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Blog de Luisgé Martín

El infierno son los otros

Chávez, más Chávez

Archivado en: Hugo Chávez, Pobreza, América Latina, Populismo

Chávez

Hay dos asuntos de la actualidad en los que yo, que soy tan sectario y tengo tanta facilidad para simplificar en tonalidades nítidas de gris muy claro o muy oscuro la realidad del mundo, no entiendo cómo se puede ser rotundo, terminante, imperativo. Uno es el conflicto palestino-israelí. El otro es Hugo Chávez. Y vaya por anticipado que las equidistancias, los términos medios y las neutralidades no son, como resulta evidente en este blog, opciones que entonen con mi temperamento.

He visto y leído mucho lo que ha ido apareciendo estos días acerca de la muerte del presidente venezolano. Muchas veces con estupor o con desconcierto. Del descerebramiento de la derecha mediática y no mediática ya tengo constancia sobrada, pero no imaginaba que la izquierda leninista saliera tan en tromba a defender actitudes paleolíticas y a exhibir la pureza pata negra de sus sentimientos ideológicos. Si la crisis nos ha traído a estos lodos, mal camino llevamos a mi juicio para rehacer un relato que devuelva la autoridad moral que la izquierda nunca debía haber perdido. Porque en los relatos, como bien saben los escritores y los buenos lectores, los buenos propósitos no bastan. Las grandes novelas están hechas de propósitos y de palabras inseparables.

En estos tiempos de neoliberalismo hegemónico, de organismos internacionales empeñados en recetas caducadas y antisociales, de socialdemocracia complaciente, de mercantilismo espiritual y de casinos financieros, no hace falta ser Rosa Luxemburgo para sentir simpatía por alguien cuyo mayor empeño es atajar la pobreza, alfabetizar a los ignorantes y reinsertar en la sociedad a sectores muy amplios de la población que estaban excluidos. Todo eso ha sido así en Venezuela durante los catorce años de chavismo, según señalan todos los indicadores objetivos (los de la ONU, por ejemplo). Y habiendo sido así, tiene poco sentido negarlo.

En los años 70, el país más pobre de Europa (de la Europa occidental) era Noruega. Al parecer, según recuerdan los propios noruegos, era un país verdaderamente pobre en algunas regiones. Con el descubrimiento de los pozos de petróleo del Mar del Norte se convirtió en uno de los más ricos. Esos yacimientos, por cierto, también se nacionalizaron; es decir, se afirmó el derecho del Estado, de todos los noruegos, a explotar esa riqueza. Lo que se construyó allí fue una sociedad desarrollada en todos los sentidos. Una economía dinámica y estructurada que no lo hiciese depender todo del petróleo y de su precio en los mercados internacionales. Nada parecido ha ocurrido en Venezuela, y aunque no me cabe duda de que la propia historia del país, las oligarquías reinantes y hasta el clima tienen algo que ver en eso, me parece razonable afirmar que Hugo Chávez es uno de los grandes responsables. Ha usado la manguera de petróleo para todo: para regar en casa y para hacer política internacional. ¿Qué habría sido de la presidencia de Chávez si el petróleo en vez de subir a 130 dólares el barril se hubiera estabilizado en los 10 dólares que valía cuando él llegó al poder? Esa pregunta habría que responderla. ¿Cómo se reduce la pobreza sin recursos naturales poderosos? ¿Cómo se cohesiona la sociedad sin un pozo negro manando incesantemente? No es sólo una pregunta malintencionada: es una mirada política. Aquí Zapatero era sobresaliente y muy social cuando reducía el paro a niveles récord, pero en cuanto dejó de manar el ladrillo de los pozos de riqueza nacionales se convirtió en un demonio. El hecho de que los oligarcas venezolanos, en un ejercicio de política ficción, hubieran usado ese petróleo de 130 dólares para propio beneficio no me distrae de la pregunta ni me hace cambiar de opinión.

La delincuencia de Caracas no la inventó Chávez, pero en el mejor de los casos no supo contenerla, y una sociedad violenta es una sociedad siempre injusta. La corrupción y la burocracia tampoco las creó él, pero se multiplicaron durante su mandato. Y el respeto a los derechos humanos, según indicadores también objetivos (los últimos, los de Human Rights Watch) no ha sido especialmente brillante.

Chávez ganó muchas elecciones democráticas y limpias. Sus detractores hacen hincapié en el control que tenía de los medios de comunicación. Puede ser cierto, pero a decir verdad esa es la misma razón por la que el PP gana elecciones en España, según mi opinión. En un país como el nuestro no hay ahora mismo medios de comunicación de izquierdas -salvo en la prensa digital, que no deja de ser todavía un rincón minoritario a la hora de crear opinión-, y no creo que sea debido a la inexistencia de un espectro sociológico adecuado.

Sí creo, en todo caso, que existe una diferencia sustancial con Venezuela (y con Italia, ya que estamos). En España un presidente del Gobierno jamás tendría un programa en la televisión en el que dar rienda suelta a sus instintos, a sus digresiones personales y a sus caprichos. Si cada día saliera Rajoy en la televisión y se permitiera el lujo de decirle a un pobre que ha llamado por teléfono al programa -como si llamara a Julia Otero o a la difunda Encarna Sánchez- que de la bolsa del Estado le va a pagar un frigorífico porque el suyo se le ha roto, aquí, en España, nos desmayaríamos de la cólera. Llevo todos estos días tratando de entender cómo ese populismo de la especie más barata y más primaria no escandaliza a quienes defienden el chavismo. Y llevo todos estos días asombrándome de las cosas que escucho y leo: para justificar a Chávez se hacen retorcimientos dialécticos de equilibrista en el alambre. Incluso alguien como Antonio Orejudo, tan sensato siempre, hacía el otro día una loa de acróbata al populismo bueno: "Lo que más teme nuestra izquierda -nuestra izquierda refinada, esa que defiende la enseñanza pública y matricula a sus hijos en el Liceo Francés- es que el pueblo acabe convirtiéndose en la clase dominante. Y cuando digo el pueblo no me refiero esa entidad difusa y romántica a la que cantaba Quilapayún, cuyas canciones -el pueblo unido jamás será vencido- han debido de corear varias veces los mismos que ahora acusan a Chávez de populista. Cuando digo pueblo digo pueblo: la gente que habla a voces en los centros comerciales, las señoras que gritan ‘guapa' a Su Majestad la Reina, los votantes de Álvarez Cascos, los que degluten palomitas en el cine, los espectadores de Gran Hermano, los padres que insultan al árbitro en los partidos de sus hijos y el público que asiste en directo al programa de María Teresa Campos. Lo que nuestra izquierda exquisita no soporta es que un gobernante dé poder y dignidad a tanta gente fea", decía Orejudo.

Me cuesta entender -y tiendo a creer incluso que es metafísicamente imposible hacerlo- por qué el populismo de Esperanza Aguirre es intrínsecamente malo y el de Chávez, idéntico pero redoblado, sólo trata de dar dignidad a la gente humilde. Y yo, que debo de ser muy exquisito, aunque no sé ya si de izquierdas, tal y como se están corriendo las dos orillas en estos tiempos, rezo cada día al dios en el que no creo -en el que Chávez creía mucho y de manera primitiva, por cierto- para que los rumbos de la sociedad en la que vivo no los marquen de ninguna forma los que degluten palomitas, los que ven compulsivamente Gran Hermano o los que sueñan con ser invitados al programa de María Teresa Campos. Tengo la sensación, además, de que Antonio Orejudo también reza por ello. Yo creo que sí se puede defender la enseñanza pública con convicción y llevar a tus hijos al Liceo francés -del mismo modo que se puede salir a recoger un Goya vestida de Chanel y reclamar que se frenen los desahucios-: lo que no se puede es lamentar continuamente la pobreza cultural y la alienación social y respaldar luego esas hemorragias emocionales y falleras que hay en el chavismo o que han sido seña de identidad eterna del peronismo.

El día de la muerte escribí un twit que una amiga de este blog me reprochó en privado (es esa la razón por la que al final me he sentado a escribir este post, después una vez más de tanto abandono). Dije en ese twit que, se pensara lo que se pensara sobre Chávez, la intervención de Nicolás Maduro anunciando su muerte no había sido muy distinta de la de Arias Navarro. Luego salió la cúpula del ejército -con una escenografía de gente fea digna de los Monty Python- para hacer un discurso espeluznante. Más tarde anunciaron que al comandante lo iban a embalsamar para que se le pudiera seguir acompañando en la eternidad. Y ahora, como el Cid, se le ha metido en la campaña electoral tratando de sacar más votos que cuando estaba vivo.

Los partidarios inquebrantables del difunto -y ni siquiera todos- tratan de explicar que estas cosas, de las que el chavismo estuvo tan lleno, pertenecen a la anécdota y que esa anécdota no afecta a la categoría. Y esto sabemos desde hace tiempo que es falso. La anécdota es la categoría o la determina. Del mismo modo que una novela mal escrita será siempre una mala novela, aunque la trama sea interesante y la moraleja nos guste. Porque si en política lo único que cuenta es la intención, como en los regalos de cumpleaños, es posible que tuviéramos que poner en nuestros altares a muchos de los próceres mundiales que detestamos.

Yo reclamo mi derecho a no tener que elegir entre Christine Lagarde y la momia embalsamada de Chávez y, sin que sirva de precedente, a que no se me ponga en el bando de los enemigos de unos o de otros si reconozco méritos o si denuncio vergüenzas. También Lula y Roussef o Correa han reducido la pobreza, también en Perú se están formando clases medias con acceso al bienestar, también la Concertación chilena recobró la dignidad pisoteada de un pueblo y aumentó la cohesión social. Y lo han ido haciendo además sin yacimientos gigantescos de petróleo.

Es evidente que uno de los males de la izquierda española es la exquisitez y el colaboracionismo. Se lleva varios años hablando de eso, aunque está por ver si servirá para enmendarlo. De lo que se habla menos -o nada- es de los males de la otra izquierda: el adanismo y el descamisamiento. Que a mí, por edad y tal vez por soberbia, me parecen casi peores.

 

Publicado el 13 de marzo de 2013 a las 01:30.

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Vuelta a empezar

Archivado en: Ley del Menor, Populismo, Estupidez

Una de las frases célebres que más me fascina es ésa de Einstein que todos conocen: "Sólo hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro". Esto lo dijo Einstein en una época en la que no existían internet ni por lo tanto la blogosfera, de modo que él se basaba en la observación directa y personal. Ahora, en el auge de los foros y los blogs, cuando cualquier hijo de vecino (incluso yo mismo, que es el colmo) puede dejar su opinión orgullosamente a la vista de todos, enfática y rotunda, Einstein seguramente habría tenido una crisis cardiaca. Tal vez habría matizado su opinión acerca del Universo (no sé cómo están las investigaciones en ese campo), pero la de la estupidez humana la habría reforzado.

La noticia ya la conocen todos: acaban de matar a una niña de trece años en Seseña, un pueblo de Toledo. Y los periódicos digitales que cuelgan la noticia abren la posibilidad a los lectores de que opinen. Recojo sólo un centésima parte de los comentarios, y ni siquiera rebuscando demasiado entre los más granados (y respeto, eso sí, la ortografía y la sintaxis, que a veces forman parte del contenido).

"Este pais no esta en democracia, ni esta preparado para ciertas libertades, del mismo modo que tampoco lo esta el poder judicial, ni los elementos que tienen que administrar justicia en este pais. Cuantos casos hacen falta, para tomar medidas acordes a todo lo que sucede por falta de claridad y agilidad en la justicia, y no me digan que hacen falta mas medios, lo que hace falta es trabajar mas, por las tardes incluso y el que no quiera que vaya para la construcion", dice uno (fíjense en ese 'por las tardes incluso'. Debe de ser funcionario). Un Progresista de derechas (es su nick, no mi valoración) afirma: "Ley del talion, ojo por ojo diente por diente. Nuestra moral católica nos indica que hay que poner límites a la venganza, a mi éste me parece uno bueno. Que no se le haga al criminal nada peor que lo que él ha hecho". Pero un progresista de izquierdas, para evitar la confusión, escribe: "Este comentario va dirigido a los que acusan a la derecha de involucion y otras cosas en cuanto se opina sobre este tipo de casos...sea el rafita, este y otros muchos. Mire yo soy de izquierdas de toda la vida, y más a la izquierda del psoe, y pido la cadena perpetua, para aquel que le quite la vida a otra persona. El que asesina NO DEBE SER LIBRE NUNCA MAS. Cadena perpetua para los asesinos asi no se repetiran casos mari Luz etc. etc. cadena perpetua ya, referendum ya!! y estoy seguro que si se somete a refendum ganaria el SI a la cadena perpetua, Sres. politicos escuchen a la sociedad y hagan lo que la misma les reclame". Si yo hubiera querido definir el populismo no habría sabido hacerlo con tanto brillo. Hay otro que resulta conciso y elocuente: "¿Tiene derecho a reinsertarse el asesino de una cría de trece años? Espero respuesta de cualquier buenrrollista". Ya sabemos, por supuesto, la respuesta que espera: el asesino de una niña de 13 años no tiene derecho a reinsertarse. El siguiente forero no se arredra por algunas críticas, e incluso modifica (sin saberlo, supongo, pero le viene al pelo) un dicho popular que habla de la caridad: "Cómo se nota que vosotros no habéis pasado ese trago, ni el que está pasando la familia de Marta del Castillo, donde se demuestra que tenemos unas leyes obsoletas que permiten a los asesinos pasearse por la calle y reírse de todo un país. Es esta la justicia en la que confiáis? porque yo hace tiempo que dejé de hacerlo. La misma gente que trabaja en justicia, admite que hace falta una renovación porque está obsoleta. Pero aquí no nos movemos ni con grúa; hay demasiado miedo al qué dirán, hay que dar una segunda oportunidad a los asesinos (siempre y cuando a nosotros no nos toque, claro), de lo contrario te tachan de fascista. La verdadera justicia empieza por uno mismo. Quien perdona a un asesino cuando destruye a uno de su familia, en mi opinión, no merece el respeto de los suyos. Tiene que ser muy crudo ver cómo alguien de tu propia familia encima es el abogado de un asesino. Espero que no me toque ver nunca esa escena". La racionalidad se disuelve como azucarillo en agua caliente: "Hoy en dia la ley, los directores de colegio, alcaldes, y demás personal que tiene cargos y responsabilidad aunque parezca una exageración lo que voy a decir, aunque la realidad está ahi para golpearnos con toda su tremanda fuerza a la cara, optan por la solución más fácil defender al agresor, al delincuente, al ladrón... frente a los agredidos. Es la solución más fácil. Algo no está funcionando bien, si queremos un cargo aceptemos la responsabilidad del mismo y si la ley no funciona habrá que cambiarla. ¡¡Todos son buenos sino les dejamos ser malos!!" Los avances occidentales en la ley penal se ponen en solfa con ese orgullo saludable que siempre exhibe el bruto antes de sacudir con el garrote: "Está claro que Gandhi [nick de otro de los foreros] considera que el castigo debe ser menor que el daño que ha producido el criminal, no me opondría a que perdonases a tu verdugo y le pusieses 2 psicologos un piso y una pensión, pero ten un poco más de empatía y sentido de justicia, y permite que las víctimas de un crimen puedan al menos vengarse si así lo desean, eso es justicia. La rehabilitación que salga de tu nómina majo". Y aún queda espacio para la poesía (de tinte social, eso sí): "Pudrirse en la cárcel???? los asesinos lo hacen gustosamente pues saben q han corrido mejor suerte q sus víctimas...acaban por adaptarse a una vida sin preocupaciones ni responsabilidades ...los q estamos en la cárcel somos los q estamos fuera ...somos los presos de la sociedad moderna puesto q tenemos unas obligaciones q rondan la exclavitud y encima les tenemos q mantener por los crimenes q han cometido!!!" E incluso hay algunos pragmáticos que ven redentora la idea de los trabajos forzados (supongo que al saber que el culpable era una menor habría cambiado las carreteras por trabajos de cocina o de bordado): "Ese individuo no puede salir de la carcel. No hay rehabilitacion para esta gente. Deberian imponer otra vez los trabajos en carreteras etc. para estos casos, lo siento pero es asi, el daño que han hecho a la sociedad que lo paguen, que menos que 8 horas de trabajo al dia para pagar su manutencion y bajar un poco los impuestos al resto, que menos".

Habría comentarios para llenar decenas de posts y para hacer un tratado de sociología. Pena de muerte, cadena perpetua en sus diferentes modalidades, Ley del Talión... Es decir, un dechado de civismo. La cristalización del progreso, de la inteligencia, de la mesura. Y sobre todo de la compasión. Lo que vemos es a una turba de animales salvajes, zafios, delirantes, con colmillos llenos de sangre, que en realidad disfrutan de estos espectáculos: se sienten partícipes de una misión elevada, de una gran colectividad que reclama grandes cosas con mayúsculas: en este caso, Justicia.

Estoy cansado de tener que leer cada cierto tiempo las mismas cosas, las mismas naderías, las mismas tosquedades. La mayoría de edad penal la fija el Parlamento atendiendo a los estudios de los técnicos, que en este caso son psicólogos, psiquiatras y expertos penalistas. Yo no sé si esa edad debe ser 16, 14, 12 o 6 años. No lo sé, tengo que fiarme o estudiar. Sé -eso es de sentido común- que cualquier edad que se fije tendrá excepciones en ambas direcciones, pues los periodos de maduración de las personas son diferentes. Sé también que hay que fijar una edad, que todos los códigos penales la establecen. Y sé por último -esto es quizá lo más difícil de entender para una acémila- que establecer la edad penal a los 18 años (con exigencia de responsabilidad a partir de los 14, lo que en realidad es una mayoría de edad atenuada) no quiere decir que por debajo de esa edad nadie vaya a cometer delitos y crímenes abominables: precisamente para eso se establece una frontera, para determinar que las responsabilidades son distintas, que la percepción que se tiene del delito es diferente. Hablamos del Rafita, reincidente, pero ¿cuántos chavales que han salido de centros de internamientos para menores han aprovechado la oportunidad que se les daba? Cientos.

Ni siquiera voy a hurgar mucho en el hecho que los que ahora han empezado a clamar para revisar la edad penal a la baja son los mismos que ayer clamaban contra la posibilidad de que una chica de 16 años pudiera abortar bajo su propia responsabilidad. Les confieso (yo creo que ya lo han notado) que una de las cosas que más detesto de una persona es la inconsistencia.

En estos asuntos (y en otros parecidos) hay dos tipos de pensamiento. El de quienes creen que es preferible que haya un inocente en la cárcel que un culpable en libertad y el de quienes piensan, al contrario, que cualquier cosa es preferible antes de que alguien que podría haberse rehabilitado y haber vivido una vida normal no pueda hacerlo por culpa del sistema penal en el que vive.

Lo dijo Dostoievski: "El grado de civilización de una sociedad se mide por sus cárceles".

Publicado el 6 de abril de 2010 a las 09:30.

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Rosa Díez

Archivado en: Rosa Díez, Populismo, Democracia

En los días siguientes a las elecciones generales de 2008, una amiga escritora dijo que la mejor prueba de hasta qué punto la sociedad española estaba despeñándose hacia el extravío era el ascenso y la gloria de Rosa Díez, cuyo partido se había convertido a nivel nacional en la cuarta fuerza política, lamiéndole los talones a Izquierda Unida, y había conseguido entrar en el Parlamento gracias a su escaño en Madrid. Pues bien, han pasado algo menos de dos años y ese extravío se ha consumado: en la encuesta del CIS que se acaba de hacer pública, Rosa Díez es la política mejor valorada de España.

Rosa Díez, como se ha recordado tantas veces, era consejera de Turismo del Gobierno Vasco cuando en 1998 el PSE, su partido de entonces, decidió romper el pacto con el PNV y pasar a la oposición. Todo el mundo -menos ella- asegura que Díez se opuso a esa decisión argumentando que la transversalidad del gobierno funcionaba bien y que el entendimiento entre nacionalistas y no nacionalistas era la única vía posible de pacificación del País Vasco: justamente las ideas que pisoteó luego para ganar popularidad. Es evidente que todo el mundo tiene derecho a rectificar y a cambiar de rumbo, desde Federico Jiménez Losantos hasta Rosa Díez. Pero en España tenemos una figura histórica, la del judío converso, que espeluzna; y produce espanto que alguien nos dé lecciones de lo contrario de lo que practicó.

La celebridad de Rosa Díez, sobre todo en Madrid, donde fue tan hospitalariamente acogida por la televisión regional, despegó en la época de la última tregua de ETA, cuando el Gobierno negoció -o dialogó, o estableció contactos- con los terroristas. Unida a los corifeos de la derecha más reaccionaria, comenzó a repetir lo que entonces eran estribillos goebbelianos: que el Gobierno estaba arrodillado, que iba a entregar Navarra, que iba a ofrecer la soberanía del País Vasco a cambio de la paz. Un presidente de Gobierno español -ni Zapatero ni San Pedro, que lo fuera- no puede ofrecer la soberanía del País Vasco ni entregar Navarra, aunque quisiera, pues no está en sus manos. Un Gobierno no tiene esa competencia, y su presidente menos. Esto lo sabían los corifeos y lo sabía Rosa Díez, que a pesar de ello -conviene recordar con detalle aquella etapa de la política española, pues fue paradigmática- repetía monótonamente lo mismo cada vez que le ponían un micrófono delante. Y veía que los aplausos a su alrededor crecían.

Rosa Díez perdió dos elecciones en el PSOE, ya se sabe. La primera, en el 98, contra Nicolás Redondo. La segunda, en el 2000, contra Zapatero. Tal vez fueron esos episodios los que forjaron su personalidad de hoy, pero la causa resulta indiferente para el análisis. El hecho es que Rosa Díez se ha autoproclamado la guardiana de las esencias democráticas, la líder de los nuevos modos políticos, la campeona de la honestidad y del coraje frente a la esclerosis de los demás. Sería tranquilizador poder decir que es sólo humo. No lo es: es populismo de la peor calaña. Populismo -si no se ofende nadie- argentino. Populismo del que penetra entre los descontentos, entre los enfadados, entre los que sin tener ninguna información -e incluso presumiendo de no estar informados- son proclives al panfleto, a la arenga y a la soflama. Populismo del que cala también entre algunas clases ilustradas -máxime con el cebo de Savater y Pombo- que, con espíritu adánico, creen de repente en la inmortalidad de las almas y en la resurrección de los cuerpos.

Lo dijo hace poco ella: hemos tenido la mala suerte de que coincidan el peor gobierno, el de Zapatero, con la peor oposición, la de Rajoy. Ella es la salvación, la iluminada, la mesías. Ella es la única que se ocupa de todo eso que preocupa de verdad a la gente: el terrorismo, los abusos nacionalistas, la imposibilidad de estudiar castellano en Cataluña, la delincuencia, el cumplimiento de las penas carcelarias...

Rosa Díez, la gran valedora de la democracia representativa y de las listas abiertas -ese gran monumento del populismo, por cierto-, ya ha tenido una escisión y varios motines en su partido a causa de su autoritarismo. Rosa Díez ha tratado de incorporar a su partido o a sus listas al padre de Mari Luz Cortés y a la madre de Sandra Palo, cuyos méritos políticos son tener hijas asesinadas. Rosa Díez se ha montado en un avión y se ha ido a El Aaiun en los peores momentos de la huelga de hambre de Aminatur Haidar para ver a la familia de la saharahui. Rosa Díez ha escrito un artículo sobre la ley del aborto que, ni blanco ni negro ni gris, trata de no disgustar ni a su pueblo de derechas ni a su pueblo de izquierdas. Rosa Díez, en fin, está siempre con el motor en marcha, como los bomberos, para predicar la Buena Nueva cuando se la necesite. ¿Es ambición? ¿Es locura?

La pregunta es retorcida, es casi una aporía: ¿un país que considera a Rosa Díez la mejor política puede llegar a encontrar políticos que lo enderecen? Lo decía mi amiga: hacia el extravío.  

Publicado el 5 de febrero de 2010 a las 20:15.

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Luisgé Martín

Luisgé Martín

Un blog con olor a azufre y a carne quemada. Ciberllamas en las que arderán todos: no habrá ningún títere al que le quede la cabeza sobre los hombros. El convencimiento es claro: el infierno existe y son los otros. Basta con abrir los ojos y mirar el mundo alrededor. Hablaré de libros, de películas, de canciones y de paisajes extranjeros, pero siempre con el tridente desenvainado.

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Biografía: Madrid, 1962. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Gerencia de Empresas. Autor de los libros de relatos Los oscuros (1990) y El alma del erizo (2002), la colección de cartas Amante del sexo busca pareja morbosa (2002) y las novelas La dulce ira (1995), La muerte de Tadzio (2000), ganadora del Premio Ramón Gómez de la Serna, Los amores confiados (2005) y Las manos cortadas (2009, publicada, como la mayor parte de su obra, por Alfaguara). Ganador del Premio del Tren 2009 "Antonio Machado" de Cuento, que convoca la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, con el cuento Los años más felices.

 

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