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Blog de Javier Memba

El insolidario

Un mito de la novela del amado siglo XX

Archivado en: Cuaderno de lecturas, El cuarteto de Alejandría, Justine

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Anouk Aimée en su interpretación de Justine.

            A diferencia de las películas, que si me cautivan las suelo ver varias veces, sólo ha habido dos novelas que lo hayan hecho hasta el punto de volverlas a leer: Yonqui (1953) de William S. Burroughs y Justine de Lawrence Durrell (1957). Regresé al primero de estos títulos por un motivo que no viene al caso. En cuanto a esa primera entrega de El cuarteto de Alejandría que es Justine, ha sido el recuerdo de su calidad literaria, el convencimiento de no haberla apreciado debidamente en su primera lectura, mediados los años 80, cuando era uno de los libros de la época, lo que me ha llevado de nuevo al texto.

 

            Se dice que el protagonista de la historia es la ciudad -junto con Tánger, la más cosmopolita del norte de África-, pero, en este primer volumen de la tetralogía, como el propio título indica, la protagonista es Justine, Justine Hosnani, la más cautivadora de sus vecinas. Al menos entre la colonia de extranjeros integrada por diplomáticos como Georges Pombal -compañero de apartamento del narrador-, artistas como Melissa Artemis -cantante de cabaret y ocasional prostituta-, escritores como Darley -el narrador, amante de Melissa y fascinado con Justine- y ociosos inmensamente ricos como Nessin Hosnani -un financiero egipcio, el marido de Justine-... Una tropa inmersa en "una atmósfera de desarraigo y fracaso", que se me antoja muy semejante a la formada en Tánger por los beats al socaire de la hospitalidad de Paul Bowles.

            El fluir de la memoria es a Durrell -a buen seguro el trasunto de Darley- lo que el fluir de la conciencia a Faulkner. El procedimiento narrativo de Justine no es otro que la sucesión de evocaciones de una mujer que nos prendó, del tiempo en que la conocimos y de la gente que frecuentábamos entonces. Entre estos últimos, amén de los ya citados, están Balthazar, un médico homosexual, y Pursewarden, un escritor interesado por la cábala. Clea es una pintora, también enamorada de Justine, que goza de una pequeña renta que le permite dedicarse a su vocación, aunque vive sin lujos. Darley nos la presenta como una lesbiana nostálgica. En buena lógica, su gran amor fue otra mujer, acaso la propia Justine. Mientras recuerda a la que otrora tanto la inspirase, compagina su obra con los dibujos médicos que le encarga Balthazar.

 

            Josh Scobie, plasmado por Clea en uno de sus retratos más referidos, es un antiguo marino inglés. Llegó a Alejandría huyendo, tras ser acusado de pederastia en su país cuando era instructor de boy scouts. Tuerto, asegura que perdió el ojo por mirar a la mujer de otro. Ya jubilado, colabora con la policía local, con la brigada contra el vicio. Es un personaje miserable, que intentará hacer creer a Darley que Justine, Pursewarden y Nessin conspiran a favor de alguna potencia enemiga por las reuniones de la cábala a las que asisten. La acción está situada a finales de los años 30 del amado siglo XX. De modo que la inminencia de la Segunda Guerra Mundial se palpa en algunos momentos de la narración, aunque mucho menos de lo que se dice en alguna de las innumerables noticias de esta novela. Calculo que al bueno de George Cukor -uno de los realizadores del Hollywood clásico que aborrezco-, quien tuvo a bien perpetrar un melodrama basándose en esta obra maestra, se le ocurrió enjaretar a Justine en una intriga ambientada en las luchas de árabes y judíos previas a la creación del estado de Israel por esos apuntes de Scobie. En cualquier caso, el atropello que supuso la adaptación al cine de esta primera entrega de El cuarteto de Alejandría consta en los anales. Pocas veces la pantalla ha dado una patada semejante a una novela. Y, sin embargo, la elección de la maravillosa Anouk Aimée para incorporar a Justine fue todo un acierto. Imposible no identificar a la Justine del texto con ella.

 

            Al principio, el matrimonio de Nessin y nuestra protagonista parece abierto. Pero Nessin se nos acaba por descubrir un hombre tan celoso como casi todos. Si cabe, más aún. No hay que olvidar que, después de todo, es egipcio. Lo que ocurre es que su elegancia le hace disimular la inquietud que le causan las infidelidades de Justine. Darley -al que nunca se llama así en la narración, únicamente se hace en las últimas entregas del cuarteto y, aquí, en la solapa del libro- comienza a sospecharlo cuando Nessin, al regresar de la radio, donde ha participado en un espacio benéfico "lleno de ligares comunes", esta a punto de sorprenderle junto a Justine en una actitud comprometida. Antes de que las evidencias confirmen las sospechas, la pareja furtiva descubre a Nessin acercándose a ellos en el reflejo de un cristal. Se hace notar la fijación de Durrell con los reflejos.

 

            Entre las remembranzas que conforman el texto, cuyo narrador llama "pasajes", el lector va imaginando la imagen de Justine, cada vez más asociada a la de Anouk Aimée. Nuestra protagonista es una judía histérica y consentida que rompe cosas de su tocador para llamar a la criada y ordenarle que le haga el favor de limpiar lo que ha roto sin saber en qué consiste el estropicio. Tuvo una hija, se la secuestraron (pág. 94) y nunca más se volvió a saber de ella. De esto se da cuenta en un libro que inspiró Justine con anterioridad: Moeurs lleva por título, su autor es un tal Arnauti, también antiguo amante de Justine. Y Arnauti, precisamente, escribe: "Justine no es una buscadora del placer, sino una cazadora del dolor en busca de sí misma... y de mí" (pág. 149).

            Como corresponde a un ejercicio de la memoria de tanta belleza y tamaña envergadura, el grueso del asunto está contado en un flashback. El narrador recuerda la historia alejado de la ciudad, instalado en una isla griega. Las estrecheces que pasa -comparte su casa con la hija de Melissa, que no es suya-, sí que no dejan lugar a dudas. "¡Qué maravillosa capacidad de desdicha tenemos los escritores!", apunta Durrell (pág. 81) con un acierto ante el que me descubro por experiencia propia.

 

            De modo que las riquezas de Melissa y Nessin -o viceversa, por mejor decir, ya que el marido es el millonario- también fueron uno de los factores del magnetismo que Justine ejerció sobre él. Gusta de evocarla frente a los espejos. En uno de estos pasajes (pág. 25), cuando la recuerda "sentada frente a un espejo de varias lunas, en casa de la modista, probándose un vestido de piel de tiburón", Justine le habla de cierta visión prismática de los personajes, de cinco imágenes distintas del mismo sujeto. En ese pasaje, yo he creído ver una analogía con el procedimiento de todo el cuarteto, que no es otra cosa -al parecer- que cuatro visiones distintas de los mismos hechos. Desde luego, es entonces cuando Durrell cita a un poeta griego -sin duda Cavafis-, que nos habla de "un amor muy antiguo (su belleza se pierde en otra lengua)". Oyendo a Justine recitar sus versos, siente "el poder extraño y equívoco de la ciudad".

 

            Justine no es griega ni siria, ni egipcia. Es un híbrido, una hija auténtica de Alejandría. Aunque ninfómana -como acaba definiéndola el propio Darley-, está imposibilitada para el placer sexual. Al menos plenamente y como el común de los mortales. Al igual que su ninfomanía, esta imposibilidad tiene su origen en una violación por parte de alguien de su entorno familiar -un tal Capodistra- de la que fue víctima en la adolescencia. Ya al final de la primera parte, Justine y el narrador, durante un trayecto en coche por la ciudad, se encuentran con Capodistra -de quien el lector aún desconoce el nombre- circulando en otro vehículo.

 

            Esa primera parte del relato no puede tener un final mejor: acaba con el primer encuentro carnal entre Justine y Darley. Es ella quien va a buscarle tras unos días de distanciamiento. Pese a que él se muestra reticente -le dice que la cama está sucia entre otras disculpas triviales- ella insiste en entregarse. Ninguno de los dos acaba de saber por qué lo hacen. Quieren creer que no es ni por camaradería ni por amor, sino por algo impreciso entre ambas cosas. "El amor es tanto más auténtico cuando nace de la simpatía y no del deseo, porque sólo así no deja heridas", escribe Durrell (pág. 203).

 

            En una entrevista a un conocido político -cuyo nombre me callo-, éste afirmaba que la colonia francesa en Marruecos se vestía de noche para sentarse a cenar. Los españoles, decía aquel político cuyo nombre no digo porque es aún más ignominioso que el resto de sus pares, no llegaban a tanto. Pero hasta un simple cartero español, tenía a una marroquí -una "Fátima" las llamaba aquel que ignoro- para hacerle la comida. Los protagonistas de El cuarteto de Alejandría también forman parte de esa elite privilegiada que fueron los colonos europeos en el norte de África. Darley, no obstante las estrecheces por las que pasa en los dos tiempos de la novela -el flashback en Alejandría y el presente en la isla griega- tiene un criado berberisco, también tuerto: Hamid.

 

            Pero tiene mucho más interés leer, en el apócrifo de Arnauti (pág. 135): "No hay dolor comparable al de amar a una mujer que nos ofrece su cuerpo y, sin embargo, es incapaz de darnos su verdadero ser porque no sabe dónde está".

 

            La altura de su retrato de la sensualidad es otra de las virtudes que se le atribuyen a este clásico de la novelística del amado siglo XX. La suscribo plenamente. No podría ser de otra manera tras leer en la pág. 179, en una evocación de Balthazar: "Los espíritus desmembrados por el sexo (...), no alcanzan la paz hasta que la vejez y la impotencia les persuaden de que el silencio y la tranquilidad no tienen nada de hostiles". Tan lúcida sentencia ha venido a recordarme ese sosiego, del que nos habla don Luis Buñuel en Mi último suspiro. Se apoderó del cineasta cuando, ya apaciguado por la senectud, dejó de desear a todas las mujeres de buen ver que se cruzaban en su camino.

 

            Y también ha venido a recordarme la quietud con la que yo mismo contemplo ahora mis años de vida disipada. Más aún, salvando todas las nostalgias que sea preciso salvar, recuerdo mi propia bohemia como Darley su Alejandría. De hecho, los colonos europeos que fueron su gente allí, aun sin ser bohemios propiamente dichos, no distaron mucho de la bohemia.

 

            Destacaré especialmente el fragmento dedicado a la mancebía, donde el autor da vueltas al ridículo patetismo de la cópula en sí misma (pág. 184 a 188). A esas alturas, Nessin ya ha confiado a Melissa la obtención de la prueba que le demuestre lo que Justine y Darley se traen entre manos. Este último y Melissa han empezado a ser amigos más que amantes. El nuevo amante de Melissa no es otro que Nessin, pero lo es por simpatía, por esa simpatía que genera un amor más auténtico que el deseo referida en la pág. 203.

 

            El dulce drama en el que se han estado desenvolviendo los protagonistas de los recuerdos de Darley tocará a su fin en una cacería de patos organizada por Nessin. En ella, hallará la muerte Capodistra. Aunque detienen al criado que le sirvió en la batida, todo parece indicar que le ha matado Justine. De hecho, nunca más se la volverá a ver por Alejandría. Una escueta nota le bastará para despedirse del narrador y otro tanto para su marido.

 

            Días después, ya acabado el tiempo de Justine, Darley acepta un puesto de profesor en una escuela católica de Alto Egipto. No volverá a Alejandría hasta que recibe una nota de Clea anunciándole la inminente muerte de Melissa. Cuando el narrador regresa a su paraíso perdido, Melissa acaba de morir en el hospital griego, dejando huérfana a su hija.

 

            También es Clea quien comenta a Darley que recibió una carta de Justine donde le anunciaba que estaba trabajando en un kibutz en Palestina. Tuvo oportunidad de verla ocasionalmente, durante un viaje en tren, y la antigua musa de Alejandría se había convertido en una mujer embrutecida por el trabajo comunitario.

 

            Darley también vuelve a encontrarse con Nessin. Vuelve a unirles la amistad, pero le encuentra avejentado. Visitan el cabaret donde cantaba Melissa, pero la Alejandría que ellos conocieron, de la que fueron protagonistas, ya ha acabado. Entre los que la conocieron existe el convencimiento de que Nessin encargó la muerte de Capodistra.

 

            A Darley sólo le resta adoptar a la hija de Melissa y Nessin e instalarse con ella en la isla griega donde le conocemos al comienzo de la narración.

Publicado el 24 de octubre de 2018 a las 23:45.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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