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El horror de Dunwich

Archivado en: Cuaderno de lecturas, "El horror de Dunwich", de H. P. Lovecraft

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                                     "Tras un prólogo tan interesante como el de Los mitos de Cthulhu, aunque antes de empezarlo fuera el motivo de que postergara la lectura de este libro hasta el último momento, los relatos en él reunidos han sido los que más me han satisfecho de todo lo leído en mi tercer encuentro con la obra de Lovecraft", apunté al comienzo de mis notas referidas a El horror de Dunwich tras su lectura, en marzo del 99.

                   Obedeciendo sin duda a una matemática tiniebla, estaba escrito que me adentrara en la obra de Lovecraft en tres tandas separadas entre sí por un intervalo de diez años exactos. La primera de estas ocasiones fue a finales de los años 70, cuando descubrí al outsider de Providence en dos tomos de obras escogidas de Ediciones Acervo. La segunda llamada de Cthulhu, nunca mejor dicho, fue a finales de los 80 y atendí a ella en las esplendidas selecciones de Alianza Editorial. Textos, estos mismos, a los que volví cuando, ya a finales de los años 90, dándome yo a ciertos placeres que el buen entendedor sabrá imaginar, el universo de Lovecraft me volvió a magnetizar.

                   Considerando que August Derleth, su autor -volviendo al prólogo de El horror de Dunwich-, afirma en dicha introducción que Arkham muy probablemente sea Salem (Massachusetts). Dado también que en el mapa aportado en La llamada de Cthulhu se aprecia la proximidad a dicha localidad de los otros dos escenarios habituales de Lovecraft: Innsmouth y Dunwich, puede decirse que todos los territorios míticos de Lovecraft están localizados en Massachusetts, la enigmática región de Nueva Inglaterra.

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                   El horror de Dunwich, aquel que abre la selección de relatos que nos ocupa, cuenta la historia de Wilbur Whateley, perteneciente a la rama degrada de una familia de la localidad aludida en el título. “El rapaz negro de Lavinia”, como le llaman sus vecinos, es un muchacho precoz en muchos aspectos, de una estatura desacostumbrada. Dos son sus empeños: realizar unas extrañas obras de carpintería en su granja de Sentinel Hill, en cuyos alrededores las chotacabras se concentran de un modo harto sospechoso, y en hacerse con un ejemplar del Necronomicón guardado en la Universidad de Arkham.

                   Muerto en la empresa, las horripilantes formas descubiertas en su cadáver nos demuestran que el padre de Wilbur fue una abominable monstruosidad, algunos de cuyos rasgos están presentes en las mismas partes del cuerpo de su hijo que, desde el principio de la narración, se nos han presentado como misteriosamente cubiertas.

                   Pero el verdadero horror de Dunwich será el que se nos descubre en la granja Whateley de Sentinel Hill. Es éste un ser hediondo, proveniente del espacio exterior, cuya forma -según se nos describe con gran acierto- se asemeja a la que producirían muchas cuerdas unidas. Su gran volumen ha sido la causa de las reformas de carpintería practicadas por los Whateley en su propiedad; su apetito, la de la constante compra de ganado por parte la familia, reses de la que nunca se ha vuelto a saber, y de la desaparición de algunos vecinos del lugar.

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                   El modelo de Pickman nos ofrece la experiencia de un hombre, amigo de Richard Upton Pickman, un pintor tenebrista dotado de una espeluznante expresividad, que tiene acceso al estudio de dicho artista. Desde él se adentrará en una serie de grutas que unen varias casas entre sí, reliquias de los tiempos en que en la ciudad se practicaron abominables cultos. Tras imaginar distintos horrores durante su recorrido, el peor de todos ellos es el comprobar que el modelo de Pickman es una “fotografía tomada del natural”.

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                   Ya desde sus primeros párrafos, El susurrador de la oscuridad se nos descubre como una de las mejores piezas de Lovecraft. En esas primeras líneas, el narrador -Albert N. Wilmarth- un profesor de la Universidad de Miskatonic (Arkham), nos cuenta cómo la aparición de los cuerpos sin vida de unos extraños seres, semejantes a cangrejos, arrastrados por las aguas durante las inundaciones que asolaron Vermont en 1927, le incitó a introducirse en la historia que nos va a referir. Tras publicar un artículo sobre los alienígenas llevados por la corriente, pues eso son al cabo dichas criaturas, Wilmarth comienza a cartearse con un tal Henry Wentworth Akeley, estudioso del mismo tema desde tiempo atrás. La correspondencia que éste remitirá al profesor dará forma al largo relato.

                   Mediante las cartas de Akeley sabemos que los seres, capaces de hacerse con el cerebro humano, conscientes de las investigaciones que está llevando a cabo sobre ellos, le acechan. Dado que Akeley no puede denunciar las amenazas de las que es objeto, puesto que nadie le creería, comienza a adquirir perros guardianes. Finalmente, cuando el peligro arrecia, Wilmarth recibe una carta en la que Akeley, además de desdramatizar la alarma de sus anteriores, se refiere a la buena voluntad por parte de los alienígenas. Así las cosas, invita al profesor a pasar unos días en su casa y comprobarlo por el mismo. Si bien, Wilmarth acepta la invitación, no deja por ello de recelar durante toda la visita. Sus sospechas se verán confirmadas cuando, tras abandonar precipitadamente la casa, nos cuenta que el motivo de su huida fue el comprobar que los extraterrestres también se habían apoderado de Akeley. Este último detalle, el de contar antes la fuga que el hecho que la motiva, es una acertada técnica que viene a poner el mejor punto final a una narración ejemplar.

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                   Por último, El extraño nos ofrece otro alarde de ingenio. La que aquí se nos propone es la experiencia de alguien criado en la más absoluta soledad. Tras salir de su encierro, anhelando el contacto con otros seres humanos, ve que éstos huyen despavoridos al verle. La reacción de la gente no es distinta a la suya propia al encontrarse frente a cierta monstruosidad. Lo que nuestro protagonista no sabe es que aquél que tanto le espanta no es sino él mismo: está mirando su reflejo en un espejo.

Publicado el 14 de febrero de 2015 a las 21:45.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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