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Blog de Luisgé Martín

El infierno son los otros

Las mil y una noches

Archivado en: Telefonía, Desamor, Transporte público

Elena ha aprovechado el fin de año para dejar a su novio: año nuevo, vida nueva. Llevaban juntos diecinueve meses exactos, y algunos de sus amigos creían que andaban preparándose ya para la boda. Pero estaban muy equivocados: Elena no era feliz. No era en absoluto feliz. Permanecía al lado de Fede porque era un buen chico, muy sensible: en ocasiones demasiado sensible, un poco cursi. ¿Saben lo que la regaló para Papá Noel?: unas braguitas llenas de corazones estampados. Fede a veces se piensa que ella tiene dieciséis años, pero tiene treinta y dos, y a esa edad cómo puedes ponerte unas braguitas de corazones rojos. Pero lo peor no era esa candidez adolescente, sino su incapacidad absoluta para las cuestiones prácticas. Elena se tuvo que quedar en Madrid estas vacaciones porque a él se le había olvidado reservar en la casa rural a la que iban a ir. Aunque a la vista de los acontecimientos, mucho mejor, porque así ya no hay salvación. A toda esta suerte de taras personales hay que añadir el borrón sexual: Fede no es bueno en la cama, es un soso y se queda dormido en cuanto terminan el coito. Ella no se lo ha dicho nunca porque sabe que a los hombres esas cosas les hunden moralmente, pero es palmario. Además, está poco dotado. Eso no sería problema -reflexiona Elena- si supiera manejarla con pericia, como Willy, el novio que tuvo antes de conocer a Fede, que sin demasiada materia prima se convertía en una bestia en la cama. Pero poco dotado y con ánimo anodino es la peor de las combinaciones. Sí, sí, ella tiene orgasmos, pero orgasmos "demasiado suaves".

El autobús ha llegado a mi parada y he tenido que bajarme sin acabar de saber si Elena va a darle una segunda oportunidad a Fede o si está pensando ya en ponerse las braguitas de corazones para quedar con Willi a recordar viejos tiempos. Detrás de mí baja una señora que tiene la misma desazón, que remolonea en la plataforma sin decidirse a saltar.

Desde la invención del móvil, el transporte público es como el palacio de Sherezade. Aunque las historias sean, generalemente, más ramplonas y más desaliñadas.

Publicado el 5 de enero de 2010 a las 11:30.

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Comentarios - 12

1 | Juan - 05/1/2010 - 14:43

Muy buena entrada, Luisgé. Añado que antes de la invención del móvil también. Disfruté de años de conversaciones sorprendidas en una línea de autobuses de media distancia. Luego tenía tiempo de pasarlas a Word en casa. Qué delicia releerlas todavía ahora.
J.

2 | Sor Haiga - 05/1/2010 - 16:40

Pobre Fede. Eso le pasa por no ser chulazo.

Yo nunca he entendido la mala fama de lo de dormirse después de follar. ¿Qué hay que hacer? ¿Ponerse a hacer los sudokus de El País? ¿Analizar el IBEX?

3 | Axier - 06/1/2010 - 00:15

Esta noche he dejado una nota a los Reyes Magos para que le traigan a Fede una novia que le diga las cosas a la cara antes que ir contándolo por ahí a todo el imprudente que coge el transporte público sin advertir el peligro. Y para los demás, ¡no encontrarnos con la ex novia de Fede en el autobús!

4 | Luisgé - 06/1/2010 - 00:17

Seguir follando, Haiga.
Lo que pasa que antes del móvil, Juan, hacia falta que el individuo viajara acompañado. Ahora las posibilidades se multiplican, porque siempre viaja acompañado. Además, yo creo que hay un gen que obliga a hablar más alto por teléfono que en vivo. Edita esasa historias, Juan.

5 | Sor Olla (Web) - 06/1/2010 - 11:43

Perpetuum mobile. Ya entiendo. Pero yo hablaba de próstatas normales, incluso un poco pasadas de rosca.

6 | Luisgé - 06/1/2010 - 12:20

Querida Olla: la química es capaz de todo.

7 | Anna - 06/1/2010 - 12:31

Muy buena la entrada, como todas. Y mira que no soy yo de blogs, que me parecen territorio de gente que le encanta ser ingeniosísimos y además mirarse el ombligo con mucho detenimiento. Pero este es la refrescante excepción, a pesar del título infernal.

8 | Julián - 07/1/2010 - 12:36

Hay conversaciones de autobús y de tren, como las hay de urinarios y de cola de la panadería, coño. Esa conversación era de tren (de largo recorrido), no de autobús urbano: de ahí que tuvieras que bajarte antes de conocer todos los detalles del folletín. Yo ayer oí una conversación de "mientras se pasea al peero" en la barra de una cervecería. ¿Qué es esto? Si empezamos a equivocarnos y a mezclar los lugares y los temas de conversación, apañados estamos.

9 | marta - 07/1/2010 - 12:44

Yo lo que no entiendo es cómo has podido saber que la chica se llamaba Elena, ¿tenía voz de Elena o hablaba de sí misma en tercera persona?
Un beso, Ge.

10 | Luisgé - 07/1/2010 - 13:03

Marta, eres un poco tiquismiquis. Podría habérmelo inventado, que para eso soy escritor y lo que cuenta es el bien trovato. Pero no me lo he inventado. Elena le cuenta a la amiga lo que Fede le dice para disculparse por no haber hecho la reserva en la casa rural. Más o menos: "Y el tonto me dice: 'Elena, es que me despiste un día y cuando fui a reservar ya estaba todo lleno'" ¿Satisfecha tu ansia de verosimilitud?

11 | marta - 07/1/2010 - 13:59

Sí, amor... Ya sabes a esto es a lo más que llego cuando quiero meterte el dedito en el ojo.
Más besos

12 | Eloy - 19/1/2010 - 12:20

"Eso no serí un problema si supiera manejarla con pericia..."
La idea no es mala, pero si todas las conversaciones que se oyen fuesen tan interesantes como ésta, ¡benditos móviles!

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Luisgé Martín

Luisgé Martín

Un blog con olor a azufre y a carne quemada. Ciberllamas en las que arderán todos: no habrá ningún títere al que le quede la cabeza sobre los hombros. El convencimiento es claro: el infierno existe y son los otros. Basta con abrir los ojos y mirar el mundo alrededor. Hablaré de libros, de películas, de canciones y de paisajes extranjeros, pero siempre con el tridente desenvainado.

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· En Twitter: twitter.com/luisgemartin

Biografía: Madrid, 1962. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Gerencia de Empresas. Autor de los libros de relatos Los oscuros (1990) y El alma del erizo (2002), la colección de cartas Amante del sexo busca pareja morbosa (2002) y las novelas La dulce ira (1995), La muerte de Tadzio (2000), ganadora del Premio Ramón Gómez de la Serna, Los amores confiados (2005) y Las manos cortadas (2009, publicada, como la mayor parte de su obra, por Alfaguara). Ganador del Premio del Tren 2009 "Antonio Machado" de Cuento, que convoca la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, con el cuento Los años más felices.

 

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