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Fantasías góticas de Mary Shelley

Archivado en: Cuaderno de lecturas, "El mortal inmortal y otras fantasías góticas" de Mary Shelley

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Siempre me ha maravillado esa regla gótica la narrativa romántica. Incluso en España, que la tradición es realista y el Santo Oficio persiguió con celo a cuanto se antojara hechicería, la narrativa romántica, cuando no es tan gótica como las Leyendas de Bécquer, es tan fantástica como los cuentos de aparecidos de José de Zorrilla. De modo que tal vez no sea muy acertado apuntar aquello de que la narrativa gótica es anglosajona por excelencia. ¿Dónde situaríamos entonces los cuentos góticos del alemán E.T.A Hofmann? ¿Dónde los de Victor Hugo, Charles Nodier y tantos otros franceses?.. Valga, como mucho, que la novela gótica -nacida en efecto en Inglaterra para llenar de sombras El Siglo de las Luces- tuvo en Inglaterra e Irlanda a varios de sus grandes cultivadores. De las mujeres que se dieron a ella en aquellas islas, me quedo con Mary Shelley, mi dilecta. Antes incluso que Ann Radcliffe. La gran Mary fue la vencedora de aquel duelo de ingenio del verano de 1816 en Villa Diodati. Por encima de su amado Percy y el mismísimo Lord Byron. La gran Mary, entre otros, escribió piezas tan sugerentes y misteriosas como las reunidas en El mortal inmortal y otras fantasías góticas, que yo leí con sumo agrado en julio de 2004.

Tal vez sea La transformación el más gótico de los relatos aquí reunidos. Guido, su protagonista, crece en la Génova de los siglos XIV y XV. Lo deduzco porque el París que conocerá posteriormente en sus disipaciones es el del Carlos VI El loco, cuyo reinado comenzó en 1388, yendo a perder la razón cuatro años después.

Juliet, la hija de un noble amigo de su padre que ha sido desterrado y expropiado por cuestiones políticas, es la compañera de la infancia de Guido. Prometido a la muchacha cuando apenas eran unos niños, el compromiso fue ratificado con un nuevo juramento, pronunciado en el lecho de muerte del padre de nuestro protagonista, con Torella -el padre de Juliet- ya vuelto del exilio.

Cuando Guido alcanza la mayoría de edad, tiene deseos de ver mundo. Es entonces cuando se entrega a sus libertinajes dilapidando su fortuna. Cuando regresa a su Génova natal, Torella ha dispuesto un contrato matrimonial en el que le asigna una cuantiosa fortuna, pero con muchas restricciones sobre cómo gastarla. Tanto es así que Guido se siente muy ofendido y vuelve a las andadas. Pero el París que espera encontrar ya no existe: han acabado con él las intrigas cortesanas.

Arruinado, como un mendigo, pasea sus desdichas y su odio a Torella por una playa cuando maldice. Sus imprecaciones no caen en saco roto. Tras presenciar un naufragio, un repugnante enano, superviviente de la catástrofe, se acerca hasta la playa. Exclama por san Belcebú y da a entender a Guido que él mismo le ha reclamado. Su único equipaje es una bolsa llena de oro, dinero con el que el disoluto podrá realizar su venganza si accede a cambiar su bello cuerpo con el del ignominioso demonio por tres días. El libertino accede al trato. Habida cuenta de su repugnante nuevo aspecto, decide quedarse en la playa esperando. Pero el tiempo pasa y el adorador de Belcebú no llega…

Cuando Guido se presenta en Génova descubre con estupor que el enano ha decidido ocupar su puesto. Tras pedir perdón a Torella, ha hecho propósitos de enmienda y se dispone a casarse con Juliet. Cuando el verdadero Guido se presenta ante el usurpador de su identidad, el combate no tarda en producirse. Los dos acaban por resultar malheridos al mismo tiempo, las sangres de ambos se mezclan.

Cuando Guido despierta, lo primero que pide es un espejo para comprobar que sus facciones son las de antes del cambio. No le hace falta hacer nuevas promesas porque ya las ha hecho el impostor. A partir de entonces es un hombre reformado, conocido como Guido El cortés. Marido ejemplar y buen yerno, a veces se pregunta junto a su confesor si el espíritu de la playa no sería un envío del ángel de la guarda en vez de un siervo del Maligno.

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Ambientada en la Florencia de 1266, cuando los gibelinos acaban de ser expulsados de la ciudad por los güelfos, Historia de dos pasiones nos refiere la experiencia de una mujer, Despina, que ha de llevar una carta a esta ciudad haciéndose pasar por un hombre. La embajada le costara la vida, siendo ejecutada instantes antes que Corradino, el paladín de la causa gibelina. Aunque se trata de un relato interesante no ha llegado a cautivarme.

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El inglés reanimado es un texto concebido a modo de noticia periodística. En él viene a proponerse la hibernación de un tipo que, congelado por casualidad al caer sobre él un alud, vuelve a la vida casi 200 años después. He aquí la pieza menos interesante de todo el tomo.

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Muy por el contrario, El mortal inmortal es una de los mejores cuentos de la selección. Lo que nos refieren sus páginas, en primera persona, es la historia de Winzy, el pupilo de un alquimista -llamado Cornelius- que goza de muy mala fama en el lugar. Perdidamente enamorado de Bertha, el aprendiz de brujo no puede acudir a una cita con ella y la muchacha decide marchar a pasear con otro admirador. Creyendo que la pócima de hermoso color rosado que Cornelius le ha hecho vigilar cuando el alquimista se ha ido a dormir es un elixir para curar el mal de amores, Winzy la bebe pese a que su maestro le ha advertido sobre los peligros de hacerlo.

Lejos de desenamorarse de Bertha, el joven la ama aún más y acaba por ver sus sueños realizados junto a ella. Cinco años después. Cornelius llama a Winzy a su lecho de muerte y confiesa a su antiguo aprendiz que la pócima que bebió era un elixir para la eterna juventud –de ahí que también curara el mal de amores como el brujo le advirtió en su momento-.

A partir de entonces, la narración comienza a discurrir por esa triste hermosura de los Relatos de inmortales de Poul Anderson –acaso lector de Mary Shelley-: Winzy sigue siendo joven mientras su amada Bertha comienza a envejecer. La misma Bertha empieza a sospechar de la eterna juventud de su pareja. Cuando Winzy le confiesa la verdad, la pareja decide abandonar su país, evitando así las murmuraciones de haber pactado con el Diablo que pesan sobre él.

Finalmente, cuando el antiguo aprendiz de brujo ve morir a su amada, habiendo perdido con ella cuanto le ataba a la Humanidad, comienza a acariciar la idea de la autodestrucción en base a que sólo bebió la mitad del elixir: el resto se cayó cuando el mago le sorprendió.

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            El heredero de Mondolfo es una historia de exaltación romántica ambientada en esa Italia pretérita que le es tan cara a la autora. En esta ocasión, su protagonista –Ludovico- es un joven odiado por su padre -el príncipe de Mondolfo-, quien odió a su vez a su esposa y madre del muchacho porque la dama no sirvió a los planes del príncipe como éste hubiera querido. Crecido en la animadversión a su progenitor, Ludovico haya el amor en una muchacha humilde –Viola-, una violetera a la que conoce en el bosque durante una cacería.

            Cuando el príncipe se entera de que Ludovico se ha casado con Viola y ha tenido un hijo con ella, como el pequeño es el heredero de Mondolfo aludido en el título, manda a Ludovico a Nápoles y encierra a Viola y al niño en una mazmorra de su castillo. De donde la joven esposa sabe escapar junto a su retoño.

            De nuevo en el solar, cuando Ludovico se entera de la suerte que ha corrido su familia, la da por muerta. Así las cosas, decide marchar como peregrino a Tierra Santa y luchar y morir bajo los muros de Jerusalén. Ya está en camino cuando, al ir a beber agua en una fuente, encuentra casualmente a Viola en el mismo lugar donde la muchacha se ha escondido de los esbirros del príncipe. El joven matrimonio regresa a su cabaña del bosque y finalmente, cuando Mondolfo –arrepentido de la vileza que ha cometido con ellos- comienza a aceptarles y a reconocer en su nieto a su heredero, incluso acaban por instalarse en el castillo.

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            Ferdinando Éboli es otra de las mejores piezas de la selección, vuelve a estar localizada en Italia, pero esta vez es la Italia de las guerras napoleónicas. Su protagonista, el conde Éboli, se promete a la bella Adalinda –hija del marqués de Spina- antes de partir en campaña junto a los ejércitos de Murat.

            Tras despedirse de su prometida, Éboli se ve obligado a dejar su montura ante la proximidad del enemigo austriaco y caminar sigilosamente entre las sombras. Cuando finalmente cree estar ya a salvo, recibe un golpe, es atado y amordazado y colocado en una barca que se empuja río abajo. Cuando el conde recupera el sentido, descubre que le han quitado el uniforme y cuanto llevaba encima para vestirle con unos miserables ropajes. El desdichado no tardará en descubrir que no es eso lo único que le han robado.

            Apenas llega a su cuartel general, es detenido por espía y se le comunica que el conde Ferdinando Éboli hace tras horas que ha llegado a la fortificación. A partir de entonces, el verdadero Éboli vivirá toda una odisea para demostrar su identidad frente al impostor. Nadie le cree: ni siquiera Adalinda quien, conminada a descubrir al impostor por su padre, el marqués Spina, asegura que el mentiroso es el conde verdadero. Entregado a la justicia por Spina, Ferdinando espera en una celda su traslado a las carreteras de Calabria, donde habrá de cumplir una condena de trabajos forzados por su impostura, cuando recibe la visita del auténtico impostor. Éste le ofrece la libertad a cambió de una confesión en la que firme que no es quien dice ser. El verdadero Ferdinando se niega. Traslado a Calabria, el verdadero conde consigue escapar de sus cadenas junto a un bandolero y echarse a los montes con él.

            Descubierto el impostor por Adalinda, éste le confiesa que es un hermano mayor y bastardo de Éboli. Pero Spina ya ha muerto y la joven novia es prisionera de su falso prometido, la muchacha consigue escapar y hacerse al monte. Allí, una casualidad que recuerda poderosamente a la que reuniera a Ludovico y a Viola, une a Ferdinando y Adalinda.

            En esta ocasión, el milagro tiene lugar en la cueva donde la muchacha busca refugio en su huida, que resulta ser una de las guaridas de la partida de bandidos con la que se encuentra Éboli. Demostrada la verdadera identidad de éste, al igual que en El heredero de Mondolfo se impone el entendimiento en el final: los dos hermanos combatirán juntos en la campaña rusa de Napoleón, donde uno tendrá oportunidad de salvarle la vida al otro.

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            El sueño es otra de las fantasías más góticas aquí reunidas. Su protagonista es Constance, “la joven y hermosa condesa de Villeneuve”, que languidece a la espera de tomar los hábitos tras haber perdido a su padre y dos hermanos en una reciente guerra civil a manos de su antiguo prometido, Gaspar.

            Ante este panorama, el rey conmina a Constante a casarse con Gaspar y ella misma no parece odiarle tanto como asegura cuando el joven caballero se presenta para anunciarla que abandona Francia con destino a Tierra Santa. Ante este viaje a Jerusalén -otro de los temas recurrentes de la autora-, Constante resuelve que actuará según sea su sueño en la cama de Santa Catalina.

Dicho lecho no es otro que una pequeña terraza, en la que apenas cabe un cuerpo tendido, que sobresale en un precipicio bajo el que discurre caudalosamente el Loira. Barrido frecuentemente por sus olas, cuantos han dormido allí han perecido ahogados en sus aguas. No obstante lo cual, Constante decide desafiar a su suerte y pasar allí la noche. Cuando está a punto de caer al río pronunciado su nombre, Gaspar, que ha conseguido llegar al lugar y velar su sueño la salva. De la cama de Santa Catalina los amantes marchan al altar.

Al cabo del tiempo, cuando Constante confiesa a Gaspar su sueño, le dice que aquél fue la visión de la triste suerte de su amado en Palestina, luchando contra los infieles y cautivo de ellos. Fue la misma santa quien hizo comprender a la joven y hermosa condesa de Villeneuve, en aquella experiencia onírica, que “hacer felices a los vivos no era ofender a los muertos”.

Publicado el 18 de noviembre de 2015 a las 16:15.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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