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Medio siglo de la odisea de Kubrick

Archivado en: Inéditos cine, 2001m una odisea del

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            Hoy se cumplen cincuenta años del estreno mundial de 2001, una odisea del espacio, la obra maestra de Stanley Kubrick. Sirva el fragmento que sigue, extraído de la introducción a mi libro La nueva era del cine de ciencia ficción (1971-2011), para evocar la grandeza de la cinta que divide en un antes y un después de ella a todo el género:

            Acaso en desquite a ese antiguo prejuicio sobre la limitada inteligencia de las audiencias adolescentes a las que iban destinados los grandes títulos de la ciencia ficción de los años 50, que obró en los críticos e incluso en los productores de aquellas cintas, 2001, una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968) fue una de las películas más inteligentes de las concebidas hasta entonces. Aún lo sigue siendo. La inteligencia misma fue uno de los principales asuntos de su argumento.

            Tanto fue así que el género parecía haber tocado techo igual que David Bowman (Keir Dullea), el protagonista de Kubrick, alcanza el infinito más allá de Júpiter, allí donde espacio y tiempo resultan ser dos formas de la misma trampa, donde alfa se confunde con omega y el fin nos devuelve al principio. Tanta es la altura y la densidad de la propuesta argumental de 2001... que el cine de ciencia ficción parecía haber alcanzado su cota más alta y con ella su final.

            "2001... es una experiencia no verbal. En dos horas y 19 minutos de película, hay poco más de media hora de diálogo. Traté de crear una experiencia visual que trascendiera las limitaciones del lenguaje y penetrara directamente en el subconsciente con su carga emotiva y filosófica. Quise que fuera una experiencia intensamente subjetiva, que alcanzara al espectador a un nivel interno de conciencia como lo hace la música", recordó el propio Kubrick.

            A diferencia de Espartaco -también dirigida por él en 1960-, que generó todo un subgénero en el peplum de libertadores de esclavos, casi siempre hijos del encarnado por Kirk Douglas, 2001, una odisea del espacio no tuvo imitadores. Ni siquiera Solaris (1972), del soviético Andrei Tarkovsky, anunciada en su momento como la réplica de los cines del Este a la genialidad de Kubrick lo es exactamente. 2001, una odisea del espacio tuvo, bien es cierto, una secuela 2010, Odisea dos (Peter Hyams, 1984). Pero no fue, en modo alguno, la retahíla de asuntos galácticos que provocó el éxito de La guerra de las galaxias (1977) de Lucas. Diríase que la industria cinematográfica, consciente de que no podría competir con la obra maestra del cineasta neoyorquino, no alentó a imitadores, como esa retahíla de agentes secretos que unos años antes proliferaron tras el éxito de James Bond.

            De hecho, tras la conmoción que provoca el estreno de Kubrick -no ya en el género que nos ocupa, sino en la creación fílmica misma-, son pocas las cintas que se adentran en la fantaciencia. De ahí que de una primera apreciación pueda seguirse que la ficción científica, en la gran pantalla, en lugar de techo ha tocado a su fin. Pero esa escasez de títulos de ciencia ficción que sucede al estreno de 2001, una odisea del espacio no se prolonga demasiado.

            Antes de los años 70 llega la primera secuela -y la única digna de mención- de El planeta de los simios (Franklin J.Schaffner, 1968). Regreso al planeta de los simios (1969) es su título y Ted Post su responsable. Pero su asunto, que gira en torno a la pastoral poscatástrofe atómica, ya no es representativo de los nuevos caminos por los que la pantalla fantacientífica habrá de transitar en breve. Ahora la catástrofe está más ligada a la explosión demográfica que a la amenaza soviética. Verbigracia, Cuando el destino nos alcance (1973), donde se nos transporta a un futuro no muy lejano en el que la escasez de comida para alimentar a unas ciudades superpobladas lleva a fabricar que el Soylent Green, una suerte de pienso a base de cadáveres humanos, camuflando así esa antropofagia que tanto ha repugnado a las sociedades civilizadas desde sus comienzos. Lástima que Richard Fleischer, el realizador de Cuando el destino nos alcance, que antaño nos brindó filmes de la talla de 20.000 leguas de viaje submarino (1954) o Viaje alucinante (1964) ya no estuviera en su mejor momento.

            Tampoco lo estaba el Robert Wise de La amenaza de Andrómena (1971), otro de los títulos que se acercan a la ciencia ficción post 2001, una odisea del espacio. Es la primera novela de Michael Crichton, que tanto aportará al género en los años sucesivos, llevada a la pantalla. Atrás, dos décadas ni más ni menos, queda el Wise que realizó Ultimátum a la Tierra (1951). Pero este Wise, que ya en su otoño vuelve a interesarse por la fantaciencia -su última cinta será Star Trek, la adaptación cinematográfica de esa serie televisiva emitida originalmente en la antena española bajo el título de La conquista del espacio- también lo hace para exponer uno de los asuntos que se debaten en el momento: las armas secretas. Pero no desde la perspectiva de la amenaza soviética. Muy por el contrario, su norte se localiza en ese pacifismo a ultranza que empieza a imbuir a la sociedad.

            En cierto sentido, 2001... fue la cima. Pero en modo alguno el fin. A excepción de Solaris y poco más, en líneas generales, en lo sucesivo, el género tendería al infantilismo de las principales propuestas de Steven Spielberg y George Lucas, tan celebradas por el público y una crítica de mucha menos enjundia que la que denostaba las delicias de Jack Arnold -Llegó del más allá (1953), La mujer y el monstruo (1954), El increíble hombre menguante (1958)-, Nathan Juran -El monstruo alado (1953), El cerebro del planeta Aurus (1957), El ataque de la mujer de 50 pies (1958)- o Kurt Neumann -Cohete K1 (1950), Kronos (1957), La mosca (1958)- en la edad de oro del género.

            No obstante, aun sin llegar a alcanzar nunca la altura intelectual de 2001..., la de la ciencia ficción habría de ser una de las pantallas más activas e inteligentes de los años venideros. La obra maestra de Stanley Kubrick, no por insuperable cerró el camino al género del que es su cima. Si lo pudo parecer fue en una primera apreciación, tan rápida y precipitada como suelen ser las primeras conclusiones. Muy por el contrario, la maravilla de Kubrick señaló nuevos rumbos y escenarios a la ficción científica igual que el monolito negro de esa odisea que nos ocupa guió los pasos de sus protagonistas.

 

Publicado el 2 de abril de 2018 a las 18:15.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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