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El breviario de robots de Stanislaw Lem

Archivado en: Cuaderno de lecturas, sobre "Breviario de robots"

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                   Con el curso del tiempo, las estampas que muestran algunas novelas juveniles han cambiado tanto como la orquestación de las canciones. Yo me quedé con las "250 ilustraciones" de la colección Historias, de la nunca bien ponderada editorial Bruguera. Salvo algunas excepciones, casi siempre concernientes a los sombríos y cautivadores mundos de la fantasía épica, lo que vino después se me antoja tan jovial -y por lo tanto, para mí, cargante- como aquellos dibujitos que hace treinta años ilustraron la campaña electoral del PSOE.

                   No obstante lo cual, es tanta la devoción que siento por Bruguera, donde leí a Charles Maturin y a Francisco Ibáñez, a Raymond Chandler y al capitán Trueno, que cuando di con este ejemplar de El breviario de los robots de Stanislaw Lem, en una librería especializada en restos de ediciones de Gijón, me faltó tiempo para comprarlo. Y sin embargo, su lectura en 2003 fue decepcionante. Ni es la edición íntegra, como se anuncia en la portada, ni sus protagonistas son los robots, como sugiere el libro.

                   A decir verdad, se trata de una antología de los viajes de Ijon Tichy recogidos en los Diarios de las estrellas y solo el primero de ellos está protagonizado por autómatas. En sus páginas, mediante ese humor que inspira la obra, que a mi juicio es precisamente lo que más le afecta, Tichy, comisionado por las autoridades terrestres y disfrazado de robot, es enviado a un planeta donde los androides procedentes de una nave humana han fundado una colonia en la que desaparecen cuantas personas llegan a ellas. Descubierto en su misión por un robot, a Tichy se le perdona la vida a condición de que colabore con los robots en la delación de cuantos hombres desenmascare. Puesto a ello, el viajero descubre que todo el planeta está lleno de hombres que se hacen pasar por androides.

                   En su segundo viaje -duodécimo según la relación correspondiente a la obra original y el epígrafe de los capítulos de esta antología- Tichy tiene oportunidad de probar una máquina del tiempo y llegar a un lugar donde se está gestando un culto parecido al catolicismo. Treinta y tantos años después de que dejara de creer en Dios, venirme con metáforas sobre lo bueno o lo malo de la Iglesia se me antoja tan manido como el canto a la pretendida bondad infinita de los pobres.

                   No hay duda de que el tercer viaje es el más alucinado de todos. Aquí, el asunto gira en torno a un planeta cuya población se salvó de sus lluvias de meteoritos gracias a unos animales -los curdlos- que les permitieron esconderse en sus entrañas cuando se desataba el cataclismo. Sin embargo, al llegar Tichy a tan insólito lugar, aquella antigua camaradería se han transformado en el procedimiento por el que los nativos cazan a los curdlos: se introducen en su interior y les envenenan. A treinta y tantos años vista de no creer en la nada, el didactismo sobre la maldad humana que entraña este fragmento me resulta de una simpleza comparable a la de la canción protesta y demás ingenuidades de antaño.

                   En el quinto viaje, Tichy conoce un mundo donde sus habitantes pueden desintegrarse hasta hacerse minúsculos, transportarse a cualquier parte de su planeta y volverse a integrar. Esto ha provocado algunos percances. De hecho, cuando nuestro protagonista es desintegrado, se le vuelve a integrar con la imagen de Napoleón.

                   El último viaje nos lleva a un lugar donde las patatas, perdidas junto a una nave que naufragó, han cobrado vida. Se han convertido así en unos siniestros monstruos capaces de devorar a los cosmonautas que se les acercan.

                   Decididamente, Lem no cuenta entre mis favoritos. Me quedo con los Viajes Extraordinarios de mi dilecto Julio Verne, que atesoro en una colección que me regaló mi madre con las ilustraciones originales, dicho sea de paso. Amo la ciencia ficción sombría, la que emana de Un mundo feliz (Aldoux Huxley, 1932), Fahrenheit 451 (Ray Bradbury, 1953) y 1984 (George Orwell, 1948), las tres grandes distopías que presiden el género. No hay duda, Stanislaw Lem no cuenta entre los autores que admiro.

 

 

Publicado el 13 de noviembre de 2012 a las 10:00.

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Comentarios - 4

1 | Jose Luis - 13/11/2012 - 13:02

Aunque desconozco la mayor parte de su obra, sólo por Solaris ya merece la pena leerle, la película me pareció críptica con relación a la novela, que es muy inquietante y sugerente
saludos

2 | Javier Memba - 13/11/2012 - 14:06

A mi la película, la de Tarkovski, claro, me gustó mucho.
Un saludo

3 | Jorge (Web) - 19/11/2012 - 02:56

Navegando por la web en busca de novedades sobre Stanislaw Lem me he encontrado con tu blog y ha sido una gratísima sorpresa.
Una estupenda fuente de inspiración cuando dude sobre el siguiente libro que leer.
Directo al Google Reader

4 | Javier Memba - 19/11/2012 - 06:21

Muchas gracias.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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El gran amor de Max Coyote (1989) (primera parte) en Youtube

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El gran amor de Max Coyote en la web de RTVE

 

 

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