco, aunque los grados sean diversos y los efectos también.

Esta foto no nos añade nada nuevo. Lo sabíamos desde hace tiempo. Pero resulta elocuente, pintoresca. Si yo fuera Rubalcaba o Patxi López, la usaría en una campaña pedagógica.

Publicado el 18 de febrero de 2010 a las 20:30.

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Celda 211

Archivado en: Premios Goya, Celda 211

Celda 211Vamos por el buen camino (o por el malo, según se mire): Celda 211 es la gran película española del año. Es decir, la mejor película española del año es una película hollywoodiense, prefabricada, tambaleante y hueca pero de una factura impecable, con una producción majestuosa y con un ritmo de los que quitan el hipo. Esto quiere decir que el cine español a lo mejor ha vendido su alma -si alguna vez la tuvo- al diablo. Y que el diablo paga muy bien, de modo que tal vez empiece a haber una industria. Daniel Monzón contaba hoy que ya ha recibido ofertas para hacer un remake de la película en Hollywood. No me extraña.

Celda 211 insinúa su inverosimilitud ya desde el principio, como dice un amigo mío, pues arranca con la visita que un funcionario de prisiones hace a su nuevo trabajo un día antes de la fecha de su incorporación para conocer a sus compañeros y familiarizarse con el entorno laboral. ¿Qué funcionario español -o no funcionario- haría eso? ¿Alguien lo conoce?

Esto es sólo una broma de humor rancio. La inverosimilitud de la película, no. El guión hace agua por todas partes. El funcionario novato queda atrapado en la zona del motín de una manera absurda. El negociador gubernamental se niega a aceptar unas peticiones razonables y nada comprometidas. Los GEO suspenden su asalto en espera de esa negociación, pero cuando la negociación se paraliza siguen sin intervenir sin que sepamos nunca por qué (yo se lo digo: para que el guionista pueda seguir escribiendo escenas). En un ejercicio de equilibrismo narrativo, a la mujer del funcionario novato, que está embarazada, no la avisan de la situación para no disgustarla, pero cuando el motín ya es público y sale en las televisiones siguen sin avisarla sin que sepamos por qué (yo se lo digo: para que puedan ocurrir unas cuantas tragedias). La pobre mujer se planta en la prisión en estado de histeria, y se encuentra allí una insólita manifestación de familiares de presos, que protestan con una celeridad inusitada y con una vehemencia inexplicable. En una secuencia memorable, la mujer, interpretada por Marta Etura, aparta a todos los manifestantes, como si fuera el mismísimo Schwarzenegger, y avanza hacia las puertas de la cárcel justo en el momento en el que el malísimo Antonio Resines, que es el funcionario de prisiones inclemente y cruel, sale a disolver la manifestación sin permiso y sin justificación. ¿A quién golpea justamente Resines con la porra despiadada? A la pobre esposa embarazada, que va derecha al hospital y muere allí. Ya es fatalidad la de este matrimonio: él va a trabajar antes y se queda atrapado en un motín; ella va a buscarle y es la única que muere. Pero la cosa resulta mucho más fascinante: no sólo el funcionario malo golpea a la inerme chica buena, sino que lo hace delante de una cámara de televisión que, con una profesionalidad y un arrojo propios de corresponsales de guerra, ha conseguido llegar al corazón del barullo, de modo que los presos pueden enterarse de lo que ha ocurrido y el funcionario novato puede inflamar su espíritu clamando venganza y aliándose por fin con los desfavorecidos. Todos estos disparates están -aumentados- en la novela de la que parte la película, de modo que no sé si debo censurar la concesión del Goya al Mejor Guión Adaptado. ¿Se adapta mejor una novela corrigiendo sus despropósitos o manteniéndolos? Nunca lo he sabido.

El resto de los elementos de la película, casi sin excepción, rozan la excelencia. Los actores hacen filigranas, logrando que esos personajes de cartón piedra cobren vida auténtica. No sólo Tosar, no sólo Etura: también el novato Amman, también Resines y Carlos Bardem. La producción es espectacular, inusual en un cine, como el español, en el que no hay dinero y se hacen las escenas de multitudes con diez extras que corren en círculo. La música acompaña como debe, la fotografía ilumina con un realismo sin desteñidos, el montaje da continuidad narrativa y belleza visual y la dirección artística -los decorados, el vestuario...- es perfecta. Daniel Monzón, por lo demás, dirige la orquesta con cierto virtuosismo: todo está engrasado, el ritmo no se desacompasa nunca, e incluso consigue que veamos sin estupor una historia con más vías de agua que el Titánic.

¿Cuál es el resultado de todo esto? Una excelente película menor, de las de palomitas y tarde de verano. Nos hace pasar un buen rato, no nos produce sueño y, además, nos invita a reflexionar socialmente -con más demagogia y superficialidad que inteligencia- sobre lo terrible del sistema penitenciario. ¿Que una excelente película menor sea la mejor película española debe llenarnos de orgullo o de vergüenza? ¿De esperanza o de pesimismo? ¿De satisfacción o de desengaño?

Es evidente que la respuesta a estas preguntas dependerá de lo que cada cual crea que es el arte. De lo que cada cual crea que es el cine.

Publicado el 16 de febrero de 2010 a las 01:00.

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Para no dar crédito

Archivado en: Cine

Estoy seguro de que alguna vez, viendo una película, se ha enamorado usted de un muchacho desconocido que hacía un papel secundario. O de una chica monísima a la que nunca antes había visto en la pantalla pero por la que dejaría de inmediato a su mujer, si tuviera la oportunidad. Estoy seguro también de que en alguna ocasión se ha puesto a llorar conmovido en medio de la sala de proyecciones al escuchar una de las canciones de la banda sonora de la película. O de que ha decidido vender su casa esa misma noche y mudarse a vivir al pueblecito pintoresco en el que han sido filmadas alguna de las secuencias del film.

En todas esas ocasiones, al acabar la película se ha quedado clavado en la butaca tratando de ver cómo se llamaba el muchacho guapo, quién interpretaba la canción o cuál era el pueblecito. Pero su intento normalmente ha sido vano, pues los títulos de crédito de la película, a los que usted mira con una atención desmedida para que no se le escape lo que busca, pasan en rodillo a toda velocidad. El reparto corre como una bala de abajo hacia arriba, y usted, a pesar de que tiene una vista vigorosa, no alcanza a discernir si el postman se llamaba John Rushmore o Brad Taylor. El empeño se vuelve heroico si, por lujuria o por pura curiosidad cinéfila, quiere fijarse en el nombre de dos actores, el postman y la second floor neighbor: cuando ha reparado en uno ya se le está marchando la otra en la pantalla.

Ojear las canciones, que es lo que a usted más le interesaba, pues son tan hermosas que está deseando comprárselas o bajárselas con el emule para escucharlas con deleite, es una tarea imposible, quimérica: usted descubre que han sido maquetadas a dos columnas, que pasan en la pantalla de dos en dos, sin freno ni ralentí y emparejadas desigualmente, de modo que el intérprete de la canción izquierda está a la altura de la compañía discográfica de la canción derecha.

Cuando las luces se encienden, usted sale de la sala sin saber cómo se llama el chico del que se ha enamorado -cosa siempre dolorosa- y repitiendo sin pausa la melodía de la canción que le gustaba para tarareársela en los siguientes días a todos sus conocidos en busca del milagro de que alguien la conozca. A cambio, ha podido enterarse, eso sí, del nombre de la ayudante de maquillaje, de los carpinteros de los decorados, de los electricistas, del adiestrador del caniche en la escena del parque, del que le llevaba los cafés a Susan Sarandon durante el rodaje, del conductor del camión que trasladó los muebles y del banco que prestó el dinero para la producción (o incluso de la identidad exacta del director de la sucursal en la que se negoció efectivamente el préstamo).

Usted, que es un hombre culto (o sabihondo, da igual), saca un libro que llevaba en el bolsillo para leer en el autobús de camino al cine, y busca en sus páginas de delante o de detrás los nombres del auxiliar de imprenta, del maquetador del texto, del corrector, del conserje de la fotomecánica o de la peluquera del autor, pero no los encuentra: ni rastro. Ni siquiera viene el nombre del editor. Es verdad -se dice usted reflexivamente- que un libro se cierra y se pone en el estante sin otro tránsito: no hay que encender luces, ponerse el abrigo, comentar con los compañeros de sesión -con esa mujer a la que va a abandonar pronto por amor a la actriz secundaria- y salir de la sala. Pero usted se pregunta, con un cierto enfado, por qué no podían los productores haber gastado todo ese tiempo en mostrar detenidamente los datos de la película que le interesan a un espectador normal. Camina durante un trecho cavilando, irritado. Y de repente, al cabo de un rato, se da cuenta con tristeza de que se le ha ido de las mientes la melodía de la canción, que ya no se acuerda, que no podrá repetírsela a nadie al día siguiente. Y comienza a silbar los acordes de Candilejas, que es la música que, por pegadiza, se le quedó grabada en su infancia. Por azar se le viene a la cabeza el nombre de un técnico de iluminación: Donald Pickering.

Publicado el 9 de febrero de 2010 a las 23:45.

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Rosa Díez

Archivado en: Rosa Díez, Populismo, Democracia

En los días siguientes a las elecciones generales de 2008, una amiga escritora dijo que la mejor prueba de hasta qué punto la sociedad española estaba despeñándose hacia el extravío era el ascenso y la gloria de Rosa Díez, cuyo partido se había convertido a nivel nacional en la cuarta fuerza política, lamiéndole los talones a Izquierda Unida, y había conseguido entrar en el Parlamento gracias a su escaño en Madrid. Pues bien, han pasado algo menos de dos años y ese extravío se ha consumado: en la encuesta del CIS que se acaba de hacer pública, Rosa Díez es la política mejor valorada de España.

Rosa Díez, como se ha recordado tantas veces, era consejera de Turismo del Gobierno Vasco cuando en 1998 el PSE, su partido de entonces, decidió romper el pacto con el PNV y pasar a la oposición. Todo el mundo -menos ella- asegura que Díez se opuso a esa decisión argumentando que la transversalidad del gobierno funcionaba bien y que el entendimiento entre nacionalistas y no nacionalistas era la única vía posible de pacificación del País Vasco: justamente las ideas que pisoteó luego para ganar popularidad. Es evidente que todo el mundo tiene derecho a rectificar y a cambiar de rumbo, desde Federico Jiménez Losantos hasta Rosa Díez. Pero en España tenemos una figura histórica, la del judío converso, que espeluzna; y produce espanto que alguien nos dé lecciones de lo contrario de lo que practicó.

La celebridad de Rosa Díez, sobre todo en Madrid, donde fue tan hospitalariamente acogida por la televisión regional, despegó en la época de la última tregua de ETA, cuando el Gobierno negoció -o dialogó, o estableció contactos- con los terroristas. Unida a los corifeos de la derecha más reaccionaria, comenzó a repetir lo que entonces eran estribillos goebbelianos: que el Gobierno estaba arrodillado, que iba a entregar Navarra, que iba a ofrecer la soberanía del País Vasco a cambio de la paz. Un presidente de Gobierno español -ni Zapatero ni San Pedro, que lo fuera- no puede ofrecer la soberanía del País Vasco ni entregar Navarra, aunque quisiera, pues no está en sus manos. Un Gobierno no tiene esa competencia, y su presidente menos. Esto lo sabían los corifeos y lo sabía Rosa Díez, que a pesar de ello -conviene recordar con detalle aquella etapa de la política española, pues fue paradigmática- repetía monótonamente lo mismo cada vez que le ponían un micrófono delante. Y veía que los aplausos a su alrededor crecían.

Rosa Díez perdió dos elecciones en el PSOE, ya se sabe. La primera, en el 98, contra Nicolás Redondo. La segunda, en el 2000, contra Zapatero. Tal vez fueron esos episodios los que forjaron su personalidad de hoy, pero la causa resulta indiferente para el análisis. El hecho es que Rosa Díez se ha autoproclamado la guardiana de las esencias democráticas, la líder de los nuevos modos políticos, la campeona de la honestidad y del coraje frente a la esclerosis de los demás. Sería tranquilizador poder decir que es sólo humo. No lo es: es populismo de la peor calaña. Populismo -si no se ofende nadie- argentino. Populismo del que penetra entre los descontentos, entre los enfadados, entre los que sin tener ninguna información -e incluso presumiendo de no estar informados- son proclives al panfleto, a la arenga y a la soflama. Populismo del que cala también entre algunas clases ilustradas -máxime con el cebo de Savater y Pombo- que, con espíritu adánico, creen de repente en la inmortalidad de las almas y en la resurrección de los cuerpos.

Lo dijo hace poco ella: hemos tenido la mala suerte de que coincidan el peor gobierno, el de Zapatero, con la peor oposición, la de Rajoy. Ella es la salvación, la iluminada, la mesías. Ella es la única que se ocupa de todo eso que preocupa de verdad a la gente: el terrorismo, los abusos nacionalistas, la imposibilidad de estudiar castellano en Cataluña, la delincuencia, el cumplimiento de las penas carcelarias...

Rosa Díez, la gran valedora de la democracia representativa y de las listas abiertas -ese gran monumento del populismo, por cierto-, ya ha tenido una escisión y varios motines en su partido a causa de su autoritarismo. Rosa Díez ha tratado de incorporar a su partido o a sus listas al padre de Mari Luz Cortés y a la madre de Sandra Palo, cuyos méritos políticos son tener hijas asesinadas. Rosa Díez se ha montado en un avión y se ha ido a El Aaiun en los peores momentos de la huelga de hambre de Aminatur Haidar para ver a la familia de la saharahui. Rosa Díez ha escrito un artículo sobre la ley del aborto que, ni blanco ni negro ni gris, trata de no disgustar ni a su pueblo de derechas ni a su pueblo de izquierdas. Rosa Díez, en fin, está siempre con el motor en marcha, como los bomberos, para predicar la Buena Nueva cuando se la necesite. ¿Es ambición? ¿Es locura?

La pregunta es retorcida, es casi una aporía: ¿un país que considera a Rosa Díez la mejor política puede llegar a encontrar políticos que lo enderecen? Lo decía mi amiga: hacia el extravío.  

Publicado el 5 de febrero de 2010 a las 20:15.

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El castellano como lengua muerta

Archivado en: Lenguas, Esperanto

El médico polaco Ludwik L. Zamenhof estaba convencido de que las disputas, las discordias y las guerras que salpican la historia de la Humanidad tienen como causa fundamental las diferencias religiosas y lingüísticas que existen entre los pueblos. Por eso dedicó todos sus esfuerzos a crear el esperanto, una lengua artificial que ayudara a los hombres a entenderse. Si se nos permite decirlo de forma castiza, Zamenhof, como el refrán, creía que "hablando se entiende la gente", de modo que bastaría con resolver los problemas de comunicación para alcanzar la fraternidad universal.

Hoy puede asegurarse, sin necesidad de ser marxista, que los conflictos humanos tienen sobre todo una causa económica y que, aunque todos habláramos esperanto y adoráramos al mismo dios, seguiría habiendo pendencias, enemistades y batallas. Pero es cierto, sin embargo, como advertía Zamenhof, que las lenguas separan y enfrentan a los hombres y que muchas veces no sirven para resolver sus desavenencias, sino para atizarlas. Hay dos formas básicas de sentir la lengua que uno habla: como un mero instrumento de comunicación o como una seña de identidad. Cuando esta última forma se engorda mucho, las palabras acaban convirtiéndose en balas, pues lo importante no es ya transmitir a través suyo un pensamiento o una emoción, sino mostrar la pertenencia a un clan, a un pueblo o a una etnia.

Yo estudié Filología Hispánica y me convertí luego en escritor, pero si me ofrecieran un utópico mundo monolingüe en el que todos habláramos inglés o chino o esperanto no derramaría ni una sólo lágrima por el castellano. Me parecería una excelente lengua muerta. Deseo la paz mundial y bendigo el ecumenismo, pero mis motivaciones son más prosaicas que las de Lamenhof: me gusta conversar con la gente cuando viajo a otros países y leer a los escritores en el idioma en el que escribieron; me sabe mal perderme una parte de la expresividad de los actores mientras atiendo a los subtítulos de una película (que detestaría ver doblada); cuando navego por internet o deambulo por la televisión digital no puedo leer los periódicos alemanes ni entender lo que se cuenta en los canales de Rusia; y, en el ámbito laboral, acabo arruinando casi todos los negocios que me veo obligado a tratar con individuos extranjeros que no saben castellano.

Los lingüistas, los antropólogos y los diletantes hacen alabanza siempre de la grandeza del plurilingüismo, pero las razones que exponen me parecen más folclóricas que juiciosas. Invocan, en primer lugar, la inefable diversidad, convertida desde hace tiempo en un bien supremo: hay que preservarlo todo, desde el mosquito anófeles hasta un dialecto hutu, para que el mundo sea más diverso. Gastronomía, costumbres, religiones, fiestas populares: todo múltiple, infinito. Y en ese gusto por la variedad sin fin, el mito de Babel no amedrenta ya a nadie: lo que hizo Dios allí no fue un castigo, sino una recompensa: nos dio riqueza, colorido.

El mito que amedrenta, en cambio, es el de la uniformidad, ese terrible mundo feliz de Huxley: a cada alma, según se dice, le corresponde una lengua diferente; cada forma de pensar tiene un correlato lingüístico. Y como prueba de ello, algún semiólogo sabio explica con delectación que en el idioma de cierta tribu mesoamericana no existe la palabra ‘soledad' porque todo se hace comunitariamente. O que en un dialecto eslavo hablado por un pueblo de moral muy rígida se designa con el mismo término al ‘adulterio' y al ‘asesinato'. Son sólo chascarrillos de ateneo científico. Porque la primera tribu podría seguir ignorando siempre la palabra soledad y el segundo pueblo podría seguir llamando ‘killers' a los ‘adulterers'. ¿Tenemos la misma alma los españoles, los argentinos y los colombianos? Parece disparatado sostenerlo, pero incluso aunque así fuera, aunque el idioma diera un aire de familia, ¿no es justo ese aire de familia fraternal lo que buscamos en nuestras mayores utopías? Bernard Pivot dijo hace algunos años que el mejor escritor español era Jorge Semprún. "Lástima que escriba en francés", añadió. ¿Se le puede negar a Semprún su esencia hispánica, si es que algo así existe? Y, en todo caso, ¿no sería bueno ir quebrantando poco a poco ese tipo de esencias? El talento literario reside en la glándula pineal del escritor y trasciende el idioma que éste emplee (por eso podemos emocionarnos con un autor traducido), aunque su belleza sea, necesariamente, la de las palabras.

Siempre he encontrado un poco ridícula esa vanagloria con que algunos hablan de la propia lengua. Sentirse orgulloso de escribir en la lengua de Cervantes es casi igual, desde mi punto de vista, que sentirse orgulloso de los triunfos deportivos de Nadal o de Fernando Alonso. Gregarismo, mesianismo, patriotismo flaco. ¿Qué lengua tiene más premios Nobel de literatura? ¿Cuál se extiende más rápidamente en el mundo? A veces escuchamos comentarios jactanciosos de individuos que alardean de que el uso del español crece geométricamente y de que su influencia en Estados Unidos es imparable, ignorando que eso es así porque muchas mujeres latinoamericanas siguen pariendo como conejas y porque los movimientos migratorios arrastran todavía hacia el norte a los pobres del sur. ¿Es eso lo que deseamos para que la lengua de Cervantes domine el mundo? ¿Una legión de desharrapados conquistando los suburbios?

Tal vez en la época de Blade Runner -un futuro que no veremos- todos los hombres hablen inglés, chino o incluso androide, pero mientras llega ese momento convendría al menos empequeñecer en lo posible las babeles que nos rodean. El concepto matemático del mínimo común denominador me parece un buen comienzo: si varias comunidades humanas comparten una lengua -vascos, catalanes y andaluces, por ejemplo-, deben usar justamente esa lengua en cualquier foro privado o público en el que convivan. ¿Estamos seguros de que ver Avatar en catalán hace al catalán más fuerte? ¿Estamos seguros de que explicar en euskera las medidas de seguridad aérea antes del despegue de un vuelo Sevilla-Bilbao sirve para fomentar o fortalecer el euskera? No consigo entender cómo. ¿Estamos seguros de que sirve para algo, aparte de para engordar identidades? En las ruedas de prensa, en las cabinas de los aviones, en los parlamentos y en los foros multinacionales, sean cuales sean, no se puede andar usando mil lenguas sólo para recordar que existen. Es una niñería, uno de esos exhibicionismos perturbados con que los adolescentes tratan de mostrarles a los demás lo formada y sólida que es su personalidad. Hay una diferencia fundamental entre el castellano, por una parte, y el catalán, el euskera y el gallego, por otra. No es el número de hablantes. No es el encono nacionalista y paleto que defiende a uno o a otros, con la eñe o con la barretina de estandarte. Es el hecho simple de que en el mundo hay doscientos o trescientos millones de personas que sólo pueden comunicarse en castellano y no hay seguramente ya ninguna que sólo pueda comunicarse en catalán, en euskera o en gallego. Para lo que de verdad se inventó el lenguaje, éste es el único dato relevante. El resto son banderas.

Publicado el 1 de febrero de 2010 a las 15:30.

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Inventario de tipos urbanos abominables (II): El cooperante proselitista

Archivado en: ONG

Desde hace más o menos siete años, algunas ONG se han aposentado con señorío en las calles de Madrid y han cogido por costumbre buscar adeptos al asalto. La primera que recuerdo era -si no me falla la memoria ni fantaseo- Médicos del Mundo: un grupo de muchachos, ataviados con un peto identificativo y armados con una carpeta llena de formularios, hormigueaban por la calle Preciados, frente a la puerta de la FNAC. Yo vivía por aquella época en la calle Espoz y Mina y atravesaba la calle Preciados casi todos los días. La primera vez que me pararon, escuché la perorata con interés y, a pesar de mi falta de asertividad (que me lleva a comprarme todas las camisas que me pruebo, por ejemplo), conseguí declinar la oferta de asociarme. La segunda vez que uno de los muchachos me abordó en la calle, le rehuí con una sonrisa, alegando que tenía prisa. Las siguientes veces me zafé con cierto malhumor, hasta que por fin me detuve enfadado y le aconsejé al pobre chico que hicieran como en las antiguas cuestaciones benéficas: dar una pegatina a los transeúntes que ya hubiesen escuchado la arenga para que se la pusieran en la solapa y no tuviesen que ser interceptados día tras día sin remedio.

Colaboro con Amnistía Internacional desde hace algunos años y tengo aprecio -desigual- por la labor de las ONG, a pesar de que en los últimos tiempos han florecido en exceso y de que las cuentas de muchas ellas -la caridad bien entendida empieza por uno mismo, ya se sabe- tienen aroma de cloaca. Pero no puedo soportar el proselitismo callejero. Es posible que me haya convertido en un insensible, en un despiadado, en un ser completamente inhumano. Es posible que mi acritud haya llegado a extremos intolerables, hasta el punto de censurar la misericordia o el altruismo. No descarto nada de esto, pero aun con esa reserva continúo afirmando que la figura del cooperante proselitista, que acecha en las puertas de los grandes almacenes o en las calles comerciales y que elige cuidadosamente su presa desde lejos, como si fuera un cazador entrenado, es absolutamente antipática e inconveniente. ¿Por qué no instalan mesas expositoras, con todo tipo de aparato propagandístico, y esperan a que los viandantes interesados se acerquen a recibir información? El otro día me abordaron unos muchachos de WWF, la organización conservacionista, y antes otros de ACNUR, la Agencia de la ONU, logrando, todos ellos, lo contrario de lo que buscaban: mi abominación por sus causas. Pasear en paz por Madrid se vuelve cada vez más una tarea imposible: donde no hay zanjas, hay grupos de comisionistas solidarios.

Taxonomía: Individuos de ambos sexos de edad no superior a los treinta años. Nivel sociocultural alto, comprometidos ideológicamente con el progreso. Nivel económico bajo. Aspecto desarreglado y fresco, pero bastante trendy.

Publicado el 27 de enero de 2010 a las 23:15.

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Los rumbos del Premio Nobel

Archivado en: Premio Nobel, Gabriela Mistral, Herta Müller

Desde hace años soy incapaz de leer un libro detrás de otro, con orden y sistema. La avidez, la prisa, las ganas de morder todos esos volúmenes que se me van acumulando en las estanterías sin remedio, me obliga a saltar de uno a otro vertiginosamente. Ahora, por pura casualidad, sin premeditación ninguna, han coincidido en mi mesilla dos libros de mujeres a las que además se les ha otorgado el Premio Nobel de Literatura: Herta Müller, la última, y Gabriela Mistral, una de las primeras (la cuarta mujer, si no he hecho mal la cuenta). Sesenta y cinco años de diferencia, los que van de 1945 a 2009.Gabriela Mistral

En noviembre estuve en Chile y compré allí un libro de Mistral que aquí Seix Barral no ha editado. Se titula Bendita mi lengua sea y es una especie de diario íntimo (así lo subtitulan) nada íntimo. Recoge lo que Gabriela Mistral fue anotando en unos cuadernitos privados a lo largo de su vida, pero en ellos se cuidaba mucho de hacer comentarios sentimentales, de desnudarse del todo. No los publicó en vida, pero da la sensación de que están escritos, desde el principio, desde mucho antes de que ella fuera una mujer célebre, con ese cuidado y ese pudor con que se escribe aquello que alguna vez puede ser publicado. Habla de las ciudades y los países por los que va pasando (fue errabunda), de las personas que conoce, de política, de literatura. Desde 1905 hasta 1956. Desde sus diecisiete años hasta su muerte.

El otro libro es La bestia del corazón, de Herta Müller, recién publicado en España por Siruela al calor de la concesión del Premio Nobel. Tenía curiosidad por leer a esta mujer de la que no había oído hablar nunca antes y cuya biografía, contada en pinceladas periodísticas, resultaba tan interesante. Elegí el libro fiándome del instinto: el título, muy hermoso, y la sinopsis de la historia que la editorial ofrece en la carátula. Es posible, por lo tanto, que me haya equivocado. A veces un amigo me recomienda que lea a un autor, compro algún libro de ese autor, lo leo con sufrimiento y, cuando le explico a mi amigo que no me ha gustado, se lleva las manos a la cabeza y me dice: "¡Pero cómo has leído ese libro, si es el peor de todos los suyos!" Tal vez La bestia del corazón sea también el peor de los libros de Herta Müller,Herta Müller pero yo ya no tendré fuerza para seguir probando. Me ha parecido que sus páginas estaban hechas de plomo, no de papel. Es muy poético, sí, y muy combativo. Es desolador, onírico, cruel. Pero para mi estómago el guiso resulta insípido e indigesto. No alcanza a emocionar, no encoleriza, no deslumbra. Aburre.

Todo lo contrario que Gabriel Mistral, que tiene una prosa -de poeta- que abruma. A veces es tan rotunda, tan hermosa, que es preciso releer para no perder lo dicho. Hay análisis lúcidos y grandes simplezas (como un menosprecio naif del Quijote, hecho en su juventud), pero todo respira la misma brutalidad literaria.

Tengo tendencia a pensar que cualquier tiempo pasado fue peor, y no mejor, pero la verdad es que se me escapan los criterios del tribunal de Estocolmo. Tal vez hacen las deliberaciones durante una comida, como ocurre en algunos premios, y el alcohol les va embotando hasta extraviarlos, de modo que puede ganar Herta Muller o, algún día, Stephanie Meyers. Este año se dijo que podría ganarlo, en español, Luis Goytisolo, lo que habría sido, desde mi punto de vista, otro desvarío del jurado provocado por los licorcitos de los postres. No tengo nada en contra de la literatura del Goytisolo joven, que conozco escasamente, pero es cualquier cosa menos un autor indiscutible, y para un premio como el Nobel uno espera candidaturas indiscutibles. ¿Lo era Gabriela Mistral en 1945? No lo sé, quizá no. ¿Alguien dirá dentro de medio siglo que los Premios Nobel de calidad eran los de antes, como Herta Muller en 2009? Es imposible saberlo, pero mi juicio no cambia.

La lista de los escritores que murieron sin premio es escalofriante, ya se sabe: Proust, Joyce, Kafka, Tolstoi, Brech, Nabokov, Ibsen, Scott Fitzgerald, Borges, Onetti. Y todos tenemos el convencimiento de que algunos escritores vivos -muchos escritores vivos- podrían engordar esa lista en el futuro. ¿Por qué no les dan el Premio de una vez y se dejan de experimentos?

Publicado el 24 de enero de 2010 a las 21:15.

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Luisgé Martín

Luisgé Martín

Un blog con olor a azufre y a carne quemada. Ciberllamas en las que arderán todos: no habrá ningún títere al que le quede la cabeza sobre los hombros. El convencimiento es claro: el infierno existe y son los otros. Basta con abrir los ojos y mirar el mundo alrededor. Hablaré de libros, de películas, de canciones y de paisajes extranjeros, pero siempre con el tridente desenvainado.

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Biografía: Madrid, 1962. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Gerencia de Empresas. Autor de los libros de relatos Los oscuros (1990) y El alma del erizo (2002), la colección de cartas Amante del sexo busca pareja morbosa (2002) y las novelas La dulce ira (1995), La muerte de Tadzio (2000), ganadora del Premio Ramón Gómez de la Serna, Los amores confiados (2005) y Las manos cortadas (2009, publicada, como la mayor parte de su obra, por Alfaguara). Ganador del Premio del Tren 2009 "Antonio Machado" de Cuento, que convoca la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, con el cuento Los años más felices.

 

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