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El insolidario

Dos lecturas de Arthur Schnitzler

Archivado en: Cuaderno de lecturas, sobre "Relato soñado" y "Apuesta al amanecer"

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                   Entre las innumerables ideas generalizadas que no comparto destaca aquella que sostiene que Eyes Wide Shut (1999), la última cinta de Stanley Kubrick, es una obra fallida. A mi entender, Eyes Wide Shut, que el gran Kubrick no pudo montar porque se lo llevó La Parca apenas acabó el rodaje, es una cinta compleja y misteriosa. Exige pues una reflexión por parte del espectador que quienes van al cine a pasar un rato agradable, comiendo palomitas, no están dispuestos a hacer. Distribuida además como si fuese Un horizonte muy lejano (Ron Howard, 1992) o cualquier otra de las tonterías que protagonizaron el entonces matrimonio Kidman-Cruise -sus productores-, el testamento fílmico de uno de los grandes genios del cine estadounidense se quiso ver como uno de los melodramas al uso del Hollywood agotado y adocenado de nuestros días. Así las cosas, naufragó.

                   Sin embargo, como a las grandes obras, la posteridad comienza a serle favorable. Catorce años después de su estreno, ya empiezan a leerse comentarios que se refieren a esa complejidad que la apartó de ese común de los espectadores, de esas salas comerciales entre las que se fue a distribuir. La última del gran Kubrick, es una cinta que yo recuerdo con especial cariño. Además de ser la despedida de uno de los cineastas a los que más admiró, me descubrió a un escritor al que nunca he de cansarme de aplaudir: el gran Arthur Schnitzler. Miembro prominente de esa Joven Viena a la que me referí tangencialmente en el asiento anterior, apenas publiqué aquella entrada, me puse a buscar en mis archivos las notas concernientes a mis lecturas de aquellos autores austriacos y di con estas referidas a Schnitzler, uno de los más prominentes. Una vez más, las reproduzco a continuación con esas mínimas adecuaciones que exigen los catorce años transcurridos desde ese 1999 del que data la primera.

                   Hace mucho tiempo, en la Gran enciclopedia de la salud del doctor Gerhard Venzmer (Círculo de Lectores, 1967), leí un articulo sobre las enfermedades venéreas donde se alertaba sobre el riesgo que entrañan para "el hombre casado". Si el texto de Venzmer fuera objeto de una edición actual, muy probablemente lo de "el hombre casado" se sustituiría por "el hombre con pareja estable". Pero para él, el riesgo de las enfermedades contraídas en el Monte de Venus -parece ser que de ahí les viene el nombre- seguiría siendo el mismo. Pues, además del contagio en sí, suponen la evidencia de que el enfermo ha conocido un Monte de Venus ajeno al de su mujer.

                   Sólo hay una referencia al miedo a estos contagios en todo el Relato soñado. Pero -a mi juicio- es esa angustia, que abruma a quien obedeciendo a la llamada de la carne pierde la templanza y no guarda la fidelidad debida a su pareja -que no quiere perder-, la que se siente gravitar en todo el texto de Schnitzler. Fridolin, su protagonista, es un médico vienés de un tiempo que en un principio no acabe de reconocer porque en él conviven las llamadas telefónicas y los duelos entre caballeros. Documentándome al respecto, supe que estos combates singulares se prolongaron hasta bien entrado el siglo XX. Doy pues como año de su peripecia ese 1926 en que esta novela vio la luz por primera vez.

                   Fridolin está a punto de dejar a su esposa, Albertine. Tras leer un cuento a su hija, el matrimonio asiste a un baile de máscaras en dónde ambos se confiesan mutuamente que, durante un viaje a Dinamarca, hubo otros a quienes pudieron amar y tal vez amaron. La ambigüedad, bella tal se anuncia en la solapa, es uno de los principales encantos de este fascinante texto que me atrapó con un inusitado magnetismo desde sus primeras páginas.

                   De regreso a casa, Fridolin es requerido por un caso urgente; un alto funcionario se está muriendo. Marianne, la hija del consejero en cuestión, será la primera de todas las mujeres de las que quedará prendado esa noche. Ella también se reconoce atraída por él, pero no llegarán a más. Muerto su paciente, Fridolin preferirá no volver junto a su mujer yendo a recalar en un burdel, donde también quedará prendado de una muchacha. Pero prefiere no copular con ella por miedo a que le contagie algo. Esa es la única referencia a ese temor que, desde mi punto de vista -y esto puede ser algo totalmente subjetivo-, gravita sobre todo el relato. Es más, incluso puede que la peripecia de Fridolin sintetice la debilidad moral de esa sociedad austriaca de su tiempo a la que Schnitzler escandalizó con tanta frecuencia. Pero yo sigo quedándome con esa angustia entre la que se debate nuestro médico. No precisa de descripciones, va implícita en el texto merced a la maestría de su autor y es uno de los pilares de ese aire onírico que, sin haber ningún elemento que lo sea, tiene la narración.

                   Al abandonar el prostíbulo, Fridolin se encuentra con un antiguo compañero de facultad -Nachtigall- quien le dice estar empleado de pianista al servicio de unos misteriosos enmascarados que celebran unas extrañas orgías. Es entonces cuando Relato soñado apunta a sus cotas más altas. Pese a que Nachtigall se muestra reacio a introducir a nuestro hombre en tan enigmático ambiente, Fridolin insiste en acudir a las orgías que celebran los encapuchados. Finalmente, consigue convencer a su antiguo compañero para poner en marcha un ardid. Así engañarán al cochero que habrá de llevar Nachtigall hasta el lugar donde se reúne la extraña confraternidad.

                   Fridolin alquila un disfraz y, en el establecimiento donde acude a por su máscara, se sentirá igualmente atraído por otra bella joven que parece perseguida por unos tipos siniestros. Por más que nuestro enamoradizo doctor se interese por ella, el dueño del negocio no hace sino quitar importancia al asunto. Finalmente, sin estar convencido de las explicaciones del comerciante, Fridolin abandona el lugar.

                   "Dinamarca" es la contraseña para entrar en la mansión donde se reúne la cofradía de los encapuchados que tanto atrae al doctor. Así se lo hace saber Nachtigall a Fridolin, al bajar del coche que le lleva a dicho lugar. En efecto, al pronunciar dicha palabra el médico entra la mansión donde se celebra la orgía. Pero una bella y enigmática mujer -desnuda, al igual que todas sus compañeras tras el velo y la máscara que las cubre-, pese al disfraz que le protege, reconoce en nuestro entrometido a un extraño en la organización y le pide que se vaya cuando aún está a tiempo de salvar la vida. Pero Fridolin, prendado de ella más que de ninguna otra de las que ha ido conociendo a lo largo de la noche, se niega.

                   Descubierto como un intruso por los encapuchados, nuestro hombre les reta a duelo para zanjar la pendencia que su intromisión ha creado. Es inútil. La mujer -a quien nuestro protagonista llega a creer su esposa- ofrece su vida a cambio de la libertad de Fridolin. Sólo entonces se le permite salir indemne de tan inquietante lugar.

                   Al día siguiente, tras atender a sus obligaciones profesionales, Fridolin intenta buscar alguna explicación al misterio que ha rodeado su aventura de la noche anterior. No servirá de nada: al personarse en el lugar donde se hospedaba Nachtigall le dirán que dos hombres se lo han llevado. Cuando se acerca a la villa donde se celebró la reunión, un criado le sale al paso para entregarle una nota en la que se le indica que no siga husmeando. Finalmente, tras leer en el periódico la noticia del suicido de una aristócrata en un hotel, Fridolin dará por sentado que era su benefactora. Así que se llega al depósito de cadáveres, dirigido por un amigo, para comprobar si, en efecto, dicha dama es la que le ayudó a él. Aunque cree que sí, nunca llegará a tener la certeza de ello.

***

                   Leída en junio de 2003, casi cuatro años después que Relato soñado pero aún obnubilado por la dicha de mi descubrimiento de Schnitzler, Apuesta al amanecer, mi segunda novela del gran austriaco, fue a revalidar aquella primera satisfacción. Creo haber leído en algún lado que Freud se interesó por su paisano Schnitzler. Desde luego no es para menos, con toda la trascendencia y el simbolismo que tiene la sexualidad en Relato soñado.

                   Ese mismo protagonismo que adquiere la libido en la peripecia de Fridolin, lo tiene el azar en la de Kasda, el alférez que protagoniza Apuesta al amanecer. El militar se encuentra atravesando una difícil situación económica cuando recibe la visita de un viejo camarada que abandonó el ejército de una forma deshonrosa. Lejos de haber recuperado su honor, Bogner -el tipo en cuestión- recurre a su antiguo compañero de armas impelido por un pequeño desfalco. Ha cogido un dinero de la caja del negocio donde está empleado y ahora, ante la inminencia de una inspección, se ve obligado a reponerlo.

                   Cuando Kasda confiesa a su visitante que no puede ayudarle, Bogner le propone que se lo pida a un tío muy rico que el alférez tiene. Pero se da la circunstancia de que Kasda ya no se trata con ese pariente, Así las cosas, nuestro alférez decide probar suerte y jugarse el poco dinero que le queda a las cartas.

                   La suerte le sonríe en las primeras manos, procurándole una pequeña fortuna. Cuando Kasda se levanta de la mesa, tiene dinero más que suficiente para ayudar a su amigo. Así que piensa en comprarse unos pantalones nuevos para su uniforme y en volver a visitar a una familia -de la que ya hemos sabido antes de la partida-, por una de cuyas damas se siente atraído.

                   Habiendo comprado unos bombones para aplacar el desdén que cree inspirar a sus anfitriones por su antigua situación económica, cuando Kasda llega a su casa, la criada le dice que los señores se han ido. Dispuesto a volver a su cuartel, pierde el tren. Ante este panorama, decide volver a sentarse en la mesa de juego. Como era de esperar, esta vez la suerte es muy diferente. La fatalidad, inexorable, acaba de apoderarse de él. Un estigma atroz comienza a obrar sobre el oficial. Pese a los altibajos previsibles y a que sus compañeros le dicen que se retire cuando ya ha perdido una cantidad razonable, el militar se levanta de su mesa habiendo comprometido una suma mayor que su sueldo de varios años. Su acreedor, que se ofrece a llevarle al cuartel en su coche, le da un plazo de dos días para la satisfacción. En caso contrario, pondrá a sus superiores al corriente del deshonor de Kasda.

                   Sin más solución que recurrir a su tío, Kasda se decide a visitarle. Éste le anuncia que no le puede ayudar ya que ha puesto toda su fortuna en manos de su esposa, una mujer a la que sólo ve cuando le asigna su renta mensual. Cuando el tío le dice quién es la dama en cuestión, el militar cae en la cuenta de que antaño fue una amante suya ocasional y decide visitarla.

                   La mujer de su tío, que recuerda perfectamente a Kasda, aún sigue interesada por él. No obstante lo cual, le asegura que no puede dejar una suma tan elevada sin consultar antes a su abogado. Así las cosas, no le podrá dar una respuesta hasta esa misma tarde, que se la llevara por un recadero al cuartel.

                   Llegada la tarde, es ella personalmente quien se presenta. Kasda, fiel a sus reglas del honor, no pregunta y la cita resulta ser un encuentro galante. Sólo a la mañana siguiente, cuando ella se marcha, le da un dinero: mucho menos del que él la ha solicitado. Eso sí, no es un préstamo, sino un pago por el placer que le ha proporcionado. Tras jactarse de haberle dado más de lo que él le dio a ella la primera vez que se amaron, la mujer se marcha.

                   Siendo la cantidad insuficiente para saldar su deuda, pero bastante para satisfacer la de su viejo camarada, Kasda le manda el dinero a Bogner mediante su asistente. Unas horas después, cuando su tío se acerca con el dinero al cuartel, se descubre que alférez, creyendo que no iba a poder hacer frente a su deuda, se ha pegado un tiro.

 

                   Además de lo narrado -lo gratuitamente que empuja a la muerte por honor a Kasda un hombre que no lo tiene-, que ya sería bastante para justificar este excelente relato, en estas páginas hay que aplaudir lo subrepticio, el irrefrenable magnetismo que lleva al ludópata a volver a caer en su vicio, la vana esperanza de que podrá enmendar el juego, la desolación que siente una vez perdida la partida, cuando hasta los seres más desdichados que se encuentra en su camino le parecen más afortunados que él. Todo ello son cosas que, en el momento de su lectura, me recordaron las recaídas en mis vicios de antaño.

Publicado el 1 de agosto de 2013 a las 02:15.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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