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El insolidario

Una lectura de Bertrand Russell (y III)

Archivado en: Cuaderno de lecturas, Historia de la filosofía occidental

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(Viene del asiento del 26 de marzo de 2019)

El más grande de los pensadores romanos

 

            Moralista, además de estoico, Séneca también decidió poner fin a sus días. Lo hizo después de saber que Nerón le había condenado. Dictó su testamento mientras se desangraba en la bañera donde se había cortado las venas. Su autoinmolación va a la zaga de la de Sócrates.

 

            La admiración que Roma profesó a Grecia -y el desdén de ésta por aquélla- es otro de los temas que se estudiaban en el bachillerato, muchos de los de este primer tomo de la Historia de la Filosofía de Bertrand Russell lo son. Pero no es el caso de esa universalización de la cultura que nace con Roma. Los filósofos griegos sólo pensaban en los griegos. Parece ser que los romanos, muy por el contrario, consideraban a todo el imperio por igual. De ahí que la universalidad de la cultura -entendiendo por universal cuanto concernía a su imperio, el resto del mundo no contaba- nazca con Roma. Fueron los romanos, que no los griegos, quienes mitificaron Esparta.

            Aunque el criterio era mucho más amplio que en Grecia, ese centrismo, esa tendencia a situar la cultura propia como criterio exclusivo de interpretación, también será heredado por la iglesia católica -nacida en Roma a la postre- que se llama a sí misma la Iglesia, aunque también hubiera budistas, confucianos y, posteriormente, mahometanos (pág. 306).

 

            Ya en nuestra era, Plotino es el último de los grandes filósofos de la Antigüedad. Sostiene Russell que también fue el fundador del neoplatonismo. Su influencia modela el cristianismo de la Edad Media y la teología católica. Particularmente, me ha interesado mucho más lo apuntado acerca del alegre pesimista u optimista melancólico (pág. 311). No hay duda de que Moustaki leyó a Bertrand Russell antes de escribir aquello del pesimista alegre y optimista amargado, que tanto me ha llamado la atención desde que escuché por primera vez Je suis un autre. Sostiene el autor que Plotino, que habitó en un mundo desgraciado -como fue el ocaso del imperio romano- fue un optimista melancólico porque buscó la felicidad en el mundo de la teoría, que no en la experiencia que pasa por los sentidos. "La verdad no es el único mérito que una metafísica puede tener" (pág. 310). La exposición de una teoría puede ser tan bella como una creación literaria. Y, a decir de Russell, Plotino es todo un esteta en las descripciones de un mundo pleno de gloria. El filósofo, que, además del postrero de los pensadores griegos será el primero de los de la cristiandad (pág. 321), también será el último que ensalce la hermosura. Tras él, la belleza y todos los placeres a ella asociados serán considerados del Diablo[1]. "Los paganos, lo mismo que los cristianos, llegaron a glorificar la fealdad y la basura" (pág. 317). Algo de esa mitificación de la fealdad parece persistir en el pensamiento revolucionario de nuestros días.

 

La filosofía católica vista por un ateo

 

            Nunca he tenido intención de leerlo, pero siempre me ha llamado la atención el título de uno de los ensayos más célebres de Russell: ¿Por qué no soy cristiano? (1957). Desde los comienzos del libro segundo, La filosofía católica, el autor hace gala de un ateísmo que ha venido a ratificar el mío. Su análisis de la religión cristiana, que siempre es una desmitificación, se remonta a la misma introducción. A su juicio, cuando el imperio romano sucumbe a los bárbaros, el cristianismo que se practica en Roma se compone de ciertas creencias platónicas, neoplatónicas y estoicas. En segundo lugar, están la concepción de la moral y de la historia, tomadas de los judíos. La única aportación verdaderamente nueva del cristianismo es la de la salvación (pág. 334).

 

            No es gratis que se hable de la civilización judeocristiana. Los cristianos tomaron de los hebreos la historia sagrada, la idea del pueblo elegido, su concepción de la justicia, del Mesías y del Reino de los Cielos.

 

            Pero no es menos cierta toda esa fraseología antisemita que forma parte de los idiomas de los pueblos secularmente cristianos. Sostiene el autor que, en la Edad Media, los mahometanos fueron "mucho más civilizados y humanos que los cristianos". La Cruz persiguió a los israelitas en las épocas de exaltación religiosa "las cruzadas estuvieron asociadas a espantosos pogromos" (pág 347). Ese antisemitismo de los cristianos viejos -del que, pese a no asociarse a las Cruzadas, hay tanta literatura[2]- es la causa de que, en la España morisca, cuando fue reconquistada por los cristianos, fueran los judíos cultos quienes trasmitieran a los cristianos las enseñanzas de Aristóteles.

 

            La historia occidental propiamente dicha, no la de su filosofía, juega un papel en el relato de Russell tan importante como el de las ideas que la presidieron en cada momento. De los comienzos de la iglesia católica me ha llamado la atención su afán centralizador. He creído entender que calcado del de Roma, que coordinó todo el poder del imperio desde la Ciudad Eterna. Tras la caída de éste, la Iglesia -heredera del centralismo romano- fue la única institución centralizada del Viejo Continente. De ahí podría seguirse mi teoría, sin duda ya apuntada por mentes más preclaras que la mía, acerca de que la Iglesia impulsó los primeros intentos de la unificación europea.

 

            Los fundamentos de las bases de la doctrina cristiana es lo que menos me ha interesado. Así que, de los tres doctores de la iglesia en los que se detiene el autor -San Agustín, San Benito y Gregorio el Grande- lo que más me ha llamado la atención ha sido la teoría del tiempo. De La ciudad de Dios, publicada por San Agustín durante los últimos lustros de su vida[3], había tenido noticia en alguna relación de utopías, pues además de la apología del cristianismo, el título me sonaba por ser una utopía canónica.

 

            Consultado el índice de A través de las utopías, por si hubiera tenido noticia de La ciudad de dios en estas páginas de María Luisa Berneri, no aparece referencia alguna. No obstante, esto me lleva recordar cuánto celebré en su momento encontrar la Utopía (1516) de Tomás Moro entre los textos allí estudiados. Recuerdo que aquel alborozo fue debido a la satisfacción que me produjo encontrar un libro católico citado en un ensayo anarquista. Ello me viene a demostrar que mi ateísmo de entonces era menos inconsistente de lo que creía.

 

            Muy por el contrario, al volver ahora a leer a un ateo como Russell y congratularme con la sutil racionalidad con la que desmonta los argumentos de la revelación divina, asiento con la misma satisfacción que en los comienzos de mi ateísmo descubría las referencias a Tomás Moro en las páginas de los sin dios. Lo entiendo como la demostración de que en mi escepticismo ya no hay fisuras.

 

            Sostiene el autor que, entre las teorías expuestas en La ciudad de Dios, el Santo toma la idea del pueblo elegido de los israelitas para traspasarla a los cristianos. Entre estos últimos y los socialistas, Russell traza una serie de analogías de las que bien podría seguirse el origen de esa rivalidad entre comunistas y católicos, que a mi entender está en su competencia por la redención de los pobres (pág 386).

 

            Ya en lo que a la idea del tiempo se refiere (págs. 376 y 377), para San Agustín sólo existe el presente porque el tiempo sólo puede medirse mientras está transcurriendo. El pasado es memoria y el futuro espera. "Un presente de cosas pasadas, un presente de cosas presentes y un presente de cosas futuras". Y pese a toda la sabiduría del Santo y los otros dos doctores, la iglesia medieval fue tan despiadada porque albergaba el concepto de pecado universal. Hasta los recién nacidos, sin bautizar aún -por ellos precisamente- eran considerados siervos de Satán. He ahí el Pecado Original, en el que, más o menos, también creía la España en que nací y crecí.

 


 

[1] A diferencia de casi todo el mundo, Russell escribe Diablo con mayúscula.

 

[2] La referida al Santo Oficio sin ir más lejos.

 

[3] Con posterioridad al 410 ya que fue entonces cuando los paganos acusaron a los cristianos de ser los responsables del abandono del culto a los antiguos dioses, lo que, a su juicio, motivo saqueo de Roma por los godos de Alarico.


Publicado el 2 de abril de 2019 a las 15:45.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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