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Blog de Javier Memba

El insolidario

Los discípulos de Lovecraft

Archivado en: Cuaderno de lecturas, sobre "Maestros del horrror de Arkham House" VV. AA. Edición a cargo de Peter Ruber

Foto Javier Memba

En un hotel de Málaga. Foto Javier Memba (abril, 04)

Fundada en 1939 por August Derleth y Donald Wandrei para publicar The Outsider and Others[1], el primer libro de relatos de Lovecraft, Arkham House habría de hacer su catálogo original con los acólitos del maestro de Providence: Robert E. Howard, Clark Ashton Smith, Robert Bloch, Frank Belknap Long, los propios Derleth y Wandrei. En su mayoría trabaron amistad con Lovecraft cuando todos colaboraban en Weird Tales, una revista pulp que habría de convertirse en toda una referencia en la literatura sobrenatural.

Fue tan grande la fraternidad surgida por la admiración que todos profesaban al autor de The Outsider que la generosidad de Lovecraft con ellos -parece ser que el suicidio de Robert E. Howard cuando supo en coma a su madre le afectó profundamente- es uno de los principales argumentos que baraja Peter Ruber para suavizar el exacerbado racismo de Lovecraft.

Lo que desde luego es innegable es que una buena parte de la materia literaria de estas interesantísimas páginas, que me han hecho recuperar mi entusiasmo por la colección Gótica de Valdemar, que tan interesante me resultó en otros números, después de haberlo perdido con La pata de mono y otros cuentos macabros, Madame Putifar y El ángel de la ventana de Occidente, es la copiosa correspondencia mantenida por Lovecraft con sus acólitos. Igualmente, Ruber construye sus ensayos sobre los distintos autores -que casi siempre son mejores que el relato en sí- en base a la correspondencia que Derleth mantuvo con ellos.

Sinceramente entregado a la difusión del relato sobrenatural, por su afición al género, Derleth -el conde d'Erlette entre los eruditos que pueblan el universo de Lovecraft- fue un editor bueno con sus autores, llegando incluso a aguantar los insultos de H. Russell Wakefield. Ya abandonado por Wandrei en la dirección de Arkham House, entregó su vida a la editorial. Ni que decir tiene que la situación financiera de la casa fue casi siempre desastrosa. Aun así, la historia Arkham House es mucho más interesante que los relatos que la ilustran, nunca a la altura de los reunidos por algunos de estos mismos autores en el ciclo de los mitos de mitos de Cthulhu.

El príncipe Alcouz y el hechicero, de Clark Ashton Smith, es la historia de un príncipe oriental que muere a manos del mismo adivino que le había augurado su muerte y de la misma manera en que se la había hecho visionar mediante un prodigio.

La caza del hombre, de Wandrei, nos propone la venganza de Baird Walker, quien ha descubierto que su socio, Leonard Sape, se lo ha robado todo y tiene un lío con su mujer. Para desquitarse cita a Sape en su propia casa y le anuncia que va a hacerla volar con él dentro. Aun así, le asegura que tiene la posibilidad de salvarse si en el espacio de tiempo que queda para la explosión consigue encontrarle entre las sombras de la mansión y matarle. Ya satisfecha su venganza, Walker, que marcha hacia una nueva vida bajo una nueva identidad, se pregunta si Sape, ya achicharrado junto a su antiguo hogar, se paró a pensar que la puerta podía estar abierta y escapar por ella, como de hecho lo estaba.

El valle de lo perdido, de Robert E. Howard, amén de ser uno de los mejores relatos aquí reunidos es el único que se halla en la estela de los mundos antiguos, siniestros y subterráneos de Lovecraft. Pleno igualmente resonancias de Ambrose Bierce[2], está ambientado en el oeste americano y se llega al horror tras una cabalgada en la que se huía de un pánico real. Si los jinetes de Bierce se esconden en la cueva donde se suicidarán huyendo de los apaches, John Reynolds, el protagonista de Howard, llega a la gruta huyendo de los McCrill, una familia enfrentada a la suya en una guerra sin cuartel, que ya dura quince años, en las montañas de Kentucky.

Tras matar a uno de sus perseguidores -Saul Fletcher[3]-, Reynolds, sin balas en el cinto de su revolver, se adentra en la Cueva Fantasma, donde sus perseguidores han dejado el cadáver de Fletcher para seguir tras él, en busca de los cartuchos que el muerto tiene en su cinturón. Pero resulta que el muerto aún está vivo, extrañamente vivo puesto que sus compañeros le han dado por muerto y su cuerpo muestra el agujero de los balazos y la sangre coagulada, y se abalanza sobre él.

Tras volver a matar a Saul Fletcher, Reynolds magnetizado por unos tenebrosos tams-tams, se adentra en las profundidades de la cueva, que se abre en un misterioso lugar que los indios fueron a llamar el Valle de lo Perdido. Al llegar al final de su recorrido descubre a una especie de hombres serpiente, que están rindiendo culto a la luz que emite una suerte de gran joya. En torno a la pieza evoluciona un siniestro sacerdote al que Reynolds abate a balazos.

Mediante poderes telepáticos, los hombres serpiente le hacen saber que la serpiente brillante que adoran, la Terrible Innombrable, es la más vieja del mundo. A tamaña monstruosidad se le rinde culto en el Valle de lo Perdido. Acto seguido, le es dado ver a Reynolds la historia del lugar.

La urbe que se extiende ante él en la primera de las remotas imágenes que vislumbra, "es una ciudad lunática, construida desde un punto de vista extraterrestre, bajo extrañas dimensiones y anómalos principios arquitectónicos" (pág. 144). De pronto, esa ciudad es atacada por unos indios igualmente primitivos, "los antepasados nómadas de los toltecas, que se dedicaban a vagabundear y conquistar durante su larga caminata hasta los asentamientos de los valles altos" (pág. 145).

Posteriormente, igual que en las elipsis de Lovecraft, una sucesión de imágenes observa el paso de muchos siglos, eones que van obrando cambios genéticos en aquella raza que habitó la extraña ciudad del Valle de lo Perdido. Ya en ruinas la extraña ciudad, la vegetación se apodera de ella en tanto que sus moradores se convierten en los hombres serpiente que habitan en la cueva donde Reynolds se ha adentrado. Las matanzas de indios, y después blancos, se suceden. Pero también las resurrecciones de algunos muertos enterrados en el lugar que salen de él, "imbuidos de una vida artificial manejada por el espíritu del hechicero, como habían hecho con Saul Fletcher" (pág. 151) para aterrar a quienes cabalgaron junto a ellos y allí les dieron sepultura, acampados aún en las inmediaciones. Todo ello va a conformar la leyenda maldita que pesa sobre el lugar.

Cuando el prodigioso humo que las ha producido se desvanece, también lo hace la última de las imágenes que han conformado la historia del Valle de lo Perdido. Reynolds se ve entonces rodeado de hombres serpiente, con la Terrible Innombrable arrastrándose sobre ellos hacia él. Pero Reynolds consigue evitar su mordisco y hacerse con el idolillo encerrado en una extraña gema que allí se adora y, apuntándole con su pistola, puede abrirse camino hasta la puerta secreta que da entrada a la gruta.

De nuevo en el exterior, completamente aturdido por lo que acaba de ver, Reynolds observa la llegada de sus perseguidores, quienes se adentran en la cueva en busca de muerto. Tras descubrir asombrados que ya no está, tienen una escaramuza con los hombres serpientes, encuentro que se nos cuenta mediante una referencia a unos disparos y unos gritos.

Finalmente, tras hacerse con los cartuchos de dinamita que uno de sus perseguidores llevaba en su caballo, Reynolds vuela la entrada a la Cueva Fantasma y se suicida de un tiro -la misma muerte que se procuraría el propio Howard- aterrado por lo que acaba de ver. Cuando los McCrill lo encuentran, su rostro es el de un anciano. El horror contemplado hizo envejecer prematuramente al joven Reynolds.

Autor de la novela en la que Alfred Hitchcock basó su Psicosis, la pieza de Robert Bloch es otra de las más logradas. Bajo el título de El murciélago es mi hermano se nos propone la experiencia del narrador, Grahame Keene, quien se despierta en la tumba. Cuando ya se cree enterrado vivo, consigue abandonar su sepultura y al pedir ayuda a un tipo que le sale al paso en el cementerio, éste le confiesa que ambos son dos vampiros y se dispone a iniciarle en la vida -por así llamarla- de los no muertos.

El mentor de Keene desconoce su nombre, puesto que cuando murió en la Prusia de 1777 no hubo nadie que fuera a ponerlo en su lápida y el vampiro recién salido de su tumba -como le ha ocurrido a Keene- no sabe nada de su vida anterior. Tras dar muerte a su primera víctima, el prusiano pone a Keene al corriente de sus planes: quiere llenar el mundo de vampiros, por lo que no debe deshacerse de cualquier manera de los cadáveres. También le confiesa que fue él quien le convirtió en un no muerto. Aunque aparentemente Keene escucha esta afirmación con indiferencia, tras oírla comienza a fraguar su venganza.

El desquite tiene lugar con la siguiente víctima, cuando se disponen a abrir su ataúd, el prusiano descubre que está vacío. Keene le da entonces un golpe y lo entierra en él boca abajo y de forma que nunca pueda abrirlo.

Según se nos dice en el ensayo precedente, Hebert Russell Wakefield fue un verdadero alcohólico al que la botella le dejó totalmente incapacitado para escribir a finales de los años 50. La llave del cerrojo, la pieza aquí reunida, da buena prueba de ello. Esos güisquis dobles que necesita Malgreen, su protagonista, son meridianos.

Cuenta Ruber que si Derleth aguantó todo lo que le aguantó a Wakefield, ello fue debido a que le consideraba uno de los mejores escritores ingleses de literatura sobrenatural. Esta pieza, aunque de sobrenatural no tiene nada, es un relato criminal que hubiera hecho feliz a Hitchcock y hace honor a la estima en la que el artífice de Arkham House tenía a este autor. Casado con una mujer que le mantiene siempre y cuando él la tenga a ella satisfecha sexualmente, Malgreen tiene una amante que se dispone a contárselo todo a su mujer si no le da un dinero.

Ante este panorama, Malgreen visita a Lois, la chica en cuestión, que además de modelo es su vecina, dispuesto a matarla. Pero alguien se le ha adelantado, se la encuentra estrangulada. Tras hacerse una composición de lugar, toma ese par de güisquis dobles que necesita como cualquier otro borracho y, como un alcohólico, se duerme sin querer tras el almuerzo. Al regresar a casa descubre que no tiene la llave. Calcula que se la habrá dejado en el piso. Pero en el piso no está.

Agobiado por la presencia de su mujer y por la necesidad de un trago, Malgreen intenta convencerse de que la llave estará en cualquier lugar, aunque no puede dejar de pensar que se encuentra en el apartamento de Lois. En efecto, cuando la policía llama a casa de los Malgreen preguntando si es de alguno de ellos la llave en cuestión, que se acaba de encontrar en el lugar del crimen, Mabel, la esposa del borracho, responde que de su marido.

Cuando se lo llevan detenido, Malgreen comprende que su mujer estaba al corriente de su lío, que ha sido ella quien ha asesinado a Lois y luego ha dejado la llave allí para matar dos pájaros de un tiro.

Racista, aunque no tanto como cabría esperar ante los escritores que nos ocupan, La recompensa del dyak, de Carl Jacobi, está ambientado en las junglas de Borneo. Narrado por un blanco que lidera una expedición, nos habla de la rivalidad existente entre dos porteadores. El primero de ellos, Belly-Boy, ya forma parte del grupo cuando el segundo, Meraka, aparece atado boca abajo. Su gente le ha dejado allí, en ofrenda para ahuyentar a los malos espíritus. Un ciempiés se le ha caído encima y eso significa la desgracia para su pueblo, que ha partido en busca de nuevas tierras libres de la maldición. Aunque Belly-Boy es obligado por los blancos a desatar a Meraka, Belly-Boy es un kayan en tanto que Meraka es un punan. Desde que se recuerda, ambas tribus se han dedicado a cortarse la cabeza entre ellos.

No obstante, a medida que la expedición avanza en su recorrido por la jungla, los odios ancestrales parecen apaciguarse. Tanto es así que Belly-Boy incluso llega a salvar a Meraka de una serpiente. Pero las apariencias engañan. Una mañana los dos parecen haber abandonado la expedición. Cuando los encuentran, Bell-boy "se afanaba cortando la cabeza de Meraka".

Más que de terror, Tigre marino es un relato sobrenatural que Derleth publicó en pago a los elogios que Henry S. Whitehead dedicó en su momento a la prosa del incipiente Lovecraft. Hewitt, el protagonista, es un hombre que se cae por la borda del barco en el que viaja yendo a dar con su cuerpo en las abismales profundidades marinas. Pero repentinamente se encuentra en una playa tropical junto a una sirena. Cuando ésta le invita a volver a las aguas, la muchacha encuentra la muerte en las fauces de un crustáceo, que también muere en un combate titánico con Hewitt. Aparte de esta somera descripción, no se nos cuenta nada de esta lucha.

Sin embargo, ya desembarcado, mientras asiste a una fiesta en la playa, una barracuda, el tigre marino, ataca a una muchacha a la que hiere en un pie. Sin pararse a pensarlo, Hewitt se tira al agua y entabla una lucha con el animal hasta que acaba por partirle el espinazo. Cuando se acerca a la joven a preguntarla cómo se encuentra siente que su vida acaba de empezar. Todo parece indicar que es ella quien había anunciado la sirena de su extraña experiencia en las profundidades marinas; y la barracuda que acaba de matar, un trasunto del crustáceo que la dio muerte en su extraña experiencia.

Parece ser que, junto con Wakefield, Frank Belknap Long fue el autor que más quebraderos de cabeza proporcionó a Derleth. En El dios de orejas de perro, este otro biógrafo de Lovecraft nos habla del profesor Dewey, quien colecciona momias que se hace llevar desde Egipto a su casa de Nueva York. Sus problemas empiezan con una especialmente extraña que Dewey se dispone a utilizar en unos experimentos que le ocupan para demostrar que los inquietantes dibujos de hombres con rostros con formas de animales, que ornamentan algunos templos egipcios, no eran producto de la imaginación de sus adoradores, sino de una abominable realidad.

El narrador, un amigo del sabio de visita en su casa, se ha quedado dormido en un sillón cuando un ruido le despierta. En un vano intento de tranquilizarse lo achaca a las ratas. Apenas vuelve a conciliar el sueño, sueño trufado por una extraña vigilia, esas visiones de abominables ritos antiguos, tan frecuentes en Lovecraft como en sus más aventajados discípulos -Frank Belknap Long lo es aunque su propuesta no me haya gustado tanto como la de Howard-, muestran a nuestro protagonista un culto antiguo. Es el rendido al dios de orejas de perro al que alude el título por unos seres con cuerpo de hombre y cabeza de animal.

Tras escuchar al profesor vanagloriarse del acierto de sus suposiciones sobre los ritos egipcios, nuestro hombre, antes de abandonar corriendo la casa, es testigo de cómo Dewey pide a Dios piedad para su alma.

A la mañana siguiente, la prensa da cuenta del incendio que redujo a cenizas la residencia del profesor en la noche anterior y de cómo unos misteriosos encapuchados -los mismos a los que el narrador vio rendir culto al dios de orejas de perro- se afanaban en lo que la prensa llama "salvarle". Pero el lector sabe que en verdad querían salvar a su dios impío.

La hermosa dama de David H. Keller, incide en el mito de la belleza de las mujeres españolas que obra entre los anglosajones. Su protagonista es un  estadounidense, terriblemente desfigurado en la guerra, que deja de tener noticias de su hermano. En su última carta, éste le anunciaba que se encontraba en el castillo de una española, la condesa Peroni, la cual le tiene tan enamorado que ha decidido casarse con ella en cuanto la dama decida acceder a ello. Pero una preocupante falta de noticias hace que nuestro hombre se traslade a España para hacer las averiguaciones pertinentes.

Ya en Madrid, el narrador visita al embajador americano, quien le comunica que su hermano no es el único hombre del que se ha dejado de saber tras visitar a la condesa Peroni en su castillo, encalvado al pie de los montes Pirineos.

Desplazado hasta el lugar, el narrador también queda impresionado por la belleza de la condesa. Pero desiste de ofrecerla su amor en la creencia de que ninguna mujer se atrevería a mirar dos veces a un hombre con un rostro tan terriblemente desfigurado como el suyo. Sin embargo se equivoca. El lirismo con que el visitante exalta la belleza de la condesa y el collar de una perla que le regala hacen que su anfitriona le ruegue encarecidamente que se quede en su casa al menos una hora más. Es entonces cuando la condesa cuenta a su huésped la historia.

Embazada de un hombre que eludió su responsabilidad cuando tan sólo contaba 17 años, la condesa de Peroni comenzó a odiar al género masculino hasta el punto de que, tras envenenar al padre de su hijo, expulsó de su casa a todos los criados varones. Muerto su retoño una hora después de haber nacido. En los meses siguientes, la condesa mató -aunque ella simplemente lo califica de venganza- a los seis huéspedes que hubo en su casa, seis hombres que la pretendieron con joyas y lisonjas a los que durmió para plantar convenientemente en su esplendido jardín y andar pisando sus cabezas hasta que los desdichados acababan por morir.

El último en correr tal suerte fue el hermanos del narrador. Por eso, cuando, el visitante lleva a la condesa a pasear en su coche, acaba arrojándola por un barranco.

Amante desde la tumba, de Edgar Hoffman Price, también da cuenta de un amor maldito. Howard Fenwick, su protagonista, es un arqueólogo trasladado a Egipto junto a su padre, a quien se encuentra estrangulado por las manos de una momia. Desesperado por la pérdida, contempla la sombra de una sugerente mujer, cuyas sienes ciñen una corona proyectada en la pared. La cosa no deja de ser inquietante puesto que no hay ninguna mujer en la estancia. Sin embargo, es el caso que Fenwick padre trabajaba para demostrar la existencia de una momia de Nefertiti.

Esa misma noche, cuando intenta dormir en su catre de campaña, irrumpe en su intimidad una hermosa mujer que dice ser una descendiente de Nefertiti. Responde al nombre de Malakah, se ofrece para llevarle ante la tumba de esta última y no duda puesta a entregarse a los besos que le da el arqueólogo.

Cuando el asunto de Fenwick comienza a ser investigado, Beggs, su responsable, empieza a acariciar la idea de acusar a Fenwick de parricidio. Pero al arqueólogo, más atento a los favores de Malakah que a ninguna otra cosa, la idea no le preocupa. Cuando su misteriosa Malakah le lleva a la última morada de Nefertiti, le confiesa que ella misma es la mítica reina del antiguo Egipto y la que mató a su padre. "Tras besar a una mujer que, después de treinta siglos de muerte, había salido del sepulcro, sentía un veneno abrumador en los labios", escribe entonces Edgar Hoffman Price (pág. 298). Fenwick intenta al punto escapar del lugar, yendo a perder el conocimiento al hacerlo. Cuando lo recupera, Beggs procura convencerle del absurdo de su empeño en proseguir la empresa de su padre: la tumba de Nefertiti fue saqueada siglos ha.

Esa misma noche, enfrascado en las pesquisas de sus tumbas y su excavación, escucha un taconeo que atribuye al regreso de Malakah. Sin embargo, la mujer que encuentra al regresar a su campamento es blanca y padece de amnesia. Fenwick calcula que algún acompañante desalmado la habrá dejado abandonada en medio del desierto. Comienza a llamarla miss Amnesia, se siente atraído por ella, y como miss Amnesia no quiere regresar a El Cairo, Fenwick le ofrece su hospitalidad.

Ya avanzada la noche, el arqueólogo es despertado de su sueño por un jaleo en el cuarto donde Amnesia duerme. Cuando Fenwick se acerca, descubre a la muchacha forcejeando con tres figuras monstruosas, tres dioses del antiguo Egipto. Intenta presentar batalla, pero es golpeado y pierde el conocimiento. Al recuperarlo se halla en la tumba de Nefertiti, quien le anuncia que ella también va a ser castigada junto a Fenwick por haber luchado contra las divinidades.

Pero la antigua reina no tarda en abandonarle y el siguiente estremecimiento de Fenwick son los gritos de Amnesia. Se prepara un rito en el que la blanca habrá de ocupar el lugar de Nefertiti en su última morada, porque, según el dios Tot, "todo sarcófago demanda su inquilino" y así la antigua reina podrá "pasar todas las noches con su amante". Fenwick entabla entonces una pelea para liberar a miss Amnesia y en un puñetazo que propina al dios Tot, éste pierde el artilugio que le sirve de cabeza de ibis, resultando ser Ismail, un cacique del pueblo próximo a la excavación. En el fragor de la lid, Beggs irrumpe en la que pasaba por ser la tumba de Nefertititi para descubrir todo el pastel. A saber, en los siguientes términos: el tal Ismail estaba saqueando la verdadera tumba de Nefertiti -que se encuentra debajo de aquella en la que se ha montado la falsa liturgia- para vender lo que en ella encontraba a los turistas. Cuando el padre de Fenwick apareció buscando la momia de la antigua reina, esto le supuso un problema, con lo que decidió matarlo y dejar alrededor de su cuello las manos de una momia para dar al asunto la apariencia sobrenatural que requería. Cuando el propio Fenwick tomó el relevo, se montó todo el número de Malakah a fin de volverse loco. Por último, miss Amnesia -sobrina de Beggs- fue "una treta para investigar un poco". Este descubrimiento final de que todo ha sido una farsa acaba desvirtuando un relato que, de no apostar por semejante fin, hubiese contado entre los mejores de la selección.

El lobo de las estepas de Greye La Spina, es una entrega epistolar. El narrador es el doctor Andrew Greeley, quien refiere su experiencia a un colega, Thomas Connors, mediante varias cartas. La protagonista del asunto es Vera Andrevik, una hermosa joven rusa que irrumpe en la vida del científico intentando huir mientras se escuchan unos aullidos espantosos.

Ya refugiada en casa de los Greeley, la joven -que no tiene a nadie en el mundo- sigue siendo presa de unos extraños temores ante los aullidos de un supuesto gran perro que merodea la casa. Entra entonces en escena Serge Vassilovitch, un ruso de modales exquisitos, aunque -en uno de los grandes hallazgos de la pieza-, desprende un olor parecido al que emana de las jaulas que guardan animales. Vassilovitch dice ser el tutor de Vera Andrevik.

Fue Vassilovitch un antiguo socio del padre de la muchacha, su compañero en el estudio de las ciencias ocultas. Tras la llegada de Vera y sus padres a América, Vassilovitch comenzó a desear a la madre de la chica. Eso es lo que hay cuando aparece el cadáver de un niño en las inmediaciones de la casa de Vera y su familia. Horas después, Andrevik, el padre de Vera, se suicida creyendo que es un licántropo.

Pero en realidad ha sido Serge Vassilovitch, que ejercía una fatal influencia sobre el suicida, quien mató al niño haciendo creer a Andrevik que fue él. Hombre perverso donde los haya, con trazas de Rasputin cumple apuntar, Vassilovitch ha hecho suya a la madre de Vera, de la que en realidad se ha hecho su tutor, cuando comienza a desear a la muchacha. Tras dar muerte a la viuda se dispone a dar cuenta de Vera en una transformación cuando la infeliz emprende la huida que le llevará a Greeley.

Connors, un experto en ciencias ocultas, será el encargado de dar muerte a tiros al lobo y de poner en marcha el conjuro que demuestra que la bestia no era otro que Vassilovitch.

Fórmula rítmica de Arthur J. Burks, es una de las piezas más ingeniosas de la selección. Su protagonista es Russ Creavey, un etnólogo que ha conseguido financiación para sus expediciones tras asesinar a sus dos ricas esposas y cobrar el dinero de sus cuantiosos seguros de vida. El procedimiento se lo enseñó el curandero de una tribu de un recóndito lugar del Amazonas. El sapkaure, la fórmula referida, consiste en administrar un narcótico a la víctima -el chiririshep- que la sume en un sueño del que no puede reaccionar mientras Creavey les va dando un masaje en el abdomen que les acelera el ritmo del corazón. Acaba provocándoles un paro cardiaco que el forense diagnostica como un ataque natural.

Esa misma suerte será la que dispense a Creavy su tercera mujer, una joven colega que quiere ir a la selva con él. Porque la tercera señora Creavy también ha visitado al curandero de la recóndita región del Amazonas y le hace falta dinero para sus nuevas expediciones.

Notable asimismo es la propuesta de Ray Bradbury. Bajo el título de El pequeño asesino, además de presentar una idea tan corrosiva como la de un bebé que es capaz de matar a sus padres, se lanzan propuestas tan interesantes como la vulnerabilidad de un amante respecto a otro[4]. Mucho más próxima al terror que la ciencia ficción, viene a abundar en esa teoría de lo difusa que es la línea que separa a aquél de ésta.

Pese a que su mujer, Alice, desconfía de él desde el mismo momento en que lo alumbró, David Leiber no puede dar crédito a las preocupaciones de su esposa acerca del bebé de ambos. Aun así, emprende un viaje de trabajo a Chicago. Viaje que se verá interrumpido cuando recibe una llamada del médico pidiéndole que regrese porque Alice tiene neumonía.

Ya en el dulce hogar, su mujer le confiesa que ha intentado estrangular al bebe. David sigue pensando que todo son alucinaciones de ella hasta que, avanzado a oscuras entre las sombras de su casa, David descubre casualmente una muñeca grande y pesada, que compró para el bebé, colocada delante de las escaleras deliberadamente, para que alguien se caiga por los peldaños. En la casa sólo están David y Alice y la muñeca únicamente ha podido colocarla allí el bebé. Aunque David se da cuenta de todo antes de caer, Alice hallará la muerte al tropezar con ese mismo muñeco, colocado por el bebé, y precipitarse por las escaleras.

Ya convencido de la maldad de su hijo, David empieza a llamarle Lucifer. Ante semejante perspectiva, el médico administra un sedante a Leiber. A la mañana siguiente, cuando vuelve a visitarle, Leiber ha muerto intoxicado por el gas. El bebé es el único que ha podido matarle. Convencido de su maldad, el médico saca un escalpelo de su maletín y se dispone a matarle intentando camelarle con esas frases amables que se dedican a los niños.

Otra frase, la pronunciada por George Parr para calmar a Lenin, su gran danés, es la que da título a la pieza de Howard Wandrei: George está bien. Más que el del can, que inspira al narrador todo el temor que puede inspirar un animal de semejantes dimensiones a alguien que odia a los perros, lo que llama la atención es que George sea el nombre del protagonista y su antagonista. Máxime considerando la importancia que juega en el relato. Tal vez haya algo que me ha escapado a mí o al traductor. Que los dos sean tocayos no puede ser una simple coincidencia.

Contado mediante la conversación mantenida en la barra del bar de Scully por dos borrachos, el narrador y George Parr. La historia empieza cuando Lenin gruñe ante una pareja. Ella, Margaret, es una mujer muy atractiva. El hombre que la acompaña, George Forth Courtney, tiene aspecto de zombi. Tras llamar a la calma al perro, Parr comienza su relato, que no es otra cosa que el diálogo que mantiene con el narrador.

Parr fue un prestigioso cirujano al que su interlocutor imaginaba retirado tras haber ganado mucho dinero. Sin embargo, he creído entender que fue un crimen el que le apartó de la profesión. Margaret era la mujer de Parr y Courtney un amigo de la pareja. Cuando Parr, al volver precipitadamente de atender a un paciente, descubrió que estaban liados, quiso vengarse acorralando a Courtney contra un muro de la casa para atropellarle con el coche. Aunque su tocayo evitó el atropello saltando por encima del vehículo, Courtney murió del susto. Parr, aterrorizado ante el asesinato, le devolvió a la vida inyectándole adrenalina. Pero el Courtney que resucitó ya no era aquel brillante arquitecto de antaño, sino esa suerte de muerto andante que llama la atención del narrador. En cuanto a Lenin, siempre fue fiel a su amo. Muy probablemente esa fidelidad se nos presenta como contraste a la traición de Margaret.

No hay duda de que los llamados "ensayos", que no son sino perfiles biográficos de los autores, tienen mucho más interés que los relatos en cuestión. Sin embargo, no es ése el caso de Algo viejo, el título de Mary Elizabeth Counselman, uno de los mejores textos aquí antologados. La antigualla no es otra que un extraño anillo de compromiso babilónico, una joya cuya inscripción reza: "Mía amantísima; mía por toda la eternidad". La pieza procede de un museo a cuyo cuidado está el tío de Bob Hanson, nuestro protagonista y también empleado en el mismo centro.

Cuando Bob ciñe con la escalofriante gema el dedo de su novia, Celia, para convertirla en su esposa, la muchacha es presa de cierto desasosiego. Porque al pronunciar el "sí quiero" de rigor no se ata a Bob sino a una perversa divinidad babilónica que -acaso- no hubiera tenido acceso a ella de haberse celebrado la unión en una iglesia y no en una casa.

Lo cierto es que, ya en la suite nupcial, cuando Bob intenta entrar después de que ella le haya hecho esperar fuera durante media hora, desde el otro lado de la puerta escucha una voz parecida a la de Celia pronunciando palabras babilónicas: shimtu y, por supuesto, ziggurat -la única palabra babilónica que sabe quien no tiene ni idea de ese idioma-, al igual que abominables cantos. La joven está siendo víctima de una brutal posesión. Aunque la está haciendo suya una entidad invisible, las magulladuras y los arañazos que el encuentro deja en el cuerpo de la muchacha son palpables.

Cuando el ultraje se produce, Bob acaba creyendo que es él quien brutaliza a su esposa y está a punto de separarse hasta que el doctor Markham, el médico que atiende a la muchacha, descubre que todo es culpa del anillo.

Mucho menos lograda es Propiedad del anillo, de John Ramsey Campbell, la segunda de las piezas dedicadas a esta clase de joyas. En líneas generales, el asunto es el mismo que en la propuesta de Counselman -un anillo misterioso que posee a quien lo ciñe- pero el texto es muy inferior. El protagonista, Alan Swift, es un hombre que está a punto de casarse cuando se despierta con un anillo en la mano que no recuerda que le pusieran en la fiesta de la noche anterior.

Mientras Chris, su prometida, se preocupa por el papel pintado que ha de decorar la casa, Alan va siendo poseído por el anillo, quien en realidad es un pequeño personaje. Al menos eso es lo que yo he creído entender en esas líneas finales en las que Chris, tras haber quitado la joya a Allan, se lo acerca a los ojos intentando distinguir en él una cara.

Bon voyage, Michele, de Seabury Quinn, viene a abundar en el mito del hombre lobo. Hay algo en su escenario que me ha recordado a El tercer hombre (Carol Reed, 1949). No en vano la historia está ambientada entre las tropas aliadas que ocupan Alemania en la inmediata posguerra que sucedió a la Segunda Guerra Mundial. Su protagonista, el capitán Fontenoy Kern, es un militar que está cansado de hacer de policía en "un país que está tan tranquilo como uno de esos pequeños pueblecitos de Long Island" cuando, en una fiesta que se está celebrando en un castillo, conoce a una cautivadora rusa, Michele Mikhailovitch, una doctora que trabaja con la Cruz Roja estadounidense, de la que queda inmediatamente prendado.

La muchacha le corresponde en el sentimiento. Pero el lastimero aullido de lo que creen un perro nos anticipa que el amor que acaba de nacer no tendrá un final feliz. De hecho, cuando se escucha el aullido, Michele se desmaya. Ya recuperada, habla -en francés como la rusa blanca que es- del "sueño de los lobos". En algún momento, o aquí o en El lobo de las estepas, se hace referencia a esas montañas de Hartz en las que Frederick Marryat nos habla de otra hermosa mujer que se convierte en un lobo blanco.

El amor que Michele inspira a Kern comienza a preocupar al mayor Carmichel, el médico que nos cuenta la historia cuando la muchacha, aunque reconoce sentir lo mismo por su enamorado, se empeña en la imposibilidad de seguir adelante con dicho amor. Eso es lo que hay cuando Kern es atacado por lo que él cree un enorme pastor alemán de ferocidad exaltada. Una hermosa perra le libra del ataque. Antes de que eso suceda, el capitán cree distinguir entre los gruñidos del perro unos insultos a los americanos pronunciados en alemán.

Esa misma noche, Michele también ha sufrido el ataque de un perro. Entre susurros vuelve a hablar del sueño. Pero esta vez no pronuncia el loup francés para referirse a los lobos, sino el volkodlák ruso -al menos según Quinn- que he creído la misma palabra que aquella que da título al Wurdalak, uno de los fragmentos de Las tres caras del miedo (1963) de Mario Bava.

"Todo comenzó la noche del baile", refiere Michele a Carmichel ya repuesta de esas mordeduras. Aunque la similitud fonética de entre el nombre del mayor y de la bella deja mucho que desear en cuanto a la imaginación del autor, la aparición de la bestia es una prueba inequívoca de su ingenio.

El prodigio, la primera transformación, ocurrió cuando, llegado el momento de marcharse a la fiesta, la rusa sintió frío y los alemanes de la casa donde se hospeda, los von Kechele, le ofrecieron ponerse un extraño chal de piel para abrigarse. "Se trataba de una prenda muy hermosa y me sentaba a la perfección, como si estuviera diseñada para mí", recuerda Michele. En efecto, el chal es su puerta de entrada a una manada de lobos integrada por la madre y los dos hijos de la familia de alemanes que da alberge a la rusa. Con ellos matará a su primera víctima: un campesino, cuya sangre le hizo experimentar cierto placer al correr por la boca de la bestia en que se transformó la bella. Como el placer que le inspira Gustav, el mayor de los hermanos alemanes, al restregarse transformado contra el hocico de la Michele loba.

El primer escepticismo de Carmichel tiene que rendirse ante evidencias como las heridas de bala de Rudy, el otro de los hermanos licántropos, de las que el mayor, como médico que es, ha tenido noticia. Dichas heridas se produjeron cuando un centinela disparó contra lo que él creyó unos perros asilvestrados, cuando en realidad eran la manada de lobos a la que pertenece Michele. La doctora rusa precisamente se enfrenta a sus congéneres para salvar la vida al humano. Como hará más adelante para salvar a su amado.

Además de licántropos, los alemanes que hospedan a Michele conspiran contra los estadounidenses. Es la doctora quien les pone sobre aviso del levantamiento que se prepara. Cuando los soldados se acercan al edificio donde se trama la sublevación, encuentran a los anfitriones de la rusa transformados en lobo y peleando contra ella, también loba. Cuando los militares les matan a tiros, resultan ser ellos, la familia von Kechele. Para entonces Michele ya está mortalmente herida por las dentelladas de sus congéneres.

El señor de Cotswold de Nelson Bond es otro de los pocos relatos con tintes de Lovecraft incluidos en la selección. Su protagonista, el narrador, es un escritor estadounidense que se traslada a un remoto confín de Inglaterra, Cotswold-cum-leight, en busca del sosiego para escribir un nuevo libro. Instalado en una casa del lugar, no tardará en suscitar la enemistad de los vecinos por su curiosidad. Puesto a acondicionar la casa, al escritor se le ocurre abrir un antiguo pozo, que estaba sellado hasta su llegada, y mandar unas muestras del agua a Londres para saber si es potable.

A partir de entonces sus noches comienzan a ser un calvario. Una música de flautas o pífanos le impide dormir. A la mañana siguiente, el césped se muestra pisoteado como si hubiese pasado por encima un rebaño. Cuando intenta descubrir el por qué de los extraños sucesos, los lugareños le hacen el vacío. Más tarde el miedo les mantendrá en sus casas hasta hacer que Cotswold-cum-leight parezca un pueblo fantasma cuando nuestro hombre se acerca a allí en busca de información.

Es el mismo cura del lugar quien advierta al forastero de las fuerzas ocultas que antaño actuaron en su casa. Un dios cuyo nombre no debe ser pronunciado, que mata a quienes le miran, tal ha sido el caso de los criados de nuestro escritor. Un dios que llena de sulfuro las aguas del pozo hasta hacer que no sean potables; un dios que convoca a las bestias que pisotean los jardines del norteamericano; un dios que no es otro que el gran dios Pan que, al igual que en el relato de Machen, enloquece al forastero apenas le ve, según va a dar noticia a David Brannock -el destinatario de las cartas del narrador, que junto con las páginas de un supuesto diario, han dado forma al relato-, un secretario del consulado estadounidense en la última misiva.

Roland Fortinbras, el protagonista de La ventana abierta de Vincent Starret es un auténtico mád doctor que en la Edad Media "habría sido quemado en la hoguera". Aunque nunca se vio salir de ella a dos ladrones que en cierta ocasión entraron en su casa, los vecinos de Fortinbras comenzaron a sospechar de él tras la desaparición de su criada. En una nota remitida a la prensa local, el científico anunció que fue voluntad de la fallecida ser enterrada en la finca del doctor. A la sirvienta le sigue un sirviente que ve mermado su vigor. Primero con la pérdida de una pierna, a la que no tardará en seguir el brazo del mismo lado. Para intentar zanjar las murmuraciones, el médico asegura a sus vecinos que el criado ha sido víctima de la gangrena Desaparece entonces una niña Ailie Rutheford.

Curtis, un periodista que ha llevado a cabo una investigación incluso en los pueblos donde ha estado afincado Fortinbras con anterioridad, se presenta en casa del mad doctor dispuesto a entrevistarle sobre el origen de los experimentos que está realizando. El informador tiene constancia que el trabajo del doctor ha hecho desaparecer a varios de sus antiguos vecinos, despertando en el entorno del científico las mismas sospechas que está despertando ahora y haciéndole cambiar de residencia en varias ocasiones. Pese a saber que está tratando con un extraño psicópata, el reportero se ofrece a darle tiempo suficiente para emprender la huída antes de poner a la policía al corriente de lo que sabe si Fortinbras le cuenta su historia, lo que no ha dejado de chocarme y me demuestra que lo mejor de este interesantísimo libro son sus ensayos antes que sus ficciones.

Naturalmente, Curtis es la siguiente víctima del doctor. Sin embargo, siendo el caso que había dejado dicho a dónde se dirigía antes de abandonar la redacción, Garfield -otro periodista- se llega a la casa de Fortinbras en compañía de la policía.

Lo que descubren una vez dentro será calificado en la siguiente edición del Morning Record -el periódico que les emplea- como un "cubil caníbal". Los cuerpos de los desaparecidos, rigurosamente identificados mediante fotos y etiquetas, se conservan en grandes envases de cristal junto a un apilamiento de cráneos y otras cosas a cual más lúgubre.

Un visitante del exterior es una colaboración entre August Derleth y Mark Schorer. Dicha colaboración, en palabras de Peter Ruber, estuvo marcada por la mezquindad de Schorer, quien teniendo como tenía acceso a las notas de Derleth acabó plagiándole descaradamente. Sin embargo, no fue August quien denunció este atropello, sino los estudiosos que conocían la obra de ambos. Esa buena disposición del impulsor Arkham House para con sus autores, ese perdonarles todo que a veces rozó la estulticia, con Schorer alcanza el paroxismo y eso que -o tal vez porque- Schorer era hijo del propietario de la fábrica de conservas donde el joven Derleth, siguiendo esa tradición tan estadounidense, trabajaba durante los veranos.

Ya en lo que a la ficción propiamente dicha se refiere, es otro de los pocos relatos en los que se detecta un rastro de Lovecraft, tanto en el terror-se invoca a una extraña divinidad, a "un elemental", una de las fuerzas que hay "detrás de los elementos: aire, fuego, agua y tierra"- como en el racismo -son unos persas quienes llaman al elemental-. Ambientada en Chicago, la historia empieza cuando el narrador, mientras pasea con Alice, su prometida, es testigo de un extraño suceso. A unos metros de él, un hombre intenta deshacerse de unos tipos que parecen querer capturarle. Cuando cree haberlo conseguido, es fulminado por un destello de luz. No es más que otro de una serie de extraños crímenes, de los que se está haciendo eco la prensa local, que se han ido a llamar "eléctricos". No obstante, cautivados por el misterio que entraña, nuestros protagonistas deciden ponerse en contacto con Dave Windemere, un investigador psíquico.

Los persas en cuestión, que están muriendo electrocutados de formas tan extrañas, invocaron a un "elemental", una divinidad que se esconde tras el fuego en una casa de la calle North Clark. Cuando el dueño del apartamento les descubrió en su rito, decidió expulsarles desoyendo sus advertencias. Le aseguraban que tanto ellos como la casa serían víctimas de las iras del elemental. De ahí los crímenes eléctricos de los que están siendo objeto los extranjeros. Windemere será el encargado de conducir el ritual que devuelva al elemental -tan parecido a los primigenios de los Lovecraft- a ese fuego del que nunca debió de haber salido.

 Diciembre, 2008


[1] Es un texto que verdad me impresionó, cuyo protagonista siempre ha vivido asilado, y se asusta a sí mismo al verse por primera vez en el espejo sin saber lo que es un reflejo. Leído bajo el título de El extraño dentro de la selección reunida por Alianza en El horror de Dunwich.

[2] Ver El desconocido de Bierce.

[3] La diferencia del apellido se debe a que los Fletcher son una familia pariente, y por lo tanto aliada, del clan McCrill.

[4] Ver noveno párrafo de la pág. 9.

Publicado el 16 de junio de 2010 a las 15:30.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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