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Los cuentos de Stephen King (II)

Archivado en: Cuaderno de lecturas, "Pesadillas y alucinaciones", Stephen King

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          (Viene del asiento del 15.10.21) 

          Popsy se me antoja una de las piezas más genuinas del arte de Stephen King. A mi juicio, la maestría de este autor, más que en haber recogido el legado de Lovecraft, tal sostienen algunos comentaristas, radica en insertar en la realidad un apunte de fantasía y hacer del conjunto resultante un terror que, aunque improbable, sí que funciona tan a la perfección como esa matemática tiniebla en la que Pablo Neruda situaba, con sumo acierto, a Edgar Allan Poe. Popsy es un ejemplo que ni pintado a este respecto.

            Sheridan, el protagonista de Popsy, es un miserable que ha contraído una deuda con un temible criminal, del que sólo se nos dice que es turco. Para ir saldándola secuestra niños en los centros comerciales y se los lleva a su acreedor. Cuando tenemos la primera noticia de él, el abominable moroso se dispone a llevarse a un nuevo pequeño mientras el narrador nos cuenta que ya ha repetido la operación en varias ocasiones. Naturalmente, el asunto no acaba de gustarle. Pero no le queda otro remedio. Cuando ha intentado preguntar al turco que qué hace con los niños, a quienes nunca se vuelve a ver, el otomano le responde que los manda a "dar un paseo en barca" y le aconseja que no insista con sus averiguaciones.

            En su momento, la amenaza consiguió persuadir al secuestrador, quien acaba por convencer al niño en quien se había fijado al principio, a quien han dejado solo sus padres, de que se vaya con él a buscarlos. El muchacho, mucho menos ingenuo de lo que parece, no tarda en dudar de Sheridan, a quien comenta que su abuelo le dejó solo cuando le dijo que tenía sed. Esto último, en principio, parece un detalle irrelevante. Cuando Popsy, el muchacho, intenta zafarse de su raptor, resulta tener una fuerza sorprendente para un chaval. Finalmente, cuando se ve reducido, lejos de amilanarse, el niño le anuncia que su abuelo sabrá encontrarle gracias a su prodigioso olfato.

            En efecto, cuando el coche ya se aleja del centro comercial, un vampiro se le echa encima volando. Es el abuelo del niño, quien, luego de preguntar al pequeño si sigue teniendo sed, con una uña, raja el cuello de Sheridan. La última visión del secuestrador es la del niño, haciendo un cuenco con sus manos, presto a beber la sangre del humano. Desgraciadamente, los secuestradores de niños existen; los vampiros, no. Eso de incluirlos en una pieza realista, es el apunte fantástico de King al que me refiero.

            Por otro lado, la frecuencia con la que los niños protagonizan las historias del maestro de Maine me lleva a pensar, máxime considerando todo eso que apunta acerca de lo crédulo que era en su infancia, que esos pequeños de sus relatos vienen a expresar los distintos temores de su niñez.

***

            Tengo entendido que Es algo que llega a gustarte viene a ser una suerte de epílogo a La tienda, la novela del 91 de King que cierra la trilogía iniciada en La mitad oscura (1989) y continuada en El perro de la polaroid, el tercero de la tetralogía de relatos que integran Las cuatro después de la medianoche (1990). El elemento fantástico de La tienda, en esta tercera parte del tríptico, se me escapa. Aún sin haberla leído, sé que esa primera entrega, someramente, versa sobre un enviado del maligno que abre una tienda en Castle Rock -ese multiverso ficticio que es a King, su territorio mítico, lo que a Lovecraft es Arkham- para sembrar la cizaña entre la población y desatar los odios que laten entre ellos.

            Juro por estas líneas que leeré La tienda cuando me sea posible. Pero, de momento, debo confesar que en Es algo que llega a gustarte, no he percibido esa ponzoña sobrenatural ni por asomo. Muy por el contrario, me ha parecido el mejor ejemplo de cierto costumbrismo nostálgico, que también me atreveré a referir entre las virtudes de este maestro del cuento de miedo. Desde esta perspectiva, su discurso se antoja trufado por la ironía de un modo semejante a ese en que el elemento fantástico horada la realidad en sus cuentos de terror, el Stephen King por excelencia.

            En Es algo que llega a gustarte se nos cuenta, cuando ya parece haber acabado todo -está escrito desde el desolador presente mirando a lo pretérito-, la historia de los miserables que compraron la cizaña, que exacerbó sus odios latentes -creyendo que adquirían por un precio irrisorio sus objetos más preciados-, en la tienda de Leland Gaunt. A mí, aun desconociendo los antecedentes, me ha seducido por su espléndida manera de dar noticia de cómo el tiempo ha pasado por un lugar y sus habitantes.

            El final de Gary Martin Paulson, me ha conmovido de veras. Resulta que el 14 de agosto de 1923 (pág. 175), Cora Leonard Newall, así, de improviso, se levantó el vestido para enseñarle el sexo. El afortunado era entonces un muchacho y, ante semejante visión -la primera vez que le fue dada la intimidad de una mujer- no tardó en masturbarse.

            Aquel obsequio habría de acompañarle toda su vida. Su recuerdo, habría de presidir todos los orgasmos que obtuvo con otras mujeres. Nunca dijo nada a nadie. Ya anciano, está soñando con ella cuando, por primera vez en nueve años, tiene una erección. Al punto le estalla un vaso sanguíneo en su cerebro, le forma un coágulo y muere. Se ahorra así "cuatro semanas o cuatro meses de parálisis (...) Muere mientras duerme con el pene apuntando al cielo, y el sueño se desvanece como el eco de una imagen televisiva tras apagar el aparato". Ora costumbrista, ora cuentista de miedo, Stephen King siempre es un genio.

***

            La boca saltarina puede definirse como el cuento de un infeliz de quien se pone de parte el diablo. El infeliz es Hogan, un viajante que para en uno de esos bares de una gasolinera, tan típicamente americanos, mientras se acerca una tormenta.

            Los responsables del establecimiento son tan pintorescos como el cine y la literatura nos pintan a los moradores de estos lugares. Este, en cuestión, es el negocio de los Scooter. Estamos en el desierto de Nevada, bien pudiera ser el mismo lugar donde está ambientado El Cadillac de Nolan. Además de bar y zoo -hay serpientes y otros animales enjaulados-, en la tienda se venden los más variados objetos. Hogan decide perder unos minutos echándolos un vistazo. Está en ello cuando entra un heavy a comprar tabaco. Le faltan unos centavos y el viajante se los presta.

            (Me sorprende el interés de King por la música. Como se verá en los siguientes relatos, es todo un amante del rock & roll. Por el momento, en esta pieza, demuestra que, como yo, aunque amante del rock & roll detesta el heavy).

            Finalmente, a Hogan le llama la atención una boca saltarina, uno de esos juguetes, con forma de boca con pies, que andan y abren los labios por un mecanismo que va a cuerda. Esta boca saltarina, en concreto, es tan grande que parece reproducir la boca de un gigante. Mientras le pregunta a Scooter por ella, Hogan tiene el presentimiento de que, dentro de unos meses, su interlocutor estará muerto. Ya se dispone a irse cuando Scooter le regala la boca.

            En la gasolinera, el heavy le pide que le lleve y Hogan, aunque le teme desde el primer momento porque ya fue robado por una autoestopista, le deja subirse a su furgoneta.

            Desde el principio, todo en él le incomoda, desde un tatuaje -cuya leyenda reza, "Def Leppard hasta la muerte"-, hasta su intento de encender un pitillo. Desde el primer momento teme el asalto y, en efecto, eso es lo que acaba sucediendo cuando ya llevan un buen trecho de viaje y la tormenta se les ha echado encima. Sin embargo, Hogan se defiende de su agresor mientras conduce, forcejean y sufren un accidente. Tras una primera confusión, en la que llega a creer que el heavy ha resultado muerto, es el fan incondicional de Def Leppard quien se dispone a matarle cuando la boca cobra vida para salir en defensa del viajante.

            A decir verdad, el prodigio mediante el que se ha hecho justicia a Hogan no se nos cuenta. Se nos refiere el resultado de un modo brillante. Nueve meses después, nuestro hombre vuelve al mismo establecimiento. La viuda de Scooter -quien, en efecto ha muerto como a nuestro protagonista le fue dado prever- le reconoce y al hacerlo nos cuenta el final de la historia del viajante y de su agresor.

***

            Otro de los temores más frecuentes que creo percibir en Stephen King gira en torno a la relación del escritor con sus lectores. Baste recordar la suerte de Paul Sheldon, el protagonista de Misery (1987) en manos de la terrible enfermera Annie Wilkes; o la de Mort Rainey. La historia de este último, el protagonista de La ventana secreta, el jardín secreto, el segundo de los relatos incluidos en Las cuatro después de la madrugada, sólo me es conocida por la adaptación a la gran pantalla realizada por David Koepp en 2004. En realidad, por ese estúpido prejuicio que me mantuvo alejado de su obra, King me es conocido a través de sus versiones fílmicas principalmente. Insisto en mi juramento de que haré cuanto esté en mi mano para enmendarlo. Mas, por el momento, no sé si en el original literario, Mort Rainey también se llama Mort Rainey. Pero seguro que su experiencia con John Shooter, el tipo que le acusa de haberle plagiado, también viene al hilo de ese temor que parece tener King a los lectores.

            En La dedicatoria se manifiesta de un modo sutil. Su protagonista es Martha, la camarera afroamericana de un lujoso hotel neoyorquino que se siente realizada cuando su hijo le manda, con la dedicatoria aludida en el título del relato, el libro del que es autor.

            Puesto a contarnos el motivo de tanta alegría por parte de su protagonista, el narrador nos devuelve a los días en que Martha Rosewall aún vivía con su marido, un hampón miserable, de los que menudeaban en aquel Harlem donde, como en cualquier otro gueto, primaba la actividad criminal. Aunque yo no conozco Nueva York, y debo de ser la única persona en el mundo que no tiene ningún interés en conocerlo, sí tengo entendido, por algunos reportajes televisivos, que aquello ya no es como era cuando Johnny -el marido de Martha-, al saberla embarazada intentó hacerla abortar dándole con el palo de una escoba en el vientre. Por ese elemento mágico que trufa las piezas aparentemente realistas de King, poco después, al ir a perpetrar un atraco e intentar disparar al dueño del negocio, a Johnny le estalla el arma en la mano, un fragmento le trepana el cerebro y muere en el acto.

            Al saberse embarazada y consciente de cómo era su marido, la pobre Martha fue a ver a una hechicera del barrio Mamá Delorme. Entonces, por un prodigio y alguna droga que le disuelve en el té, la bruja hace ver a Martha que el verdadero padre del hijo que espera será un escritor blanco de Alabama -como nuestra infeliz- que todos los años se aloja en la misma habitación del hotel donde trabaja la señora Rosewall, siempre encargada de limpiar su habitación Peter Jefferies es su nombre, escribe novelas comerciales sobre la guerra y todas son un éxito.

            Títulos como Rita Hayworth y la redención de Shawshank, la novela corta correspondiente a la primavera, dentro del cuarteto reunido en Las cuatro estaciones (1982) -que, en efecto, yo conozco por la adaptación cinematográfica de Frank Darabont con el título de Cadena perpetua (1994)-, y La milla verde (1996), me demuestran que Stephen King no es racista. Todo lo contrario, está imbuido por ese espíritu de la sedición juvenil fraguada en torno al rock que inspiró plenamente a su generación. Aunque lo fuera, no por eso disminuiría mi admiración por él. Lovecraft lo era, y mucho, y no por ello dejó de ser un rendido admirador de su obra. Si Hitler hubiera escrito un buen cuento de miedo, no se vería afectado ni por su racismo ni por su actividad criminal.

            Quién sí es racista es Peter Jefferies. No es violento, como tampoco lo serán tantos de quienes odian a los demás por estas cuestiones, pero ignora por completo a Martha siempre que ella, después de pedirle permiso, le limpia la habitación. La pobre señora Rosewall, sin embargo, es una ardiente lectora de Jefferies. Tanto que un día que él está firmando ejemplares, se acerca tímidamente -temiendo que él la rechace de algún modo- para que le dedique el suyo. Todo contrario, el escritor -que también es su paisano puesto que los dos son de esa Alabama a la que Neil Young aludía en Souther man- le dedica en libro en agosto del 61 con una frase, relativamente afectuosa, que reza "A Martha Rosewall, que ordena mi desorden sin quejarse jamás" (pág.252).

            La dedicatoria es lo de menos. Lo que cuenta es que la letra es la misma, exactamente igual, que la del hijo de Martha cuando, en abril de 1985, le dedica el libro a su madre. Encajado el apunte mágico que supuso el hechizo de Mamá Delorme, se cuenta como Martha supo hacerse con un resto de semen Peter Jefferies y lo ingirió. De ello hemos de deducir que su hijo, antes que del energúmeno de su marido, lo es de Peter Jefferies.

(continúa en el asiento del 8.1.22)

Publicado el 20 de noviembre de 2021 a las 02:30.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con más de cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) fue colaborador habitual del diario EL MUNDO entre junio de 1990 y febrero de 2020. Actualmente lo es en Zenda Libros. Estudioso del cine antiguo, en todos los medios donde ha publicado sus cientos de piezas ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. Por su parte, David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), fue un estudio de la filmografía de este cineasta. El cine negro español (2020) es su última publicación hasta la fecha.  

 


 

          

 

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