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Anna Karina, siempre bailando el Madison

Archivado en: Inéditos cine, Anna Karina, Godard, Nouvelle Vague

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            La pantalla ha dado pocas simbiosis tan fructíferas y perfectas como la habida entre Jean-Luc Godard y Anna Karina. Musa del más rupturista de los cineastas de la Nouvelle Vague mientras estuvo casada con él (1961-1967), gracias a ello, Anna inspiró igualmente a una buena parte de los discípulos del maestro, es decir, una buena parte de lo mejor del cine europeo de autor de los años 60.

 

            Nacida Hanna Karin Blarke Bayer en el Copenhague de 1940, se inició como modelo publicitaria en su ciudad natal siendo apenas una niña. Trasladada a París en 1958, en la capital francesa posará para diversas revistas de moda. De nuevo en Dinamarca, interpreta un cortometraje publicitario: Pigin og skoene. Pero será en su segunda visita a Francia cuando, respondiendo a un anuncio insertado en la prensa -por el que Godard busca una protagonista para El soldadito (1960)-, cuando la joven danesa conozca a su futuro marido. Pese a la prohibición de la cinta, Michel Deville ya sabe de las excelentes dotes de Anna para la comedia agridulce y la incluye en el reparto de Esta noche o nunca (1960).

            Su segunda colaboración con Godard -Una mujer es una mujer (1961)- le valdrá el premio a la Mejor Interpretación femenina del festival de Berlín. Su mirada, extraordinariamente comunicativa, y su vitalidad la convierten en una de las actrices más fotogénicas del momento.

 

            Pero Anna no es sólo una imagen, una apariencia. De su calidad interpretativa fueron a dar cuenta sus inolvidables creaciones de Naná, en Vivir su vida (1962), y Marianne en Pierrot el loco (1965). Para entonces, ya había iniciado su colaboración con otro de los más grandes de la Nouvelle Vague, Jacques Rivette, con quien, esporádicamente, seguirá trabajando hasta los años 90.

 

            Tras su ruptura con Godard, las filmografías de ambos se verán resentidas. Pese a trabajar con cineastas del calibre de Agnès Varda, Luchino Visconti, George Cukor, Rainer Werner Fassbinder o Volker Schlöndorff, la actriz nunca llegará a las cotas interpretativas alcanzadas con su exmarido.

 

            Y es ahora, llegado el momento del último recuento tras la noticia de su fallecimiento, cuando entre tanta excelencia habrá que hacer hincapié en un par de títulos. El primero es Lemy contra Alphaville, una extraña aventura de Lemy Caution (Jean-Luc Godard, 1965), una de las obras maestras de la ciencia ficción europea de los años 60, en la que la actriz incorporó a Natacha von Braun, otro de sus grandes personajes. El segundo de estos dos filmes señeros es Banda aparte (Jean-Luc Godard, 1964). Aunque cronológicamente es anterior, lo he citado en segundo lugar porque su calado -tanto en mi experiencia cinéfila como en la historia de la sedición cultural del amado siglo XX- es mucho mayor.

 

            Es en Banda aparte donde Anna -Odile en aquella ocasión- atraviesa a la carrera, flanqueada por Franz (Sami Frey) y Arthur (Claude Brasseur), una sala del Louvre. No hay duda, esa es una de las secuencias más hermosas y conmovedoras de toda la historia del cine. Entre las muchas citas literarias que trufan la cinta -toda la filmografía del gran Godard- yo me quedo con una de T. S. Elliot. Está escrita en el encerado de la academia de inglés a la que asiste Odile. Reza que lo clásico es igual a lo moderno y ahora se me antoja lúcida y esplendorosa como el Madison que Odile baila en esta misma cinta.

 

            Decía el gran Godard que para hacer una película sólo hace falta una chica y una pistola. Anna Karina -por encima de Jean Seberg con la que no parece que congeniara y Anne Wiazemsky, su segunda esposa y musa- fue su chica. Que la tierra le sea leve. Hoy dedicaré el resto del día a verla bailar el Madison de Banda parte. Y, mientras tenga memoria, siempre he de recordar a Anna Karina bailando el Madison.

Publicado el 15 de diciembre de 2019 a las 18:00.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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