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El insolidario

La bandera de Madrid (II)

Archivado en: Miscelánea, la bandera de Madrid

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Un detalle de la calle de Atocha.

(viene del asiento del 8 de febrero)

Mentían cuando decían que iban a redimir a los pobres, que la casta política no les representaba; su único interés era el medro personal, los metros cuadrados y la piscina de su casa: convertirse en la nueva casta cuando levantasen el campamento de la Puerta del Sol, ser ellos quienes pisasen las moquetas del poder. Ni siquiera el discurso había cambiado, venía siendo el mismo desde los días de la tediosa canción protesta, allá en los años 60. Si acaso, cambió la praxis: aquel caos en que sumieron el centro geográfico de España. Aquel caos del que -evocando a mi admirado Agustín García Calvo- anuncié que iba a hablar en el asiento anterior de esta etiqueta.

Y la práctica tan solo cambió momentáneamente. Apenas concluyeron la acampada, volvieron a pastorear a las masas a voces por la calle. Los líderes cedieron el protagonismo a las lideresas, eso sí; del No nos moverán pasaron a la batucada.

Y así fue como el idealismo perroflauta -siempre bajo la égida del estalinismo residual; subvencionado e instruido, además, por todos los enemigos de nuestro modo de vida, desde Irán hasta los bolivarianos- se inició en la actividad más despreciable que puede ejercer el ser humano: la política. La imposibilidad de cuanto proclamaban era sabida, como poco desde 1968, el año de las últimas revoluciones truncadas. Los ingenuos a los que embaucaron, eso es cuanto hubo de nuevo en la llamada spanish revolution del movimiento 15-M.

Les abrió la puerta, para servirse de ellos, como hace con todo el mundo, el mayor felón que ha conocido nuestro país desde la restauración democrática: el Enemigo de Madrid. El adorado entre eructos, en las alfombras rojas, por los comentaristas de RTVE Play. Al fin y al cabo, eso: los malos modales, las ordinarieces, el acoso a voces al adversario por las calles -en la estela de la infausta Revolución Cultural maoísta- fue lo que trajeron a la escena política quienes dijeron ser el azote de su casta, hasta que pasaron a engrosarla y dejaron a un lado el idealismo, el perro, la flauta y la acampada en mi amada Puerta del Sol.

Aún me recuerdo en ella hace más de cincuenta años, cuando la descubría los sábados siendo yo un mocoso, comiendo aquellos perritos calientes que despachaban unos exiliados cubanos, en un pequeño puesto abierto en el vestíbulo de la zapatería Los Guerrilleros. Y también recuerdo aquella máquina de helados italianos, de cucurucho y dos sabores –“dos gustos” les llamábamos los niños de entonces-, que, con la llegada del buen tiempo, atendía un tipo a la entrada del Gran Café Universal. Uno de aquellos placeres de cinco pesetas, que tanto contribuyeron en mi remota infancia a ese amor desmesurado que profeso a mi ciudad.

Me bajó de ese limbo, de ese Madrid que me sé de memoria porque en él fui el niño más feliz del mundo y su mero recuerdo, aún ahora, ya anciano, me reconforta en horas de desaliento; me bajó de ese limbo -decía- la invasión de la cochambre en la Puerta del Sol. Nadie me creerá si confieso que he meditado mucho antes de expresarme así: “la invasión de la cochambre”. Sin embargo, lo he hecho.

(Me explicaré: “La invasión de la cochambre” llamó en el verano de 1975 La voz de Castilla -órgano del Movimiento en Burgos- a uno de los primeros festivales de rock que se organizaron en España, en la plaza de toros de aquella ciudad. Con un cartel que congregó a Triana, Burning o la Companyia Elèctrica Dharma, entre otros muchos, reunió a unos cuatro mil jóvenes. He escrito en numerosas ocasiones sobre aquello, e incluso -ya en épocas más recientes- he colaborado con su organizador. Siempre que me he referido a aquel Festival, lo he hecho con la admiración y la simpatía que me despierta la sedición juvenil fraguada en torno al rock en la centuria pasada, que en aquella cita burgalesa tuvo una referencia fundamental en su capítulo español. En estas líneas yo utilizo esa misma expresión porque, sencillamente, no he encontrado otra mejor. Pero aquellos cochambrosos del 15-M a los que me refiero no tenían nada que ver con el rock. Todo lo contrario, lo suyo era la canción protesta. Hubieran sido de los que abucheaban a Bob Dylan en los primeros conciertos a los que se presentó con su guitarra eléctrica.)

Así que ver a esa gente acampada en uno de los lugares más entrañables de mi ciudad me parecía como debió parecerles a los madrileños de 1808, que allí “riñeron la primera batalla contra las tropas francesas”, según reza la leyenda que les recuerda en uno de los muros de la Real Casa de Correos, ver a los mamelucos cargando contra ellos.

Fue el Enemigo de Madrid quien abrió la puerta de su gabinete a quienes supieron medrar entre aquellos ingenuos que nunca debían de haber salido del diletantismo político del 15-M, quienes debieron de haber vuelto a su casa cuando, finalmente, desalojaron la Puerta del Sol. Fueron además los más mezquinos, los que supieron aprovechar la ingenuidad de los acampados, para reconvertirla a las propuestas de un estalinismo renovado y utilizarla para el beneficio personal. Nada mejor que semejante patulea para el Mentiroso compulsivo que nos gobierna.

¿Tendría algún sentido recordar al Gran Embaucador que la bandera de Madrid, verdaderamente, no es otra que la de España porque Madrid, con independencia de la siempre nefasta política de las autonomías, no es otra cosa que la quintaesencia del país? El mismo Antonio Machado, que tanto alaba la izquierda autóctona, lo ve así: “Rompeolas de las Españas”, llama el poeta sevillano al amado Foro en Campos de Castilla (1912).

El Mentiroso lo sabe. Es consciente de que, para poner en marcha esa confederación de republicas ibéricas que preparan, esa mancomunidad de cantones o lo que maquinen, inexorablemente ha de empezar con el derribo de Madrid. Nada mejor para acabar con una nación que destruir su quintaesencia derribando su capital. La capital es lo primero que toman sus enemigos para derrotar a las naciones.

Por eso, el Felón, en el Consejo de Europa, votó a favor de Frankfurt para ser sede de la Autoridad Europea de la Lucha contra el Blanqueo de Capitales y Financiación del Terrorismo. Al hacerlo, privó con ello de cuatrocientos puestos de trabajo a la ciudad que le vio nacer. Y los antiguos líderes del 15-M que integran su gabinete, chitón con todo su buen rollo, su solidaridad y su populismo.

Si sostengo que la política es la actividad más despreciable que puede ejercer el ser humano es por cosas así. Cuando al Amo de la Verdad le hizo falta gente para formar un gabinete que odiase lo suficiente a Madrid y a su bandera como para tragar con eso y lo que hiciera falta, fue a buscar entre los más arribistas, del caladero del 15 M, a las lideresas que supieron descollar en el movimiento vecinal, a las que despuntaron en las llamadas “mareas ciudadanas” como lo hace una rabanera en una junta de vecinos.

El traído y llevado bien común no cuenta para nadie: solo les mueve a todos el rédito político que cada uno pueda sacar en cada ocasión, el liderazgo personal. El Enemigo de Madrid no dudó en abrir viejas heridas, que parecían cerradas, y arramblar con el espíritu de concordia que contuvo el sempiterno enfrentamiento de esas dos Españas, de las que, entre otras muchas, nos habla su dilecto Antonio Machado.

Los gobernantes sin otro afán que el poder no tienen ideología. Franco -cuyos últimos monumentos ha derrumbado esta gente que nos gobierna, única y exclusivamente por los votos que los educados por sus padres y sus abuelos en el odio a la España franquista le puedan aportar- no tenía ideario alguno. Recurrió al falangista, que interpretó como le vino en gana, para dotar a su régimen de cierta filosofía. Pero en el fondo todo se reducía a dos conceptos: prohibición y obligación. Lo que no estaba prohibido era obligatorio. El actual presidente del Gobierno, tampoco tiene ideología. Ni socialdemócrata ni progresista, nada de nada. Es el más arribista de su gabinete -por eso lo preside- y como cualquier arribista, también es un oportunista al que, en un momento dado, le vino bien aferrarse al discurso de la España plurinacional, de la diversidad de la nación.

Abomino en bloque de la Generación del 98 -si acaso me quedo con el Baroja que escribe sobre mi amado Madrid-; Unamuno alentó y aplaudió el fusilamiento del gran Francisco Ferrer Guardia, quien murió vitoreando a la Escuela Moderna. Abomino en bloque de la Generación del 98 porque, también en bloque, denostaban el cine, la manifestación cultural más importante del amado siglo XX. Con todo, hay un verso de Antonio Machado -el favorito de todo el 98 de ese izquierdismo rancio- ante cuya lucidez me rindo. Es aquel de Campos de Castilla (1912) que reza: “Madrid, Madrid, ¡qué bien tu nombre suena/ rompeolas de todas las Españas!”, el poeta -insisto- apunta aquí a la misma idea de Hemingway, ya aludida en la entrega anterior de estos artículos: Madrid es la quintaesencia de nuestro país.

Pues bien, para satisfacer sus ansias de poder, a falta de otra ideología mejor, el adorado entre eructos por la comentarista de RVTE play, además de a quienes supieron escalar entre los ingenuos del 15-M y el estalinismo residual, ha hecho suyo el ideario separatista de todos los nacionalismos que conspiran contra la unidad de España. Y para que las mareas independentistas fluyan –“mareas”, así en plural, es una de las palabras, o expresiones, favoritas de los nuevos movimientos sociales- nada mejor que acabar con el rompeolas.

(continuará)

 

Publicado el 7 de marzo de 2024 a las 07:30.

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Comentarios - 3

1 | Karlovitch - 08/3/2024 - 17:22

Excelente. Coincido. Y eso que no soy de Madrid (pero lo conozco bien)

2 | Javier - 08/3/2024 - 23:05

Un retrato certero y sobresaliente de esta colección de falsarios sin escrúpulos a la caza, en aquellos infaustos días, de carne de cañón.

3 | Jose Luis - 11/3/2024 - 18:33

completamente de acuerdo en lo referente al 98 me quedo con Baroja y su descripción de Madrid pero también con la de Valle Inclán y su Luces de Bohemia ,por lo demás me ocurre que me encantan las películas españolas sobre Madrid de los 50/69 y su tipismo costumbrista porque allí me crié.
También me parece que están menospreciando y menoscabando a Madrid de paso intentando que tenga una vacua capitalidad y pierda su personalidad que aglutinaba a toda la nación

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con más de cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) fue colaborador habitual del diario EL MUNDO entre junio de 1990 y febrero de 2020. Actualmente lo es en Zenda Libros. Estudioso del cine antiguo, en todos los medios donde ha publicado sus cientos de piezas ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. Por su parte, David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), fue un estudio de la filmografía de este cineasta. El cine negro español (2020) es su última publicación hasta la fecha.  

 


 

          

 

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