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Blog de Javier Memba

El insolidario

Los relatos más bellos del mundo VIII

Archivado en: Cuaderno de lecturas, Los relatos más bellos del mundo

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           (Viene del asiento del 6 de mayo de 2020)

           Perdí el poco sentido del humor que me quedaba cuando dejé de beber, hace ya diez años. Desde entonces, más o menos, soy como Fernando Fernán Gómez cuando se dirigían a él los reporteros de Caiga quien caiga, el popular espacio televisivo cuyo final coincidió con el de mi sed. Eso de que todo tenga que ir acompañado de una gracia me carga. Si acaso, la ironía, el sarcasmo y los trallazos que recibía impasible Buster Keaton y el resto de los grandes del slapstick. Pero la imitación, la burla, el chiste fácil, la guasa popular no van conmigo, que soy -y además me gusta serlo- un tipo sombrío, taciturno y apesadumbrado. Ante este panorama, comprenderá el lector que la literatura humorística no revista para mí interés alguno. Atesoró desde hace más de cuarenta años la edición de los cuentos de Poe en el Libro Amigo de Alianza Editorial. Es decir, la traducida por Julio Cortázar. El tomo primero, el de los cuentos de miedo, los cuentos de Poe por antonomasia, es uno de mis textos más queridos. El segundo, el de los cuentos de humor, una lectura que acometí con mucho esfuerzo por ser obra del maestro. De ser originales de cualquier otro autor, ni lo hubiera abierto.

            Con tales antecedentes, cuando, prosiguiendo con mi lectura de Los relatos más bellos del mundo, le llegó el turno a los reunidos bajo el epígrafe de Humor e infancia, todo fueron recelos. Sin embargo, como tantas veces con tantas cosas acometidas desde una visión premeditada, su lectura ha sido un grato descubrimiento. Como contaba mi admirado Jaime Gil de Biedma en la solapa de la segunda edición de Las personas del verbo (1982) que fue para él Sevilla, a la que había desdeñado frente a Manila en la solapa de Colección particular (1969). Resumiendo, esta del humor y la infancia, ha sido una de las selecciones que más me han gustado.

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Publicado el 9 de septiembre de 2020 a las 04:00.

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Lefranc entre la fantasía y la realidad

Archivado en: Cuaderno de lecturas, Lefranc, "Las puertas del infierno", de Jacques Martin y Gilles Chaillet

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            Las historias realistas horadadas por la fantasía suelen tener un encanto especial. Las puertas del infierno (1978), quinta entrega de las aventuras de Lefranc, es una de ellas. La realidad viene dada por las pruebas que realiza el ejército francés cuando Lefranc y Jeanjean, ignorantes de ello, se adentran en el teatro de operaciones de los militares pilotando una avioneta con la que se estrellarán sobre una altiplanicie. La fantasía, además de unas insólitas nubes que rodean el altiplano tras una serie de explosiones, la aporta el relato de la abuela de Lisa, la muchacha que les recoge cuando el aparato de nuestros amigos deja de responder y cae. La anciana nos remite en su narración, ilustrada con las viñetas correspondientes al final de la Guerra de los Cien Años o, lo que es lo mismo: a la Francia de mediados del siglo XV, a "un pueblo siniestro, en los dominios de los señores de Crans, donde nadie vivía feliz y todos, guiados por un siniestro fuenteovejunismo, sacrificaban muchachas al Maligno".

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Publicado el 20 de agosto de 2020 a las 13:15.

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Las memorias de John Dos Passos (y III)

Archivado en: Cuaderno de lecturas, "Años inolvidables", de John Dos Passos.

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(viene del asiento anterior)

 

            Sinbad, titula Dos Passos el tercer capítulo de sus Años inolvidables y bien es cierto que se lee con el deleite que procura una novela de aventuras. Sin embargo, más que a los viajes del marino de Las mil y una noches, estas páginas han venido a recordarme a las de Los siete pilares de la sabiduría (1926) de Thomas Edward Lawrence. Dicho de otra manera: el universo de Lawrence de Arabia. Y el afán de Oriente que llevó al estadounidense a cruzar el desierto que separa Damasco de Bagdad en 1921, no dista mucho de la inquietud del inglés. Puede que Dos Passos no quisiera tanto a los árabes como Lawrence, pero se hace notar por el respeto que muestra a sus costumbres. Sin más ayuda que la de Jassem -un guía perteneciente a los agail, una confederación de tribus encargada de guiar las caravanas entre las dunas interminables-, el escritor, aproximadamente, se adentró en las mismas arenas que el militar y, aunque el imperio otomano contra el que alzó Lawrence a los árabes ya había sido derrotado, la región seguía siendo una de las más inestables del mundo. En aquel viaje -que arranca en la pág. 138-, Dos Passos pasó más hambre que nunca.

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Publicado el 13 de agosto de 2020 a las 17:00.

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Las memorias de John Dos Passos (II)

Archivado en: Cuaderno de lecturas, "Años inolvidables", de John Dos Passos.

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(viene del asiento anterior)

 

            Es curioso comprobar cómo difiere la percepción de la Gran Guerra entre la cultura francesa y la estadounidense. Al otro lado de los Pirineos suele considerarse la primera guerra sucia, de grandes matanzas, el apocalipsis desatado entre la batalla del Marne (1914) y la de Verdún (1916); al otro lado del Atlántico, la del 14 fue la primera de las últimas guerras románticas, en la que había que participar.

            Sin embargo, tenía que haber algo en los aún aprendices de escritores estadounidenses que, indignados con los imperios centrales en aquel conflicto y antes de que entrara en él su país (1917), los llevaba a alistarse en las unidades sanitarias antes que en las tropas mercenarias. A buen seguro que también se batieron en aquel infierno o en aquel campo del honor, según se mire, soldados de fortuna. La legión extranjera francesa, sin ir más lejos, combatió en aquellas trincheras y en sus filas, bien es cierto, menudeaban los jóvenes norteamericanos más temperamentales, quienes se la juraron al káiser cuando invadió la dulce Francia. Aun así, John Dos Passos se refiere a cierto pacifismo que llevó a muchos de sus compañeros -y a él mismo- a ayudar a los aliados sin mancharse las manos con la sangre de sus enemigos. Pero también nos habla de uno al que no le dio tiempo a hacerlo: Roland Jackson, quien sirvió en un regimiento de artillería. Muerto a los pocos días de llegar al frente, su amigo John le recordó en su segunda visita a Madrid, al beber una cerveza en El oro del Rhin (pág. 101). Si yo aún le diera al frasco y la cervecería aludida aún animara mi ciudad, hoy me hubiera emborrachado en ella conmovido por la lectura de semejante recuerdo.

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Publicado el 7 de agosto de 2020 a las 02:45.

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Las memorias de John Dos Passos (I)

Archivado en: Cuaderno de lecturas, "Años inolvidables", de John Dos Passos.

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            Ya atesoraba Años inolvidables (1966) en 1989 -mi edición es la impresa por Seix Barral en el 84-, cuando me decidí por Manhattan Transfer (1925). Además, por aquel entonces ya era un ávido lector de memorias. Empecé a serlo en el 87, tras dar cuenta de las de Raoul Walsh, La vida de un hombre (1974), entusiasmado. Sin embargo, algo tan peregrino como la secuencia de una película que nunca me ha interesado -Armas de mujer (Mike Nichols, 1988)-, protagonizada por una actriz que jamás me ha llamado la atención -Melanie Griffith- influyó de un modo determinante para que leyese por primera vez a Dos Passos en su primer experimento con las estructuras narrativas. Como el propio título sugiere, en las páginas de Manhattan Transfer, Nueva York, el conglomerado urbano de Manhattan, es concebido como un lugar de transbordo, como una estación de paso del variado paisanaje de la ciudad.

            Supe por primera vez del transbordador a Manhattan -el South Ferry- en esa secuencia de Armas de mujer en la que Tess McGill -el personaje de Melanie Griffith- lo toma para ir a medrar en su trabajo y poco después ese detalle me decidió. Fue un impulso espurio. En aquellos días -y no digamos en las noches- yo estaba siempre volado, como decían en las traducciones argentinas de Jack Kerouac de mi juventud. En ese estado, el esfuerzo que me constaba la concentración precisa para dar cuenta de una historia coral -coro que representa a un segmento considerable del paisanaje de Nueva York, demasiado numeroso en cualquier caso para alguien como yo entonces, que iba en busca del colocón definitivo- hizo que no disfrutase de mi descubrimiento de John Dos Passos. Ha sido ahora, con los sesenta años -ya vivido y aún más propenso a las memorias- cuando he disfrutado de la lectura de este autor, uno de los grandes de la literatura estadounidense del pasado siglo, como hacía tiempo no disfrutaba de ningún otro.

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Publicado el 4 de agosto de 2020 a las 00:45.

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El arte de Bob de Moor al servicio de Jacques Martin

Archivado en: Cuaderno de lecturas, Lefranc, "La guarida del lobo", de Jacques Martin.

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            En estos días, revisando Arrebato puesto a escribir un artículo sobre Iván Zulueta, su realizador, he vuelto a escuchar esa pregunta que le formula Pedro (Will More) a Sirgado (Eusebio Poncela) sobre el tiempo que, siendo un niño, era capaz de estar mirando fijamente, sin levantar la vista, su cromo favorito.

             Fui coleccionista de cromos, pero debo reconocer que no muy aplicado. De hecho, recuerdo vagamente que sólo terminé una colección cuyo título he olvidado. A mí, las estampas que me arrebataban de esa manera en mis primeros años fueron las viñetas de las aventuras de Tintín. No podría precisar la favorita entre todas ellas. Recuerdo la portada de El asunto Tornasol (1956), con Tintín y Haddock ocultando a Tornasol de los motoristas bordurios tras una roca y aquellos cristales rotos ciñendo la escena, que siempre imaginé un plano imposible por creerla focalizada desde el interior del faro del coche despeñado, de ahí los cristales rotos; recuerdo, en muchos episodios, aquellas turbinas fabulosas entre las que asomaba un puño, una onomatopeya, una de aquellas estrellitas que expresaban el dolor, con las que Hergé -y algunos cartoon estadounidenses- daban cuenta de las peleas. Ya en la siguiente viñeta, el perdedor aparecía con un ojo amoratado, las ropas rotas e incluso algún esparadrapo en el rostro. Y recuerdo especialmente la portada de la segunda versión en color de La isla negra, es decir la de 1966.

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Publicado el 27 de julio de 2020 a las 13:00.

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Dos cintas de Javier Aguirre

Archivado en: Inéditos cine, dos cintas de Javier Aguirre

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            Coincidí a menudo con el realizador Javier Aguirre en mis últimas tardes en la Filmoteca. Los dos nos sentábamos en la primera fila y asistimos a muchas proyecciones en las que apenas nos separaban un par de butacas, esas que a los misántropos nos gusta dejar siempre para no tener nunca a nadie cerca. Bien es cierto que no le conocí lo suficiente como para dar por sentada su misantropía -supongo que la mía será harto sabida para el lector de esta bitácora-, pero ese detalle por su parte le delataba. Lo llevaba tan a rajatabla que incluso cuando acudía a la sesión junto a su esposa, la actriz Esperanza Roy, ella se sentaba en otra fila.

            Era mentira eso que decía un profesor de guión que tuve hace cuarenta años acerca de que el cine es un espectáculo colectivo, que las comedias, si no oyes cómo se ríen los de al lado, hacen menos gracia. El cine fue un espectáculo colectivo, de eso no hay duda. Pero desde que las pantallas domésticas, privadas, se han impuesto sobre las públicas en el favor de los espectadores, el cine, ver una película por mejor decir, está empezando a ser un placer tan privado como la lectura. Es una pena, pero lo cierto es que la reapertura de las salas tras el confinamiento ha sido un fracaso absoluto. La recaudación no deja lugar a dudas: sólo un seis por ciento de lo que fue la taquilla del año pasado en estas mismas fechas.

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Publicado el 20 de julio de 2020 a las 18:15.

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Ennio Morricone más allá del Oeste

Archivado en: Inéditos cine, Ennio Morricone

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            A Ennio Morricone le pasa un poco como a su compatriota Nino Rota. En tanto que a éste suele asociársele a Fellini, a Morricone se le asocia al spaghetti western. Bien es cierto que, además de mítica Trilogía del dólar de Sergio Leone -Por un puñado de dólares (firmado por Ennio con el seudónimo de Dan Savio, 1964), La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966)-, Morricone escribió la música de lo más granado de tan entrañable género. Así, con el seudónimo de Leo Nichols que utilizaba para sus trabajos con Sergio Coburcci, compuso Los compañeros (1967), Salario para matar (1968) y ¿Qué nos importa la revolución? (1972), entre otras. En fin, hasta en las cintas de Sergio Solima -El halcón y la presa (1968), Cara a cara (1968)- la música corría a cargo de Ennio Morricone. En efecto, este compositor romano llegó a ser tan consustancial al spaghetti western como Lee Van Cleef o el desierto almeriense.

            Pero no es menos cierto que ese giallo, ese brutal y cautivador relato criminal italiano de los años 60 y 70, tampoco hubiera sido lo mismo sin los scores de Morricone. Y es que el que ahora nos ocupa es uno de los músicos más laboriosos de toda la historia del cine. De él se dijo que era capaz de componer una banda sonora al mes y es muy probable que fuera cierto.

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Publicado el 7 de julio de 2020 a las 12:15.

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Lefranc de los Alpes a Venecia

Archivado en: Cuaderno de lecturas, Lefranc, "El misterio Borg", de Jacques Martin

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            El destino ha querido que El misterio Borg (1964), tercera entrega de las aventuras de Guy Lefranc, toque muy de cerca al gran drama de nuestro tiempo. En esta ocasión, el arma con la que el pérfido Axel Borg planea doblegar al mundo entero, so pena de que algún gobierno le page clásica y desorbitada cantidad en oro, es una bacteria creada en un laboratorio -esta vez sí- llamada el "súpervirus". Borg se ha hecho con la nefasta fórmula después de que la robase un tal Dante Fosca, el ayudante de su creador, luego de que éste muriese en un accidente. Para demostrar su poder, el supervillano ha desatado en Steinberg -un pequeño pueblo de los Alpes suizos que ha quedado en cuarentena- una epidemia, semejante al tifus. Lefranc, que ha subido hasta aquellas alturas para participar en un critérium de esquí entre periodistas -y lo ha hecho además en unas primeras viñetas espléndidas- se ve arrastrado a su nueva aventura.

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Publicado el 6 de julio de 2020 a las 18:00.

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El "fantastique" británico ajeno a la Hammer (y III. La Charlemagne y la Tyburn)

Archivado en: Inéditos cine, el fantastique británico

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(viene de la entrada de 8 de febrero de 2020)

            Antes de que los endemoniados se enseñoreasen del cine de miedo tras el éxito de El exorcista (William Friedkin, 1973), cabe un último apunte sobre ese ocaso de las monstruosidades clásicas -Drácula, la abominación de Frankenstein y el licántropo, ¡el triunvirato de la Universal!- que resultó ser el fantastique británico de los años 60. Dicho apunte es el dedicado a la Charlemagne y la Tyburn. Dos empresas pequeñas, aunque muy inspiradas a la hora de producir.

            Fundada por Christopher Lee, que al parecer aseguraba que sus orígenes aristocráticos se remontaban hasta el mismo Carlomagno, la actividad de la Charlemagne se reduce únicamente a una cinta de 1973, Noche infernal, pero es sumamente representativa del otoño de esa edad dorada del cine fantástico británico a la que nos referimos. Así, de que el brillante canto del cisne de ese fantastique británico que nos ocupa está presidido por la Hammer, viene a dar fe la insistencia con la que todas las productoras que lo protagonizan, cada una con sus propias características, inciden en contratar a los mismos actores y técnicos del modelo a imitar.

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Publicado el 23 de junio de 2020 a las 11:45.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con más de cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) fue colaborador habitual del diario EL MUNDO entre junio de 1990 y febrero de 2020. Actualmente lo es en Zenda Libros. Estudioso del cine antiguo, en todos los medios donde ha publicado sus cientos de piezas ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. Por su parte, David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), fue un estudio de la filmografía de este cineasta. El cine negro español (2020) es su última publicación hasta la fecha.  

 


 

          

 

Miniatura no disponible

 

Javier Memba en 2009

 

Javier Memba en 1988

 

Javier Memba en 1987

 

1996

 

 

Javier Memba en la librería Shakespeare & Co. de París

 

 

 

 

 

 

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Enlaces

-La linterna mágica

-Unas palabras sobre Vida en sombras

-Unas palabras sobre La torre de los siete jorobados

-50 años de la Nouvelle Vague en Días de cine

-David Lynch, el onirismo de la modernidad en Radio 3

-Unas palabras sobre Casablanca en Telemadrid

-Unas palabras sobre Tintín en Cuatro TV

 

 

ALGUNOS ARTÍCULOS:

Malditos, heterodoxos y alucinados

Malditos, heterodoxos y alucinados de la gran pantalla

Nuevos momentos estelares de la humanidad

Destinos literarios

Sobre La naranja mecánica

Mi tributo al gran Chris Marker

El otro Borau

Bohemia del 89

Unos apuntes sobre las distopías

Elogio de Richard Matheson

En memoria de Bernadette Lafont

Homenaje al gran Jean-Pierre Melville

Los amores de Édith

Unos apuntes sobre La reina Margot

Tributo a Yasujiro Ozu con motivo del 50 aniversario de su fallecimiento

Unos apuntes sobre la aportación de Run Run Shaw a la pantalla internacional

Unos apuntes sobre dos cintas actuales

Las legendarias chicas de los Stones

Unos apuntes sobre el "peplum"

El cine soviético del deshielo

El operador que nos devolvió el blanco y negro

Más real que Homeland

El cine de la Gran Guerra

Del porno a la pantalla comercial

Formentera cinema

Edward Hopper en estado puro

El cine de terror de los años 70

Mi tributo a Lauren Bacall

Mi tributo a Jean Renoir

Una entrevista a Lee Child

Una entrevista a William McLivanney 

Novelistas japonesas

Treinta años de Malevaje

Las grandes rediciones del cómic franco-belga

El estigma de La campana del infierno

Una reedición de Dalton Trumbo

75 años de un canto a la esperanza

Un siglo de El nacimiento de una nación

60 años de Semilla de maldad

Sobre las adaptaciones de Vicente Aranda

Regreso al futuro, treinta años después 

La otra cabeza de Murnau

Un tributo a las actrices de mi adolescencia

Cineastas españoles en Francia

El primer surrealista

La traba como materia literaria

La ilustración infantil de los años 70

Una exposición sobre la UFA

La musa de John Ford

Los icebergs de Jorge Fin

Un recorrido por los cineastas/novelistas -y viceversa-

Ettore Scola

Mi tributo a Jacques Rivette

Una película a la altura de la novela en que se basa

Mi tributo a James Cagney en el trigésimo aniversario de su fallecimiento

Recordando a Audrey Hepburn

El rey de los mamporros

Una guía clásica de la ciencia ficción

Musas de grandes canciones

Memorias de la España del tebeo

70 años de la revista Tintín

Ediciones JC regresa a sus orígenes

Seis claves para entender a Hergé

La chica del "Drácula" español

La primera princesa de la lejana galaxia

El primer Tintín coloreado

Paloma Chamorro: el fin de "La edad de oro"

Una entrevista a la fotógrafa Vanessa Winship

Una recuperación del Instituto Murnau

Heroínas de la revolución sexual

Muere George A. Romero

Un mito del cine francés

Semblanza de Basilio Martín Patino

Malevaje en la Gran Vía

Entrevista a Benjamin Black

Un circunloquio sobre la provocación

Una nueva aventura de Yeruldelgger

Una dama del crimen se despide

Recordando a Peggy Cummins

Un tributo a las yeyés francesas

La última reina del Technicolor

Recordando a John Gavin

Las referencias de La forma del agua

El Madrid de 1988

La nueva ola checa

Un apunte sobre Nelson Pereira dos Santos

Una simbiosis perfecta

Un maestro del neorrealismo tardío

El inovidable Yellowstone Kelly

Que Dios bendiga a John Ford

Muere Darío Villalba

Los recuerdos sentimentales de Enrique Herreros

Mi tributo a Harlan Ellison

La inglesa que presidió el cine español

La última rubia de Hitchcock

Unos apuntes sobre Neil Simon

Recordando Musicolandia

Una novelista italiana

Recordando a Scott Wilson

Cämilla Lackberg inaugura Getafe Negro

Una conversación entre Läckberg y Silva

El guionista de Dos hombres y un destino

Noir español y hermoso

Noir italiano

Mi tributo al gran Nicholas Roeg

De la Escuela de Barcelona al fantaterror patrio

Recordando a Rosenda Monteros

Unas palabras sobre Andrés Sorel

Farewell to Julia Adams

Corto Maltés vuelve a los quioscos

Un editor veterano

Una entrevista a Wendy Guerra

Continúa el misterio de Leonardo

Los cantos de Maldoror

Un encuentro con Clara Sánchez

Recuerdos de la Feria del Libro

Viajes a la Luna en la ficción

Los pecados de Los cinco

La última copa de Jack Kerouac

Astérix cumple 60 años

Getafe Negro 2019

Un actriz entrañable

Ochenta años de "El sueño eterno"

Sam Spade cumple 90 años

Un western en la España vaciada

Romy Schneider: el triste destino de Sissi

La nínfula maldita

Jean Vigo: el Rimbaud del cine francés

El último vuelo de Lois Lane

Claudio Guerin Hill

Dennis Hopper: El alucinado del Hollywood finisecular

Jean Seberg: la difamada por el FBI

Wener Herzog y la cólera de Dios

Gordad, el gran maese de la heterodoxia cinematográfica

Frances Farmer, la esquizofrénica que halló un inquietante sosiego

El hombre al que gustaba odiar

El gran amor de John Wayne

Iván Zulueta, arrebatado por una imagen efímera

Agnès Varda, entre el feminismo y la memoria

La reina olvidada del noir de los 40

Judy Garland al final del camino de adoquines amarillos

Jonas Mekas, el catalizador del cine independiente estadounidense

El gran Edgar G. Ulmer

La última flapper; la primera it girl

El estigmatizado por Stalin

La controvertida Egeria del Führer

El gran Tod Browning

Una chica de ayer

El niño que perdió su tren eléctrico

La primera chica de Éric Rohmer

El último cadáver bonito

La exnovia de James Dean que no quiso cumplir 40 años

Don Luis Buñuel, "ateo gracias a Dios"

La estrella cuyo fulgor se extinguió en sus depresiones

El gran cara de palo

Sylvia Kristel más allá de Emmanuelle

Roscoe Arbuckle, cuando se acabaron las risas

Laura Antonelli, la reina del softcore que perdió la razón

Nicholas Ray, que nunca volvió a casa

El vuelo más bajo de la princesa Leia Organa

Eloy de la Iglesia y el cine quinqui

Entiérralo con sus botas, su cartuchera y su revólver

La chica sin suerte

Bela Lugosi y la sombría majestuosidad de Drácula

La estrella de triste suerte

La desmesura de Jacques Rivette

Françoise Dorléac

Klaus el loco

Una hippie de los 70

Jean Esustache, entre la Nouvelle Vague y el ascetismo

Nadiuska, un juguete roto

Thea von Harbou

Jesús Franco

David Cronenberg

Sharon Tate, como en un cuento de Sheridan Le Fanu

Un guionista sediento

La reina del fantaterror patrio

Dalton Trumbo y los diez de Hollywood

La primera chica que arrojó una tarta 

El desdichado Hércules contemporáneo

En la tradición familiar

El músico del realismo poético

Otro tributo a la gran Patty Shepard

Elmer Modlin y su extraña familia

Las coproducciones internacionales rodadas en España

Marilyn Monrore y su desesperado último gesto

Un amor más poderosos que la vida

El actor atrapado en sus personajes

Entre el fantasma de su madre y el final del musical

Barbet Schroeder

Amparo Muñoz

Samuel Bronston más alla de Las Rozas

Chantal Akerman

Françoise Hardy 

Un antiguo dogmático

Jane Birkin

Anna Karina, su turbulento amor y el Madison

Sandie Shaw, ya con calzado

El gran Serge Gainsbourg

Entre la niña prodigio y la mujer concienciada

La intérprete de Shakespeare que inspiró a The Rolling Stones

La maleta del capitán Wajda

Val Lewton y su dramatización de la psicología del miedo

La alimaña de Whitechapel

Cristina Galbó

La caravana Donner

Eddie Constantine

Un nuevo curso del tiempo

Rosenda Monteros

Una criatura de la noche

Una carta a Nicolás I

Edison y el 35 mm

Barbara Steele

El felón Esquieu de Floyran acaba con los templarios

Entre Lovecraft y Hitchcock

Tchang Tchong Yen recuerda a Hergé

La musa del ciberpunk

Néstor Majnó

Una leyenda del Madrid finisecular

El rey de la serie B

La primera cosmonauta soviética

Cuando la injuria sucede a la fatalidad

Bajo Ulloa y sus cuentos crueles

La cicerone de los Stones en el infierno 

Nace Toulouse-Lautrec

 

 

ALGUNAS RESEÑAS:

Un adelanto de David Lynch, el onirismo de la modernidad en Zenda libros

Una entrada de El Insolidario accesit del Premio Paco Rabal

No halagaron opiniones en El Mundo

No halagaron opiniones en elmundo.es

La nueva era del cine de ciencia-ficción en elmundo.es

Unas palabras sobre Cuanto sabemos de Bosco Rincón

No halagaron opiniones en Archivo de la Frontera

David Lynch, el onirismo de la modernidad en AISGE

El cine negro español en Zenda Libros

Tres películas para el confinamiento en De Cine 21

 

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