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El insolidario

Tres camareras del año 83

Archivado en: Ficciones, inéditos

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Tres camareras del año 83

Está dedicado.

I. Lili

            "Aquí estuvo la antigua maravilla que imaginé bajo sus hombros con tanto ardor", me repetía a mí mismo mientras oía hablar a Lili. Nunca llegué a saber su verdadero nombre. Más aún: nunca llegué a saber si las "i" que lo componían eran griegas o latinas. Puede que la primera fuera de éstas y la segunda de aquéllas. ¡Qué sé yo!

Escribir que la escuchaba sería mucho decir. La oía, y muy lejana aunque estuviera junto a mí. Lejana había estado durante tantos años que lo seguía estando ahora, por más que camináramos juntos -tan juntos que percibía su perfume- por una glorieta que conozco desde siempre aunque, si alguien me preguntara su nombre, no sabría qué responder.

Era invierno -de un tiempo a esta parte siempre es invierno-, pero los días ya empezaban a ser más largos y más lenta la puesta del sol. Ese primer anuncio del verano me resultaba grato, como el perfume de Lili. Pero, al igual que los aromas de Lili, la primera prueba de que volvía la canícula me había dejado de seducir. Ya ni siquiera recordaba cuanto tiempo había pasado desde que comprendí que el estío -como el fulgor poético o el amor al rock- es una ficción de la juventud.

Veinticinco años antes, en el 83, cuando vi a Lili por primera vez, los veranos eran uno de los mayores placeres que me ha deparado la vida, un tiempo mágico en el que todo podía suceder. El cuarto de siglo, los cinco lustros transcurridos desde entonces, además de llevarme de una época a otra -entendiendo por "época" una medida del tiempo superior a las demás-, habían conseguido que cuanto quise alzar con mi fantasía se viniera abajo con su razón.

Pero antes, los veranos eran aquel calor de julio, que se prolongaba hasta mediados de agosto, ondulando el aire y el asfalto, quitando ropa a las mujeres. Jamás olvidaré una espalda anónima, vista fugazmente -el tiempo que tardó en abrirse el semáforo- mientras la desconocida esperaba para cruzar la calle Bailén. Sé que fue una espalda gloriosa porque entonces, en el verano de 1983, sólo tenía ojos para dos formas de las mujeres -"las tías", que las llamaba aún-: las que guardaba su escote, aquella antigua maravilla que tanto imaginé en Lili, y las que empezaban allí donde la espalda precisamente pierde su nombre.

No. No soy excesivamente nostálgico. Incluso apuntaré que el devenir de los días me ha dado mucho más de lo que me quitó. En ese cuarto de siglo que me ha llevado de la fantasía a la razón, he perdido, por ejemplo, la línea y la arrogancia para exhibirme en bañador. Pero he ganado en perspectivas para la contemplación de una mujer. Antes sólo eran dos cosas, dos volúmenes -o tres habida cuenta de que el anterior son dos-, los que admiraba en ellas. Me parecían bastante porque, aquellas que me atraían, me daban una alegría al acercarse y al alejarse. Dicho de otra manera, era un placer verlas por delante y por detrás.

En esos cinco lustros de filosofía barata, de necios razonamientos de barra de bar, he aprendido a admirar los hombros tan bellos como a buen seguro lo fueron los de Lili, aunque en mi obcecamiento de antaño por descubrir aquella maravilla que se alzaba bajo ellos nunca llegué a reparar en su gloria. En esos veinticinco años que me han llevado de la juventud a la cumbre de mi edad -llamémoslo así-, también he descubierto la belleza de los cuellos y de mover los brazos. La belleza de las mujeres puestas a sobrevivir.

La voz, esa voz de las tías, luego las fanis, una vez me hubo pegado Masegosa la expresión. La voz de las mujeres, que las llamo hoy, más o menos inconscientemente, siempre tuvo un gran poder de seducción sobre mí. Pero hubo un instante, en ese periplo que me llevó del 83 al 2008, en que empezó a maravillarme observarlas al caminar. No verlas mover las caderas con los consabidos zapatos de tacón, uno de los principales motivos del magnetismo de contemplarlas alejarse, acción que ayer me hacía volverme tras el paso de cuantas llamaban mi atención con la misma diligencia que lo hago hoy.

Lo que me ha dado el curso del tiempo ha sido el entusiasmo con que las veo moverse. Y diré más. De niño, sin tener todavía experiencia suficiente como para sentir nostalgia, en Nochevieja imaginaba que habría de ser tan grato, como me estaba resultando aquel paseo junto a Lili, verificar el paso del tiempo en las personas y en las cosas que conocí.

En efecto, la cumbre de la edad me ha dado mucho más de lo que el camino a ella me quitó. Pero nada ha vuelto a ser tan dichoso como el descubrimiento e inmediata mitificación de las camareras. Acaeció el feliz hallazgo en el carnaval de 1983.

A la sazón, Quintanilla -mi camarada de entonces- y yo, siempre ávidos de mujer, acostumbrábamos a matar no pocas tardes admirando a las dependientas de El Corte Inglés. Una cara bonita nos llevaba de la planta joven al departamento de discos o a cualquier otra sección. Nuestro objetivo era conocerlas, entablar conversación a cuenta de una oferta o de lo que fuera menester. Siempre acabábamos bebiendo mucha cerveza y escuchando mucho cool jazz en determinados establecimientos de los aledaños de la Gran Vía. Aquellos fueron los tiempos en que el jazz moderno suscitó en mi ciudad un insospechado apogeo entre antiguos amantes del rock. Proliferaban los bares en los que se escuchaban las delicias de catálogos como el de Blue Note Records. En uno de aquellos establecimientos conocimos a Lili.

Nos cautivó desde el primer momento -sobre todo a mí-, al levantar la vista para preguntarnos qué íbamos a beber. Su magnetismo era ese que sólo puede ejercer una mujer sobre un hombre. A decir verdad, a nuestros veintitrés años, Quintanilla y yo, más que hombres propiamente dichos, aún éramos unos muchachos a quienes les daba vergüenza entrar solos en un bar. Por eso siempre íbamos juntos a ver a Lili. En un principio, yo bebía ginebra. Lima con ginebra. Quintanilla siempre fue de güiscacho, que llamaba él al escocés. Pero era ella -que no el alcohol- lo que en verdad nos llevaba a la barra de Lili.

Sí señor, fue en los carnavales de 1983 cuando llegué a la conclusión de que no hay nada más bello y fascinante que la noche. Dicen que el de la noche -la Luna- es un mito materno frente al día -el Sol-, un mito viril. La irrupción de las camareras en la escena nocturna madrileña, que dio comienzo en aquellos bares de los aledaños de la Gran Vía a los que íbamos a escuchar cool jazz, vino a demostrarnos la maternidad de las sombras.

¿Las camareras o mi sed? Tampoco sabría decir qué fue antes. Lo cierto es que habiendo bebido -esporádicamente pero hasta la ebriedad- desde una edad tan temprana que prefiero no consignar, empecé a emborracharme deliberadamente cuando aquellas chicas, que contaban entre las mas atrayentes del Madrid diurno, empezaron a ponerse tras aquellas barras que las convirtieron en el mito erótico que desplazó al de las dependientas de El Corte Inglés. Con anterioridad a ellas, las únicas mujeres que se veían en las noches de mi ciudad eran prostitutas tan desvencijadas como cabe esperar tras una vida dedicada al sexo mercenario. No es de extrañar que con los nuevos usos, Quintanilla empezara a vitorear al alcohol y a las mujeres en sublime unión.

Unos meses después, cuando los primeros rigores del verano hicieron que Lili nos mostrara su escote, la noche -y no es retórica- empezó a ser mucho más maternal. Fue tan grande nuestro anhelo de admirar las dos maravillas que se alzaban bajo sus hombros que empezamos a visitarla a primera hora, cuando se agachaba para meter los refrescos en las cámaras frigoríficas. Disimulábamos hablando de cualquier cosa. No era la charla, sino la interlocutora, el objeto de nuestro interés. Fantasear sobre esos volúmenes mientras pronunciábamos palabras al tuntún era lo que nos llevaba allí, a su calor. Lili se dio cuenta, por supuesto. Lo tomó de buen grado. La cuarta o la quinta vez que me cogió asomado a su escote incluso me sonrió.

Aquel fue el comienzo de nuestra falsa amistad. Falsa porque debió ser amor. Mi incertidumbre -ante las mujeres que me atraían, ante las primeras decepciones que me deparó la experiencia, ante las miserias y desdichas que la vida me venía descubriendo desde la adolescencia- era una de las pocas cosas ciertas de entonces. Otra habría de serlo esa intuición de que no hay que hacerse amigo de las mujeres que te gustan. No tardé en caer en este error. Con ello supe que la noche también es una entidad platónica y percibí por primera vez un perfume de Lili.

Fue en el año 90. El aroma de la amiga a la que tanto deseé, que recordaba muy distinto a ese que exhalaba ahora al caminar juntos, impregnaba un petardito que nos fumamos a medias en un bar en el que volvimos a coincidir. Lili ya no era camarera. Perdida y encontrada por primera vez, en el entretanto, mi admiración por ella había empezado a remitir. No volví a hacer por verla.

A mi juicio la suerte no existe. Nuestro destino ya está predeterminado. Alguien lo escribe desde algún sitio y nosotros nos hacemos más cumplir con lo que se ha dispuesto allí para nosotros. No fue casual, aunque lo pareció, que el mismo día en que se cumplía mi cuarto mes de abstinencia apareciera en el fondo de un cajón mi agenda del año 83. Al volver a ver el nombre de Lili y su número la recordé.

Y allí estaba yo, cinco lustros después, oyéndola y hablando al buen tuntún. Como cuando iba a verla llenar las cámaras. Le comenté que hacía muchos años que no sabía nada de Quintanilla. Pero ella ni se acordaba de él. Sí recordaba mi antiguo afán por su espetera. O al menos lo recordó cuando advirtió que mi vista volvía a buscar aquellas formas mientras caminábamos. "La belleza es tan efímera como la juventud", consideré.

"Sabes que las perdí", me confesó entonces con esa confianza que nunca hubiéramos tenido de habernos dado al amor. Eso sí que lo escuché. Y me desconcertó tanto que creí haber oído mal. "El cáncer de mama puede llegar a ser uno de los más agresivos y el mío, desde luego, lo fue", insistió al advertir mi desconcierto con las mismas que mi renovado interés por sus antiguas delicias, aquel deseo que pasó sin cumplirse.

 Se mostraba imbuida por ese extraño orgullo con el que algunos enfermos o discapacitados se jactan de su desdicha. La exaltaba el mismo espíritu que parecía alentar a una mujer a la que vi en la playa con un seno amputado y bañándose en topless. Imaginé que la antigua maravilla ahora serían dos prótesis.

Ya no deseaba a Lili. En realidad había dejado de hacerlo en el otoño del 83, cuando descubrí una nueva camarera con un escote y unos muslos más sugerentes. La llamé para darme a ese placer sutil que me procura la verificación del paso del tiempo. Todo me parecía como si ninguno de los dos hubiéramos acudido a nuestra cita. Seguí hablándola y escuchándola al buen tuntún.

 

II. Susi

"Seguro que significa algo", me repetía con insistencia. Consciente de que alguien escribe nuestro papel en el tinglado de la antigua farsa, también estaba convencido de que tenía que obedecer a un excepcional porqué algo tan extraordinario como volver a encontrar ahora, que la noche había acabado para mí, una antigua agenda. A la vista de los teléfonos en ella anotados debía de llevar languideciendo en el olvido desde el año 83, cuando el poder de las sombras me cautivó. Me dispuse a descubrir el singular porqué. Barajé así varios nombres y sus correspondientes números para acabar desdeñándolos con una indeferencia directamente proporcional al ardor con el que deseé en su momento que aquellas camareras me dieran su teléfono.

Sin embargo, al encontrar en las páginas de la "S" el número de Susi Ferreiro -a las chicas siempre las organicé por el nombre, consideraba que era un criterio más íntimo que el del apellido, con el que organizaba los números masculinos- me atrajo con el mismo hechizo que me llevó a su barra cuando la conocí.

Aunque fue por el 85 o el 86 cuando tomé el término de Masegosa. Es decir, casi dos años después de dejar de ver a Susi, Susi era la clásica fani. Su verdadero encanto estaba en su forma de moverse sensualmente al ritmo de la música. Nunca llegaba a bailar -no creo que haya nadie capaz de bailar cool jazz- pero la fascinación que ejercía sobre mí cuando empezaba a contornearse escuchando una trompeta con sordina -y sobre el resto de la parroquia masculina que la admiraba a la sazón-, no desmerecía en sugerencias a las de esas chicas que se subían a bailar a la barra en algunos bares de rock. Lo más curioso, tras adorarla en esos movimientos que hacían imaginar a una mujer altiva, era que todo, absolutamente todo, lo expresara con una sonrisa.

Siempre estaba contenta. Con las mismas que te explicaba que "el olor raro" de primera hora procedía de la cerveza, que se pudría en el fondo de las botellas que aguardaban ser devueltas al repartidor, te comentaba que se encontraba mal porque le dolía el quiste que tenía en un ovario. No creo que ignorara que esos comentarios me excitaban. Más bien me inclino a pensar todo lo contrario. Pero bendigo su desparpajo por igual.

Veinticinco años después de aquella noche, que Susi y su compañera, tras cerrar, se vinieron con nosotros de marcha; y ya camino a otro bar, avanzada la madrugada, Quintanilla paró el coche en una esquina de la calle Altamirano; y al ritmo de unos boleros que sonaban en el radiocasete del Talbot bailamos con ellas, agarrados en medio de la calle... Veinticinco años después de tanta dicha, Susi, la gran Susi, había perdido su gracia. Calculé que la mueca -que parecía iluminarle el rostro aunque en realidad se lo crispaba- habría de ser el resto de esa eterna sonrisa con la que yo la mitifiqué.

Ahora, la Susi que volvía a ver, estaba tras el mostrador de una perfumería. Me hizo visitarla allí porque se aburría. La tienda, en la que ella sólo era una dependienta, no marchaba. Ese destino, cuyo guión nos escriben, está plagado de ironías. Mi antigua musa soñaba con ser dependienta de El Corte Inglés. En ese cuarto de siglo de borracheras, tan estrechamente ligadas a la hermosura de las camareras, había tenido oportunidad de comprobar que éste era un anhelo asaz frecuente en aquellas mujeres.

A decir verdad, el afán de emplearse en El Corte Inglés les asaltaba en el ocaso de sus días entre las botellas. Al principio, recién llegadas a la barra, todas querían ser modelos. Bien es cierto que a ninguna, de las decenas que me gustaron, le faltó belleza y distinción para pisar cualquier pasarela. Pero muchas son las llamadas y pocas las elegidas. Mientras yo vaciaba botellas del ron -porque el ron sucedió a la ginebra en mi monomanía-, ellas envejecían abriéndolas.

Siempre la misma rutina hasta que un día -acaso el mismo que yo me di cuenta de que era un borracho al verme bebiendo coñac en un bar sin camareras- comprendían que ya no habrían de llamarlas para ningún otro casting. Se miraban las manos y, al admitir que estaban irremediablemente estropeadas, aceptaban también que seguir enviando fotos a la agencia era tan inútil como todas esas cremas, que se habían estado untando desde que empezaron a fregar con agua fría. Era entonces cuando soñaban con convertirse en dependientas de El Corte Inglés. Pero ya se les había pasado la edad.

Esa fue, a grandes rasgos, la suerte de Susi. Lo sabía. Lo que ignoraba era aquel amor que aseguró haber sentido por mí. Pude horadar aquel calor que aún recordaba en ella al bailar a la intemperie de la alta madrugada en la calle Altamirano. Pero mi borrachera ya me había llevado de esa primera lucidez que da el alcohol -en verdad breve- a su inmediata ceguera. De ahí que un ciego sea el término más adecuado para referirse a un buen melocotón. Y así quedó sin cumplirse un deseo que sí pude satisfacer.

No es sólo la belleza, toda gloría es efímera. Las oportunidades sólo se presentan una vez ¡Fueron tantos los trabajos y las ocasiones para el amor furtivo que perdí por beber! Hubo noches que incluso con la virilidad exaltada y empujando contra ella -no Susi, cualquier otra que se hubiera dejado seducir-, me fue negado el placer. Ese placer tan breve pero que es lo mejor del mundo si te lo da la mujer que deseas.

Cuando me despedí de Susi, ella se disponía a pasar una visa por la terminal. No quedaba nada de su antiguo esplendor.

 

III. Sara

Todas las camareras que conocí en todas las noches de mis cinco lustros de experiencia como borracho ya tenían la apariencia de un recuerdo al verlas por primera vez. Si cabe, esa sensación de surgir para el olvido inmediato, en Sara fue aún mayor. Aún disfrutaba de ella -de su devota contemplación, quiero decir- cuando empecé a reconocer sus gestos en otras chicas. Incluso después, muchos años después de haber dejado de verla. Muchos años después de empezar a beber solo y de que las fanis comenzarán a ser las mujeres; cuando las camareras que me inspiraban ya tenían invariablemente de quince a veinte años menos que yo, seguía reconociendo en ellas aquella gracia pretérita de Sara al coger la botella de ron, siempre por detrás. Al hacerlo les comentaba que sus movimientos me resultaban familiares y ellas me invitaban al cubalibre. Eso bastaba para sentirme alguien importante. Si Quintanilla o Masegosa hubieran podido verme en mis últimas noches, cuando esas camareras que les hubieran dejado locos me invitaban a beber, se hubiesen sentido orgullosos de mí.

El número de Sara ya no era el que obraba en mi agenda. No obstante, al telefonearla a él me supieron dar razón del bueno, donde la podría encontrar. Mi interlocutor en esta segunda llamada dijo ser el marido de mi antigua musa y me confundió con alguien a quien estaban esperando. "Se ha ido a buscar al niño. Vete a verla allí". Al notar que yo no sabía dónde era ese "allí" me dio la dirección.

Un cuarto de hora después estaba inmerso en el alboroto de la salida de un colegio. Busqué a Sara entre las madres que esperaban a sus hijos en la puerta. No fue fácil, pero la reconocí. Sin embargo ella, aunque cruzó una mirada conmigo, no me quiso ver. A veces me creo que es cierto ese espectro del tiempo que nunca fue. Un tiempo en el que Sara me cautivaba al coger las botellas, al extender la mano para cobrar y, sobre todo, al untarse aquella crema que resultó ser una necedad.

Las mano de Sara, la de coger las botellas y cobrar, estaba hinchada. Agarraba con fuerza la de su hijo. Sentí el impulso de acercarme a ella y decirle que era yo, su antiguo admirador. Sin embargo, se impuso esa razón que ahora apuntalaba cuanto mi fantasía de antaño alzó. Lo que fue, lo pasado, es mejor seguir contemplándolo desde la distancia. Las camareras fueron una ficción, como la lucidez del alcohol. Mejor seguir recordándolas como eran cuando me hicieron feliz.

En los remotos días de la adolescencia, aquellos que ya habían entrado en una chica por primera vez, sin que su virilidad se hubiera erguido plenamente con anterioridad, hablaban de cierto "dolor gustoso". Mi experiencia con la noche, el ron y las camareras, a las que tanto admiré sin llegar a conocer íntimamente a ninguna... Los mejores años de mi vida, en fin. Todo me parecía como ese mítico dolor del que  hablaban los más precoces en conocer mujer. Dañaba, sí. Pero era preferible a una fimosis practicada por las buenas en la consulta de un doctor.

(Marzo, 09)

 

Publicado el 5 de mayo de 2010 a las 18:00.

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Comentarios - 2

1 | Otro ex dipsómano - 06/5/2010 - 10:36

¿Es totalmente autobiográfico este relato? Lo veo dentro de la etiqueta ficciones, aunque parece muy real. Me ha gustado mucho.

2 | Edu - 06/5/2010 - 16:24

Eres un valiente, Javier! Buen relato.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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