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Blog de Javier Memba

El insolidario

Una lectura de Bertrand Russell (II)

Archivado en: Cuaderno de lecturas, Historia de la filosofía occidental

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(Viene del asiento del 18 de marzo de 2019)

Otros presocráticos

 

            Heráclito es el primero que rompe con la escuela de Mileto. Consideraba el fuego como la sustancia fundamental (pág. 61). Partiendo de ello, nada más lógico -aunque el concepto de lógica será muy posterior, llegará con Aristóteles- que considerar la guerra como el origen de todas las cosas. Entre las que no falta, por supuesto, el devenir de los seres.

 

            Russell continúa su narración con Parménides. Resume así su principal argumento: "cuando piensas, piensas de algo; cuando empleas un nombre, ha de ser el de alguna cosa. Por lo tanto, el pensamiento y el lenguaje requieren objetos externos (...). Es el primer ejemplo, en la filosofía, de un argumento sobre el pensamiento y el lenguaje. Naturalmente no se puede aceptar como válido, pero se debe observar el elemento de verdad que contiene". (pág. 69).

 

            El siguiente presocrático es Empédocles, cuya originalidad, "aparte de la ciencia, consiste en la doctrina de los cuatro elementos (pag.77)": agua, tierra, viento y fuego.

 

El siglo de Pericles

 

            Pericles, político, abogado y orador ateniense, está considerado el mayor estratega de Grecia. La magnificencia que conoció Atenas bajo su mandato fue tanta que, a menudo, el siglo V a. de C. se conoce como El Siglo de Pericles. Russell compara el esplendor ateniense de aquellos años con el de la Inglaterra victoriana. Esa fue la Atenas que conoció Protágoras, quien destaca, principalmente, por haber colocado al hombre -su punto de vista- como medida de todas las cosas.

 

            Y así llegamos a Sócrates -ciudadano de la Atenas de Pericles durante dos tercios de aquella edad dorada, quien abre el triunvirato de los filósofos clásicos griegos. Le sigue Platón, su discípulo, en tanto que Aristóteles lo fue de Platón.

 

            Platón precisamente nos habla de Sócrates enfrentado a los jueces que le condenaron por corromper a la juventud en Apología de Sócrates, uno de sus diálogos[1] más celebrados. De hecho, la muerte de Sócrates se considera su gran obra. Toda una defensa de la justicia y la democracia parece estar expresada en ella. También recuerda Russell que fue Sócrates quien afirmó saber únicamente que no sabía nada. Lo que ya le convierte en más sabio que los demás, que ni siquiera son conscientes de su absoluta ignorancia. La búsqueda de la sabiduría fue el gran afán de este sabio.

 

            La teoría de la inmortalidad de Platón, que da título al capítulo VXI, está explicada en el diálogo titulado Fedón. En él se describen los últimos momentos de Sócrates, inmediatamente antes y después de la ingestión de la cicuta. Sostiene Russell -y como en el caso de Esparta y el fascismo sólo cabe admitir el acierto del de Cambridge- que en la imperturbabilidad de Sócrates puede encontrarse el significado que la pasión y la crucifixión de Cristo tiene para los cristianos. En su modo de enfrentar la muerte, Sócrates inauguró -y marcó la pauta- del martirologio occidental desde la antigüedad hasta nuestros días.

 

            Mucho de lo que sabemos de Tales es gracias a Herodoto -el padre de la Historia y mi dilecto de todos los sabios referidos aquí- y a Aristóteles. Este procedimiento, de un filósofo evocando la obra de su maestro, será una práctica habitual en todo el pensamiento griego. Merced a él conoceremos no sólo a Aristóteles, sino a una buena parte de los pensadores griegos, cuya obra sólo ha llegado hasta nosotros por la noticia que nos dan de ella sus ilustres discípulos. Y luego está la doxografía, que se llama al trabajo de autores menores -aunque también de la antigüedad clásica- cuya obra consistió en transcribir para la posteridad, mediante paráfrasis, fragmentos o biografías las obras de los grandes pensadores helenos.

 

            Discípulo de Platón en la Academia de Atenas y mentor de Alejandro Magno en Macedonia, Aristóteles dejó escritos alrededor de trescientos tratados, de los que sólo se conservan una treintena. Ética, filosofía política, estética, retórica, física, astronomía... Fueron muchos los saberes acometidos en ellos. Pero en la lógica se le considera el primer cultivador -su sistema lógico tiene como noción central el silogismo-, al igual que en la biología.

 

            Como el empirista que era, la gran empresa de Aristóteles fue fundamentar el conocimiento humano en la experiencia. Así, una de sus primeras inquietudes fue encontrar una explicación racional para el mundo que lo rodeaba. Escribió sobre todo, desde la primera teoría estética hasta la morfología de los delfines. Es uno de los pilares de la civilización occidental. Aquellos versos del Arcipreste de Hita que le aluden[2] y que tanto me llamaron la atención en la lectura del Libro de buen amor han vuelto a mi memoria al descubrir que Aristóteles considera que el fin que siempre busca el hombre es la felicidad. Ése es, en última instancia, el norte de todo su movimiento. Lástima que la política jamás se haya entendido como ese resultado de la Ética que propuso este sabio.

 

 

 

Los sucesores de Aristóteles

 

            Estoicos, epicúreos, cínicos y escépticos fueron las corrientes -o escuelas- filosóficas que sucedieron a Aristóteles. Entre los cínicos destacó otro de los filósofos más conocidos por quienes no sabemos de la filosofía griega más allá de la anécdota. En efecto, quienes no vamos más allá de la cicuta que bebió Sócrates sin reparar en las analogías que su suicidio registra con la pasión de Cristo -y con la práctica totalidad del martirial de Occidente-, sabemos del tonel en que vivía Diógenes como quien sabe de la oreja que se seccionó Van Gogh sin reparar en la pulsión entre figuración y abstracción, que el experto en pintura puede atisbar en su obra. Los profanos, que nos maravillamos con el desdén con que Diógenes declinó el ofrecimiento de Alejandro Magno, tendemos a considerarle más estoico que cínico porque tendemos a considerar el estoicismo como el dominio de los propios sentimientos y apetencias. Sin embargo, Russell nos recuerda que Diógenes fue un cínico, escuela de la que fue uno de sus miembros más representativos.

 

            Estima el británico que el supuesto tonel del griego era una suerte de cántaro mortuorio y los cínicos, los agrupados en torno a las enseñanzas de Antístenes. Sus excentricidades poco tenían que ver con lo que entendemos por cinismo en nuestros días. Lo suyo era la imitación de las virtudes de la existencia canina. Especialmente la indiferencia en la forma de vivir. También podía hablarse de la impudicia de los cínicos y compararla con la de los perros. Pero no deja de venirme a la cabeza esa suerte de vergüenza, que abruma a los canes puestos a defecar en la vía pública, que no se le escapa a ningún buen observador-.

 

            En cualquier caso, la cínica, considerada una escuela socrática menor en sus comienzos, ha resultado ser una de las que tuvieron una mayor transcendencia de todas las que conoció la Antigua Grecia. En mi ignorancia, se me antoja ver el rastro de los cínicos tanto en los ermitaños como en los vagabundos. Todo el que, coloquialmente hablando, "pasa de todo" en lo que al resto del mundo se refiere, tiene algo de cínico.

 

            Diógenes, sin duda uno de los filósofos griegos que más proyección han tenido a lo largo del tiempo, es otro ejemplo meridiano de cómo la vida se convierte en la obra. Ninguno de sus textos ha llegado hasta nosotros. Sabemos de él por su tocayo, el historiador Diógenes Laercio, quien, en uno de los libros canónicos de la doxografía, Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres -escrito al parecer en el siglo III de nuestra era- lo dio a conocer para los días venideros.

 

            Fue el propio Epicuro -maestro de los epicúreos-, aunque la sentencia pueda tomarse por la de un estoico, quien concluyó que el hombre podía ser feliz en el tormento (pág. 267). Cuesta atribuir la sentencia al maestro de un movimiento filosófico que tuvo en la búsqueda de la felicidad, más allá del mero hedonismo, su principal argumento. Pero me llama especialmente la atención el Epicuro que sostiene que la religión y la muerte son las dos mayores fuentes del miedo. Y al momento he venido a preguntarme hasta qué punto el miedo ha obrado en la prudencia, la mesura, la previsión y todas esas grandezas, siempre tan comedidas, que son una de las principales características de la civilización.

 

            Es de suponer que la errata de la primera línea de la pág. 285, en la que se fecha el nacimiento de Séneca circa del siglo III a. de C. -se cácula que fue en el año 2 a. de C.- es en verdad una errata -o un lapsus- atribuible a los prestigiosos traductores -Julio Gómez de la Serna y Antonio Dorta- que no al autor. En cualquier caso, de que Séneca fue uno de los grandes estoicos, al igual que de su experiencia como consejero de Nerón, no tenía ni idea. Como tampoco sabía que es uno de los pocos filósofos romanos, si no el único, que pasó a la posteridad. Al ser de Córdoba, estimaba que aquí se sabe de Séneca por sus orígenes, sin embargo, internacionalmente, es el filósofo romano de más trascendencia. Asesino de sí mismo, este hecho también puede entenderse como el ejemplo más sublime de esa ética estoica más atenta al sufrimiento que a la esperanza (pág.287).

 


 

[1] Igual que La República, el primer diálogo platónico del que tuve noticia en un verso de José Agustín Goytisolo, aquel en que apuntaba que Platón olvidó en ella a los poetas. Platón organizó su obra en diálogos -lo más frecuente en la literatura filosófica de la época- sobre diferentes temas. El resto fueron epístolas. La República -donde se diserta sobre la justicia- también es incluida por María Luisa Berneri como la utopía de la Antigüedad en A través de las utopías. Con frecuencia es el propio Sócrates quien dialogo con Platón.

 

[2] Como dice Aristóteles, cosa es verdadera:/ el mundo por dos cosas trabaja: la primera,/ por tener mantenencia; la otra cosa era/ por tener juntamiento con hembra placentera.


Publicado el 26 de marzo de 2019 a las 16:30.

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Comentarios - 2

1 | JOSE LUIS FERNANDEZ - 26/3/2019 - 19:15

Desconocía tu afición filosófica y especialmente a los clásicos. A mi personalmente me parece fascinante la época y el pensamiento que engloba las líneas fundamentales del devenir filosófico a lo largo de los siglos, porque todos somos platónicos o peripatéticos.
A Russell le reconozco el mérito de ser un gran divulgador pero nunca me han convencido los enfoques empíricos de los filósofos anglosajones tan proclives al utilitarismo pragmático.
En fin seguiremos con las charlas filosóficas, agradecido por la variedad.

2 | Javier Memba (Web) - 27/3/2019 - 17:37

Claro que sí. Cuando quieras.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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