domingo, 25 de agosto de 2019 03:43 www.gentedigital.es
Gente blogs

Gente Blogs

Blog de Javier Memba

El insolidario

La cartelera perdida (II)

Archivado en: Inéditos cine, La cartelera perdida

Un fotograma de "La mujer del aviador" (Érich Rohmer, 1981)

Un fotograma de "La mujer del aviador" (Érich Rohmer, 1981)

(viene del asiento anterior)

            Tomé conciencia del problema que suponía que la Filmoteca careciese de su propia sala de proyecciones a finales de 1981, cuando, ya instalada provisionalmente en la Fernando de Rojas del Círculo de Bellas Artes, los responsables de la entidad decidieron quitar la alfombra de las escaleras, que dan acceso al espacio donde encontraron su nuevo acomodo las sesiones de la Filmo. Tratándose de otra más de las muchas filigranas que embellecen el Círculo, retiraron la alfombra para evitar que los cinéfilos y los meros espectadores -que, por supuesto, tampoco faltan en las sesiones de la Filmo- la estropeasen mientras hacían cola para entrar a la proyección.

 

            A diferencia del Príncipe Pío, que era un cine de reestreno antes de acoger a la Filmoteca y a tal fin obedecía su arquitectura interior, la sala Fernando de Rojas bien podía considerarse como uno de aquellos palacios de la exhibición, que se llamaba a las suntuosas salas de estreno que conoció el cine desde las postrimerías de la imagen silente hasta la popularización del video. Unos espacios que en este nefasto siglo XXI se han convertido en una de las grandes nostalgias de mi vida. Cortinones cubriendo la pantalla -que siempre era en scope-, confortables butacas forradas de terciopelo, alfombras en los pasillos y dorados por doquier. Toda una serie de lujos inherentes a los establecimientos de la Gran Vía y la calle de Fuencarral de la cartelera que me había visto crecer.

            Sin embargo, ahora que de todo hace tanto tiempo, el recuerdo de la Filmo en el Círculo de Bellas Artes no es tan bueno como el del Príncipe Pío. Desde entonces, los responsables del Círculo siempre me han parecido unos pedantes y unos sectarios. Todo un ejemplo de esa gestión para los amiguetes y los favoritismos que prima en la escena cultural española.

 

            De todas las cintas que vi en el Círculo, recuerdo especialmente Noches blancas (1957), de Luchino Visconti. Fue en una sesión a las cuatro de la tarde. En aquella época, hablamos del invierno del año 83, un error de concepción de mi cinefilia -me gusta ver películas, no hacerlas- me llevó a emplearme como auxiliar de montaje en unos estudios de la calle de Vallehermoso, Arcofón se llamaban. Terminé mi jornada laboral con el tiempo justo para comer un bocadillo en una de las cervecerías de la calle de Fuencarral -que como los cines entonces abundaban- y correr hasta la Filmo.

 

            Esa noche, al volver a casa, experimenté cierta satisfacción por haber consagrado la jornada entera al cine. Por la mañana, aprendiendo montaje; por la tarde, frente a la pantalla. Hasta cierto punto, fue una dicha vana. Todas las técnicas del montaje cinematográfico a la antigua usanza -con las bandas de sonido magnético y demás- no tardarían en quedar tan obsoletas como el revelado fotográfico, otra de las inutilidades de hoy en día en las que yo adquirí pericia cuando su ocaso arrancaba.

 

            Sin embargo, aún estaba por llegar la traducción simultánea a las películas. Mientras lo hacía, en aquel primer visionado de Noches blancas descubrí lo beneficioso que puede resultar, para el conocimiento de una lengua, ver las cintas en ella habladas en versión original, sin subtítulos. Con "lengua" quiero decir un idioma de nuestro entorno: inglés, francés e italiano, para ser exactos. Porque, ya en el Príncipe Pío, había visto algunos clásicos de la pantalla nipona en versión original, sin subtitulado alguno: naturalmente, no me había enterado de nada. Eso sí, sabía que estaba viendo algo muy bonito porque lo decían en El cine de Buru Lan.

 

            Me llevó algún tiempo y varias proyecciones acabar por descubrir por mí mismo la belleza de títulos como El intendente Sansho (Kenji Mizoguchi, 1954). Verificar personalmente las grandezas de los filmes de los que supe antes por la literatura que inspiraron que por sus secuencias fue una de las primeras tareas -y de las más gratificantes- que me ha deparado la cinefilia.

            De la bienamada en el Círculo de Bellas Artes, también recuerdo un ciclo de Antonioni. Al salir de una sesión de Zabriskie Point (1970), me encontré con mi buen amigo Gonzalo Rodríguez Cao. Compañero del colegio, y tan mal estudiante como yo, fue él quien me descubrió el surrealismo con un trabajo suyo sobre aquel "movimiento poético, revolucionario y moral", que lo llamó don Luis Buñuel. Cuando lo leyó en aquellas nefastas aulas de nuestra adolescencia, dejó boquiabiertos a quienes no entendían nuestro desdén por el valor de π y las declinaciones latinas. Y también recuerdo a Laíto, un compañero del barrio, un erudito del rock, saliendo de otra proyección del Círculo. Ahora, que de todo hace tanto tiempo, aquellos encuentros ratifican mi teoría de que el cine -al margen de aquellos a quienes habría de llamarnos la pantalla para rendirla culto- fue uno de los pilares de la educación sentimental de mi generación, incluso para los meros espectadores.

 

            En paralelo a aquellas proyecciones del Círculo, la cartelera comercial, tomada de un modo claramente imperialista por las producciones estadounidenses, proseguía en su inexorable declive. Se aplaudía a rabiar el infantilismo de Steven Spielberg y los pastiches de Robert Zemeckis -Tras el corazón verde (1984), La joya del Nilo (1985)-, pero, a medida que avanzaba en mi itinerario cinéfilo, toda esa suerte de remakes, segundas partes y demás remedos, se me antojaban una prueba irrefutable del agotamiento en el que había caído ese Hollywood que, como cinéfilo, tanto admiraba en su clasicismo. Es decir, desde los años 30 del amado siglo XX hasta la inquisición maccarthista, que puso fin a su edad de oro mediados los 50.

 

            El cine comercial estadounidense de los años 80 me apartó de la cartelera que me había visto crecer como mero espectador con las mismas que, diez años antes, el destape había echado a las señoras como mi madre. Por cierto, fue ella, la autora de mis días, la que, como a casi todo, también me aficionó al cine. "Vamos al cine a distraernos", me proponía desde que la recuerdo cuando la vida nos trataba mal. "Vamos al cine a celebrarlo", si las cosas iban bien. Fuera cual fuese el caso, siempre acabábamos frente a la pantalla. No me hice cinéfilo junto a ella. Pero sí fue ella la que me predispuso a ello al hacer de mí un espectador entusiasta y al acostumbrarme a buscar en la pantalla un refugio de la realidad. Desde mi más tierna infancia, me llevaba al cine una vez a la semana como poco. Las comedias francesas nos proporcionaron algunas de las mejores tardes de nuestra vida en común. Su afición al cine francés fue el origen de la mía. Hay cintas que tengo en la más alta estima sólo por lo bien que nos lo pasamos juntos en su proyección. Verbigracia, La mostaza se me sube a la nariz (Claude Zidi, 1974), vista en la sala Rialto de la Gran Vía.

 

            Cuando el cine comercial estadounidense de los años 80 me apartó de la cartelera que me había visto crecer como mero espectador, decía, me decanté por el circuito de la versión original, que entonces estaba copado por autores como el gran Éric Rohmer -que en España comenzó a distribuirse en aquella década-, el incipiente Jim Jarmusch o el ya olvidado Alan Rudolph. Todo me valía con tal de alejarme de una cartelera que tenía en realizadores tan dudosos como Adrian Layne, Alan Parker u Oliver Stone a tres de sus capitostes. Todo me valía, pero espacialmente el cine independiente. Al cabo de los años he comprendido que aquella distancia que marqué con el cine de la acción por la acción, rápido porque sí, comercial sin más ni más, fue uno de los recorridos medulares de mi itinerario cinéfilo. Las películas no tienen que empezar siempre por un terremoto y seguir subiendo como aseguraba Cecil B. deMille. Hay cintas lentas, como las del gran Michelangelo Antonioni -La aventura (1960), El eclipse (1962), El desierto rojo (1964)- que cinematográficamente tienen mucha más altura que los aventureros de pacotilla de Spielberg y Zemeckis.

 

            El Círculo de Bellas Artes dejó de acoger las proyecciones de la Filmoteca en junio de 1984. Hasta marzo de 1985, que empezaron a programarse en el cine Torre de Madrid, quedaron interrumpidas. En aquel paréntesis experimenté un auténtico vacío. Al fin y al cabo, ya era presa de una quimera. Esa que, en una primera instancia, es para mí la cinefilia: el intento de saciar un apetito que, de hecho, es insaciable: el de la necesidad imperante de ver películas.

 

            Grabé la primera -Un perro andaluz (Luis Buñuel, 1929)- en septiembre de 1984. Personalmente, fue el principio del fin de la cartelera que vengo a evocar aquí. Pero está enmarcado en una tendencia social. A comienzos de los años 80, el gran Truffaut anunció que cuando el video se generalizase él abandonaría el cine y lo cumplió. Sólo por eso, su prematuro óbito, acaecido el 21 de octubre de 1984, puede tomarse como el principio del fin de aquel cine que se iba a ver a una sala de proyección.

(continúa en la entrada del 6 de agosto de 2019)

Publicado el 23 de julio de 2019 a las 07:45.

añadir a meneame  añadir a freski  añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  compartir en facebook  twittear  votar

Comentarios - 0

No hay comentarios



Tu comentario

NORMAS

  • - Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
  • - Toda alusión personal injuriosa será automáticamente borrada.
  • - No está permitido hacer comentarios contrarios a las leyes españolas o injuriantes.
  • - Gente Digital no se hace responsable de las opiniones publicadas.
  • - No está permito incluir código HTML.

* Campos obligatorios

Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


              Instagram

 

 

 

Javier Memba en 2009

 

Javier Memba en 1988

 

Javier Memba en 1987

 

1996

 

 

Javier Memba en la librería Shakespeare & Co. de París

 

 

 

 

 

 

COMPRAR EN KINDLE:

 

 

 

 

Enlaces

-La linterna mágica

-Obra en T&B Editores

-Unas palabras sobre Vida en sombras

-Unas palabras sobre La torre de los siete jorobados

-50 años de la Nouvelle Vague en Días de cine

-David Lynch, el onirismo de la modernidad en Radio 3

-Unas palabras sobre Casablanca en Telemadrid

-Unas palabras sobre Tintín en Cuatro TV

 

ALGUNOS ARTÍCULOS:

Malditos, heterodoxos y alucinados

Destinos literarios

Sobre La naranja mecánica

Mi tributo al gran Chris Marker

El otro Borau

Bohemia del 89

Unos apuntes sobre las distopías

Elogio de Richard Matheson

En memoria de Bernadette Lafont

Homenaje al gran Jean-Pierre Melville

Los amores de Édith

Unos apuntes sobre La reina Margot

Tributo a Yasujiro Ozu con motivo del 50 aniversario de su fallecimiento

Unos apuntes sobre la aportación de Run Run Shaw a la pantalla internacional

Unos apuntes sobre dos cintas actuales

Las legendarias chicas de los Stones

Unos apuntes sobre el "peplum"

El cine soviético del deshielo

El operador que nos devolvió el blanco y negro

Más real que Homeland

El cine de la Gran Guerra

Del porno a la pantalla comercial

Formetera cinema

Edward Hopper en estado puro

El cine de terror de los años 70

Mi tributo a Lauren Bacall

Mi tributo a Jean Renoir

Una entrevista a Lee Child

Una entrevista a William McLivanney 

Novelistas japonesas

Treinta años de Malevaje

Las grandes rediciones del cómic franco-belga

El estigma de La campana del iniferno

Una reedición de Dalton Trumbo

75 años de un canto a la esperanza

Un siglo de El nacimiento de una nación

60 años de Semilla de maldad

Luces y sombras del libro digital

Cuando la musa es una niña

Sobre las adaptaciones de Vicente Aranda

Regreso al futuro, treinta años después 

Un festival de imágenes

La otra cabeza de Murnau

Un tributo a las actrices de mi adolescencia

La plástica del poder

Cineastas españoles en Francia

El primer surrealista

La traba como materia literaria

La ilustración infantil de los años 70

Una exposición sobre la UFA

La musa de John Ford

Los icebergs de Jorge Fin

Un recorrido por los cineastas/novelistas -y viceversa-

Ettore Scola

Mi tributo a Jacques Rivette

Una película a la altura de la novela en que se basa

Mi tributo a James Cagney en el trigésimo aniversario de su fallecimiento

Recordando a Audrey Hepburn

El rey de los mamporros

Reivindicación de Gustave Caillebotte

Una guía clásica de la ciencia ficción

Impresionistas y modernos

La Feria del Libro de Madrid cumple 75 años

Musas de grandes canciones

Memorias de la España del tebeo

70 años de la revista Tintín

Ediciones JC regresa a sus orígenes

Seis claves para entender a Hergé

La chica del "Drácula" español

La primera princesa de la lejana galaxia

El primer Tintín coloreado

Paloma Chamorro: el fin de "La edad de oro"

Una entrevista a la fotógrafa Vanessa Winship

Una recuperación del Instituto Murnau

Heroínas de la revolución sexual

Muere George A. Romero

Un mito del cine francés

Semblanza de Basilio Martín Patino

Malevaje en la Gran Vía

Entrevista a Benjamin Black

Un circunloquio sobre la provocación

Una nueva aventura de Yeruldelgger

Una dama del crimen se despide

Recordando a Peggy Cummins

Un tributo a las yeyés francesas

La última reina del Technicolor

Recordando a John Gavin

Las referencias de La forma del agua

El Madrid de 1988

La nueva ola checa

Un apunte sobre Nelson Pereira dos Santos

Una simbiosis perfecta

Un maestro del neorrealismo tardío

El inovidable Yellowstone Kelly

Que Dios bendiga a John Ford

Muere Darío Villalba

Los recuerdos sentimentales de Enrique Herreros

Mi tributo a Harlan Ellison

La inglesa que presidió el cine español

La última rubia de Hitchcock

Unos apuntes sobre Neil Simon

Recordando Musicolandia

Una novelista italiana

Recordando a Scott Wilson

Cämilla Lackberg inaugura Getafe Negro

Una conversación entre Läckberg y Silva

El guionista de Dos hombres y un destino

Noir español y hermoso

Noir italiano

Mi tributo al gran Nicholas Roeg

De la Escuela de Barcelona al fantaterror patrio

Recordando a Rosenda Monteros

Unas palabras sobre Andrés Sorel

Farewell to Julia Adams

Corto Maltés vuelve a los quioscos

Un editor veterano

Una entrevista a Wendy Guerra

Continúa el misterio de Leonardo

Los cantos de Maldoror

Un encuentro con Clara Sánchez

Recuerdos de la Feria del Libro

Viajes a la Luna en la ficción

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ALGUNAS RESEÑAS:

Un adelanto de David Lynch, el onirismo de la modernidad en Zenda libros

Una entrada de El Insolidario accesit del Premio Paco Rabal

No halagaron opiniones en La Razón

No halagaron opiniones en El Mundo

No halagaron opiniones en elmundo.es

La nueva era del cine de ciencia-ficción en Lo que yo te diga

La nueva era del cine de ciencia-ficción en elmundo.es

Unas palabras sobre Cuanto sabemos de Bosco Rincón

No halagaron opiniones en Archivo de la Frontera

No halagaron opiniones en Literaturas.com

David Lynch, el onirismo de la modernidad en AISGE

 

 

CORTOMETRAJES:

Pandémica (1985)

El gran amor de Max Coyote (1989) (primera parte) en Youtube

El gran amor de Max Coyote (final)


El gran amor de Max Coyote en la web de RTVE

 

 



contador de visitas

Contador de visitas


 

 

 

EN TU MAIL

Recibe los blogs de Gente en tu email

Introduce tu correo electrónico:

FeedBurner

Archivo

Grupo de información GENTE · el líder nacional en prensa semanal gratuita según PGD-OJD