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El insolidario

Continúa mi lectura de Bertrand Russell (II)

Archivado en: Cuaderno de lecturas, Historia de la filosofía occidental

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(viene del asiento anterior)

 

 

El Renacimiento y la ciencia

            Del Renacimiento suele destacarse su interés por la antigüedad clásica tras el oscurantismo y la barbarie medievales. A lo que suele hacerse menos referencia -al menos a mí me lo parece en mi supina ignorancia sobre el tema- es al interés por la ciencia de este periodo en que Europa volverá a ser grande merced a su emancipación del poder de la Iglesia y su interés por la ciencia aplicada. Hasta aquí, la filosofía ha contemplado a la ciencia de una forma que Russell define como "teórica". A partir de ahora lo hará de una manera "práctica" para cambiar el mundo, que no para explicarlo. Naturalmente, la Iglesia se opone a esta nueva inquietud: persigue a Galileo. Más aún, la Inquisición pone fin a la ciencia en Italia, que no volverá florecer en aquel país durante siglos. El clero, dogmático por definición, siempre está en contra de la ciencia, empírica por naturaleza. De modo que la ciencia sólo avanzará donde la Iglesia no controla al estado.

 

 

 

 

            La guerra -que paradoja- será el primer incentivo de esta nueva concepción de la ciencia. Tanto Galileo como Leonardo -dos de los pilares indiscutibles del Renacimiento- son empleados por los gobiernos de sus localidades para perfeccionar la artillería. "El triunfo de la ciencia se debió, principalmente, a su utilidad práctica, y hubo un intento de disociar este aspecto del de la teoría, haciendo así de la ciencia, cada vez más, una técnica y, cada vez menos, una doctrina sobre la naturaleza del mundo" (pág. 113).

 

 

 

            "Las filosofías inspiradas por la técnica científica son filosofías del Poder y tienden a considerar todo lo humano como mera materia prima", continúa Russell (pág.114). "Los fines no se toman ya en consideración; sólo se aprecia la habilidad del procedimiento. Esto es también una forma de locura. Es, en nuestra época, la más peligrosa, contra la cual una sana filosofía debía facilitar un antídoto".

 

 

 

             No es gratuito que sea en el Renacimiento cuando Maquiavelo escribe El príncipe (1513). Aunque su edición definitiva, póstuma, no aparecerá hasta 1533, ya en vida Maquiavelo fue juzgado con la misma hipocresía que se le sigue juzgando ahora porque, entre otras barbaridades para nuestro pensamiento, afirmó en aquellas páginas que los gobernantes no tienen porqué ser buenos constantemente. "Pero es necesario saber disimular bien esta condición y ser un gran fingidor y disimulador; y los hombres son tan simples y dispuestos a obedecer a las necesidades presentes, que uno que engaña siempre encontrará quienes estén dispuestos a ser engañados" (Maquiavelo).

 

 

 

            En cuanto a la Reforma y a la Contrarreforma (Cap. V), Russell sostiene que aquélla fue alemana y ésta española. Más allá de la perogrullada -Lutero era alemán y su país fue el primero en que impulsó la reforma protestante contra las corrupciones de la Iglesia de Roma-, hay que reparar en cómo sostiene el autor que fue un violento debate entre las naciones menos civilizadas -en aquel tiempo las del norte de Europa- contra el dominio intelectual de Italia y la hegemonía de España -impulsora de la Contrarreforma- en el orden internacional. Esa también es la causa de la frecuencia con que son italianos los villanos que nos presenta Shakespeare. Desde que leo novela gótica tengo el convencimiento de que la insistencia con que sus asuntos están localizados en instituciones religiosas italianas o españolas obedece a la animadversión luterana a los papistas. Russell me demuestra que esa misma fobia se remonta al Bardo de Avon.

 

 

 

            Con todo, a medida que la ciencia avanza, la magia y la hechicería -en las que prácticamente creía toda la gente en la Edad Media- comienzan a ser supercherías. "En 1700, la actitud mental de los hombres educados era completamente moderna; en 1600, a excepción de muy pocos, era aún, en gran parte, medieval" (pág. 157).

 

 

 

            Librado el pensamiento de ese sentimiento de que en todo había pecado, verdadera opresión de la Edad Media, con la revolución científica del Renacimiento cambiaron hasta las leyes del movimiento. Esa antigua idea de que Dios es el primer motor fue refutada por Galileo. La ciencia también obró una profunda transformación en la posición del ser humano en el universo. La Tierra dejó de ser el centro de los cielos para ocupar un lugar más en ellos. Más aún, el planeta dejó de estar al servicio del ser humano. Sorprende que el polaco Nicolás Copérnico -el primero en observar que la Tierra y los planetas se mueven alrededor del sol- fuese otro de los grandes científicos del Renacimiento. Sorprende porque, además de un astrónomo, matemático y precursor de algunos de los grandes cambios científicos venideros, fue un monje católico. Bien es cierto que su Sobre los giros de los orbes celestes (1543) no fue publicado -según su deseo- hasta el año de su muerte. Con todo, fue incluido por la Iglesia en su Index librorum prohibitorum (1564), el primer índice de libros prohibidos por la Iglesia.

 

 

 

            Naturalmente, en esa primera nómina de libros malditos no podía faltar Francis Bacon, el primero de los filósofos científicos que primó la inducción frente a la deducción. "Ídolos" (pág. 165) llamó a los malos hábitos que hacen errar el pensamiento. Ídolos que pueden ser "de la tribu -inherentes a la naturaleza humana-, de la "plaza del mercado" -relacionados con la imposibilidad de librarse de la influencia de las palabras en el pensamiento-, "del teatro" -debidos al pensamiento heredado- y de la "escuela" -consistentes en creer que una regla ciega, verbigracia: el silogismo- puede ocupar el lugar del juicio en la investigación.

 

 

 

            "El temor al poder invisible, si es admitido públicamente, es religión", sostiene el empirista inglés Thomas Hobbs, para quien Dios está por encima del entendimiento humano. Creo entender que la filosofía política comienza a desplazar a la escolástica -o teología tal vez sea mejor apuntar- en el debate del siglo XVII, Leibniz "arguye que, en el mundo, toda cosa particular es contingente, es decir, que sería lógicamente posible que no existiera; y esto es verdad, no sólo de cada cosa en particular, sino de todo el Universo. Aun en el caso de que supongamos que el Universo ha existido siempre, no hay nada dentro del Universo que lo demuestre. Pero todo debe tener una razón suficiente, según la filosofía de Leibniz; por consiguiente, el Universo como conjunto debe tener una razón suficiente. Esta razón suficiente es Dios". Y Russell sostiene que es mejor que el argumento de Dios como la causa primera de todas las cosas (pág. 209).

 

 

 

            De John Locke me quedo con una conclusión extraída del Ensayo sobre el entendimiento humano (1690): "Hay razón para pensar que si los hombres estuvieran mejor instruidos tendrían menos afán de imponerse a los otros", que Russell trae a colación en la pág. 231.

 

 

 

            El relato cobra un nuevo brío, y su lectura me ha resultado mucho más interesante en el capítulo XVIII: El movimiento romántico. El autor afirma que la gente cultivada de la Francia dieciochesca ya admiraba sobremanera la predisposición a la emoción. Una persona sensible, ya entonces, era capaz de llorar ante el infortunio de una familia campesina. Pero se mostraría indiferente ante un proyecto para mejorar las condiciones del campesinado como clase social.

 

 

 

            Esto, con las correspondientes variaciones, puede extrapolarse perfectamente al afán de redimir a los pobres que, desde entonces, aún irradia a nuestros días. Y esto también viene a ser el mejor ejemplo para dejar constancia de cómo el movimiento romántico sigue inspirando a nuestro nefasto siglo XXI, en que llamamos romántica a la exaltación sentimental, sobre todo del sentimiento de la simpatía. El romanticismo, en puridad, es la preponderancia del sentimiento frente a la razón.

 

 

 

            Para Russell, Rousseau es la gran figura del romanticismo, aunque otros autores prefieran adscribir al ilustrado al prerromanticismo. Sin embargo, El contrato social (1762), donde Rousseau expone su teoría política, el razonamiento prima sobre el sentimentalismo. Sostiene Russell que las doctrinas de Rousseau en dicho texto, "aunque sirven insinceramente a la democracia, tienden a la justificación del estado totalitario".

 

 

 

 

 

 

 

            Los prusianos

 

 

 

            La importancia del prusiano Immanuel Kant, el ilustrado que fuera el precursor del idealismo alemán y uno de los autores más transcendentes de toda la historia de la filosofía, es su doctrina del espacio y del tiempo. La expuso en su célebre Crítica de la razón pura (1787), que Russell comenta en l pág. 335. Para Kant, ni espacio ni tiempo son conceptos empíricos, sino "intuiciones puras" y éstas son aquello en lo que no aparece nada de la sensación que es el comienzo de la actividad cognitiva.

 

 

 

            Ya entrando en el Idealismo alemán -la escuela inspirada por el pensamiento de Kant entre las postrimerías del siglo XVIII y los albores del siglo XIX-, el artículo dedicado a Hegel, uno de los mayores exponentes de dicho idealismo, es toda una refutación del que fuera definido como el último filósofo de la Modernidad, entendida ésta como aquel periodo del pensamiento en que la razón se antepone a la religión. Russell nos habla de cómo ese otro prusiano que fue Hegel supedita el individuo al estado y yo debo apuntar que, empero la sorpresa que me ha causado el tono de la refutación, me ha puesto en antecedentes sobre la poca importancia del individuo en los estados marxistas. Remontándose al teólogo David F. Strauss, el primero en hablar de hegelianos de izquierdas y de derechas como los políticos en su espectro, Russell nos presenta a estos últimos, también llamados "viejos hegelianos", como aquellos que estimaban que la dialéctica hegeliana había alcanzado la perfección en el estado prusiano. No en vano, los viejos hegelianos contaban entre sus prohombres. Uno de ellos fue Karl F. Göschel, uno de los grandes juristas de la Prusia de su tiempo. De aquí se sigue que los hegelianos de derechas eran los conservadores, los convencidos de que el estado prusiano era el perfecto y querían que todo siguiese siendo igual.

 

 

 

            Indiscutiblemente, los hegelianos de izquierdas o jóvenes hegelianos, tuvieron mucha más transcendencia en la historia de la humanidad. Cuentan entre ellos mis dilectos Mijaíl Bakunin y Max Steiner. Dos lecturas de adolescencia de las que, naturalmente, no me enteré. Me bastó con que en la solapa se apuntase que el primero era el principal teórico del anarquismo en tanto que el segundo lo era del anarcoindividualismo

 

 

 

            Eso sí, si para bien o para mal hubo un joven hegeliano verdaderamente transcendente, ése fue Karl Marx. El padre de la ciencia social que marcó el siglo XX, partiendo de esa teoría de Hegel, ideó un estado que sojuzgaba al individuo tanto como las dictaduras fascistas, que también tocan tan de cerca al idealismo alemán. Dictadura del proletariado la llamaban con orgullo los jóvenes que luchaban por ella en la España de los años 70, cuando yo leía a Bakunin y a Steiner sin enterarme de nada. Ahora bien, siendo ya consciente de que había que negar un estado así, pese a mi supina ignorancia.

 

 

 

            La centuria decimonónica no fue sólo un periodo de esplendor para la novela. "Toda la vida intelectual del siglo XIX fue más compleja que la de ninguna época precedente" (pág. 344). Entre las causas que contribuyeron a esta bonanza, el autor señala "una profunda rebelión, filosófica y política contra los sistemas tradicionales". Se vieron entonces ataques a instituciones que con anterioridad hubiera sido inimaginable atacar. Russell distingue dos formas en esa rebelión decimonónica: la romántica y la racionalista. "La rebelión romántica pasa por Byron, Schopenhauer y Nietzsche" para acabar en Mussolini y Hitler (ibidem). "La rebelión racionalista comienza en los filósofos franceses de la Revolución, pasa luego, algo suavizada, a los filósofos radicales de Inglaterra". Será Marx quien posteriormente dé profundidad a la tendencia racionalista, que encontrará su praxis en la Rusia soviética.

 

 

 

            He de reconocer que, recién leído el capítulo correspondiente a las corrientes del pensamiento en el siglo XIX, me ha chocado que el romanticismo se asocie al patriotismo y el racionalismo a la lucha de clases. Pero, dado que el romanticismo, en su primera acepción, es la primacía del sentimiento ante la razón y la técnica, es mucho más romántico exaltar a la patria, que afanarse por algo tan razonable como la justicia social.

 

 

 

            Byron, como el romántico por excelencia que es, muere luchando por la independencia de Grecia. La poca estima en que le tiene Russell me ha llamado la atención tanto como que le dedique un capítulo -el XXIII para ser exactos- entre los grandes filósofos del XIX. Como cabía esperar, no juzga sus versos, sino la proyección de su figura en el ideal romántico. Sostiene que el autor de Lara (1814) tuvo más trascendencia social en el continente que en Inglaterra. "El rebelde aristócrata, cuyo modelo fue Byron en su tiempo, es un tipo muy diferente del cabecilla de una sublevación campesina o proletaria. Los que tienen hambre no necesitan una filosofía complicada para estimular o excusar el descontento, y todo lo de esta especie les parece simplemente un entretenimiento del rico perezoso" (pág. 369). "Como muchos otros hombres eminentes, fue mucho más importante como mito que como lo que realmente era" (pág. 375).

 

 

 

            "El evangelio schopenhaueriano de la resignación no es muy convincente ni muy sincero", puede leerse en la pág. 381. En efecto, Schopenhauer también es objeto de la crítica de Russell y lo es principalmente por su célebre misoginia. Este otro pensador alemán odiaba a las mujeres por las desavenencias con su madre. "Si bien tuvo muchos lances triviales, sensuales, pero no apasionados" (ibidem). Imagino por tanto al autor de El mundo como voluntad y representación (1819) como a aquellos compañeros de la juventud, que deseaban a las chicas sin saber seducirlas y hablaban con entusiasmo de las teorías de Schopenhauer sobre las mujeres.

 

 

 

            Sin embargo, la influencia de este otro prusiano sobre el idealismo occidental se verifica en un detalle que ha ido cobrando mayor importancia con el curso de los siglos: fue el primer pensador intelectual que se interesó por el budismo. Y aunque no era excesivamente antisemita, abominaba del islam. Su pesimismo profundo transciende hasta el 98 español: Ganivet, Baroja, Unamuno... Pero lo que quizás le acerque más a nuestros días sea su simpatía por los seres irracionales. "Es difícil encontrar en su vida muestras de ninguna virtud, excepto su benevolencia para los animales" (íbidem). Con todo, Russell concluye: "Más importante que el pesimismo es la doctrina de la primacía de la voluntad (...). Por esa razón, a pesar de la inconsistencia y cierta superficialidad, su filosofía tiene considerable importancia como una etapa del desenvolvimiento histórico.

(continuará)

 

Publicado el 10 de septiembre de 2019 a las 06:30.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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