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Elogio de la fotografía digital (y II)

Archivado en: Entre la imagen y las mil palabras, fotografía

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Maniquís de un establecimiento clausurado en la calle Escalona (vista tomada con mi antiguo Huawei en febrero del 17).

(viene del asiento anterior)

Adquirí mi primera cámara digital -una Canon PowerShot A-540- en agosto de 2006. La calidad de sus imágenes, muy superior a las tomadas en 35 mm. y en 6 x 6, los dos formatos de los que me valí durante mis casi cuarenta años de experiencia analógica, y el hecho de no tener que revelar los negativos y ampliarlos para su positivado en papel, hicieron que el verano siguiente, el del 2007, me entregase a la fotografía digital.

Además de esa calidad superior, infinitamente superior de la imagen digital, todo lo concerniente al cuarto oscuro -una de las tareas a las que he dedicado más tiempo en mi vida, ya que hice del revelado del negativo y su ampliación en papel un auténtico desafío personal- quedaba suprimida con el nuevo procedimiento. La toma de vistas es igual tanto en la analógica como en la digital. Ciertamente, ahora lo normal es que todo sea automático, hasta el enfoque. Pero si el fotógrafo prefiere trabajar manualmente -opción que permiten la mayoría de las cámaras- deberá abrir o cerrar el diafragma y cambiar la velocidad de obturación para obtener uno u otro efecto en su vista. Exactamente igual que se hacía en los tiempos de Cartier-Bresson.

Me costó admitir que aquel antiguo afán de superación en el revelado ya no tenía sentido. Por eso seguí trabajando con mi segunda Yashica, y la Polaroid con carcasa sumergible, hasta el año 2010. Para entonces, el tiempo y el esfuerzo que requería el cuarto oscuro me dejó de compensar. Con mi Canon podía hacer todas las fotos que me venían en gana -que no las treinta y seis del carrete de 35 mm. o las doce del de 6 X 6- y al volver a casa las visualizaba en el ordenador. Llegado el caso, incluso podía trabajarlas a mi antojo con mi Photoshop e imprimirlas, en mi impresora o en establecimiento correspondiente, para su enmarcado.

De esta manera, cuando en 2012, acuciado por unas nuevas estrecheces me vi obligado a vender mi laboratorio fotográfico -después de dos años de no tocarlo, algo impensable en el fotógrafo que fui- y mi Yashica Mat 124-G, la pérdida me causó menos dolor que el que hubiera imaginado cuando pude comprarme aquella réflex, de dos objetivos, merced a la bolsa de un premio de novela, que gané en el 85 en la discoteca El Sol.

Mi experiencia de cuatro décadas afanándome en el cuarto oscuro se había convertido en la tercera de las cosas en las que adquirí cierta pericia que no sirven para nada. Las otras dos, por este orden, son: un repertorio de unas quince o veinte canciones -Bob Dylan, Neil Young, Paul Simon…-, que aprendí a tocar a la guitarra en los años 70; y el manejo de la moviola -vertical y horizontal-, así como la carga de los proyectores cinematográficos, con los que me formé como técnico de montaje en los años 80, cuando aquella ya era una técnica con las horas contadas. Si señor, puedo jactarme de saber tres cosas inútiles.

Con todo fue tanta mi fijación con el 35 mm., tanto fílmico como fotográfico, que, al desprenderme de mi laboratorio, para seguir en contacto con mis negativos, empecé a digitalizarlos todos, desde los primeros tomados en el ya remoto año 75. Para entonces, había dejado de creer en el dogma del blanco y negro, y en el del revelado. Mis clichés eran Tri X, una de las mejores emulsiones en blanco y negro -el Agfapan 400 tampoco estaba mal-, porque yo mismo podía revelar las emulsiones en este cromatismo y entonces me interesaba controlar mis imágenes hasta su ampliación, hasta la copia final. Hoy se puede hacer eso mismo accediendo a un menú de la cámara o del procesador de imágenes con el que se trabaje en el ordenador.

En 2024, la fotografía en blanco y negro me parece una impostura. Es más, quitar el color a una foto, pues de eso se trata, al fin y al cabo, para darle cierto sentido artístico, me resulta un artificio semejante a esos tules y esas gasas, que se aplicaban en los años 70, cuando marcaba la pauta el bueno de David Hamilton y los fotógrafos más cursis querían parecerse a él.

Merced a un escáner comprado con anterioridad a las estrecheces del año 2012 -que positivaba los negativos directamente- digitalicé todos mis cliches de 35 mm. Para los de 6 x 6 me serví del escáner de la impresora. Dedicaba a esta nueva tarea todo el tiempo que me dejaban mis textos, mis lecturas y mi necesidad imperante de ver películas. Creo que tardé tres años. Pero al acabar, por primera vez en mi vida, pude jactarme de haber dedicado a todas las vistas tomadas entre 1975 y 2010 la mirada que requerían. Algo que, con las sempiternas prisas con las que revelaba, nunca me fue posible. Siempre de noche porque, al hacerlo en el mismo lugar donde escribo esto, solo conseguía algo parecido a la oscuridad al caer las sombras. Era fácil que después de una sesión de cinco o seis horas, sólo hubiese sacado tres o cuatro ampliaciones que mereciesen la pena.

En esas condiciones, desdeñé muchos fotogramas sin apenas mirarlos. Al cabo de los años, en no pocos de ellos descubrí tomas buenas que copié satisfactoriamente en los quioscos fotográficos que me salieron al paso. En aquella tarea comencé a valorar mis instantáneas -que según iba digitalizando colgaba en mi cuenta de Facebook y las subía a mis tres nubes- en detrimento de su pretendido sentido artístico, que antaño, unido a las prisas del cuarto oscuro, me hizo desdeñar tantos clichés. Algunos, incluso llegué a tirarlos.

Aquella digitalización fue la primera parte de la epifanía de esta técnica fotográfica a la que asisto. La segunda son esos recuerdos que mis tres nubes -One Drive, Movistar Cloud, Google Fotos- me mandan a diario de las fotos de ese mismo día tomadas a lo largo de los años. Como el sistema se rige por la fecha de subida a la nube en cuestión, una de las alegrías del día es abrir los correos -o las aplicaciones de las nubes en el ordenador o en el móvil- y encontrarme con las distintas vistas que tomé, en otro día como el que estoy viviendo, a lo largo de los años. En el menú desplegable de la “información” también se me ofrece la fecha de la carpeta, en la que obran en mi disco duro, que en las fotos digitalizadas se corresponden con el día exacto, del año más pretérito, en que tomé dicha vista. Como todos sabemos, en la fotografía digital esto no es problema porque las instantáneas se fechan automáticamente de un modo fidedigno.

 

Las nubes, además, me ofrecen la posibilidad de reunir álbumes con las distintas imágenes y todo, ya digo me resulta esa segunda parte de la epifanía digital: bien con la Canon, bien con el teléfono, hago más fotos que nunca. He acabado con el problema de almacenamiento, de los positivos y los negativos, que tenía. Y lo que, quizás sea lo más importante, veo mis imágenes con más facilidad y asiduidad que antes, cuando se me iba una tarde volviendo sobre las fotos de una época. Ya digo. Todo es epifanía, mi epifanía digital.

Publicado el 26 de febrero de 2024 a las 16:45.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con más de cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) fue colaborador habitual del diario EL MUNDO entre junio de 1990 y febrero de 2020. Actualmente lo es en Zenda Libros. Estudioso del cine antiguo, en todos los medios donde ha publicado sus cientos de piezas ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. Por su parte, David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), fue un estudio de la filmografía de este cineasta. El cine negro español (2020) es su última publicación hasta la fecha.  

 


 

          

 

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