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" Vercingetórix", otra aventura de Alix

Archivado en: Cuaderno de lecturas, sobre "Vercingetórix" de Jacques Martin

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            En 1001 cómics que hay que leer antes de morir, que gentilmente me obsequió el gabinete de prensa de Grijalbo en el invierno de 2012, se afirma que La tiara de Oribal, de Jacques Martin, es uno de esos álbumes que ningún buen aficionado se debería perder antes de ir al encuentro con La Camarada Seca. Así pues, lo tengo por una de las obras maestras de la serie. Desde que me tienen alborotado esas reediciones de las que la colección está siendo objeto por parte de NetCom2, que nunca me cansaré de elogiar, comprarme La tiara... es uno de los grandes deseos en los que se debate mi vida. Ya me he perdido la primera edición numerada y la segunda corregida. De modo que estoy ojo avizor para no quedarme también si mi ejemplar de la inminente tercera.

            Curioseando en las bitácoras de los lectores más entusiastas de Alix -de quienes humildemente me considero un mero acólito- comprendo que La tiara..., además de la primera obra maestra de la colección, es el álbum donde el personaje y su universo quedan definidos por completo. La grafía es otra historia. Esa evolución que muestran las viñetas, común a todas las series cuyos dibujos, por así decirlo, no fueron homologados por su autor, como sí lo fueron las aventuras de Tintín, en Alix llega a ser tan variada como en las aventuras de Blueberry. Ya he sacado algunas conclusiones al respecto en estos mismos apuntes y no repetiré lo sostenido entonces. Diré tan sólo que, según los expertos, La tiara... inaugura una segunda grafía con su publicación en la revista Tintín a partir de 1956.

            De todos los diseños gráficos que conocerá la serie hasta nuestros días, yo me quedo con los puestos en marcha a partir de 1976 en El fantasma de Cartago. Con dichos dibujos descubrí las aventuras de Alix en los años 80 y puede que esto me haga sentir cierta querencia. Renuncio así al diseño posterior, surgido a mediados de la siguiente década, que no es obra de Jacques Martin en muchos casos. Como también he contado en estos mismo apuntes ya no tengo ni edad ni espacio para tanto cómic. En lo sucesivo, me limitaré a codiciar los álbumes de Alix concebidos en su totalidad por Jacques Martin. Uno de ellos es Vercingetórix (1985) que, en la segunda edición de NetCom2, ha sido mi última adquisición.

            La apertura me ha recordado la de Roma, Roma (2005), uno de los dos álbumes no dibujados por Martin que atesoro. En ambos casos, esas primeras viñetas nos trasladan a la residencia veraniega de un patricio romano. Si en Roma, Roma -con dibujos de Rafael Morales, por cierto-, se nos lleva a una fiesta en la mansión de Ostia del senador Caius Quintus Arenus; en Vercingetórix se nos traslada a la casa de campo del senador Flavius Cator. Los veinte años que separan las dos entregas, y las analogías que se registran entre ambas, pueden hacer pensar que el Martin guionista de Roma, Roma era un hombre que se imitaba a sí mismo veinte años antes. Esto no ha de considerarse como una muestra de agotamiento, como sí lo es la repetición de los asuntos hasta el adocenamiento en el Hollywood actual. Muy por el contrario, ha de entenderse como una de esas obsesiones entre las que gira la obra de un autor. La rivalidad entre Pompeyo y César es una muestra aún más clara de esas monomanías que gravitan en las aventuras de Alix y también toca muy de cerca a Vercingetórix.

            Sabido es que Alix es amigo de Julio César. Pero, como también es descendiente de de los jefes de la Galia donde nació, siempre se debate entre la fidelidad a su solar natal y al imperio. De modo que Flavius Cator le hace ir a su casa para encomendarle la misión de devolver a Vercingetórix a las Galias.

            Ese Julio César, que hace cuarenta años traducíamos con tanta dificultad en las clases de latín, tan diferente de ese general ecuánime que nos presenta Martin en las aventuras de Alix, habla en aquellos Comentarios de la Guerra de las Galias de nuestro pesar de Vercingetórix. Se refiere a él como uno de los primeros caudillos que consiguió unificar a la mayoría de las tribus galas para presentar batalla a las legiones romanas en el sitio de Alesia en el 52 a C. De hecho, la derrota de Vercingetórix supuso el fin de la Guerra de las Galias. Así pues, no obstante el orden de publicación, Vercingetórix, cronológicamente, es una aventura posterior a la narrada en Roma, Roma, aún ambientada en la Guerra de las Galias.

            Siempre fiel a la historia, Martin nos habla de Vercingetórix cautivo en la cárcel Mamertina del foro romano. La prisión de su encarnizado enemigo, de cara a Roma, es la prueba irrefutable del triunfo César sobre los galos. No en vano, el destino último de los encarcelados en aquel reciento era ser estrangulados en público, durante el desfile triunfal de las legiones por el foro. Pero Pompeyo, el más encarnizado de los enemigos internos de César, no está dispuesto a consentir la gloria del futuro dictador. Por eso, tras liberar a Vercingetórix, aguarda a nuestro Alix en casa de Flavius Cator para confiarle el regreso a la Galia de su compatriota.

            Se inicia así una aventura que también registra un buen número de analogías con Las legiones perdidas (1965). De hecho, fue Vercingetórix quien unió a las tribus galas en torno a la mítica espada de Brennus aludida en este último álbum. Aunque en Las legiones... Pompeyo y Alix fueron enemigos, en esta ocasión, el interés por la liberación del último caudillo de su pueblo, hace que Alix -siempre acompañado por su fiel Enak- se preste a los intereses de Pompeyo.

            Durante el viaje, en el que nuestros amigos se valen de un salvoconducto del senado, volvemos a encontrarnos con Galva. En esta ocasión, el centurión de algunas aventuras anteriores se ve obligado a perseguir a Alix por orden expresa de César, luego de que el general sea puesto al corriente de que su protegido ahora trabaja para sus enemigos. También volvemos a encontrarnos con esa manada de lobos que ayudan a nuestro héroe en sus peripecias por las nieves de los Alpes.

            Pero la huida de Vercingetórix es imposible. Ya en la añorada patria, los mismos jefes galos, ahora sumisos a los romanos, no le quieren. Entre estos últimos se encuentra Serovax, el actual esposo de Ollovia, la mujer de Vercingetórix. Se impone así una nueva huida, sin más compañía que la de Ollovia, Edorix -el hijo de ambos-, Enak y Alix. Vanik, el primo de Alix de Las legiones perdidas, aunque también se ha romanizado, dentro de sus posibilidades, prestará ayuda a los fugitivos.

            Conviene dejar constancia de que Vercingetórix es un héroe nacional francés, poco menos que Juana de Arco, para entender el final que Martin le dispensa. Sin lugar a dónde ir y sin más compañía que su familia y nuestros amigos, el antiguo caudillo se encamina hacia la fortaleza de Alesia -el oppidum- donde fue derrotado por el ejército romano. Acorralado de nuevo por César en el mismo lugar donde ya fue vencido, Vercingetórix se pone su casco de combate y carga él sólo todo contra todo el ejército romano. Las viñetas dedicadas a dar cuenta de la hazaña tienen todo el lirismo de esas secuencias de los héroes que galopan hacia una muerte segura. Como los legionarios tienen orden de no responder a la acometida del galo, Vercingetórix acaba con unos cuantos y consigue llegar hasta la tienda de César. Entonces sí, cuando se dispone a dar muerte al futuro emperador, sus legionarios le matan.

 

            El resto es la clemencia de César con Alix y Enak, a quienes, admirando su valor, no impone más pena que el regreso a Roma con la orden de decirle a Pompeyo que encuentre un prisionero que se parezca a Vercingetórix para ocupar su puesto en la Mamertina. En caso de no hacerlo, habrá guerra. De este modo, Martin nos da a entender que el Vercingetórix ejecutado en Roma no fue el verdadero. Bonito punto final a otra espléndida aventura de Alix.

Publicado el 16 de agosto de 2013 a las 01:15.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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