lunes, 28 de septiembre de 2020 04:54 www.gentedigital.es
Gente blogs

Gente Blogs

Blog de Javier Memba

El insolidario

Las memorias de John Dos Passos (y III)

Archivado en: Cuaderno de lecturas, "Años inolvidables", de John Dos Passos.

imagen

(viene del asiento anterior)

 

            Sinbad, titula Dos Passos el tercer capítulo de sus Años inolvidables y bien es cierto que se lee con el deleite que procura una novela de aventuras. Sin embargo, más que a los viajes del marino de Las mil y una noches, estas páginas han venido a recordarme a las de Los siete pilares de la sabiduría (1926) de Thomas Edward Lawrence. Dicho de otra manera: el universo de Lawrence de Arabia. Y el afán de Oriente que llevó al estadounidense a cruzar el desierto que separa Damasco de Bagdad en 1921, no dista mucho de la inquietud del inglés. Puede que Dos Passos no quisiera tanto a los árabes como Lawrence, pero se hace notar por el respeto que muestra a sus costumbres. Sin más ayuda que la de Jassem -un guía perteneciente a los agail, una confederación de tribus encargada de guiar las caravanas entre las dunas interminables-, el escritor, aproximadamente, se adentró en las mismas arenas que el militar y, aunque el imperio otomano contra el que alzó Lawrence a los árabes ya había sido derrotado, la región seguía siendo una de las más inestables del mundo. En aquel viaje -que arranca en la pág. 138-, Dos Passos pasó más hambre que nunca.

            Al volver ahora sobre aquellas privaciones, me llama la atención su fijación con la comida. Con la bebida me parece más normal. Aunque sin engañarnos: Dos Passos, en ningún momento fue un borracho, como pasaba por serlo Hemingway ¡y no digamos Faulkner y Scott Fitzgerald! Puede que sea por la indiferencia que le inspira la priva, pero Dos Passos tampoco hace referencia alguna a ese supuesto alcoholismo de Hemingway. Recuerda menús de los que dio cuenta treinta o cuarenta años antes. Más aún: la primera evocación, al principio del libro, es la de su padre partiendo un melón. Seguro que esta insistencia con los alimentos significa algo. A mí, de entrada, el respeto que demuestra por las dietas más exóticas viene a abundar en el respeto que le inspiran sus comensales. Y esto sí que es infrecuente en los viajeros occidentales por las rutas de Oriente de hace ahora cien años.

            Corría 1922 cuando el gran John se encontró en aquel París que para Hemingway era una fiesta. En sus calles, a Dos Passos los recuerdos le "hacían muecas desde todas las esquinas". Sin embargo, el capítulo, cuyo título no deja lugar a dudas -La vie Littéraire-, se ha abierto en otoño en Nueva York, con una comida junto a los Fitzgerald, cuando estos se alojaban en una suite del Plaza. En esa velada conoció a Sherwood Anderson y sus anfitriones le acosaron con preguntas para hacerle quedar mal. "Cuando hablaba sobre literatura, su mente, que parecía llena de absurdas ideas sobre la mayor parte de las cosas, se hacía tan clara y cortante como un diamante", (pág. 159) apunta sobre el autor de El gran Gatsby (1925). No le interesaba nunca el paisaje, tenía un gusto pésimo para la comida, para el vino y muy poco oído para la música a excepción de las canciones populares más rudimentarias, pero en cuanto a la literatura era un profesional nato. Todo lo que decía merecía la pena escucharse".

            Ya en las páginas dedicadas a París, hay que convenir que aquello era una fiesta. Más aún, en lo que a la literatura se refiere, una auténtica epifanía. Dos Passos tuvo oportunidad de comprar un ejemplar de la primera edición de Ulises "E incluso estreché la flácida mano de un individuo pálido e indiferente, con gafas oscuras, sentado junto a la estufa en la trastienda de Shakespeare & Company; miss Beach me aseguró que era James Joyce" (pág. 161). Leído Ulises de un tirón, durante un acceso de gripe que le tuvo postrado en la cama de un camarote de "las zonas más escondidas de la tercera clase de un gran transatlántico", su opinión sobre este pilar de la novelística del amado siglo XX es tan ponderada como las expresadas en el resto de sus evocaciones. No cae en ese elogio, porque es lo debido, con el que se suele escribir sobre Joyce. "Algunos pasajes de la novela me aburrieron y otros me parecieron magníficos. Aunque Ulysses no consiguiera otra cosa -para mí al menos-, el libro echaba, sin duda, por tierra la teoría tan de moda entonces de que la novela inglesa estaba muerta".

            El tiempo de John Dos Passos, sus años inolvidables, fueron aquellos en que el Atlántico se cruzaba en transatlántico. Los vuelos transoceánicos no empezaron a generalizarse hasta los años 60. Tengo la sensación de que también fue por aquel entonces cuando Londres y Nueva York -alternativamente o primero una y luego otra- empezaron a desplazar a París en esa capitalidad cultural del planeta entero que ostentó la capital francesa hasta comienzos de los años 50, cuando los existencialistas, el gran Boris Vian y el Barrio Latino. Sea o no sea esta última una apreciación mía, Dos Passos y Hemingway volvieron a encontrarse en el París de 1922, el de la fiesta. Ciertamente, ya se conocían de la guerra, de cuando coincidieron en el servicio de ambulancias de Richard Norton en el frente italiano, pero trabaron esa amistad, que en buena medida inspira estas páginas, cuando "Hem" trabajaba en París para el Toronto Star. Dos Passos, que en su juventud acarició la idea de dedicarse a la pintura, en la pág. 177 recuerda al autor de Por quién doblan las campanas al comprar La Masía, de Joan Miró: "creo que fue el último cuadro objetivo que pintó".

            A los Fitzgerald vuelve a presentárnoslos en la Costa Azul, instalados en Antibes, justo entre esa gente a quienes los Fitzgerald querían pertenecer: "los Afortunados por antonomasia". Pero el alcohol -que a Zelda, quien parecía una esquizofrenia, acabaría por llevarla al manicomio[1]-, ya empezaba a hacer estragos en ellos. Se emborrachaban y se ponían a andar a cuatro patas en las casas de las marquesas que les invitaban a cenar (pág. 187).

            De nuevo en París, aquel París de los felices años 20 en el que los americanos estaban tan de moda como en el resto de Europa, que bailaba alegre el Charleston y comenzaba a saber, fascinadita, de los rascacielos levantados en las prósperas ciudades de Estados Unidos. De nuevo en aquel París que dio carta de identidad cultural al jazz[2], Hemingway es recordado como el "héroe del olimpo literario. Era amigo de Ezra Pound[3], comía con Joyce, era el protegido de Gertrude Stein y estaba preparando un libro que ilustraría Picasso. Incluso Scott Fitzgerald pensaba que Hem podía ser el Byron de aquellos días (pág. 194).

            Ya en los últimos párrafos de La vie Littéraire le llega el turno al recuerdo de Pierre Drieu La Rochelle. Sorprende por la amistad que entonces unía a este último -futuro autor de Socialisme fasciste (1934) y colaboracionista con los nazis durante la invasión alemana de Francia- con Louis Aragon -uno de los surrealistas que acabaron militando en el comunismo ortodoxo (léase estalinismo). Recordado como un "joven alto y aristocrático (...), me pareció el escritor con más porvenir de Francia (pág. 197). Pero el pobre Drieu, como bastantes de sus compatriotas más exigentes, se hizo fascista y acabó saltándose la tapa de los sesos".

            A excepción de la que hubo entre La Rochelle y Aragón, aquellos aún eran los días en que las ideologías acababan con las amistades. Dos Passos perdió a algunas a raíz de su decidido apoyo a la campaña por la liberación de Sacco y Vanzetti (págs. 202-208), pese a que Fitzgerald le advirtió sobre los peligros de contaminar la creación literaria con el compromiso político puesto que, el más mínimo ápice de propaganda, pude arruinar cualquier obra. No es que John Dos Passos fuera anarquista. Pero no tiene ningún problema en denunciar la táctica habitual de los comunistas para capitalizar las acciones de los anarquistas. Algo ya visto en la Ucrania de Nestor Majno (1919-1921) y que volvería a verse en la represión comunista al movimiento libertario en la Barcelona de 1937. Respecto a Sacco y Vanzetti, militantes anarquistas y ejecutados por ello y por ser emigrantes -como es harto sabido- escribe: "La protesta generalizada, que empezó como una manifestación de los ideales y odios de los anarquistas, terminó casi por completo bajo el control del partido comunista" (pág. 207). Más adelante continuará: "Los comunistas dedicaban tanto tiempo a torpedear los proyectos de los rivales como a ayudar a los mineros" (pág. 254).

            Si acaso, pudiera definirse a John Dos Passos como un hombre de izquierda por su inquietud social. Desde luego, no comparto esa opinión de la crítica que le define como un "conservador nostálgico del pasado mítico estadounidense" o algo así. Lo de conservador debe deberse a que la crítica ha estado tan mediatizada por el comunismo mítico que todo el que difiere de esta ortodoxia pasa a ser, en el mejor de los casos, un conservador. Desencantado del comunismo desde su primera visita a la URSS -es decir, a la Georgia de la guerra civil- volvió al paraíso del proletariado en 1928, cuando San Petersburgo ya era Leningrado, el estalinismo empezaba a hacerse notar y algunos héroes de la revolución de octubre comenzaban a ser detenidos, acusados de contrarrevolucionarios, torturados y ejecutados (págs. 216-220).

            El verdadero motivo de ese viaje había sido una visita al Teatro del Arte de Moscú de Konstantín Stanislavski. Entonces, más que nunca, ejercía un poderoso magnetismo en la escena alternativa estadounidense y Dos Passos aún albergaba sus últimas inquietudes teatrales. Años después, Frances Farmer también visitaría el centro moscovita. Aquel fue el primer estigma de su carrera ya que, huelga apuntar, en Estados Unidos, todos los que iban allí, pese a que el viaje siempre era por motivos escénicos, eran considerados comunistas. Dos Passos, quien sería el guionista de Josef von Sternberg en El diablo es una mujer (1935), tuvo oportunidad de conocer en aquella ocasión a Pudovkin y Eisenstein. "Las personas más interesantes y llenas de vida que he encontrado en Leningrado y Moscú son los directores de cine" (pág. 220). También fue entonces cuando tuvo noticia de las atrocidades perpetradas por los comunistas para sofocar el motín anarquista de Kronstadt (1921). El escritor, al igual que todos los occidentales que la visitaron -incluso los militantes comunistas de buena fe, ajenos al estalinismo-, abandonó la Unión Soviética con la sensación de haber salido de una cárcel.

            La sombra de Hemingway gravita por todo el libro, pero -como ya he dicho en las anteriores entregas de estos comentarios-, el capítulo titulado Bajo los trópicos es un canto del cisne a la amistad que les unió. Arranca en la primavera de 1929, cuando Hem aún "era el compañero más agradable del mundo si las cosas salían según sus deseos" (pág. 247). "Habíamos terminado por llamar a Hem el maestro ya que básicamente era él quien dictaba las leyes" (pág. 259) Aunque, principalmente, este capítulo está ambientado en la residencia de Hemingway en Key West, entre aquellas evocaciones no faltan nuevas visitas a París -el autor también fue amigo de Dorothy Parker y Blaise Cendars (pág. 250)- o incluso una enfermedad pasada en Baltimore, en la que aprovechó para dar cuenta de En busca del tiempo perdido (1913-1927): "Proust es la lectura adecuada para cuando se está enfermo. Nunca había tenido paciencia suficiente mientras disfrutaba de buena salud" (pág. 257).

            Pero el protagonista absoluto del capítulo es Hemingway. Tanto es así que incluso se nos refiere cierta jornada de pesca (pág. 162) en la que tuvo su origen El viejo y el mar (1952). Al igual que su el anciano de su futura novela, Hemingway tuvo que lidiar durante varias horas con un atún que acabaría siendo pasto de los tiburones.

            No mucho después llegaron esos problemas, propios del envejecimiento -ya referidos en la primera entrega de estos comentarios-, que van apartando a un hombre de sus amigos.

            El último de sus años inolvidables trajo a Dos Passos de nuevo a España en un tiempo crucial para nuestro país: 1931. Unos días antes de la proclamación de la II República tuvo oportunidad de asistir a una recepción de Alfonso XIII. Esas páginas precisamente fueron las que más me llamaron la atención antes de haber leído el texto. Tengo la sensación de que Rocinante vuelve al camino (1922)[4], como su propio título indica el gran estudio que Dos Passos dedicó a España, ya era conocido por la intelectualidad autóctona. El caso es que también le recibió Manuel Azaña en su despacho del Ateneo madrileño, el viejo cenáculo cultural -y del republicanismo- al que el escritor iba a trabajar para no pasar frío en su primera visita a Madrid. Es en ese pasaje donde se refiere a una vieja costumbre de mi ciudad, la de beber el agua endulzada con azucarillos. Yo no la conocí, pero me suena por una zarzuela de Miguel Ramos Carrión y Federico Chueca de la que me hablaba mi madre: Agua, azucarillos y aguardiente (1897). Unamuno fue otro de los que recibieron al estadounidense, pero a mí, el autor de La tía Tula (1921), desde que supe de su condena a Ferrer Guardia y su desprecio a Ruben Darío, siempre me resulta un personaje antipático.

            Admiro al cabo la lucidez de John Dos Passos cuando parece presagiar el drama de la Guerra Civil, al rememorar el odio con que los burgueses de Santander observaban en el paseo marítimo de la ciudad a los trabajadores que regresaban de los mítines de sus organizaciones. Al consignarlo yo ahora, caigo en la cuenta de que Años inolvidables fue el último libro que su autor publicó en vida. Considerando que La cucarachita, su último capítulo, versa sobre sus recuerdos de aquella visita a España, cabe decir que John Dos Passos dedicó a mi país su último texto. Si he de tomar partido entre él y Hemingway, no tengo ninguna duda, John Dos Passos es para mí el maestro.

 


[1] Mas adelante, en un nuevo encuentro con Scott Fitzgerald, nos hablará de la capacidad de este último para dejar de beber cuando quiso enmendar su vida. Algo insospechado en lo que no se suele reparar.

[2] A tenor de la opinión sobre los afroamericanos del joven Patch de Hermosos y malditos (1922) y Tony Tom Buchanan de El gran Gatsby (1925), de entre todos sus personajes dos de los más representativos de su autor, no creo que Francis Scott Fitzgerald, aunque la suya fuera la era del jazz y así tituló su más célebre colección de cuentos, tuviese al jazz por mucho más que una alegre música de negros

[3] Ya en la postguerra, cuando Ezra Pound fue acusado de traición a su país por su adhesión a la Italia fascista, en base a la admiración que, como poeta, sentía por cultura italiana, Hemingway intercedió para que las condiciones de la prisión le fueran suavizadas. No es solo la vanagloria del fantasmón. Todo hay que decirlo.

[4] Una búsqueda del "gesto" que resumiese la esencia española, "lo maravilloso de España", durante un viaje a pie de Madrid a Toledo, basado en los recuerdos de sus primeras experiencias españolas.

 

Publicado el 13 de agosto de 2020 a las 17:00.

añadir a meneame  añadir a freski  añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  compartir en facebook  twittear  votar

Comentarios - 0

No hay comentarios



Tu comentario

NORMAS

  • - Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
  • - Toda alusión personal injuriosa será automáticamente borrada.
  • - No está permitido hacer comentarios contrarios a las leyes españolas o injuriantes.
  • - Gente Digital no se hace responsable de las opiniones publicadas.
  • - No está permito incluir código HTML.

* Campos obligatorios

Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con más de cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) fue colaborador habitual del diario EL MUNDO entre junio de 1990 y febrero de 2020. Actualmente lo es en Zenda Libros. Estudioso del cine antiguo, en todos los medios donde ha publicado sus cientos de piezas ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. Por su parte, David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), fue un estudio de la filmografía de este cineasta. El cine negro español (2020) es su última publicación hasta la fecha.  

 


              Instagram

 

 

 

Javier Memba en 2009

 

Javier Memba en 1988

 

Javier Memba en 1987

 

1996

 

 

Javier Memba en la librería Shakespeare & Co. de París

 

 

 

 

 

 

COMPRAR EN KINDLE:

 

 

 

 

Enlaces

-La linterna mágica

-Unas palabras sobre Vida en sombras

-Unas palabras sobre La torre de los siete jorobados

-50 años de la Nouvelle Vague en Días de cine

-David Lynch, el onirismo de la modernidad en Radio 3

-Unas palabras sobre Casablanca en Telemadrid

-Unas palabras sobre Tintín en Cuatro TV

 

 

ALGUNOS ARTÍCULOS:

Malditos, heterodoxos y alucinados

Malditos, heterodoxos y alucinados de la gran pantalla

Destinos literarios

Sobre La naranja mecánica

Mi tributo al gran Chris Marker

El otro Borau

Bohemia del 89

Unos apuntes sobre las distopías

Elogio de Richard Matheson

En memoria de Bernadette Lafont

Homenaje al gran Jean-Pierre Melville

Los amores de Édith

Unos apuntes sobre La reina Margot

Tributo a Yasujiro Ozu con motivo del 50 aniversario de su fallecimiento

Unos apuntes sobre la aportación de Run Run Shaw a la pantalla internacional

Unos apuntes sobre dos cintas actuales

Las legendarias chicas de los Stones

Unos apuntes sobre el "peplum"

El cine soviético del deshielo

El operador que nos devolvió el blanco y negro

Más real que Homeland

El cine de la Gran Guerra

Del porno a la pantalla comercial

Formentera cinema

Edward Hopper en estado puro

El cine de terror de los años 70

Mi tributo a Lauren Bacall

Mi tributo a Jean Renoir

Una entrevista a Lee Child

Una entrevista a William McLivanney 

Novelistas japonesas

Treinta años de Malevaje

Las grandes rediciones del cómic franco-belga

El estigma de La campana del infierno

Una reedición de Dalton Trumbo

75 años de un canto a la esperanza

Un siglo de El nacimiento de una nación

60 años de Semilla de maldad

Sobre las adaptaciones de Vicente Aranda

Regreso al futuro, treinta años después 

La otra cabeza de Murnau

Un tributo a las actrices de mi adolescencia

Cineastas españoles en Francia

El primer surrealista

La traba como materia literaria

La ilustración infantil de los años 70

Una exposición sobre la UFA

La musa de John Ford

Los icebergs de Jorge Fin

Un recorrido por los cineastas/novelistas -y viceversa-

Ettore Scola

Mi tributo a Jacques Rivette

Una película a la altura de la novela en que se basa

Mi tributo a James Cagney en el trigésimo aniversario de su fallecimiento

Recordando a Audrey Hepburn

El rey de los mamporros

Una guía clásica de la ciencia ficción

Musas de grandes canciones

Memorias de la España del tebeo

70 años de la revista Tintín

Ediciones JC regresa a sus orígenes

Seis claves para entender a Hergé

La chica del "Drácula" español

La primera princesa de la lejana galaxia

El primer Tintín coloreado

Paloma Chamorro: el fin de "La edad de oro"

Una entrevista a la fotógrafa Vanessa Winship

Una recuperación del Instituto Murnau

Heroínas de la revolución sexual

Muere George A. Romero

Un mito del cine francés

Semblanza de Basilio Martín Patino

Malevaje en la Gran Vía

Entrevista a Benjamin Black

Un circunloquio sobre la provocación

Una nueva aventura de Yeruldelgger

Una dama del crimen se despide

Recordando a Peggy Cummins

Un tributo a las yeyés francesas

La última reina del Technicolor

Recordando a John Gavin

Las referencias de La forma del agua

El Madrid de 1988

La nueva ola checa

Un apunte sobre Nelson Pereira dos Santos

Una simbiosis perfecta

Un maestro del neorrealismo tardío

El inovidable Yellowstone Kelly

Que Dios bendiga a John Ford

Muere Darío Villalba

Los recuerdos sentimentales de Enrique Herreros

Mi tributo a Harlan Ellison

La inglesa que presidió el cine español

La última rubia de Hitchcock

Unos apuntes sobre Neil Simon

Recordando Musicolandia

Una novelista italiana

Recordando a Scott Wilson

Cämilla Lackberg inaugura Getafe Negro

Una conversación entre Läckberg y Silva

El guionista de Dos hombres y un destino

Noir español y hermoso

Noir italiano

Mi tributo al gran Nicholas Roeg

De la Escuela de Barcelona al fantaterror patrio

Recordando a Rosenda Monteros

Unas palabras sobre Andrés Sorel

Farewell to Julia Adams

Corto Maltés vuelve a los quioscos

Un editor veterano

Una entrevista a Wendy Guerra

Continúa el misterio de Leonardo

Los cantos de Maldoror

Un encuentro con Clara Sánchez

Recuerdos de la Feria del Libro

Viajes a la Luna en la ficción

Los pecados de Los cinco

La última copa de Jack Kerouac

Astérix cumple 60 años

Getafe Negro 2019

Un actriz entrañable

Ochenta años de "El sueño eterno"

Sam Spade cumple 90 años

Un western en la España vaciada

Romy Schneider: el triste destino de Sissi

La nínfula maldita

Jean Vigo: el Rimbaud del cine francés

El último vuelo de Lois Lane

Claudio Guerin Hill

Dennis Hopper: El alucinado del Hollywood finisecular

Jean Seberg: la difamada por el FBI

Wener Herzog y la cólera de Dios

Gordad, el gran maese de la heterodoxia cinematográfica

Frances Farmer, la esquizofrénica que halló un inquietante sosiego

El hombre al que gustaba odiar

El gran amor de John Wayne

Iván Zulueta, arrebatado por una imagen efímera

Agnès Varda, entre el faminismo y la memoria

La reina olvidada del noir de los 40

Judy Garland al final del camino de adoquines amarillos

Jonas Mekas, el catalizador del cine independiente estadounidense

El gran Edgar G. Ulmer

La última flapper; la primera it girl

El estigmatizado por Stalin

La controvertida Egeria del Führer

 

ALGUNAS RESEÑAS:

Un adelanto de David Lynch, el onirismo de la modernidad en Zenda libros

Una entrada de El Insolidario accesit del Premio Paco Rabal

No halagaron opiniones en El Mundo

No halagaron opiniones en elmundo.es

La nueva era del cine de ciencia-ficción en Lo que yo te diga

La nueva era del cine de ciencia-ficción en elmundo.es

Unas palabras sobre Cuanto sabemos de Bosco Rincón

No halagaron opiniones en Archivo de la Frontera

No halagaron opiniones en Literaturas.com

David Lynch, el onirismo de la modernidad en AISGE

El cine negro español en Zenda Libros

Tres películas para el confinamiento en De Cine 21

 

CORTOMETRAJES:

Pandémica (1985)

El gran amor de Max Coyote (1989) (primera parte) en Youtube

El gran amor de Max Coyote (final)


El gran amor de Max Coyote en la web de RTVE

 

 



contador de visitas

Contador de visitas


 

 

 

EN TU MAIL

Recibe los blogs de Gente en tu email

Introduce tu correo electrónico:

FeedBurner

Archivo

Grupo de información GENTE · el líder nacional en prensa semanal gratuita según PGD-OJD