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Unas consideraciones sobre Proyecto Brainstorm

Archivado en: Inéditos cine, Proyecto Brainstorm

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          (Sirvan estás líneas, además del artículo que publiqué el pasado domingo en Zenda Libros, a modo de tributo a Douglas Trumbull) 

          La muerte de Natalie Wood, a quien está dedicada Proyecto Brainstorm (Douglas Trumbull, 1983), recién finalizado el rodaje, no fue una bendición precisamente. Bien es cierto que su belleza de antaño ya estaba tan tocada por la edad como la de Audrey Hepburn en Robín y Marian (Richard Lester, 1976). Pero su fallecimiento en extrañas circunstancias fue toda una fatalidad que perjudicó a su última cinta, aun siendo la filmación totalmente ajena al óbito.

            Incluso esos planos en scope, que nos refieren la visión de los que miran a través de la Invención, del Proyecto Brainstorn propiamente dicho, dan fe de cierto estigma que obró en el filme. Son, en efecto, una sabia implicación de la pantalla anamórfica en el asunto de la película. Pero debieron ser en Showscan[1] que no en ese scope puro y duro en el que los vemos. De hecho, esa supresión del procedimiento de proyección -que ideó el mismo Douglas Trumbull- de las copias finales de la cinta, parece ser que motivó un proceso legal que también acabó perjudicando a la película.

            Trumbull no fue Edgar G. Ulmer, maldito por Carl Laemmle en persona por un lío de faldas hasta el punto de verse obligado a abandonar Hollywood. Ni el propio Philip K. Dick, que murió sin llegar a ver cómo se le elevaba al rango de Verne o Wells. Pero tampoco es el bendito que hubiera podido ser. Nunca reconocido en su valía -"Una pobre mirada al traspaso de sensaciones de un cerebro a otro", apunta John Clute en su, por otro lado, espléndida Enciclopedia de la ciencia ficción (Ediciones B, 1996) sobre Proyecto Brainstorm- a nosotros, a diferencia de sus detractores -aunque algunos nos sean tan dilectos como Clute-, Proyecto Brainstorm nos parece el auténtico pórtico a la realidad virtual en el cine.

            Sí señor, a nuestro juicio, es en ese golpe en la rodilla que siente Brace (Christopher Walken) en la primera secuencia, aunque lo recibe uno de sus colaboradores, cuando, además de meternos de lleno en el argumento del filme, entra por primera vez en la gran pantalla esa realidad bastarda, que será el gran asunto del género en los años venideros.

            Pocos lo han reconocido. Pero Douglas Trumbull ya debía estar hecho a esas injusticias, habida cuenta de que fue idéntica la suerte corrida por Naves misteriosas, su primer largometraje, datado en 1972, en el que nadie quiso saludar a ese pórtico de la ciencia ficción ecológica que, sin embargo, es.

            La Invención, el Proyecto Brainstorm, es bueno cuando le sirve a Brace, tras ponerse el aparato, para vivir lo que su mujer piensa de él merced a lo que la máquina ha escrutado y grabado en el cerebro de Karen (Natalie Wood) cuando ella se lo ha puesto. Gracias a ello, recuperará su matrimonio y no le hará falta vender su fabulosa casa, en la que "puede enchufarse de todo", según anunciaba a los interesados en la compra.

            La Invención es igualmente buena cuando sirve para experimentar un orgasmo. No hay duda de que el sexo será una de las aplicaciones más lucrativas cuando finalmente se comercialice la realidad virtual y se puedan simular cópulas con las estrellas del porno con la misma facilidad que actualmente se bajan sus fotos de Internet. Pero, así como la masturbación es buena hasta que se convierte en un vicio, la Invención se vuelve perniciosa cuando uno de los colaboradores de Brace se hace un bucle con el orgasmo virtual y se pasa la noche entera reproduciéndolo. A la mañana siguiente se lo encuentran con un colapso. Puede que el orgasmo entrañe tanto placer por su brevedad.

            Pero lo peor es cuando el Ejército quiere hacerse con la Invención. Esa milicia defensora, mostrada por el género en la Guerra Fría, quedó atrás con el pacifismo de los años 60. Ahora la ciencia ficción es antimilitarista y este primer argumento de Bruce Joel Rubin, el futuro guionista de La escalera de Jacob (Adryan Lane, 1990), Ghost (Jerry Zucker, 1990) o Deep Impact (Mimi Leder, 1998), entra de lleno en dicho canon.

            Así que nos creemos perfectamente ese afán anticastrense que inspira a Lillian Reynols. Lo que se hace más difícil es que sea Louis Fletcher, a la que aún recordamos por su creación de miss Ratched, aquella enfermera con trazas de sargento de Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975), quien la encarne.

            También será Lillian Reynols quien, ya en trance de muerte, decide utilizar la Invención para grabar y dejar para los vivos esa última secuencia en la que, dicen, nos son dados en un carrusel de imágenes los momentos estelares de nuestra existencia.

            Ese tramo final es un misterio y el último aliento, el único libro en que dicho enigma se lee. De ahí que Brace, aguijoneado en su curiosidad tras reproducirse en su cerebro la grabación de Lillian Reynols, aunque esté a punto de pararle su propio corazón durante unos segundos, decida seguir avanzando por ese último camino. Pero las cosas comienzan a complicarse. Uno de los que espían al científico muere en una de las reproducciones. Tampoco faltan episodios psicopáticos entre quienes se aventuran, con la natural curiosidad, a colocarse el aparato.

            Expulsado del Proyecto Brainstorm, expulsado de su Invención, Brace tiene oportunidad de descubrir el kit con el que piensa comercializarse. Ya reconciliado con Karen, ella será su principal ayuda para volver a la fundación en una peripecia similar a la de Kevin Flynn en Tron (Steven Lisberger, 1982). Antes habrán de poner en marcha una farsa. Hay que desconcertar a quienes les vigilan en la residencia, donde el matrimonio goza del "merecido descanso" que ha servido para apartar a Brace de su trabajo.

            De nuevo en la Fundación, tras volver loca la cadena de montaje, Brace volverá a colocarse la Invención y a reproducirse lo último que le pasó por la cabeza a Lillian Reynols. Entonces le es dado ese túnel, que al parecer vemos con nuestro último soplo de vida. Esa poderosa luz que, aseguran, es el preámbulo al abrazo de la Camarada Seca.

            Que la tierra le sea leve a Duglas Trumbull.

 


 

[1] Ideado por el propio Douglas Trumbull, el Showscan es un proceso en wide-screen que aumenta la velocidad de proyección de una copia de 70mm. de los tradicionales 24 fotogramas por segundo, a 60. Es decir, es dos veces y rápido. Con esta fluidez, semejante a la del video, es capaz de procesar una imagen con una resolución mucho mayor, mucho más próxima a la realidad.

Publicado el 22 de febrero de 2022 a las 18:45.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con más de cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) fue colaborador habitual del diario EL MUNDO entre junio de 1990 y febrero de 2020. Actualmente lo es en Zenda Libros. Estudioso del cine antiguo, en todos los medios donde ha publicado sus cientos de piezas ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. Por su parte, David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), fue un estudio de la filmografía de este cineasta. El cine negro español (2020) es su última publicación hasta la fecha.  

 


 

          

 

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