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Apuntes sobre "El gran Gatsby"

Archivado en: Cuaderno de lecturas, sobre "El gran Gatsby" de Francis Scott Fitzgerald

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                   Tengo la impresión de que, de ese triunvirato rector de la novelística estadounidense en la primera mitad del siglo XX -Ernest Hemingway, William Faulkner y Francis Scott Fitzgerald-, nuestro tiempo es más favorable a Fitzgerald que a ningún otro. Hemingway, en el mejor de los casos, se me antoja un autor consabido; el atormentado universo de Faulkner -que particularmente me interesa mucho más y que tanto se aireó en los años 90, a raíz del treinta aniversario de la muerte del escritor, conmemorado 1992- se me hace demasiado cruel para el lector de nuestros días, que no acepta más violencia que la falsa brutalidad de la manida novela negra.

                   Sin embargo, Fitzgerald, quien junto con mi admirado Balzac acaso sea el autor que ha dado más importancia en su obra al culto dinero, sintoniza plenamente con un tiempo como el nuestro sin otro dios, patria o ley que la del vil metal. Incluso me atreveré a encontrar ciertas concomitancias entre las flappers de Fitzgerald, bebiendo cuando estaba prohibido hacerlo y siempre bailando alegres su charlestón, y las it girls de nuestros días con sus simpáticas frivolidades. No en vano fue una flapper canónica -la gran actriz de la pantalla silente Clara Bow- quien acuñó el término it girl. Sí señor, son tantas las semejanzas entre esa Era del jazz de Fitzgerald y nuestro tiempo que habrá que esperar que estos días no sean el preludio a un Apocalipsis similar al que sucedió a la Jazz Age del novelista.

                   Mi lectura de El gran Gatsby, en enero de 2000, fue una experiencia tan gratificante que al punto volví a ver la versión de cinematográfica de Jack Clayton fechada en 1974, la mejor. Máxime si se compara con la majadería que el bueno de Baz Luhrmann tuvo a bien perpetrar en base a esta novela el pasado año. Pero ha sido ahora, dándole vueltas a esas adaptaciones ejemplares a las que aludo en algunos de los últimos asientos de esta bitácora, cuando he recordado que la de Clayton lo es y he vuelto sobre las notas de la lectura del original tomadas -ya digo- en 2000. Una vez más son las que reproduzco a continuación:

                   Al reconocer el único diálogo que recordaba de la película, lo que más me ha sorprendido es la fidelidad de la adaptación cinematográfica. En cuanto a la historia, cabe apuntar que está localizada en un verano de los primeros años 20 y narrada por agente de bolsa Nick Carraway, un hombre que decide instalarse en una zona residencial conocida como el West Egg de Nueva York. Entre sus vecinos se encuentra su prima Daisy, casada con un antiguo compañero de facultad, Tom Buchanan. Ya en la primera visita a casa de sus distinguidos vecinos, Tom -quien reúne en sí mismo toda la mezquindad del rico- lleva a Nick a conocer a su amante. Myrtle, la mujer en cuestión, está casada con un pobre diablo que atiende un garaje y responde al nombre de Wilson.

                   Tras una alegre velada en la casa que Tom tiene abierta en Nueva York a su "chica", como él la llama, se nos habla de la magnificencia de las fiestas en casa de Jay Gatsby (cap. III), uno de los hombres más ricos del lugar. El origen de su fortuna es un misterio. Estando divirtiéndose en una de esas famosas celebraciones, un personaje se acerca a Nick reconociendo en él a un antiguo compañero de la guerra: es Gatsby. El enigmático magnate, que llama a todo el mundo "camarada", no tardará en pedir a Nick que arregle una cita con Daisy en su casa. Para que todo esté apunto, Gatsby no duda en mandar a su propio jardinero para que arregle el césped.

                   El forzado encuentro no es el primero entre Gatsby y Daisy. Muy por el contrario, de todos los oficiales que la cortejaron durante la guerra, Gatsby fue el que mayor huella dejó en el corazón de la muchacha. Sabiéndose demasiado pobre para ella, James Gatz -verdadero nombre de Gatsby- fue a hacer fortuna al lado de un gángster dedicado al contrabando de alcohol.

                   Después de una elipsis perfecta, imperceptible, en una de sus alegres veladas en Nueva York, Tom reprocha a Gatsby el origen de su riqueza. Éste, ajeno a dichas cuestiones, le dice que su mujer no le ama, que él es su verdadero amor. Así las cosas, suben a los coches para volver al West Egg.

                   Cuando Nick, Tom y Jordan -la que inspira al narrador- llegan al garaje de Wilson, se encuentran con que ha habido un accidente: Myrtle ha sido atropellada. Algunos de los allí presentes denuncian que el coche homicida -cuyo conductor ni siquiera se ha parado- ha sido el de Tom. Éste se defiende alegando que, como todo el mundo puede ver, conduce otro vehículo. Lo cierto es que al salir de Nueva York, él y Gatsby han cambiado los coches. Más tarde, Nick se acerca a la mansión de este último, Gatsby le confiesa que ha sido Daisy, quien conducía en ese momento, la que ha matado a Myrtle. Pero que él está dispuesto a encubrirla. En ello encontrará la muerte a manos de Wilson, quien convencido por Tom de que ha sido Gatsby quien ha matado a su esposa -como se nos contará más tarde-, decide pegarle un tiro antes de suicidarse.

                   A excepción de un tipo que aseguraba llevar una semana borracho en la biblioteca de Gatsby, ninguno de los cientos de invitados que frecuentaron sus fiestas asistirá a sus exequias. Ni siquiera los socios judíos del magnate se dignarán a hacer acto de presencia en sus honras fúnebres. Sólo Nick, su único amigo, y su padre, le despedirán. Finalmente se nos hablará de la luz del embarcadero de Daisy, esa metáfora de lo inalcanzable que tanto me influyó para decidirme a emprender esta lectura.

 

                   Creo no equivocarme mucho al concluir que la obra maestra de Scott Fitzgerald viene a denunciar la imposibilidad de pertenecer a una clase social en la que no se ha nacido, asunto que fuera el gran anhelo del autor.

Publicado el 3 de septiembre de 2014 a las 21:30.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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