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El insolidario

Una obra maestra

Archivado en: Inéditos cine, "El proyecto de la bruja de Blair"

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            Desde hace algunas semanas vengo dándole vueltas al acierto de El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999) y he llegado a la conclusión de que, en cierto sentido, es la mejor película de terror de los últimos cuarenta años. Para ser exactos, desde el estreno de la abominable La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974).

            No obstante el título, no cabe la comparación con las innumerables cintas de endemoniados, que en todo este tiempo se enseñorearon de la pantalla para desplazar a mis queridas almas en pena de la Hammer, ni con las igualmente numerosas adaptaciones de Stephen King que han dado lugar a varias de las producciones más notables de este periodo. Más aún, hay que dejar a un lado a todos los filmes de miedo cuyos asuntos obedecen a temas sobrenaturales.

            El proyecto de la bruja de Blair presenta un horror tan factible como el de la abominación de Hooper. Es de suponer que la bruja en cuestión hizo tal atrocidad con unos niños de Blair que, una vez conocida la matanza, se decidió cambiar el nombre de esta región maldita de Maryland -ya fueron brutalmente asesinados cinco tipos en la Roca del Ataud- por el de Burkittsville. Desgraciadamente, las crueldades de las que a veces dan noticia los medios de comunicación vienen a demostrar que las de la bruja que nos ocupa podrían ser ciertas. También podría serlo una familia de antropófagos como la presentada por Hooper, uno de cuyos hijos cortara a la gente en pedazos con una motosierra.

            Asimismo, La matanza... y El proyecto... coinciden en ser dos cintas independientes que tratan sobre psicópatas, están rodadas sin apenas medios y han constituido los dos éxitos más grandes de taquilla del cine off Hollywood. Y si admitimos ese tono de documento -que yo no acabo de ver, pero que algunos comentaristas sí encuentran en la abominación de Hooper-, estamos ante dos falsos documentales sobre unos jóvenes perdidos en la América profunda.

            Pero en lo esencial, son dos películas radicalmente opuestas. Lo que en La matanza... es violencia gráfica, regodeo en la atrocidad como nunca se había hecho -de ahí su éxito y prefiero no sacar conclusiones respecto a sus espectadores-, en El proyecto... es sugerencia. El nefasto Hooper busca el espanto en la repugnancia que produce al común de las audiencias el canibalismo y las mutilaciones; muy por el contrario, Myrick y Sánchez aluden a nuestro miedo más atávico: el de lo desconocido. Así, aunque no nos muestran más que un diente de Josh (Joshua Leonard), son capaces de procurarnos una inquietud mucho mayor que la de todas esas producciones gore que con tanta mutilación y tanta casquería acaban por resultar grotescas, cuando no tan asquerosas como las películas italianas de caníbales. Abominaciones, estas últimas, deudoras de la abominación de Hooper.

            El primer acierto de El proyecto de la bruja de Blair es presentarse como las filmaciones de unos estudiantes de cine, desaparecidos en los bosques de Burkittsville mientras rodaban un documental sobre el misterio que guarda el lugar. El segundo, no mostrarnos nunca el horror latente, sino el derrumbamiento de los jóvenes al ir adentrándose en él cuando se pierden en el bosque. A parte del deterioro emocional de sus autores, lo único que nos muestran esos planos -encontrados un año después de la desaparición de los estudiantes- son unos ominosos montones de piedras que alguien ha levantado a la entrada de la tienda de los jóvenes y unos monigotes. Muñecos de vudú, conviene uno de ellos.

            Pero en Burkittsville no hay magia que valga. Lo que si hay, y en cantidades industriales, es una portentosa utilización por parte de Myrick y Sánchez de dos de los recursos más inquietantes de los que puede valerse un cineasta: las tomas cámara en mano y los sonidos en off desconocidos y angustiados. De ordinario, las primeras suelen expresar la mirada del monstruo acercándose a su víctima. En este caso, aunque se las supone focalizadas por los mismos estudiantes -al principio para articular el filme que les ocupa, cuando ya se saben irremediablemente perdidos y se acaban las bromas para dejar constancia de su situación-, lo cierto es que, dichas tomas cámara en mano, aquí también parecen estar focalizadas por el horror. Es como si la bruja misma estuviera rodando a los estudiantes.

            Ya dentro de la casa, aparentemente abandonada aunque las huellas infantiles son prueba de los horrendos crímenes allí perpetrados, Myrick y Sánchez vuelven a recordarnos que son los estudiantes quienes se están retratando a sí mismos. Es cuando Heather pierde el sentido y se acaba la filmación. Hay que suponer que Mike, quien la estaba rodando, también ha muerto. Por eso ha dejado caer su cámara y la película se ha acabado.

            Auténticos maestros en la filigrana de hacer virtud de la necesidad, pues emplazaron su tomavistas sin apenas presupuesto, Myrick y Sánchez son conscientes de que la fotografía rota, desvaída, con la que Neal Fredericks retrata su propuesta, es uno de los pilares del tono documental de El proyecto... Como también lo son de que las ficciones con trazas de documental adquieren verosimilitud. Tanta que, al parecer, en su momento, mucha gente se creyó que la historia contada era cierta.

            Lo que yo aplaudo sin reservas en El proyecto de la bruja de Blair es que, siendo una cinta realizada durante la eclosión del gore, el slasher y demás barbaridades consiga ser mucho más inquietante que todas ellas, que de puro burdas, a menudo, antes que asustar acaban por resultar grotescas. Un bosque, un diente ensangrentado, unos jadeos angustiados y una casa abandonada son capaces de inquietarnos infinitamente más que la casquería y los aparatosos efectos especiales.

            A la larga, Myrick y Sánchez también hacen una película de terror adolescente, como suelen serlo las distintas muestras de esos subgéneros que execro. Pero con el psicópata elíptico. Son conscientes de que lo latente angustia mucho más que lo evidente -cualquier peligro, oculto bajo las sombras de la noche da más miedo que a plena luz del día-, y juegan con algunos de nuestros temores primarios -el bosque, los ruidos que no se entienden, el caserón abandonado- para crear la mejor película de jóvenes y psicópatas de los últimos años. Aunque el psicópata -la bruja- esté elíptico. Ése es el sentido al que me refería al principio de este asiento.

Publicado el 21 de mayo de 2012 a las 00:00.

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Comentarios - 1

1 | Lady Gwynplaine - 29/8/2012 - 21:00

No podéis tener más razón. El proyecto de la bruja de Blair es probablemente la película de terror más innovadora de los ultimos veinte años...sino tal vez la película de terror más innovadora desde El gabinete del Dr Caligari. Y no sólo es innovadora...es que es horrible, horriblemente aterradora. Es de las contadas películas de miedo que verdaderamente da miedo. Si el cine de terror hubiera seguido por los derroteros que tomó allá por los setenta -sangre, tripas, zombies, motosierras y mozas en cueros- probablemente a día de hoy estaríamos hablando de otro género cinemátográfico extinto, como el péplum, el musical o el cine del oeste -géneros que pertenecen ya al pasado a pesar de ocasionales revivals. Afortunadamente, acertaron a pasar por ahi William Friedkin con El Exorcista y Ridley Scott con Alien, y la cosa comenzó a cambiar. Y eso que ninguna de las dos citadas obras es santo de mi particular devoción.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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