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Frankie y la boda

Archivado en: Cuaderno de lecturas, "Frankie y la boda", de Carson McCullers

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                   Cuando el universo de un autor comienza a resultarme conocido, más temprano que tarde dejo de leerle. Ese fue el caso de la gran Carson McCullers. La descubrí maravillado, mediados los años 80, en La balada del café triste (1951). Al punto hice de ella mi favorita de todas las autoras de más allá de la línea Mason-Dixon. Casi podría decirse que estas escritoras sureñas -Flannery O'Connor, Eudora Welty, Katherine Anne Porter...- constituyen por sí solas todo un género literario.

                   De entre todas, ya digo, por encima incluso de Harper Lee, tan de actualidad estos días por esa reedición de Matar a un ruiseñor (1960) junto a Ve y pon un centinela (2015), mi favorita es Carson McCullers. Proseguí su lectura con Reloj sin manecillas (1961) para finalizarla en Frankie y la boda (1946).

 

                   Aunque las tengo y atesoro con el primor debido, no he llegado a leer El corazón es un cazador solitario (1940) y Reflejos en un ojo dorado (1941). Cuando hubiera debido empezar aquélla, el universo de su autora ya me era conocido. De Reflejos... me quitó las ganas la adaptación de John Huston, tan teatral y tan la zaga de los Tennessee Williams de Richard Brooks y Elia Kazan.

 

                   Sin embargo, individualista irreductible como soy, que los personajes de Carson McCullers sean unos inadaptados en ese Sur estadounidense, siempre tan literario, todavía me sigue conmoviendo. Como en el 98, cuando tomé estas notas tras la lectura de Frankie y la boda cuyo título original, The member of the wedding (La miembro de la boda), responde mucho mejor al espíritu de la obra.

 

                   En esta ocasión, la autora nos cuenta la experiencia de una adolescente de principios de los 40. En el verano en que tiene lugar la narración, no pertenece a ningún club de jóvenes del pueblo. Tal hecho, que para ella implica un desarraigo espantoso, le hace echar de menos un "nosotros" al que pertenecer al igual que todo el mundo.

 

                   Dado que la boda de su hermano se va a celebrar en las próximas horas, Frankie, la adolescente en cuestión, decide que su "nosotros" será la pareja y que éstos no dudarán en llevarla a vivir con ellos. Así se lo hace saber a sus dos personas más allegadas. Huérfana de madre como es, éstas no son sino Berenice -la criada afroamericana en cuya cocina transcurre una buena parte de la narración- y John Henry, un pequeño primo.

 

                   Dando pábulo a su fantasía como sólo puede hacerse a tan temprana edad, mientras va a comprar el vestido para la ceremonia, Frankie pone al corriente de ella a cuantas personas encuentra en su camino. De entre éstas, destaca un soldado de permiso en la localidad. Convencida de que el militar conocerá algunos de los exóticos escenarios en los que se desarrolla la guerra -lugares que Frankie sueña con visitar- la muchacha entabla conversación con él. Sin embargo, el soldado, tomándola por mayor de lo que es, la invita a beber y la cita para las nueve de esa misma noche en un bar, que para Frankie constituye uno de los lugares más misteriosos de cuantos tiene noticia.

 

                   De nuevo junto a Berenice y John Henry, la joven se siente importante, mayor. Está a punto de descubrir a la criada su cita. Por su parte, Berenice le hace ver la posibilidad de que su hermano y su novia no la lleven con ellos después de casarse. Del mismo modo que le da una serie de consejos, insistiendo en que se busque "un chico blanco que la invite al cine" y en que cuide un poco más su aspecto: no comer tanto, no ir siempre con las rodillas desgarradas, etc.

 

                   Horas después, tras algunas dudas, la muchacha ordena a su primo que se vuelva a casa. En una de los pasajes más hermosos de la narración, McCullers nos refiere cómo Frankie ve alejarse a John Henry entre la gente antes de ir al encuentro con su soldado.

 

                   Sólo al final, cuando el militar ya ha subido a nuestra protagonista a su cuarto, la muchacha se da cuenta de cuáles son las intenciones de su acompañante. Así pues, le muerde en los labios mientras se besan, le golpea en la cabeza con un jarrón y se escapa convencida de haberle matado.

 

                   Otra vez en casa, pese a que los remordimientos la agobian, no tardarán en dar paso al sueño.

 

                   Finalmente, celebrado el enlace -del que sólo tenemos noticia cuando ya ha tenido lugar-, como su hermano y su novia no la han llevado con ellos, Frankie vuelve a casa con una rabieta que le hará intentar escaparse. Lo impedirá el sheriff.

 

                   En el siguiente párrafo (pag. 214), McCullers nos refiere con esa maestría suya, siempre impregnada de tristeza, el destino de Frankie. Nunca más vuelve a hablar de la boda y continúa creciendo en tanto que Berenice se casa con su pretendiente -dejando así de trabajar- y John Henry muere de meningitis.

 

                   Entre los aciertos narrativos del texto se ha de destacar el no referirse a la ceremonia más que brevemente y cuando ya ha sido llevada a cabo. Muy por el contrario a lo que cabría pensar, a tenor de la forma en que Frankie ha mitificado el enlace durante toda la novela, por parte de la autora, la boda no merece más que unas referencias inmersas en las páginas dedicadas a contarnos el enfado de la muchacha en el autobús que les lleva de regreso al pueblo.

 

                   Asimismo, se ha de llamar la atención sobre otro detalle, el cambió de nombre con que la escritora, sin darnos explicación alguna, comienza a llamar Frankie -F. Jasmine- para contarnos, unas páginas después, que el personaje dice llamarse así convencida -por una de sus teorías- de que ése es el nombre que más va con ella. Todo parece indicar que las ilusiones y delirios de la adolescencia femenina son como los pinta esta gran autora.

Publicado el 15 de enero de 2016 a las 22:15.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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