lunes, 15 de abril de 2024 18:22 www.gentedigital.es
Gente blogs

Gente Blogs

Blog de Javier Memba

El insolidario

Unas consideraciones sobre "El beso" de Doisneau

Archivado en: Entre la imagen y las mil palabras, fotografía

imagen

El reciente óbito, el pasado veinticinco de diciembre, de Françoise Bornet, la chica a la que besa su novio de entonces -Jacques Corteaux- en la acera de enfrente de l'hôtel de ville -el ayuntamiento parisino-, en una soleada mañana de la primavera de 1950 en la foto más celebrada y conocida del gran Robert Doisneau, me ha suscitado algunas consideraciones. Aunque sólo sea someramente, sí que tengo interés en consignarlas aquí.

Empezaré por una puntualización. Como todo el mundo sabe, Le baiser de l'hôtel de ville, que es el título exacto de la fotografía, es un auténtico icono del siglo XX. Sin embargo, no es el beso más famoso de mi amada centuria pasada, como han afirmado tantos comentaristas con más euforia por la grandeza de la estampa que ponderación a la hora de aseverar. Sin ir más lejos, Alfred Eisenstaedt congeló otro beso, tanto o más efusivo que el de Doisneau, el catorce de agosto de 1945.

Es un cliché tomado en la plaza de Times Square de Nueva York que nos muestra a un marinero dando un mordisco a tornillo, que se decía en mi adolescencia, a una enfermera durante un acto celebrado allí con motivo de la victoria de las armas estadounidenses sobre el Imperio japonés. Otro icono del siglo XX, qué duda cabe. Podría pensarse que en la España de nuestros días se hubiera llevado a los tribunales al marinero por haberse mostrado así de cariñoso con la primera que pasó. Pero el caso fue que Edith Shain, la enfermera que escribió a Eisenstaedt asegurando ser la chica besada, manifestó en esa misma carta que, en aquel momento, consideró que podía dejar que George Mendoza -nombre al que respondía el espontáneo- la besase porque había estado luchando por ella durante la guerra.

Imagen

A diferencia de lo que se piensa ahora -sin duda a causa de las reproducciones colgadas en la Red en las que la foto aparece con la cabecera de esta revista en el ángulo superior izquierdo- el beso de Eisenstaedt no figuró en la portada de Life, fue en el interior, entre otras instantáneas de un reportaje de doce páginas dedicado a aquella celebración. Publicación mítica donde las haya -Robert Capa pisó la mina que le llevó al hoyo realizando un reportaje sobre la Guerra de Indochina (1946-1954) para Life- fue esta misma revista la que encargó a Doisneau las vistas de los besos que se daban en la posguerra en las calles de París. Se trataba de descubrir si la capital francesa, tras lo rigores de la ocupación alemana, había vuelto a ser la ciudad del amor.

No sin cierta desazón, entre la tinta que ha hecho correr el icono, entre las mil palabras que ha inspirado el beso de Doisneau, he sabido que no es esa instantánea que imaginé, cuando la descubrí por primera vez, teniendo yo como norma la célebre sentencia del gran Henri Cartier-Bresson, en torno a ese momento sublime en que el fotógrafo deja de ser un “observador pasivo” para convertirse en un creador, 1/125 de segundo en que el obturador se abre para dejar paso a la luz que impresiona la emulsión del negativo, el archivo raw de la cámara en la fotografía digital.

Esta exaltación de la instantánea a la que aludía Cartier-Bresson, esa búsqueda del momento preciso es lo que convierte al fotógrafo en un autor, como lo pueda ser un escritor eligiendo la disposición de sus palabras en el texto o el cineasta al decidir el emplazamiento de su cámara. Para el realizador fílmico sólo hay una postura para su tomavistas: la ética, porque, moralmente, considera que debe contar su historia -el ápice de su historia narrado con el plano en cuestión- desde ahí precisamente. “Todas las demás son inmorales”, nos dice con su sutil grandilocuencia el gran Godard.

A fe mía que esta aseveración del cineasta también es aplicable a la fotografía de autor. Al menos yo creo que es esa fotografía espontánea, la elección de ese momento decisivo para tomar la vista, la instantánea propiamente dicha, lo que convierte al fotógrafo en autor. Y Doisneau, que es uno de los fotógrafos del siglo XX que más admiro, en Le baiser de l'hôtel de ville no tomó instantánea alguna. Françoise Bornet, puesta a demostrar que ella es la chica besada, dijo que Doisneau les pagó para que luciesen tan efusivos ante su objetivo. Debió de ser así porque, allá por los años 80 -los de mi juventud-, cuando El beso fue la imagen de una campaña publicitaria en París -aún en vida de Doisneau-, y a raíz de ella empezó a cobrar una notoriedad que no obtuvo en su publicación original en las páginas de Life, Bornet dijo que era la chica y nadie lo dudó.

Después, viendo cómo la imagen se convertía en un icono, ya con Doisneau fallecido -su hora le llegó en el 94-, la besada quiso sacar más dinero. Pero parece que la justicia de entonces desestimó su causa puesto que su cara no se ve y no había nadie para atestiguar que fue ella la destinataria de las efusiones de Jacques Corteaux. En fin, que El beso en el Hotel de la Villa no es una foto espontánea. Para nada. De hecho, es tanta la puesta en escena de Doisneau que incluso recurrió a una academia de actores para formar parejas con los estudiantes y hacerlos que se besasen en los rincones más emblemáticos de París. Actualmente, que todos los positivos que circulan en la Red del maestro son del dominio público, cualquiera puede encontrar y sin buscar demasiado, fotos de otros besos de Doisneau, en otros rincones de la Ciudad de la Luz que se adivinan pertenecientes al mismo reportaje que el del ayuntamiento. Todos fueron besos pagados. Lo que significa que, además de puesta en escena, hubo producción.

Esto es algo que se sabe desde los años 80, aunque yo me he enterado a raíz de la muerte de Françoise Bornet, ¡Qué le voy a hacer! Es más, incluso prefiero haberme enterado ahora de que -a diferencia del beso de Times Square-, es falsa la aparente espontaneidad en esa imagen de Doisneau. En los años 80, empecé a tomarme la fotografía de autor tan en serio como el cine de autor. Al fin y al cabo, una de las primeras publicaciones que leí sobre ambas disciplinas, Arte fotográfico, algo antes, mediados los años 70, intercalaba en sus páginas las noticias de fotografía -que primaban- con las de cine.

En el 84 exactamente, Ediciones Orbis puso en marcha una iniciativa pionera en España: la publicación por entregas semanales de una colección de álbumes fotográficos. Eran lo más parecido a aquellos que yo venía admirando desde siempre en el escaparate de la librería Franco-española de la Gran Vía, pero a un precio más asequible. Desde que empecé a interesarme por la fotografía, esos tomos, de precio inalcanzable para mis exiguos presupuestos de entonces, constituyeron uno de mis pocos deseos de biblioencandilado insatisfechos.

De modo que esos tomitos -y el catálogo de la exposición de Man Ray celebrada en la Biblioteca Nacional en 1984-, fueron los primeros álbumes de fotos que atesoré. Como todos los jóvenes, en los 80 yo era dogmático y vehemente en grado sumo y lo que leía en aquellas entregas quincenales acerca de los criterios seguidos para la toma de vistas por los diferentes fotógrafos, si el autor -que, como vengo diciendo, eran los fotógrafos para mí- me gustaba, se convertía en norma, respecto a dicho arte, para el menda. Lo de ese instante sublime del que hablaba Cartier-Bresson, fue algo así como la primera regla de mi decálogo sobre la fotografía de autor. Descubrir entonces que El Beso de Doisneau es una puesta en escena, hubiese sido una decepción mucho mayor.

Visité París por segunda vez en el verano de 1981. Recuerdo que llegué un catorce de julio, el día de su fiesta nacional, que, como es sabido, se celebra con bailes en las calles. Recién instalados en el hotel, mi amigo Juan Luis Abad y yo nos fuimos a la plaza de la Bastilla. Aquella llegada me pareció como introducirme en una de esas cintas que Jean Renoir rodaba en las postrimerías del realismo poético de los años 30 para el Frente Popular francés. No tuve en cuenta, para nada, que aquellos bailes, callejeros y populares, en las calles parisinas de Renoir, Jean Vigo -el gran Jean Vigo- o Marcel Carné, fueran el resultado de una puesta en escena. A partir de entonces, en todos mis regresos, recién llegado, iba en busca de algún mito de la ciudad.

Ya la tercera vez que visité París, siendo yo joven aún, esa imagen del París legendario que busco recién llegado, siempre que vuelvo a la capital francesa, era el de Le baiser de l'hôtel de ville. Y, naturalmente, creí encontrarlo allí, en el ayuntamiento de la ciudad. De haber sabido entonces que la foto más célebre de Robert Doisneau es una puesta en escena y no la captura de un instante que surgió de forma fortuita, y el fotógrafo supo detener e inmortalizar, me hubiera privado de un verdadero placer.

 

En los cuarenta años largos que llevo dedicándome al periodismo, he acompañado decenas de veces a los fotógrafos que iban a ilustrar los reportajes que iba a escribir yo. En todos ellos he podido cerciorarme de que, ante el mismo motivo -una persona, un objeto, un accidente… ¡Qué sé yo! -, por mucha gente que retrate lo que sea al mismo tiempo, es dificilísimo, por no decir imposible, que dos personas realicen la misma foto. En dicha diferencia, en lo que distinga a uno de los demás, se alza la mirada del verdadero artista sobre la de quien no lo es. Cuando Eisenstaedt fotografió su beso, hubo otros muchos fotógrafos que también lo hicieron. Sus fotos, igualmente del dominio público, circulan en la Red. Pero la suya es la genial. Que la foto de Doisneau no sea espontánea no le quita un ápice de genialidad. Ya no tengo dogmas de fe.

Publicado el 13 de enero de 2024 a las 17:30.

añadir a meneame  añadir a freski  añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  compartir en facebook  twittear  votar

Comentarios - 0

No hay comentarios



Tu comentario

NORMAS

  • - Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
  • - Toda alusión personal injuriosa será automáticamente borrada.
  • - No está permitido hacer comentarios contrarios a las leyes españolas o injuriantes.
  • - Gente Digital no se hace responsable de las opiniones publicadas.
  • - No está permito incluir código HTML.

* Campos obligatorios

Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con más de cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) fue colaborador habitual del diario EL MUNDO entre junio de 1990 y febrero de 2020. Actualmente lo es en Zenda Libros. Estudioso del cine antiguo, en todos los medios donde ha publicado sus cientos de piezas ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. Por su parte, David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), fue un estudio de la filmografía de este cineasta. El cine negro español (2020) es su última publicación hasta la fecha.  

 


 

          

 

Miniatura no disponible

 

Javier Memba en 2009

 

Javier Memba en 1988

 

Javier Memba en 1987

 

1996

 

 

Javier Memba en la librería Shakespeare & Co. de París

 

 

 

 

Imagen

 

 

COMPRAR EN KINDLE:

 

 

 

contador de visitas en mi web



 

 

Enlaces

-La linterna mágica

-Unas palabras sobre Vida en sombras

-Unas palabras sobre La torre de los siete jorobados

-50 años de la Nouvelle Vague en Días de cine

-David Lynch, el onirismo de la modernidad en Radio 3

-Unas palabras sobre Casablanca en Telemadrid

-Unas palabras sobre Tintín en Cuatro TV

 

 

ALGUNOS ARTÍCULOS:

Malditos, heterodoxos y alucinados de la gran pantalla

Nuevos momentos estelares de la humanidad

Chicas yeyés

Chicas de ayer

Prólogo al nº 4 de la revista "Flamme" de la Universidad de Limoges

Destinos literarios

Sobre La naranja mecánica

Mi tributo al gran Chris Marker

El otro Borau

Bohemia del 89

Unos apuntes sobre las distopías

Elogio de Richard Matheson

En memoria de Bernadette Lafont

Homenaje al gran Jean-Pierre Melville

Los amores de Édith

Unos apuntes sobre La reina Margot

Tributo a Yasujiro Ozu con motivo del 50 aniversario de su fallecimiento

Muere Henry Miller

Unos apuntes sobre dos cintas actuales

Las legendarias chicas de los Stones

Unos apuntes sobre el "peplum"

El cine soviético del deshielo

El operador que nos devolvió el blanco y negro

Más real que Homeland

El cine de la Gran Guerra

Del porno a la pantalla comercial

Formentera cinema

Edward Hopper en estado puro

El cine de terror de los años 70

Mi tributo a Lauren Bacall

Mi tributo a Jean Renoir

Una entrevista a Lee Child

Una entrevista a William McLivanney 

Novelistas japonesas

Treinta años de Malevaje

Las grandes rediciones del cómic franco-belga

El estigma de La campana del infierno

Una reedición de Dalton Trumbo

75 años de un canto a la esperanza

Un siglo de El nacimiento de una nación

60 años de Semilla de maldad

Sobre las adaptaciones de Vicente Aranda

Regreso al futuro, treinta años después 

La otra cabeza de Murnau

Un tributo a las actrices de mi adolescencia

Cineastas españoles en Francia

El primer surrealista

La traba como materia literaria

La ilustración infantil de los años 70

Una exposición sobre la UFA

La musa de John Ford

Los icebergs de Jorge Fin

Un recorrido por los cineastas/novelistas -y viceversa-

Ettore Scola

Mi tributo a Jacques Rivette

Una película a la altura de la novela en que se basa

Mi tributo a James Cagney en el trigésimo aniversario de su fallecimiento

Recordando a Audrey Hepburn

El rey de los mamporros

Una guía clásica de la ciencia ficción

Musas de grandes canciones

Memorias de la España del tebeo

70 años de la revista Tintín

Ediciones JC regresa a sus orígenes

Seis claves para entender a Hergé

La chica del "Drácula" español

La primera princesa de la lejana galaxia

El primer Tintín coloreado

Paloma Chamorro: el fin de "La edad de oro"

Una entrevista a la fotógrafa Vanessa Winship

Una recuperación del Instituto Murnau

Heroínas de la revolución sexual

Muere George A. Romero

Un mito del cine francés

Semblanza de Basilio Martín Patino

Malevaje en la Gran Vía

Entrevista a Benjamin Black

Un circunloquio sobre la provocación

Una nueva aventura de Yeruldelgger

Una dama del crimen se despide

Recordando a Peggy Cummins

Un tributo a las yeyés francesas

La última reina del Technicolor

Recordando a John Gavin

Las referencias de La forma del agua

El Madrid de 1988

La nueva ola checa

Un apunte sobre Nelson Pereira dos Santos

Una simbiosis perfecta

Un maestro del neorrealismo tardío

El inovidable Yellowstone Kelly

Que Dios bendiga a John Ford

Muere Darío Villalba

Los recuerdos sentimentales de Enrique Herreros

Mi tributo a Harlan Ellison

La inglesa que presidió el cine español

La última rubia de Hitchcock

Unos apuntes sobre Neil Simon

Recordando Musicolandia

Una novelista italiana

Recordando a Scott Wilson

Cämilla Lackberg inaugura Getafe Negro

Una conversación entre Läckberg y Silva

El guionista de Dos hombres y un destino

Noir español y hermoso

Noir italiano

Mi tributo al gran Nicholas Roeg

De la Escuela de Barcelona al fantaterror patrio

Recordando a Rosenda Monteros

Unas palabras sobre Andrés Sorel

Farewell to Julia Adams

Corto Maltés vuelve a los quioscos

Un editor veterano

Una entrevista a Wendy Guerra

Continúa el misterio de Leonardo

Los cantos de Maldoror

Un encuentro con Clara Sánchez

Recuerdos de la Feria del Libro

Viajes a la Luna en la ficción

Los pecados de Los cinco

La última copa de Jack Kerouac

Astérix cumple 60 años

Getafe Negro 2019

Un actriz entrañable

Ochenta años de "El sueño eterno"

Sam Spade cumple 90 años

Un western en la España vaciada

Romy Schneider: el triste destino de Sissi

La nínfula maldita

Jean Vigo: el Rimbaud del cine francés

El último vuelo de Lois Lane

Claudio Guerin Hill

Dennis Hopper: El alucinado del Hollywood finisecular

Jean Seberg: la difamada por el FBI

Wener Herzog y la cólera de Dios

Gordad, el gran maese de la heterodoxia cinematográfica

Frances Farmer, la esquizofrénica que halló un inquietante sosiego

El hombre al que gustaba odiar

El gran amor de John Wayne

Iván Zulueta, arrebatado por una imagen efímera

Agnès Varda, entre el feminismo y la memoria

La reina olvidada del noir de los 40

Judy Garland al final del camino de adoquines amarillos

Jonas Mekas, el catalizador del cine independiente estadounidense

El gran Edgar G. Ulmer

La última flapper; la primera it girl

El estigmatizado por Stalin

La controvertida Egeria del Führer

El gran Tod Browning

Una chica de ayer

El niño que perdió su tren eléctrico

La primera chica de Éric Rohmer

El último cadáver bonito

La exnovia de James Dean que no quiso cumplir 40 años

Don Luis Buñuel, "ateo gracias a Dios"

La estrella cuyo fulgor se extinguió en sus depresiones

El gran cara de palo

Sylvia Kristel más allá de Emmanuelle

Roscoe Arbuckle, cuando se acabaron las risas

Laura Antonelli, la reina del softcore que perdió la razón

Nicholas Ray, que nunca volvió a casa

El vuelo más bajo de la princesa Leia Organa

Eloy de la Iglesia y el cine quinqui

Entiérralo con sus botas, su cartuchera y su revólver

La chica sin suerte

Bela Lugosi y la sombría majestuosidad de Drácula

La estrella de triste suerte

La desmesura de Jacques Rivette

Françoise Dorléac

Klaus el loco

Una hippie de los 70

Jean Esustache, entre la Nouvelle Vague y el ascetismo

Nadiuska, un juguete roto

Thea von Harbou

Jesús Franco

David Cronenberg

Sharon Tate, como en un cuento de Sheridan Le Fanu

Un guionista sediento

La reina del fantaterror patrio

Dalton Trumbo y los diez de Hollywood

La primera chica que arrojó una tarta 

El desdichado Hércules contemporáneo

En la tradición familiar

El músico del realismo poético

Otro tributo a la gran Patty Shepard

Elmer Modlin y su extraña familia

Las coproducciones internacionales rodadas en España

Marilyn Monrore y su desesperado último gesto

Un amor más poderosos que la vida

El actor atrapado en sus personajes

Entre el fantasma de su madre y el final del musical

Barbet Schroeder

Amparo Muñoz

Samuel Bronston más alla de Las Rozas

Chantal Akerman

Françoise Hardy 

Un antiguo dogmático

Jane Birkin

Anna Karina, su turbulento amor y el Madison

Sandie Shaw, ya con calzado

El gran Serge Gainsbourg

Entre la niña prodigio y la mujer concienciada

La intérprete de Shakespeare que inspiró a The Rolling Stones

La maleta del capitán Wajda

Val Lewton y su dramatización de la psicología del miedo

La alimaña de Whitechapel

Cristina Galbó

La caravana Donner

Eddie Constantine

Un nuevo curso del tiempo

Rosenda Monteros

Una criatura de la noche

Una carta a Nicolás I

Edison y el 35 mm

Barbara Steele

El felón Esquieu de Floyran acaba con los templarios

Entre Lovecraft y Hitchcock

Tchang Tchong Yen recuerda a Hergé

La musa del ciberpunk

Néstor Majnó

Una leyenda del Madrid finisecular

El rey de la serie B

La primera cosmonauta soviética

Cuando la injuria sucede a la fatalidad

Bajo Ulloa y sus cuentos crueles

La cicerone de los Stones en el infierno 

Nace Toulouse-Lautrec

El París del Charlestón se rinde a Josephine Baker

Nastassja Kinski, la dulce hija del ogro

Un tributo a Sam Peckinpah

La leyenda del London Calling

Fiódor Dostoievski frente al pelotón de fusilamiento

Mi alucinada favorita

El hombre de las mil caras

El 7º de Caballería pierde la gloria

Un recuerdo de Silke

El genocidio camboyano

Peter Bogdanovich

Guy Debord y la sociedad del espectáculo

Un héroe de Iwo Jima 

Lupe Vélez tras el último tequila sunrise

El general Lee

Roman Polanski

Un hampón italoamericano

Jane Fonda en su juventud

Kraken en la Cuesta de Moyano

Josef von Sternberg

The Beatles en The Carvern y en el show de Ed Sullivan

Que la tierra le sea leve a Douglas Trumbull

El último superviviente del hampa de Chicago

Inma de Santis

El Álamo

Una musa insumisa

El malvado Zaroff y un elogio a las revistas pulp

Miles Davis

Un polaco y el amour fou

La Legión extranjera como género literario

Conchita Montenegro

Peter Lorre y su cara de villano

El juez de la horca

Syd Barrett

Kathleen Turner

Una caricatura de la hombría

Eric Clapton

Helga Liné

Butch Cassidy

Carlos Arévalo, un cineasta español

Nace el último bohemio

Pascual García Arano

María Perschy

El Combray de Ingmar Bergman

Carlos Castaneda

Una canción de Neil Young

Un suicida dandi

Hedy Lamarr

Philip K. Dick y sus realidades bastardas

La última mujer fatal

Andréi Tarkovski, otro maldito por la censura soviética

Nace la música de la New Age

"Wie einst" Lili Marleen

Una lectura de Byron en Villa Diodati

Un apostol de la sedición juvenil

Ava en mi ciudad

Rider Haggard

Una entrada para la "Historia universal de la infamia"

La Marguerite Duras cineasta

Gallardo y calavera

El hombre que vendió su alma a Elizabeth Taylor

El crímen de Charlotte Corday

Un elogio entusiasta de la urbe

Un ángel caído

Mary Bradbury teme por su vida

Pierre Étaix y su triste gracia

El mejor verano de los Rolling

María Rosa Salgado y su conmovedora discrección

La valentía de Ramón Acín

Sylvie Vartan

La cruz de Malta de Wim Wenders

La epifanía de Louis Daguerre

Carroll Baker

Marie Laforêt y mi amigo Eloy

Eliseo Reclus atisba su quimera

Patty Pravo

Richard Pryor contra sí mismo

Miroslava, una actriz marcada por la fatalidad

France Gall y el doble sentido

Robert Bresson y el cine puro

La gesta de Alekséi Stajánov

Nace el Rimbaud del Rock & Roll seminal

Dominique Dunne, una filmografía que se quedó en el aire

Un actor vampirizado por un personaje

Tolkien publica El Hobbit

La segunda musa de Godard

John Dos Passos entra en la eternidad

Alain Resnais, el cine de la memoria

Una musa del filme noir

El cadáver de Nancy Spungen en el Chelsea Hotel

La historia de Bobby Driscoll

Un icono del feminismo

Recordando a Tina Aumont

Colgaron a Gilles de Rais

Dario Argento

Nico en el cine

Dylan Thomas en su último trance

Brigitte Helm

Un punkie en la Disney 

Nace Billy el Niño

The Wall

Tennessee Williams

Vivien Leigh

Kazuo Sakamaki salva la vida en Pearl Harbor

El proscrito de la Escuela de Barcelona 

47 hombres de honor

Charlotte Rampling

La incomunicabilità del gran MIchelangelo Antonioni

F. Scott Fitzgerald

Un pilar del cómic estadounidense

Juliet Berto

Erik, el fantasma de la Ópera

Una comedia francesa

Un pesimista alegre

Una mirada indolente a la derrota 

Sender en Casas Viejas

Kipling en su último momento

Los hermanos Marx

Puente sobre aguas turbulentas

Anouk Aimée

Mary Shelley

Quentin Tarantino

Neal Cassady 

Natalie Wood

La heterodoxia de Ermanno Olmi

Fu-Manchú

Stefan Zweig pone fin a sus días

 

 

 

 

 

 

EN TU MAIL

Recibe los blogs de Gente en tu email

Introduce tu correo electrónico:

FeedBurner

Archivo

Grupo de información GENTE · el líder nacional en prensa semanal gratuita según PGD-OJD