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Lou Reed, el motín del "Mosca" y un amante del rock 'n' roll madrileño

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           Veinticinco

   No estuve en el motín del Mosca, aquellos disturbios en el estadio Román Valero del madrileño barrio de Usera -el campo del Moscardó- que constituyen todo un capítulo en la historia del rock 'n' roll en mi ciudad. Fue en junio de 1980.

            Los que sí estuvieron recuerdan que una huelga de transportistas hizo que Lou Reed compareciera con un par de horas de retraso ante la afición. Cuando sólo llevaba siete minutos sobre el escenario, alguien le arrojó una botella -la gente estaba con el enfado que era de esperar- y el ya finado se volvió a marchar. Engañada por una voz, que anunciaba por megafonía que volvería a salir, la audiencia esperó su regreso. Hasta que al cabo de otras dos horas, cuando vieron que se empezaba a recoger el escenario, el respetable se subió a él y arrambló con todo. Parece ser que la policía no intervino -o no se aplicó con su contundencia habitual- en la creencia de que la ceremonia del rock 'n' roll era así. Puede que, con vistas a la incipiente democracia, también tuvieran órdenes de no ser tan expeditivos como venían siéndolo desde el 66, en el mítico concierto de The Beatles en Las Ventas, en su persecución del rock 'n' roll.

            De una u otra manera, yo -que en el 74, en los bares de Argüelles, adolescente aún, entonaba a voces el coro del Walk on the Wilde Side en mis primeras borracheras- sentí que no iba a poder ver nunca a Lou Reed en mi ciudad. Él mismo aseguró, a raíz del motín del Mosca, que no iba a volver a Madrid. Para mí fue una lástima porque, aunque aborrezco los álbumes en directo -suenan mucho peor-, si hay una excepción a dicha regla, ésa es el Rock 'n' roll animal. Todavía me conmueve, como lo hacía hace casi cuarenta años, la introducción a Sweet Jane. Aún recuerdo que era uno de aquellos discos que se traían de Londres porque el editado aquí no incluía Heroin, que ha quedado como su más célebre canción. En fin, nada que no sepa cualquiera de quienes entonces, mediados los años 70, comprendimos que el rock 'n' roll era un modo de vida y no un ritmo de moda.

            Escuché a Lou Reed con avidez hasta el Coney Island Baby, su álbum del 75. Después llegaron mis primeros tumbos y con ellos la venta de la colección de discos. Pero nunca olvidé la obra del gran Lou, el tipo que acabó de situar al rock 'n' roll en ese ámbito urbano que le es consustancial, lejos del ruralismo hippie. De hecho, ya en los albores del nefasto siglo XXI, con el rock 'n' roll devaluado y sus principales álbumes saldados, volví a hacerme con todas sus grabaciones. The Raven, "las historias de Edgar Allan Poe", como el propio Reed proclama en la overtura, es mi favorito. No podía ser de otra manera teniendo en Poe a uno de los pilares de mi mitología.

            También fue en los comienzos de nuestro nefasto tiempo cuando, "at last", pude ir a un concierto madrileño de Lou Reed junto a Cristina. Fue en el Palacio de Congresos y el difunto cambió un verso de Perfect Day para decirnos que aquel era un buen día porque había podido pasarlo con nosotros, con su público madrileño.

            Acaso acabó por comprender la frustración de los amotinados del Moscardó. Lo cierto es que Lou Reed fue uno de los grandes de rock 'n' roll que actuó en Madrid con más frecuencia. Sin embargo, no es por eso -aunque también- por lo que su óbito me ha tocado tan de cerca.

            La pasada primavera, tras aquel trasplante del que no acabó de salir, según se demuestra ahora, el finado proclamó que sólo el rock 'n' roll podía cambiar el mundo. De hecho fue el rock 'n' roll la piedra angular del cambio al que asistió Occidente en la segunda mitad del amado siglo XX. Pero escuchar aquella proclama, ya enfilando el otoño de mis días, fue a emocionarme como la escucha de Satellite of Love en aquel segundo álbum en directo, titulado lacónicamente Live y aparecido en el 75.

            En efecto, yo también he sentido la muerte de Lou Reed como algo que me toca muy de cerca porque con él se va una parte muy dichosa de mi vida, en la que se confundían el amor al rock 'n' roll y el fulgor juvenil.    

Publicado el 29 de octubre de 2013 a las 13:30.

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Comentarios - 2

1 | Jose Luis - 31/10/2013 - 18:02

Más poeta urbano y outsider que cantante, tuvo una época creativa con la velvet y luego se limitó a especular con la herencia, curiosamente me gustó más la edición española del album rock & roll animal, que el original que todavía poseo.
Su vida parafraseándole fue un constante walk on the wild side

2 | Javier Memba - 01/11/2013 - 11:07

No hay duda de que la Velvet, junto con Buffalo Springfield, es una de las formaciones, minoritarias en su momento, a las que la posterioridad les reservaba una mayor trascendencia en la historia. Muy probablemente, lo mejor de Lou Reed ya estaba allí, en la Velvet. Con todo, a mí "Transformer" y "Berlín" son dos álbumes que me gustan mucho desde siempre. Y puede que sí, que sea mejor la edición española del "Rock 'n' roll animal" ya que "Heroin" no es una canción especialmente brillante. Se mitificó porque estaba prohibida y por su nefasta apología de la heroína.
Un saludo, José.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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