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Blog de Javier Memba

El insolidario

La chica de "More"

Archivado en: Inéditos, cine, Mimsy Farmer

Foto: Javier Memba

Mimsy Farmer/ Estelle Miller en la pantalla de mi ordenador.

            Todavía es ahora cuando, en algunas de las bitácoras que la rinden tributo -naturalmente no soy el único que se quedó prendado de Mimsy Farmer en More (Barbet Schroeder, 1969)- se recuerda cómo amar a Estelle -su personaje en aquella ocasión, su Personaje por excelencia- supuso la destrucción a Stefan (Klaus Grünberg). Más aún, apenas se queda el propio Stefan cautivado por ella en la secuencia de la fiesta parisina, Charli (Michel Canderli) le advierte que ya ha acabado con un par de tipos.

            Frágil, menuda, de belleza que antaño hubo de ser ingenua y letalmente femenina, para quienes damos cuenta en la Red de cuánto la admiramos en la gran pantalla, Estelle/Mimsy fue la hippie más seductora que jamás haya retratado un tomavistas. Incluso Alberto Moravia, que dedica a More un desafortunado artículo en su En el cine (Plaza & Janés, Barcelona 1979) -libro que por otro lado estimo mucho y vuelvo a él con frecuencia-, aunque descalifica la cinta por presentar la drogadicción "como un vicio puramente individual, sin ningún carácter histórico ni social" (pág. 190), señala a la gran Mimsy como la mejor de sus interpretes.

            Vaya por delante que More me parece la mejor cinta que inspiró la sedición juvenil del siglo XX. Además de ser el mejor filme al que el rock haya puesto la banda sonora y estar rodado en la Ibiza mítica -la de los hippies auténticos- alude a asuntos tan eternos como los amores destructivos -Estelle es una mujer tan fatal como pueda serlo la Kitty Collins (Ava Gardner) de Forajidos (Robert Siodmak, 1946)- o absolutos. Como el propio Moravia señala, la pasión que la une a Stefan es tan poderosa como la que alumbraron George Sand y Chopin, también con las Baleares (Mallorca) como telón de fondo. Pero dejemos a Moravia en el mismo olvido que las inquietudes sociales de antaño y vayamos a ese rock, que fue el primer reclamo que tuvo para mí esta inolvidable cinta.

            Siendo More, el álbum homónimo de Pink Floyd, esa banda sonora aludida, ansié ver la película a la que pertenecía desde que atesoré el disco. Debo de estar hablando de 1974 o 1975. Al igual que El Valle (1972), la otra película hippie de Schroeder, también con banda sonora de Pink Floyd -el Obscured by Clouds en este caso-, More estaba prohibida en aquella España donde lo estaba casi todo que no era obligatorio. No tuve oportunidad de visionarla -apuntar "verla" sería quedarse corto- hasta finales de los años 70, casi una década después del estreno francés del filme. La dicha me fue dada dentro de la programación de uno de aquellos entrañables cinestudios -el Griffith de San Pol de Mar, recuerdo bien- que animaban la cartelera de aquellos días. Hasta aquella primera proyección yo no había reparado en Mimsy. Bien es cierto que la portada del disco -obra de Hipgnosis, como tantas otras de Pink Floyd- reproducía un fotograma de la película en el que Estelle corría al encuentro de Stefan ante un molino ibicenco. Pero era una imagen solarizada que sólo insinuaba su belleza.

            Además de por mi natural inclinación a las mujeres espigadas frente a las exuberantes, puede que prefiera a Elsa Martinelli antes que a Claudia Cardinale por esnobismo y por pedantería, al ser una actriz menos conocida es una referencia más sublime, menos popular y yo, que abomino de todo lo social, prefiero la muerte a la grey. Pero lo de Mimsy fue espontáneo. Apenas me fue dada esa secuencia del molino sin la solarización, en la que corre al encuentro de Stefan, los dos de tripi en un viaje que pretende poner punto y final -inútilmente, claro- a su experiencia con la heroína -caballo que a él le llevará a la muerte cuando se vea en Dalt Vila sin ella-, descubrí en Mimsy a la mejor de aquellas chicas, que olían a pachulí y lucían en sus muñecas piedras de Mauritania, que tanto me inspiraban al salir del cine.

            Personalmente era tan parecida a su personaje que Schroeder escribió con ella los diálogos que habría de pronunciar. Esa semejanza a las muchachas que me atraían en la vida cotidiana -escribir "mujeres" sería mucho decir- fue lo que me cautivó de Mimsy como ya lo había hecho en Catherine Spaak y Carole André.  Y habría de hacerlo por última vez, siendo ya cinéfilo pues aún era un mero espectador, en Michele Girardon. Era una belleza cercana, como pudiera serlo la de las freaks de clase.

            Ya prendado, la adoré en su creación de Nadia de El correo del Zar (Erprando Visconti, 1970) y en una adaptación televisiva de Martin Eden, la novela autobiográfica de Jack London, cuya lectura me calara tan hondo también por aquellos remotos albores de mi juventud. Después le perdí la pista, como a todas las musas del pasado siglo.

            Ya cinéfilo y amante del giallo -género cultivado por mis actrices de belleza cotidiana, en el que la gran Mimsy tanto se prodigo- la reencontré encarnando a la Jill Trevers de El gato negro (Lucio Fulci, 1981). Recuerdo la alegría que me produjo descubrir su nombre en la carátula del VHS y la decepción de encontrarla fatalmente tocada por la edad. Ya experto en reconstrucción de las vidas de cuantos me emocionaron en la gran pantalla, me apliqué en la de Mimsy ávido de recordar lo delicioso que fue admirarla en mi juventud.

            Nacida en Chicago en 1945, tras ser descubierta por un agente de prensa cuando sólo contaba dieciséis primaveras, los primeros títulos de su filmografía fueron comedias de treinta minutos para el show de Donna Reed fechadas en 1962. Sí que habría de ser grato ver ahora a ambas actrices en alguna de aquellas entregas.

            Tras incorporar a la Claris Coleman de Fiebre en la sangre (Delmer Daves, 1963), la gran Mimsy siguió unos cursos de interpretación e inició una carrera como secundaria en la pequeña pantalla que la llevó a colaborar en series como Rumbo a lo desconocido, Lassie o Perry Masson. Sus apariciones en la gran pantalla fueron menos frecuentes en aquellos años. Pero también las hubo. Quizás debamos destacar Brazos de terciopelo (Harvey Hart, 1964), una de aquellas comedias dramáticas que, acaba su etapa de musical a las órdenes de George Sidney -Un beso para Birdie (1962), Cita en Las Vegas (1964)-, comenzó a protagonizar Ann Magret.

            Pero es la encantadora Mimsy la que concierne a estas líneas.  Luego de un año en Canadá, donde se empleó en un centro de investigación, la futura Estelle regresó a Estados Unidos. Esta vez se instaló en Los Ángeles y allí entró en el cine independiente por la puerta grande. De la mano de Roger Corman, ni más ni menos, quien como productor de The Wild Racers (1968) la contrató como protagonista. Se trataba de una cinta de motoristas dirigida por Daniel Haller y, sin acreditar, por el propio Corman. Fue la segunda película de bikers de Mimsy para la American Internacional Pictures, género que gozó de cierto predicamento en la casa tras el éxito de Los ángeles del infierno (1966), del propio Corman. Y también fue el último filme estadounidense de aquella chica de Chicago que estaba llamada a ser una de las más atractivas musas del giallo, que ya es decir siendo este uno de los géneros con una mayor profusión de actrices guapas que la historia del cine registra.

            Se sabe que tras aquel rodaje, que siempre ha recordado como un placer, viajó a Europa para visitar a su hermano mayor, empleado como profesor de matemáticas en una universidad inglesa. Lo que se desconoce es el motivo que la impulsó a cruzar el Canal de La Mancha.

            Fuera como fuese Schroeder, epígono de la Nouvelle Vague, creador de Les Films de Losange -marca con la que habría de ser el mejor productor de Rohmer y Rivette-, era un hombre al cabo de la calle de la sedición juvenil que tenía en la toxicomanía una de sus principales referencias, nada que ver con las concepciones marxistas de Moravia. Prueba de su sintonía con esa nueva heterodoxia que pasaba por el ya clásico sexo, drogas y rock & roll es su conocimiento de Pink Floyd cuando aún eran una banda minoritaria. Debieron de ser las creaciones de motorista rebelde para la American International Pictures -al fin y al cabo otra sedición juvenil de la época- las que le llevaron a contratar a la gran Mimsy.

            Minoritario también, al menos en comparación con el de las propuestas comerciales de la época puesto que siempre fue una película distribuida en los circuitos de versión original o de arte y ensayo, el éxito de More no se hizo esperar. Además de estar protagonizada por miss Farmer y musicalizada por Pink Floyd, era una película muy buena. Infinitamente mejor que Easy Rider (Dennis Hopper, 1969) -imposible referirse a ella por su ridículo título español de Buscando mi destino-, cinta sobrevalorada cinematográficamente por su innegable valor testimonial de la sedición juvenil estadounidense y su magnífica banda sonora.

            No hay duda de que fue entonces cuando nuestra actriz se ganó a sus primeros adoradores. Contaba entre ellos el guionista Vicenio Cerami -con el tiempo llegaría a serlo de La vida es bella (1997) y otras películas de Roberto Benigni- quien tras conocer a Mimsy durante una viaje de la actriz a Italia contrajo matrimonio con ella. A la larga, Cerami también fue la causa de que la antigua Estelle fuera una de las musas del giallo. Ya afincada en Roma, cultivó el género por primera vez de la mano de uno de sus más genuinos representantes, Darío Argento, en Cuatro moscas sobre terciopelo gris (1971). Para mi desgracia, una de las pocas cintas de Argento que no he visto. Como tampoco me ha sido dado el visionado Il profumo della signora in nero (Franceso Barilli, 1974), las dos películas que más codicio de las sesenta y tantas que integran su actividad en ambas pantallas. Sus dos principales giallos, dicen quien quienes han tenido la suerte de verlos.

            Prolongada hasta 1991, en la filmografía de Mimsy Farmer no faltan clásicos del cine europeo: Dos hombres en la ciudad (José Giovanni, 1973), Allonsanfàn (Paolo y Vittorio Tavani, 1974), Adiós al macho (Marco Ferreri, 1978). Pero yo me quedo con la Estelle de More. A diferencia de Catherine Spaak, de la que atesoro cuantas películas cuentan con un solo plano de ella, adoro a Mimsy en su creación de Estelle. De hecho, estos días escribo sobre una mujer ficticia basada en aquel personaje. La antigua actriz ahora se dedica a la pintura ¡Lástima que al entrar en su sitio oficial http://www.mimsyfarmer.com/ haya tenido que ver la fiera venganza que el tiempo ha satisfecho en ella! Todos somos más viejos, bien es cierto. Pero Estelle en More, no ya Mimsy Farmer, permanece incólume con su belleza entre ingenua y letal. Todas las películas conservan unos gestos de sus actrices que nunca volverán.


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Publicado el 19 de octubre de 2010 a las 02:15.

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Javier Memba

Javier Memba

            Periodista con cuarenta años de experiencia –su primer texto apareció en la revista Ozono en 1978-, Javier Memba (Madrid, 1959) es colaborador habitual del diario EL MUNDO desde 1990. Estudioso del cine antiguo, tanto en este rotativo madrileño como en el resto de los medios donde ha publicado sus cientos de piezas, ha demostrado un decidido interés por cuanto concierne a la gran pantalla. Puede y debe decirse que el setenta por ciento de su actividad literaria viene a dar cuenta de su actividad cinéfila. Ha dado a la estampa La nouvelle vague (2003 y 2009), El cine de terror de la Universal (2004 y 2006), La década de oro de la ciencia-ficción (2005) –edición corregida y aumentada tres años después en La edad de oro de la ciencia ficción-, La serie B (2006), La Hammer (2007) e Historia del cine universal (2008).

 

            Asimismo ha sido guionista de cine, radio y televisión. Como novelista se dio a conocer en títulos como Homenaje a Kid Valencia (1989), Disciplina (1991) o Good-bye, señorita Julia (1993) y ha reunido algunos de sus artículos en Mi adorada Nicole y otras perversiones (2007). Vinilos rock español (2009) fue una evocación nostálgica del rock y de quienes le amaron en España mientras éste se grabó en vinilo. Cuanto sabemos de Bosco Rincón (2010) supuso su regreso a la narrativa tras quince años de ausencia. La nueva era del cine de ciencia-ficción (2011), junto a La edad de oro de la ciencia-ficción, constituye una historia completa del género, aunque ambos textos son de lectura independiente. No halagaron opiniones (2014) fue un recorrido por la literatura maldita, heterodoxa y alucinada. David Lynch, el onirismo de la modernidad (2017), un estudio de la filmografía de este cineasta, es su última publicación hasta la fecha.  

 


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