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Blog de Luisgé Martín

El infierno son los otros

Celda 211

Archivado en: Premios Goya, Celda 211

Celda 211Vamos por el buen camino (o por el malo, según se mire): Celda 211 es la gran película española del año. Es decir, la mejor película española del año es una película hollywoodiense, prefabricada, tambaleante y hueca pero de una factura impecable, con una producción majestuosa y con un ritmo de los que quitan el hipo. Esto quiere decir que el cine español a lo mejor ha vendido su alma -si alguna vez la tuvo- al diablo. Y que el diablo paga muy bien, de modo que tal vez empiece a haber una industria. Daniel Monzón contaba hoy que ya ha recibido ofertas para hacer un remake de la película en Hollywood. No me extraña.

Celda 211 insinúa su inverosimilitud ya desde el principio, como dice un amigo mío, pues arranca con la visita que un funcionario de prisiones hace a su nuevo trabajo un día antes de la fecha de su incorporación para conocer a sus compañeros y familiarizarse con el entorno laboral. ¿Qué funcionario español -o no funcionario- haría eso? ¿Alguien lo conoce?

Esto es sólo una broma de humor rancio. La inverosimilitud de la película, no. El guión hace agua por todas partes. El funcionario novato queda atrapado en la zona del motín de una manera absurda. El negociador gubernamental se niega a aceptar unas peticiones razonables y nada comprometidas. Los GEO suspenden su asalto en espera de esa negociación, pero cuando la negociación se paraliza siguen sin intervenir sin que sepamos nunca por qué (yo se lo digo: para que el guionista pueda seguir escribiendo escenas). En un ejercicio de equilibrismo narrativo, a la mujer del funcionario novato, que está embarazada, no la avisan de la situación para no disgustarla, pero cuando el motín ya es público y sale en las televisiones siguen sin avisarla sin que sepamos por qué (yo se lo digo: para que puedan ocurrir unas cuantas tragedias). La pobre mujer se planta en la prisión en estado de histeria, y se encuentra allí una insólita manifestación de familiares de presos, que protestan con una celeridad inusitada y con una vehemencia inexplicable. En una secuencia memorable, la mujer, interpretada por Marta Etura, aparta a todos los manifestantes, como si fuera el mismísimo Schwarzenegger, y avanza hacia las puertas de la cárcel justo en el momento en el que el malísimo Antonio Resines, que es el funcionario de prisiones inclemente y cruel, sale a disolver la manifestación sin permiso y sin justificación. ¿A quién golpea justamente Resines con la porra despiadada? A la pobre esposa embarazada, que va derecha al hospital y muere allí. Ya es fatalidad la de este matrimonio: él va a trabajar antes y se queda atrapado en un motín; ella va a buscarle y es la única que muere. Pero la cosa resulta mucho más fascinante: no sólo el funcionario malo golpea a la inerme chica buena, sino que lo hace delante de una cámara de televisión que, con una profesionalidad y un arrojo propios de corresponsales de guerra, ha conseguido llegar al corazón del barullo, de modo que los presos pueden enterarse de lo que ha ocurrido y el funcionario novato puede inflamar su espíritu clamando venganza y aliándose por fin con los desfavorecidos. Todos estos disparates están -aumentados- en la novela de la que parte la película, de modo que no sé si debo censurar la concesión del Goya al Mejor Guión Adaptado. ¿Se adapta mejor una novela corrigiendo sus despropósitos o manteniéndolos? Nunca lo he sabido.

El resto de los elementos de la película, casi sin excepción, rozan la excelencia. Los actores hacen filigranas, logrando que esos personajes de cartón piedra cobren vida auténtica. No sólo Tosar, no sólo Etura: también el novato Amman, también Resines y Carlos Bardem. La producción es espectacular, inusual en un cine, como el español, en el que no hay dinero y se hacen las escenas de multitudes con diez extras que corren en círculo. La música acompaña como debe, la fotografía ilumina con un realismo sin desteñidos, el montaje da continuidad narrativa y belleza visual y la dirección artística -los decorados, el vestuario...- es perfecta. Daniel Monzón, por lo demás, dirige la orquesta con cierto virtuosismo: todo está engrasado, el ritmo no se desacompasa nunca, e incluso consigue que veamos sin estupor una historia con más vías de agua que el Titánic.

¿Cuál es el resultado de todo esto? Una excelente película menor, de las de palomitas y tarde de verano. Nos hace pasar un buen rato, no nos produce sueño y, además, nos invita a reflexionar socialmente -con más demagogia y superficialidad que inteligencia- sobre lo terrible del sistema penitenciario. ¿Que una excelente película menor sea la mejor película española debe llenarnos de orgullo o de vergüenza? ¿De esperanza o de pesimismo? ¿De satisfacción o de desengaño?

Es evidente que la respuesta a estas preguntas dependerá de lo que cada cual crea que es el arte. De lo que cada cual crea que es el cine.

Publicado el 16 de febrero de 2010 a las 01:00.

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Luisgé Martín

Luisgé Martín

Un blog con olor a azufre y a carne quemada. Ciberllamas en las que arderán todos: no habrá ningún títere al que le quede la cabeza sobre los hombros. El convencimiento es claro: el infierno existe y son los otros. Basta con abrir los ojos y mirar el mundo alrededor. Hablaré de libros, de películas, de canciones y de paisajes extranjeros, pero siempre con el tridente desenvainado.

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Biografía: Madrid, 1962. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Gerencia de Empresas. Autor de los libros de relatos Los oscuros (1990) y El alma del erizo (2002), la colección de cartas Amante del sexo busca pareja morbosa (2002) y las novelas La dulce ira (1995), La muerte de Tadzio (2000), ganadora del Premio Ramón Gómez de la Serna, Los amores confiados (2005) y Las manos cortadas (2009, publicada, como la mayor parte de su obra, por Alfaguara). Ganador del Premio del Tren 2009 "Antonio Machado" de Cuento, que convoca la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, con el cuento Los años más felices.

 

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