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Blog de Javier Memba

El insolidario

Fotos de Cristina

Archivado en: Entre la imagen y las mil palabras

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            Puesto a pensar sobre los veintitrés años que llevo haciendo fotos a mi esposa -la que abre este asiento está fechada en el 93 en la estación de Atocha-, me viene a la cabeza aquel Pictures of Lily que reza el título de una de una de mis canciones favoritas de The Who. Sin embargo, basta con escuchar la letra atentamente para advertir que lo referido en ella por el gran Pete Townshend poco puede tener que ver conmigo. La Lily de sus fotos no es otra que Lily Langtry, la estrella de vodevil muerta en 1929 que tanto admiró el Roy Bean de El forastero (William Wyler, 1940) y El juez de la hora (John Huston, 1972).

            Ahora bien, esa total desconexión entre los dos asuntos, en una primera instancia también puede ser una sintonía absoluta si consideramos que en los dos casos se trata del alborozo que produce en un hombre la contemplación de las fotos de una mujer. Ese extraordinario regocijo que a mí me procura el retrato que sigue, uno de los primeros que tomé a Cristina en Formentera, o ese otro de ella sobre unas rocas, fechado en el 91, en La Isla (Colunga, Asturias) durante nuestra luna de miel.

 

 

           De joven, cuando estaba soltero, una de las cosas que más me gustaban en el mundo era hacer fotos a las chicas. Obedeciendo a un procedimiento semejante al que me llevaba a volver la vista cuando aquellas flacas tristes que tanto me gustaban se daban cuenta de que las estaba mirando, entonces no lo reconocía. Les decía que mi afán fotográfico era inquietud artística. En el fondo, ni mentí ni engañé a ninguna: todas sabían que quería atrapar su belleza, que habría de ser tan efímera como la misma juventud. ¿Y acaso no es ese deseo de belleza la esencia misma del arte?

 

Al volver ahora sobre mis viejos negativos para su digitalización, mi gran aventura de estos últimos meses, aquel placer me parece tan lejano como los rubores que me provocaban las chicas de los primeros galanteos en la remota adolescencia. Fue hace mucho y muy lejos de aquí. De acuerdo. Aun así, no está del todo perdido. Aún sigo haciendo fotos -y varias a la semana- a la chica que más me gusta, la flaca triste por excelencia, mi mujer. Y al volver ahora con la mirada melancólica sobre esos miles de clichés, verifico que Cristina ha sido para mí eso que tanto me conmovía al leer las noticias biográficas sobre el gran Lartigue respecto a lo que fue para él Florette Orméa: la compañera de mi vida.

            De modo que, pese a los veintitrés años transcurridos desde que nos presentaron en una de aquellas noches ebrias del viejo Madrid, aún continúa la dicha de seguir unido a ella. Así pues, uno de los primeros placeres que me depara el día es que esas fotos de Cristina, que decoran las paredes donde escribo esto, sigan estando en el mismo sitio, ya con la pátina que el tiempo ha obrado en ellas. Es algo comparable a vivir rodeado de libros y películas -mi tesoro- y que al levantarme todo siga esperándome donde se quedó antes de entregarme al sueño. Es uno de los pilares fundamentales de ese más de lo mismo que le pido a la vida.

 

           

    Si señor, la fotos de Cristina están tan integradas en mi cotidianidad como la propia Cristina. Tanto es así que el tiempo les da su inequívoco tono sepia sin que yo lo advierta. Sólo cuando vuelvo a mirar con el suficiente detenimiento aquellas instantáneas que la muestran con sus atuendos de nuestros primeros días, cuando paseábamos a la inolvidable Moneypenny por la Casa de Campo, cuento esos veintitrés años de dicha a los que me refiero. O los diecisiete transcurridos desde nuestro primer verano en Santander, cuando fui enviado especial de El Mundo en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y al terminar de escribir mis crónicas, la fotografiaba en los jardines del Palacio de la Magdalena que tanto le gustaban. Tal fue el caso de la imagen que sigue.

 

  En la instantánea de arriba la muestro en Montmatre en nuestra vista a París del año 2000. Empezando por el que aún nos ocupa, el de nuestra vida en común, son ya tantos los viajes que hemos hecho juntos que al volver ahora sobre mis viejos negativos siempre hay algún cliché que no recordaba. O que se me pasó en aquellas noches del cuarto oscuro, dadas las prisas y lo en precario que siempre revelé. Descubrirlos ahora, merced al milagro de la digitalización, me procura la alegría de verificar que lo que fue sigue siendo, que permanece incólume lo que desde hace ya casi veinticuatro años me une a ella. 

Publicado el 31 de enero de 2013 a las 00:30.

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Comentarios - 4

1 | Jose Luis - 31/1/2013 - 19:18

Me alegro por vosotros ... y que siga así todo muchos más

2 | Javier Memba - 31/1/2013 - 23:26

Muchas gracias José Luis. Un abrazo.

3 | Carlos Font - 20/2/2013 - 00:03

Todo un homenaje. Un fuerte abrazó.

4 | Javier Memba - 22/2/2013 - 15:07

Igualmente, Carlos.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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