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El insolidario

Apuntes para unas estampas madrileñas XVIII

Archivado en: Apuntes para unas estampas madrileñas

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Cierra A todo México

 

            No me gusta ni hablar ni escribir sobre comida. Ya sé que los tratados de cocina del Renacimiento son uno de los tesoros más preciados por los bibliófilos y supongo que el tema, en la pluma adecuada, inspirará una prosa tan elevada como cualquier otro. Pero a mí, que aborrezco la comida casera, no me interesa. Basta con encender la televisión para advertir que el auge de la gastronomía al que asistimos alcanza hasta a los niños. Ahora, sus nuevas gracias en los concursos no consisten ni en cantar ni en bailar ni en ser un precoz sabihondo; ahora, el niño que prima en la pequeña pantalla es el buen cocinero. Sin embargo, a mí, cuanto tiene que ver con los fogones me interesa tan poco como el deporte en su conjunto.

 

            De modo que al venir hoy a evocar el restaurante A todo México de la calle San Bernardino 4, no me mueve el elogio de sus suculentos tamales y enchiladas, pese a que sé que no he de volver a comerlos tan sabrosos. Muy por el contrario, vengo a reflexionar, como procuro hacer siempre al fin y al cabo, sobre cómo el tiempo se nos escapa.

            Cerrado el pasado mes de enero, me lo descubrió mi amigo Alberto García Madrigal en 1976. En una de aquellas borracheras que nos cogíamos tras los exámenes, fuimos a beber tequila a su barra. No mucho después, mi madre, pese a lo mal que le sentaba la comida picante, me invitaba a comer en "El Mejicano" -que lo llamábamos- siempre que teníamos que celebrar algo. Ya en lo años 80, soltero aún, era yo quien invitaba a las chicas que quería camelar. En los 90, ya casado, como a Cristina no le gusta esa comida, me acostumbré a ir solo, siempre que me entraba algún dinero, para darme un agasajo. No era raro encontrarse en sus mesas con Gabino Diego, Juan José Artero y otros amigos de los rodajes de la década anterior. Sin olvidar a Madrigal, quien me lo descubrió y también resultó ser un cliente asiduo.

 

            El Mejicano tenía algo que atraía poderosamente a quienes sabían descubrirlo. Cuánto placer me procuraba aquel tequilita reposado (añejo), con frecuencia invitación de la casa, con que ponía fin a mi pequeño banquete. Aquellas comidas estaban tan ligadas al litro y medio de cerveza con que las regaba que, cuando dejé de beber, creí que también tendría que renunciar a ellas. Para nada. Comencé a acompañarlas de un par de cervezas sin alcohol -algo que no suelo hacer. Me gustó tanto la auténtica cerveza que no puedo- y asunto concluido. Lo que contaba era, no ya la comida, que nunca dejó de parecerme suculenta por más que siempre pidiera lo mismo; lo que contaba era el agasajo, el regreso a un placer que permanecía incólume pese a venir de antiguo. Un pequeño rincón en los aledaños del Conde Duque que siempre será uno de los lugares más queridos de ese Madrid que es mi reino. Al volver ahora sobre su recuerdo, se me antoja que sus tequilas y aquellos mariachis -que junto a los boleros del trío Los Panchos conformaban invariablemente su banda sonora- hicieron de él mi pequeño Jalisco, que dicen es el estado de donde vienen los mariachis y el tequila.

 

            En los cuarenta y un años que estuvo abierto -se inauguró en el 74-, A todo México -que llegó a contar con una segunda casa en la próxima calle de San Leonardo-, si no fue el primer restaurante mejicano que conoció Madrid, sí fue el más longevo. Dando cuenta de sus delicias vi envejecer a un par de encargados y a varios camareros. Cuando desaparece un lugar que nos ha sido querido se lleva con él una parte de nosotros mismos. No son sólo las personas, las cosas también nos calan. Y un buen trozo de mi Madrid más entrañable, ese que se me está viniendo abajo desde que empecé a hacerme viejo, es el que se esfuma con tan querido establecimiento.

 

            Sé a ciencia cierta que el fin último de todo es la nada. Pero dicha certeza no me quita la desazón que me produjo el otro día, cuando volvía a comer al Mejicano y lo encontré clausurado, ver que se ha quedado en nada un restaurante que me procuró tanta dicha. El tiempo se lo lleva todo cuando se nos escapa.

 

Publicado el 1 de marzo de 2016 a las 12:45.

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Comentarios - 2

1 | Jose LuisJose - 02/3/2016 - 13:25

Aun recuerdo su tequila era la primera vez que lo probé y de resultas del pasote con un par de tragos no lo he vuelto a tolerar ni a intentar.
Que recuerdos
Saludos

2 | Javier Memba (Web) - 02/3/2016 - 21:03

Ha sido una pena que lo cierren. Un saludo.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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