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El insolidario

El anciano que se creía Peter Pan frente a un sombrío capitán Garfio

Archivado en: Ficciones, "El anciano que se creía Peter Pan Frente a un sombrío Capitán Garfio"

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            Volvió en sí aún entumecido. Un dolor punzante le trepanaba la cabeza de sien a sien. Tardó en hacerse la más mínima composición de lugar. Todavía aturdido, se esforzaba en concentrar su mirada en algún punto cuando reparó en un ruido. Se le antojó insólito para el lugar. Por más que no supiera dónde se encontraba ni cómo era aquel sitio, aquel ruido, oído más que escuchado, fue todo un mal presagio. Era como si alguien estuviese trasvasando agua de un cubo a otro. Al punto volvió a írsele la cabeza. La vista se le nubló otra vez. En esta segunda ocasión, el desvanecimiento fue breve. Algo más que una de esas cabezadas en que, en los días que sucedían a las noches mal dormidas, le vencía el sueño.

           Esta segunda vez, apenas estuvo unos minutos transpuesto. Al recobrar el conocimiento y verla a ella, empezó a comprender. La mujer le miraba fijamente, sin expresión alguna en su rostro, con la inquietante frialdad de un maniquí. De hecho, por un instante, la creyó una de esas figuras que, en la alta madrugada, parecen acecharnos en los escaparates de las calles solitarias. Inútil intentar mantenerle la mirada con esa migraña centelleando en su cabeza.

            Con todo, recordó que estaba hablando con ella, acaso unas horas antes, en la barra de un club nocturno. Entre las sombras del tugurio donde la conoció le parecía más joven. Por eso, al no querer ella decirle su nombre -"llámame como quieras" le contestó cuando se lo preguntó-, decidió llamarla la "chica anónima". Después se puso a contarle que él era "el único tío, de toda España, que había entrado con una cabra en un cabaret", todo un clásico de las milongas que llevaba soltando en sus dos décadas de noches patibularias. "Yo soy como Peter Pan, sigo siendo un niño a mis sesenta y nueve años", era lo último que recordaba haberla dicho. En efecto, ése solía ser el colofón final al repertorio de sandeces que soltaba a las señoritas que animaban las barras americanas.

            Pero ahora, mientras le miraba sin expresión alguna, cubierta su desnudez del club con una gabardina y con esa luz cenital cayendo sobre ella a plomo desde una bombilla, le parecía una mujer hecha, derecha y fatalmente enigmática, no esa chica diferente que asemejaba ser en las sombras del night club.

            Ya iba para veinte años -esos veinte años de noches patibularias- que su segunda esposa cogió la puerta y se fue. También hacía diez de que en los bares de copas, donde aún se creía un galán lo suficientemente apuesto y calavera como para dar músicas a las jóvenes -aunque para ellas sólo fuera un viejo pesado-, empezaron a prohibirle el paso. Decía asumir su soledad como el resultado de la vida sentimental que había tenido. Sin embargo, cuando la llamada de la carne volvía a estremecerle, no tanto como en la cumbre de su edad, pero sí de vez en cuando, le faltaba templanza. Amancebado pues con su propia mano, "no va a ser siempre este consuelo" se decía los días que cobraba la pensión. Llegada esa noche, se vestía como Julio Iglesias -a quien imitaba y llamaba "Julito", tal si le conociera- y salía en busca de los clubes de farolillos rojos donde se compra el placer a precios no muy caros.

            Su aspecto de playboy apergaminado y su voz, reducida por el cáncer de garganta que había superado a la que emitía una sola cuerda vocal, le hacían repelente; su petulancia, pesado. Así las cosas, metido en el alterne, le habían pegado en más de una ocasión. Otras madrugadas acabó en comisaría. Mas a la postre, tanto sus agresores como la policía terminaron por darse cuenta de que no era más que un patético anciano. La más triste de las criaturas de la noche. Su peor experiencia en los night clubs, apenas había empezado.

            Recobrado por completo el conocimiento, ese ruido como de agua trasegada, que, ahora sí, escuchó a la perfección, volvió a escamarle. No se equivocaba cuando imaginó que ella le había echado algo en el licor. Intentó acercarse a la chica anónima para pedirle explicaciones y descubrió estupefacto que estaba atado hasta la total inmovilización dentro de una armadura, una estructura -pegada a la pared- exactamente igual que esas que refuerzan el hormigón en las construcciones. Le habían amarrado tan a conciencia que no podía hacer el más mínimo movimiento. Intentó protestar pero ella se lo impidió metiéndole un pañuelo en la boca. Acto seguido le amordazó a conciencia. El galán trasnochado ya no podía hablar ni moverse.

            Comprobó con desconcierto que se hallaba en un cuarto vacío "Y si pasan días sin que nadie venga a desatarme", pensó por un instante. Supuso que se encontraba en un piso en obras por los sacos de yeso y de cemento Pórtland apilados junto a unos ladrillos que había frente a él. El panorama fue un alivio porque le hizo suponer que más pronto que tarde alguien iría allí, a retomar el trabajo, y nada más verle, se apresuraría a liberarle. Todo quedaría entonces como una broma de pésimo gusto que denunciaría, naturalmente.

            Un tipo cetrino, rechoncho, de facciones toscas, en quien reconoció al portero del club donde entró en busca de un "ratito agradable" unas horas antes, vestido ahora con un mono de trabajo, hizo su aparición. Mientras se remangaba y se ponía unos guantes de goma, le observó cómo si estuviera tomándole medidas mentalmente. Su gesto para con él era tan carente de expresión como el de la chica anónima. Pero a él, que más le hubiera valido aquella noche volver a complacerse con su mano, se le antojó como el de un veterinario a quien vio en el 77 examinar a unos animales antes de ser sacrificados.

            Ya puestos los guantes de goma, el portero metió las manos en una espuerta de cemento sobre la que había echado un cubo de agua y se puso a mezclarlo y amasarlo. Apestaba a sudor. Olía tan mal que la angustia del cautivo se vio trufada por el asco. Ese asco, tan próximo al miedo, que inspira el hedor procedente de la jaula de una fiera corrupia, pongo por caso.

            -Ya conoces a mi acólito, ¿no? -comentó ella-... Antes equivocaste la respuesta cuando te pregunté si preferías que te lo diera "todo de golpe, y mi amor se consumiera como un relámpago, una llamarada, o si lo querías poco a poco" -continuó sin apenas esperar la contestación.

            Al anciano, que por creerse Peter Pan se veía ahora atado de pies y manos frente a alguien mucho más sombrío que el capitán Garfio, le hubiera gustado saber si, dados los encantos de la chica anónima, cuando ésta se ofrecía de esa manera, hubo alguien capaz de inclinarse por el "poco a poco".

            De no haber sido tan pagado de sí mismo, cuando ella le dijo "contigo será gratis", él debió pensar que allí había algo raro. Pero como estaba convencido de enamorarlas a todas con sus formas de los actores del Hollywood clásico, le pareció lo más normal del mundo que una mujer como aquélla -de esas capaces de parar un tren, que se decía en la juventud del anciano-; una mujer gloriosa como pocas -como no se ven, desde luego, en el alterne barato, donde todas son feas, brutas y desdichadas-, una mujer que alegraría la mirada de cualquier hombre, saliera de entre las sombras de una barra americana para prendarse de él.

            El acólito comenzaba a aplicar el cemento con la correspondiente espátula sobre un ladrillo cuando pudieron oír que se acercaba un coche en la calle. Ella le hizo un gesto para que se detuviera. El cautivo sintió un alivio fugaz al escuchar que se abría una puerta del automóvil y bajaba alguien. Acto seguido se oyeron unos pasos alejándose y el sudor volvió a perlar la frente del Peter Pan de sesenta y nueve años.

            Recordó entonces la insistencia de la chica anónima en hablar del tiempo que tarda en fraguar el cemento armado cuando aún estaban con los güiscachos. Aquello, que entonces le pareció una de esas amenidades que dicen o escuchan las señoritas en el alterne, para hacer ese gasto de refrescos que el cliente paga como champán y no bebe nadie, ahora le produjo un pálpito. Esta nueva inquietud fue a sumarse una rabia muy íntima. Ya con trazas de pesadumbre.

            En cierto sentido, ella sintetizaba a esa mujer gloriosa con la que sueña el muchacho desde sus primeras poluciones hasta que, ya sexagenario voluptuoso, se vuelve a ver cómo se aleja, entre las vueltas que da la vida, la que sabe a ciencia cierta será la última que ha de desear en vano. Primero chicas, luego mujeres. Son muchas, naturalmente, y se suceden. Pero a la larga es sola una: la que nunca se consigue. Ésa que siempre se desea más que a nada en el mundo -y no es retórica-, pero en balde: siempre se pierde de forma inexorable. Porque por más mujeres con la que se haya estado íntimamente, siempre hay una con la que no es posible.

            Para nuestro sexagenario voluptuoso, que cuando en verdad era un castigador al que no le hacía falta recurrir a los placeres mercenarios amó -por así llamar al sexo- lo suyo, ella -la chica anónima- era esa mujer gloriosa que sintetizaba a todas las que, en cincuenta y tantos años de vida sexual, pasaron sin que los deseos que hicieron brotar en él llegaran a cumplirse.

            Cuando abandonaron el night club le llevó a un lujoso apartamento. Allí, al verla desnudarse, creyó que se desvestían para él todas las que había soñado desde adolescente, cuando presumía entre los amigos del colegio de haber estado "empujando" -que lo llamaban entonces- contra ésta o aquélla. Cuando sus voluptuosas formas quedaron al descubierto, también lo hicieron las de las sus compañeras de trabajo tantas veces soñadas y las de las mujeres de los otros. Después las efusiones que ella le dispensó, fueron las que las camareras de los bares de copas le hubieran dispensado. Sí señor, fue como si en ella se hubieran sucedido, en un fabuloso carrusel, todas las mujeres que le gustaron y se fueron desde que su virilidad se alzó por primera vez.

            Sin embargo, también fue aquella la primera vez que esa misma virilidad, que le venía pidiendo guerra desde que se irguió en la adolescencia, le falló. No tuvo fuerzas. Ya estaba demasiado viejo y cansado. Lo último que recordaba, antes del desvanecimiento, era a ella reprochándoselo con sarcástica sonrisa:

            -Eso es todo lo que te inspiro con todo lo que me esforzado en complacerte -bromeó entonces.

            Y era ahora cuando ella, tras hacer un gesto al acolito para que retomara su tarea luego de cerciorarse de que la calle recuperaba su silencio, volvía con guasa sobre el asunto al observar:

            -Tú, que me lo ibas a comer todo. Tú, que me ibas a transportar al séptimo cielo... Sin embargo, no vayas a creerte que esto te pasa por no haber podido cumplir conmigo, después de haberme susurrado en el club todas esas maravillas que ibas a hacerme -comenzó a decir-. Todo te hubiese sido posible. Me hubiera prestado a lo que me pidieras. Todo te lo hubiera permitido. Pero, de haber sido mi mejor amante, tu suerte no habría cambiado. Escribiste tu destino cuando elegiste que mi amor fuera el fulgor de un solo instante.

            Humillado por su virilidad, que sabía perdida para siempre, también empezaba a estarlo por el miedo. El acólito ya había colocado toda una fila de ladrillos, que empezaban a cerrar herméticamente la armadura a la que le habían atado. Aunque su respiración era torpe y muy ruidosa, como la de un ser primitivo, trabajaba muy rápido. Parecía uno de esos héroes de la productividad laboral que nos muestran los viejos noticiarios soviéticos. Sí señor, todo un estajanovista del enladrillado. El primer hombre que entró con una cabra en un cabaret en España, no quería rendirse ante la evidencia: estaban levantando una pared delante de él.

            -No es nada contra ti. No es personal, vamos. Es parte de una cruzada que hemos emprendido -se detuvo un momento para pensar contra qué o quiénes se habían alzado-... contra los viejos que no quieren admitir que lo son y frecuentan los burdeles. Como sabrás por tu propia experiencia, hay algo impúdico, hasta resultar repugnante, en la sexualidad de los ancianos -continuó con otra de sus irónicas sonrisas.

            Amordazado como estaba, el Peter Pan del cabaret y la cabra acuso el sarcasmo con uno de esos gestos con que los ancianos que no pueden gritar se resienten de los dolores. Aunque aquello era falso, también era verdadero. Falso porque no le estaban emparedando por eso, la Anónima y el acólito no precisaban motivos para sus atrocidades; verdadero porque el desdichado sólo era un anciano que frecuentaba los burdeles y, en efecto, era consciente de que, vista desde las edades anteriores, hay algo que se hace impúdico, hasta resultar repugnante, en la sexualidad de los ancianos.

            Tampoco podía negarse que, de haberse quedado en su casa, como corresponde a los sexagenarios en la alta madrugada, nada de aquello le hubiese ocurrido. Fue un motivo más para reconcomerse, mientras el acólito seguía enladrillando y la Anónima mirando con el mismo interés que si estuviera asistiendo a un experimento científico.

            Tres horas después, la pared tras la que estaban sepultando ya le llegaba hasta el pecho. El sexagenario voluptuoso se hacía a la idea de que su hora había llegado. Tenía la certeza de que nadie iba a echarle de menos. Si acaso en el banco, después de meses de no tocar la pensión. Se pondrían en contacto con la Seguridad Social. Estos, entonces, le instarían a que fuera a dar fe de vida a algún sitio. Sabía que ese era el procedimiento. Y también sabía que él no iba a poder ir a dejar constancia de que aún existía porque habría dejado de hacerlo.

            Cuando sólo restaban un par de filas de ladrillos para que la pared que había de sepultarle llegara hasta el techo, el Peter Pan de sesenta y nueve inviernos recordó cierta historia, incluida en un libro que leyó en su juventud. Se refería a una costumbre medieval albanesa según la cual, en uno de los pilares de los puentes en construcción, se emparedaba viva a una virgen para asentar la obra.

            -Ahora podrás comprobar por tu propia experiencia el tiempo que tarda en fraguar el cemento Pórtland -le anuncio la Anónima mientras el acólito comenzaba a arrojar la primera de las espuertas de este material. Fueron necesarias diez, hasta cubrir por completo la armadura que aprisionaba al desdichado y alcanzar el nivel de los ladrillos. Llegado a ese punto, el estajanovista del enladrillado colocó las últimas dos filas de rasillas. Para entonces, el sexagenario voluptuoso apenas respiraba. La mordaza impidió que le entrara cemento en la boca y, al ser éste un material poroso, durante algunos minutos apuró las últimas briznas de aire.

            Murió pensando si sería cierto ese carrusel final, que dicen nos repara el último trance, en el que nos es dada una última visión de los momentos estelares de nuestra existencia. Calculaba que el procedimiento habría de ser muy semejante a ese otro, que le hizo ver en la Anónima a todas las mujeres que deseó en vano cuando exhaló su último aliento.

            Cuando el acólito acabó su tremenda tarea, que incluyó el insonorizado mediante una gruesa capa de poliestireno expandido y el pintado, la pared donde el Peter Pan de la cabra quedó sepultado parecía un muro de carga. De modo que no fue tocado por ninguno de los inquilinos que, en los siguientes años, ocuparon el piso.

            Meses después del emparedamiento de aquel playboy trasnochado, ante la denuncia de unos familiares de otro villano infeliz que sufrió la misma suerte, llamó la atención de la policía la desaparición de varios clientes de distintos clubes de alterne. Coincidió que la última vez que se les vio, todos ellos iban acompañados de una mujer. Por ese "atractivo especial", con que la describían los escasos testigos, parecía ser la misma persona en todos los casos. Nadie la había visto con anterioridad ni volvió a verla nunca en ninguno de los establecimientos de los que salió con los desaparecidos. No mucho tiempo después, sin pista alguna, sin pruebas tangibles, se cerró la investigación sin ningún resultado.

 

            El tiempo volvió a pasar inexorable. Desde hace unos meses, distintos vecinos del barrio del madrileño barrio de Tamboriles -hasta un total de cincuenta- vienen observado cómo en una pared de su casa ha aparecido una mancha antropomórfica. Los expertos en temas esotéricos, los investigadores de lo oculto, estiman que se trata de auténticas psicoplastias.

Publicado el 19 de octubre de 2014 a las 21:45.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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