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El insolidario

La Bandera de Madrid (III)

Archivado en: Miscelánea, la bandera de Madrid

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La Gran Vía, en el tramo anterior a la Red de San Luis.

(viene del asiento anterior)

La ira de los frustrados (y frustradas)

Ya sea esa suerte de Commonwealth ibérica, ya una unión de estados independientes a la americana, la destrucción de la España que conocimos los que ya estamos en el otoño de nuestros días, que esta gente que hoy nos gobierna trama, empieza por esa advertencia del bueno de Miquel Iceta, cuando ocupaba la cartera de cultura, que no tuvo ningún problema en declarar: “Mientras nosotros gobernemos, no se abrirán más organismos ni museos en Madrid”. Ernest Urtasun, su sucesor -un antiguo comunista, venido de allí donde más odian al Foro, como Iceta-, se ha propuesto llevar esa idea a la práctica y profundizar aún más en ella: ya trabaja para demediar nuestro patrimonio museístico. Qué lejos se queda este acólito de Yolanda Díaz, la enemiga del comercio -como enemigos del comercio, describió Antonio Escohotado a los comunistas- de Jorge Semprún, otro ministro de cultura con un pasado político semejante. Urtasun quiere llevarse de Madrid una buena parte de El Prado. Semprún, sobre el que yo escribía hace unos días en Zenda Libros, jugó un papel determinante en la llegada del Thyssen a nuestra ciudad. Urtasun también es ecologista -fue vicepresidente del grupo de Los Verdes en el Parlamento Europeo- y, siendo el caso de que en este infausto tiempo las juventudes ecologistas se han descubierto como las grandes enemigas del patrimonio museístico del Viejo Continente -agreden físicamente, casi a diario, las obras de arte-, nada mejor que poner a un comunista, verde y oriundo de una de las comunidades donde más se odia a Madrid, a desmantelar El Prado.

La animadversión hacia la capital viene de antiguo. No se reduce ni se remonta a esta gente que nos gobierna. En realidad, el gabinete del Mentiroso Compulsivo, también ha sabido recoger y canalizar el sentir del ruralismo más recalcitrante, siempre convencido de que en la aldea se vive mejor por la ausencia de contaminación, de las grandes distancias y de las prisas madrileñas. Al cabo no es otra cosa que la ira de los frustrados.

Cuando era un niño me daba miedo salir de mi ciudad, fuera de ella extrañaba hasta el agua. Ahora soy un anciano y debo confesar que, todo lo más que he conseguido estar fuera han sido tres semanas y en contadas ocasiones. Ya en aquellos días que se nublaba mi feliz infancia porque me sacaban de Madrid, detecté enemigos de mi ciudad de la ralea a la que me refiero. Aún no me daba el descernimiento para comprender a qué se debía la fobia con la que arremetían algunos, en provincias, contra una ciudad que defiende un niño fuera de ella. Ese niño -ya digo-, era yo. Con el tiempo he comprendido que esa saña se debe a la frustración de quienes, por uno u otro motivo, no pueden formar parte de la grandeza de la capital, organizar aquí su vida.

A esta animadversión apeló la vicepresidenta Yolanda Díaz -abierta enemiga de la noche madrileña-, cuando, allí en su pueblo, para referirse a la presidenta de nuestra comunidad -Isabel Díaz Ayuso-, en la última campaña electoral la llamaba “la madrileña” con ese tono que percibo desde mi edad más temprana, cuando estoy lejos del Foro, entre aquellos que nos odian, solo por ser madrileños, porque envidian nuestro modo de vida.

Eso sí, por mucho que interpeló al odio a Madrid entre quienes la escuchaban, la buena de Yolanda Díaz no obtuvo los votos suficientes para que su partido entrase en el parlamento gallego. No “suma”, como dice ella, ni en su pueblo; solo en las cuentas del Felón. Ni en su solar natal quieren a esta enemiga de Madrid que, como la republicana que es, odia tanto la actual configuración de España, que prefiere referirse a ella como “este país”.

Madrid es para mí tres cosas: mi solar natal, mi territorio mítico y mi casa. En efecto, siendo ese niño que se compraba los cucuruchos de helado italiano en el Gran Café Universal y tenía otro placer en el agua de cebada -ni cerveza ni granizado de café, repito siempre-, que bebí hasta bien entrados los años 70 en los quioscos de la calle Eloy Gonzalo, cuando mi nostalgia madrileña me delataba en aquellos quince días estivales que me llevaban lejos de casa, siempre había alguien que me hablaba de lo insoportable que es el calor de Madrid… Inaccesible a sus sandeces, yo soñaba con mi agua de cebada y los cuarenta grados a la sombra de finales de julio en el amado Foro.

Ruralistas, fracasados que odian a Madrid porque no pudieron sacar adelante aquí el proyecto de vida que soñaron, enemigos del supuesto centralismo, los ha habido siempre. Yo los agrupo bajo un epígrafe: La ira de los frustrados. El espectro de la animadversión a mi ciudad siempre ha sido variado. Pero nunca se vio a nadie como el bueno de Ximo Puig, en sus días al frente del gobierno autónomo de Valencia, cuando fue a decir que Madrid atraía el talento de otras partes de España a su seno y que, por lo tanto, debería ser penalizada con un impuesto especial, solo para los madrileños. Al gabinete del adorado entre eructos en la alfombra roja por la comentarista de RTVE play no le quedó más remedio que frenar semejante desatino. De haber podido, lo habría hecho.Imagen

Bajo el pintoresquismo de personajes como Mónica García, a mitad del camino entre el pastoreo de las masas y la indignación de la vecina que se pone flamenca en la junta de la comunidad de propietarios, su vehemencia, claramente obsesiva, monomaniática, siempre en contra de la presidenta Ayuso -ha promovido diecinueve querellas contra ella, siendo todas archivadas-, ha sido el mejor mérito para entrar en el gobierno del Enemigo de Madrid. Aunque se ponga una parpusa para visitar la pradera en las fiestas de San Isidro, tras ella se esconde una de esas lideresas con un afán de protagonismo que mete miedo. Traía a la gente de Valencia y el resto de las provincias, para pastorearla por las calles en contra de la sanidad madrileña, que, además de totalmente ajena a los manifestantes llegados de otras comunidades autónomas, es una de las mejores del mundo.

Aún recuerdo a aquellos que llamaban “gusanos” a los exiliados cubanos, como los que atendían el puesto de perritos calientes en el vestíbulo de la zapatería Los Guerrilleros, alabando a la sanidad cubana. Sin embargo, en 2014, cuando Fidel Castro, aquejado de cierta dolencia, requirió un médico para seguir tiranizando a Cuba, tuvo que ir un facultativo madrileño -a título personal, aunque adscrito a la sanidad madrileña- para tratar al comandante y guía de todo el comunismo latinoamericano. Me consta -entre ellos hubo gente a la que conozco, amigos míos-, que muchos de los que venían a manifestarse convocados por Mónica García, son de los adoradores de la sanidad cubana por su amor al estalinismo cubano, el sandinismo, la revolución bolivariana y el resto de los movimientos que han sojuzgado Sudamérica desde mediados del siglo XX hasta nuestros días.

Populista hasta el punto de referirse a las series de Netflix y los cromos de los yogures de sus hijos en sus declaraciones, Mónica García supo medrar entre las “mareas” por la sanidad pública, tras la pancarta. Aunque puesta a cobrar ayudas y prebendas es igual que los “fachas”. Así, en marzo de 2023 se vio envuelta en una controversia. Acusó al entonces vicepresidente del Gobierno regional, Enrique Ossorio, de recibir el bono social térmico, una ayuda que ella misma también recibía.

Lideresa de las mil pancartas, cumple reconocer que pocas tienen su capacidad para el pastoreo de las masas. Hizo del derribo de la presidenta Ayuso una cuestión personal, una monomanía enfermiza… Su obsesión también debe entenderse como esa ira de los frustrados a la que me refiero. Nadie mejor que ella para integrar el gabinete del Felón, que como ya se desprendía del anuncio de Iceta, tiene en la descapitalización de nuestra ciudad el objetivo previo a la destrucción de la España que conocimos.

Ese acomodo que se buscó a nuestra comunidad, cuando se puso en marcha la España de las autonomías, no va a servir de nada cuando se ponga en marcha esa España plurinacional que ya planean, en la que ya están trabajando.

El Enemigo de Madrid es un madrileño que, en cada nueva infamia contra nuestra ciudad, me recuerda más a aquellos niños de mi infancia, que, siendo tan madrileños como yo, decían ser del pueblo de su padre. Y el padre les había enseñado que, en el amado Foro, todos éramos funcionarios al servicio del centralismo.

A falta de los votos precisos en todos los sufragios, que le han llevado a la presidencia del Gabinete, el Felón ha sabido rodearse de otros perdedores, tan carentes de escrúpulos como él, e integrar esa amalgama nefasta que nos gobierna. Para su abominable gestión, el Mentiroso ha buscado en los medios de comunicación, entre sus amigos del baloncesto y en el municipalismo. Pero su cantera principal han sido los arribistas que medraron entre los ingenuos de la acampada en la Puerta del Sol -kilómetro cero de mi limbo- hasta erigirse como los líderes del 15 M. La buena de Yolanda Díaz, que dio a su proyecto personal de liderazgo -Sumar- trazas de proyecto colectivo y supo valerse de Irene Montero para medrar sobre ella y acabar echándola -¡casi nada!-, tiene ese odio a Madrid de la aldeana convencida de que aquí todos estamos prestos a engañarla.

El adorado entre los eructos de la comentarista de RTVE play, no hace mucho, tuvo a bien visitar FITUR. Es raro que vaya a nada en Madrid porque, apenas asoma en la capital su aborrecida estampa, los madrileños le insultan como se merece. Allí, en la Feria del Turismo le dio por anunciar que iba a hacer, de ese segundo aeropuerto que reclama nuestra ciudad hace ya muchos años, el más importante de Europa y uno de los mejores del mundo. Naturalmente, no le creyó nadie ¿Qué crédito vamos a dar a un mentiroso compulsivo -que además se cree filósofo y, puesto a justificar sus trufas, resuelve que no hay más verdad que la realidad?

En fin, no había acabado de decirlo cuando la inefable Yolanda Díaz, le desmintió recordando que “no se puede ser ecologista a ratos”. Hablamos de otra comunista de toda la vida, que acusa de machista a quien le diga que se viste y se peina como una burguesa. Olvida que con la misma ligereza podíamos acusarla de racista porque se tiñe de rubia siendo morena. Eso sí, se peina un moño para visitar al Papa con trazas de cura obrero. Desde que dejó el diletantismo de la política gallega y se vino a Madrid para medrar entre los indignados, no ha cejado ni un momento de moverse en contra de nuestra comunidad. Y bien que supo hacerlo -insisto-. Nada menos que para acabar con las lideresas de Podemos.

Pues bien, unas horas antes de lo de FITUR, esa misma vicepresidenta que desmentía al adorado entre eructos por la comentarista de RTVE play, había dicho que para ella era “una condena vivir en Madrid porque soy gallega y en Madrid no hay mar; en Barcelona sí y el mar te da una serie de matices”. Seguro que para ella es una condena vivir en Madrid, pero no porque aquí no tengamos mar. ¡Ni falta que nos hace! Para la vicepresidenta es una condena vivir en Madrid por lo mismo que, hasta hace poco, lo era, sencillamente, pronunciar el nombre de España. Ya digo, se refería a ella como “este país” porque le molestaba pronunciar su nombre. Exactamente igual que a quienes dicen que hablan castellano en lugar de español.

En lo que no tuvo ningún problema la vicepresidenta mejor peinada -tanto que las papeletas de Sumar de los últimos comicios iban presididas por su cara- fue en afirmar que el comunismo -que puso en marcha un auténtico genocidio de clase cuando su célebre asalto de los cielos consistía en exterminar físicamente a toda la burguesía-, fue “una ideología fraterna”. Tan fraterna que se calcula que los comunistas mataron a cien millones de personas a lo largo del siglo XX, sin distinción de clases, credos o razas.

 

Por todo esto, tengo que repetir una vez más que la política es la actividad más despreciable que puede ejercer el ser humano. En buena lógica, con anterioridad, jamás había escrito sobre semejante infamia. Hacerlo me parecía una vulgaridad, una ordinariez en el mejor de los casos. Si he empezado a escribir sobre política en los textos reunidos en esta etiqueta, ha sido porque esta gente que nos gobierna, aunando rencores seculares con la ira de los frustrados, a los enemigos del comercio con los de la unidad de España, se ha propuesto acabar con la grandeza de mi amada ciudad, la prosperidad y la alegría de su paisanaje, antes de que acabe su infame legislatura. ¡Madrid nos llama! ¡Es objeto de la ira de los frustrados!

(sigue en la entrada del dos de mayo de 2024)

Publicado el 12 de marzo de 2024 a las 06:45.

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Comentarios - 5

1 | Javier - 14/3/2024 - 00:39

Y utilizando la AEAT para conseguir información de un ciudadano particular. Cada día una patada más fuerte al Estado de Derecho. Excelente artículo

2 | Javier Memba (Web) - 14/3/2024 - 06:13

Muchas gracias. Celebro que te guste.

3 | Jose Luis - 14/3/2024 - 11:46

La ira de los frustrados es una gran definición de los nuevos odiadores de Madrid. Se da la circunstancia de que las instituciones expatriadas de Madrid funcionan peor allá donde se establecen, pero no por ello se cortan y votan en contra de situar aquí la agencia europea anti blanqueo o cualquier otra futura implantación.
Excelente serie de artículos

4 | Javier Memba (Web) - 14/3/2024 - 13:57

Muchas gracias. Me alegro de que te lo parezcan. Un brazo.

5 | Javier Memba (Web) - 14/3/2024 - 14:15

PS Es decir, "un abrazo", que no "un brazo" como figura en el comentario anterior.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con más de cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) fue colaborador habitual del diario EL MUNDO entre junio de 1990 y febrero de 2020. Actualmente lo es en Zenda Libros. Estudioso del cine antiguo, en todos los medios donde ha publicado sus cientos de piezas ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. Por su parte, David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), fue un estudio de la filmografía de este cineasta. El cine negro español (2020) es su última publicación hasta la fecha.  

 


 

          

 

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