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Blog de Javier Memba

El insolidario

Círculos en torno a una mujer de muerte

Archivado en: Ficciones, inéditos

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            "No es el tiempo de mi confesión éste en que la escribo a hurtadillas. Mas después de cuarenta años de haber estado copiando obras de Aristóteles no creo pecar de soberbio al poner mi pluma al servicio de mis recuerdos. Pero si estas letras mías vieran la luz ahora, en el año del señor de 1387, yo ardería en la hoguera, tanto por lo pecaminoso que hay en mi confesión como por haber sido redactada entre los muros de una abadía. Será pues en épocas venideras, cuando los días de la barbarie hayan acabado y los hombres de buena voluntad se vean libres de los tribunales eclesiásticos, cuando el lugar que ahora ocupa en el pensamiento humano la exaltación mística y guerrera sea ocupado por la imaginación erótica, cuando podrá encontrar lector mi historia".

            Otto Miranda fue el lector y los albores de nuestro nefasto siglo XXI, el tiempo que encontró aquella historia. Siempre ávido del descubrimiento de un algún dato que le remitiera a un saber mayor, le llevó a la biblioteca de la abadía de Monte Cassino un volumen en el que se recogía el relato de un benedictino del siglo XIV, Dionisio da Fiesole, anotado por un autor de 1800 y bellamente iluminado, quizá por el mismo fraile. Bibliófilo y profesor de literatura en la Universidad Loyola de Chicago, Miranda tuvo noticia del texto una semana antes en la librería Shakespeare & Co. de París. Fue allí buscando la primera edición de La tierra baldía, dada a la imprenta por T. S. Elliot en 1922, cuando uno de sus pares en el afán de libros antiguos y raros le habló de La mujer de muerte (recuerdos de mocedad de Dionisio da Fiesole). No habría de tardar en comprender por qué, al iniciar la lectura del texto del benedictino, una cita de Anaximandro, leída unas semanas antes, le rondaba en la cabeza: Del mismo lugar de donde viene el nacimiento de los seres particulares procede; el castigo los alcanza en el tiempo fijado y cada uno recibe la retribución de su impiedad.

 

            "Antes de seguir la regla de San Benito me llamaba Dionisio da Fiesole y era un muchacho que sentía parejas la llamada divina y la del amor, la más humana de todas. Corría el año 1347 y yo sólo había visto pasar los diecisiete últimos. Algunas veces, al volver de cazar, mis hermanos mayores me llevaban a pasear por la strada Balbi y, contándome que cuando Génova era un municipio romano ninguna otra calle en el mundo podía parangonarse con la que estábamos pisando, llegábamos, entre las angosturas de las stradas Nuova y Nuovissima, a una mancebía del puerto cuya sombría edificación de madera contrastaba con los palacios de mármol que habíamos dejado atrás. Allí vi por primera vez a Sophie de Guiche, una muchacha francesa tan hermosa que hacía callar las burlas con las que los hombres acostumbran a presentarse a las rameras.

            »Se distinguía de sus compañeras por sus modales refinados. Los hombres la amaban como si fuese doncella. Era joven, pero no sabría precisar su edad. De figura esbelta, su cabello negro caía sobre sus hombros con naturalidad. Su rostro irradiaba tanta hermosura que, a mi juicio, hacía ver a los gañanes que la querían poseer la vileza de su acción y la tomaban como un doncel a una mocita. Los bravucones más fieros, que maltrataban impunemente a las demás mujeres, se detenían ante Sophie.

            »Yo siempre la celebré observándola. Tanta belleza física -y espiritual, supe después-, aún ahora, se me antoja ajena a aquel tiempo, tan cruel como el de hoy e igualmente propenso a las hembras rollizas. Incluso creo recordar que el aroma pestilente del burdel, en donde mis hermanos y yo nos hicimos hombres, desaparecía ante la sublime presencia de la francesa.

            »Una vez más a diferencia de las otras, ella esperaba en el muelle donde se subastaba el pescado a que la dueña le anunciara la llegada de nuevos clientes para ir a recibirlos. Sophie les saludaba con una sonrisa y todos quedaban prendados de aquella extranjera. Sin embargo, eran pocos los que se atrevían a tomarla. Tras recuperarse de la obnubilación que provocaba su primera visión, los más preferían retozar junto a cualquier otra de las desdichadas que vegetaban en aquel serrallo entre toneles de vino, como cerdos aguardando la matanza. Digno colofón a la podredumbre de aquella escena, se diría.

            »Pesquisando entre unos y otros llegué a saber que abandonó Aquitania para empezar a prostituirse en Génova, obligada por su tío y tutor, padre de su primo, el muchacho que se ahorcó al sentirse rechazado por ella. Sophie nunca llegó a confirmar esas habladurías. Jamás se dignó a hablar con nadie de ello. Levantaba la cabeza altiva, recordando sin duda los días en que vivía en el castillo del hermano de su padre, y ninguno de los hombres que pululaban en su derredor se atrevió a sonsacarla sobre el particular.

            »Algunos de sus clientes se preguntaban si sería muda por lo poco que se prodigaba en palabras. Pero cuando se les entregaba, daban buena cuenta de que tenía lengua y tras la cópula quedaban tan anhelantes de su amor que la imposibilidad de éste les hacía quitarse la vida. Aun sabiendo la maldición que pesaba sobre cuantos la amaran, todos los días había un hombre que yacía con ella. El mismo que a la mañana siguiente era encontrado ahorcado en el muelle. El misterio que rodeaba a Sophie de Guiche, cuyo noble origen no le impedía dedicarse a lo que se dedicaba, era un añadido para que un muchacho ávido de sabiduría, como yo entonces, se interesara por ella. Cuando las obligaciones que mi padre me marcaba me lo permitían, acudía a observarla secretamente. Y así se convirtió en el primer amor de mi vida.

            »Nadie osó profanar nunca su fragilidad, que estuvo expuesta a la ferocidad de los hombres del dogo de Venecia enajenados por el vino. Una de las últimas veces que fui a ver a Sophie, en noviembre de 1347, me escondí tras unas barcas para observar cómo miraba a los pescadores que reparaban sus redes en el muelle. Quiso la casualidad que ella me sorprendiera. Sus ojos me devolvieron tanta dulzura que no volví la vista, continué ensimismado en la gentil faena de mirarla. Vi tanta dignidad en su forma de entregarse al castigo que le había impuesto aquel tutor impío que supuse que le dolía haber llevado a la horca a todos los hombres con los que había yacido.

            »A partir de entonces comencé a tomarme la licencia de acercarme más para obsérvala. Sophie, consciente de que lo hacía, a menudo me dedicaba una sonrisa ya desnuda, antes de entregarse, cuando yo -habiendo trepado por un árbol- la miraba apostado en la ventana de su alcoba.

            »Así pude conocer un extraño rito en el que se iniciaban sus amantes, quienes ya acudían de todos los lugares de Europa hasta donde había llegado la leyenda de que la dama más hermosa de la Cristiandad se entregaba por unas monedas a cuantos quisieran poseerla. Sabían que tras el placer se verían irrevocablemente abocados al suicidio. Pero, cuán no sería el fervor que Sophie de Guiche levantaba entre los varones que todos se creían capaces de vencer la maldición que pesaba sobre ella. Imaginaban que después de amarla no les apenaría perderla. Al menos no tanto como para quitarse la vida. Se equivocaron uno tras de otro. Los mejor intencionados la pretendían en matrimonio. Sophie, de corazón más noble que su linaje, se apiadaba de ellos. Dignándose a dirigirles la palabra, trazaba un círculo con un estilete sobre la cal que llenaba un cubo invitando a su amante a imitarla. Aseguraba que, trazarlo convenientemente, sería la única forma de salvar la vida. El arco debería converger en el de la circunferencia descrita por ella de la manera exacta en que se le antojó al oscuro poder que estigmatizó a la francesa.

            »La llamada del Señor, que ya se empezaba a manifestar en mí, hizo que yo fuera uno más de los que no se atrevieron a entregarse a un placer que, imaginaba entonces, habría de obedecer a algún culto demoníaco. ¡Voto al Cielo que me equivocaba! Sin embargo, aún me asombra que aquella que creí bruja por temer amarla carnalmente, no tuviera la mala catadura de las que se han visto arder en las hogueras sagradas en más recientes fechas. Mi propio corazón, ardientemente cristiano, me hubiera hecho abominar de Sophie si en verdad hubiera sido una hechicera. Cuando copiando a los clásicos comencé a conocer su mitología, llegué a pensar seriamente en una reencarnación de Afrodita en aquella mujer que, al verla por primera vez, ya tenía forma de recuerdo.

            »A principios de diciembre arribó un barco de Alejandría con más ratas que hombres. Los roedores vinieron a sumarse a los cientos que ya poblaban la plaza por doquier. Los marineros, como casi todos los varones tras una larga temporada sin hembra placentera -vaya evocando a Aristóteles-, no tardaron en buscar una con quien gastar sus bolsas. Sophie les vio bajar desde su muelle. Sabía que yo la estaba observando. Me llamó a su lado para decirme que el último de los recién llegados sería el hombre que la llevaría a la muerte.

            Aquellas palabras supusieron la culminación del amor cobarde que sentí por ella. Lo que sucedió fue el momento más maravilloso de mi vida. Mi dulce francesa, a sabiendas de que yo nunca me atrevería, apartó una mosca que me rondaba y me besó, con piedad mariana, en la mejilla. De pronto comprendí que mi proceder hubiese debido ser el de aquellos que tanto despreciaba por sus toscos modales con las meretrices. Pero que sin embargo, cuando Sophie acudía a los requerimientos de la alcahueta, no dudaban en apartar de un manotazo a la ramera que les hurgaba en el calzón y apostar su vida por amar a la francesa. ¡Es tan difícil enfrentarse a la muerte con diecisiete años!

            »Me fui corriendo del puerto avergonzado, sin creerme mejor que el resto de los que frecuentaban la mancebía, como hasta entonces me había creído. Era tanta mi vileza que llegué a pensar que, por el inocente beso que Sophie me había dado, la maldición que pesaba sobre los hombres que la amaban caería sobre mí. Me sentía más miserable que esas ratas, que asustadas huían a mi paso. De modo que di la vuelta y desandé el camino andado de regreso a la mancebía, convencido de que aquel era el mejor lugar en que podía permanecer, después de dar por sentado que era el ser más despreciable de la historia de Génova.

            »Pedí un cuenco de vino y me dispuse a pasar la noche entre la canalla que me correspondía. Uno de los marineros recién llegados, refería venturas y desventuras de su viaje a Oriente. Le mentaba la madre a los turcos entre citas al veneciano Marco Polo. En mis visitas anteriores nunca me había detenido a ver cómo era la vida alrededor de la lumbre, en donde la dueña hervía constantemente aquella bazofia que servía a sus clientes. En espera de que se apoderaran de mí las ganas de acabar conmigo mismo, como consecuencia del beso que Sophie me había dado -o bien de que tuviera el suficiente valor para subir a poseerla-, decidí tomar buena nota de las primeras enseñanzas que el infierno, donde ya me imaginaba en veinticuatro horas, me proporcionaba aún en vida. Y es que aquella estampa cotidiana del lupanar, en la que no faltaba un pobre diablo empujando contra una infeliz encima de una mesa, me pareció mas digna del Averno que de ningún sitio de la Tierra.

            »Entraron entonces un par de marineros. Eran dos jóvenes bien parecidos, aunque de aspecto deteriorado por las calamidades del viaje. Uno de ellos, asolado por los sudores de la fiebre, se apoyaba en el otro. La dueña se aprestó a echarlos, como acostumbraba con cuantos enfermos llamaban a su puerta. Empero cuando el sano le ofreció unas sedas de China, cambió su actitud para con ellos. Ya había dado las palmadas con las que llamaba la atención de sus mujeres para organizar la presentación cuando Sophie irrumpió en la estancia para hacerse cargo, ante el asombro de todos, del consumido por la fiebre. Al punto comprendí que aquel era el hombre que habría de llevarle a la muerte. Uno de los presentes acusó entonces al otro de los recién llegados de sodomita. Se inició al punto una pelea que yo, que siempre he sido hombre de paz, aproveché para salir y trepar por el árbol hasta apostarme en la ventana.

            »Vi que él le preguntaba por qué se le entregaba. Le advertía que su mal era contagioso mientras ella, ya desnuda, le enjugaba el sudor del pecho. Sophie le contestaba que le amaba y le esperaba desde niña. Pero él no recordaba haberla visto nunca. Yo a ti sí. En mi patria y en mis sueños, insistía ella. El quiso decirle algo más, pero ella selló sus labios con un beso. El pudor me impidió continuar observándoles. Volví llorando a casa, a la espera de un deseo de suicidio que no sentía.

            »Tardé tres días en poder regresar al burdel. Mi padre me puso a curtir unas pieles que debían ser embarcadas para Mallorca y así lo hice, imaginando ya a mi francesa en el reino de los muertos. Al anochecer del tercer día, cuando mis hermanos y yo fuimos a llevar las pieles al puerto, supe buscar la oportunidad de escabullirme y acercarme al lugar que tanto deseaba visitar. Como imaginaba, no encontré a Sophie allí donde solía esperar a sus amantes. Pero, a diferencia de lo presagiado, la dueña me comentó que se hallaba postrada en el lecho, presa de la fiebre. Subí corriendo a verla y descubrí con sorpresa que el marinero que la había contagiado, que la velaba, se hallaba totalmente repuesto de su mal. Mientras, Sophie era sometida a una sangría. El sacamuelas, que también era curandero, le aplicaba sanguijuelas en la espalda a la vez que intentaba dilucidar si sería conveniente abrir con el bisturí unos bubones, del tamaño de una manzana, que se habían formado en diferentes partes del cuerpo. Por vez primera percibí que el delicado aroma, que envolvía el ambiente cuando Sophie estaba presente, se había tornado un hedor insoportable, semejante al que desprende la paja podrida. Pidió agua y el marinero le dio de beber copiosamente. Cuando estuvo saciada vomitó. El pretendido galeno, que hasta entonces no había reparado en mi presencia, me echó de la alcoba y cerró la puerta asegurando que no era bueno que a la enferma le diera el aire. Hasta postrada en la cama, llena de bubas, se me antojó bella.

            »Cuando volvía a ver a Sophie, la tarde siguiente, ya se la llevaban muerta. De los muchos hombres que conoció en vida, sólo el marinero y yo la acompañamos a su última morada. Él quiso besarla por última vez y cortar un mechón de su cabello, para guardarlo en un relicario de nácar, antes de que le dieran sepultura en una fosa común, apartada del campo santo. Resolvieron que había sido un súcubo que indujo a la muerte a muchos buenos cristianos, después que fue el heraldo de una maldición bíblica, y estuvieron a punto de exhumarla para quemar sus restos. Al final los dejaron estar.

            »Mi decisión de ordenarme ya estaba tomada. Una semana después ingresaba en la misma abadía donde he escrito esto. Nunca he salido de aquí desde entonces, como manda San Benito. He anhelado la perfección y he obedecido a mis superiores. Pero jamás he dejado de amar a aquella mujer de muerte.

            »Sophie de Guiche fue una de las primeras víctimas de la peste que asoló Europa a partir de 1348. La muerte negra redujo a la mitad la población del continente. Creo no errar al apuntar que mi dueña fue la única persona que se contagió de forma voluntaria.

Dionisio da Fiesole, Monte Cassino, 1387".

            Llegada la hora de cerrar, el fraile que había conducido al profesor Miranda hasta la biblioteca fue a desalojarle con el regocijo que siempre despedía a los visitantes. Responsable de la custodia de una de las bibliotecas con un mayor número de tesoros bibliográficos del mundo entero, para el religioso, por muy santo que fuera, siempre era un alivio ver marcharse a los lectores.

            Pero aquella tarde no sería el caso. Como nadie contestó a su primera llamada, el monje volvió a golpear con los nudillos en la puerta del gabinete de lectura donde había dejado a Otto a las diez de la mañana, apenas abrieron. Imaginó que Miranda seguiría allí, enfrascado en el manuscrito, y asomó la cabeza a la salita dispuesto a invitarle a que se fuera. Pero allí no había nadie. En la mesa, amén del texto preciado, estaban los folios en los que el profesor tomó sus notas y transcribió algunos párrafos de da Fiesole. También estaba la pluma que había utilizado y la lupa de la que se había servido para descifrar las palabras ininteligibles bajo enmiendas o tachones. Únicamente faltaba Otto. Por lo demás, todo estaba tan calmado que el fraile supuso que el visitante había ido a hacer aguas. Así que fue en busca de él a los aseos públicos.

            Los últimos grupos de turistas, de los muchos que habían visitado el monasterio aquella tarde, se acomodaban en los autocares, que ya empezaban a devolverles a sus alojamientos.

            Después de comprobar que no quedaba nadie en los servicios, preguntar en vano al encargado de la tienda de recuerdos y buscar en las distintas capillas por si a Miranda le hubiese dado por los rezos, el monje bibliotecario dio al profesor por desaparecido y se lo comunico al abad de Monte Cassino, quien a su vez puso sobre aviso a las autoridades. De Otto Miranda nunca más se supo.

            Ocurrió fue que, cuando trazó los dos círculos en el marco de la ventana de la biblioteca -el único sitio encalado que encontró-, siguió las instrucciones del texto, pero olvido que Sophie exhortaba a sus amantes a trazar sólo uno. Conjuró así a una fuerza más poderosa que la que poseía a aquella mujer que se entregó a la muerte negra para que los hombres no siguieran ahorcándose por ella. De este modo se vio transportado a un ámbito brumoso ajeno a este mundo. Un limbo donde el paisaje era igual, hasta donde su vista alcanzaba, y todo rezumaba calma. Un limbo donde realidades y deseos se confundían imparcialmente. Allí experimentó un bienestar inenarrable y le fue dada la verdad absoluta.

            Los círculos simbolizaban -y conjuraban- un ciclo al que él mismo pertenecía. Un ciclo que se inició en Mont-de-Marsan en 1327, cuando nació por primera vez en el castillo de su padre con el nombre de Sophie de Guiche. Huérfana a temprana edad, la historia de la primera reencarnación del profesor Miranda ya nos es conocida. Con el correr de los años y las vidas, a veces grandes, otras míseras, fue Nikita Makavejev, un jinete de las estepas rusas nacido en 1620.

 

            Después llegó Kenji Toyama, un daimio del Edo de 1719, durante el esplendor del Shogunato Tokugawa. Más tarde fue Daisy Arnold, una coqueta del Londres victoriano. Ya andando el amado siglo XX, convertido en el hijo de un comerciante de Estambul nacido en 1962 con el nombre de Ahmed Gursel, durante una visita a la mezquita, sintió que había adjurado de una antigua fe. A raíz de ello le fue dado a comprender su don de las reencarnaciones. Murió acto seguido, atropellado por un furgón policial que se disponía a reprimir a unos manifestantes kurdos. Treinta años después, siendo ya el ilustre profesor Miranda, cuando la luz que le descubría su condición -pórtico al limbo donde las realidades y los deseos se confundían- volvió a iluminarle, esa exaltada simpatía que le inspiró la gentil francesa del burdel de Génova, al comprender que él mismo fue Sophie en una vida anterior, se tornó repugnancia. Y entonces recibió la retribución de esa impiedad de la que hablaba Anaximandro. Condenado a seguir muriendo y reencarnándose en otros hasta la consunción de las épocas y los siglos, ése fue su destino hasta que no quedó nadie para escuchar su historia.

Publicado el 19 de noviembre de 2013 a las 13:15.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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