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Blog de Javier Memba

El insolidario

La inocencia de Anna Has

Archivado en: Ficciones, inéditos

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I

                   "Siempre que te acerques a ellos me bailas. ¿Eh? Hagas lo que hagas, tú siempre bailando... ¿No ves que es lo que más les gusta?"

                   Eso fue lo único que estuvo diciéndole Sanchidrián la primera semana.

                   Ella aún se paralizaba por el rubor. Luego, de un día para otro, apenas estrenó esas botas que le sobrepasaban las rodillas -desde que Michelle se presentó una noche con ellas fue un pequeño capricho que acabaron por permitirse todas-, empezó a bailar como una autómata. Como si no fuera con ella la cosa cuando la miraban. Incluso aparentaba ser quien no era. Todo pasó tal y como Lucyna, su hermana, le anunciara.

                   Cierto que algunos clientes le decían algunas cosas. Aun sin entenderlas, habida cuenta de la voz y el ademán con que las pronunciaban, las imaginaba.

                   Pero la gran mayoría, apenas cruzaban una mirada con ella, se avergonzaban. ¡Natural! De haberse atrevido a mirar a una mujer cara a cara, nunca hubieran visitado un establecimiento como el que empleaba a la joven Anna.

                   Sus compañeras, cada una a su modo, eran tan infelices como ella. Bailaban y sonreían constantemente, escuchaban y hacían lo que fuera menester -siempre y cuando no existiera contacto directo con el cliente, por supuesto-, pero todas soportaban su pequeña desgracia. Anna lo sabía bien porque había escuchado la historia de cada una de ellas -igual que todas ellas supieron de la suya- en aquellas largas horas que esperaban la salida a la pista central, a la pasarela o a que un hombre pulsara su número en las "cabinas morbo".

                   Mientras tuvieran papeles, a Sanchidrián todas le valían: de color -a las que nunca llamaba negras-, latinoamericanas -que no sudacas-, marroquíes -nunca las moras-, rumanas...

                   Incluso las feas contaban para él. Ante estas últimas evocaba dos adagios. Según le entraban en la oficina, aquel que se refiere al "roto" que hay siempre para el "descosido". Después, cuando empezaban a trabajar, el concerniente a lo poco que se ha escrito sobre gustos...

                   Ahora bien, lo de las indocumentadas ya era otro cantar. "Porque aquí viene mucho la policía", se justificaba ante aquellas que se veía en la obligación de rechazar por carecer de permiso de residencia.

                   Sí señor, todas le valían, pero sus favoritas eran las polacas. Siempre tan guapas, tan parecidas a las alemanas y a las españolas, "tan como gustan las tías aquí. Son tan rubias, tienen los ojos tan azules... En fin, son tan finas que desnudas parecen pijas.  Vestidas la cosa ya cambia. ¡Pobres! Su ropa es tan barata que se ve a la legua su condición de emigrantes", se repetía Sanchidrián, consciente de que en su negocio pocas cosas se apreciaban tanto en una señorita como que pareciera una pija.

                   "Ahí la tienen amigos, una niña bien, tan bella como una chica Bond, y está comenzando a desnudarse para ustedes -anunciaba por el micrófono del establecimiento cuando Anna salía a la pista central-. Háganse con monedas en caja y vayan ocupando nuestras cabinas. Dense prisa, que ya quedan pocas libres".

                   Tantas eran las polacas que habían trabajado con él que el nombre de Sanchidrián ya era conocido entre muchas de las jóvenes de los lugares más míseros de Varsovia, Cracovia y Lódz. Cuantas deseaban emigrar a España sabían lo fácil que era ganar dinero en Madrid con él. Las veteranas ponían en antecedentes a las neófitas. Luego las recomendaban ante el que habría de ser su patrón en la capital.

                   Así, las hermanas y las amigas de sus antiguas colaboradoras le llegaban a Sanchidrián con referencias, además de sabiendo en qué consistía el trabajo. Esto último suponía todo un alivio para él. Allá en Polonia se decían unas a otras que más valía eso que la prostitución. Se podían ganar con facilidad unas doscientas mil pesetas al mes, lo que en zlotys venía a ser bastante más de lo que una familia media precisaba para vivir medianamente durante medio año.

                   Como le llegaban sabiendo a lo que iban, a Sanchidrián ni siquiera le hacía falta decirles que se desnudaran. Lo hacían ellas sin más cuando se le presentaban en el despacho. Sabido era que él nunca se abalanzaba sobre ninguna, como hubieran hecho tantos otros ante jóvenes tan guapas. Es más, en cierta ocasión, la tristeza que le causó comprobar que las bragas que una muchacha se le quitó aún lucían la etiqueta con el precio -de lo que quiso concluir que se las acababa de comprar para estar más presentable ante él- le conmovió sobremanera. A partir de entonces, la ropa interior y los bikinis usados por las chicas mientras bailaban, al igual que las pizzas encargadas cada ocho horas, corrieron por cuenta de la casa.

                   "Hazte un piercing ahí, que eso les vuelve locos... No sé. Quizás un tatuaje", aconsejaba a las que veía más recatadas.

                   Ése era todo el trato que Sanchidrián tenía con sus chicas. Podía llegar a pegar a los patosos que intentaban propasarse con ellas, pero jamás se tomó confianzas con ninguna. Más aún, cuando aquellas por las que se sintió atraído -que también las hubo- le correspondieron, evitó sus miradas para evitar así problemas entre ellas y las que no le miraban.

                   "Ponte Claudia, como Claudia Schíffer o Emmanuelle... ¿Cómo lo ves?". Una vez acordadas las condiciones del contrato, siempre las sugería que se cambiaran el nombre.

                   Anna, que aún no hablaba español, medio en francés -que Sanchidrián chapurreaba-, medio por señas -el auténtico lenguaje universal- fue la única que declinó la propuesta.

                   Sanchidrián, algo desconcertado, volvió a mirar el permiso de residencia de la muchacha. Al comprobar que su nombre se escribía con dos enes le pareció lo bastante exótico como para figurar debajo de la foto, que la mostraría desnuda junto a su número en la vitrina donde se exponían los retratos de las señoritas que animaban el establecimiento y consintió.

                   Cuando Anna salió a la pasarela por primera vez, lo hizo con tanto rubor que su jefe consideró seriamente la posibilidad de haberse equivocado al contratarla. Llegado el momento de quedarse en top less, dejó de bailar para quitarse el sujetador.

                   Bien es verdad que ninguno de los hombres que bebían en la barra que se extendía bajo los pies de la muchacha, visto lo que Anna ocultaba, dijo nada. Fue ella misma quien se sintió incomoda con su sonrojo. De modo que se aplicó en su triste empresa con tanto ahínco que ahora era el mismo Sanchidrián quien se maravillaba de lo bien que había aprendido a bailar.

                   En la pasarela, sin más prendas que las botas que le sobrepasaban las rodillas y las bragas, se agarraba a la barra mejor que ninguna. Ponía exactamente las posturas que los hombres demandaban. Después, con un desparpajo inimaginable la noche que empezó, se paseaba con descaro por la barra, esquivando los vasos de las consumiciones, mientras suscitaba las miradas más encendidas. Su español aún era bastante precario, pero sabía responder con el gesto adecuado a los más exaltados de sus admiradores.

                   De la pasarela, las chichas pasaban a la pista central, rodeada por treinta cabinas individuales en las que los más ardientes se consolaban solos observando el stripease de las señoritas.

                   Aunque sabía las prácticas a las que se entregaban esos hombres -a quienes no veía tras el cristal polarizado de sus comportamientos-, aunque le repugnaba inspirar esas caricias, también allí aprendió a desenvolverse, llegando a ser una de las reinas del peep show.

                   Cuando Anna ocupaba la pista, las ranuras de las cabinas recibían más monedas que con ninguna otra; cuando la abandonaba, la argelina que fregaba el suelo se quejaba, sin que nadie la oyera, de todo el placer que suscitaba nuestra protagonista. Vertidos que ahora tenìa que recoger ella.

                   Sí señor, dos meses después de que Anna entrara por primera vez en las "cabinas morbo" -que no eran sino aquellas en las que la señorita y el cliente se encontraban vis a vis- había inspirado el goce de varias decenas de hombres a los que nunca volvió a ver. Aparentemente, de la chica que fuera aquella primera vez, cuando llevaba apuntado en un papel las frases con las que habría de referirse al precio y a los servicios, no quedaba nada. Ahora sabía exponer la oferta y sus tarifas con toda la soltura que era menester. Si bien, aún conservaba algo de acento extranjero:

                   "¿Sabes cómo funciona esta cabina? -les preguntaba-. Las quinientas pesetas que has echado sólo son para ver. Por dos mil, hago striptease; por tres mil, me acaricio"...

                   Anna se detenía ahí, en las caricias de tres mil pesetas. Aunque sus compañeras, valiéndose de los artilugios que llevaban en el pequeño neceser con el que acudían a las llamadas de las "cabinas morbo", tenían ofertas hasta de cinco mil pesetas. Este último de los números especiales.

                   Aunque no llegaba más allá de las caricias de tres mil pesetas, Anna sabía fingir la satisfacción que estas le procuraban. También había aprendido a dar al hombre el papel para que se limpiara al acabar. A tal fin utilizaba la misma ranura por la que ellos le pagaban.

                   Lo mejor era no tenerlos que tocar en ningún momento; lo más fácil, mirar para otro lado cuando se hacía evidente la prueba de su satisfacción.

                   Sí señor, dos meses después de su llegada a Madrid, Anna Has bailaba mejor que nadie. Sabía incluso "poner cara de vicio a los hombres", como decía Emmanuelle.

                   Sin embargo, seguía siendo la misma chica tímida de Lódz: la música que inspiraba su constante balanceo sonaba en alguna otra parte. Era como si bailara al ritmo de una canción escuchada en algún otro lugar, a miles de kilómetros del peep show.

 

II

Madrid, 27 de marzo de 2000

     Querido Andrzej:

     Tu total ausencia de noticias -no has respondido a las tres cartas que te he escrito desde que estoy aquí- me lleva a pensar que sigues enfadado conmigo. Por lo tanto, sólo puedo repetirte lo que ya te dije cuando, al despedirnos, yo no lo quise hacer: Tengo miedo, no lo puedo remediar. No sé rebelarme contra mi educación. Guardo eso, como lo guardó mi madre, para cuando nos casemos. Porque espero que aún te quieras casar conmigo. ¿Qué aliciente tendría, si no, el matrimonio para nosotros? Ya sé que aquí, ya sé que en los lugares donde la gente es rica, las mujeres lo hacen como los hombres, cuando les apetece. Después, se levantan de la cama, y, a lo mejor, nunca más se vuelven a ver. Si trae consecuencias, hay métodos para arreglarlo al alcance de cualquiera. Aquí, eso, es dinero, como todo. Pero esa actitud no va conmigo, tal vez por eso yo no soy de aquí. Para mí, eso, es algo tan maravilloso como el amor... De verdad que de otra manera no podría. Nunca podré. No me guardes rencor...

     Ya ves, yo ya he olvidado que tú, con tu insistencia, estropeaste nuestra última tarde. Fue todo tan bonito que prefiero recordarte bailando nuestra canción en el café. Ni siquiera recuerdo que no quisiste ir a despedirme al aeropuerto. Escríbeme por favor. No sé si seguimos siendo novios. Echo tanto de menos tus noticias.

     Déjame ahora que te hable de la fábrica que me emplea. Por suerte, ya me han pasado a la sección de embalajes. Empezaba a estar cansada de tanto fregar el suelo. Como en mi nuevo destino el trabajo es a destajo, creo que en un año ganaré el dinero suficiente para que mis padres paguen lo que deben y que tú y yo nos podamos casar. Aquí los sueldos son muy altos y yo apenas gasto nada. La comida nos la da la empresa. Para cenar nos hacemos cualquier cosa. Como ya te he contado, comparto un piso con Maruschka y con Mimsy. Ya sabes, mis antiguas compañeras en el equipo de gimnasia. Cuento los días que me faltan para volver, como tú contabas los que te faltaban para licenciarte del ejército.

     Milagros, la única española que trabaja conmigo, es la que me ha enseñado lo poco que conozco de Madrid. Se trata de una ciudad muy grande en donde todo es muy caro, se consume muy deprisa y todo el mundo parece feliz. Nada que ver con nuestro Lódz. Nosotros, los polacos, apenas tenemos problemas. Pero es porque casi no se nos nota que somos de fuera. Por lo demás, en España se trata a los emigrantes igual de mal que en cualquier otro lugar.

     Escríbeme pronto. Te quiero.

     Anna.

 

III

                   Poco o nada fue lo que Milagros -para los clientes Emmanuelle- enseñó de Madrid a Anna. Su única preocupación era que el caballo estuviera "cortado con aspirina y no con ninguna otra cosa peor".

                   En efecto, fue su adición a la heroína lo que la llevó al peep show. Anna nunca la llegó a entender.

                   A Zulema, sí. Jamás supo su verdadero nombre. En todas las tardes que esperaron juntas para salir a la pasarela, a la pista central o a las "cabinas morbo", lo más íntimo que le llegó a decir es que había nacido en Fez.

                   Anna comprendía que la marroquí, cuando llevaba su bikini dorado, pusiera una toalla encima del asiento antes de sentarse. Era tan valioso para ella que por nada del mundo quería mancharlo. Cada una tenía su propio dios, pero las dos procuraban que nadie las viera rezar.   Ambas, en fin, se consideraban mucho más afortunadas que esas compatriotas suyas que se prostituían en la Casa de Campo. Después de todo, sólo inspiraban las caricias de cuantos quisieran echar dos monedas de veinte duros en la ranura de la cabina.

                   Anna había engordado desde que llegó de su Polonia natal. Sin llegar a perder la línea, por supuesto. Al menos así lo estimaba su más infatigable admirador.

                   Ballesteros, el tipo en cuestión, gustaba de visitar las cabinas siempre que su actividad profesional -una representación comercial- le llevaba a los alrededores del peep show. Cuando una chica le gustaba, la observaba bailar durante un tiempo en la pista central antes de decidirse a llamarla a una de las "cabinas morbo". Allí, siguiendo el consejo de Sanchidrián por los altavoces, tenía "algo más íntimo con ella".

                   En los últimos dos meses, Anna era la que más le había llamado la atención. De modo que esperó con impaciencia los cinco minutos transcurridos entre que pulsó su número y llegó ella.

                   Ya estando frente a frente, cuando la muchacha le preguntó el nombre, él le dio uno al azar. Acto seguido, Anna pulsó el botón que ponía en marcha el mecanismo por el que quinientas pesetas mantenían encendida la luz que permitía verla duramente cinco minutos. Comenzó a soltar la retahíla de precios y ofertas. Una propuesta sobradamente conocida para Ballesteros. Si la escuchó fue sólo porque ello le permitió escrutar los volúmenes de la muchacha. Ni siquiera se dio cuenta de que Anna no ofrecía nada más allá de las caricias de tres mil pesetas. Hombre de costumbres, Ballesteros sacó un billete de cinco mil para ordenarle lo que ordenó a todas las demás:

                   -Métete el "consolador".

                   La orden, temida desde el primer día que fue requerida en las "cabinas morbo", sonó en los tímpanos de Anna como una detonación. El momento había llegado y se derrumbó como siempre supo que pasaría. Negaba aturdida con la cabeza.

                   Ballesteros, que permanecía sujetando el billete entre la fina ranura que los dos cristales dejaban al efecto, no entendía.

                   -Otra cosa, cualquier otra cosa. Pídeme cualquier otra, pero eso no.

                   -¿Que pasa? -preguntó él desconcertado-. No son cinco mil. Eso es lo que me cobran siempre tus compañeras.

                   Anna seguía negándose, el llanto empezaba a enrojecer sus ojos. La negativa acabó por intimidar a Ballesteros, que atónito, estupefacto, hubo de ver cómo Anna, llorando, abandonaba la cabina.

                   Un minuto después protestaba a Sanchidrián. Ya no era aquel hombre anonadado que sujetaba un billete de cinco mil pesetas. Ahora era un cliente enfurecido que aseguraba haber sido ofendido cuando se disponía a pasar un rato tan bueno como en anteriores ocasiones. Sus gritos se oían en el cuarto donde sus compañeras intentaban consolar a Anna, presa de un llanto desquiciado.

                   El estado de nervios de la joven polaca, que ocultó a sus compañeras que ella no utilizaba prótesis con el mismo celo que se escondía para rezar, no permitía confesiones. Así que, sin saber lo que había sucedido, todas las chicas tenían miedo de ser la elegida por Ballesteros. Sanchidirán, en desagravio, le ofreció cualquier otra señorita.

                   No aceptó, exigió que le devolvieran el dinero echado en la ranura y se marchó anunciando que jamás volvería.

                   Sanchidrián pasó el resto de la noche dando vueltas a la negativa de Anna. "¡Ni que la hubieran querido violar!", se decía. Llegó a la conclusión de que lo mejor sería despedirla para que su actitud no sentara un precedente: "Aquí estamos a lo que estamos y ellas saben muy bien a lo que vienen", continuó en sus divagaciones.

                   La tarde siguiente, cuando fue a echarla, tuvo la ocurrencia de preguntarle por qué lo había hecho. Ella, con una inocencia que hacia peligrar el futuro de sus bailes en la pasarela, le respondió que tenía novio y que quería llegar virgen al matrimonio.

                   Tanto candor tocó a Sanchidrián en lo más hondo. Le  devolvió a unos días remotísimos pero no olvidados: los protagonizados por las novias de su adolescencia. Entonces, el nuestro también era un país pobre que pasaba las mañanas de los domingos en misa.

                   Pensando en esa inocencia perdida, Sanchidrián, empresario del sexo, quiso fomentar un amor abnegado: el que latía en el pecho de Anna Has. La joven polaca sentó un precedente. No estaba despedida. A partir de entonces, lo que las señoritas hicieron en las "cabinas morbo" dependió únicamente de ellas.

Publicado el 15 de junio de 2010 a las 00:30.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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