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No es la cinefilia quien muere, son los cinéfilos

Archivado en: Inéditos cine, "No es la cinefilia quien muere, son los cinéfilos"

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            Cuando nacen, todos parecen más poderosos que la vida. Pero la experiencia nos demuestra que hay amores que se acaban. De un tiempo a esta parte vengo comprobando que la cinefilia también puede ser una de esas pasiones con fecha de caducidad.

            Pasadas ya con creces las tres décadas de visión monomaniática de películas, de un tiempo a esta parte he vuelto a encontrarme con algunos amigos de los comienzos de mi obsesión y me han confesado la pérdida de su cinefilia. Recuerdo especialmente a Chema, con quien hice dos cortometrajes y coincidí en tantas proyecciones del monográfico que la Filmoteca -alabado sea por siembre su nombre- dedicó al cine francés en el año 81. Entonces, a falta aún de sala propia, la bienamada organizaba sus sesiones en el cine Príncipe Pío de la cuesta de San Vicente y las matinales en el Museo Español de Arte Contemporáneo. Recuerdo especialmente las del Príncipe Pío y esas cañas que nos tomábamos en las cervecerías de la Plaza de España al salir, hablando sobre los cineastas que acabábamos de descubrir. Chema era un entusiasta del gran Robert Bresson.

            Volví a verle hace unos años después de décadas de no coincidir con él. En ese tiempo, la sala de proyecciones de la Filmoteca había pasado por el Círculo de Bellas Artes y el cine Torre de Madrid, antes de hallar su ubicación definitiva en 1988 -gracias a la gestión de Luis G Berlanga- en el cine Doré, donde aún se encuentra. Pues bien, Chema me comentó que era vecino del Doré pero que no lo había pisado ni una sola tarde porque el cine le había dejado de interesar.

            En el Doré precisamente me cité hace unas noches con otro amigo para un asunto que no viene al caso. Este segundo compañero -omitiré su nombre- es un montador de cine del que yo fui ayudante en el año 85. Le conocí en el 84 hablando de Billy Wilder. Congenié con él porque fue uno de los pocos técnicos a los que les gustaba el cine cuando yo también era del gremio. Lo normal era que aborrecieran la gran pantalla como de ordinario se hace con cuanto esté relacionado con él trabajo.

            Desde que le recuerdo, siempre que yo exaltaba a un cineasta, él encontraba un motivo para hacerle de menos. Si elogiaba a John Ford -que ya es decir-, él respondía que prefería a Howard Hawks porque le parecía más completo. Cuando descubrí a Mario Bava -el Miguel Ángel del fantástico italiano, como le ha llamado tan acertadamente no recuerdo quién-, mi amigo montador me dijo que él ya leía libros sobre Bava cuando estudiaba en París. Haber estudiado cine en Francia le daba cierta petulancia.

            De modo que ya esperaba alguno de sus desdenes cuando le dije que me disponía a ver un título de Luigi Zampa, a quien estos días dedica un ciclo la bienamada. Cuál no sería mi sorpresa cuando me dijo que el cine le aburría, que sólo iba acompañando a su familia, que todos los grandes maestros le parecían igual, que había pasado sus viejos VHS a DVD porque le ocupaban toda una pared y que había dejado de grabar películas.

            Sé que hay más. Sé que hay muchos antiguos cinéfilos que ya no lo son. Basta con mirar a mi alrededor en las sesiones clave de la Filmoteca para comprobar que ya sólo quedamos tres o cuatro de las viejas proyecciones del Príncipe Pío. Y es que la cinefilia, como cualquier amor, requiere dedicación. Requiere un tiempo que puede perderse como una amistad de la juventud con cualquiera de las vueltas que da la vida. Un tiempo que yo tengo porque, junto a leer y escribir, no hay nada en el mundo que me interese y satisfaga más que el cine. Atesoró con el mismo mimo que los frágiles DVD esos VHS, que en efecto ocupan toda una pared de mi casa. Veo un mínimo de cinco películas a la semana y cuando las cosas van mal, para aguantar el tirón, me veo otra cinta aparte del quinteto semanal que exige mi cinefilia.

            De modo que en mi memoria, los recuerdos de las secuencias y las vivencias se confunden. Y al ver a uno de esos cinéfilos que ha dejado de serlo, evocó esos versos de Luis Cernuda que rezan: "No es el amor quien muere,/ somos nosotros mismos". 

 

Publicado el 31 de diciembre de 2012 a las 21:45.

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Comentarios - 3

1 | Juan Andrés Pedrero - 31/12/2012 - 22:22

Pues yo,con mi cinefilia tambien de más de tres décadas, sigo como el primer dia, amando las películas que tanta vida me dan. Y eso que tengo todas las pegas del mundo contra ella, especialmente la falta de tiempo que me da mi trabajo y mis dos hijos, pero aun quitando horas al sueño ahí sigo.
Un abrazo.

2 | Javier Memba - 01/1/2013 - 23:48

Y verdad que no hay nada comparable a esa satisfacción que produce ver finalmente una película sobre la que se lleva leyendo esos más de treinta años.
Un abrazo, Juan Andrés.

3 | Juan Andres Pedrero Santos - 02/1/2013 - 00:15

Si, pero mucho más satisfacción es ver una película de estreno y quedar maravillado cuando no esperabas nada; esa sensación de descubrimiento. En mi caso reciente: "Holy Motors", o hace un poco más "Driver".
Un abrazo Javier.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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